sábado, 29 de septiembre de 2018

La traición del traductor.

Leer en libros traducidos de Stephen King o de Jonathan Frazen expresiones como a todo gas o flipamos me da ganas de llorar. Hace cuarenta, cincuenta años atrás ser traductor era un oficio respetado. Ahora es un trabajo stajanovista. Pareciera que fuera lo mismo subtitular series, traducir un manual de instrucciones, o una receta médica o un contrato financiero, un libro de poesía, o una novela decimonónica. Empecemos que muchas veces los libros que nos llegan aquí desde Europa no son muy buenos, aún cuando sus autores estén consagrados. No es grave que un libro no sea bueno, lo grave es que tenga una banda que diga aclamado por la crítica. Hemos olvidado los clásicos, porque son difíciles. Nadie lee a Victor Hugo, porque leer a Victor Hugo es conflictivo. Lo mismo Tolstoi o Cervantes o Dostoievsky. Y a Stephen King, que a mí me parece un autor genial (basta leer Carrie y Dolores Clairborne para darse cuenta de eso) lo leemos porque está de moda y no nos importa mucho el transfondo. Hay grandes escritores aquí en Argentina; algunos son ninguneados por las ventas, otros son ninguneados por las academias, y a veces se los lee y no se los reconoce (lo mismo pasa con el cine argentino. Frase preferida del argentino media: no veo cine argentino, me aburre. Muchas películas argentinas de este año y del anterior me parecieron  superiores a las de Hollywood. El cine de Norteamérica hace rato que se muerde la cola, como una serpiente). Alan Pauls, Marcelo Figueras, Pedro Mairal, Guillermo Sacomanno, Ana Maria Shua, Juan Martini, Angelica Gorodischer, Osvaldo Bayer son algunos nombres que propongo para que nos demos cuenta que la literatura argentina es hoy tan potente como en sus años de gloria, y que en la insistencia de los medios, la academia y el mercado en ningunearla o proponer como grandes escritores a gente que ganó el Pulitzer o el National Writer of Massachussets es una manera de olvidar que en casi todas las grandes universidades del mundo se estudia a Borges, Arlt, Cortázar, Silvina Ocampo y etc. Si el arte fuera solamente showbussiness, nadie recordaría a Sófocles , a Shakespeare ni a Oscar Wilde, para hablar de tres artistas del showbussiness de su época. Hace rato que la literatura está empantanada en una trampa entre académica y mercadotécnica: me parece que los que la tienen más clara en ese sentido es Mr King, George R. R. Martin y J. K Rowling. Aunque le caiga mal a muchos, a poca gente le importa leer Of Mice and Men. Quieren saber si el dragón de Daenerys Targaeryen morirá en la próxima temporada o como fué la juventud de Dumbledore. Sin uso de la imaginación, los escritores (geniales, buenos, malos o mas o menos) somos solo una anécdota.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Errores que uno comete a la noche

a Ivan Noble

no es por tomarse una cerveza
ni por esperar el amanecer
es cuando una descubre
 que un sapo
de Ituzáingo
también está por pagar el precio
de un juego
que arruina
y yo también
me fui con él
a buscar el olor
del mundo que perdimos
me apuraba
la vida
que no
viví
me sobran
hasta hoy
las
noches

para

huir.

La ilusión de pertenecer a

Si uno le pregunta a casi cualquier argentino, va a decir que pertenece a la clase media. Esa clase es como el arte; una ilusión, un rumor. El barrio donde vivo, La Tablada, es un barrio proletario, de casas de gente trabajadora, la mayoría bien construídas, porque si algo es importante es el techo propio, y muchas son viejas, porque tiene más de ciento veinte años. Es decir, es un barrio con historia. El trabajo de la mayoría de las personas que viven allí son comunes; maestras y directoras de escuela, barrenderos, repositores de supermercados, futbolistas de Central Córdoba, ópticos, médicos, técnicos en laboratorio, farmaceúticos. Todos asalariados. Todos se asumen de clase media. Lo cuál no está mal. Cada cuál elige su clase de pertenencia.
Ahora, lo que a veces me preocupa es cual es el objeto del deseo de esta clase media. Hace sesenta, setenta años atrás, era ser personas con una mediana cultura. Por ahí eran hijos de inmigrantes italianos que solo hablaban en calabrés: pero esos padres mandaban a sus hijos a la escuela, orgullosos y de punta en blanco. Ahora parece que la escuela es una playa de estacionamiento para hacer sociales. Ni siquiera les importa que sus hijos aprendan algo: quieren que aprueben. Lo cuál es ridículo. El aprendizaje por el placer es un concepto un tanto ilusorio: aprender es saber que no se sabe. La nota es lo de menos. Los chicos la tienen, a veces, más clara y lo digo yo, como madre, porque el profesor preferido de mi hijo es uno que lo bochó repetidas veces. E ir a discutirle la nota a un maestro, o presionar como madre o como padre para que a tu hijo no le enseñen tales o cuales cosas, es no entender para que lo mandás a la escuela. Si querés educarlo según tu criterio, no lo mandés. El afuera siempre existe, de todas maneras. Es un poco ilusorio este concepto tan posmoderno capitalista y placentero de que los demás, por tener el mismo auto, leer el mismo libro y usar la misma marca de celular, son iguales a vos. Nunca nadie es igual al otro.No hay "gente como uno". Eso no existe. Las personas son diferentes, en Nordelta y en La Matanza. No es solo una cuestión de desigualdad social, es una cuestión de pensamiento interior. Y, aunque te consideres de clase media, por ahí tu hijo no se considera de esa clase. Aunque lo hayas mandado a escuelas privadas. No es que te salió "malo". Es que piensa distinto a vos, pero eso no es ninguna novedad.

Tributo

Mi madre era una mujer pecadora
que odiaba las fotos de su infancia
esa niña vestida al uso del pasado
que quería ser otra cosa
un susurro leve quae crecía a veces
felicidades a veces atisbadas
y los hombres que a veces
le decían al padre de mi madre
que era hermosa
y ella que creía que el amor era otra cosa
pero se enamoró alguna vez irreversiblemente
y sufrió porque el amor era nada
mientras caían bombas y la gente moría
pero sin embargo
mi madre era fuego y no era agua
la chispa que incendia la pradera,
odiaba que la muerte lo cercara,
temía por mí
pero sabía que yo era
igual que otros que morían
ni mejor ni peor
otro peón que caía
otro peón que estaban masacrando
rezó por mi desde que nací desnuda
y creo que sigue rezando
a veces escucho sus rezos
a veces la lluvia me trae sus lágrimas
a veces el viento me trae su furia
fuerzas de la naturaleza
aunque sabe que yo no regreso
ella aún me espera
porque soy otra mujer como ella
y embarcare donde ella
haya
ido.

La muerte de un rey. 52 parte

                                                                                soy un tipico ser
                                                                                en la ruta del tentempie
                                                                                                    Charly Garcia


