- ¿Cómo que le sacaron el vice?
- Y sí, el vice se fue con los de Cambiemos. De diputado. En el puesto once.
- Pero por ahí ni sale diputado. Puesto once... ¿Tantos votos tiene el vice?
- Me parece que no... Si no lo hubiera puesto primero como diputado.
- ¿Y entonces? ¿Cómo titulamos?
- ¿Jugada magistral de Cambiemos contra Jose Luis Espert?
- Bueno, como magistral... Medio exagerado. Magistral fue el segundo gol del Diego contra los ingleses. La jugada es medio como obvia. Lo quisieron sacar de la cancha a Jose Luis Espert. Así, como con un foul feo a Messi, hachazo a la pierna, quebradura expuesta. Todo el mundo se dió cuenta. Y encima les salió mal. Ya tiene nuevo vice.
- ¿Entonces titulamos que Cambiemos le tiene miedo a José Luis Espert? Porque si es cierto, están medio jodidos. Yo pensé que con un par de videos de Macri cantando Queen y de videos de Vidal haciendo timbreos, ganaban.
- No, que le tienen miedo a Espert mejor no. Además ¿si gana Espert? Por ahí cierra el diario.
- Bueno, dada la última reducción de personal, no van a quedar demasiadas personas en la calle como hace medio año atrás. Vamos a ser como, bueno, menos... Muchos menos...
- Pero sería un ataque a la libertad de prensa.
- Y, sí. Creo. ¿Cuánta gente lee el diario?
- Dados los comentarios en Facebook, me parece que están quedando algunas personas a las que les gustan las noticias sobre la farándula y la dieta de la semana y algunas personas sospechosamente demasiado defensoras de este gobierno...
- Pocos pero buenos. Ese es nuestro público.
- Y algunos kirchneristas que entran para insultarnos.
- Bueno, algo es algo. Titulemos que Espert es un político hábil. Por las dudas.
- Pero ¿y que sobre lo que le hicieron los de Cambiemos? ¿Decimos algo?
- Una nota de nuestro humorista político favorito sobre los malos que son los políticos. Macri hizo eso porque es político y es malo. No como nosotros los periodistas independientes.
domingo, 30 de junio de 2019
sábado, 29 de junio de 2019
Dos hermanos
Si esta historia va a ser contada, merece ser contada desde el principio. Y el principio, como siempre, es el frío. En aquellos años y en aquel lugar helaba; el mundo conocido era un lugar helado, donde los lobos y los osos y los animales carroñeros prosperaban más que los hombres. No había muchos hombres, ni muchas mujeres y los que había morían jóvenes, así que los curas se apuraban a bautizarlos. Pero donde estos hechos ocurrieron no había demasiados curas; quizás algún misionero de paso, quizás algún hombre que muchos siglos después sería considerado mártir o santo. Y la historia comienza con un hombre y una mujer y sus dos hijos y una cosecha que se pierde. Una plaga o varias plagas juntas, aunque el hombre y la mujer nada sabían de plagas; solo sabían de que el invierno llegaría. Eran tan pobres que ni cerdos ni cabritos tenían; si comían carne la comían una vez al año, comprada en el mercado del poblado más cercano. Así que la pérdida de la cosecha significaba la muerte, sencillamente, o si no la emigración: el hombre y la mujer lo deben haber considerado probablemente, emigrar, pero sin comida prontamente serían mendigos en el camino y morirían helados. La comida que tenían duraría un mes, si comían todos; dos meses si comían solo dos. Ni el hombre, ni la mujer eran seres crueles. Mientras duró la comida, sus hijos comieron con ellos todas las noches, sopas de repollo y cebada y pan de centeno y a veces algún resto de queso. Luego la comida de la despensa se terminó.
- El invierno apenas ha comenzado y no tenemos ya nada.- dijo la mujer. - Hoy los niños no cenaron. Quedan cuatro piezas de pan. Después, nada.
El hombre no contestó.
- Dentro de una, dos semanas- siguió la mujer- moriremos los cuatro de hambre. Ya la estoy sintiendo en las tripas.
El hombre siguió callado.
- Sería mejor que nos devoraran las bestias- fue la última frase de la mujer antes de dormirse.
Pero el hombre no se durmió. Tenía veinticuatro años, y había sobrevivido a la fiebre escarlata y a la peste, y ya era un viejo. Cuando la mujer estuvo profundamente dormida, tomó dos piezas de pan y despertó a los niños.
- Vamos de paseo al bosque, a cazar pájaros.
No había pájaros en el bosque y los niños lo sabían, pero siempre obedecían a su padre. Eran buenos niños. El mayor, el varón, tenía ocho años. La niña solo siete. Eran delgados, silenciosos y escurridizos y lo contrario a lo que ahora consideraríamos niños hermosos. El niño y la niña tomaron sus hondas y salieron con su padre. Se adentraron en el bosque, por dos, tres horas. Luego su padre hizo una fogata.
- Esperaremos aquí la madrugada para cazar los primeros pájaros- dijo el hombre.- Mientras tanto, les contaré historias.
Nunca había contado una historia, pero esa noche se las arregló para componer tres o cuatro leyendas desperdigadas que había oído en mercados y en tabernas. Al calor del fuego, y con la voz de su padre, monótona y algo áspera, y masticando pedazos de pan, los niños se durmieron, apretando sus hondas en las manos.
Cuando despertaron, su padre ya no estaba allí. De todas las maneras, los niños lo esperaron, una mañana y una tarde enteras, que para ellos fué como una eternidad.
- He tirado migas de pan de centeno para volver a casa- dijo el niño.
- Mejor sería que supieras hacer un fuego- dijo la niña. - Además es mentira lo del pan. Te vi devorarlo.
- He tirado las migas- insistió el niño. - Ahora las seguiremos y volveremos a casa.
La noche era oscura. El bosque no tenía sendas, salvo las que a veces marcaban algunos leñadores. Todo era nieve y los zapatos de los niños no eran buenos. Los de la niña pronto se rompieron y debía caminar sobre las piedras humedecidas. Empezó a nevar.
- Si no encontramos nuestra casa pronto moriremos- dijo la niña.- Ni siquiera los lobos salen a esta hora.
- No moriremos- dijo su hermano.
De pronto, un animal apareció. A ojos de los niños era gigantesco, con cuernos, y pensaron que era un demonio o una de las variaciones del demonio. Pero luego al niño le brillaron los ojos.
- Es un uro- dijo- Un uro. Sigámoslo.
Casi enseguida el uro entró en un claro. Allí había una casa, una cabaña más pequeña tal vez que la de ellos, pero que parecía un lugar caliente. Entraron. Adentro había una olla gigantesca llena de sopa, y carne salada y varios cuencos llenos de miel y repollos y sacos con harina. Y al lado de la olla había dos panes de centeno, que la niña no tardó en partir por la mitad y untar con miel y comer. Después de comer dos trozos hizo uno para el hermano, que comió con miedo. Todo el lugar estaba lleno de comida y el niño sabía a quién pertenecía esa comida.
- Es la cabaña de la vieja.- descubrió de pronto.
Los dos conocían a la vieja. Era descendiente de reyes paganos y ella misma era una pagana, que gustaba, según decía su madre , de adorar a Odín y a Thor y a Freya y de hacer sacrificios humanos. Adoraba a los árboles y no creía en Cristo. Irá al infierno, decía su madre.
- Pero su sopa es buena- dijo la niña.
Entonces sintieron los pasos. La vieja entró. No era como se la imaginaban: era muy delgada, tenía una nariz verrugosa y un tumor en el cuello y apenas caminaba. Algo rojo se esparcía en su costado.
- Ah, maldito uro- dijo la vieja - Tenía que irse y yo tenía que ir a buscarlo.
Entonces los vió.
- ¿Quiénes son? ¿Ladrones? Tarde llegaron, la rama ya atacó con furia. Casi no veo, que idiota- y cuando quitó su mano los niños vieron que lo rojo era, claro, sangre, y que manaba constantemente, y cuando la vieja se sacó las ropas vieron que la herida era pequeña pero profunda. La mujer se sentó sobre un banco mal hecho, el único mueble que había en el lugar además de la mesa.
- Mala hora para morir. ¿qué hacen aquí? Son los mocosos muertos de hambre de los campesinos de aquí cerca ¿verdad?
- Nuestro padre nos llevó a cazar pájaros de noche- dijo la niña y mostró su honda.
- De noche en este lugar lo único que se puede cazar es la muerte- dijo la vieja.- Pues sí que son feos. Flacos y esmirriados. Pero al menos moriré en compañía. Aunque creo que no entraré en el Valhalla.
- ¿Qué es el Valhalla? - preguntó el niño.
- Ah, mis abuelos están allí. Todos mis antepasados. Mi abuelo, sabes, era un rey. Un rey soldado. Lo mataron soldados cristeanos en Valj. Luego nos bautizaron a todos. Ya sabes, eso del agua. Pero ninguno de nosotros creyó. Yo no, al menos.
- ¿Has hecho mucho sacrificios humanos?
La mujer vieja rió.
- Deja de preguntarne tonterías. Pensé que pasaría el invierno, este invierno al menos, con toda esta comida, pero ya ves, mi maldito uro se escapó y tuve que ir a buscarlo y tropecé y en el bosque había una rama afilada como una estaca. Al menos, no es tan malo que estén aquí. Quemen mi cuerpo cuando muera. No quiero que me entierren con sus cruces encima. Y la comida, no la devorarán las comadrejas y los hurones. Eso me consuela un poco. No duele tanto como pensaba.
La vieja se fue quedando como dormida y al poco rato se murió. Los dos hermanos la sacaron al patio. Al otro dia, con ayuda de una piedra de yesca y varias ramas, quemaron el cuerpo, pero no hicieron un buen trabajo. Así que terminaron arrastrándola hasta donde el bosque empezaba a espesarse.
- Las alimañas terminarán de comérsela- dijo la niña- Ya está bien cocinada.
Cuando volvieron a la casa de la vieja, empezó a nevar muy fuerte. La tormenta de nieve duró tres semanas y, para calentarse, dormían con el uro. Era muy manso. Le daban alfalfa y derretían agua para que bebiera. Cuando la tormenta de nieve pasó, siguió haciendo frío. La niña y el niño cocinaban guisos de repollo, cebada, a veces pan con miel, dos o tres veces carne salada. El día en que el cielo amaneció azul y la nieve empezó a derretirse y el primer pájaro cantó en la rama del alerce, aún les quedaba comida para tres meses.
- Tendríamos que regresar a casa- le dijo el niño a su hermana.
Como era de día y era un día claro, se ubicaron enseguida. La cabaña de sus padres lucía distinta. Una mujer que no reconocieron estaba allí.
- ¿Qué hacen aquí?- dijo el niño. - Es nuestra casa.
La mujer se rió.
- Esta casa es nuestra. Hace dos meses. Había dos campesinos desdentados, muertos de hambre, esperando morirse, pero los vendimos como siervos al castillo de Diumir. Creo que la mujer está en la cocina y el hombre en los establos. Vayánse, culebras, antes de que vengan los hombres y los destripen. Si no lo hago yo antes.- y la mujer sacó un cuchillo de destazar de su bolsillo. Los hermanos salieron corriendo.
Podrían haber ido al castillo a ver a sus padres y contarle la buena nueva de que estaban vivos, dijo el niño, pero la niña se largó a llorar y dijo que extrañaba al uro y que aún quedaba miel en la cabaña de la vieja, y el niño también descubrió que extrañaba al uro, así que cansinamente regresaron al hogar de la vieja. Vivieron allí varios años y a veces el niño y a veces la niña iban al mercado, a comprar semillas y huevos, e incluso compraron dos cabras y empezaron a hacer leche y quesos. No hubo inviernos malos después de aquel y cuando el niño cumplió quince años, se enamoró de una de las hijas de la mujer que ahora vivía en la que había sido su casa, una muchacha de trece años con un antojo rojo en toda la cara, pero por lo demás saludable, la dejó embarazada y su madre se vió obligada a permitir que vivieran juntos. Dos meses antes de que el niño naciera, su hermana entró con un lío de ropas y unos zapatos de mucho andar a la cabaña y le anunció que iría al castillo de Diumir, a trabajar como ayudante de cocina. El hermano aceptó, porque sabía que era su voluntad.
Su padre y su madre, la joven averiguó pronto, habían muerto de consunción dos años antes. Nunca le habían dicho a nadie que habían tenido hijos, ni de la noche en que el padre los había invitado a cazar pájaros. Habían tenido, allí en el castillo, un niño que casi también se había muerto de consunción con ellos y que había sobrevivido y ahora era porquerizo. Era delgado y feo y con los ojos saltones, como sus hermanos. Cómo huérfano, en el castillo, quizás no sobreviviría demasiado, pero la joven se compadeció de él y a veces lo llevaba con ella a la cocina y cuando todos dormían, le hacía comer sopas de leche de cabra y ajo y le contaba historias que el niño recordaría muchos años más tarde, cuando se alistó como soldado y viajó muy lejos del castillo de Diumir. Tan lejos viajó que donde terminó sus días el invierno casi no existía, y las gentes eran pobres y vivían poco, como donde había nacido, pero al menos siempre al sol, sin temerle a las heladas ni a las bestias salvajes. Y allí, en las noches de verano, entre la soldadesca y las prostitutas que acompañaban indefectiblemente a las tropas, el hombre repitió las historias que la joven ayudante de cocina le había contado de niño, y otros soldados y muchas prostitutas e incluso algunos generales las repitieron, quizás porque les parecieron buenas historias, quizás porque no había nada más interesante que hacer. De manera que un día la mujer (que ya no era joven y había pasado de ser ayudante de cocina a ser cocinera principal y cuya única particularidad, según las sirvientas que trabajaban bajo su mando, era que no cocinaba ni comía uro) se encontró en la casa de su sobrino menor. Su hermano mayor había muerto, y su mujer también, y de todos los hijos que habían tenido solo había sobrevivido el más pequeño de todos; el ahora era un hombre casado, que se enorgullecía publicamente de que su tía fuese la cocinera principal del castillo cercano y cada vez que ella venía sacaba los mejores quesos y los mejores panes y encargaba a su mujer que prepara pequeñas galletas con miel. La cabaña era ahora más grande y un camino se había trazado en el bosque, cerca de ella. Después de beber la leche con miel y de comer dos galletas, su sobrino se excusó porque debía atender asuntos con un comerciante, por lo que la mujer quedó sola con la esposa de su sobrino y sus tres niños. La más pequeña, que cumpliría pronto once años e iría a trabajar con ella a la cocina del castillo, le contó la historia que había oído acerca de dos niños cuyo padre los había abandonado en el bosque, pero que habían marcado el camino con migas de pan para regresar, pero los pájaros se los habían comido, pero que buscando el camino de regreso habían encontrado una cabaña hecha de dulces, y que habían comido todos los dulces, y que luego había llegado una bruja, y que había intentado engordarlos para comerlos pero que la niña había logrado que la bruja entrara al horno y la había matado y luego habían regresado a la casa de sus padres los dos niños, Hansen y Gretl, con el tesoro de la bruja y que sus padres, felices, los habían recibido. La mujer recordó la noche de nieve, y el frío, la humedad entrando en los zapatos, y la felicidad de su hermano cuando había visto al uro, la sangre de la vieja manando del costado, el olor de la carne de la vieja quemándose, la honda que ella había abandonado en el linde del bosque.
- Es una historia extraña- le dijo a la niña- y no creo que sea cierta. En todo caso, los inviernos no son tan crudos ahora.
- El invierno apenas ha comenzado y no tenemos ya nada.- dijo la mujer. - Hoy los niños no cenaron. Quedan cuatro piezas de pan. Después, nada.
El hombre no contestó.
