Llegué al mediodía a casa del juez. Abrió la puerta una mujer de pelo y ojos oscuro, más bien baja, muy delgada; no me hizo pasar a la casa, sino que me llevó a una mesa de cemento que había en el patio, debajo de la parra y me alcanzó una jarra de vidrio llena de agua, hielo y limones cortados al medio y un vaso de metal. El señor juez se levanta de la siesta en media hora, me dijo y se fue.
Duré había dejado de ser juez hacía más de dos décadas, pero para todos en Eluyén seguía siendo el juez Duré. Cuando ejercía tenía fama de ser poco accesible y poco permeable a los cambios; después de jubilarse, estas características parecían haberse acentuado. Desde que se había jubilado se había ido a vivir allí, a escribir un libro sobre el folklore de las provincias mediterráneas, decían algunos, a pintar paisajes de sierras, decían otros, a fabricar conservas de higos y de aceitunas, era la voz más extendida. Si yo me había llegado hasta ahí, era porque quería averiguar su versión sobre un caso criminal ocurrido casi treinta años atrás; estaba escribiendo un libro sobre eso, por encargo, ya lo tenía casi terminado, pero me había parecido que quizás la voz del juez que había investigado la causa le sumaría algo a la historia. Me había costado conseguir el teléfono del juez Duré y más aún conseguir que me autorizara a ir a su casa, pero después de insistir varias veces lo había conseguido.
Hacía calor. Una avispa voló dos veces cerca de mi cara y otra se posó sobre el borde de mi vaso. Las espanté con la mano. Sobre la mesa de cemento había un libro encuadernado en cuero; porque estaba aburrida lo abrí: había dibujos hechos en tintas de colores, de animales, de plantas. El entretenimiento del juez, pensé. Cerca de la raíz de la parra, ví que algo con pelos se movía; parecía atascado. Me acerqué. Era un animal parecido a una comadreja, pero con el pelaje iridiscente, entre el azul y el verde claro; en cuanto lo quise tocar, salió corriendo.
- No moleste al pinon- dijo el juez Duré. - Son ariscazos.
Había visto fotos de él, pero estaba mucho más viejo.
- Buenas tardes, señorita.
- Buenas tardes.
- Me estuvo revisando los dibujos.
- No- mentí- Fue sin querer.
- Claro- dijo el juez-. Sin querer. Es mi obra, sabe. Hace veinticinco años que trabajo en ella. El año que viene la voy a publicar. Flora y fauna de la región de Eluyén, se va a llamar. El animal que acaba de ver es un pinon. Hermoso, pero arisco. Aunque no es agresivo.
- Hermoso, sí.
- Aunque hay otros que son más ariscos todavía. El yamberá, por ejemplo. Cinco años estuve para dibujarlo. Solamente tenía descripciones de baqueanos, pero ni una sola imagen. Recién después de cinco años y de mucha paciencia pude verlo bien para dibujarlo. Mire, acá tengo la imagen.
Me mostró un dibujo de una especie de cruza de perro afgano amarillento con cuernos largos como una cabra.
- Que bonito- dije. Estaba impaciente, pero sabía que no me convenía demostrarlo. Cuanto más impaciente es uno con la gente vieja, más lento hacen todo.
- También conseguí dibujar al jabual. Es parecido al quetzal, el ave nacional de Guatemala, pero más pequeño y de color más opaco, como puede apreciar- sacó el dibujo y me lo mostró. El pájaro era precioso, realmente. Nunca había oído hablar de él.
- Pero todavía no pude dibujar a un dermingo. Me han hablado de el, pero es difícil de encontrar. Bastante difícil.- El juez Duré pestañeó tres veces- Aunque ya me dijeron como.
- Muy buenos sus dibujos- le dije.
- ¿Tomó el agua con limones?- preguntó- ¿Le gustó?
- Tomé unos tragos. Rica. Justa para una tarde como hoy. Hace calor.
- Sí.- dijo el juez- Hace calor. Pero, usted venía para hablar del triple crimen de Ipiquin, ¿no?
- Estoy escribiendo un libro sobre ese caso- asentí.
