Cuando crié a mi hijo soñaba conque fuera rockero o
revolucionario o las dos cosas. No me saliò. Mi hijo es conservador. Si hubiera
nacido de Norteamérica, yo votaría por algún demócrata con pocas probabilidades
de ganar y el por los republicanos. Temo que cuando se decida a votar vote al
PRO o al radicalismo. No tengo manera de disuadirlo; es mi hijo. Me ha oído
escuchar a los Redondos, Silvio Rodriguez y los Olimareños durante toda su
infancia, ha presenciado mis inverosímiles métodos de crianza (los niños no
tienen porque comer las papas fritas con ketchup de la Cajita Feliz; esas
corresponden a las madres), me ha visto discutir de política en sobremesas de
asado. Resultado de tanto esfuerzo político y educativo: un pequeño
conservador, que cree en el amor para toda la vida, que respeta a rajatabla las
normas, que idolatra a sus profesores, que jamás me contesta mal y me agradece
cuando cocino aunque sé que casi siempre quemo la comida. Estaría más tranquila
con un hijo rebelde, que me dijera que soy una burguesa conformista y que me
amenazara con unirse a una banda de rock; imposible. La palabra burgués
conformista no entra en su vocabulario. Se salteó la parte de la adolescencia o
la hizo a la inversa: en mi casa el es la persona respetable y seria y yo soy
la problemática, como me lo recuerda constantemente. Ese dardo duele, solo
cuando me río.
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