- Dentro de una, dos semanas- siguió la mujer- moriremos los cuatro de hambre. Ya la estoy sintiendo en las tripas.
El hombre siguió callado.
- Sería mejor que nos devoraran las bestias- fue la última frase de la mujer antes de dormirse.
Pero el hombre no se durmió. Tenía veinticuatro años, y había sobrevivido a la fiebre escarlata y a la peste, y ya era un viejo. Cuando la mujer estuvo profundamente dormida, tomó dos piezas de pan y despertó a los niños.
- Vamos de paseo al bosque, a cazar pájaros.
No había pájaros en el bosque y los niños lo sabían, pero siempre obedecían a su padre. Eran buenos niños. El mayor, el varón, tenía ocho años. La niña solo siete. Eran delgados, silenciosos y escurridizos y lo contrario a lo que ahora consideraríamos niños hermosos. El niño y la niña tomaron sus hondas y salieron con su padre. Se adentraron en el bosque, por dos, tres horas. Luego su padre hizo una fogata.
- Esperaremos aquí la madrugada para cazar los primeros pájaros- dijo el hombre.- Mientras tanto, les contaré historias.
Nunca había contado una historia, pero esa noche se las arregló para componer tres o cuatro leyendas desperdigadas que había oído en mercados y en tabernas. Al calor del fuego, y con la voz de su padre, monótona y algo áspera, y masticando pedazos de pan, los niños se durmieron, apretando sus hondas en las manos.
Cuando despertaron, su padre ya no estaba allí. De todas las maneras, los niños lo esperaron, una mañana y una tarde enteras, que para ellos fué como una eternidad.
- He tirado migas de pan de centeno para volver a casa- dijo el niño.
- Mejor sería que supieras hacer un fuego- dijo la niña. - Además es mentira lo del pan. Te vi devorarlo.
- He tirado las migas- insistió el niño. - Ahora las seguiremos y volveremos a casa.
La noche era oscura. El bosque no tenía sendas, salvo las que a veces marcaban algunos leñadores. Todo era nieve y los zapatos de los niños no eran buenos. Los de la niña pronto se rompieron y debía caminar sobre las piedras humedecidas. Empezó a nevar.
- Si no encontramos nuestra casa pronto moriremos- dijo la niña.- Ni siquiera los lobos salen a esta hora.
- No moriremos- dijo su hermano.
De pronto, un animal apareció. A ojos de los niños era gigantesco, con cuernos, y pensaron que era un demonio o una de las variaciones del demonio. Pero luego al niño le brillaron los ojos.
- Es un uro- dijo- Un uro. Sigámoslo.
Casi enseguida el uro entró en un claro. Allí había una casa, una cabaña más pequeña tal vez que la de ellos, pero que parecía un lugar caliente. Entraron. Adentro había una olla gigantesca llena de sopa, y carne salada y varios cuencos llenos de miel y repollos y sacos con harina. Y al lado de la olla había dos panes de centeno, que la niña no tardó en partir por la mitad y untar con miel y comer. Después de comer dos trozos hizo uno para el hermano, que comió con miedo. Todo el lugar estaba lleno de comida y el niño sabía a quién pertenecía esa comida.
- Es la cabaña de la vieja.- descubrió de pronto.
Los dos conocían a la vieja. Era descendiente de reyes paganos y ella misma era una pagana, que gustaba, según decía su madre , de adorar a Odín y a Thor y a Freya y de hacer sacrificios humanos. Adoraba a los árboles y no creía en Cristo. Irá al infierno, decía su madre.
- Pero su sopa es buena- dijo la niña.
Entonces sintieron los pasos. La vieja entró. No era como se la imaginaban: era muy delgada, tenía una nariz verrugosa y un tumor en el cuello y apenas caminaba. Algo rojo se esparcía en su costado.
- Ah, maldito uro- dijo la vieja - Tenía que irse y yo tenía que ir a buscarlo.
Entonces los vió.
- ¿Quiénes son? ¿Ladrones? Tarde llegaron, la rama ya atacó con furia. Casi no veo, que idiota- y cuando quitó su mano los niños vieron que lo rojo era, claro, sangre, y que manaba constantemente, y cuando la vieja se sacó las ropas vieron que la herida era pequeña pero profunda. La mujer se sentó sobre un banco mal hecho, el único mueble que había en el lugar además de la mesa.
- Mala hora para morir. ¿qué hacen aquí? Son los mocosos muertos de hambre de los campesinos de aquí cerca ¿verdad?
- Nuestro padre nos llevó a cazar pájaros de noche- dijo la niña y mostró su honda.
- De noche en este lugar lo único que se puede cazar es la muerte- dijo la vieja.- Pues sí que son feos. Flacos y esmirriados. Pero al menos moriré en compañía. Aunque creo que no entraré en el Valhalla.
- ¿Qué es el Valhalla? - preguntó el niño.
- Ah, mis abuelos están allí. Todos mis antepasados. Mi abuelo, sabes, era un rey. Un rey soldado. Lo mataron soldados cristeanos en Valj. Luego nos bautizaron a todos. Ya sabes, eso del agua. Pero ninguno de nosotros creyó. Yo no, al menos.
- ¿Has hecho mucho sacrificios humanos?
La mujer vieja rió.
- Deja de preguntarne tonterías. Pensé que pasaría el invierno, este invierno al menos, con toda esta comida, pero ya ves, mi maldito uro se escapó y tuve que ir a buscarlo y tropecé y en el bosque había una rama afilada como una estaca. Al menos, no es tan malo que estén aquí. Quemen mi cuerpo cuando muera. No quiero que me entierren con sus cruces encima. Y la comida, no la devorarán las comadrejas y los hurones. Eso me consuela un poco. No duele tanto como pensaba.
La vieja se fue quedando como dormida y al poco rato se murió. Los dos hermanos la sacaron al patio. Al otro dia, con ayuda de una piedra de yesca y varias ramas, quemaron el cuerpo, pero no hicieron un buen trabajo. Así que terminaron arrastrándola hasta donde el bosque empezaba a espesarse.
- Las alimañas terminarán de comérsela- dijo la niña- Ya está bien cocinada.
Cuando volvieron a la casa de la vieja, empezó a nevar muy fuerte. La tormenta de nieve duró tres semanas y, para calentarse, dormían con el uro. Era muy manso. Le daban alfalfa y derretían agua para que bebiera. Cuando la tormenta de nieve pasó, siguió haciendo frío. La niña y el niño cocinaban guisos de repollo, cebada, a veces pan con miel, dos o tres veces carne salada. El día en que el cielo amaneció azul y la nieve empezó a derretirse y el primer pájaro cantó en la rama del alerce, aún les quedaba comida para tres meses.
- Tendríamos que regresar a casa- le dijo el niño a su hermana.
Como era de día y era un día claro, se ubicaron enseguida. La cabaña de sus padres lucía distinta. Una mujer que no reconocieron estaba allí.
- ¿Qué hacen aquí?- dijo el niño. - Es nuestra casa.
La mujer se rió.
- Esta casa es nuestra. Hace dos meses. Había dos campesinos desdentados, muertos de hambre, esperando morirse, pero los vendimos como siervos al castillo de Diumir. Creo que la mujer está en la cocina y el hombre en los establos. Vayánse, culebras, antes de que vengan los hombres y los destripen. Si no lo hago yo antes.- y la mujer sacó un cuchillo de destazar de su bolsillo. Los hermanos salieron corriendo.
Podrían haber ido al castillo a ver a sus padres y contarle la buena nueva de que estaban vivos, dijo el niño, pero la niña se largó a llorar y dijo que extrañaba al uro y que aún quedaba miel en la cabaña de la vieja, y el niño también descubrió que extrañaba al uro, así que cansinamente regresaron al hogar de la vieja. Vivieron allí varios años y a veces el niño y a veces la niña iban al mercado, a comprar semillas y huevos, e incluso compraron dos cabras y empezaron a hacer leche y quesos. No hubo inviernos malos después de aquel y cuando el niño cumplió quince años, se enamoró de una de las hijas de la mujer que ahora vivía en la que había sido su casa, una muchacha de trece años con un antojo rojo en toda la cara, pero por lo demás saludable, la dejó embarazada y su madre se vió obligada a permitir que vivieran juntos. Dos meses antes de que el niño naciera, su hermana entró con un lío de ropas y unos zapatos de mucho andar a la cabaña y le anunció que iría al castillo de Diumir, a trabajar como ayudante de cocina. El hermano aceptó, porque sabía que era su voluntad.
Su padre y su madre, la joven averiguó pronto, habían muerto de consunción dos años antes. Nunca le habían dicho a nadie que habían tenido hijos, ni de la noche en que el padre los había invitado a cazar pájaros. Habían tenido, allí en el castillo, un niño que casi también se había muerto de consunción con ellos y que había sobrevivido y ahora era porquerizo. Era delgado y feo y con los ojos saltones, como sus hermanos. Cómo huérfano, en el castillo, quizás no sobreviviría demasiado, pero la joven se compadeció de él y a veces lo llevaba con ella a la cocina y cuando todos dormían, le hacía comer sopas de leche de cabra y ajo y le contaba historias que el niño recordaría muchos años más tarde, cuando se alistó como soldado y viajó muy lejos del castillo de Diumir. Tan lejos viajó que donde terminó sus días el invierno casi no existía, y las gentes eran pobres y vivían poco, como donde había nacido, pero al menos siempre al sol, sin temerle a las heladas ni a las bestias salvajes. Y allí, en las noches de verano, entre la soldadesca y las prostitutas que acompañaban indefectiblemente a las tropas, el hombre repitió las historias que la joven ayudante de cocina le había contado de niño, y otros soldados y muchas prostitutas e incluso algunos generales las repitieron, quizás porque les parecieron buenas historias, quizás porque no había nada más interesante que hacer. De manera que un día la mujer (que ya no era joven y había pasado de ser ayudante de cocina a ser cocinera principal y cuya única particularidad, según las sirvientas que trabajaban bajo su mando, era que no cocinaba ni comía uro) se encontró en la casa de su sobrino menor. Su hermano mayor había muerto, y su mujer también, y de todos los hijos que habían tenido solo había sobrevivido el más pequeño de todos; el ahora era un hombre casado, que se enorgullecía publicamente de que su tía fuese la cocinera principal del castillo cercano y cada vez que ella venía sacaba los mejores quesos y los mejores panes y encargaba a su mujer que prepara pequeñas galletas con miel. La cabaña era ahora más grande y un camino se había trazado en el bosque, cerca de ella. Después de beber la leche con miel y de comer dos galletas, su sobrino se excusó porque debía atender asuntos con un comerciante, por lo que la mujer quedó sola con la esposa de su sobrino y sus tres niños. La más pequeña, que cumpliría pronto once años e iría a trabajar con ella a la cocina del castillo, le contó la historia que había oído acerca de dos niños cuyo padre los había abandonado en el bosque, pero que habían marcado el camino con migas de pan para regresar, pero los pájaros se los habían comido, pero que buscando el camino de regreso habían encontrado una cabaña hecha de dulces, y que habían comido todos los dulces, y que luego había llegado una bruja, y que había intentado engordarlos para comerlos pero que la niña había logrado que la bruja entrara al horno y la había matado y luego habían regresado a la casa de sus padres los dos niños, Hansen y Gretl, con el tesoro de la bruja y que sus padres, felices, los habían recibido. La mujer recordó la noche de nieve, y el frío, la humedad entrando en los zapatos, y la felicidad de su hermano cuando había visto al uro, la sangre de la vieja manando del costado, el olor de la carne de la vieja quemándose, la honda que ella había abandonado en el linde del bosque.
- Es una historia extraña- le dijo a la niña- y no creo que sea cierta. En todo caso, los inviernos no son tan crudos ahora.
La muerte de un rey. 74ª parte
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Cesar Vallejos
Leonore, a las puertas del Palacio del Rey.
¿Son los ritos del invierno? se preguntó Leonore. Pero si ya pasaron.
Pero todo estaba silencioso y no había guardias.
Entró al palacio. En el patio se oían cánticos.
Van a ahogar a la segunda heredera, pensó. Arguil...
Se puso la vestimenta tradicional de las mujeres de harén. Pensé que me recibirían guardias armados y me reciben cantos de ahogo...
Los cuerpos estaban tendidos allí, cerca del trono del rey. Una mujer y dos niñas, azules, envenenadas. Una mesa. Restos de comida. El hombre pero tenía un manto recamado. ¿Sería el Rey? Leonore no lo conocía...
No toques los cuerpos, dijo un hombre al costado. Después los enterraré apropiadamente. Y no finjas ser una mujer del harén. Las conozco a todas.
¿Quiénes son?
Rilench. La primera heredera. Mi hermana. Sus dos hijas.
Entonces eres...
Soy el Rey.
¿Están ahogando ahora a Juith? Conozco esa canción. Tu madre...
¿Arguil? Su reinado ha llegado a su fin. El mío aún no. Desgraciadamente. Rilench era mi consejero. Tuvo la mala idea de enviar a su esposa y a sus hijas a un lugar neutral a refugiarse. Juith lo supo. Supo también que yo lo sabía. Y que lo había permitido. Las trajo de vuelta al palacio con el engaño de un banquete. En el banquete puso pastelillos de moras del pastor.
Oh, dijo Leonore.
Nada sobrevive a las moras del pastor. Pero ¿para que se enseña a las herederas la destilación del veneno? Para traiciones como esta. Lo de Arguil fue indudablemente más complicado. Casi no hay ninguna manera de asesinar a una reina madre. Salvo...
Salvo si ha mantenido relaciones incestuosas con el Rey, su hijo, dijo Leonore. Conozco las leyes del reino.
Anoche, después de que Rilench y su familia murieran en el banquete, Juith palideció. Se largó a llorar. Declaró que Rilench y la primera heredera y las niñas habían muerto para proteger un terrible secreto, que ella también conocía. El secreto, claro, eran mis visitas nocturnas a la recámara de mi madre.
Entiendo...
No es cierto, dijo el rey con vehemencia. Mi madre, nunca ha sido así. Ella era dulce conmigo cuando era niño, pero después de que nacieron las herederas, ella cambió. Nunca he estado con ella de esa manera. Pero todos le creyeron a Juith. Arguil eligió el peor camino para defenderse. Quiso asesinar a Juith. Fue apresada inmediatamente. Esta mañana fue decidido que sería juzgada por el dios de la extraña agua, palabra pomposa para definir a la fuente del patio del palacio. ¿Oyes algo?
No, dijo Leonore.
Es porque han terminado los cánticos. Arguil ya ha sido ahogada. La reina madre ha muerto. Mi reina madre ha muerto. Ahora Juith solo tiene que...
Que matarte.
Que matarme. Debería haberme dado cuenta. Cada vez hay más mestizos entre nuestros esclavos. Incluso en la cocina. Incluso en el harén. Enloquecidos yo y Arguil con encontrar la máquina, nos hemos olvidado de Juith. Quién iba a tenerle miedo. Era solo una niña. Es solo una niña.
El rey sonrió.
Y ya ha matado a varias personas. Con venenos de diferentes tipos. Como su padre.
La muerte de un rey 73ª parte
I had to close down everything
I had to close down my mind
Too many things could cut me
Too much could make me blind
Moby
Leonore, Greenwich Village, 2022
¿Así que te gusta la poesía española del siglo de Oro? le preguntó Leonor a Julio.
Claro, le contestó Julio.
Reprobé literatura española tres veces en el college. Después abandoné la major en literatura y me dediqué a la astrofísica. ¿Cómo van los muñones, por cierto?
Creo que sanándose.
¿Puedes creer que Patrice me haya hecho vestir casi como una puta para sacarme fotos contigo? La idea de Rose siempre me pareció terrible. La de Tiffany era mejor.
¿Por qué me hablas como si fueras mi amiga? Estoy aquí bajo coerción. Si pudiera...
