viernes, 9 de noviembre de 2018
Masculinidad o literatura.
Una premisa que no le va a caer bien a ningún escritor de sexo masculino contemporáneo: los buenos escritores, y los grandes escritores son femeninos. No digo feministas, ni digo mujeres, ni estoy hablando del género ni de la orientación sexual. Digo que el grado de fijación en el detalle que tiene que tener un escritor para escribir bien es algo que solo tiene una mujer. Y un hombre que quiere ser escritor. Incluso los malos escritores mejoran con él tiempo, o por lo menos empiezan a darse cuenta que para mostrar que un personaje es malo hay que hacer algo más que ponerle una chaqueta de cuero y un bate de béisbol. Es imposible hacer una novela o un cuento sin personajes; y los personajes, de alguna manera, tienen que existir. El que escribe tiene que creer en ellos. Tienen que ser parecidos a alguien, vestirse como alguien, moverse como alguien. La mayoría de los hombres (lo he comprobado con el tiempo) son inmunes a esas cosas. No entienden la particularidad; para ellos el mundo es general. Son hijos del platonismo más puro. Un hincha de Central es bueno porque es hincha de Central, es el ejemplo más concreto que puedo dar. Nunca nos entienden a las mujeres porque las mujeres somos pura particularidad. He sido cuarenta y un años mujer, he tenido un hijo, he lavado platos y cultivado rosas, he hecho todas las cosas típicamente femeninas, y aún no puedo entender del todo a mi madre ni a las otras mujeres que conozco. Los únicos que entienden realmente a las mujeres son los escritores, buenos, no tan buenos y a veces grandes escritores, y eso es porque, en fondo de su alma, son mujeres: los detalles, las pequeñas cosas que se resquebrajan, que desaparecen, los colores que ya no vemos y las personas que de a poco olvidamos, todos esos factores que para las demas personas son una nebulosa, un escritor puede ponerlo en palabras.
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