Aunque Bermaner y Samuel habían temido que la madre de Bermaner e Inmaculada se llevaran mal, eso decididamente no ocurrió. Podría haber ocurrido –pronto descubrió Samuel que Leija tenía sus propias ideas, demasiado particulares sobre alimentación, crianza de niños y costura- pero apenas la madre de Bermaner le contó a Inmaculada la historia de porqué había tenido que cruzar el Atlántico, contra viento y marea, Bermaner pasó de ser a los ojos de Inmaculada de un respetable profesor de francés a un muchacho descarriado e ingrato. Cada vez que le abría la puerta lo miraba mal, apenas le hablaba y nunca le servía té. La diversión favorita de ambas era sentarse a la tarde y criticar al pobre hombre, y de paso a la mujer que lo había abandonado.
-Yo siempre dije- decía Inmaculada- ese tango es terrible, está llevando a la juventud por lugares espantosos. Antes las mujeres no eran así. Que espanto, que tristeza, yo no soy madre pero entiendo lo que usted debe sentir.
-Ni me diga nada- decía Leija mientras preparaba masa de hojaldre- Yo hablando de mi hijo profesor de filosofía y de repente me llegan estas noticias. Todos me compadecen.
-Los hijos no traen más que disgustos, eso decía mi tía Eufrasia. Uno de los suyos, también, salió bandoneonista. ¿Se da cuenta? Y la nuestra es una buena familia. Eufrasia soñaba con que fuera cura. Tres años de seminarista y de repente deja el seminario y se va a esos antros a tocar el bandoneón. Eufrasia dijo ese día, ya no tengo más hijo. Se murió a los dos días atragantada con un hueso de pollo, pobre mujer y ¿puede creer que el hijo tuvo la caradurez de venir al velorio? Y encima lloraba. Pero siguió siendo bandoneonista, ni siquiera la muerte de su madre lo hizo recapacitar.
-Estoy segura de que si yo me muero a mi hijo no le importa. No le importa nada, dese cuenta, me sacrifiqué para pagarle una carrera de profesorado y el desperdicia mi sacrificio de esta manera.
Bermaner, enfunfurruñado, se sentaba en un rincón de la cocina junto con Samuel y masticaba sándwiches de jamon crudo, pan, tomate y aceite de oliva, porque ahora que su madre estaba tan ofendida con él no había razones para seguir ningún tipo de reglas de comida kosher. Samuel se divertía un poco con la situación, pero como el riesgo era que la madre de su amigo advirtiera el camelo, y quisiera regresar a Francia, inventaba, a veces más de la cuenta, situaciones que dejaban mal parado a su amigo.
-El otro día quiso volver a la milonga donde la conoció- le comentaba a Inmaculada- Yo lo retuve. Le dije que probablemente ya tiene un nuevo enamorado, alguien que tiene más dinero que él, que no se rebaje. Pero le ha escrito varias cartas a ellas y son desgarradoras. Hasta ha intentado escribirle poemas. Como si una mujer de esa calaña fuera a conmoverse por un poema.
-Claro- decía Inmaculada- Esa clase de mujeres solo piensan en autos y vestidos. ¿Cómo es el nombre de ella?
Samuel en ese momento se dio cuenta de que era algo riesgoso darle un nombre a alguien cómo Inmaculada; una mujer así podía llegar a descubrir la verdad.
-La llamaban Margot. No es su nombre real, por supuesto. Es un nombre de fantasía.
-Que horror- dijo Inmaculada, sacudiendo la cabeza- Como una mujer así puede arruinar a un hombre tan serio.
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