jueves, 28 de noviembre de 2013

La muerte de un rey (To kill a king)

               The art of losing isn´t hard to master
Elizabeth Bishop
In memorian Paul Liderbarger
Cordwainer Smith

Por Think blue count two
y Bajo la vieja tierra.

A mi abuela.


La felicidad tiene maneras sutiles de matar.
Nulla Summa Est.
Las cosas supremas no son nada.
Fragmentos de “Bajo la vieja tierra”.

                                                           Dion

                                                                                En cada secreto hay tierra y hay fuego
                                                                                y tristes briznas de hojas
                                                                                 y hermosos animales.

                                                                                  Es por eso que los secretos
                                                                                    no deben develarse.
                                                                                                         Poema de la primavera
                                                                                                 
Esa mañana Dion despertó al alba y vió a una mujer dormida, apoyada en el caballo. Creo que es Eliza, pensó, los ojos de Sarar. El pelo dorado, los ojos claros, el cuchillo de cazador. Sí, era Eliza.
Ha venido hasta aquí para matarme y se ha quedado dormida.
Se rió de su propia estupidez.  
Preparó el fuego del desayuno: semillas y agua, como siempre. Lo que podía encontrarse en aquel oasis.
Rezó las plegarias del alba y lueg intentó quitarse, con los ácidos del limón, la pesadumbre del arroz del día anterior.                               


                          Domingos de infancia revolucionaria

                                                                                                 A mi hijo

Cuando yo era chica mis padres eran trotskistas; ser trostskista es pertenecer a la secta de la secta de una secta. Lo más cercano a los rosacruces que tiene la política. El asunto era que los domingos nos juntábamos todos, los grandes y los chicos, a hacer asado y a discutir sobre poítica. (Los grandes discutían, los chicos no: nosotros jugábamos con los perros y los gatos y si hacía calor, al carnaval). Los grandes empezaban a hablar de Trotsky, y así me enteré que había peleado en Revolución Rusa, que había sido enemigo de Stalin, amigo de Lenin y que había muerto en México donde Diego Rivera y Frida Kahlo le habían dado refugio. Cada cual elige su propia posteridad.
Después comíamos el asado, tomábamos vino con soda o Coca Cola, las mujeres lavaban los platos (protestando) y los hombres contaban anécdotas de futbol. Entonces ya era tarde y cada cual se volvía a su casa.
Eso sí, la revolución no la hicimos nunca.

El miedo


                               

Le he temido al viento,
a las olas, al mar
a las tormentas, a la sed insaciable de los ríos áridos.

Le he temido a la sangre roja
del costado de mi pierna.

He sido
(me cuenta ahora mi madre)
una muchacha atolondrada.

Le he temido a la oscuridad
que rodea el corazón del centro de los hombres,
a la reina blanca
y maldita que en mi habita
y que mantengo custodiada
por una perra
y un gorrión.

Y a veces una flor.

                                   

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El buen sentido (3° parte)

                                                                   El buen sentido (3 parte)
               
                                                                                                        Hasta en sueños te me has negado
                                                                                                       y enviado
                                                                                                        solo a tus doncellas
                                                                                                                          Ezra Pound. 

Pablo

Ojalá ella sobreviva. Ojalá ella logre llegar al aeropuerto, con ese aire levemente europeo que a los argentinos nos molesta tanto, le sonria al guarda de la aduana (que en realidad fue su novio en tercer grado) y se marche para siempre de este país y nunca regrese.
Ojalá lo único que se oiga en esta pieza humeda, donde solo hay una cápsula con cianuro, un revolver que no anda y una historieta sea el rascar de un gato.
Ojalá yo me arrepienta de ser un cobarde, me levante, me ponga un overol que dejo tirado un albañil que alguna vez trabajó aquí y me vaya de esta manzana. Entierro la capsula con cianuro en un pozo en la tierra, en una zanja y me voy.
Creo que lo que oigo quejarse no es un gato.
Creo que ya esta anocheciendo.
Quizás llegue a ver el partido de San Lorenzo esta noche. Lo pasan en aquel bar.
Don Julio, que es amigo de mi viejo desde chico, debe estar allí.

Creo que los ojos de ese gato brillan más de la cuenta. Ya lo decía mi abuela; de noche, todos los gatos son pardos.  

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Maldicion de madre árabe

                                
Maldición de madre árabe



Ojala que mi hijo nunca sea poeta.



Ojala que sea mecánico

y le mire las piernas a las mujeres que pasan.