- Claro. Creo que recuerdo algo sobre el caso. Pero algo, no mucho. Ya soy un viejo, sabe, y la memoria ya no es buena- me dijo Duré. Se sentó a la mesa, se sirvió un vaso de agua con limón y se lo tomó muy despacio. Cuando terminó me miró. Me parecía que hacía todo más lento a propósito, como desafiándome a que me impacientara. Pero eso no iba a pasar. Podía estar mirando sus dibujos y oyéndolo hablar de lo mucho que le había costado dibuja al jaunal o como carajo se llamara toda la tarde y toda la noche si era necesario.
Ya no quedaba casi agua en la jarra. El viejo sacó dos mitades de limón y se los exprimió sobre el brazo.
- Para espantar a los bichos. Me lo enseñó un baqueano. - me extendió el limon medio exprimido. Me dió asco y dije que no con la cabeza.
Entonces me picó el bicho. No era una avispa esta vez, era más parecido a una langosta, pero más grande. Me picó en la pierna.
- Un tucura- dijo el viejo. Sacó un dibujo del cuaderno. Debo reconocerlo; lo había dibujado casi perfecto.
Dos bichos más me picaron. No eran picaduras dolorosas, pero se me hicieron ronchas enseguida, ronchas entre verdosas y violetas.
- Entre cinco y siete minutos- dijo el juez Duré. No entendí que quería decir. Sentí el cuerpo pesado, de repente.
- Ya me dijeron, sabe. Me explicaron. Tengo casi todos los animales de acá dibujados, menos el dermingo. Difícil de atrapar.
Tres tucuras más me picaron. Casi no lo sentí. Mi piel ya casi no sentía nada.
- Me dijeron- siguió el juez- que les gusta la carne infectada con el veneno de tucura. Hay que dejarles la carne infectada cerca y ellos vienen y la comen. Generalmente andan de a tres; macho, dos hembras. A veces algún cachorro, con suerte. Si no, llevan la carne a las cuevas.
Yo casi estaba desmayada.
- Perdone que le haga esto- me dijo el juez Duré.- Pero es la única manera de dibujarlos y, si no dibujo los dermingos, mi libro Flora y fauna de la región de Eluyén no va a quedar completo.
Yo no contesté. Ya no podía hablar. Estaba paralizada.
- Dominga- gritó el juez. La mujer baja y delgada vino.- Ayúdeme a llevar a la señorita al montecito, cerca del arroyo. Y traiga también mis herramientas de dibujo. No vengo a cenar. No me espere hasta mañana al desayuno.
viernes, 27 de septiembre de 2019
viernes, 20 de septiembre de 2019
La cinta.
En voz baja todos decían que era que tendría que haber sido Paula. A Paula le gustaba pintarse los labios y las uñas de negro, Paula trabajaba en el bar de la ruta de noche, Paula cuando no trabajaba salía también de noche, a veces a bailar, a veces con chicos, Paula escuchaba The Smiths y The Clash, Paula contestaba mal. Lo que le pasó a Teresa le tendría que haber pasado a Paula, decían las primas y los amigos de la familia, y también la madre y el padre, que por ahí no lo decían pero lo pensaban, y a veces Paula lo escuchaba, y a veces lo leía en las caras de las personas que se cruzaba. Lo gracioso, pensaba Paula mientras buscaba la remera más sobria que tenía para ir a la misa en memoria de su hermana, era que cuando Teresa vivía no había día en que no la hubiera odiado. Teresa era un año y medio mayor que ella, y era mojigata y miedosa, y muy pacata, y siempre hacía comentarios de señora muy mayor aunque solo tuviera veintiún años. La primera vez que Paula compró un paquete de cigarrillos, Teresa lo encontró en el cajón de la cómoda y corrió a contarle a la madre. Teresa sabía cuáles exámenes había bochado Paula en la secundaria y sacaba la conversación en las sobremesas, introduciendo de paso, como quién no quiere la cosa, los nueves y los diez que ella se sacaba invariablemente en cualquier materia. Teresa lavaba toda su ropa los domingos y la ordenaba prolijamente en pilas sobre la cama y la planchaba y y la doblaba y la acomodaba en pilas prolijas, y cuando terminaba de hacer todo eso iba al comedor, a hablar por teléfono, a contarle a alguna