Nos denunciarías todos... Seguro. ¿Quièn te creería? Eres un jugador compulsivo, un cazafortunas reconocido, un estafador con suerte hasta ahora. ¿Que harás? ¿Ir a una estación de policía y denunciarnos? Recuerda, además, que tengo el revólver en la cartera, y voy a usarlo. Además ¿no te entusiasma el plan?
No creo en él. Todos ustedes son unos lunáticos.
Hey, Eliza y Melinda no murieron aún.
Buena suerte, buena genética, milagro inesperado... Eres matemática ¿no?
Soy astrofísica, dijo Leonore.
Y le crees a ese animal raro que es Rodrick, a ese animal bajo y aún más raro de Enrique, a ese animal alto y bestial de Gaspar, a ese animal delgado y triste de Travis.
Oh, callate, he visto a la estrella de nuestro nuevo sistema solar.
Será triste para tí cuando la Máquina no funcione. Te escribiré un soneto para consolarte.
¿Cómo era la estructura del soneto? preguntó Leonore. Ah, sí, cuatro, cuatro, tres, tres, versos pareados. Agarra el vaso, allí está Patrice. ¿Parezco interesada en el trago?
No demasiado. Pero el que vale en esta fotografía soy yo.¿Tienen pensado llevarnos a Ron y a mí?
¿Por qué quieres ir? Ni siquiera crees en la Máquina. No, quedarán aquí, con dedos de menos. Pero hasta ese momento son nuestros.
Julio de Aquitania sonrío para la foto.
Podríamos besarnos, para hacer más interesante todo, le dijo de pronto a Leonore.
Soy demasiado pobre para tí, dijo Leonore. Escribe un soneto sobre eso.¿Mi cabeza estaba cubierta cuando me sacaron la foto? No quiero que alguno de mis compañeros del instituto me reconozca. Arruinaría todo,
Entiendo, arruinaría todo.
La estrella aquí eres tú, Aquitania.¿Quién ha seducido a tantas mujeres con solo sonetos? Cuatro, cuatro, tres, tres, versos pareados, contestó Leonore.
Me sale naturalmente. No es mi culpa, se defendió Julio de Aquitania.
Si la Máquina realmente funciona, iré con ustedes, dijo después.
No aceptamos polizontes a bordo, fue la respuesta de Leonore. Quedáte aquí, dijo después, en otro tono. No eres de los nuestros. Y perdona por lo de Gaspar. No nos gustó nada cuando ocurrió. Por lo menos a mí. Supongo que tienes cosas en este planeta, asuntos pendientes. Donde vamos.,, Probablemente la Máquina no funcione. Probablemente muramos en el intento de despegue.
Escribe sonetos sobre eso, dijo después.
Viene otra foto de Patrice, avisó Julio de Aquitania. Iré con ustedes y mi nombre será Aki.
miércoles, 26 de junio de 2019
Lo más leído
1. Candidato presidencial usa taburete para parecer de la misma altura que su vicepresidenta y causa controversia pública.
2. Pólemica declaración de la candidata a vicepresidenta: Le propuse hacer la foto sentados los dos, pero me dijo que así se le notaba la pancita. Y me usó todo el mousse del pelo que llevaba en la cartera.
3. Dura respuesta del candidato a presidente: No era mousse, era fijador del pelo. Y de mala calidad.
4. Durísima respuesta del peluquero de la candidata a vicepresidenta y del candidato a presidente: Lo había peinado cinco segundos antes. No tengo la culpa de que lo traume el principio de pelada. Y le dije a la futura vice que el fijador de pelo se dejó de usar en los ochenta.
5. Controversial respuesta de la esposa del candidato a presidente: en las fotos de nuestro casamiento también usó taburete. Y mousse para el pelo.
6. Polémica respuesta del candidato presidencial a su esposa: Y vos usaste maquillaje compacto para cubrirte el chupón del stripper ¿te pensás que no me di cuenta?
7. Asombrosa declaración del padrino del casamiento: en realidad el chupón fue culpa mía.
8. Asombrosa declaración de la vicepresidenta: Yo también le dí un par de chupones en el cuello a su esposa.
9. Asombrosa declaración del maquillador de la esposa del candidato a presidente: Bueno, yo también le dí unos cuantos chupones, pero después los cubrí muy bien con maquillaje compacto Maybelline.
10. Durísima respuesta de la esposa del candidato a presidente a su maquillador: me dijo que solamente trabajaba con marca de maquillaje L´Oreal. Con razón el lapiz de labios se me corrió a la dos horas.
11. Escandalosa declaración de uno de los mozos: El lapiz de labios se le corrió porque anduvo besándose en la cocina con el encargado de los canapés.
12. Polémica declaración del candidato a primer diputado: ¿Ven? No quiso que yo fuera su padrino de casamiento porque no le caía bien a la novia. Porque no le di calce, por eso no le caía bien.
13. Durísima respuesta de la esposa del candidato a vicepresidente: ¿Porque no me dió calce? Cada vez que me saludaba aprovechaba para tocarme las tetas.
14. Escandalosa respuesta del candidato a presidente: ¿Se habrá dado cuenta que son operadas?
15. Durísima respuesta de la esposa del candidato a presidente a su marido: Con mis tetas no. Ahora quiero el divorcio. Ya me estoy llevando todos los productos de Biferdil, Tresemme, Capilatis y Pantene del baño. ¿Que juez va a pensar que son suyos? Me los quedo todos.
16. Estremecedora respuesta del candidato a presidente: Por favor el champú, el acondicionador, el baño de crema, el serum y el spray con aceite de lino no.
17. Asombrosa afirmación del fotógrafo: No sé que tanto lío hacen, igual las fotos las vamos a tener que hacer de nuevo, porque salieron horribles. Se nota el principio de pelada y que usa Kolestone.
18. Polémica declaración del peluquero del candidato a presidente y de la candidata a vicepresidenta: Le dije que el Kolestone no es buena marca.
2. Pólemica declaración de la candidata a vicepresidenta: Le propuse hacer la foto sentados los dos, pero me dijo que así se le notaba la pancita. Y me usó todo el mousse del pelo que llevaba en la cartera.
3. Dura respuesta del candidato a presidente: No era mousse, era fijador del pelo. Y de mala calidad.
4. Durísima respuesta del peluquero de la candidata a vicepresidenta y del candidato a presidente: Lo había peinado cinco segundos antes. No tengo la culpa de que lo traume el principio de pelada. Y le dije a la futura vice que el fijador de pelo se dejó de usar en los ochenta.
5. Controversial respuesta de la esposa del candidato a presidente: en las fotos de nuestro casamiento también usó taburete. Y mousse para el pelo.
6. Polémica respuesta del candidato presidencial a su esposa: Y vos usaste maquillaje compacto para cubrirte el chupón del stripper ¿te pensás que no me di cuenta?
7. Asombrosa declaración del padrino del casamiento: en realidad el chupón fue culpa mía.
8. Asombrosa declaración de la vicepresidenta: Yo también le dí un par de chupones en el cuello a su esposa.
9. Asombrosa declaración del maquillador de la esposa del candidato a presidente: Bueno, yo también le dí unos cuantos chupones, pero después los cubrí muy bien con maquillaje compacto Maybelline.
10. Durísima respuesta de la esposa del candidato a presidente a su maquillador: me dijo que solamente trabajaba con marca de maquillaje L´Oreal. Con razón el lapiz de labios se me corrió a la dos horas.
11. Escandalosa declaración de uno de los mozos: El lapiz de labios se le corrió porque anduvo besándose en la cocina con el encargado de los canapés.
12. Polémica declaración del candidato a primer diputado: ¿Ven? No quiso que yo fuera su padrino de casamiento porque no le caía bien a la novia. Porque no le di calce, por eso no le caía bien.
13. Durísima respuesta de la esposa del candidato a vicepresidente: ¿Porque no me dió calce? Cada vez que me saludaba aprovechaba para tocarme las tetas.
14. Escandalosa respuesta del candidato a presidente: ¿Se habrá dado cuenta que son operadas?
15. Durísima respuesta de la esposa del candidato a presidente a su marido: Con mis tetas no. Ahora quiero el divorcio. Ya me estoy llevando todos los productos de Biferdil, Tresemme, Capilatis y Pantene del baño. ¿Que juez va a pensar que son suyos? Me los quedo todos.
16. Estremecedora respuesta del candidato a presidente: Por favor el champú, el acondicionador, el baño de crema, el serum y el spray con aceite de lino no.
17. Asombrosa afirmación del fotógrafo: No sé que tanto lío hacen, igual las fotos las vamos a tener que hacer de nuevo, porque salieron horribles. Se nota el principio de pelada y que usa Kolestone.
18. Polémica declaración del peluquero del candidato a presidente y de la candidata a vicepresidenta: Le dije que el Kolestone no es buena marca.
martes, 25 de junio de 2019
Cinco pesos
Fue entonces cuando vi la mitad del billete. Abajo del ladrillo; para cualquier persona menos para mí la mitad de un billete de cinco pesos no significaría nada, pero para mí significaba que Dameris había estado allí y que de allí se la habían llevado. La historia era casi graciosa: estábamos en tercer año, a las dos nos gustaba el mismo chico ,el hermano de Luana, y para zanjear el problema -problema que solo existía en nuestras cabezas: el hermano de Luana se fue a las dos semanas a trabajar a Bahía Blanca- partimos un billete de cinco en dos y dijimos que a quién le tocara la efigie de San Martin se quedaría con el chico. Yo fuí la afortunada, ante los gritos y las quejas de Dameris que juró que yo había hecho trampa, que había marcado especialmente la parte afortunada del billete, y casi no me habló por una semana, silencio que rompió cuando se quedó sin hojas en la prueba de Educación para la Ciudadanía y me tuvo que pedir. Seguimos siendo inseparables hasta el viaje de egresados y la graduación: después ella se fue a Belina, y yo me fuí a Ensenada del Mar. A veces nos mandábamos saludos por el celu. Cuando conocí a Oscar, que vivía en Belina, le empecé a pedir referencias desesperadas a Dameris, que me contestó con precisión aritmética: no me convenía, no era muy trabajador ni estudioso, y ya había dejado embarazada a dos chicas del pueblo. Las malas referencias, claro, no me impidieron mudarme a Belinda para empezar un amor apasionadamente romántico con Oscar, que duró tres meses y medio, hasta que un día al ir a visitarlo a su casa, llevando bizcochitos, encontré una chica desnuda en su comedor. Pero ya me había acostumbrado a Belina y la verdad el trabajo que había conseguido allí era harto mejor que el que tenía en Ensenada del Mar; además, estaba Dameris, que me insistía en que me quedara porque ella sola allí se aburría como esponja. Nos terminamos alquilando la pieza de atrás de donde vivía Oscar, lo que son las vueltas de la vida, y la parte divertida es que después de un tiempo más de una vez terminé cubriéndolo cuando les metía los cuernos a sus otras novias y cuando venían a cobrarle los deudores. A la tarde, después de salir de nuestros trabajos, nos pintábamos las uñas, mirábamos series en DVD truchos, planeabámos la salida del sábado a la disco de Ensenada del Mar, nos medíamos la cintura y la cadera (ninguna de las dos pasó nunca del sesenta, noventa) y nos proponíamos empezar a estudiar Excel o inglés o algo así, que nos ayudara a conseguir un trabajo mejor. A veces, cuando no teníamos sueño, invitábamos a Oscar o a otro chico o chica vecino a tomar cerveza y jugar al truco; así, en ese continuo de siesta de ciudad chica, pasó un año y medio. Fué Dameris la primera que marcó a Teo. Era casi joven, era muy lindo, vestía bien, como un chico de la capital, y tenía un auto importado. Y a mí no me gustaba. A Dameris tampoco; había algo en su piel que la hacía como la piel de un reptil y algo en su mirada que la hacía como la mirada de un reptil. A las otras chicas de la ciudad, claro, les encantaba y se turnaban para salir con él los viernes y los domingos -de lunes a jueves estaba en la ciudad la novia oficial de Teo. Fuí yo la que se dió cuenta de que Teo también nos había marcado a nosotras; las otras chicas de nuestra edad tenían todas sus familias aquí, algunas incluso otros chicos, quizás más feos y menos interesantes que Teo pero que no tenían esa mirada rara ni la piel fría. Una tarde salí del trabajo, estaba oscuro y llovía, la calle estaba vacía, y ví que el auto de Teo pasaba tres veces por la calle donde yo caminaba. Cuando le conté a Dameris ella me contó que a ella le había pasado lo mismo, dos veces.
Hace una semana atrás, cuando volví a casa, Dameris no estaba. Esperé tres horas a que volviera, le mandé mensajitos por Wasapp, ni siquiera recibí el visto. Cuando ya eran las doce fui a la comisaría: me dijeron que Dameris probablemente se había conseguido un novio y que tenía que hacer lo mismo. Le contesté que Dameris varias veces había estado con un chico, pero que siempre me contestaba los mensajes. Les dije lo que nos había pasado con Teo. Les dije (era mentira) que le había contado a la dueña del minimercado donde Dameris trabajaba y que en cualquier momento aparecería a respaldar mi denuncia. Eso los asustó un poco, pero me dijeron que volviera al día siguiente. Para que alguien fuera buscado debían pasar veinticuatro horas. Fui a casa, le mandé mensajes por Facebook a la dueña de minimercado, a tres de las chicas que salían con nosotras a boliche y al único de los chicos de mi amiga que sabía el nombre y apellido, preguntándoles si Dameris estaba en sus casas. No estaba, me contestaron todos. La dueña del minimercado incluso me dijo que Dameris había salido antes. Me tiré en la cama de abajo de la cucheta; me acordé de todas las noches que con Dameris habíamos hablado de bandas de reggaeton, de vestidos, de chicos que nos gustaban, de telenovelas de nuestra infancia. Desde donde estaba podía ver un ladrillo suelto en la esquina, en la pared; porque ya casi no podía pensar, y menos dormir, me acerqué. Estaba tan suelto que pude sacarlo: abajo estaba la mitad del billete, la mitad sin la cara de San Martin, con un corazoncito roto en brillantina y otro nombre escrito con birome negra, seguro más reciente. Me vestí y fuí a lo de Oscar: casi siempre estaba levantado a esa hora. Tomamos cerveza hasta las cinco de la mañana. Al otro día armé el bolso y volví a Ensenada del Mar. Solamente estuve allí dos días, para cobrar un dinero que me habían quedado adeudando y después me vine a la capital.
Desde ahí llamé, desde una cabina telefónica. Mis datos fueron precisos: lo que iban a encontrar lo encontraron. Desde la televisión del hotel ví como arrestaban a Oscar por tráfico de cocaína (dieciocho bochas de cocaína, las que yo había encontrado una tarde cuando fuí a limpiar el baño del bar en el que trabajaba en Ensenada y que había guardado por las dudas, no pueden nunca ser confundidas con consumo personal), a Teo y a uno de los amigos de Oscar, por ser los jefes del narcotráfico en la zona de Belina. Ahí interviene la Federal. Pasó lo que calculaba que pasaría: el Oso se asustó tanto con la posibilidad de ser juzgado por narcotraficante, que enseguida cantó donde llevaban a las chicas que secuestraban para trabajar de prostitutas. A Dameris la encontraron en un prostíbulo en el Sur, donde solo había trabajado dos días. Los tres, Oscar, Teo, el Oso y un par más que ni me hubiera imaginado enfrentan cargos por proxenetismo, narcotráfico y asociación ilícita. Espero que cuando a Dameris se le pase el susto vuelva a conectarse a Facebook; cuando lo haga, le mandaré saludos, pero no creo que mi ubicación actual. Para recordar mi aventura (la primera y probablemente la última) junté las dos mitades del billete. Mi mitad dice Jonathan en brillitos, con muchos corazones, y signos de exclamación; la de Dameris solo tiene un corazoncito roto en brillantina, pero otro corazón en birome negra entero y la palabra Oscar for ever. Lo único que me digo: tendría que haberme dado cuenta antes y Dameris hubiera zafado de unas cuantas.