Ojala que se enamore muchas veces.



Ojala que algún día llore

contra mi espalda

por una muchacha que no lo miró

y yo no pueda consolarlo.
                                                               

A River Phoenix


                                                         A River Phoenix




Espero que la muerte tenga

tu rostro de niño perdido en la maleza,

tu oscura voz de ahogado,

de hechizado.



Espero que me arrastre

a las orillas del río que tiene un solo margen

y entonces

naufragaré en la crueldad

inocente de tus ojos.


lunes, 18 de noviembre de 2013

El buen sentido (2° parte)

                                              El buen sentido (2 parte)

                                                   Roberto
Yo tampoco soy Roberto, pero ese era mi nombre de guerra. No lo elegí yo, y tuve otros, pero Roberto es el que prefiero.
Me daba un poco de lástima Pablo, siguiéndola a todas partes como un perro en celo. Hay que admitir que era hermosa, que incluso es hermosa ahora que está muriéndose, y que incluso yo sentía una cierta debilidad por ella. Mi mujer lo sabia y se burlaba de ello, con su dulce tonadita cordobesa; allí está esa muchacha que juega a la guerrillera, me decía cuando la veía llegar. A su manera, también la quería. Mi mujer y yo no estábamos de acuerdo con la lucha armada, pero yo no podía evitar sentirme un cobarde cuando me enteraba que un amigo o un conocido había aparecido muerto por alguna agrupación paramilitar. A veces yo discutía con Pablo y le decía que la paciencia era más importante en una revolución que la pasión, que lo que se decide en el calor del momento muchas veces era un error. Pablo me escuchaba pero ella no dejaba de mirarme con desprecio quizás merecido. Ahora que estoy muerto porque ella me mató por traidor, admito que quizás merezca el adjetivo calificativo y quizás también la bala en la cabeza.
Están cayendo todas las casas operativas por tu culpa, me dijo, antes de matarme.
Nuestros compañeros están desapareciendo por tu culpa.
Canta, hijo de puta, o te reventamos a tus hijas como reventamos a tu mujer, me dijo el tipo al que nunca le vi la cara y yo como un idiota me repetía en el cerebro la canción de los Beatles que  había aprendido por si algún día perdía, iu nou i beliv an jau iu nou i beliv and jau iu nou i beliv and jau.

                                                           












El buen sentido (1° parte)

                                                      El buen sentido 
No es para quedarnos en casa que hacemos una casa/no es para quedarnos en el amor que amamos/ y no morimos para morir/ tenemos sed y paciencias de animal
                                                                                                                J. Gelman

                                                               Pablo
Ahora que voy a morir pienso en ella. Me la imagino en París o en Londres, canturreando una tonada en ingles que le enseño su niñera, el pie izquierdo levemente chueco, y la cara cubierta de pecas, y la sonrisa que a veces aparece como una leve luz. Aunque es raro verla sonreír, pero yo la he visto. Que coraje, que amor por la vida. Me la imagino puteandome por lo bajo por no haber aparecido, o acaso llorando: pero no, ella no es de las que lloran. Me olvidará pronto, lo sé, y se enamorará de algún lord o de algún actor de cine que la hará millonaria y feliz. Digo esto pero secretamente espero que no lo haga. La maldición del amor no correspondido es imaginarnos que podemos ser inolvidables.
Creo que escucho pasos afuera.

Mi nombre es Pablo pero en realidad no es Pablo. Como todos en estos años tengo un nombre verdadero, y un nombre de guerra. Mi nombre de guerra, entonces, es Pablo. Mi madre es ama de casa y mi padre es almacenero. “Deberías casarte” me dice, cada vez que me ve, preocupado por mi delgadez y mi barba incipiente “La hija de la vecina ha empezado a estudiar magisterio, y es una muchacha muy bonita, y por ahora no tiene novio”. Si, padre, claro que debería casarme, pero la mujer de mi vida me ha abandonado para luchar por la revolución. Ademas no me ama. Ademas voy a morirme.
No tuve amigos de niño, ni cuando era adolescente, hasta que conocí a Roberto. Era cinco años mas grande que yo. Jugábamos al ajedrez juntos, todas las tardes. Fue el primero que me hablo de Marx, de Lenin, y de la liberación nacional. Yo mucho no entendía (sigo sin entender demasiado) pero me gustaba escucharlo. Roberto me dijo que estaban formando un grupo de estudio de textos y me invito a ir con el.
(¿Cuantos circunloquios se necesitan para justificar nuestros peores actos? Debería decir que Roberto era mi mejor amigo, el único amigo de verdad que tuve y que dejé que lo mataran como un perro.)
Al poco tiempo Roberto se caso con su novia de toda la vida, una chica rubia y cordobesa que cebaba mates muy dulces. Ahora esa chica es una mujer y probablemente esta muerta. Las hijas de Roberto fueron llevadas a la casa de la abuela tres días después de su desaparición.