                                                                              Larosz Gimlet, Snaefellsjökull, 2021


Le gustaba vivir allí, eso era indudable, y le gustaba ser un cartógrafo virtual. A veces le pedían que trabajara para la National Geographic y a veces para proyectos educativos; pero sus trabajos preferidos era para libros de fantasía ilustrados y videojuegos. Todo lo que había estudiado en sus largas clases de geografía, hidrografía, geología y paleoantropología podía ser utilizado de cualquier manera. A la mañana salía temprano, el viento era helado, comía arenques y respiraba. Su vida anterior no había sido mala, pero era esa la que prefería. Entonces recibió el llamado de su ex compañera de trabajo y ex compañera de cuarto.
Me tienen secuestrada, dijo Lermoune.
¿Quienes?  preguntó él.
¿Te acuerdas de los libros que me gustaban?
Si, lo recuerdo.
Bueno, el otro día estaba saliendo del restaurant y ví al autor, Will no se qué. Y le quise pedir un autógrafo. Y entonces uno de los que estaba con él me amenazó con una navaja. Me dijo que me callara. Y me trajeron a una casona en las afueras de Turín.
¿Donde?
En las afueras de Turín. Ni idea. 
¿Quieren pedir dinero por tí?
Eres estúpido, o que, susurró Lermoune, soy lavaplatos. No tengo dinero. El poco que tengo me lo gasto en ropa y libros y el alquiler. Como en el restaurante.
¿Y entonces por qué te secuestraron?
Porque soy una idiota. Escuché un par de cosas que hablaban, me enfurecí, les grité, y por eso estoy como estoy. Tendría que no haberme enojado con Will Nosequé. Inclusive impidió que el de la navaja me matara, aunque el otro insistía mucho.
¿Quieres que vaya con la policía?
¿Y si me matan, o me trasladan?
¿Y que hago? Estoy en Islandia. Puedo viajar, pero no me veo recorriendo todos los alrededores de Turin hasta encontrar donde estás secuestrada. Además, pueden matarme a mí también.
Además, dijo Larosz Gimlet, ¿de donde me estás llamando?
De un teléfono celular desarmado que encontré en un tacho de basura cerca de la cocina. A propósito, mis secuestradores la tienen inmunda.
Lermoune, ¿sabes que quieren tus secuestradores?
Robar algo con la Ansalo y Tiffanny.
¿Robar que?
Ni idea. Hay uno que es el más bajo y habla un montón con Will acerca de novelas y tes y pastelería francesa. Yo incluso le dí algunas recomendaciones.
¿Robarán algún incunable?
¿Qué es un incunable?
Dios santo, pensó Gimlet.
Voy para allá y espero saber que hacer, le dijo a Lermoune. 

El rey del Once

Nunca fuí al Once, pero me lo imagino exactamente como la Calle San Luis, ese espacio rosarino donde todo está inevitablemente muy barato, y se vende al por mayor y al por menor, y uno puede encontrarse una tienda de ropa de calidad muy barata, y al lado un outlet de bazar y al lado una perfumeria donde se sigue vendiendo el glorioso Mary Stuart (perfume predilecto de las tias abuelas). Hace unos cuantos meses atrás vi la muy buena película argentina, de Burman, El Rey del Once, y es una película preciosa, alegre hasta la médula, donde un hijo confundido regresa a una Argentina, a una patria que es la voz de su padre en el teléfono, y miles de personas chocándose y esa cosa tan rara que tiene la argentinidad, donde cualquier extraño es al principio un enemigo y al poco rato nos cae bien y empezamos a quejarnos del tiempo, de la humedad, de los colectivos y del gobierno, cual coro griego. Lo que más admiro de Burman, lo digo sin vergüenza, es que sus películas son simples y amables: es un metafísico de la alegría, ese mazel tov que ha hecho que el pueblo judío sobreviva a dos mil años de diáspora. Y además le ha hecho buena propaganda a un barrio: en alguno de mis próximos viajes a Buenos Aires iré a Once y seguro encontraré ropa barata.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Barack Obama

Gobernó por dos términos los EEUU y fue (como siempre) un presidente controvertido. Pero Obama es más que eso: es el símbolo de que la raza negra perseveró hasta llegar a la Casa Blanca. No lo hizo sola; es cierto que hubo siempre blancos racistas, en el Norte, en el Sur, en el Oeste, en el Este y en Texas, pero también hubo muchos blancos que ayudaron, por ejemplo, a que los esclavos se fugaran a Cánada y Abraham Lincoln terminó dando su vida por hacer la Guerra de Secesión. En esto hay una dialéctica que va más allá de todos los esclavos eran buenos y todos los señores esclavistas eran malvados. Quizás el que mejor vió esa contradicción fué el gran Mark Twain, que en sus libros se burla de ese espíritu norteamericano, tan honesto e hipócrita al mismo tiempo. Hucleberry Finn y Tom Sawyer arriesgando su vida para liberar al esclavo Jim, es un gran ejemplo de lo que es en realidad EEUU.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Maldición eterna a quién lea esta entrada

                                                                             "A quín coja la yerbuca
la mañana de San Juan,no li dañarán culebrasni caballucos del mal."

                                                                      a quienes piensan que Lucifer es un ángel generoso

Los traidores
son el noveno círculo
para ellos es el oro de los Incas
y el veneno de las serpientes
el fuego eterno de las hogueras
los jinetes del arcoiris
buscan
las almas mas oscuras
para atraparlas infinitamente en el infinito
no hay redención
para quién solo 
cree en el infierno
incluso Satán intenta redimirse
incluso la mujer de Lot intenta dejar de ser sal
incluso Judas intenta devolver las monedas de oro
incluso quienes mataron a Espartaco se arrepintieron de ello

en el cielo
dicen los grandes teólogs
moran los santos y Dios y san Pedro

no sé nada del cielo
pero cada hombre muerto es un infierno
y más infierno si ese hombre fue muerto por otro hombre
y mas infierno si otro hombre cobijó ese asesinato
y mas infierno aún si recibió cobijo por cobijar a asesinos.

Lamento despertar a los ingenuos;
el diablo no negocia
solamente existe
y espera que alguien le pida sus favores.

martes, 25 de septiembre de 2018

El armario abierto y la ropa revuelta

El otro día leí un extracto del libro de Beatriz Sarlo La Intimidad Pública. Es muy crítica sobre la maternidad actual, lo cuál es doloroso para todos nosotros. Lo cuál no excluye que sea cierto. La maternidad actual (y la paternidad actual) parece ahistórica. Un niño es siempre una bendición, en una familia de clase alta, de clase media, de clase baja. Si todo fuera tan idílico, no hubiera habido una marea feminista de chicas de quince a treinta años pidiendo por el aborto legal, seguro y gratuito. Un hijo es cualquier cosa menos una bendición; un hijo es un conflicto. Un conflicto legal, sentimental, económico, de todo tipo. No soluciona nada, ninguno de tus problemas existenciales. Por más que le saque fotos en Instagram o te niegues a que le saquen fotos. Eso digo (soy así de directa y cruda) para despojar para siempre todas las ilusiones sobre la belleza de la maternidad. Quizás esto resuene duro en ciertas clases sociales; las mujeres que viven en villas miserias, y tienen que estar cuidando a cinco hijos de narcotraficantes, policía, gendarmería y una sociedad que los discrimina por portación de cara quizás sepan mejor de lo que hablo.
Otro punto que toma Beatriz Sarlo, y que tiene que ver mucho con el anterior es que los romances son cada vez más escandalosos. No voy a dar nombres. Caso típico: un chico y una chica, medianamente famosos y lindos, generalmente el chico con un poco más de plata que la chica, se enamoran y tienen un hijo. Por un tiempo, todo bien. Pero pasa que los dos están acostumbrados andar con otras personas, a la vida de soltero, y la verdad es que la vida de casados es un poco aburrida, la joda se acabó, los chicos en una discoteca no quedan bien, la marihuana adelante de ellos es un poco inapropiada. En un momento dado hay que dejarlos con la abuela y volver a la vida de soltero. Y en la disco hay tentaciones e inevitablemente uno de los dos termina engañando al otro. Y como la vida pública hoy en día está llena de celulares, es casi imposible que eso no salga a la luz. Y entonces la gran tragedia pública: el o ella me engañó con otro/a. Paseo por todos los canales de aire y los del cable también, por las dudas. Y entonces el gran tema: los hijos. La cuota alimentaria. La madre generalmente tiene la custodia, así que generalmente la cuota alimentaria le corresponde a ella. Y eso es correcto. Pero a veces el padre no le pasa la cuota alimentaria correspondiente o le pasa menos de lo que ella piensa que le corresponde (es cierto que muchas veces las mujeres pensamos que los hombres ganan cifras estratosféricas; trabajo a la par de muchos hombres, sus sueldos son tan malos como los míos y sus problemas concretos son casi iguales). Y la solución que encuentran estas mujeres madres casi famosas es ir a un programa de televisión a decir que su ex marido o ex pareja es malo porque no le pasa dinero para sus hijos. Y el programa de televisión va a hacer mucho rating, pero lamento decirle a esas madres tan corajudas (y a las que son de estratos sociales más bajos y las imitan) que el que va a decidir cuanta plata les va a dar o no para sus hijos es un juez en lo civil, abogado de por medio. O sea, madres que aman tanto a sus hijos: mejor asesorense bien legalmente, porque el día de mañana sus hijos les van a recordar que hablaron mal de su padre solamente por una cuestión económica. Es una cuestión de jerarquía, simplemente; una cosa es un maltrato físico o psicológico  de un padre o una madre hacia un hijo,que es grave;  otra cosa es el abandono del lugar materno o paterno, que también es grave pero no tanto; y otra cosa mucho más menor es cuanta plata el padre puede pasar por mes. Las mujeres, es cierto, tenemos generalmente sueldos paupérrimos, pero muchos hombres también.