Hace una semana atrás, cuando volví a casa, Dameris no estaba. Esperé tres horas a que volviera, le mandé mensajitos por Wasapp, ni siquiera recibí el visto. Cuando ya eran las doce fui a la comisaría: me dijeron que Dameris probablemente se había conseguido un novio y que tenía que hacer lo mismo. Le contesté que Dameris varias veces había estado con un chico, pero que siempre me contestaba los mensajes. Les dije lo que nos había pasado con Teo. Les dije (era mentira) que le había contado a la dueña del minimercado donde Dameris trabajaba y que en cualquier momento aparecería a respaldar mi denuncia. Eso los asustó un poco, pero me dijeron que volviera al día siguiente. Para que alguien fuera buscado debían pasar veinticuatro horas. Fui a casa, le mandé mensajes por Facebook a la dueña de minimercado, a tres de las chicas que salían con nosotras a boliche y al único de los chicos de mi amiga que sabía el nombre y apellido, preguntándoles si Dameris estaba en sus casas. No estaba, me contestaron todos. La dueña del minimercado incluso me dijo que Dameris había salido antes. Me tiré en la cama de abajo de la cucheta; me acordé de todas las noches que con Dameris habíamos hablado de bandas de reggaeton, de vestidos, de chicos que nos gustaban, de telenovelas de nuestra infancia. Desde donde estaba podía ver un ladrillo suelto en la esquina, en la pared; porque ya casi no podía pensar, y menos dormir, me acerqué. Estaba tan suelto que pude sacarlo: abajo estaba la mitad del billete, la mitad sin la cara de San Martin, con un corazoncito roto en brillantina y otro nombre escrito con birome negra, seguro más reciente. Me vestí y fuí a lo de Oscar: casi siempre estaba levantado a esa hora. Tomamos cerveza hasta las cinco de la mañana. Al otro día armé el bolso y volví a Ensenada del Mar. Solamente estuve allí dos días, para cobrar un dinero que me habían quedado adeudando y después me vine a la capital.
Desde ahí llamé, desde una cabina telefónica. Mis datos fueron precisos: lo que iban a encontrar lo encontraron. Desde la televisión del hotel ví como arrestaban a Oscar por tráfico de cocaína (dieciocho bochas de cocaína, las que yo había encontrado una tarde cuando fuí a limpiar el baño del bar en el que trabajaba en Ensenada y que había guardado por las dudas, no pueden nunca ser confundidas con consumo personal), a Teo y a uno de los amigos de Oscar, por ser los jefes del narcotráfico en la zona de Belina. Ahí interviene la Federal. Pasó lo que calculaba que pasaría: el Oso se asustó tanto con la posibilidad de ser juzgado por narcotraficante, que enseguida cantó donde llevaban a las chicas que secuestraban para trabajar de prostitutas. A Dameris la encontraron en un prostíbulo en el Sur, donde solo había trabajado dos días. Los tres, Oscar, Teo, el Oso y un par más que ni me hubiera imaginado enfrentan cargos por proxenetismo, narcotráfico y asociación ilícita. Espero que cuando a Dameris se le pase el susto vuelva a conectarse a Facebook; cuando lo haga, le mandaré saludos, pero no creo que mi ubicación actual. Para recordar mi aventura (la primera y probablemente la última) junté las dos mitades del billete. Mi mitad dice Jonathan en brillitos, con muchos corazones, y signos de exclamación; la de Dameris solo tiene un corazoncito roto en brillantina, pero otro corazón en birome negra entero y la palabra Oscar for ever. Lo único que me digo: tendría que haberme dado cuenta antes y Dameris hubiera zafado de unas cuantas.
domingo, 23 de junio de 2019
El gato suburbano.
a Eduardo Belgrano Rawson
Cuando el primo de mi papá tuvo a su octava hija, se sintió realizado. Julio (así se llama) vive en una casa de Nuevo Alberdi, casado con una portera de la escuela Eva Perón y en el día atiende una gomería: de noche es folklorista aficionado, pero después de tomarse dos vasos de vino Toro con soda y un vasito de grapa y escuchar discos de Facundo Toro, le agarra la veta romántica, cosa que a su mujer no le gusta demasiado porque así es como ha sido madre ocho veces en diecinueve años. A Daniel, el mayor, Julio le regaló apenas nació un bombo legüero de juguete y a los tres años le hacía escuchar durante horas Mujeres Argentinas, haciéndole cantar especialmente lo de Juana Azurduy, flor del alto Perú. Tan mal no le fué: ahora Daniel tiene un grupo de trap folklórico que la rompe en Distrito Siete y en El Aserradero, donde cuenta las vivencias suburbanas de las mujeres argentinas acompañado por base de bombistos, dos guitarras y loopera. Muy bien no suena, pero tiene un club de fans mujeres que gritan cada vez que sacude su mechón de pelo azul y empieza a trapear. Con los siete más pequeños Julio ha formado un grupo vocal de folklore llamado La Estrella Azul, y se presentan cada vez que pueden en clubes de barrio, parroquias, escuelas primarias y vecinales ataviados con ponchos, recorriendo un repertorio que empieza en Si se apaga Vaderrama y termina en El Arriero. En el medio siempre se canta Amaranto, un gato suburbano que Julio compuso para enamorar a su primera novia, que lo dejó por un imitador de Sergio Denis. Julio tendrá muchos defectos, pero no es rencoroso, y cada tanto invita a su primera novia, que al final no se casó con el imitador de Sergio Denis sino con un profesor de educación física que casualmente trabaja en la misma escuela que su mujer, al profesor de educación física, y a sus cinco hijos a su casa para armar fiestas de karaoke donde empiezan cantando Zamba de mi esperanza y Guitarrero para terminar a las cinco de la mañana los cuatro aullando Una voz en el teléfono y Realmente no estoy tan solo mientras los chicos en el living comedor miran Disney Channel. Más de una vez nos han invitado a sus reuniones, aunque la última vez pensamos que sería realmente la última vez: Silvia y Paula, las mellizas de quince de Julio, se plantaron en el medio del quincho, pusieron una pista de Frozen en inglés y cantaron a dúo la canción principal tan bien que la aplaudimos todos. Sobre todo porque cuando hacen las voces más altas en El Arriero Silvia y Paula desafinan tanto que todos en la familia sospechábamos que lo hacían a propósito (lo cuál resultó ser cierto). Julio esa noche ya estaba bastante entonado pero igual desconectó el karaoké, levantó a los chicos ajenos que dormían en los puff, apagó el plasma y nos invitó a todos a retirarnos antes de tiempo -eran recién las dos y media de la mañana- mientras murmuraba algo sobre como los yankis están pervirtiendo la mente de la juventud argentina mientras ponía en la computadora una versión vieja de una canción de Argentino Luna.
Cuando el primo de mi papá tuvo a su octava hija, se sintió realizado. Julio (así se llama) vive en una casa de Nuevo Alberdi, casado con una portera de la escuela Eva Perón y en el día atiende una gomería: de noche es folklorista aficionado, pero después de tomarse dos vasos de vino Toro con soda y un vasito de grapa y escuchar discos de Facundo Toro, le agarra la veta romántica, cosa que a su mujer no le gusta demasiado porque así es como ha sido madre ocho veces en diecinueve años. A Daniel, el mayor, Julio le regaló apenas nació un bombo legüero de juguete y a los tres años le hacía escuchar durante horas Mujeres Argentinas, haciéndole cantar especialmente lo de Juana Azurduy, flor del alto Perú. Tan mal no le fué: ahora Daniel tiene un grupo de trap folklórico que la rompe en Distrito Siete y en El Aserradero, donde cuenta las vivencias suburbanas de las mujeres argentinas acompañado por base de bombistos, dos guitarras y loopera. Muy bien no suena, pero tiene un club de fans mujeres que gritan cada vez que sacude su mechón de pelo azul y empieza a trapear. Con los siete más pequeños Julio ha formado un grupo vocal de folklore llamado La Estrella Azul, y se presentan cada vez que pueden en clubes de barrio, parroquias, escuelas primarias y vecinales ataviados con ponchos, recorriendo un repertorio que empieza en Si se apaga Vaderrama y termina en El Arriero. En el medio siempre se canta Amaranto, un gato suburbano que Julio compuso para enamorar a su primera novia, que lo dejó por un imitador de Sergio Denis. Julio tendrá muchos defectos, pero no es rencoroso, y cada tanto invita a su primera novia, que al final no se casó con el imitador de Sergio Denis sino con un profesor de educación física que casualmente trabaja en la misma escuela que su mujer, al profesor de educación física, y a sus cinco hijos a su casa para armar fiestas de karaoke donde empiezan cantando Zamba de mi esperanza y Guitarrero para terminar a las cinco de la mañana los cuatro aullando Una voz en el teléfono y Realmente no estoy tan solo mientras los chicos en el living comedor miran Disney Channel. Más de una vez nos han invitado a sus reuniones, aunque la última vez pensamos que sería realmente la última vez: Silvia y Paula, las mellizas de quince de Julio, se plantaron en el medio del quincho, pusieron una pista de Frozen en inglés y cantaron a dúo la canción principal tan bien que la aplaudimos todos. Sobre todo porque cuando hacen las voces más altas en El Arriero Silvia y Paula desafinan tanto que todos en la familia sospechábamos que lo hacían a propósito (lo cuál resultó ser cierto). Julio esa noche ya estaba bastante entonado pero igual desconectó el karaoké, levantó a los chicos ajenos que dormían en los puff, apagó el plasma y nos invitó a todos a retirarnos antes de tiempo -eran recién las dos y media de la mañana- mientras murmuraba algo sobre como los yankis están pervirtiendo la mente de la juventud argentina mientras ponía en la computadora una versión vieja de una canción de Argentino Luna.
Cuando no escribíamos para mujeres.
La narración empieza así: todos los escritores hombres son misóginos que, por miedo al talento de las mujeres, les han impedido escribir a las mujeres durante siglos, hasta ahora, que, gracias al feminismo, tenemos editoriales que solamente editan a mujeres y festivales de cine donde solo hay directoras mujeres. De un plumazo, las mujeres nos hemos cargado a Chordelo de Laclos, a Louise May Alcott, a Isak Dinesen, a Patricia Highsmith, a Juana de Ibarboru, a Harriet Brechet Stowe, a las hermanas Bronte, a Jane Austen, a Agatha Christie, a Silvina Ocampo, a Alejandra Pizarnik, a Idea Villariño y a Ursula K. Le Guin. Todas ellas nacidas, criadas y escritoras durante los años del patriarcado; ninguna de ellas intranscendente en el mundo de la literatura. Ninguna de ellas pidió demasiado permiso para escribir: escribieron, publicaron y si sus historias gustaban o no, y si les daban premios o no por ser mujeres y escritoras no les importó demasiado. Edith Warthon, la autora de The House of Mirth y The Age of Innocence fue amiga íntima de Henry James; se carteaban, se criticaban, se recomendaban libros. The House of Mirth podría haber sido escrita por Henry James y Portrait of a Lady podría haber sido escrita por Edith Warthon; nadie se hubiera sorprendido si así fuera. Si, claro, muchas veces la historia y la crítica de la literatura es misógina: hay muchos historiadores (y más aún historiadoras) de literatura que se encandilan cuando una mujer "escribe bien", lo cuál no solo es misógino sino poco realista porque el noventa y cinco de las veces las mujeres escribimos mejor que los hombres, es decir sin faltas de gramática y de ortografía -siempre sospeché que los hombres tienen una parte del cerebro que les impide asimilar las reglas de la correcta escritura. La gran literatura ha sido escrita siempre por hombres y por mujeres, indistintamente. Exigir un "cupo literario femenino" en estos momentos es casi irrisorio: las mujeres ya hemos llegado a ser presidentas y astronautas, cargos muchos más difíciles a los que acceder que un Premio Nobel de Literatura. Varios de los best sellers actuales son mujeres: Isabel Allende, Suzanne Collins, J. K. Rowling, Cassandra Clare. No veo a demasiados escritores hombres protestando por ese hecho, aunque quizás estén mirando futbol o tenis. No hay ninguna ley que nos impida escribir ni publicar; y claro, estamos en derecho de pedir más visibilidad para las escritoras mujeres, pero ¿exactamente para que? Si un libro está mal escrito, aunque lo escriba una mujer, va a seguir estando mal escrito; y si me obligara el feminismo a leer solamente a escritoras mujeres y feministas, desertaría del feminismo enseguida. Prefiero a Victor Hugo a Virginia Woolf y pienso, además, que los personajes femeninos de William Faulkner son más asombrosos y heroicos que los de Silvina Ocampo. La literatura es un campo de batalla, sin duda, pero no es desertando de leer a los escritores hombres (e incluso de los escritores hombres misóginos) como saldremos del patriarcado: lo único que podemos hacer las mujeres en el campo de la literatura es escribir bien.
viernes, 21 de junio de 2019
Malas noticias para la pobresía.
Creció el desempleo. Creció el empleo informal, eufemismo para llamar al trabajo precarizado. Creció -esto no lo muestra ninguna encuesta del Indec- el sobreempleo: es decir, las personas que para llegar a fin de mes tienen un trabajo formal y dos o tres trabajos informales paralelos o las personas que, con un solo trabajo formal, y para no ser despedidas, son sobreexplotadas. Estos tres crecimientos son muestra de que "el trabajo" quizás era prioridad en el gobierno de Macri: el trabajo, claro, no los trabajadores. A los empresarios se les pide patriotismo; a los trabajadores y a los desocupados, se les pide "aguante". Habría que avisarle al gobierno que somos habitantes de la Argentina, no espectadores de un concierto de La Renga o de Divididos. La palabra mágica para nuestra selecta clase dirigencial es (otra vez) reforma laboral. El discurso de ayer de Macri, atacando a los Moyano como si fueran los culpables de todos los males argentinos, es muestra de que hay mucha gente en gateras relamiéndose como gatos con el aumento de la desocupación, la subocupación, el sobreempleo y la posibilidad de que se eliminen las paritarias. Que lo haya dicho adelante de un montón de escolares cuya mayor preocupación probablemente sea si Pokemón es mejor que Digimón y que no tienen ni idea quiénes son los Moyano, solo muestra que están decididos, si son reelegidos, a ir por la reforma laboral. Y la reforma previsional. Y la reforma educativa. Y, por las dudas, la reforma universitaria. Argentina debe tener el record de reformas laborales -que supuestamente dinamizan el trabajo-, reformas previsionales -que supuestamente mejoran las jubilaciones-, reformas educativas -que supuestamente primermundizan nuestra educación, y reformas universitarias -que supuestamente hacen que nuestras universidades sean Harvard u Oxford. En materias de reformas inútiles, estamos cerca del sketch La Comisión, de Les Luthiers, donde se intenta reformar el himno nacional para declararle la guerra a Noruega por el bacalao. A pasitos nomás de ese nivel de boludez. La educación pública en Argentina es buena. La educación universitaria en Argentina es buena. Las leyes laborales en Argentina son buenas. El sistema previsional en Argentina es bueno. ¿Son mejorables? Claro. Para eso vamos a votar diputados y senadores, para que presenten leyes para mejorarlos, no para que recorran canales de televisión hablando sobre actos de corrupción ajenos. Si hay actos de corrupción, se denuncian en la justicia. La justicia los debe investigar, sin duda: aunque sería mejor que la justicia muestre más celeridad para los casos realmente urgentes, como los femicidios, los travesticidios, los secuestros extorsivos, los asaltos a mano armada, las amenazas a periodistas y fotógrafos. Si un senador o un diputado tienen vocación de fiscales de la patria, deberían postularse para ser fiscales federales o, aunque más no sea, provinciales. En caso contrario, uno empieza a sospechar que la indignación es de la boca para afuera y mientras la cámara de la televisión está encendida. Gente que habla contra el narcotráfico, contra la corrupción, y contra la inseguridad, contra la decadencia de todo, rasgándose las vestiduras, hay muchas y siempre las hubo. Propuestas para que los chicos tengan una alternativa de vida que no sea drogarse, para que la política sea más transparenta y no puro discurso, y para que dentro de, pongámosle, cuatro años, tengamos menos homicidios, menos asaltos, y menos muertos en el tránsito (7.214 en el año 2018, muchísimos en un país de cuarenta millones de habitantes) hay, obviamente, menos, porque cualquiera de esas cosas significa poner en cuestión no tanto, diría Fontanarrosa, la escasa distribución de la riqueza sino la generosa distribución de la pobreza. De todas maneras, aunque gane Macri (que puede suceder) esos problemas van a seguir estando. Con la democracia, sola, no se come, ni se cura, ni se educa; además, aunque esto suene incómodo a muchos, hay que hacer política.
jueves, 20 de junio de 2019
Darabont entra en escena.
