sábado, 3 de noviembre de 2018

Juventud perdida

Cuando era joven y usaba sandalias baratas, la mayor diversión con mis amigos era juntarnos a escuchar casettes copiados, tomar cerveza y sacarle el cuero a todos los rockeros. Creo que ninguno se salvó del todo, salvo, en mi caso, la gran bestia equilátera de Charly García, la gran bestia pop de la canción de los Redondos. El resto eran vendidos al sistema capitalista que por dos o tres mangos componían hits para las radios FM, AM y Coca Cola. La rebeldía adolescente era exactamente eso; odiábamos a los rockers que escuchamos. Hasta los ultra super autogestionados Redondos caían en la volteada. Nos burlábamos un poco del folklore y del tango, pero la verdad que los folkloristas y los tangueros se la bancaban más. Así toda una adolescencia y juventud.
Después uno envejece o como diría Bioy Casares, se distrae. Entre una cosa y otra Macri es presidente, los Redondos se divorcian, Juanse se pelea con Capusotto, Spinetta muere, y los chicos jóvenes escuchan The Hush Sound y juegan al Fortnite o al Lol. Uno tiene ganas de decirle que miren, escuchen, Cementerio Club o Ji Ji Ji, y que en nuestra época eramos realmente rebeldes revolucionarios, pero la verdad es que no éramos tan rebeldes ni tan revolucionarios. Solamente hacíamos pogo. Ahora nos duele la espalda, nos arden los ojos, y el Explorer es un buscador viejo. La juventud perdida de hoy en día da por sentado derechos que a nosotros ni se nos hubiera ocurrido pedir; que ni se nos ocurra burlarnos de un japonés porque habla en japonés porque sus ídolos son esos japoneses que hacen Shokugeki no Soma o Your Name. Somos irreductiblemente viejos, y no entendemos sus chistes hacia nosotros. Solamente nos queda la vaga esperanza de que nuestros nietos armen grupos tributos a los Redondos o a Soda Stereo, algo vintage y probablemente con raros peinados nuevos.

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