de sus amigas que no podía compartir más la misma habitación con su hermana, que tenía toda la ropa repartida en cajas, en sillas, en montones en el piso. Un desastre, decía, no sé como seguir así. Siempre que hacía eso, claro, se aseguraba que Paula estuviera también en el comedor. Lo gracioso, pensaba Paula mientras mojaba los dedos en agua bendita y se persignaba, era que durante casi veinte años se había imaginado como sería la vida sin Teresa, como sería si un día Teresa se casara o se mudara a un departamento o se fuera a vivir al extranjero. Ahora que Teresa había muerto descubría que la vida sin Teresa no era muy diferente a la vida con Teresa; había un hueco liviano en el colchón de la cama de al lado, la ropa seguía apilada, oliendo a Vívere y a mentol, la casa era más silenciosa y de pronto el padre ya no tenía que comprar veinte potes de yogurt Ilolay con arándanos, porque la única persona a la que le gustaba ese yogurt había muerto. En la heladera, igual, habían quedado dos potes; la madre esperó a que se vencieran y después los tiró a la basura. Desde el entierro la madre casi no hablaba de Teresa. El padre tampoco. Tampoco hablaban con Paula; simplemente la miraban y cuando los dos la miraban le recordaban que todos pensaban que la hermana equivocada había muerto de la muerte equivocada.
De noche, Paula soñaba que era Teresa. No Teresa viva, ni tampoco exactamente Teresa muerta; sino Teresa pocos segundos antes de morir, y sentía siempre un desasosiego, un no entender, una sensación concreta de estar cayendo al vacío en un lugar oscuro. Teresa había aparecido en una de las rutas de acceso a la ciudad con un golpe en la nuca y tajos en el pecho. Quizás intento de violación, arriesgó la policía, pero no se sabía, había que hacer pruebas, no había sospechosos, no había testigos oculares. El lugar donde había aparecido era casi un basural, lleno de pañales usados, de colillas, de botellas de Pepsi vacías. En el sueño, antes de morir, Paula sentía el olor dulzón y pesado de la basura amontonada, el olor de la tierra seca, el olor del calor. Despertaba tranquila; sueño eso, pensaba, porque esa tendría que haber sido mi muerte, no la de Teresa.
La chica tendría que estar muerta, se dijo Cuellar. ¿Qué carajo hacía ahí, atendiendo su mesa? El la había matado.
- ¿Van a ordenar algo?- dijo la chica.
- Si, un Termidor, porción de papas fritas. Hace calor- dijo Alvarez- ¿No podrían subir los ventiladores?
La chica lo miró.
- No. No se puede. Orden de la gerencia.
- ¿Qué te parece?-le dijo Alvarez- Como la otra vez. ¿Qué se cree la pendeja esa? Cada cuatro meses, pasamos por este pueblito de mierda, y siempre nos trata mal. ¿Qué te pasa, Cue? Estás pálidoParece que hubieras visto a un fantasma.
Si, es un fantasma, piensa Cue. Pero yo la ví. La ví muerta, la ví tajeada.
La chica trajo el vino y las papa fritas. Sacó un destapador de su delantal de moza. Le costaba destapar la botella. Un mechó de pelo le caía sobre el ojo y la chica resopló, y se ató el pelo, y entonces Cue vió la cinta roja en la muñeca, la misma cinta roja que había visto tres meses atrás, la cinta roja contra la envidia le había dicho la chica cuando él le había preguntado para que era, un minuto después de verla en la ruta y diez minutos antes de matarla.
Paula no entendía porque le costaba tanto esa puta botella de Termidor, si lo hacía todos los días. Le sonrió débilmente a los hombres, como disculpándose de su torpeza, pero eso estaba imposible. Y la única que puede ayudarme, pensó, es Bori que está sola en la cocina, me va a matar, ella te descorcha una botella con una sola mano. Yo generalmente también, no sé que pasa, encima hace un calor. Ya está, le pido ayuda a uno de los dos, al más gordito que me pidió que subiera el ventilador no, mejor al otro, parece más amable.
- ¿Puede ayudarme a abrir la botella?- le dijo.
El hombre no contestó.