¿Por qué Australia? se preguntó Darabont. Aquí las estrellas eran raras. Los ríos eran raros. Los animales eran raros. En dos o tres días llegarían al poblado; seguramente dos o tres casuchas infectas, y una iglesia a medio construir, y que no se construiría nunca. Darabont había matado a diez hombres en Liverpool, con su navajita de mango de nácar (que ya no tenía), pero lo habían terminado enviando a Australia por mendigar. Australia o te mutilamos las orejas, había dicho el hombre odioso, con peluca empolvada, que olía a talco y a roquefort; Darabont hubiera querido degollarlo y lo hubiera hecho si aún hubiera tenido su navajita, lo único que había heredado de la mujer que lo había criado, ahorcada cuando él tenía diez años por robarle el bolso a un pastor. En el barco que los traía, los azotaban. Varios murieron. No Darabont; si no había muerto a los tres años cuando su madre lo había dejado abandonado cuatro días en un cuartucho, ni con el gran incendio de Londres, ni cuando lo tiraron al río unos mocosos más jovenes que él para divertirse, mucho menos moriría por la poca comida y los muchos azotes y la escasez de agua buena. Además, previsiblemente, cuando llegaron a Australia sus verdugos se aquietaron: en cuanto los recibió el gobernador, o vicegobernador, o algún tipo de cargo así -Darabont no sabía pero imaginaba- quisieron parecer más humanos y respetables, y los que hasta el día anterior estaban casi desnudos en la cubierta del barco, semiborrachos y con un látigo de tres puntas, ahora hasta querían usar camisas de volantas. Pero el destino final de Darabont y de sus compañeros era un pequeño poblado sin nombre aún, sin párroco y sin escuela, apto solo para que los condenados por la justicia de la reina se hundieran en el fango. El río serpenteaba entre rocas pardas; los peces a veces picaban. El que comandaba el barco ordenó hacer un alto, por dos horas; no había prisa por llegar al lugar inmundo donde llegarían. Darabont vió que la correntada traía varias cañas y que una de ella se atoraba en la red. Alzó la red. Estaba llena de peces. Sálalos, le dijo el cocinero del barco -según Darabont, el peor de todos. Por suerte, hasta ahora, ni la sal ni el aceite de ballena escaseaban. Cuando las manos le quedaron secas por la sal, Darabont tomó la caña. El viejo impulso iba cediendo nuevamente partes de él. El primero fue el cocinero, luego uno de sus ayudantes. El capitán y los otro cuatro subalternos fueron los siguientes. Cuando quiso acordarse, el único que quedaba vivo había huído tirándose al agua. Se ahogaría enseguida; el río era inclemente. Sus compañeros presidiarios lo miraban como a un demonio. Había uno, que hablaba demasiado y que siempre decía que hacía cinco años había sido marinero en Dinamarca; debía ser cierto, porque cuando él le puso la caña en el pescuezo acercó al barco lo más posible a la orilla. Antes de arrojarse al agua, Darabont se miró en el reflejo. Estaba cubierto de sangre y casi desnudo. No creo, se dijo, antes de hundirse en el agua tibia y luego salir al lodo y a la selva esmeralda, que vengan a buscarme.
Contratapa Semanal.
-¿Por qué a mí la contratapa, eh?
- Bueno, viste como es, hay poca gente ahora. Están todos mirando la Copa América.
- No la quiero hacer.
- No cobrás a fin de mes.
- Está bien, pero voy a escribir una contratapa contra las mujeres.
- No te conviene mucho...
- La voy a escribir igual. Las mujeres ahora, ¿qué les pasa? Están en la política, bueno, vaya y pase. Pero están en el fútbol, en el boxeo, hasta en el rubgy... El último reducto que teníamos los hombres como uno.
- ¿Vos jugás al rugby?
- No, soy medio petiso. Pero mi primo segundo juega bien. Le faltan tres dientes, pero juega bien.
- Si, que querés, yo tampoco entiendo mucho a mi género. Si hay un juego feo para jugar es el rugby. Además, tienen eso del tercer tiempo... ¿Cómo te podés llevar bien con la que hace un rato casi te quiebra la pierna en la cancha? ¿Cómo podés compartir sanguchitos con ella? Yo aprovecho que está masticando para meterle una piña.
- Ves, me dás la razón. Ahora hasta quieren ser periodistas deportivas.
- ¿Vas a escribir todo eso en tu nota de contratapa?
- Sí, porque estoy enojado.
- No te lo recomiendo. No va a quedar bien.
- Claro que lo voy a escribir. Le voy a exigir a las mujeres que miren partidos de futbol femenino, que miren justas de boxeo femenino, que sean hinchas de equipos de rugby femenino.
- Mi viejo mirá boxeo y futbol femenino. Y no es mujer. Te estoy diciendo: no va a quedar bien la contratapa.
- Entonces no la escribo.
- Bueno, escribila, sino la tengo que escribir yo. Pero tratá de sonar un poco más moderado y que no parezca que...
- ¿Que qué?
- Que les tenes miedo a las mujeres rugbiers. Porque, te digo la verdad, yo a las mujeres rugbiers no me las pongo en contra ni loca. Paz y amor, hermanas sororas.
- Bueno, viste como es, hay poca gente ahora. Están todos mirando la Copa América.
- No la quiero hacer.
- No cobrás a fin de mes.
- Está bien, pero voy a escribir una contratapa contra las mujeres.
- No te conviene mucho...
- La voy a escribir igual. Las mujeres ahora, ¿qué les pasa? Están en la política, bueno, vaya y pase. Pero están en el fútbol, en el boxeo, hasta en el rubgy... El último reducto que teníamos los hombres como uno.
- ¿Vos jugás al rugby?
- No, soy medio petiso. Pero mi primo segundo juega bien. Le faltan tres dientes, pero juega bien.
- Si, que querés, yo tampoco entiendo mucho a mi género. Si hay un juego feo para jugar es el rugby. Además, tienen eso del tercer tiempo... ¿Cómo te podés llevar bien con la que hace un rato casi te quiebra la pierna en la cancha? ¿Cómo podés compartir sanguchitos con ella? Yo aprovecho que está masticando para meterle una piña.
- Ves, me dás la razón. Ahora hasta quieren ser periodistas deportivas.
- ¿Vas a escribir todo eso en tu nota de contratapa?
- Sí, porque estoy enojado.
- No te lo recomiendo. No va a quedar bien.
- Claro que lo voy a escribir. Le voy a exigir a las mujeres que miren partidos de futbol femenino, que miren justas de boxeo femenino, que sean hinchas de equipos de rugby femenino.
- Mi viejo mirá boxeo y futbol femenino. Y no es mujer. Te estoy diciendo: no va a quedar bien la contratapa.
- Entonces no la escribo.
- Bueno, escribila, sino la tengo que escribir yo. Pero tratá de sonar un poco más moderado y que no parezca que...
- ¿Que qué?
- Que les tenes miedo a las mujeres rugbiers. Porque, te digo la verdad, yo a las mujeres rugbiers no me las pongo en contra ni loca. Paz y amor, hermanas sororas.
miércoles, 19 de junio de 2019
Mil novecientos treinta y dos.
En aquel café en la peatonal Lavalle ví una foto de mi tío abuelo. Mi abuela hubiera dicho, imposible, pero he visto suficientes fotos de mi tío abuelo para reconocerlo y allí estaba: al lado de un hombre que vendía cigarrillos por la calle, mirando la cámara, sin sombrero -cosa que correspondía, a mi tío no le gustaba usar sombrero. Sé que mi abuela, y mi madre, y varios de mis tíos hubieran dicho imposible, porque en esos años mi tío era un niño, de pantalón corto y estaba seguramente en la quinta de algún vecino o yendo a comprar harina y aceite sueltos; ya ves, me dirá mi madre, las fechas no coinciden, es imposible que ese de la foto sea tu tío abuelo. Será un hombre parecido. Pero el de la foto es mi tío, y como hizo para estar en una foto de mil novecientos treinta y dos en Buenos Aires cuando en mil novecientos treinta y dos el tenía siete años y aún no sabía silbar ni jugar bien al fútbol (con los años llegó a ser un gran cinco) no es algo que me corresponda a mí dilucidar. Le gustaba mucho fumar, por lo cual supongo que habrá decidido perdurar en esa foto al lado del cigarrero para estar bien aprovisionado de cigarrillos; si sabrá o no que esa època no le corresponde, que esos años son años anteriores a él, que el único que hubiera tenido derecho a estar ahí y que quizás aparece, de paso, una imagen fugaz de su espalda, es mi abuelo, el esposo de mi abuela, creo que no. Muchas cosas se le han olvidado, por eso sonríe feliz en esa foto, más feliz que en cualquier selfie que pudiera sacarse ahora.
lunes, 17 de junio de 2019
Tapas de Noticias
Entre muchos periodistas es escándalo la tapa de Noticias (una más) satirizando a la anterior presidenta. Es cierto, la tapa es misógina y prejuiciosa, además de ser algo peor: mala. Pero la revista Noticias jamás se destacó por su calidad periodística: para muestra, cada vez que entrevista a un artista parece estar más interesada en el perfume que prefiere , su marca de autos favorita), su restaurant favorito y su tarjeta de crédito favorita . Las tapas de la revista Noticias en los noventa, que sacaban a Maria Julia Alsogaray mostrando las piernas, eran tan misóginas y prejuiciosas como las actuales y su calidad periodística se ha mantenido estable desde entonces, oscilando entre casi nula y nula. Las primicias de Noticias siempre fueron sesgadas y convenientes; sus operaciones de tapa siempre fueron casi transparentes de tan obvias. En casi veinticinco años de existencia, no recuerdo haber leído nunca una nota memorable en la revista Noticias; es decir, una nota bien escrita. Escriben rápido, escriben mal, escriben parcialmente y se nota, y como; no hay ni siquiera cuidado estético en las fotos que publican. Es sólo cut and paste. Por eso, no entiendo la ofensa de muchas personas ante esta tapa de Noticias: Noticias es misógina ahora y tenía el mismo nivel de misoginia en los noventa, cuando intentaba burlarse de María Julia Alsogaray. Las mujeres deberíamos advertirles: es muy difícil hacer buenos chistes misóginos. Generalmente, lo único que se logra con tapas como la de Noticias, es descubrir ante los otros medios (escritos, mayoritariamente, pero no creo que haya muchos periodistas radiales o televisivos a los que la última tapa les haya encantado) que corta de ideas y de calidad está la producción de tu propia revista.
Mike Amigorena en Cabaret.
Nunca había visto actuar a Mike Amigorena en teatro. Lo había visto varias veces en televisión, pero nunca le había prestado demasiada atención: descontaba que debía ser bastante buen actor, porque había hecho Hamlet y El Niño Argentino, y la crítica siempre lo había destacado: pero una cosa es actuar bien en una obra de teatro y otra cosa es protagonizar Cabaret como el Maestro de Ceremonias. Porque en ese caso hay dos posibilidades: o sos un desastre o sos genial. No existen medias tintas para un personaje como el Maestro de Ceremonias de Cabaret. Hay que cantar, bailar, y actuar, todo el mismo tiempo y sin muchas posibilidades de equivocarse. y la obligación de ser el contrapunto constante de Florencia Peña, la otra pata protagónica. Todo en la obra Cabaret es más que una comedia musical perfecta y aceitada: desde que empieza la música hay magia teatral de verdad. Pero el Maestro de Ceremonias de Mike Amigorena es mucho más que una réplica del personaje que ví hace tantos años en la película de Bob Fosse: es el narrador y el dios atrás de la máquina, es el dueño del escenario , es oscuro, trágico y cómico al mismo tiempo. Hay algo sobrenatural en la actuación de Mike Amigorena: durante el tiempo de la obra, no estamos en el siglo XXI, ni en Argentina: estamos en el Kit Kat, y tenemos a Mike Amigorena de Maestro de Ceremonias, y, hasta que se prendan las luces, seguimos estando allí.
domingo, 16 de junio de 2019
Reparaciones
Estaba distraída y bajando por la escalera del subte E. Casi me resbalo. Un guarda me tomó de la mano y me ayudó a enderezarme.
- Tenga cuidado, señora- me dijo.
Estuve por insultarlo. Cuando levanté la vista, ví que tenía un ojo cosido y el otro era amarillo, no con el amarillo del oro sino con el amarillo del limón y casi sin pupila. Me sobresalté.
- Gracias. Que descuido el mío. Pero, perdón ¿es usted Horacio Suez?
El hombre asintió, extrañado.
- Si. ¿Quién es usted?
- Nadie, probablemente no me recuerde, era una clienta asidua del taller de costura de su madre, Maricarmen Suez. ¿Cómo está ella?
El único ojo sano del hombre se entrecerró un poco.
- Murió hace cinco años. Un ataque al corazón.
- ¿Y su tío Curly?
- Sigue vivo. ¿Puede creerlo? Vivo y rezongando.
- ¿Y sigue reparando zapatos?
- A veces.
- Mandele saludos- le dije.
- Claro- dijo Horacio- Cuando lo vea, el domingo. Es el cumpleaños.
Tomé el subte. No había casi nadie. Recordaba a Maricarmen Suez, que me había cosido el trajecito sastre que había usado en mi primer día como mecanógrafa, y varios vestidos de salir, y recordaba a Curly, que era zapatero de oficio porque no le quedaba otra; más de una vez había hecho que me reparara botitas de gamuza y mocasines. Maricarmen había estado casada, pero su marido a los tres años había desaparecido: es el destino de los viajantes de comercio, me había contado ella sin rencor. Me pregunté si le habría contado a Horacio que en realidad no era hijo de ella. Me pregunté si algún día le habría contado la verdadera historia. Probablemente no. Solamente ella, yo y Curly la sabíamos y yo era un testigo casual y Curly jamás le contaría nada a nadie. Ahora Maricarmen estaba muerta. En realidad, era ella la única con derecho a decirle nada a su hijo adoptivo.
Digo que fui testigo casual porque justito había cobrado el aguinaldo y me había comprado tres cortes preciosos, estampados en la sedería y un corte más barato, como para hacerme un batón. Tenía el dinero ahorrado para pagarle a Maricarmen y fuí al local de ellos, perdido en una galería, Suez reparaciones de zapatos. Maricarmen me atendió lo más bien, mientras yo le señalaba los modelos que quería de la revista Somos, aunque me dijo de uno que no porque con mis piernas tan flacas me iba a sentar mejor una falda más larga. Estábamos en eso, y charlando de la humedad y de su artritis, cuando llegó Curly con una caja. Grande. De cartón. Curly me miró asustado y me dí cuenta en seguida de que no esperaba que yo estuviera ahí. De la caja salió una especie de aullido. Entonces nos dimos cuenta, Maricarmen y yo, de que la caja goteaba sangre. Curly, como pidiéndonos disculpas, abrió la caja y ahí estaba Horacio. Era increíble que estuviera aún vivo.