Me imagino su cara mientras aguzo el oído; pero no, no son pasos los que se escuchan. Me hubiera gustado que me dijera que me amaba antes de despedirnos, y quizás si ella me hubiera dicho que me
amaba hubiera acudido a la cita, y me descubro queriendo escapar de esta ratonera, queriendo escapar del país. Pero ella nunca hubiera dicho que me amaba, porque tampoco es de las que mienten.


                                                                Tiziana
Mientras miro la lluvia caer en París, estoy muriendo de vieja, de cáncer dice el medico belga, pero que saben los médicos, es que estoy vieja y la muerte me acecha. Si que debería haberle dicho que lo amaba, pero el amor es a veces como un animal que acecha en nuestros corazones, y yo entonces solo sabia repetir certezas. Ya no voy a volver a la Argentina, pienso, ya no voy a ver a Sebastian que me recuerda tanto a Pablo aunque ahora el también esta viejo.
Dentro de unos días no quedara nada de mi, solo las cenizas que mi mucama esparcirá en el río, le he pagado diez mil euros para que lo haga, aunque en realidad si no lo hace me importa un carajo. Le pague diez mil euros porque es casi toda la plata que me queda de la herencia, descontados los gastos médicos y etc. Me ha preguntado con insistencia (porque en el fondo se interesa por mi) si debe avisarle a alguien de mi fallecimiento; sabe que pertenezco a una familia importante porque mis hermanos a veces aparecen en algún diario. No, le digo, las malas noticias viajan rápido, aunque dudo que para mis hermanos mi muerte sea una mala noticia. Los diez mil euros que le di a mi empleada senegalesa para que se ocupe de mis restos supongo que serán la gota que colmara el vaso. Mas por los diez mil euros que por mis restos, se entiende.
Mientras la morfina me hace efecto me pregunto si debería confesarme y me siento ridícula, vieja y ridícula. Hay un dicho ingles; los viejos pecados tienen sombras largas. Pero creo que confesarme seria un capricho, un alivio, no una penitencia verdadera. Deberé morir con mis pecados o, mejor dicho, mis pecados morirán conmigo. A mi madre, esa irlandesa católica y rolliza, le hubiera horrorizado que muriera sin expiación; a mi me parece lo mejor.
He matado a tres hombres y ahora agonizo en París.
                                                                                    








domingo, 17 de noviembre de 2013

Ulises el ausente

                                         Ulises el ausente

Pasan lentos carnavales funerarios
que no te llevan nunca.

El aire tiene el aroma extraño
de los paises que visitaste en sueños.
Pero ni siquiera duermes donde los otros velan.

Hace mucho tiempo te has perdido 
en el laberinto del mar incesante.



Sino


                                                 Sino                                 
Ciruelo
 


                            Crueles batallas,
                            ardientes avernos he atravesado
                            solo para ver 
                            el resplandor del sol
                            en tus ojos
                            esta tarde 

                                                                       