Juan Martini

Es rosarino, como yo, aunque un poco más viejo (lo cual me hace sentir bárbara). Solo leí una novela de él y la compré fundamentalmente porque en la contratapa la elogiaban Cortazar y Onetti. Tenía exactamente trece años cuando compré esa novela: se llamaba La vida entera, y sigo pensando, como pensaban Cortazar y Onetti, que es una de las mejores novelas argentinas. Hay tantos grandes escritores argentinos ninguneados por la academia académica. Quizás algún día se los reconozca. Nunca olvidé la tragedia contada en esa novela, que transcurría en mi ciudad, en la época de la dictadura, ni el comienzo (Madre, la hermana tuvo un sueño) ni el hermoso final, cuando le preguntan al protagonista -del que nunca se sabe el verdadero nombre- quién es y el responde: Yo, nadie, el Oriental.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Artes plásticas contempóraneas.

No me considero artista. Artista era Goya. Artista era Antonio Machado. Artista era Gaudí. Esos eran artistas. Me considero una empleada pública que escribe cuentos porque le gustan. Y a veces pinto y dibujo también porque me gusta. Me abstrae de la realidad. Es una manera de ser otras personas.
En las artes plásticas contemporáneas veo que el posmodernismo sigue siendo la moda. El arte conceptual. Es una etiqueta genial para no hacer nada. Si Antonio Machado hubiera sido conceptual hubiera publicado un libro con las hojas en blanco. O sea un cuaderno. Las vanguardias ya hicieron todo a principio del siglo pasado. Ya rompieron todos los esquemas habidos y por haber. Y después se aburrieron y volvieron al clasicismo, al hiperrealismo, al rococo, al barroco, al gótico, al manierismo, al renacimiento, porque el que es realmente artista no quiere ser recordado como una nota al pie interesante. Quiere ser recordado por su arte. Me parece que pobre favor le estamos haciendo al arte contemporaneo  premiando a artistas por su concepto; si un cuadro es malo, es malo, por más que esté a favor de los pobres. Si un cuadro es bueno, es bueno, aunque ensalce a la reina de Inglaterra. Pienso que el que más se acerca en este mundo al concepto de artista genial es Alejandro Jodorowsky, escritor y cineasta chileno: para filmar Dune, convocó a Orson Wells, y a grandes artistas plásticos de los 70. La película nunca se filmó, pero de ese film frustrado se hicieron famosos muchos grandes, como Moebius.

Michelle Pfeiffer

La mejor actuación de Michelle Pfeiffer, en esto tengo que coincidir con Jose Pablo Feinmann, es en White Oleander. Esa madre terrible, que se destruye a sí misma e intenta por todos los medios destruir a su hija, sin conseguirlo, es un ejemplo de como a veces lo que para las mujeres es virtud en realidad es defecto. Es un personaje que en realidad tiene todo para ser feliz (talento, belleza, una hija que la ama) y sin embargo envenena a su amante porque este la abandona. Es una Medea del siglo XXI; aún en la cárcel no puede soportar que su hija intente ser libre y dichosa e intenta por todos los medios arruinar su vida. El final es aleccionador; la hija se aleja para siempre de la madre, la madre se da cuenta de que queriendo retenerla la ha perdido para siempre. Pienso que solamente una actriz de la talla de Michelle Pfeiffer puede hacer un personaje tan terrible.

Cuestiones educativas algo urgentes.

Estamos acostumbrados (gracias a Internet, a la televisión, a la radio, y a nosotros mismos) a pensar que las otras personas son las que nos arruinan la vida. Las personas que realmente piensan y actúan de acuerdo a sus principios son excepcionales. Yo, por ejemplo, reconozco que soy bastante quejosa. Es un defecto. Hay gente en silla de ruedas que se queja menos que yo. Sin embargo, también sé que quejarme es una forma descargar mi bronca por todos los errores que cometo diariamente; por distracción, por atolondramiento, por cansancio. Es así, cuanto más cansada y más distraída estoy, más errores cometo. Si alguien quisiera explicarme como se maneja el celular más fácil del mundo en diciembre, lo echaría de la oficina donde trabajo.
La educación, en general, tiene que ser pensada en base a una relación de respeto entre los alumnos, los padres de los alumnos y los maestros. Si no es así, la escala jerárquica se rompe. El alumno va a ser siempre un rebelde, sin saber por qué, los padres van a pensar siempre que es un nene incomprendido y los maestros van a expulsar a los que los molesten en clase. Una madre de verdad no puede quejarse de las otras madres que llevan a sus hijos al grado; una maestra de verdad tiene que integrar a todos (todos) sus alumnos, no expulsar o disminuir a quienes lo retrasan, un alumno tiene que esforzarse y agradecer que esta yendo a la escuela. Hasta hace cincuenta, sesenta años no todos llegaban. Si era peon, eras analfabeto. Dejemos de pensar en el Vigilar y Castigar foucaltiano. Foucault fue un genio, pero estudió el pasado. Estamos en el siglo XXI. Nos quejamos, a veces, de nuestra propia incapacidad de entender, no de la facilidad de otros en explicar.

Martina Gusman

Argentina es un país de grandes actores y actrices y dramaturgos. Nunca se le escapa a la tragedia, a la comedia, al drama; inclusive los que recién empiezan sueñan con protagonizar Broadway o la calle Corrientes. Eso es verdadero espíritu artístico. Algunos, por ejemplo, se escandalizan conque Susana Giménez sea considerada una buena actriz; quizás no en una tragedia, pero si en la comedia. Gimenez tiene soltura, tiene alegría natural, tiene esa chispa que pocas mujeres tienen naturalmente. Cuando se la ve actuar en pasos de comedia en su programa, uno se da cuenta de que en eso es buenísima, y que además tiene mucha voluntad de trabajo. Eso para que dejemos de creer que los grandes divos y divas vienen de Hollywood o de Paris.
Martina Gusman me parece muy, muy buena. Primero de todo, es cinematográfica. Da bien en cámara. Eso es importante a la hora de filmar. No estoy hablando de belleza; hay chicas bellísimas que una las ve filmadas y son intrascendentes. (Valeria Mazza es un ejemplo; es muy linda, es una modelo muy linda. No estoy hablando mal de ella, ojo). Después, yo entro al cine y puedo creer que es una médica adicta a la morfina o una chica bien de las clases altas, y nunca me lo cuestiono. Suspendo toda mi incredulidad, porque en ese momento no estoy viendo a Martina Gusman; estoy viendo a ese personaje. Siento la tragedia de ese personaje. De todas maneras, yo creo que un buen ejercicio para los actores y dramaturgos (sobre todo para los que provienen de la clase media) sería en un momento correrse de ese pensamiento de clase media. De ese, los ricos están allá arriba y los pobres están allá abajo. Roberto Arlt era pobre. Discepolo era pobre. Walsh era pobre. Maradona era pobre. Hasta Susana Gimenez era pobre, tuvo por suerte un titulo de maestra normal, que era la maxima aspiracion en los años 60 para una mujer. Ahora parece nada, en los 60 ser maestra normal era ser una futura directora de escuela. Algo de esa voluntad de trabajo que tienen los mas postergados, de los que mas se burlan, en algun lugar les tiene que resonar en la cabeza. Ahora hay mucha gente que llega a la fama por ser escandalosa; la fama, obviamente, no les dura nada, porque la fama es lo contrario al escándalo. Victor Hugo no fue famoso por ser escandaloso; escribió Los Miserables, Notre Dame de Paris y El hombre que ríe, y a partir de ahí sera recordado por siempre.

domingo, 23 de septiembre de 2018

La muerte de rey. 51 parte.