- ¿Puede ayudarme a abrir la botella?- volvió a decirle.
El hombre pareció asentir, pero se cayó al piso y empezó a convulsionar y a vomitar. Cue, Cue, gritó el hombre que estaba con el, donde dejaste las pastillas, pero el hombre no contestaba, y a Paula la botella se le cayó al piso y cortó bastante el brazo del hombre. A los gritos de Paula Bori salió de la cocina, y agarró la cabeza del hombre, pero ya estaba largando espuma rojiza por la boca, ya tenía los ojos en blanco y hubo una última convulsión y el hombre después se quedó quieto.
Bori le agarró la muñeca.
- Está muerto.
El hombre gordito miraba al muerto.
- Yo sabía que tenía un problema de convulsiones y el me había mostrado las pastillas. Se debe haber olvidado de tomarlas.
- ¿Era amigo de el?- preguntó Bori.
- Compañero de trabajo. Viajábamos dos o tres veces al año juntos. Ahora voy a tener que perder dos o tres días acá para resolver el tema administrativo. Puta madre.
- ¿Tenía familia?
- No, la verdad que no sé.
- Tapémoslo con un mantel- dijo Bori.-¿Estás bien, Paula?
- Si, por favor, pero que impresión.
- Bueno, no es culpa tuya. Si querés irte a tu casa, ándate.
- No, no- dijo Paula- Me quedo hasta que venga el médico, la policía, te ayudo.
- Bueno, bueno- dijo Bori- si te animás. Andá a llamar a la policía.- Paula se fué.
- Pobrecita- le dijo Bori a Alvarez- Le pregunto eso porque hace cuatro mese le mataron a la hermana. La encontraron afuera, en la ruta, destrozada a golpes. Una impresión. Encima, la hermana y ella eran iguales. Ellas nunca se dieron cuenta, pero todos los que la conocían lo decían. Como dos gotas de agua.
- Uf, que desastre. ¿Agarraron al que la mató?
- No, vió como es- dijo Boris.- Ayúdeme a tapar al muerto.
De noche, Paula soñaba que era Teresa. No Teresa viva, ni tampoco exactamente Teresa muerta; sino Teresa pocos segundos antes de morir, y sentía siempre un desasosiego, un no entender, una sensación concreta de estar cayendo al vacío en un lugar oscuro. Teresa había aparecido en una de las rutas de acceso a la ciudad con un golpe en la nuca y tajos en el pecho. Quizás intento de violación, arriesgó la policía, pero no se sabía, había que hacer pruebas, no había sospechosos, no había testigos oculares. El lugar donde había aparecido era casi un basural, lleno de pañales usados, de colillas, de botellas de Pepsi vacías. En el sueño, antes de morir, Paula sentía el olor dulzón y pesado de la basura amontonada, el olor de la tierra seca, el olor del calor. Despertaba tranquila; sueño eso, pensaba, porque esa tendría que haber sido mi muerte, no la de Teresa.
La chica tendría que estar muerta, se dijo Cuellar. ¿Qué carajo hacía ahí, atendiendo su mesa? El la había matado.
- ¿Van a ordenar algo?- dijo la chica.
- Si, un Termidor, porción de papas fritas. Hace calor- dijo Alvarez- ¿No podrían subir los ventiladores?
La chica lo miró.
- No. No se puede. Orden de la gerencia.
- ¿Qué te parece?-le dijo Alvarez- Como la otra vez. ¿Qué se cree la pendeja esa? Cada cuatro meses, pasamos por este pueblito de mierda, y siempre nos trata mal. ¿Qué te pasa, Cue? Estás pálidoParece que hubieras visto a un fantasma.
Si, es un fantasma, piensa Cue. Pero yo la ví. La ví muerta, la ví tajeada.
La chica trajo el vino y las papa fritas. Sacó un destapador de su delantal de moza. Le costaba destapar la botella. Un mechó de pelo le caía sobre el ojo y la chica resopló, y se ató el pelo, y entonces Cue vió la cinta roja en la muñeca, la misma cinta roja que había visto tres meses atrás, la cinta roja contra la envidia le había dicho la chica cuando él le había preguntado para que era, un minuto después de verla en la ruta y diez minutos antes de matarla.
