lunes, 12 de noviembre de 2018

La muerte de un rey. 60° parte



                                                                                          la luna ya salió sobre este barrio perdido
                                                                                          parece una pastilla dentro de una vaso de vino
                                                                                          con esa mezcla, mi amor,
                                                                                          la noche ya esta en peligro
                                                                                                                           Adrián Abonizio

                                                                                              Julio Aquitania, Trípoli, 2021

Secretos. Ron Vermin tenía muchos secretos. Julio Aquitania odiaba a Ron Vermin. Le había robado no una, sino dos novias: la primera no le había importado mucho, era una muchacha tonta y algo gorda, una alemana nada ocurrente. La segunda era lo imperdonable. Julio Aquitania había estado medio año entero para conseguirla: no era demasiado linda, era cierto, pero era la heredera de la cadena de heladerías Sherby´s, y le aseguraría a Julio Aquitania - que había nacido en Pontevedra, pero se consideraba ciudadano del mundo- una vida holgada y sin apuros. Ya estaba probándose el traje de novio porque Plumm había hablado con sus padres, y ellos daban el visto bueno, y se veía el resto de su vida en Luxemburgo y en las Caimanes, cuando apareció esa mala bestia de Vermin. Que coñazo, pensó Julio. Encima Vermin tenía algo que definitivamente el no tenía: dinero. Mucho dinero. Dinero ganado gracias a las drogas que vendía en discotecas y fabricaba en su casa, pero a Plumm ese costado tan Breaking Bad de su nueva adquisición le había parecido encantadora más que negativa. De discoteca en discoteca Plumm había ido alejando a Aquitania, había empezado a criticar su acento andaluz, antes adorable, a quejarse de que nunca le regalaba nada salvo poemas escritos en reversos de servilletas y rosas blancas. Lo peor de todo era que Julio Aquitania sabía que para Ron Vermin Plumm era algo más bien molesto; una niña rica más que quería ser mala aunque su idea de maldad más alta era, precisamente, alguien como Ron Vermin. Robar Tresor de shoppings en Miami y codearse con un narcotraficante exitoso era la máxima aspiración, la máxima transgresión que alguien como Plumm podía imaginar; salir de vez en cuando en alguna revista del corazón como una "it" girl descarriada. De todas maneras, Ron Vermin era un coñazo.
Pero, ¿ese no era Ron Vermin? Hablando del diablo, pensó para sus adentros. Iba con una muchacha morena de ojos claros, que lo llevaba del brazo y otra muchacha quizás más joven, muy bonita, rubia casi castaña. Se sentaron en un bar y el se sentó cerca de ellos. Pidieron (la chica rubia pidió, en un inglés de consonantes marcadas) una cerveza y aceitunas. El pidió lo mismo.
La venganza está servida, pensó Aquitania. Seguro que la morena o la rubia son las nuevas adquisiciones de Vermin.
- No sé porqué tengo que seguir aguantando a este idiota- dijo la morena.- Un mes. Un mes y medio. Ahora van tres meses y tenemos que seguir vigilándolo. Que no se escape. Ya estoy cansada. Encima de mudarme de ciudad y todo eso... Will, Henry y tu madre son un encanto, y hasta a Jorginho lo soporto, pero sinceramente si Ron intenta escaparse una vez más invocando que quiere irse a una discoteca para comprar extásis lo voy a destripar como a un cerdo. Por las dudas, tengo la navaja en el bolsillo.
- Por favor, Lermoune, no seas tan gráfica- dijo la rubia- Puede oirte alguien.
- Que quieres que haga. Si está encerrado en la casa se queja de que está encerrado. No se puede limpiar ni cocinar, ni hacer nada con una persona que se vive quejando.
- Eso es cierto, Ron, podrías poner un poco de buena voluntad. Te he prestado libros de Deepak Chopra, de espiritualidad- dijo la rubia- y parece que no te sirven de nada.
La que tiene dinero es la rubia, se dijo Aquitania. Ella debe ser la novia. Es ahora o nunca.
- Hola, Ron. ¿Me recuerdas? Debes recordarme, porque era el que iba a casarse con Plumm Sherby. Hasta donde sé, sigues de novio con ella- dijo. Era un golpe magistral.
La reacción de los tres fue rara. Ron lo miró con extrañeza. La morena se llevó la mano al bolsillo, pero la rubia le hizo un gesto con la cabeza muy breve y suspiró. Fue un suspiró largo.
- No- dijo Lisbeth. - Maldita sea.
- Si, ahora me acuerdo- dijo de pronto Ron.- Me acuerdo de tí. Mi gran amigo Julio Aquitania, de Puentevedra. Plumm, todo eso.
Julio Aquitania se quedó paralizado. Nunca se le hubiera ocurrido que para Ron Vermin el fuera un gran amigo.
- ¿Quieres tomar una cerveza con nosotros?- dijo Lermoune y entre ella y Lisbeth se entrecruzaron miradas.
- Está bien- dijo Aquitania. Quizás la rubia no fuera novia de Ron, o quizás sí, pero igual la morena era bastante bonita y una cerveza gratis no era algo para desperdiciar.
- ¿Eres la novia de Ron, no es cierto?- le preguntó a Lisbeth- Perdona la curiosidad.
La muchacha carraspeó dos veces. La morena se echó a reir.
- La novia de Ron. ¿De en serio? Pero si está idiota está enamoradísima de Henry. Hasta su madre se dió cuenta.- y Ron también se rió, aunque parecía no entender muy bien el chiste.
- Te odio con toda mi alma, Lermoune Filland.- dijo Lisbeth. y sin cambiar de tono de voz se volvió hacia Julio Aquitania, y esta vez habló en castellano, un castellano de Miami inconfundible para un bon vivant como el- Vienes con nosotros, Ron, Lermoune y yo, o Filland te destripa como a un cerdo.


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