                                                                                 Esta es época sin arameo
sin griego
sin lenguas vernáculas
con demasiado inglés
y aprendemos chino mandarín
a como dé lugar.

Miramos a Kuan-yin
y a su mascota el Conejo de Jade.
Ese nombre se le ha puesto
a este pájaro interestelar
que ha salido en busca de agua.

Esta tarde aluniza y
ni media chispa incendiará la pradera.
                                  Elvira Hernández

                                                                          Lermoune Filland, Aro

No sé, pensó Lermoune, porque soy la única de los Mil que no se cambió el apellido ni se puso un sobrenombre. Hasta Melinda es ahora La Dama Blanca del Alba. Maldita sea mi padre haitiano, que insistía tanto en su ascendencia. Ahora ya es tarde, sigo siendo Lermoune Filland. Hasta Indigo me llama así, aunque hay mas ironía que respeto, y eso que soy la mejor cocinera de Aro, de lejos. ¿Que necesitas, Indigo? Estoy cocinando.
Van a encontrar la máquina los hombres del rey. Lisbeth les dijo quienes eran los custodios.
Siempre dije que era una idiota, dijo Lermoune.
Ya lo sé, dijo Indigo. ¿Puedes salir de la cocina y venir aquí? Hay cosas más urgentes que tus guisados.
Es una pieza de caza, Indigo, y va a quemarse.
Me tienes harta. ¿Por que no te casaste con L' Ansal?
Es una repostera de cuarta y no sabe ni hacer una sopa.
Dios santo, ven acá, antes de que te arrastre de los pelos.
Lermoune resopló. Pero le dejó el mando de la cocina a una de sus ayudantes. Indigo era la muchacha más amable y bondadosa que conocía, pero si ella amenazaba con ir hasta la cocina y arrastrarla de los pelos, lo haría. Y su amante la ayudaría y el resto de los habitantes de Aro se divertirían con el espectáculo.
Cuando entró en la choza de Indigo, estaban también Will y el Turco.
Hola, Will, dijo.
Hola, Lermoune, respondió el. Lamento interrumpir tu cocina.
Bueno, creo que hoy hay cosas mas urgentes.
En eso estamos todos de acuerdo.
Mi plan es este, dijo Indigo. Si nos quedamos acá, aunque construyamos armas, nos sitiaran y nos mataran. La única alternativa es huir. Huir lo más lejos posible.
¿En qué? preguntó Lermoune.
En carros. 
Esta gente aún no ha descubierto los rodillos siquiera, dijo Lermoune.
Tampoco sabían cocinar hasta que tu les enseñaste.
Es buena idea, pensó Lermoune.
Es muy difícil y arriesgado, dijo Will. El Turco piensa igual que yo. Lo mejor sería un combate.
Lermoune sacudió la cabeza.
Son demasiado pacíficos para combatir. Hay solo cuatro personas en esta aldea que tienen el espíritu necesario y están en esta habitación.
Entonces concuerdas conmigo, dijo Indigo. Por favor, lo único que te pido, olvidate de tus ollas, de tus platos, de tus semillas, de todo. Serás una gran cocinera siempre, en Turdum o en las mazmorras del rey. Mucho mejor que L Ansal, aunque mejor que no me oiga.
Siempre lo supe, contestó Lermoune.

Correción política

Si Cristo hubiera sido políticamente correcto, no lo hubieran cruxificado. Es así, aunque le duela a las feministas, a los ateos, a los judíos, a los negros, a los gays, a las lesbianas, a las travestis, a los transexuales, a los hombres y a las mujeres cristianos, católicos, evangélicos, cuáqueros, etc. Sospecho que al papa Francisco y a su verdadera grey esta afirmación le gusta, porque es cierto que un hombre que murió ya hace dos mil años y sigue gravitando sobre nuestras vidas no puede haber dicho nimiedades del estilo "Estamos mal, pero vamos bien". Su discurso era revolucionario, realmente revolucionario.
Cuando era realmente chica leí a Giovanni Pappini. Era un reaccionario. Era realmente un re-
accionario católico. Terrible. Apoyaba a Mussolini. Sin embargo, el encuentra, en sus escritos, precedentes de la actitud de Cristo en Julio César. En un hombre que aparentemente, era todo lo contrario que la imagen canónica de Cristo. Julio César era un bon vivant, un general romano acostumbrado a los lujos y a los excesos, a la poesía, a los hombres y a las mujeres, es decir, un epicúreo. Y sin embargo Pappini observa, y esto es genial: el sabía que lo iban a matar y no impidió que lo mataran para que no muriera más gente. Permitió su sacrifició. Sabía que iba a morir. No le importó. Le importaban más sus soldados que él. En este hombre aparentemente opuesto al asceta Jesucristo Pappini encuentra un reflejo.
Yo pienso que Jesucristo no era un asceta. Juan el Bautista si lo era. No Jesucristo. Primero de todo, hoy en día morir a los treinta y tres años es morir joven, pero en esa época eras ya viejo. Probablemente tenías hijos. Y una esposa. Y además una tradición judaica, que es pesada en sentido de herencia histórica. En el antiguo testamento uno encuentra de todo. Yo creo que Cristo era algo más cercano a un filósofo, alguien imbuído en el pensamiento del cambio de milenio, que encontró en los Diez Mandamientos de las Tablas algo importante. Que era un decálogo de buena conducta en general, menos por un mandamiento: No Matarás. No matarás porque tu prójimo es igual a tí. No matarás porque el general romano, el ladrón, el asesino, el avaro, el usurero, el samaritano, el filisteo, el hipócrita, el heredero de Herodes, e incluso el César son iguales a los miembros del pueblo elegido. Por eso eligió pescadores y carpinteros entre sus primeros discipulos: porque sabía que si le hablaba a los grandes guardianes del Templo, sería inútil. Ellos creían sagradamente en los diez mandamientos, y veían en cualquier duda a un hereje. Todos somos herejes, según la ley cristiana. Todos somos pecadores. La santidad no existe, porque es imposible. Dios perdona todo, porque es Dios. No sé si existe. Pero pienso como Borges: si Dios dejara de pensar en mí, yo me disolvería en el aire. No existiría. Yo no creo en Dios, soy atea; afortunadamente, el no comparte esa creencia.

Servicios de inteligencia (con pequeño tributo a Spilberg y a Jonathan Demme)

Los norteamericanos son organizadores geniales. La tienen re clara. Tienen una agencia que se ocupa de la seguridad externa (la CIA), una agencia que se ocupa de la seguridad interna (el FBI), cada una de ellas tiene un gabinete de asuntos internos y de psicólogos (es necesario mucha psicología para descargar la carga de paranoia y de psicosis que genera buscar asesinos y narcotraficantes), e incluso la policía de un condado perdido en Wichita llama al FBI cuando sospecha que dos o tres crímenes que han ocurrido no son hechos aislados, sino que siguen un patrón. Eso lo aprendí viendo El silencio de los Inocentes, viendo las películas de Spilberg, viendo series yanquis como CSI. En materia criminalística, me saco el sombrero.
Nuestros servicios de inteligencia son tan malos que ni siquiera da para llamarlos servicios de inteligencia. Mejor llamarlos mano de obra desocupada de la dictadura que ahora quieren aprovechar los secretos de los empresarios y de los políticos y de los jueces para apretarlos. O sea, en Norteamérica se estaría discutiendo si encerrarlos en Guántanamo o en una cárcel de Maine (quizás Shawshawk). No quieren rendir sus gastos porque son "necesarios" para el buen funcionamiento del país. Eso es avivada argentina, de acá a la China. Si los ponés a desentrañar una pelea a golpes en un bar, no saben que hacer. Presuponen que la gente es mala porque ellos son malos y que los otros son inútiles porque ellos son inútiles. Se imaginan que todo el mundo oculta secretos terribles, porque sus secretos son terribles y oscuros y están disimulados detrás de una gruesa capa de dólares y de cuentas off shore. Hackean cuentas de Facebook, lo cual es una boludez grande como una casa, filtran fotos de nenas de trece años muertas - horrible desde todo punto de vista-, amenazan y torturan maestras. Creo que hasta a sus hijos y a sus esposas les debe dar vergüenza decir que pertenecen a esa casta de personas, y sinceramente, yo estaría avergonzada también. Muy avergonzada. Deben comprar muchas veces secretos con dinero, después con amenazas y después con la muerte o con el suicidio. Son esa clase de gente. Probablemente ninguno de ellos mató a nadie con sus propias manos nunca, y si lo hizo enterró los cadáveres en lo más profundo de los bosques. Pero los bosques, como los huesos de los muertos, recuerdan y respiran. Incluso en Auschwitz no se podía respirar por el olor de los crematorios.