Entonces Curly empezó a contar la historia. Nos contó que desde hacía meses, en el subte A, había comenzado a cruzarse con una pareja joven, un hombre y una mujer. Parecían personas comunes, salvo por un detalle: la mujer tenía unos ojos amarillos muy extraños, que le habían llamado la atención. Iban siempre juntos. Subían en la misma estación, bajaban en la misma estación. De la mano. No hablaban, no discutían. Siempre la misma ropa, aunque hiciera más frío o más calor. A Curly se le dió, porque estaba aburrido, por inventarles una vida: eran del Chaco, eran desocupados, venían a visitar parientes a Buenos Aires, se iban a ir en un par de meses. Casi se encariñó con ellos.
Pero esa tarde el había tomado el tren y la pareja no estaba. Los extrañó un poco. Habrán vuelto al Chaco, pensó. Los imaginó en el tren, tomados de la mano, regresando. Luego el subte se llenó y dejó de pensar en ellos. Bajó en la estación de Plaza de Mayo.
Estaba lleno de policías.
- ¿Qué pasó?- le preguntó a un kioskero.
- Mataron a dos. Más raro todo- le dijo el kioskero- Los acuchillaron en un recoveco de la escalera.
- Que horror- dijo el.
- Así está el país- le dijo el kioskero.
Los muertos no tenían identificación. Todavía no habían tapado los cuerpos; Curly, aunque la sangre le daba asco, no pudo evitar mirar al hombre. Era el que había visto durante tantos días en el subte; imaginó -quiso imaginar- que la mujer era también la de extraños ojos amarillos.
- Retírese, por favor, procedimiento policial- le dijo un cana.
Curly salió al exterior. Hacía mucho calor, porque ya era diciembre y había mosquitos. Entró a un bar. "Me voy a tomar una botella de Coca para sacarme la sed" pensó. Tomó dos cocas. Pensó en los muertos. ¿Serían del Chaco? Un hombre salió apurado del baño del bar, casi chocó con él, le pidió disculpas y se fué. "Voy al baño" pensó Curly "y después me voy al departamento".
El baño estaba muy sucio, pero eso no lo extrañó. Lo que lo extrañó fue el olor, olor a metal (no combinaba con la suciedad) y luego el gemido. Era casi imperceptible. Pensó en irse, luego pensó en que se iba a meter en problemas, luego pensó en el hombre que casi lo había chocado y le había pedido disculpas, y entonces vió en uno de los boxes del baño la sombra de una criatura. Imposible, pensó. Entró al box y lo alzó: era un milagro que aún gimiera. Le habían arrancado un ojo y le habían tajeado el vientre y una piernita. Que bestias, pensó. Que bestia, pensó. Hay que llamar a la policía y a los bomberos, pensó. No lo hizo. Metió la criatura agonizante abajo de su campera y salió corriendo. Se sentía como si hubiera robado algo. A mitad de la vereda vió una caja vacía, la alzó con disimulo y metió a Horacio allí. "El local está cerca" se dijo "y Maricarmen va a saber que hacer".
Nunca supimos porque se salvó Horacio. Entre Maricarmen, Curly y yo lo bañamos, desinfectamos sus heridas con alcohol, y luego con Merthiolate y luego le dimos tres aspirinetitas, pero no lo llevamos al hospital. Al rato que lo vestimos y le dimos de comer Nestúm, se quedó dormidito, ronroneando como cualquier bebé feliz.
- Le voy a poner Horacio- recuerdo que dijo Maricarmen- como vos, Curly.- Y ahí supe su verdadera nombre.
No volví muchas veces al taller después de eso. Tenía miedo. Durante años esperé que Curly, Maricarmen y Horacio aparecieran un día en el noticiero, muertos los tres. Pero eso no pasó. Después me mudé de barrio. Y no había pensado en ellos hasta esta tarde, cuando casi me caigo en la escalera del subte. Voy a la casa de mi hija mayor: no sé por qué se le dió por vivir en esta zona, pero a ella le gusta. Con su sueldo y el de su marido, podrían alquilar una casa en Nordelta. Son esos detalles de ella los que me irritan; eso y que insista en ponerles nombres raros a mis nietos. Al mayor le puso Tremen.
- Podrías haberle puesto Sergio u Horacio- le digo, en broma.
- ¿Sergio? ¿Horacio? -me retruca ella- Son nombres de viejo. Además ¿querés que lo confundan con Horacio Suez?
- ¿Lo conocés a Horacio Suez? ¿De donde?
- Claro que lo conozco, si fuimos dos o tres veces al taller de Maricarmen. Ese ojo amarillo, el otro ojo cosido, esos recuerdos no me los saca nadie, me daba una impresión, pero ahora lo veo seguido, es guarda en el subte, ¿viste? Es muy amable. Pero sigue siendo medio raro. A veces me cuenta que sueña con un hombre que lo acuchilla. Lo acuchilla en el ojo. Si lo perdió por una enfermedad. Maricarmen me contaba. Siempre me contaba. De la enfermedad, las operaciones. Pobre Horacio, suerte que ahora está sano. Subalquila en la casa de una pareja, en Belgrano. Gente rara, y si lo dice él. Casi no hablan. Los conoció en el subte. El piensa que vienen del Chaco, pero todavía no le confirmaron.
- Tenga cuidado, señora- me dijo.
Estuve por insultarlo. Cuando levanté la vista, ví que tenía un ojo cosido y el otro era amarillo, no con el amarillo del oro sino con el amarillo del limón y casi sin pupila. Me sobresalté.
- Gracias. Que descuido el mío. Pero, perdón ¿es usted Horacio Suez?
El hombre asintió, extrañado.
- Si. ¿Quién es usted?
- Nadie, probablemente no me recuerde, era una clienta asidua del taller de costura de su madre, Maricarmen Suez. ¿Cómo está ella?
El único ojo sano del hombre se entrecerró un poco.
- Murió hace cinco años. Un ataque al corazón.
- ¿Y su tío Curly?
- Sigue vivo. ¿Puede creerlo? Vivo y rezongando.
- ¿Y sigue reparando zapatos?
- A veces.
- Mandele saludos- le dije.
- Claro- dijo Horacio- Cuando lo vea, el domingo. Es el cumpleaños.
Tomé el subte. No había casi nadie. Recordaba a Maricarmen Suez, que me había cosido el trajecito sastre que había usado en mi primer día como mecanógrafa, y varios vestidos de salir, y recordaba a Curly, que era zapatero de oficio porque no le quedaba otra; más de una vez había hecho que me reparara botitas de gamuza y mocasines. Maricarmen había estado casada, pero su marido a los tres años había desaparecido: es el destino de los viajantes de comercio, me había contado ella sin rencor. Me pregunté si le habría contado a Horacio que en realidad no era hijo de ella. Me pregunté si algún día le habría contado la verdadera historia. Probablemente no. Solamente ella, yo y Curly la sabíamos y yo era un testigo casual y Curly jamás le contaría nada a nadie. Ahora Maricarmen estaba muerta. En realidad, era ella la única con derecho a decirle nada a su hijo adoptivo.
Digo que fui testigo casual porque justito había cobrado el aguinaldo y me había comprado tres cortes preciosos, estampados en la sedería y un corte más barato, como para hacerme un batón. Tenía el dinero ahorrado para pagarle a Maricarmen y fuí al local de ellos, perdido en una galería, Suez reparaciones de zapatos. Maricarmen me atendió lo más bien, mientras yo le señalaba los modelos que quería de la revista Somos, aunque me dijo de uno que no porque con mis piernas tan flacas me iba a sentar mejor una falda más larga. Estábamos en eso, y charlando de la humedad y de su artritis, cuando llegó Curly con una caja. Grande. De cartón. Curly me miró asustado y me dí cuenta en seguida de que no esperaba que yo estuviera ahí. De la caja salió una especie de aullido. Entonces nos dimos cuenta, Maricarmen y yo, de que la caja goteaba sangre. Curly, como pidiéndonos disculpas, abrió la caja y ahí estaba Horacio. Era increíble que estuviera aún vivo.
Entonces Curly empezó a contar la historia. Nos contó que desde hacía meses, en el subte A, había comenzado a cruzarse con una pareja joven, un hombre y una mujer. Parecían personas comunes, salvo por un detalle: la mujer tenía unos ojos amarillos muy extraños, que le habían llamado la atención. Iban siempre juntos. Subían en la misma estación, bajaban en la misma estación. De la mano. No hablaban, no discutían. Siempre la misma ropa, aunque hiciera más frío o más calor. A Curly se le dió, porque estaba aburrido, por inventarles una vida: eran del Chaco, eran desocupados, venían a visitar parientes a Buenos Aires, se iban a ir en un par de meses. Casi se encariñó con ellos.
Pero esa tarde el había tomado el tren y la pareja no estaba. Los extrañó un poco. Habrán vuelto al Chaco, pensó. Los imaginó en el tren, tomados de la mano, regresando. Luego el subte se llenó y dejó de pensar en ellos. Bajó en la estación de Plaza de Mayo.
Estaba lleno de policías.
- ¿Qué pasó?- le preguntó a un kioskero.
- Mataron a dos. Más raro todo- le dijo el kioskero- Los acuchillaron en un recoveco de la escalera.
- Que horror- dijo el.
- Así está el país- le dijo el kioskero.
Los muertos no tenían identificación. Todavía no habían tapado los cuerpos; Curly, aunque la sangre le daba asco, no pudo evitar mirar al hombre. Era el que había visto durante tantos días en el subte; imaginó -quiso imaginar- que la mujer era también la de extraños ojos amarillos.
- Retírese, por favor, procedimiento policial- le dijo un cana.
Curly salió al exterior. Hacía mucho calor, porque ya era diciembre y había mosquitos. Entró a un bar. "Me voy a tomar una botella de Coca para sacarme la sed" pensó. Tomó dos cocas. Pensó en los muertos. ¿Serían del Chaco? Un hombre salió apurado del baño del bar, casi chocó con él, le pidió disculpas y se fué. "Voy al baño" pensó Curly "y después me voy al departamento".
El baño estaba muy sucio, pero eso no lo extrañó. Lo que lo extrañó fue el olor, olor a metal (no combinaba con la suciedad) y luego el gemido. Era casi imperceptible. Pensó en irse, luego pensó en que se iba a meter en problemas, luego pensó en el hombre que casi lo había chocado y le había pedido disculpas, y entonces vió en uno de los boxes del baño la sombra de una criatura. Imposible, pensó. Entró al box y lo alzó: era un milagro que aún gimiera. Le habían arrancado un ojo y le habían tajeado el vientre y una piernita. Que bestias, pensó. Que bestia, pensó. Hay que llamar a la policía y a los bomberos, pensó. No lo hizo. Metió la criatura agonizante abajo de su campera y salió corriendo. Se sentía como si hubiera robado algo. A mitad de la vereda vió una caja vacía, la alzó con disimulo y metió a Horacio allí. "El local está cerca" se dijo "y Maricarmen va a saber que hacer".
Nunca supimos porque se salvó Horacio. Entre Maricarmen, Curly y yo lo bañamos, desinfectamos sus heridas con alcohol, y luego con Merthiolate y luego le dimos tres aspirinetitas, pero no lo llevamos al hospital. Al rato que lo vestimos y le dimos de comer Nestúm, se quedó dormidito, ronroneando como cualquier bebé feliz.
- Le voy a poner Horacio- recuerdo que dijo Maricarmen- como vos, Curly.- Y ahí supe su verdadera nombre.
No volví muchas veces al taller después de eso. Tenía miedo. Durante años esperé que Curly, Maricarmen y Horacio aparecieran un día en el noticiero, muertos los tres. Pero eso no pasó. Después me mudé de barrio. Y no había pensado en ellos hasta esta tarde, cuando casi me caigo en la escalera del subte. Voy a la casa de mi hija mayor: no sé por qué se le dió por vivir en esta zona, pero a ella le gusta. Con su sueldo y el de su marido, podrían alquilar una casa en Nordelta. Son esos detalles de ella los que me irritan; eso y que insista en ponerles nombres raros a mis nietos. Al mayor le puso Tremen.
- Podrías haberle puesto Sergio u Horacio- le digo, en broma.
- ¿Sergio? ¿Horacio? -me retruca ella- Son nombres de viejo. Además ¿querés que lo confundan con Horacio Suez?
- ¿Lo conocés a Horacio Suez? ¿De donde?
- Claro que lo conozco, si fuimos dos o tres veces al taller de Maricarmen. Ese ojo amarillo, el otro ojo cosido, esos recuerdos no me los saca nadie, me daba una impresión, pero ahora lo veo seguido, es guarda en el subte, ¿viste? Es muy amable. Pero sigue siendo medio raro. A veces me cuenta que sueña con un hombre que lo acuchilla. Lo acuchilla en el ojo. Si lo perdió por una enfermedad. Maricarmen me contaba. Siempre me contaba. De la enfermedad, las operaciones. Pobre Horacio, suerte que ahora está sano. Subalquila en la casa de una pareja, en Belgrano. Gente rara, y si lo dice él. Casi no hablan. Los conoció en el subte. El piensa que vienen del Chaco, pero todavía no le confirmaron.
Lo más leído.
1. Las exclusivas fotos del casamiento más esperado del año y declaraciones de los novios.
2. Entrevista exclusiva a la wedding planner del casamiento más esperado del año: todavía no me pagaron.
3. Entrevista exclusiva al encargado del catering: a mi tampoco me pagaron, pero por suerte escupimos todos los canapés.
4. Entrevista exclusiva al abogado de la novia: a mi tampoco me pagó el divorcio, y este casamiento es solamente para la foto, porque hasta que no me pague sigue casada con su marido anterior.
5. Entrevista exclusiva a la novia, ante las declaraciones de su abogado: ¿Entonces soy bígama?
6. Entrevista exclusiva al marido anterior, desde Cancún: ¿Cómo que seguimos casados? Yo me estaba posicionando como el soltero más codiciado de México ¿y sigo casado?
7. Entrevista exclusiva a la nueva novia del marido anterior: Mi mamacita me dijo que ni se me ocurriera salir con un argentino.
8. Entrevista exclusiva a la mama de la nueva novia del marido anterior: Yo le dije a mi querida hija, tu, con tu belleza, sal con norteamericanos, con suizos, hasta con mexicanos si quieres. Con argentinos nunca.
9. Entrevista exclusiva al embajador argentino en México: Debo decir que México es un gran país, es un país hermano, y además creo que este hombre tiene sangre uruguaya.
10. Entrevista exclusiva al presidente de Uruguay: Ningún uruguayo sería capaz de hacer algo así y, si lo hicieran, tendrían la delicadeza de componer una milonga o un valsecito al respecto. Exijo retractación inmediata.
9. Entrevista exclusiva a músico uruguayo que cantó en el casamiento más esperado del año: A mí tampoco me pagaron todavía pero me vengué comiendo muchos canapés.
10. Entrevista exclusiva al novio del casamiento más esperado del año: ¿Quiere decir que sigo soltero? ¿De en serio? Que cosa rara... ¿Para qué alquilé el traje? Eso sí lo pagué.
2. Entrevista exclusiva a la wedding planner del casamiento más esperado del año: todavía no me pagaron.
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5. Entrevista exclusiva a la novia, ante las declaraciones de su abogado: ¿Entonces soy bígama?
