lunes, 12 de noviembre de 2018
Charrúas
Soy canalla de nacimiento y charrúa por adopción. Nací y crecí en el barrio donde está la cancha de Central Córdoba. Mi viejo es hincha de Central Córdoba (cómo en el budismo, se puede ser hincha de Central Córdoba y de otro cuadro; hay pocas probabilidades de que el glorioso charrúa salga campeón de la A), mi hermano jugó en las inferiores -los memoriosos dicen que era un buen arquero, lo cuál no dudo que sea cierto. La diversión de mi padre los fines de semana es ir a ver a su equipo a la cancha y, si tiene alguna posibilidad de ascender, torturarme para que busque en Internet a cuantos puntos está y si Defensores Unidos o Atlético de San Juan perdieron. Los otros hinchas del charrúa, en su mayoría, son iguales a mi padre: viejos y fanáticos. Más de uno ha dejado su vida en la cancha, ante un gol imprevisto del zaguero central. En la cancha de Central Córdoba entran a veces perros desorientados y borrachos de sangría mala, pero mientras no alteren el sagrado orden de la cábala se les permite ser y estar. Rosario Central tiene un par de copas y juega con los grandes y tiene algunos jugadores legendarios en su haber, pero el charrúa tiene mística y elegancia, eso es innegable. Si algún día asciende a primera B, sé que la Tablada y probablemente toda Rosario van a ser una fiesta de azul y rojo por mucho tiempo. Dos días enteros.
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