Paula no entendía porque le costaba tanto esa puta botella de Termidor, si lo hacía todos los días. Le sonrió débilmente a los hombres, como disculpándose de su torpeza, pero eso estaba imposible. Y la única que puede ayudarme, pensó, es Bori que está sola en la cocina, me va a matar, ella te descorcha una botella con una sola mano. Yo generalmente también, no sé que pasa, encima hace un calor. Ya está, le pido ayuda a uno de los dos, al más gordito que me pidió que subiera el ventilador no, mejor al otro, parece más amable.
- ¿Puede ayudarme a abrir la botella?- le dijo.
El hombre no contestó.
- ¿Puede ayudarme a abrir la botella?- volvió a decirle.
El hombre pareció asentir, pero se cayó al piso y empezó a convulsionar y a vomitar. Cue, Cue, gritó el hombre que estaba con el, donde dejaste las pastillas, pero el hombre no contestaba, y a Paula la botella se le cayó al piso y cortó bastante el brazo del hombre. A los gritos de Paula Bori salió de la cocina, y agarró la cabeza del hombre, pero ya estaba largando espuma rojiza por la boca, ya tenía los ojos en blanco y hubo una última convulsión y el hombre después se quedó quieto.
Bori le agarró la muñeca.
- Está muerto.
El hombre gordito miraba al muerto.
- Yo sabía que tenía un problema de convulsiones y el me había mostrado las pastillas. Se debe haber olvidado de tomarlas.
- ¿Era amigo de el?- preguntó Bori.
- Compañero de trabajo. Viajábamos dos o tres veces al año juntos. Ahora voy a tener que perder dos o tres días acá para resolver el tema administrativo. Puta madre.
- ¿Tenía familia?
- No, la verdad que no sé.
- Tapémoslo con un mantel- dijo Bori.-¿Estás bien, Paula?
- Si, por favor, pero que impresión.
- Bueno, no es culpa tuya. Si querés irte a tu casa, ándate.
- No, no- dijo Paula- Me quedo hasta que venga el médico, la policía, te ayudo.
- Bueno, bueno- dijo Bori- si te animás. Andá a llamar a la policía.- Paula se fué.
- Pobrecita- le dijo Bori a Alvarez- Le pregunto eso porque hace cuatro mese le mataron a la hermana. La encontraron afuera, en la ruta, destrozada a golpes. Una impresión. Encima, la hermana y ella eran iguales. Ellas nunca se dieron cuenta, pero todos los que la conocían lo decían. Como dos gotas de agua.
- Uf, que desastre. ¿Agarraron al que la mató?
- No, vió como es- dijo Boris.- Ayúdeme a tapar al muerto.
martes, 17 de septiembre de 2019
La reforma agraria
- Bueno, va la nota sobre la aprobación de la emergencia alimentaria.
- ¿De que qué?
- La ley que se aprobó en Diputados.
- ¿Qué?
- Lo que pedía la gente en el acampe en la Nueve de Julio. ¿No te diste cuenta que la Nueve de Julio estaba cortada?
- No...
- Pero sos boludo... Había un montón de ollas populares, de carpas.
- Pensé que era una acampada de los boyscouts.
- ¿Estás seguro de que la nota la escriba este muchacho? Vive en una nube de pedos.
- Bueno, perdón, señor información. Hasta hace nada, un mes y medio atrás vivíamos en el mejor de los mundos cambiemitas, Mauri nos amaba, Mariú nos quería, Larreta nos acompañaba y Durán Barba nos escribía los eslóganes. Y podíamos comprar dos millones de dólares en un solo día. Ahora parece que hay aumento de pobreza, aumento de indigencia, aumento de inflación, aumento de periodistas opositores al gobierno, y encima Juan Grabois pide la reforma agraria. ¿Entendés? ¿En qué momento pasamos del fracaso del populismo en toda América Latina excepto en Venezuela a discutir la reforma agraria en Argentina? Mirá si me llegan a dar un pedazo de tierra en el medio de la pampa chúcara. ¿Qué hago? Voy a tener que tener una escopeta para luchar contra los perros cimarrones, los pumas, los lobos, los osos, los malones...