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8. Entrevista exclusiva a la mama de la nueva novia del marido anterior: Yo le dije a mi querida hija, tu, con tu belleza, sal con norteamericanos, con suizos, hasta con mexicanos si quieres. Con argentinos nunca.
9. Entrevista exclusiva al embajador argentino en México: Debo decir que México es un gran país, es un país hermano, y además creo que este hombre tiene sangre uruguaya.
10. Entrevista exclusiva al presidente de Uruguay: Ningún uruguayo sería capaz de hacer algo así y, si lo hicieran, tendrían la delicadeza de componer una milonga o un valsecito al respecto. Exijo retractación inmediata.
9. Entrevista exclusiva a músico uruguayo que cantó en el casamiento más esperado del año: A mí tampoco me pagaron todavía pero me vengué comiendo muchos canapés.
10. Entrevista exclusiva al novio del casamiento más esperado del año: ¿Quiere decir que sigo soltero? ¿De en serio? Que cosa rara... ¿Para qué alquilé el traje? Eso sí lo pagué.
viernes, 14 de junio de 2019
Las malas
Las malas de Camila Sosa Villada es una muy buena primera novela. La autora tiene estilo y manejo del lenguaje, cosa que se aprecia porque podría ser simplemente una novela autobiográfica más, donde la voz que narra anule todas las otras voces y esto (por suerte) no ocurre. En Las malas la protagonista es la autora, pero por suerte la narración no nos inunda de Camila Sosa Villada, ni es Camila Sosa Villada perfecta, ni es Camila Sosa Villada a la única que le ocurren cosas, error que vuelve a muchos ejercicios de literatura del yo insoportables de leer para cualquier lector, porque en un momento dado se descubre que se está ante un ser humano con una vida tan aburrida como las nuestras intentando convencernos de que su vida es la de Jack London. No. Jack London hubo uno solo y no era muy proclive a escribir novelas autobiográficas. Más bien lo contrario. No hay gran morbo en la novela Las malas, y la manera en la que se intercala el pasado -la infancia y la adolescencia de la autora- con momentos del pasado, pero más reciente, es muy sutil; la narración del pasado, de la historia propia, son de una lucidez sorprendentes. Es una crónica de su familia y del escape de la autora de su familia y de su casa y de su pueblo natal; para que no se crea que por ser mujer trans es demasiado distinta de las otras mujeres, hay muchas mujeres que podrían contar historias similares a la de ella. Sin embargo, y cuando viene el pero nunca viene nada bueno, hay una discordancia en la novela entre esa voz narrativa de la autora cuando cuenta su historia y cuando narra la historia de Encarnación y el resto de las travestis con las que se reúne de noche. Camila Sosa Villada cuando narra su historia, su familia, su pueblo, su vida en la facultad, su historia, es calma y realista; cuando describe a Encarnación y a su familia, es Gabriel García Marquez. La inserción de elementos de realismo mágico en Las Malas, la termina empobreciendo: uno no cree en los elementos sobrenaturales que aparecen en la novela, justamente, porque hasta que aparecen la novela era una novela realista excelente y es como sí, en el medio de La Guerra y La Paz, Tolstoi nos intercalara un batallón de soldados voladores. La historia de Las Malas, sin los elementos del realimo mágico, es muy buena y es suficiente y justifican la publicación de la novela. La leí en una tarde; es una novela fácil de leer, sin muchos de los ripios que a veces detienen en muchos autores de literatura contempóranea, no solo argentina. Probablemente en sus próximas novelas la autora pierda el miedo a escribir realismo y -si decide escribir cuentos o novelas con realismo mágico- recuerde el truco de García Marquez, que también usan Alejo Carpentier e Isabel Allende: si algo extraño va a ocurrir en un cuento o en una novela, que ocurra desde el principio, o que no ocurra nunca.
jueves, 13 de junio de 2019
Aquí solo las sombras de los árboles rojos.
Siempre fuimos cinco. Desde primer grado del Liceo nos hicimos amigas, aunque Carla, Teresa y yo nos conocíamos desde jardín de tres. Pero en primer grado la seño Betty decidió sentarnos en la misma hilera que Vero y Malena, y entonces el grupo quedó conformado, casi por inercia. Cuando nos graduamos de quinto fuímos juntas a París. Teresa se casó y se divorció dos veces: yo fuí testigo de su primer y de su segundo casamiento. Vero le dió un lugar a Malena cuando se fué de la casa de sus padres, porque no la dejaban estudiar Fendelcrest (creo que se escribe así) ni gemología: ahora entre las dos tienen un negocio por Internet que vende gemas raras a los extranjeros y cobran en dólares. Vero se casó con uno de sus clientes, un alemán gordo y payo. A Carla la tuvimos que cuidar entre todas cuando se accidentó con la bicicleta y se quebró el fémur en tres partes. Ahora que Vero, la benjamina del grupo, cumplió treinta y cinco, decidimos hacer un viaje en auto a la Patagonia. Por esas cosas de la vida, entre las cinco hemos visitado la Polinesia, Taiwan, Dresde, Chicago, Estambul, Bogotá y Curitiba, pero ninguna ha viajado nunca a la Patagonia. Nuestro destino final era Usuahia. Pero recíen habíamos salido de Bahía Blanca y queríamos llegar a Las Grutas y ya nos habíamos perdido.
- ¿Por qué no pedimos indicaciones?- dijo Vero.
- No estoy perdida- se enojó Malena, a la que le encanta manejar aunque estaciona horrible. Nunca supe como le dieron el carnet.
- Tendríamos que haber estado en Las Grutas hace tres horas- dijo Vero- Te perdiste, Malena.
- Ustedes cuatro se durmieron, no ayudaron en nada, solamente en llenarme de miguitas de Oreo la camioneta.
- Bueno, no nos peleemos- dijo Teresa- Hagamos esto: en la próxima estación de servicio pedimos indicaciones.
- Claro.
Uno sabe como es. Se dice fácil la próxima estación de servicio, pero creo que pasó una hora y media hasta que encontramos una. Ya era la tardecita, casi de noche. Pero saltamos del auto, alegres, y Carla fue a cargar agua, y Malena a buscar indicaciones en el barcito y las otras tres fuimos al baño. Cuando salimos, Vero me codeó.
- Los árboles... Míralos.
Los árboles eran rojos.
- Que maravilla. Vamos a sacarnos fotos. Que bien, no sabía que había árboles tan raros en la Patagonia.
Posamos como tontas, incluso con Carla, que volvió con agua apenas tibia, porque no había dispensers. Los árboles, de cerca, eran muy bellos: tenían la elegancia de los eucaliptus, pero las hojas más anchas y la corteza era casi púrpura. Entonces llegó un hombre y nos empezó a gritar.
- No se acerquen a los noustrom, señoritas. No se acerquen.
- ¿Por qué?- preguntó Carla- Es un país libre.
- Je, je, país libre. ¿Son extranjeras? ¿Son porteñas' Los Noustrom son nuestros enemigos naturales. Si uno se acerca demasiado, el cuerpo de ellos te envuelve y ya eres Noustrom. ¿No saben?
- Somos porteñas- dije yo- y jamás oímos hablar de semejantes estupideces.
- Je, je- dijo el hombre. Era joven, muy morocho, pero tenía los ojos de un gris demasiado claro, casi blanco- Miren.
Sacó del bolsillo una moneda. La arrojó, con gran puntería, hacia uno de los nudos del tronco del árbol más grande. La moneda se pegó, como imantada y la corteza tardó tres segundos en cubrirla.
- Incluso los porteños saben lo peligrosos que son los Nostrum- dijo el hombre.
Entonces llegó Malena.
- En el barcito ni saben de Las Grutas. Ni de Bahía Blanca. Dicen algo de un fuerte, no entiendo nada. Que acá a un kilómetro hay un fuerte.
- Que locura, che- dije con un poco de miedo.- ¿Por qué un fuerte?
- Je je- dijo el hombre. Estaba vestido como un peón de campo, pero en las rastras ví un escudo verde azulado, con una forma extraña.- Ya sabemos que en Buenos Aires no existen. Pero todos saben de ellos.- Y nos señaló unos pájaros. Pero se posaron cerca nuestro, solo diez metros y no eran pájaros. Eran como aves de rapiña sin plumas, de piel escamosa, con picos en curva, con dientes.
- Los Turdim. Anidan en los Noustrom. Fauna autóctona del sur del país. No se preocupen, cazan solo de noche. Por eso tienen que ir al fuerte. Si las agarra la noche acá, están muertas las cinco. Mucho gusto, perdón por no presentarme: me llamo Belsaber.
- ¿Donde carajo nos metimos? - preguntó Vero.- Esto no es la Patagonia.
- Yo ahora voy para el fuerte- dijo Belsaber. - Síganme. El liutenant García no va a tener problema en aceptarlas.
Se subió al rastrojero y nosotras nos subimos a nuestro vehículo. Malena tenía los ojos rojos.
- ¿Podremos volver a Buenos Aires? ¿Que habrá en Buenos Aires cuando volvamos? - nos preguntó mientras arrancaba.
- No sé- dijo Carla.- Igual, poné música. Es solo un kilómetro. Cuando lleguemos al fuerte llamamos a nuestras casas.
- ¿Por qué no pedimos indicaciones?- dijo Vero.
- No estoy perdida- se enojó Malena, a la que le encanta manejar aunque estaciona horrible. Nunca supe como le dieron el carnet.
- Tendríamos que haber estado en Las Grutas hace tres horas- dijo Vero- Te perdiste, Malena.
- Ustedes cuatro se durmieron, no ayudaron en nada, solamente en llenarme de miguitas de Oreo la camioneta.
- Bueno, no nos peleemos- dijo Teresa- Hagamos esto: en la próxima estación de servicio pedimos indicaciones.
- Claro.
Uno sabe como es. Se dice fácil la próxima estación de servicio, pero creo que pasó una hora y media hasta que encontramos una. Ya era la tardecita, casi de noche. Pero saltamos del auto, alegres, y Carla fue a cargar agua, y Malena a buscar indicaciones en el barcito y las otras tres fuimos al baño. Cuando salimos, Vero me codeó.
- Los árboles... Míralos.
Los árboles eran rojos.
- Que maravilla. Vamos a sacarnos fotos. Que bien, no sabía que había árboles tan raros en la Patagonia.
Posamos como tontas, incluso con Carla, que volvió con agua apenas tibia, porque no había dispensers. Los árboles, de cerca, eran muy bellos: tenían la elegancia de los eucaliptus, pero las hojas más anchas y la corteza era casi púrpura. Entonces llegó un hombre y nos empezó a gritar.
- No se acerquen a los noustrom, señoritas. No se acerquen.
- ¿Por qué?- preguntó Carla- Es un país libre.
- Je, je, país libre. ¿Son extranjeras? ¿Son porteñas' Los Noustrom son nuestros enemigos naturales. Si uno se acerca demasiado, el cuerpo de ellos te envuelve y ya eres Noustrom. ¿No saben?
- Somos porteñas- dije yo- y jamás oímos hablar de semejantes estupideces.
- Je, je- dijo el hombre. Era joven, muy morocho, pero tenía los ojos de un gris demasiado claro, casi blanco- Miren.
Sacó del bolsillo una moneda. La arrojó, con gran puntería, hacia uno de los nudos del tronco del árbol más grande. La moneda se pegó, como imantada y la corteza tardó tres segundos en cubrirla.
- Incluso los porteños saben lo peligrosos que son los Nostrum- dijo el hombre.
Entonces llegó Malena.
- En el barcito ni saben de Las Grutas. Ni de Bahía Blanca. Dicen algo de un fuerte, no entiendo nada. Que acá a un kilómetro hay un fuerte.
- Que locura, che- dije con un poco de miedo.- ¿Por qué un fuerte?
- Je je- dijo el hombre. Estaba vestido como un peón de campo, pero en las rastras ví un escudo verde azulado, con una forma extraña.- Ya sabemos que en Buenos Aires no existen. Pero todos saben de ellos.- Y nos señaló unos pájaros. Pero se posaron cerca nuestro, solo diez metros y no eran pájaros. Eran como aves de rapiña sin plumas, de piel escamosa, con picos en curva, con dientes.
- Los Turdim. Anidan en los Noustrom. Fauna autóctona del sur del país. No se preocupen, cazan solo de noche. Por eso tienen que ir al fuerte. Si las agarra la noche acá, están muertas las cinco. Mucho gusto, perdón por no presentarme: me llamo Belsaber.
- ¿Donde carajo nos metimos? - preguntó Vero.- Esto no es la Patagonia.
- Yo ahora voy para el fuerte- dijo Belsaber. - Síganme. El liutenant García no va a tener problema en aceptarlas.
Se subió al rastrojero y nosotras nos subimos a nuestro vehículo. Malena tenía los ojos rojos.
- ¿Podremos volver a Buenos Aires? ¿Que habrá en Buenos Aires cuando volvamos? - nos preguntó mientras arrancaba.
- No sé- dijo Carla.- Igual, poné música. Es solo un kilómetro. Cuando lleguemos al fuerte llamamos a nuestras casas.
miércoles, 12 de junio de 2019
Entre la nada y un nuevo presidente.
Falta nada (medio año nomás) para tener nuevo presidente. Que puede ser el mismo que tenemos, o puede ser otro que ya conocemos. Y el problema de fondo sigue siendo el mismo de la política argentina desde hace años: que no hay debate real. Que la política no existe. Que la política a veces se subordina a la justicia y la justicia a veces se subordina a la política. Los medios seguramente van a clamar por un debate presidencial. ¿Para qué? Todos conocemos lo que piensa Mauricio Macri, lo que piensa Alberto Fernández, lo que piensa Daniel Scioli, lo que piensa Roberto Lavagna, lo que piensa Espert y hasta lo que piensa Nicolás del Caño. Ideológicamente, estoy bastante a favor de los postulados de Nicolás del Caño, pero no pienso sentarme a ver un debate presidencial para escuchar a un trotskista hablando de política, porque me he cansado durante toda mi infancia, adolescencia y adultez oír a trotskistas hablando de política, incluyéndome. Con inflación de alimentos alta, con inflación de remedios alta, con cierre de fábricas, con recesión, con una deuda externa alta, con chicos y adultos que cada vez van más a comer a comedores ¿que debate sería apropiado? ¿Si vamos a sacar vacunas para darle de comer a más personas o si vamos a darle de comer a menos personas para restituir las vacunas? Gente que come (y bien) todos los días le habla de republicanismo e instucionalidad, con mucho desprecio, a gente que vive de la asignación universal por hijo, del trueque y de vender tortas fritas en los parques para llegar a fin de mes (mal). ¿Con qué cara? Tendría que estar sobreentendido que un candidato a presidente debe ser como mínimo honesto, republicano y respetar las instituciones. Pero además debe gobernar bien, lo cuál no es un detallecito menor. Es lo más importante. Alberto Fernandez eligió a Cristina Fernandez porque sin los votos de Cristina no gana, Mauricio Macri eligió a Pichetto porque supongo le es afín políticamente y le parecerá que con él condensa el voto duro de la derecha, Carrió ¿alaba? a Pichetto diciendo: al menos no es golpista, el elogio menos elogioso que existe, y además, conociéndola a Carrió, nadie cree que durará demasiado, y las ideas de todos los think thank económicos locales -nota al pie: casi ninguno baja de la edad etaria de los cuarenta años y hay muchos que no leen una columna de economía hace años, enamorados del MerVal, del riesgo país y de Wall Street- repitiendo los latiguillos de Alsogaray y Cavallo. La noticia alegre de los diarios es que con la designación de Pichetto como precandidato "los mercados internacionales" se aquietaron. Los mercados internacionales no votan. No viven en Argentina. No llevan a sus hijos a la escuela en Argentina. Además, cuando se refieren a "mercados internacionales", ¿a que mercados se refieren? ¿A EE.UU.? ¿A China? ¿A India? ¿A Rusia? ¿A Brasil? ¿A la Unión Europea? ¿A Corea? Se llenaron la boca durante años hablando de las maravillas de la globalización y ¿seguimos dependiendo de los nervios de los brokers y stockers de Wall Street? Una pregunta de verdad para el próximo debate presidencial: ¿alguna vez Argentina va a ser un país soberano o vamos a seguir siendo siempre la capital de Rio de Janeiro?
martes, 11 de junio de 2019
Macri-Pichetto
- ¿Y ahora?