Una estafa cruel

                                                  UNA ESTAFA CRUEL

                                                                                                    Dios no existe. Existe el Diablo, pero este
                                                                                                    es neutral.
                                                                                                                         Karl Krauss.
Harold Schwarz, Secretario Tecnico de Finanzas del Banco Mundial, convoca a su despacho a Lennon Dry, experto en países en vías de desarrollo.
- He aquí la situación- dice mientras en la pantalla se proyecta una mapa de América del Sur- Están estos tres países: los llamaremos A, B y C para evitar complicaciones. Usted conoce sobradamente la situación de A: caótica, convulsiva desde hace décadas, recientemente el gobierno fue tomado por uno de esos grupos guerrilleros de influencia castrista y maoísta. Usted sabe que la deuda con nosotros de ese país asciende a varios cientos de miles de millones. Pues bien, la primera decisión del gobierno guerrillero es suspender los pagos de dicha deuda. No nos alarmemos, dijimos en el Banco Mundial, ¿para qué tenemos la inteligencia militar, las fronteras limítrofes, los países leales? Utilizaríamos a B: desde hace años mantiene una pelea sorda, silenciosa con A por una montaña que debería estar en su territorio. Preparamos todo para una campaña por tierra y aire desde B, hacia A, pero dos semanas antes de comenzada, el presidente y el ministro de Economía de B nos solicitaron un
préstamo de cien mil millones. "Gastos de la guerra" adujeron. El préstamo fue otorgado.
- Tres meses después B era invadido por los guerrilleros de A, y se rendía vergonzosamente ante ellos. No dispararon ni siquiera un tiro para defender la Casa de Gobierno. Por supuesto, el nuevo gobierno invasor en el poder se negó a pagar ni un solo dólar de los cien mil millones que le habíamos prestado. Es una situación desesperante. Ahora estamos en tratativas con C, un país limítrofe con A y B, para que les declare la guerra a ambos. Hace años que C está en arbitraje internacional con ellos por un río que se desborda muy frecuentemente. Nosotros aprovechamos esa diferencia para iniciar la guerra. Lo que me preocupa, por lo que lo he llamado, es porque el presidente y el ministro de Economía de C nos han pedido hace dos días atrás un crédito puente de ciento cincuenta mil millones. "Para afrontar la guerra" aseguraron. ¿Usted que piensa de todo esto?
- Yo pienso- dice Dry- que nunca existió ninguna guerrilla castrista maoísta. Pienso que estos tres países (y quién sabe cuantos más) se han puesto de acuerdo para jugarnos una mala pasada: fingen que la guerrilla se apodera de A, nosotros financiamos a B para que ataque a A. B es invadido por A, nosotros financiamos a C para que ataque a A y a B. C será derrotado también probablemente, y nos veremos en la obligación de financiar a D, a E y a F, que finalmente serán vencidos y ninguna deuda será pagada.
- ¿Tiene usted alguna información que corrobore lo que acaba de decir?
- Ninguna información oficial,- contesta Dry- pero me parece haber reconocido al presidente y al ministro de B debajo de los trajes de guerrillero.
- No es suficiente. Por esta vez, financiaremos a C, no tenemos alternativa. Si ocurre lo que usted dice...
- Entonces ya será tarde.
- Es posible que tenga razón. Que le vamos a hacer. Es una estafa cruel contra quién tiene las mejores intenciones.
- Es cierto.

Otros hombres

                                                 Otros hombres
Me has escrito dos meses atrás que quieres que me relacione con otros hombres. No te preocupes;los hombres que he conocido hasta ahora están mas interesados en ti que en mi, y solo saben criticarte (lo cual es bastante fácil) o admirarte incondicionalmente, lo cual resulta curioso porque nunca he visto nada demasiado admirable en ti, salvo tu tendencia a decir ciertas verdades en los momentos mas inconvenientes. Por lo demás, la mayoría son buenos amantes, un par están casados y sus mujeres toleran sus infidelidades con santa paciencia.
Te hablare si quieres de Julio: es joven, es norteamericano, me aburrió toda la tarde con sus peroratas acerca de los errores del trostskismo frances. Creo que esta un poco enamorado de mi,pero me pregunto si a los veinte años se sabe lo que es el amor. Cuando se refugia en mi cintura me jura que soy la mujer de su vida: con eso debería bastarme.
Creo que me estoy volviendo cínica.
Solo te agradezco que no recurras a la vieja estrategia de intentar dejarme para obtenerme. Nada hay en esta vida tan fácil como dejar a nadie; se llenan las maletas de ropa, se abre la puerta de la calle y ya. Los otros hombres con los que he estado esperan que reaccione como una damisela en apuros, no como una mujer. Quieren que llore y que proteste por mi honor mancillado (como si el honor pudiera ser mancillado por unas horas de sexo), por la fragilidad de sus promesas. Cuando no lo hago me tratan de frigida o de monstruo y me abandonan igual, pero un poco mas heridos en su
amor propio. Tu eres otra clase de hombre; se cuanto te duele el hueco de mi lado de la cama, pero de todas maneras me permites que lo haga. Te agradezco por haberme dejado irme, porque tu sabes,y yo lo sé, que es imposible irse del todo. Además, a cualquier lugar donde fuera seguiría siendo yo. Es un mundo muy pequeño, en realidad, y entonces recuerdo que soy libre.
En cuanto a lo demás, la sopa de cebollas del pequeño restaurante donde solíamos cenar sigue  siendo deliciosa. Espero noticias tuyas. 