El atentado a la Embajada de Israel (1993) y el de la AMIA (1994)

En el año 2001 EEUU sufrió el peor atentado en su historia. Murieron miles de personas, y los terroristas fueron unos pocos suicidas islámicos entrenados. Es decir, se le hizo un gran daño a un país con muy poco.
Acá en Argentina tuvimos dos atentados masivos en los 90, a menor escala pero no menos lesivos a nivel memoria. Si todavía pueden explotar las bombas contra los civiles inocentes, pensamos todos, estamos igual que hace veinte años. Y encima nunca se encontró a los culpables. Pero tampoco hubo nunca voluntad política ni judicial para encontrarlos.
Partamos de un principio: las guerras en el mundo son la constante, no la excepción. Es posible que luego de nuestra participación en la guerra del Golfo los países árabes se hayan considerado de alguna manera humillados y hayan querido vengarse de nosotros. Que país, sinceramente, no lo sé. Puede haber sido casi cualquiera: desde afuera para nosotros los musulmanes son algo homogéneo, aunque ellos no se perciben así.
Ahora, es imposible hacer un atentado en un país extranjero solamente con deseo de venganza. Alguien tiene que llevarlo a la práctica. Y sinceramente, a mí me suena un poco raro que un turco, un sirio, un iraní, un paquistaní, pase por la frontera argentina con cincuenta kilos de trotyl y nadie se de cuenta. Por más distraída que a veces esté la gendarmería, no es algo que se ve todos los días.
Y lo que pasó después confirma que los dos atentados fueron hechos con complicidad política (y en la política incluyo a los servicios de inteligencia, que siempre operan, y son el Gran Hermano argentino; basta ver la parodia de los cuadernos Gloria fotocopiados) y judicial. Hubo demasiado cajoneo, demasiado ocultamiento de pruebas, demasiados videocasettes convenientemente borrados, demasiado todo para que fuera casualidad. Hay un juez que todavía está en ejercicio que fue apartado de la causa del encubrimiento a la AMIA porque consideraron que no era imparcial. Eso es gravísimo, acá, en EEUU, en Francia y en China. Si un juez no puede ser imparcial en una causa que intenta investigar a quienes hicieron posible un atentado donde murieron casi un centenar de personas, yo me pregunto por la calidad de la justicia argentina. O sea, tienen tantos privilegios, por lo menos podrían pagar impuesto a las ganancias como hacen los camioneros. Ademas, yo cuando quiero saber algo sobre alguien o algo entro a la grandiosa Wikipedia: he averigüado cosas así sobre los elfos silvanos, las culturas guaraníes y Kenneth Branagh. Una persona pública, demasiado pública, que en esta época en Wikipedia tiene solo una pequeña entrada de cuatro o cinco párrafos y cuatro enlaces me resulta muy, muy rara.
Por eso, yo pienso que el atentado a la Embajada de Israel y el de la AMIA todavía se pueden resolver. Solamente hay que seguir el rastro más lógico (Mossad dixit): el del dinero. Los codiciosos no pueden dejar de ser codiciosos, como los alacranes no pueden dejar de ser venenosos, porque, como en la vieja historia rural: está en su naturaleza.

viernes, 21 de septiembre de 2018

La muerte de un rey. 50 parte

                                                                               estoy encantado de conocerte, cantando para que me conozcas

                                                                                                     Leo Garcia, Romance

                                                                                              Lermoune Filland, Turín 2020

Lermoune Filland había por fin terminado de lavar los platos de restaurant. Su turno había terminado. Comió lo que había sobrado de un cliente que había dejado la mitad de una codorniz en sarcófago (idiota, había murmurado el sous chef cuando el mozo lo trajo, cometelo tu, Lermoune) y se cambió. Era una cuarterona bonita, de ojos vivaces; la sangre haitiana era algo ya perdido en un padre que había huído y se había enamorado de una española en Ibiza. Adiós, le dijo al sous chef, y el le contesto con una inclinación en la cabeza, porque no tenia tiempo para mas.
El restaurant estaba casi vacío. Gribbon, el zapatero, venía a almorzar allí como todos y luego, en una mesa apartada, había un hombre delgado y bajo y de tez morena (cuarterón como yo, indudablemente, pensó), otro más bajo aún y más viejo y un hombre viejísimo, de ojos acuosos y barba amarilla. De algun lado lo conozco, pensó Lermoune,
Dentro de poco nos encontraremos con Tiffany y con l´Ansal y podremos concretar el robo, dijo el más bajo de los tres hombres.
Ya sé de donde lo conozco, se dijo Lermoune, al viejo ese. Es el autor de La caída del imperio del planeta Ur. Está en la contratapa. Y lo tengo en la mochila.
Sacó su libro y se acercó a la mesa. Los tres hombres la miraron sorprendidos. Y un poco asustados.
Tu eres este, ¿no? le dijo al mas viejo.
Si, dijo el.
Firmamelo, por favor, es mi libro favorito.
No tengo pluma.
Lermoune se enfureció. Era raro que se enfureciera.
No me lo firmas porque soy haitiana y lavaplatos, ¿no? Si fuera una de tus adoradoras en una librería me lo firmarías. Te escuché lo que decías con tus amigos, que van a robar algo con la Ansalo, eres un ladrón común, y no le quieres firmar a una haitiana lavaplatos.
El joven delgado se levantó y agarró a Lermoune del cuello. Le mostró la navaja que llevaba en la mano izquierda.
Calláte o te mato.
Siéntate.
Los tres hombres se miraron. Lermoune temblaba. Van a matarme.
Creí que aquí estábamos a salvo, dijo el más bajo.
Bueno, dijo el delgado, si quieres la mato.
Deja de decir estupideces, dijo el escritor. Una lavaplatos muerta en un restaurant turinés. Ahí si que caemos uno por uno.
No entiendo nada, murmuró Lermoune.
Me alegro que te gusten mis libros, dijo el escritor, y entonces Lermoune recordó que su nombre era William, y quisiera preguntarte si sabes guardar un secreto. Si realmente te gustan mis libros, si quieres, te los regalo todos, firmados, a cambio de tu silencio.
Yo sigo pensando que matarla es la mejor solución, murmuro el joven.


Arturo Perez Reverte

Fue corresponsal de guerra muchos años (lo cual es cercano a la heroicidad) y ademas es un muy buen escritor. Solo he leído El Club Dumas y una novela del ciclo de Alatriste, pero me basta y me sobra para darme cuenta de que tiene el pathos cervantiano: no escribe para ganar premios. Ha salido a protestar contra el lenguaje inclusivo. Yo no protesto  -si no protesto ante los argentinos que piensan que seguir las reglas de tránsito es ser un oprimido, no protesto ante nada- pero me hace mucho ruido interno esa revisión de toda la literatura que se está dando desde un supuesto feminismo o estudios queer. Manuel Puig escribia correctamente y era gay. Isak Dinesen escribia correctamente y era mujer. La persona que lee y estudia a Tolstoi, por ejemplo, y llega a la conclusión que era un machista opresor porque la trataba mal a la esposa y porque Ana Karenina se suicida leyó demasiado a Simone de Beauvoir y a Virginia Woolf. Se está hablando ya de revisar la literatura universal para que sea menos machista. Es un delirio. Y además un delirio caro y gratuito, e inútil, porque yo no puedo permitirme leer un soneto de Machado en lenguaje inclusivo. Vamos, es un soneto de Machado. Por eso, hermanos de estudio de genero, lamento decirles que coincido con el señor Arturo Perez Reverte: el feminismo y el colectivo LGBTTI tiene cuestiones mas urgentes e importantes que pelearse con la literatura universal.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Rock argento

