martes, 20 de noviembre de 2018

Faunos

Soy hijo del gran dios Pan. En los bosques vivo: algunos piensan que soy un niño perdido del pueblo, que se alimentó con moras y con ratas muertas, y que olvidó usar ropas y caminar con zapatos, pero soy un fauno. Hay una estatua de mi padre en el medio del bosque, pero los hombres ya no dejan sus tributos y mi padre se ha marchado. Yo no quiero marcharme todavía, entonces moro aquí en el bosque y escribo versos e invento címbalos con cañas y coronas con flores espinadas. A veces vienen aquí doncellas a perder la virtud con actores de tres por cuatro o con gitanos ladrones, y yo las observo. Tengo tres o cuatro hermanos, pero ellos viven asustados, detrás de los troncos. Yo no tengo tanto miedo; cuando las doncellas y los actorzuelos están gimiendo, les robo algunas de sus ropas y luego se desesperan. Me da risa: pierden su virtud y se preocupan por sus enaguas. Sé que algún día algún caballero italiano o francés me dará caza, pero no me importa. Cuando me tenga encerrado en una jaula o con un cepo verá lo que es bueno: empezará a desear a lavanderas y a cocineras, olvidará las reglas de la etiqueta y comerá con las manos las perdices braseadas, querrá ser músico o historiador. Me relamo con la idea. Pero ahora llega uno de ellos, un hombre solo, sin doncella y no tiene aspecto de nada, lleva solo un cuaderno y un lápiz de carboncillo. Se ha quedado cinco horas mirando las hojas. Me da tanta curiosidad que me le acerco, casi sin resquemor.
- Hola, le digo.
- Hola, me dice. ¿Has observado la estatua de Pan? Es muy bella.
- ¿Vienes a rendirle tributo?
Entonces el hombre se ríe.
- No. La observo. Dibujaré este bosque dentro de unos años.
- ¿Cómo te llamas? No te he visto nunca por aquí.
- No, he venido... No importa- y me extiende una mano, una mano algo rechoncha y tosca- Mi nombre es Turner.

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