Fragmentos de la víspera

                                          FRAGMENTOS DE LA VISPERA
                                                                                          Nadie muere en la víspera.
                                                                                                     Refrán popular.
Nada más fácil, dice padre, que aceptar lo inaceptable, seguir mirando su inmunda sonrisa equina de hombre triunfador, de quién no sólo es exitoso en los negocios y en el amor, sino que lo exhibe indecorosamente, como quién exhibe una cicatriz de guerra o un traje flamante. Sonreírle, hablar con él, ser su amigo; tarde o temprano la buena racha pasa, ya lo voy a ver arrastrándose por el piso, en cuanto se enemiste con el Gordo.
Madre mira de soslayo, dice, no seas así, no hay que desearle el mal a nadie que después. Y entonces padre mira a madre de una manera que no entiendo, y madre baja la cabeza, y come despacio, como un niño castigado.
Hoy a la tarde encontré tres gusanos en el jardín, dice Gastón, ay, que sos asqueroso, dice Ludmila, no los habrás traído a la mesa, si, te lo puse en tu plato, retruca el dicho, Ludmila grita y llora, dice que no quiere seguir comiendo, que los fideos están llenos de gusanos. Salomónicamente, Susy le pega un cachetazo a
cada uno, después de lo cuál ambos se quedan quietos, aunque pellizcándose en silencio.
Padre dice que va a ver como anda el campito, madre pregunta a que hora regresás, padre responde que no está seguro, quizás a las ocho, quizás a las diez. Madre le dice adiós con la mano. Apenas padre se va, Gastón le arranca la hebilla del cabello a Ludmila, y con él una parte del pelo. Ludmila llora, abrazada a mi madre.
Así, pequeña como la ve, Ludmila tiene doce años. Nadie se los daría, no es cierto. Madre mira con tristeza a Ludmila, le acaricia la mejilla roja. En cambio, la más grande, Paula, que alta es, ya toda una señorita, retruca la de Otaméndola. Nunca me gustó mucho esa mujer: nos mira a todos como si fuésemos culpables de algo. Alguna vez la oí hablar a Susy de ella; el marido la engaña con una mujer diez años más joven.. La de Otaméndola se mantiene bien, lo que a los cincuenta años quiere decir que se absorbe la grasa de las caderas y se inyecta plásticos hasta en las pupilas. (Mi madre no, nunca se atrevió a operarse; mejor así, pienso, aunque padre...).
Madre dice como demora este doctor Ibarra. Dentro de media hora la nena tiene que ir al catecismo. A esta edad comenta la de
Otaméndola; no la más grande, la más chica, aclara mi madre, todavía no tomó la comunión. La más grande canta en el coro de la iglesia. Que bien dice la de Otaméndola y su mirada agrega que suerte que voy a la Iglesia Catedral así no tengo que escuchar a esta estúpida todos los domingos en la misa de once.
Gutierrez Godoy dice el doctor Ibarra. Por fin, dice madre, se levanta, entramos al consultorio.
El doctor Ibarra no es como el doctor Antunez, que apenas uno se acerca ya huele el alcohol, los remedios impregnados en la piel. El doctor Ibarra huele a perfume de pino, y parece uno de esos modelos de las revistas. La mira a Ludmila, le sonríe, me sonríe también, finalmente la mira a mi madre, que la trae por aquí, señora. Tengo un vago malestar, la cabeza que no deja de dolerme. Quizás necesite más descanso, las preocupaciones, dice el médico. Puede ser: es un dolor que comienza aquí (se señala las sienes) y termina aquí (se señala la nuca, el delicado hueco entre los músculos del cuello). Las tensiones nerviosas, dice el médico, le recetaré unas pastillas.
Vengo por otra cosa, dice madre. ¿Por qué? y madre me señala, me empuja para adelante, me delata. Vengo por ella, dice, tiene sueños extraños.
La noche anterior estaba debajo del agua. Toda la familia estaba debajo del agua, y hablábamos, y cenábamos, sin darnos cuenta de que estábamos sumergidos. Nuestras caras eran como las caras de los ahogados, hinchadas y blancas. Sin embargo sonreíamos y comíamos con avidez los pescados que flotaban en la mesa, y que aún estaban vivos.