No soporto mucho a la gente con demasiado ego. Me molesta demasiado. Y el rock es puro ego, generalmente. Por eso siempre admiré a Luca Prodan, a Skay y a Litto Nebbia. Y a Leon Gieco. Porque fueron o son músicos generosos, arriba y abajo del escenario. No es una crítica a los demás por su talento como artistas: Spinetta, García, el Indio Solari, Fito Paez, etc. son valiosos, pero a veces uno siente que se los come el personaje. Cuando Pettinatto dice, que después de lo que pasó en Olavarría, el Indio Solari tendría que haber salido de su personaje de filósofo y poeta hermético que arenga para los pibes, tiene razón. Porque los que murieron ahí fueron otra vez sus seguidores. Dejemos de pensar que el rock es no se qué: el rock es música, nada más. Nadie es un iluminado por escuchar rock, el rock no va a cambiar el mundo. Como mirar Game of Thrones no va a cambiar el mundo. Es showbussiness, tiene el mismo nivel de entretenimiento que Bailando por un sueño, aunque a muchos les duela en el alma. Nadie se vuelve más bueno por escuchar a Fito Paéz; la gente que escucha a Fito, va, lo escucha y después  vuelve a su casa, y sigue siendo igual. Es así, el concepto de arte está demasiado inflado en el mundo moderno.

Instinto maternal

Yo creo que todas las mujeres tenemos, innatamente, instinto maternal, solo que cada una lo ejerce de manera distinta. Algunas, siendo madres. A otras mujeres el rol de madre les resulta una carga pesada, porque lo es, y se ven a sí mismas como tías. Las maestras de antes, a las que se les prohibía el matrimonio, probablemente tenían ese concepto de si mismas. No me voy a casar, pero veré crecer a mis alumnos. Creo que sufre mucho más una mujer que tiene una vocación maternal muy fuerte, es decir, que quiere tener hijos y por alguna razón no los puede tener que una que decidió que su vida como tía divertida de sus sobrinos y de los hijos de sus amigas le alcanza (esto va más allá de si está en pareja o no, y es cierto que el problema de la paternidad es el principal en una pareja adulta; si no querés tener hijos es mejor que consigas una persona que tampoco los quiera tener, sino va a ser un desastre, en algún momento va a hacer crisis por algún lado, porque ambos quieren cosas totalmente opuestas). Me parece que esa especie de ingenuidad del Primer Mundo de congelar óvulos fecundados para ser madre a los cuarenta años es una ingenuidad y un negocio: lo digo como madre, si no querés ser madre a los veinticinco a los cuarenta tampoco.

Discusión histórica acerca de la cantidad de desaparecidos durante la dictadura militar (1976-1983)

Los que en realidad desaparecieron realmente durante la dictadura militar fueron los pobres. Se murieron de hambre. Eso fue así. La única manera que tiene un sistema capitalista para funcionar en todo su esplendor es matar a la persona de clase alta o de clase media que tiene un mínimo rasgo de bondad, desaparecer al obrero de la fábrica o a la maestra que se esfuerza y son solidarios e intentan organizarse y a la gente que vive en la periferia, en las villas, en los cañaverales, etc. matarlos de hambre. Para que nunca más se les ocurra pedir ni siquiera un dispensario ni una tiza ni un plato de comida. Eso no es novedad, está en todos los libros de historia.
Por eso pienso que la cantidad de gente desaparecida durante la dictadura es una discusión muy, muy menor. Fueron muchos, sí, pero muchos menos que en Guatemala o en El Salvador. El método fue cruento, y, sí, la gente que es cruel es cruel y la gente que es indiferente ante la crueldad no reacciona nunca porque viven imbuidos en su ego. Lo increíble, lo que tenemos que estar un poco orgullosos, es que a pesar de eso la dictadura cayó. Sola, prácticamente. Se tumbaron solitos. El manotazo de ahogado fue el de Galtieri, que era un borracho, invadiendo las Malvinas. No iban a ganar nunca, y era imposible que ganaran, porque una cosa es matar y torturar a obreros y estudiantes, que es fácil, y otra cosa es estar en una guerra real y organizada. Y quedaron para la memoria argentina como una especie de desastre catastrófico, y aún hoy para mucha gente un militar es algo malo y un policía es un torturador. Pero el tema es que los crímenes económicos durante la dictadura, esa gente que se murió de hambre o intentado robar un poco de pan, esa gente es invisible: en La Voluntad, en Recuerdos de la Muerte, en el Nunca Mas, no están. Son los pobres, que hasta ahora existen y venden pañuelos bar por bar y persona por persona. Yo casi siempre les compro, por las dudas; los pañuelos de papel son siempre necesarios y además, nunca se sabe cuando uno va a necesitar un favor.

La muerte de un rey. 49 parte

                                                                             They are called the dead who lived through their deaths,
And among my people
They are considered wise and honest.

They float out of their bodies
And light on the ceiling like a moth,
Watching the efforts of everyone around them.

The voices and the images of the living
Fade away.

                                       Frank Standford

                                                                                  José el de las Cabras, refugio de Sarar.

Lo único que queda es arrasar con ellos, dijo Tiffany.
Cálmate, Tiffany, dijo Sarar.
Cuando te enojas eres terrible. 
¿Qué estás diciendo? Tu le prometiste a Amparo que nunca le pasaría nada a Eliza. 
Nada puede pasarle a Eliza. Somos inmortales ¿lo olvidas?
José carraspeó. Hablaba muy mal, porque estaba acostumbrado a hablar con sus cabras más que con gente. 
No entiendo porqué Lisbeth les dijo donde estaba La Máquina.
Oh, dijo Sarar, porque Lisbeth siempre será una niña. Una niña de dieciséis años feliz porque su madre sobrevivió gracias a nosotros. Por eso rescató a ese niño, lo cuidó y le dió amparo, aunque era lo único prohibido. No concibe la maldad, no la entiende. Quizás sea la mejor de nosotros. Hasta su madre lo piensa. 
Mi hija era parecida a ella, dijo José. No sé cuál será la mejor estrategia, pero si los morantes de este planeta encuentran a Pauline y a Rodrick, sé que será una masacre. He viajado por casi todo este territorio. He llegado incluso hasta el borde de las quebradas áridas del este.
No me interné en ellas porque no hay casi vida allí.
¿Que quieres decir, con casi no hay vida?
Hay lagartos y escorpiones y dadoras de vida.
¿Y cómo es el viento?
Espantoso y helado.
Eres un genio, José.
Bueno, dijo José, ya sé que ayudé mucho a que este viaje fuera posible, pero había muchos especialistas. Yo fui el único que respondió al anuncio, pero sabes, mis circunstancias...
No es por el hipotálamo, dijo Sarar. Rodrick, Gaspar, alguno de ellos lo hubiera resuelto. No, es por el viento. ¿Sabes que significa un viento espantoso y helado en un desiertos?
No. Yo siempre viví en Cuba.
El oceáno. Un oceáno cerca. Y si hay oceáno podemos escaparnos.
Ojalá tengas razón, dijo José.
¿Pero habrá otros continentes?
Quizás no. dijo Sarar.
Pero siempre hay islas.
Tendremos que hacer balsas para mis cabras. Sobre todo para la Parda. Dentro de poco tendrá cabritos.
Me parece bien, dijo Sarar. Le avisaré a Indigo. Está preocupada por Aro y razones no le faltan.