- No hay lobos ni osos ni malones en la Argentina.
- Bueno, una lechuza grande también me da bastante miedo. Mirá si anida en el comedor, si anida en el comedor y pone huevitos y nacen las lechucitas y la madre le da de comer gusanitos vivos en la boca.
- Bueno, vamos anotando. Si a vos te toca la reforma agraria, que los cien metros cuadrados que a vos te toquen sean en Alto Palermo, con WI FI, y Burguer King y Mc Donalds.
- El Mc Donalds de Alto Palermo no. Está el payaso en tamaño natural. Y hay demasiados niños. Que tomaron demasiada Coca Cola. Tirandose pelotas de colores. En los peloteros. Me da escalofríos.
- Bueno, ya sabemos quién de acá no va a ir nunca de corresponsal de guerra. ¿No querés hacer notas de la sección espacios verdes' y jardines?
- No, no tuve mala experiencia. Una vez hice. Acá, cerca, en el Botánico. Inauguraban un invernadero.
- ¿Y? ¿Qué te pasó?
- Me picó una abeja.
jueves, 5 de septiembre de 2019
Placas madre
Anoche ocurrió nuevamente. Un robot asistencial, cuyo trabajo era cuidar a los ancianos moribundos de una residencia para ancianos, fue atacado brutalmente cuando volvía de hacer las compras diarias. Fue atacado con un soplete, con una maza, con un cortafierro, con Coca Cola vertida en su placa madre, con grasa grafitada untada con cuidado sobre su tablero táctil de comandos. Salió en las noticias. La dueña del establecimiento lloraba, mientras decía que era el tercer robot asistencial que era le había sido destruído en el lapso de cinco meses, que para comprarlo había tenido que hipotecar su casa y que ya no sabía que iba a hacer.
Nadie se imaginó que algo así pasaría, salvo George. Yo estuve allí cuando se desarrollaron los códigos para crear los robots asistenciales, robots que aparentemente solucionarían los grandes problemas laborales de los seres humanos. Un robot asistencial podía hacer cualquier tarea desagradable que a los humanos no les agrada hacer, por ejemplo, desastacar cloacas, limpiar baños de bar hediondos, lavar sábanas manchadas de orina, cambiar vías intravenosas y levantar ancianos con la cadera quebrada; gracias al trabajo exhaustivo durante cinco años del nuestra sección habíamos logrado que el código imitara casi perfectamente la inteligencia, la sensibilidad y el comportamiento humano.
- Ahora solo queda- dijo George- que los humanos imiten la inteligencia, la sensibilidad y el comportamiento humano.
- ¿Qué quieres decir?- preguntó Aduki.
- Que no sé si es buena idea que los robots asistenciales sean como los seres humanos.
- No lo serán. Serán como los seres humanos, pero sin sus defectos. Sin sus fallas. Sin sus mezquindades.
- No sé si es buena idea tampoco- fue la respuesta de George- Nadie quiere a los santos.
Al medio año salieron a la venta los robots asistenciales. Venían en diferentes diseños, dos de ellos con ruedas silenciosas, otro con orugas semejante a las de un tanque de guerra y uno bastante más cool que flotaba mediante un sistema de imanes complejos: dos en bordeaux, uno en verde menta, y otro en crema. En un principio no hubo demasiadas ventas; pero un poco de publicidad en las redes y el hecho de que junto con ellos se regalaran dos juegos de acolchado de marca cara contribuyeron a que en poco tiempo tuviéramos lista de espera para los robots asistenciales, preferentemente en color verde menta. Lo que se dice, un batacazo. Incluso mi tío Brenn se compró uno, solo para que le lavara el auto, le cortara el césped, le limpiara la pileta y otras actividades que lo hacían transpirar. Si no eras pobre, tenías que tener un robot asistencial; era una marca de distinción, como las zapatillas y los celulares. La gente sacaba a pasear a los perros ahora, y a su robot asistencial. La primera vez que ví el espectáculo (un labrador lento y viejo y un robot de los bordeaux, pequeño, de los que familiarmente en la empresa llamábamos Beetle) pensé en hablarle a la persona y explicarle que los robots no veían ni sentían ni olían y que para ellos era lo mismo estar afuera, en el parque, bajo la luz del sol y escuchando el aleteo de las palomas que en su caja de origen, en el armario. Me contuve, por suerte, porque seguramente la dueña del labrador y del robot bordeaux me hubiera insultado.