Otros sueños han sido peores. He soñado que estoy bajo tierra, y que estoy disgregándome en ella, formando parte de ella lentamente. No podía gritar, porque en mi boca había insectos. No podía llorar porque ya no había ojos en mi cabeza. Madre se aterró cuando oyó ese sueño, y dijo que debía rezar antes de dormir todas las noches. Yo no le hice caso, porque hace mucho tiempo que no presto atención a lo que ella me dice. Los sueños se repitieron, dos o tres por semana, entonces madre decidió que me llevaría a ver al doctor Ibarra.
El doctor tampoco presta demasiada atención a lo que mi madre dice. Bien, señora, dice, e inclina la cabeza. No es nada grave, es común a esta edad, los niños de hoy en día ven demasiada televisión, se impresionan muy fácilmente. Que no mire televisión antes de dormir y que beba un poco de infusión de manzanilla a la tardecita. Son solo sueños, dice, y los sueños no significan nada.
Esa noche sueño que estoy sola en una habitación vacía en un edificio vacío en una ciudad vacía pero no se lo cuento a nadie.
Mi madre aún es hermosa, aunque ya no es joven. Hace muchos años que no es feliz aunque quiera serlo. A padre le gustan las mujeres felices.
A mi padre le gustan las mujeres que se ríen.
Es imposible reírse de mi padre. Porque padre nunca hace bromas; solo da órdenes. Los chistes que el piensa que hace no son chistes: son humillaciones encubiertas a cada uno de los que los rodea. Se burla de la gente porque el tiene más dinero, más salud, más éxito que el resto. Las mujeres que se ríen de sus chistes no se ríen de sus chistes, en realidad, sino que tienen miedo que él descubra que no es tan divertido como piensa. Mi madre le tiene miedo, desde siempre, desde antes que yo naciera. Si algún día se va con una mujer más joven madre se quedará sin nada, en la calle, porque el tiene amigos abogados que lo ayudan cuando tiene algún problema legal. Uno de sus amigos abogados me mira las piernas cuando yo paso cerca de él y yo sé que mi padre ha hablado con él para que me case cuando tenga la edad
suficiente. No me gustan los abogados. Sé que siempre tendré dinero si me caso con uno, pero no me agrada el modo en que ese hombre me mira las piernas cada vez que paso cerca de él. Madre dice que en la vida es necesario ser prudente, pero a mi no me gusta ese hombre y su mirada sobre mis piernas.
No eres una niña prudente, dice madre. Mira cuán lejos llegué yo por haber oído a mi mamá, que en paz descanse. Mira cuan lejos llegué, hijita.
Mi madre es una mujer hermosa. Su pelo es largo y ondeado, y sus manos son delicadas, porque nunca ha lavado ni un plato. Su madre, mi abuela, a quién yo no conocí, le prohibió lavar los platos desde que era una niña pequeña para impedir que sus manos se arruinasen. “Se te arruina la belleza si se te arruinan las manos” decía mi abuela. Mi abuela sabía que madre llegaría bien lejos porque era la muchacha más bonita de todo el barrio, y no se equivocó en eso, porque mi padre la pidió en matrimonio cuando ella tenía solo veinte años. Mi padre era joven también en esa época y no era tan rico como lo es ahora. Creo que mi padre se arrepiente ahora de haberse casado con una mujer pobre, aunque sea bella. Hubiera preferido casarse con una mujer rica que se riera con él, y que no temblara ante cada palabra suya. Sí, padre se arrepiente de haberse rendido ante la
hermosura de mi madre. Fue un momento de debilidad, y mi padre detesta sus debilidades. El no se equivoca. Nunca se equivoca, ni siquiera cuando habla con su amigo abogado que me mira las piernas de esa manera. Quiere lo mejor para mí, siempre lo ha dicho.
Yo no estoy segura. Su amigo abogado es buen mozo, dice madre, y viste bien. Eso es cierto. Tenés un futuro por delante, dice mi madre, sos tan hermosa. Yo no estoy segura. Me imagino que ese abogado va a ser conmigo como mi padre es con mi madre y que yo voy a temblar cada vez que no pueda reírme de sus chistes. Tenés la vida asegurada, dice madre, y yo sonrío y asiento y voy a dormir y sueño que nuestra familia cena bajo el agua.

