- Yo te acompaño- le dijo Martín. - Voy con vos a esa casa y bajamos esa escalera.
Adrián asintió. Tengo miedo, pensó, y en realidad no sé si un hermano manager de un boxeador servirá de algo, pero yo solo no voy a ir ni ebrio ni dormido y tengo que saber. No soy como Francesca, ni como Ismael. Yo quiero saber.
Ninguno de los dos habló durante el viaje ni cuando entraron al country; Adrián abrió la puerta de la casa muy despacio. Se olía el perfume ambiental, el cloro, el Proxenex pino o lavanda, la cera, el Cif, todo junto y mezclado y concentrado. Los que la cuidan a la casa saben hacer su trabajo, pensó.
- ¿Donde está la puerta que me dijiste?- le preguntó Martín.
- Acá- dijo Adrián. La abrió y los dos bajaron
En esa especie de sótano no había nada. Sólo dos tanques con agua o eso le pareció a Adrián. Y papeles y fotos. Muchas fotos de Danáe y de Perséfone. Desnudas, vestidas, leyendo. Mirando a la cámara, algunas. Lo único raro eran los restos de algo que a Adrián le pareció papel de estraza al lado de los tanques; cuando lo quizo agarrar, se le deshizo en los dedos. Martín y el subieron la escalera empinada, de madera, no de metal y volvió a cerrar la puerta. Vió que Martín tenía en la mano algunos de los papeles que había en el sótano.
Los dos se sentaron en la mesa de la cocina, y Martín extendió los papeles, cómo si fueran diarios.
- Son cosas cientificas- dijo Martín. - ¿Vos entendés algo?
- Nada. Estudié Economía. No entiendo nada de ciencia. Pero es algo relacionado al ADN, a la clonación. Eso me dijo Facundo. Y que se había equivocado, que había cometido un error de principiante.
- ¿Y estas páginas? Insectos, insectos. Mariposas. Polillas. Hormigas. Bichos que ni conozco. Me dan impresión.
Adrián las miró con más atención.
- La cadena del ADN decía Facundo y decía que había tenido poco tiempo... Que nadie, ni siquiera Francesca, lo entendía. Que hubiera podido salvar vidas, que Madame Curie había muerto igual que él.
Se quedó un minuto en silencio.
- Creo que sé lo que pasó. Pero para contártelo tenemos que volver a Buenos Aires. Acá no. Mejor acá no.
- Está bien- dijo Martín. - Está bien.
Es imposible, pensaba Adrián pero a su vez era muy posible. Por algo Francesca había venido. Por algo se había ido. Y Facundo insistiendo con que la casa no se vendiera, y para eso, claro, tenía que dejársela a él, a Adrián, no a otra persona. Facundo muriéndose mientras supuraba un líquido amarillento que no era del todo pus y los médicos que dijeron que había muerto de una bacteria desconocida, cosas desconocidas y conocidas al mismo tiempo, tan conocidas y desconocidas como Danáe mirando una cámara de seguridad.
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