Luego comenzó a pasar. El primero fue un robot que trabajaba para un edificio de lujo, de esos con piscina en la terraza; lo rociaron nafta y lo prendieron fuego, y solo quedó de él unas pocas chapas quemadas. El segundo fue un robot que ayudaba en una guardería para niños, con las tareas de limpieza y con la comida. Con este fueron más imaginativos; abrieron su compartimiento de accesoy le echaron aceite caliente. Su dueño nos lo envió para ver si podíamos repararlo; aún estaba en garantía. No hubo nada que hacer, claro.
De todas maneras, pensamos que eran incidentes aislados.
Pero al mes siguiente fueron seis robots asistenciales. Y al otro mes veinte. Al otro mes cien. Cuando en el mes de octubre se registraron trescientos noventa y cuatro ataques contra robots asistenciales, que habían terminado en la destrucción completa de los mismos, nos dimos cuenta que no era nada aislado. En el mes de noviembre el fenómeno comenzó a mermar, y en diciembre también, y en la empresa respiramos un poco más tranquilos, hasta la semana pasada. Treinta y cinco robots asistenciales fueron aplastados por una aplanadora en un campo de beisbol infantil. La imagen, en todos los noticieros, era impresionante.
Y anoche volvió a ocurrir, con el robot verde menta precioso que cuidaba a ancianos moribundos. Esta mañana Aduki tenía ojeras profundas y nos anunció que se retiraba de la empresa.
- No entiendo en que puede haber fallado. Los robots son casi como los humanos. Y los ayudan. Fueron creados para ayudar. No entiendo porque las personas los destruyen, si fueron creados para ayudarlos.
- Por eso- dijo George. Se acercó a Aduki, y le alcanzó un vaso de agua.- Porque los ayudan. Te dije cuando los estábamos diseñando: nadie quiere a los santos.
Nadie se imaginó que algo así pasaría, salvo George. Yo estuve allí cuando se desarrollaron los códigos para crear los robots asistenciales, robots que aparentemente solucionarían los grandes problemas laborales de los seres humanos. Un robot asistencial podía hacer cualquier tarea desagradable que a los humanos no les agrada hacer, por ejemplo, desastacar cloacas, limpiar baños de bar hediondos, lavar sábanas manchadas de orina, cambiar vías intravenosas y levantar ancianos con la cadera quebrada; gracias al trabajo exhaustivo durante cinco años del nuestra sección habíamos logrado que el código imitara casi perfectamente la inteligencia, la sensibilidad y el comportamiento humano.
- Ahora solo queda- dijo George- que los humanos imiten la inteligencia, la sensibilidad y el comportamiento humano.
- ¿Qué quieres decir?- preguntó Aduki.
- Que no sé si es buena idea que los robots asistenciales sean como los seres humanos.
- No lo serán. Serán como los seres humanos, pero sin sus defectos. Sin sus fallas. Sin sus mezquindades.
- No sé si es buena idea tampoco- fue la respuesta de George- Nadie quiere a los santos.
Al medio año salieron a la venta los robots asistenciales. Venían en diferentes diseños, dos de ellos con ruedas silenciosas, otro con orugas semejante a las de un tanque de guerra y uno bastante más cool que flotaba mediante un sistema de imanes complejos: dos en bordeaux, uno en verde menta, y otro en crema. En un principio no hubo demasiadas ventas; pero un poco de publicidad en las redes y el hecho de que junto con ellos se regalaran dos juegos de acolchado de marca cara contribuyeron a que en poco tiempo tuviéramos lista de espera para los robots asistenciales, preferentemente en color verde menta. Lo que se dice, un batacazo. Incluso mi tío Brenn se compró uno, solo para que le lavara el auto, le cortara el césped, le limpiara la pileta y otras actividades que lo hacían transpirar. Si no eras pobre, tenías que tener un robot asistencial; era una marca de distinción, como las zapatillas y los celulares. La gente sacaba a pasear a los perros ahora, y a su robot asistencial. La primera vez que ví el espectáculo (un labrador lento y viejo y un robot de los bordeaux, pequeño, de los que familiarmente en la empresa llamábamos Beetle) pensé en hablarle a la persona y explicarle que los robots no veían ni sentían ni olían y que para ellos era lo mismo estar afuera, en el parque, bajo la luz del sol y escuchando el aleteo de las palomas que en su caja de origen, en el armario. Me contuve, por suerte, porque seguramente la dueña del labrador y del robot bordeaux me hubiera insultado.