Julia

                                                                    Julia
Me dicen mis amigos Horacio y Mecenas que no eres una hija digna de mí. Es muy difícil probarle que se equivocan, porque tu conducta ha sido tan escandalosa durante toda tu vida que he terminado desterrándote a una isla cercana. Sin embargo, creo que los equivocados son ellos. No puedo decírselo, claro, porque soy el emperador y tiemblan cuando me ven; son mis amigos pero también son mis súbditos.
Poseo pocos argumentos para defenderte, porque soy hombre, porque soy el emperador, porque soy tu padre. Cuando hablo acerca de ti todos me juzgan débil, pero no es así. Nunca fui débil. El Primus inter pares no puede permitirse ser débil. Mi padre lo fue y eso le costó la vida. Sé que apenas dé muestras de flaqueza, apenas la vejez empiece a aparecer en mis manos y en mi rostro mi mujer y mi séquito se disputarán entre ellos el trono sin que esté vacío. Me ahogarán con una almohada y lo harán sin remordimiento; a mí tampoco me hubiese temblado la mano si hubiera tenido que matarlo a Marco Antonio. Como despreciaba a ese hombre; era un borracho, un vividor, un mujeriego. Yo siempre encarné las virtudes opuestas. Sin embargo, ahora lamento que esté muerto, porque era un hombre valiente. Huyó con la reina de Egipto, se alió con ella y se suicidó cuando vió que lo había traicionado. Nunca he amado así a ninguna mujer, ni a tu madre, ni a mis otras esposas, ni a ninguna de mis amantes. Pobre amor aquel que puede medirse.
Ahora que estoy envejeciendo me pregunto si esas virtudes que encarnaba según mis amigos poetas eran realmente virtudes. Tu me haces dudar de ello. Te hice divorciarte de dos maridos para casarte con hombres que eran mejores, sin duda, y tú me lo retribuiste con una conducta tan escandalosa que debí desterrarte. Creo que no te equivocaste, que el equivocado era yo. Tiberio es un gran hombre y será un gran emperador, pero no es un gran marido. En los hombres ve únicamente las miserias; la avaricia en el prestamista, el derroche en el dispendioso, el aroma a alcohol en los borrachos. El mundo es, para él, una comedia humana escrita por Hades. Puede que esté en lo cierto. En ti vió nada más que una cortesana de lujo, una intermediaria para obtener el Imperio. Es cierto que desgraciadamente fue educado por Livia, mi esposa, una intrigante; es imposible que con una madre así fuera un hombre feliz. Será emperador, y su reinado será miserable porque él es un hombre miserable. Tenías razón al engañarlo con otros hombres, hija. Hay hombres que merecen ser engañados.
Antes de que nacieras Virgilio, quizás como una forma de adularme, escribió en un poema acerca de un niño que vendría a salvar a los hombres. Pero tú fuiste mujer. Todos estaban tan desilusionados. Ahora pienso que fue mejor así; si hubieras sido hombre, quizás ya estarías muerto. Siempre se cuentan leyendas acerca de un hombre que cambiará el destino de los hombres; lo curioso, pienso yo, no es que se cuenten estas leyendas, sino que los hombres crean fervientemente en ellas y que estén dispuestos a arriesgar todo por ellas. Cuando era joven era ambicioso; ya no lo soy. Tener el mundo a mis pies significa nada o casi nada, ahora que lo tengo. Es mejor que ese niño, si realmente existe, nazca en un lugar lejano y apartado de Roma, y que se burlen de él si dice que es el rey, y que quizás lo crucifiquen por rebelarse, como hacemos con todos nuestros esclavos que se rebelan. Al ser emperador, me he dado cuenta que ningún hombre es dueño de mil esclavos ni de un solo esclavo; solo es dueño de la muerte de ese esclavo. Cada hombre y cada mujer es un mundo y uno solo de ellos vale más que todo el oro de mi imperio. Si ese niño nace, crece y muere en su ley, es decir, creyendo
en sus palabras, ese niño será el verdadero emperador. Yo solo soy un esclavo del imperio, el último de los esclavos, porque he sacrificado mi felicidad –la he entrevisto tantas veces- en aras del bien común. Lo he logrado. Mis súbdbitos me aman y me temen, mi nombre será recordado durante siglos, milenios, quizás por más tiempo.
Como ves, tengo pocos argumentos para defenderte, excepto el amor que por ti siento. Eres valiente, tu coraje es igual que el de Marco Antonio, hija. No heredarás ningún imperio, pero te recordarán para siempre de todas maneras, porque desafiaste al emperador, a tu padre, al hacer como mujer lo mismo que el hacía como hombre. Al mostrarme que las virtudes que yo aparentaba defender no eran virtudes, sino mera hipocresía. Tienes razón, hija mía, y yo debo callarme ante tu silenciosa muerte en una isla olvidada.