- Y, no sé, usá la imaginación.
- Que imaginación ni imaginación. De acá me tengo que ir a ver la muestra de arte plástica de mi cuñada. Hay champagne y sanguchitos. Se terminan rápido.
- No te podés ir sin un editorial para mañana.
- Es que me rejodieron. Iba a usar lo de los males argentinos, todo culpa de los setenta años de peronismo, que ya está regastado pero quién se iba a dar cuenta, y ahora ¿que pongo? Explicame. Todo culpa de los setenta años de peronismo, excepto cuando estuvo presente el excelentísimo actual candidato a vicepresidente, el señor Pichetto. Queda medio...
- ¿Medio qué?
- Medio como rarón.
- Bue, no seas tan exquisito. Podrías hacerle un panegírico a Pichetto.
- Pará, pará, un pane¿qué?
- Una especie de biografía que exalte todas sus virtudes. Su mayor virtud, obviamente, no parecer peronista.
- Pero fue jefe de la bancada justicialista hasta hace...
- Pero no era como los otros peronistas. Era un peronista, bueno, moderado.
- Explícame que es un peronista moderado. En una hora y media empieza la muestra de arte plástica y según mi cuñada la auspicia Chandon. Quiero terminar la editorial ya.
- Un peronista moderado es... Uno que no sabe la marchita, ahí está. Y que no cita a Jauretche .Como Fernandez.
- ¿Alberto?
- No, Aníbal.
- Más o menos la estoy cazando. Mirá, que te parece: Miguel Angel Pichetto, ese hombre probo y honesto, que ha demostrado que a pesar de su prosapia peronista tiene la gran capacidad republicana necesaria para integrar la lista presidencial junto con Macri. ¿Qué tal?
- Si, pasa que parece que te querés casar con Pichetto. O que querés casar a tu hija con Pichetto.
- Che, no jodas, hijos no tengo todavía, y espero no tener en veinte años más. Y si tuviera una hija en edad casadera...
- Que podrías tenerla tranquilamente.
- Obvio que dejaría que se case con Pichetto. Por ahí es el próximo vicepresidente.
- Vos siempre estás en todo.
- Y, no sé, usá la imaginación.
- Que imaginación ni imaginación. De acá me tengo que ir a ver la muestra de arte plástica de mi cuñada. Hay champagne y sanguchitos. Se terminan rápido.
- No te podés ir sin un editorial para mañana.
- Es que me rejodieron. Iba a usar lo de los males argentinos, todo culpa de los setenta años de peronismo, que ya está regastado pero quién se iba a dar cuenta, y ahora ¿que pongo? Explicame. Todo culpa de los setenta años de peronismo, excepto cuando estuvo presente el excelentísimo actual candidato a vicepresidente, el señor Pichetto. Queda medio...
- ¿Medio qué?
- Medio como rarón.
- Bue, no seas tan exquisito. Podrías hacerle un panegírico a Pichetto.
- Pará, pará, un pane¿qué?
- Una especie de biografía que exalte todas sus virtudes. Su mayor virtud, obviamente, no parecer peronista.
- Pero fue jefe de la bancada justicialista hasta hace...
- Pero no era como los otros peronistas. Era un peronista, bueno, moderado.
- Explícame que es un peronista moderado. En una hora y media empieza la muestra de arte plástica y según mi cuñada la auspicia Chandon. Quiero terminar la editorial ya.
- Un peronista moderado es... Uno que no sabe la marchita, ahí está. Y que no cita a Jauretche .Como Fernandez.
- ¿Alberto?
- No, Aníbal.
- Más o menos la estoy cazando. Mirá, que te parece: Miguel Angel Pichetto, ese hombre probo y honesto, que ha demostrado que a pesar de su prosapia peronista tiene la gran capacidad republicana necesaria para integrar la lista presidencial junto con Macri. ¿Qué tal?
- Si, pasa que parece que te querés casar con Pichetto. O que querés casar a tu hija con Pichetto.
- Che, no jodas, hijos no tengo todavía, y espero no tener en veinte años más. Y si tuviera una hija en edad casadera...
- Que podrías tenerla tranquilamente.
- Obvio que dejaría que se case con Pichetto. Por ahí es el próximo vicepresidente.
- Vos siempre estás en todo.
Endurante
Pasan ya dos ancianas
frágiles como hojas
van conversando
supongo dolencias quiebras jubilaciones
enfermedades hijos
zapallo en almíbar
recetas
tejido
recuerdas cuando éramos jóvenes
imagino que aquel
vestido de percal
para ir a aquel baile
ya será
mariposa nocturna.
frágiles como hojas
van conversando
supongo dolencias quiebras jubilaciones
enfermedades hijos
zapallo en almíbar
recetas
tejido
recuerdas cuando éramos jóvenes
imagino que aquel
vestido de percal
para ir a aquel baile
ya será
mariposa nocturna.
lunes, 10 de junio de 2019
El temor a las redes sociales.
Las redes sociales son el cuco de la vida moderna. Así como hace treinta años atrás todo era culpa de "la televisión", hace setenta años atrás todo era culpa de "la radio" y hace cien años atrás todo era culpa de "los diarios y las revistas". Como Umberto Eco, soy escéptica ante los apocalípticos. Las redes sociales son como somos los seres humanos. Se dice que las redes sociales están "cambiando resultados electorales" y "modificando la cabeza de los niños y adolescentes". Las redes sociales no pueden hacer tanto. Si una fuerza política de neto corte fascista gana elecciones es porque los votantes adherían a postulados fascistas desde antes: lo único que hizo esa fuerza política fue darles entidad propia. Si los niños y adolescentes aman las redes sociales, es fundamentalmente porque entre ellos pueden hablar de cosas que los adultos no entendemos ni entenderemos y el único consuelo que nos queda es que dentro de veinte años nuestros nietos -si los tenemos- hablarán otro idioma distinto, incomprensible para sus padres. No hay nada dentro de las redes sociales que no haya existido antes de que fueran creadas. No quiero decir que las redes sociales sean maravillosas; digo que controlarlas es imposible, pero que pensarlas como muestra de que nuestra civilización está acabando es simple pensamiento lineal. El mundo no se va a acabar por culpa de Twitter, ni de Instagram, ni de Facebook, ni de Pinterest. Todos los problemas que causan las redes sociales existían antes de ellas; las redes sociales los visibilizan, solamente. Por eso, cuando leo un panegírico hacia los viejos tiempos, cuando leíamos muchos libros porque los Samsung y los I Phones no existían, no puedo evitar reirme: cuando los Samsung y los I Phones no existían se leían, probablemente, muchos menos libros que ahora.
domingo, 9 de junio de 2019
Peter Seeger
Para un músico que como el mismo dice, en Los Orozco, tocó "con todos" (o al menos con todos los importantes), Leon Gieco no es un artista de los que dicen: con este no canto porque me roba el espéctaculo. Recuerdo cuando recién empezaba Abel Pintos, once añitos solamente, y ya Leon Gieco decía que era un gran cantante: nada parecido a la mayoría de nuestros frontman rockeros, que oscilan entre la envidia, la mala leche y el vedettismo. Pero el que mejor me cae de todos los grandes con los que cantó León y al que conocí gracias a un reportaje de Gloria Guerrero, es Peter Seeger, que murió hace apenas cinco años y que en el extraño mundo de la canción de protesta de los años sesenta en EE.UU. se animó a cantar ese gran poema de José Martí que es la canción Guantanamera. Eso es ser vanguardista de verdad; supongo que incluso para Jimmy Hendrix y Lou Reed Peter Seeger era un raro. Cuando cayó el World Trade Center, y la guerra estalló contra Irak, Afganistán, e Irán, Peter Seeger hizo lo que cualquier fervoroso admirador de José Martí haría: ponerse a manifestar en las rutas norteamericanas contra la guerra. Eso es coraje de verdad: aprendan, escaladores del Everest y prácticantes del bunge jumping.
Gradualmente descienden los últimos seres vivos.
Al principio no creíamos. Luego empezamos a creer porque los animales y las plantas empezaron a desaparecer. Los seres humanos también empezaron a morir: algunos rápidamente, otros lentamente. No sabríamos decir ahora quienes fueron los afortunados. Desde Norteamérica se decidieron medidas de máxima y -como los norteamericanos son previsores incluso ante la catástrofe- fueron dos las medidas: la primera, que la mayor parte de los seres vivos fueran enviados a los subsuelos. No hay subsuelos, dijo un científico, creo que fue Hue Lee. Construyámoslo, dijeron los rusos. Los subsuelos se construirían en cinco años. La segunda medida fue enviar a la estación espacial Iones a la órbita de Marte, con cinco mil tripulantes, entre astronautas y científicos, y con especies de plantas, animales, hongos y demás, para que al menos una pequeña porción de la Tierra sobreviviera, si el plan de los subsuelos fallaba. La estación, gracias al esfuerzo de embajadores y universidades, estuvo lista en dos meses. Al principio, desde aquí, desde Costa Rica, recibíamos sus informes, algo aburridos. Pero con el transcurrir de los meses algo comenzó a ocurrir: reportes de hormigas argentinas, mutantes y gigantes; plantas que se volvían carnívoras y venenosas; jabatos que mordían a sus cuidadores; hombres que soñaban con mujeres lobo; mujeres que soñaban con hombres de seis brazos y doce piernas. Esos extraños reportes generó el chiste de que seguramente habían incorporado ilegalmente LSD en la carga de la tripulación, pero el día en que Jonas Luxembrugo apareció ante nuestras pantallas, con una mano que el mismo se había mutilado, el chiste cesó. No sabemos que ocurrió en la Iones. No sabemos que ocurre ahora en la Iones y que ocurre ahora en Marte. A veces captamos destellos desde allí con algún telescopio.
Pero lo de los subsuelos fue un éxito. Todos los países que aún existen tienen ahora algún subsuelo, casi bunkeres. El nuestro alberga La Primavera de Boticelli y un fragmento de un mural de Siqueiros. Cuatro o cinco libros, es todo lo que podemos tener. Y nosotros: gradualmente descienden los últimos seres vivos. Por nuestra zona, nos corresponden colibríes, lagartos y perezosos, palmeras y orquídeas. Y hombres y mujeres como yo, pardos, bastante viejos, algo enfermos. ¿Podremos alguna vez volver a la superficie? Tememos que los seres de la Iones algún día regresen a este planeta y piensen que es suyo. Pero ¿no es inútil ahora reclamar todo sentimiento de propiedad? Abandonamos la superficie porque ya no la amamos. En los subsuelos nos aparearemos, nos criaremos y nos moriremos y, como en la historia de Platón, dentro de poco la superficie será un mito, una parábola, una leyenda urbana de nuestras nuevas ciudades. Aunque ese pensamiento es consolador, escucho ruidos afuera, en la superficie. Son ruidos de seres que no son humanos, ni animales, ni vegetales. Los de Iones no se conformaron con la superficie. Quieren también los subsuelos. Y no tenemos armas.
Stephen King al Nobel
Pocos somos (elegidos, cultos y snobs) los que podemos nombrar algunos de los Premios Nóbeles de la Literatura de los últimos veinte años. No he leído -y no me avergüenza decirlo, hoy en día la publicación de libros es constante e imparable- a la mayoría de ellos. Creo que los únicos dos que leí fueron a Kazuo Ishiguro, autor de novelas tan tenues y meláncólicas que honran su ascendencia japonesa, y Mario Vargas Llosa, a quién a pesar de su prosapia liberal y capitalista, respeto como autor tanto como al mucho más marxista Eduardo Galeano (dicho sea de paso, Memorias del fuego es una obra maestra que bien hubiera merecido un Nobel). Cuando le dieron el Nobel a Vargas Llosa, la izquierda latinoamericana en pleno lo rechazó: pero no hay casi ningún izquierdista latinoamericano que haya escrito una novela tan dialéctica como La ciudad y los perros. Cuando le dieron el Nobel a Bob Dylan, todo sonó a escándalo, como dirían los franceses, para la galería: escuchar la letra de Like a Rolling Stone o The Times Are Changing es escuchar la poesía deslizarse en la música. Y hace poco días Mariana Enriquez dijo que si de ella dependiera, le daría el Nobel a Stephen King. Puede que eso no ocurra nunca: la Academia Sueca muchas veces le teme a lo masivo y a lo políticamente incorrecto y Stephen King es ambas cosas. De todas maneras, supongo que a un gran escritor como King esto no lo preocupa: tiene mucho más que un Premio Nobel. Tiene la admiración y el respeto de sus lectores. Un cuento, una nouvelle, una novela, una saga de Stephen King es, para cada lector de sus libros, un desafío a ver si podemos dormir después de leerlo. Confieso que después de leer Misery y Revival el sueño me fue esquivo durante varios días. Stephen King no es de culto, como lo son varios grandes escritores y poetas:Ezra Pound, Alejo Carpentier, Henry James, Jorge Luis Borges (Borges es masivo solamente entre los estudiantes universitarios); Stephen King es parte de la cultura popular. Gente que no leería un libro en toda su vida puede recitar completa la trama de Carrie o de Cementerio de Animales, porque vió las películas. Personas que no compran jamás libros porque consideran que leer es una pérdida de tiempo, compran los libros de Stephen King solamente porque son de Stephen King. La discusión entre Alan Bloom (a quién supongo un gran crítico literario, y cuya defensa del canon occidental no me parece desacertada; en todo caso, los críticos siempre establecen cánones literarios: para eso estudian) y Stephen King, acerca de la relevancia o no de Harry Potter, suena ridícula solamente para quienes piensan a la literatura solamente como arte para pocos y elegidos y que todo el resto es analfabeto literario: Stephen King deslumbrando con ese gran villano que es Voldemort y pidiendo saber más de él y Alan Bloom contestando que J. K. Rowling no es "gran literatura". Lo cuál no es cierto: Dickens escribía para niños y adolescentes, Jack London y Mark Twain también. Es muchísimo más difícil lograr lo que hizo J. K. Rowling con Harry Potter que lo que hacen muchos autores para adultos con muchas novelas aclamadas por la crítica. Lo segundo es bastante fácil: se pone a un escritor o a un hombre o a una mujer en un conflicto típico de la clase media culta y urbanizada y se escribe una novela sobre eso. Lo primero es dificilísimo: que un niño agarre un libro como Harry Potter y la Piedra Filosofal y que al final de libro quiera comprar el segundo, porque quiere saber como sigue la historia. Que se identifique con los personajes. Que piense que los personajes existen. Que llore cuando muere Sirius Black. Eso es gran literatura, porque los adultos cuando compramos una novela "aclamada por la crítica y que toca temas profundos y humanos" sabemos que generalmente nos van a contar historias algo intrascendentes para nosotros. Salvo cuando leemos a grandes autores: Shakespeare, Victor Hugo, George Orwell, Mark Twain, Jack London, Charles Dickens, Joseph Conrad. La literatura para exquisitos es un gusto adquirido; la literatura masiva y popular, como la de Suzanne Collins, como la de J. K. Rowling, como la de George R. R. Martin, como la de Stephen King, es mucho más difícil que ganar un premio Nobel porque es mucho más difícil agradarle a cientos de millones de lectores que a unos cuantos y selectos, y cuyos gustos se conocen de antemano.
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