viernes, 30 de noviembre de 2018

Un camino

Recuerdo el día en que cayó Zelaya, porque mi papá festejó junto con otros. Mi papá y mi mamá odiaban a Zelaya y muchos lo odiaban y yo, que tenía siete años, también compartía el odio, aunque era un odio chico y redondo como una pelota de cuero, como el odio que le tenía a Venom y a la Bruja Escarlata. Nuestros padres son como dioses cuando uno tiene siete años y ve los dibujitos por computadora: mi mamá era maestra en mi escuela y todo lo sabía, mi papá tenía una tienda de alimentos y todo lo podía. A la noche mi mamá me leía las historietas que compraba en un lugarcito en el centro, un huequito que traía comics importados de América. Mi tía mayor y mi  abuela trabajaban en América como ayuda doméstica, cuidando ancianos enfermos en casas ricas. A nosotros no nos enviaban dólares, sino a mi tío menor que tenía siete hijos, mis primos, Marcos, Aurelio, Nereida, Brisa, Luna, Gabriel y Marcelito. Mi tío menor no trabajaba mucho porque cuando estaba construyendo su casa, antes de tener a Aurelio, había caído desde un andamio y se había roto el fémur en tres partes. Desde entonces, le costaba mucho conseguir trabajo. A veces lo empleaban para cosas menores, pero el dinero no le alcanzaba, eso era verdad; mis primos venían a mi casa a ver la tele, a jugar al fútbol y a leerme los comics, que yo tenía ordenados por orden alfabético, porque mamá me enseñó el alfabeto a los cuatro años y era muy importante para mí que mis comics no se mezclaran, que Hulk no estuvera después que Wolverine. También sabía contar hasta mil.
A los quince años empecé a ayudar a mi papá en la tienda de alimentos, porque era tan bueno con los números. La tienda quedaba abajo de nuestra casa y era nuestra vida: un día entró allí Berenice, que era fanática de los Red Hot Chilli Peppers y del Warcraft, como yo, y a partir de ahí fue mi novia para toda la vida. Es bueno saber a los quince años quién va a ser tu novia para toda la vida. Entre los dos creamos una historieta y la estamos dibujando; nos lleva varias horas de sueño, pero nos está quedando muy linda. Algún día la vamos a publicar. Mi mamá no quiere que sea historietista, porque para ella es un desperdicio que con una cabeza como la mía no sea abogado o ingeniero o algo así; pero ¿ella que sabe? Mi papá también a veces sacude la cabeza cuando me ve dibujando, pero el no dice nada. O sí, a veces dice que voy a terminar siendo maestro como mamá. Los hombres no son maestros, se escandaliza mamá, y entonces papá se ríe y empieza a comer su moros y cristianos.
Lo de la tienda fué primero hace dos semanas atrás. Estábamos durmiendo, y yo me desperté porque escuché ruidos abajos y también desperté a mis papás. Nos asomamos por la ventana. Con un gato mecánico, ocho o nueve habían levantado la persiana de la tienda y estaban sacando todos los licores caros y los no tan caros también. Algunas latas de judías y de otras cosas y salsas de las picantes, cosas no muy importantes para ellos pero para nosotros era un montón de dinero. Mi papá sacó la escopeta recortada que le quedó del abuelo, pero cuando empezó a tirar tiros, los otros también empezaron a tirar y nos tuvimos que esconder debajo de las camas. A la otra mañana la tienda era una lástima.
Hace dos días pasó de vuelta. Ni siquiera era de noche, aunque la tienda estaba cerrada. Mi papá y mi mamá se escondieron en seguida, pero yo me asomé un poco y pude verles las caras. A tres o cuatro los conocía, de venir a comprar a la tienda ron y Coca Cola todos los viernes y a veces también cigarrillos Benson. Uno de ellos me vió y bajó la cabeza, como avergonzado,pero de todas maneras cargó una caja de cartón llena de arroz. Mi mamá me susurró bajo que fuera con ellos, casi llorando y yo obedecí.
No voy a poder terminar la historieta con Berenice. Mamá y papá no son dioses, aunque eso lo sé desde los diez años, cuando mi mamá lloró por la muerte de mi abuela en América. Les dijimos a nuestros primos - Nereida y Brisa ya son madres, así que necesitan espacio- que le dejamos la casa y que cuiden la tienda. En mi mochila metí tres bocetos de mis comics y zapatillas de repuesto. Las mejores las tengo en los pies. Berenice me dió un beso en la boca y uno en cada mejilla y me dijo que en uno o dos años, cuando sea más grande y junte algunos dólares me seguirá a donde esté. Yo le creo; la historieta es de los dos. Mamá está un poco triste de dejar la escuela, y papá piensa que nunca más comerá moros y cristianos como los cocinaba aquí; yo estoy un poco más esperanzado. Vamos caminando de a poco, junto con una marea de pisadas que van trazando un surco en este barro. Con cada cara (y veo miles junto a las nuestras) me imagino un nuevo superhéroe.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario