domingo, 11 de noviembre de 2018

Los amores aéreos. 17° parte.

Adrián no vendió la casa. Un par de veces al mes entraba allí y leía los libros de la biblioteca de su amigo. Cortázar, Borges, pero también Rousseau, Darwin, Pascal, Aristóteles, Platón. La Ilíada y la Odisea en la edición de Gredos y algunas primeras ediciones de Manuel Puig y de Juan Gelman. Afuera, en la ciudad, lo extraño arreciaba. Muchos hombres y algunas mujeres empezaron a morir de una enfermedad cuyos síntomas eran idénticos: baja de temperatura, supuración y color verdoso en la boca y en las extremidades. Los médicos no sabían que hacer. Podía ser una enfermedad venérea, se decían entre ellos, pero nunca ha sido descripta. Los enfermos hablaban, antes de morir, de mujeres casi idénticas en su descripción. Aunque de a poco iban cambiando en las descripciones. Y los árboles ese invierno y esa primavera se llenaron de curiosas brotaduras, que parecían tumores, pero que al poco tiempo desaparecían. Era una locura, pensaban todos.
Una leyenda urbana.
Pero esas mujeres extrañas a veces aparecían en fotos, en filmaciones. Parecían multiplicarse por miles. Una de ellas entró a una librería de la calle Florida muy tranquila y pidió El progreso del peregrino de Bunyan, del cual el librero, por supuesto, no sabía nada. La mujer se fue, silenciosa. Tenía los ojos verdes, el pelo negro, llevaba una revista Paparazzi en la mano, recordó el librero. Temblaba cuando lo contó ante las cámaras de televisión.
En Europa, en Estados Unidos y en Australia empezaron a aparecer casos similares.
Aparentemente no había cura. Los hombres y las mujeres se encerraron en ciudades como en ghettos, levantaron murallas, pusieron alarmas y dejaron de andar de noche. En Francia, se pensaba que los becarios de Pearomentier podían llegar a conseguir una cura. Pero era poca la esperanza, así que la gente se encerraba en sus casas y encendía antorchas para espantar los mosquitos y rogaba que en los bosques que rodeaban los pueblos los árboles no amanecieran tumorosos.
Adrián no puso alarma ni prendió antorchas. Se encontró una tardecita sólo en la casa de Facundo, ahora su casa, leyendo un libro de Wells, La máquina del tiempo y sintió un poco de frío. Sacó el recorte de Crónica donde podía verse la cara de la hija de Danáe y de Facundo. Era casi igual a la muchacha que había conocido y que le había agarrado la muñeca en la pileta y que se había limpiado su sangre en el agua, pero había algo de su amigo muerto en ella. Algo difuso, pero que él percibía. Rasgos que se repetían, pensó, un gesto, una mirada, una determinación. Esto va a ser largo, pensó, mientras miraba como las antorchas de fuego se iban prendiendo, una a una en las calles del country, esas calles de nombres tan raros como Los Tilos, Los Sauces o Las Gaviotas.

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