viernes, 9 de noviembre de 2018
Evita
Es triste pedir solo una máquina de coser, piensa Evita, pero más triste es no tenerla y no poder siquiera coser. A máquina cosía mi madre nuestras ropas, las opacas ropas que usábamos, de telitas baratas porque no había para más. Me fuí atrás de Magaldi, que hija de puta, abandonarla así a mi vieja. Pero era Magaldi, sí que era ingenua; pero la ciudad me enseñó. Me enseñó que las medias se rompen y hay que pintarlas. Me enseñó que hay actrices de primera, actrices de segunda y actrices de tercera; yo era una de ellas. No era buena actriz, en eso tenía razón Lamarque, no era buena actriz, aunque no le perdonó como me trató. Yo odiaba cómo cantaba y nunca le dije nada. Ahora veo La cabalgata del circo y me avergüenza un poco. Ya no voy a ser una gran actriz. Ahora soy primera dama ¿no es extraño? Ahora me piden máquinas de coser a mí y pienso en mi mamá. Que hija de puta que fuí, la dejé para irme atrás de ese tontón de Magaldi. A Perón lo quieren, y pusieron las patas en las fuentes por él, pero a mí me mandan las cartas. No tienen nada. Piden cosas que incluso yo, que era bien pobretona, tenía en Junín. No sabía que había gente que era mucho más pobre, que vive en la nada misma, en las orillas de las orillas, que viven prácticamente del barro. Empiezo a olvidar a Magaldi, a Lamarque, el cachetazo famoso, las medias pintadas, los vestiditos baratos. Las cartas son cada vez más y nadie las lee, salvo yo. Ahora soy primera dama y una primera dama... Pero piden máquinas de coser, pelotas, libros. No tienen nada. Los ministros, los de la CGT, Perón, y tutti le quanti andan de un lado para el otro, y mi hermanito menor, pedazo de loco, que viene y va y yo leo las cartas y me entero de cosas que no sabía, que nunca supe, que recién estoy aprendiendo ahora.
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