Japón

Empecé a amar a Japón por dos cosas: Akira Kurosawa y Hokusai. La ola, ese grabado del mar que solo los que son grabadores saben que es casi perfecto y la película Rapsodia en agosto, me hicieron pensar muchas cosas sobre como el pasado gravita sobre todas las personas. Rapsodia en agosto la ví muy chica gracias a mi madre: una de las cosas que le agradezco es que siempre me consideró, aún cuando era chica, una persona y me hablaba de libros y me llevaba a ver películas. Me hizo, sin saberlo y porque ella lo es, una mujer medianamente culta. Es decir, una persona que sabe apreciar el arte, e intenta diferenciar el arte bien hecho del que está hecho a los ponchazos y porque si. Se lo agradecí mucho cuando estudié Bellas Artes. El grabado La Ola lo vi en los libros, y me encantó la historia de Hokusai, sobre todo porque parecía contada por Borges. Un hombre que ha vivido muchas vidas y que, cuando sabe que la muerte se acerca, decide dibujar y grabar, para no olvidar lo que vió

Todd Haynes

Es elegante para filmar; tiene ese algo Hitcockiano, esa capacidad que tenia el gran director inglés de hacer de cada trama algo más que eso, volverla un juego de espejo en grandes mansiones victorianas. Su película Carol, basada en una novela de Patricia Highsmith, es un romance apasionado entre dos mujeres sin el final trágico esperado, sobre todo si se piensa que está situado en la década del 50. La década del 50 fué la del gran quiebre en Estados Unidos; todo era fantástico y maravilloso y sin embargo los poetas beatniks ya estaban escribiendo, el rockanroll nacía, el feminismo afinaba sus lápices, aunque el maccartismo arreciaba muchos se opusieron a él. Y esto lo hicieron sobre todo porque el maccartismo fue muy injusto: los rusos y los norteamericanos habían sido aliados en la II guerra mundial y sin esa alianza nunca hubieran podido ganar la guerra. Además, es muy poco probable que un país como Norteamérica, que solo tenía minorías oprimidas (los negros, las mujeres, etc) se vuelva comunista. Los países que eligen la revolución como camino es en donde la mayoría es oprimida y muy pocos tienen privilegios (la Rusia de los zares, la China de Mao, hasta la Bolivia de Evo Morales). En los países donde los derechos humanos básicos están garantizados, hay pocas probabilidades de revoluciones.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Discusiones económicas en Argentina

Argentina es como esas personas que van al shopping, gastan treinta mil pesos y ganan diez mil. Y ya han estado en el Veraz. Le va a pedir plata al FMI: el FMI le prestó fortunas a nuestro país en los años noventa. Y no se hizo nada en el país. No hubo una escuela, un hospital, nada. Más bien se destruyeron lugares estatales fundamentales para garantizar el buen funcionamiento de un país. Y después nos declaramos en default. Es como si vos le pedís por diez años fiado al almacenero de la esquina para comer, te construís una mansión, tenés una Land Rover y cuando el almacenero de la esquina te reclama el fiado le decís, no, mirá, yo ando re mal. El pensamiento típico de clase media argentina es comprarse el último celular, viajar a Cancún o a Europa, usar zapatillas Nike, ropa de Prada, perfume Channel y pagarle a la mucama que te limpia la casa cincuenta pesos la hora como diciendo es mucho. Gracias que te doy trabajo. En cualquier lugar del mundo que no sea acá, eso es explotación laboral. La única que nos queda, y sé que esto es triste para la mayor parte de la gente que viaja a Europa y a Cancún y tiene que pagar la Visa o la Master, es devaluar. Devaluar para que los artículos importados sean muy caros, la industria local prospere, y haya trabajo. Es así. Para poder ganarse la comida hay que trabajar; la gente que quiere trabajar realmente, en algún lado trabaja, si hay trabajo. Y a veces también estudia. Y que haya leyes especiales que protejan a la pequeña y mediana empresa, a la importación de máquinas, inclusive al Know How (al saber hacer algo). La única solución concreta que yo veo para esta situación económica tan complicada es una devaluación que haga que el dolar llegue a su valor concreto y real. La clase media, lo sabemos, se va a ver perjudicada. El proletariado, al que pertenezco desde el empleo público (hagan las bromas que quieran) y la gente que vive en el último decil de pobreza lo vamos a agradecer.

martes, 18 de septiembre de 2018

Nazik al Malaika. Calendario

Durante mucho tiempo hemos buscado
sus astros desaparecidos,
hemos recurrido a lo imposible
para devolverle la vida.

Hemos intentado, traspasando los siglos,
hacerle volver a sus comienzos,
esperando recobrar nuestros sentimientos,
y hemos regresado con las manos vacías.

Hemos atravesado las tinieblas,
franqueado lo impasible, inmóvil,
excavando los huesos amontonados,
y no hemos encontrado lo extraviado.

Hemos visto, allí, frentes
que no veían porque estaban ciegas,
ojos ensimismados en la vida
silenciosa, porque estaban mudos.

Hemos visto restos de corazones
embalsamados con el recuerdo.
En vano habían intentado encontrar
el sentido… eran restos.

Hemos visto labios vacíos
que no emitían quejas ni sentían hambre
y manos marchitas, plegadas,
cuya desgracia no provocaba lágrimas.

Nos preguntamos por nuestro pasado
y tropezamos con un ataúd.
Allí, sobre la tumba, yacía el tiempo descolorido.

Regresamos al calendario:
¿Se puede engañar a los días?
Y oímos gritar a los restos
tras el sarcasmo de las cifras.

Vimos el mañana esperado
arrastrando su mitad paralizada,
arrastrando su mitad despreciada,
su mitad congelada, inerte.

Allí, un libro se cerraba
y finalizaba el antiguo canto.
Mañana, la vida germinará
sobre las heridas del doloroso tiempo.

La voz del ayer se perderá
en el torbellino profundo del tiempo
y sentiremos en nuestras copas
la palpitación del sueño que se despierta.

[1949]

lunes, 17 de septiembre de 2018

Situación económica actual (y no es un lamento)

Con el estado de mi situación presupuestaria, estoy pensando seriamente en dedicarme a la prostitución no VIP, a la limpieza de casas de familia, al tráfico de carteras desde la Salada, a la distribución de películas no originales, a ghost Writer de alguna persona, cualquiera, la verdad, a cartonear, al cuidado de moribundos, al cuidado de sanos, a la confección de pañuelos que apoyen alguna causa ecológica o no ecológica, a ser sicaria (para eso pido plata en dólares, obviamente, tan boluda no soy, y el 50 % adelantado), a ayudar a mi vieja. Con tal de no laburar de en serio, cualquier cosa.

Simbología semiótica de la ruleta y del color verde: la casa gana, el Casino nunca pierde, y etc /con la ayuda de Vadinho y de Doña Flor.

