domingo, 4 de noviembre de 2018
Anastasia
Ya sé lo que seré: seré una princesa muerta. Otras niñas enloquecidas de hambre y de frío y de sueños de Cinemascope dirán que soy yo, pero yo seré una princesa muerta. Incluso mi hermanito, el pobre heredero, tan hemofílico, tan inocente será un heredero muerto y nos echarán en las fosas comunes, para que nadie busque nuestros cuerpos, para que nuestros cuerpos se fundan con los de otros muertos y solo quedemos como leyenda: leyenda de nada. Mi padre solo sabe de cortesía y de comidas exquisitas, que ahora añora; mi madre solo conoce su impoluto linaje. Sólo yo y mis hermanas sabemos la verdad; estos hombres quieren devorarnos. Nos fusilan para no devorarnos. En realidad, es casi un acto de piedad. Recuerdo al monje negro que bebía veneno y se burlaba de nosotros con sus ambiguas profecías. Nada sabíamos del inmenso mundo de helada y escarcha y hambre que se extendía fuera de nuestro palacio. Nada sabíamos de las papas y del aceite y del vodka, de la muerte de los niños en sus cunas, de los soldados mancos y tuertos, de las mujeres que nos odiaban con tan fuerza que es imposible imaginarla. Mi destino era casarme con algún príncipe y tener algún heredero tan débil como mi tan débil hermano. Por suerte ya no lo será. Por suerte sabemos que mañana vamos a morir, yo y mis hermanas, aunque mi padre y mi madre no lo sepan. Moriremos juntos y seremos los últimos, los últimos del linaje que mi madre tanto cuidaba que le permitió al monje hacer cualquier cosa para mantener vivo a mi pobre hermano. Lo hubiera dejado morir: ahora tiembla y pide que yo le cuente algún cuento, de los que le contaba en nuestro palacio: había una vez, le digo yo, un rey y una reina que decidieron hacer muchas guerras encerrados en su palacio; afuera, pensaban, nada, casi nada pasaba hasta que una horda de gente hambrienta empezó a desobedecer sus órdenes...
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