lunes, 26 de noviembre de 2018

La vida secreta de los mártires. 2° parte

Bajó a desayunar. En la mesa, como casi siempre, había tocino, huevos, tostadas, mermeladas y té. Djuna era el reloj de la casa; obligaba a las dos esclavas de la cocina a tener siempre algo de comida caliente para los señoritos. A Elías esta deferencia no dejaba de avergonzarlo un poco; en realidad, tenía que admitir que no hacía nada para merecerlo. Sus esclavos, tanto los de la casa como los de los algodonales, eran bien tratados y estaban todos bautizados, pero esa constante devoción del ama como si John y sus tres hijos fueran algo así como patriotas o santos le resultaba molesta. No había manera, claro, de explicárselo a Djuna ni a su marido, caballerizo, ni a sus hijos que trabajaban desde la mañana hasta el anochecer y, cuando se reunían en sus cabañas, leían la Biblia y cantaban canciones de alabanza a Dios.
- ¿Sabe lo que ocurrió, señorito Elías?- le preguntó una de las esclavas, asustada.
- No, recién estoy desayunando.
- Encontraron muerta a Gwendoline Van Duremborg.
- ¿Qué?- preguntó él.
Gwendoline, puro rizos y abanicos, era la madre de Mary Louise. Una mujer centrada y seria, que se dedicaba a la caridad y a la pintura de paisajes a la acuarela a tiempos iguales. Nada había más inverosímil en este mundo que Gwendoline asesinada: era un escándalo de la razón. Las mujeres como ella morían en su cama, luego de dictarles a su hija, su yerno y sus nietos consejos sobre la vida.
- Es horroroso, señorito. Parece que ha sido un esclavo fugado de su plantación. Ya lo han atrapado. Van a colgarlo esta tarde.
- Oh, voy a casa de los Van Duremborg. Tengo que ver a Mr. Van Duremborg.
- Vaya, señorito Elías. Deben estar destrozados, una familia tan buena.
Mary Louise estaba llorando en el pórtico, vestida de rojo (aún no ha tomado luto, notó Elías). Una de sus primas intentaba consolarla, acariciándole el cabello. Apenas vió a Elías, se acercó a él.
- Gracias por venir- dijo llorando e hipando- Es horrible, es todo tan horrible, le abrieron el vientre como a una vaca.
- Mary Louise...- recriminó su prima- No cuentes detalles.
- Dicen que ha sido Huck, que se escapó hace dos noches. Lo han atrapado, el dice que no. No le creo. ¿Quién otro va a ser? ¿Que persona va a querer la muerte de alguien como mi madre? Nicolás lo está azotando, pero aún no confiesa. Ha sido él ¿no es cierto?
- Cálmate, Mary Louise- dijo su prima. - Deja de llorar. No es propio de una dama lo que haces. Ven, te llevaré a tu cuarto- y la agarró de la mano, cómo a una niña y le hizo subir las escaleras del pórtico y atravesar la puerta de entrada.
Elías fué hacia la parte trasera de la casa, al árbol donde los Van Duremborg ataban a los esclavos y los azotaban. Allí estaba Huck. La espalda estaba casi en carne viva, y sus piernas temblaban. Dentro de poco caería al suelo.
- Lo hiciste ¿verdad?- decía Anthony Van Duremborg. Era un hombre rechoncho, generalmente afable, salvo cuando se trataba de cuestiones de dinero. Ahora estaba trasmutado en un ser rojo y furioso- La mataste.
- No fui, no fui- decía Huck, en un hilo de voz. Con rabia, Van Duremborg le hizo una seña a Nicolás. El negro asintió.
- Ni siquiera mereces la horca, Huck- escupió Nicolás- Es demasiado buena para tí.
Le dió tres latigazos más y luego se acercó al negro y le quebró el cuello con las manos. Huck cayó a sus pies.
- Tíralo al bosque y que se lo coman las alimañas- dijo Van Duremborg. Miró el cadáver unos segundos y luego se echó a llorar.
- Gwendoline...
- No llore, amo Anthony. Ella está en el cielo y este negro bastardo está en el infierno.
Elías se acercó lentamente a su futuro suegro. Le apoyó una mano en el hombro.
- Le doy mis condolencias, Mr. Van Duremborg.
- Gracias, Sr. Elías Hourlander. Eres el primero en dármelas. Mira lo que ha ocurrido. Intento ser bueno con mis esclavos y mi esposa, que era una santa, los cuidaba y los alimentaba. Y mirá lo que han echo; se fugan y no contentos con ellos, la asesinan. Es una raza maldita. Bien muerto está. Ahora mi pobre Mary Louise está huérfana, y yo, y yo...
- Debe ser fuerte. Mi madre murió cuando éramos niños, y a mi padre le costó mucho superar su muerte. Debe pensar en Dios y en su hija. Esta es una gran tragedia, pero el culpable ya está muerto.
- Es lo único que me alegra- dijo Mr. Van Duremborg- Gracias por su apoyo.
Elías volvió lentamente a su casa. En el sendero del bosque (un bosque poblado de escuerzos y de hongos, viejo como el mundo mismo) pensó en la voz de Huck azotado diciendo que no había sido. ¿Habría sido él? Dudar de la culpabilidad de un negro era como dudar del sol cada mañana, y más aún si ese negro se había fugado. De todas maneras, a Elías le extrañaba que un negro quisiera matar a Gwendoline porque sí. Aunque era una raza extraña, tenía límites morales. Esa duda -lo sabía- tenía que ser guardada en lo más íntimo de su ser, porque la vida en esa pequeña zona rural que habitaba tenía límites muy estrechos: Gwendoline había sido asesinada, Huck se había fugado, ergo Huck había matado a Gwendoline, Huck había sido castigado por su crimen y quién osase no creer en ello sería un paria, como su tío Marcus Hourdanler. Aislado del mundo y castigado por la sociedad, hasta el punto que su mujer se había llevado a su hija menor, por haber liberado a todos sus esclavos cinco años atrás.



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