Cuentos para tahúres

[Cuento - Texto completo.]
Rodolfo Walsh

Salió no más el 10 -un 4 y un 6- cuando ya nadie lo creía. A mí qué me importaba, hacía rato que me habían dejado seco. Pero hubo un murmullo feo entre los jugadores acodados a la mesa del billar y los mirones que formaban rueda. Renato Flores palideció y se pasó el pañuelo a cuadros por la frente húmeda. Después juntó con pesado movimiento los billetes de la apuesta, los alisó uno a uno y, doblándolos en cuatro, a lo largo, los fue metiendo entre los dedos de la mano izquierda, donde quedaron como otra mano rugosa y sucia entrelazada perpendicularmente a la suya. Con estudiada lentitud puso los dados en el cubilete y empezó a sacudirlos. Un doble pliegue vertical le partía el entrecejo oscuro. Parecía barajar un problema que se le hacía cada vez más difícil. Por fin se encogió de hombros.
  -Lo que quieran… -dijo.
  Ya nadie se acordaba del tachito de la coima. Jiménez, el del negocio, presenciaba desde lejos sin animarse a recordarlo. Jesús Pereyra se levantó y echó sobre la mesa, sin contarlo, un montón de plata.
  -La suerte es la suerte -dijo con una lucecita asesina en la mirada-. Habrá que irse a dormir.
  Yo soy hombre tranquilo; en cuanto oí aquello, gané el rincón más cercano a la puerta. Pero Flores bajó la vista y se hizo el desentendido.
  -Hay que saber perder -dijo Zúñiga sentenciosamente, poniendo un billetito de cinco en la mesa. Y añadió con retintín-: Total, venimos a divertirnos.
  -¡Siete pases seguidos! -comentó, admirado, uno de los de afuera.
   Flores lo midió de arriba abajo.
  -¡Vos, siempre rezando! -dijo con desprecio.
  Después he tratado de recordar el lugar que ocupaba cada uno antes de que empezara el alboroto. Flores estaba lejos de la puerta, contra la pared del fondo. A la izquierda, por donde venía la ronda, tenía a Zúñiga. Al frente, separado de él por el ancho de la mesa del billar, estaba Pereyra. Cuando Pereyra se levantó dos o tres más hicieron lo mismo. Yo me figuré que sería por el interés del juego, pero después vi que Pereyra tenía la vista clavada en las manos de Flores. Los demás miraban el paño verde donde iban a caer los dados, pero él sólo miraba las manos de Flores.
  El montoncito de las apuestas fue creciendo: había billetes de todos tamaños y hasta algunas monedas que puso uno de los de afuera. Flores parecía vacilar. Por fin largó los dados. Pereyra no los miraba. Tenía siempre los ojos en las manos de Flores.
  -El cuatro -cantó alguno.
  En aquel momento, no sé por qué, recordé los pases que había echado Flores: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10… Y ahora buscaba otra vez el 4.
  El sótano estaba lleno del humo de los cigarrillos. Flores le pidió a Jiménez que le trajera un café, y el otro se marchó rezongando. Zúñiga sonreía maliciosamente mirando la cara de rabia de Pereyra. Pegado a la pared, un borracho despertaba de tanto en tanto y decía con voz pastosa:
  -¡Voy diez a la contra! -Después se volvía a quedar dormido.
  Los dados sonaban en el cubilete y rodaban sobre la mesa. Ocho pares de ojos rodaban tras ellos. Por fin alguien exclamó:
  -¡El cuatro!
  En aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo. Encima de la mesa había una lamparita eléctrica, con una pantalla verde. Yo no vi el brazo que la hizo añicos. El sótano quedó a oscuras. Después se oyó el balazo.
  Yo me hice chiquito en mi rincón y pensé para mis adentros: “Pobre Flores, era demasiada suerte”. Sentí que algo venía rodando y me tocaba en la mano. Era un dado. Tanteando en la oscuridad, encontré el compañero.
  En medio del desbande, alguien se acordó de los tubos fluorescentes del techo. Pero cuando los encendieron, no era Flores el muerto. Renato Flores seguía parado con el cubilete en la mano, en la misma posición de antes. A su izquierda, doblado en su silla, Ismael Zúñiga tenía un balazo en el pecho.
  “Le erraron a Flores”, pensé en el primer momento, “y le pegaron al otro. No hay nada que hacerle, esta noche está de suerte.”
  Entre varios alzaron a Zúñiga y lo tendieron sobre tres sillas puestas en hilera. Jiménez (que había bajado con el café) no quiso que lo pusieran sobre la mesa de billar para que no le mancharan el paño. De todas maneras ya no había nada que hacer.
  Me acerqué a la mesa y vi que los dados marcaban el 7. Entre ellos había un revólver 48.
  Como quien no quiere la cosa, agarré para el lado de la puerta y subí despacio la escalera. Cuando salí a la calle había muchos curiosos y un milico que doblaba corriendo la esquina.
   Aquella misma noche me acordé de los dados, que llevaba en el bolsillo -¡lo que es ser distraído!-, y me puse a jugar solo, por puro gusto. Estuve media hora sin sacar un 7. Los miré bien y vi que faltaban unos números y sobraban otros. Uno de los “chivos” tenía el 8, el 4 y el 5 repetidos en caras contrarias. El otro, el 5, el 6 y el 1. Con aquellos dados no se podía perder. No se podía perder en el primer tiro, porque no se podía formar el 2, el 3 y el 12, que en la primera mano son perdedores. Y no se podía perder en los demás porque no se podía sacar el 7, que es el número perdedor después de la primera mano. Recordé que Flores había echado siete pases seguidos, y casi todos con números difíciles: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10… Y a lo último había sacado otra vez el 4. Ni una sola clavada. Ni una barraca. En cuarenta o cincuenta veces que habría tirado los dados no había sacado un solo 7, que es el número más salidor.
  Y, sin embargo, cuando yo me fui, los dados de la mesa formaban el 7, en vez del 4, que era el último número que había sacado. Todavía lo estoy viendo, clarito: un 6 y un 1.
  Al día siguiente extravié los dados y me establecí en otro barrio. Si me buscaron, no sé; por un tiempo no supe nada más del asunto. Una tarde me enteré por los diarios que Pereyra había confesado. Al parecer, se había dado cuenta de que Flores hacía trampa. Pereyra iba perdiendo mucho, porque acostumbraba jugar fuerte, y todo el mundo sabía que era mal perdedor. En aquella racha de Flores se le habían ido más de tres mil pesos. Apagó la luz de un manotazo. En la oscuridad erró el tiro, y en vez de matar a Flores mató a Zúñiga. Eso era lo que yo también había pensado en el primer momento.
  Pero después tuvieron que soltarlo. Le dijo al juez que lo habían hecho confesar a la fuerza. Quedaban muchos puntos oscuros. Es fácil errar un tiro en la oscuridad, pero Flores estaba frente a él, mientras que Zúñiga estaba a un costado, y la distancia no habrá sido mayor de un metro. Un detalle lo favoreció: los vidrios rotos de la lamparita eléctrica del sótano estaban detrás de él. Si hubiera sido él quien dio el manotazo -dijeron- los vidrios habrían caído del otro lado de la mesa de billar, donde estaban Flores y Zúñiga.
  El asunto quedó sin aclarar. Nadie vio al que pegó el manotazo a la lámpara, porque estaban todos inclinados sobre los dados. Y si alguien lo vio, no dijo nada. Yo, que podía haberlo visto, en aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo, que no llegué a encender. No se encontraron huellas en el revólver, ni se pudo averiguar quién era el dueño. Cualquiera de los que estaban alrededor de la mesa -y eran ocho o nueve- pudo pegarle el tiro a Zúñiga.
  Yo no sé quién habrá sido el que lo mató. Quien más quien menos tenía alguna cuenta que cobrarle. Pero si yo quisiera jugarle sucio a alguien en una mesa de pase inglés, me sentaría a su izquierda, y al perder yo, cambiaría los dados legítimos por un par de aquellos que encontré en el suelo, los metería en el cubilete y se los pasaría al candidato. El hombre ganaría una vez y se pondría contento. Ganaría dos veces, tres veces… y seguiría ganando. Por difícil que fuera el número que sacara de entrada, lo repetiría siempre antes de que saliera el 7. Si lo dejaran, ganaría toda la noche, porque con esos dados no se puede perder.
  Claro que yo no esperaría a ver el resultado. Me iría a dormir, y al día siguiente me enteraría por los diarios. ¡Vaya usted a echar diez o quince pases en semejante compañía! Es bueno tener un poco de suerte; tener demasiada no conviene, y ayudar a la suerte es peligroso…
  Sí, yo creo que fue Flores no más el que lo mató a Zúñiga. Y en cierto modo lo mató en defensa propia. Lo mató para que Pereyra o cualquiera de los otros no lo mataran a él. Zúñiga -por algún antiguo rencor, tal vez- le había puesto los dados falsos en el cubilete, lo había condenado a ganar toda la noche, a hacer trampa sin saberlo, lo había condenado a que lo mataran, o a dar una explicación humillante en la que nadie creería.
  Flores tardó en darse cuenta; al principio creyó que era pura suerte; después se intranquilizó; y cuando comprendió la treta de Zúñiga, cuando vio que Pereyra se paraba y no le quitaba la vista de las manos, para ver si volvía a cambiar los dados, comprendió que no le quedaba más que un camino. Para sacarse a Jiménez de encima, le pidió que le trajera un café. Esperó el momento. El momento era cuando volviera a salir el 4, como fatalmente tenía que salir, y cuando todos se inclinaran instintivamente sobre los dados.
  Entonces rompió la bombita eléctrica con un golpe del cubilete, sacó el revólver con aquel pañuelo a cuadros y le pegó el tiro a Zúñiga. Dejó el revólver en la mesa, recobró los “chivos” y los tiró al suelo. No había tiempo para más. No le convenía que se comprobara que había estado haciendo trampa, aunque fuera sin saberlo. Después metió la mano en el bolsillo de Zúñiga, le buscó los dados legítimos, que el otro había sacado del cubilete, y cuando ya empezaban a parpadear los tubos fluorescentes, los tiró sobre la mesa.
  Y esta vez sí echó clavada, un 7 grande como una casa, que es el número más salidor…
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