Una noche

                                                Una noche.
                                                        No bebas del mar,
                                                        Porque el mar pide más.
                                                        Quién bebe del mar tiene luego
                                                        Sed de océanos.
                                                                          Gunter Grass.

Debo contarle al sultán una historia interesante o sino moriré. Me pregunto que será una historia interesante para el sultán, para un hombre que puede cortarme la cabeza por el solo hecho de aburrirlo.
¿No es eso una historia en si misma? ¿No es increíble que una mujer no pueda darse el lujo de ser aburrida, ni siquiera si es la esposa del sultán? Y todo porque su primera esposa lo engañaba con un esclavo eunuco. Yo me pregunto ¿para qué están los esclavos eunucos en los harenes, sino es para satisfacer a las mujeres del harén cuando ellas no están satisfaciendo al sultán? ¿Para que están los eunucos sino para saber todos los secretos –aún los más oscuros- de las mujeres del sultán? ¿Para qué están los velos y las largas vestiduras que ocultan todo excepto los ojos sino para que los hombres crean que debajo de esa vestidura hay un secreto y un privilegio? Debajo de todos mis vestidos soy solo Scherezade, una mujer joven que tiembla porque su vida depende del privilegio que le otorgue o no un sultán.
Las historias que le contaré ocurrirán en países lejanos, donde él no viajará nunca. El creerá que son verdaderas. Yo creeré que son verdaderas.
Allí viene el.

sábado, 16 de noviembre de 2013

La obra

                                                               La obra
Me dicen, y quizás tengan razón, porque en esas cosas todo el mundo sabe más que yo, que ha escrito una obra perfecta. Me dicen que tengo que tener cuidado con los cuervos literarios, criaturas de temer que aparecen apenas un gran escritor muere. Y él era, seguro, me dicen, un gran escritor.
Yo sé que se pasó los últimos diez años de su vida bebiendo y escribiendo en la computadora. Bien hubiera querido yo que hubiese escrito un poco menos; por lo menos tendría algún recuerdo de él. Llenaba el canasto de papeles de hojas A4 que luego rompía prolijamente –porque eso sí, era muy prolijo. Alguna vez quise leerlos; mejor dicho alguna vez los leí. No los entendí y a él lo entristeció que no lo entendiera.
Me dicen que debo designar a algunos de sus amigos como albacea. No sé a quién: el los odiaba a todos. El que no era un alcohólico era un psicópata o un homosexual reprimido o ambas cosas. Cuando venían a visitarlo puteaba por lo bajo y la calidad de sus puteadas era inmensa, casi tan grande como su prestigio de escritor.
De su primera esposa poco sé, excepto que lo abandonó en un tren entre Madrid y Barcelona. El lloró toda la noche. Su segunda esposa se marchó con uno de sus agentes literarios. Cuando me conoció a mí el era casi viejo y yo era casi joven, pero de alguna manera extraña había vivido más que él. Quisieron ver en la relación los que la miraban de afuera algo de Pigmalion, y la adornaron con anécdotas enternecedoras y completamente inventadas. En realidad el se quedaba conmigo por el sexo y porque tenía alguien que le cocinara; yo me quedaba con él porque me daba pena, y porque buscarme un piso donde vivir era fatigoso.
Ahora se ha muerto. Me dicen que su obra es perfecta; yo no entiendo de esas cosas y entonces uno de sus amigos me dice que quiere ser su albacea y que si quiere el domingo nos juntamos a comer algo y a mirar la obra póstuma. El no dejó obra póstuma, le digo. Es imposible, me dice, se pasó escribiendo los diez últimos años. Sí, le digo yo, escribiendo y bebiendo y rompiendo papeles, y si lo sabré yo que era la que sacaba las bolsas de basura llenas de botellas y resmas.
Lo cual no es del todo cierto. Solo no rompió dos cuentos. Los dos eran eróticos, casi pornográficos y hablaban de mí –no me nombraban, claro, pero cualquiera se hubiera dado cuenta que hablaban de mí. Los guardó en el último cajón del escritorio, en una carpeta que quería le entregara a su editor. No me dijo que eran, ni me pidió que los leyera, pero yo lo hice. No eran tan malos . La noche de su muerte, luego de cerrarle los ojos y de llamar a la funeraria, fui a la biblioteca y los rompí en pedazos, prolijos, como él solía hacerlo.