Luego comenzó a pasar. El primero fue un robot que trabajaba para un edificio de lujo, de esos con piscina en la terraza; lo rociaron nafta y lo prendieron fuego, y solo quedó de él unas pocas chapas quemadas. El segundo fue un robot que ayudaba en una guardería para niños, con las tareas de limpieza y con la comida. Con este fueron más imaginativos; abrieron su compartimiento de accesoy le echaron aceite caliente. Su dueño nos lo envió para ver si podíamos repararlo; aún estaba en garantía. No hubo nada que hacer, claro.
De todas maneras, pensamos que eran incidentes aislados.
Pero al mes siguiente fueron seis robots asistenciales. Y al otro mes veinte. Al otro mes cien. Cuando en el mes de octubre se registraron trescientos noventa y cuatro ataques contra robots asistenciales, que habían terminado en la destrucción completa de los mismos, nos dimos cuenta que no era nada aislado. En el mes de noviembre el fenómeno comenzó a mermar, y en diciembre también, y en la empresa respiramos un poco más tranquilos, hasta la semana pasada. Treinta y cinco robots asistenciales fueron aplastados por una aplanadora en un campo de beisbol infantil. La imagen, en todos los noticieros, era impresionante.
Y anoche volvió a ocurrir, con el robot verde menta precioso que cuidaba a ancianos moribundos. Esta mañana Aduki tenía ojeras profundas y nos anunció que se retiraba de la empresa.
- No entiendo en que puede haber fallado. Los robots son casi como los humanos. Y los ayudan. Fueron creados para ayudar. No entiendo porque las personas los destruyen, si fueron creados para ayudarlos.
- Por eso- dijo George. Se acercó a Aduki, y le alcanzó un vaso de agua.- Porque los ayudan. Te dije cuando los estábamos diseñando: nadie quiere a los santos.
miércoles, 4 de septiembre de 2019
El caso Broemmer. 3º parte.
Hoy a la mañana me llamó Gutierrez. Casi no lo atiendo: hacía cinco meses que no nos veíamos, desde su cumpleaños, y calculaba por que me estaba llamando. Me va a meter otra vez en quilombos, pensé. Pero pudo más la curiosidad que el miedo:
- Vení para acá- me dijo.
Habían visto de nuevo a los hermanos Broemmer. En la estación de tren de Retiro. Eran ya casi dos hombres, ahora. Habían asaltado un minimarket, y habían salido corriendo; previsiblemente el dueño, varios transéuntes, y unos cuantos policías los habían corrido entre los puestos que vendían plantas, bolitas de fraile, empanadas turcas, medias y juguitos Cepita. Menos previsiblemente, en algún momento los hermanos Broemmer desaparecieron. Y por más que peinaron toda la estación y sus alrededores no pudieron encontrarlos.
- Es imposible- le dije. - Se deben haber escondido en algún lado.
- Vení y mirá las filmaciones- me dijo Gutierrez.
Fuí, claro. Filmaciones era lo que sobraba. No solo la de las cámaras de seguridad, sino también la de varios celulares de transéuntes. Y Gutierrez tenía razón. Los hermanos Broemmer -a pesar de los cuatro años transcurridos desde la última filmación los dos estábamos seguros de que eran ellos; inclusive, la ropa que usaban era extrañamente parecida a la ropa que usaban cuando eran niños- corrían a velocidad inverosímil, como la mayoría de los arrebatadores y asaltantes, detrás varias personas borrosas, y en un momento dado desaparecían. Estaban y en la filmación de la cámara de seguridad de al lado no estaban.
- Que caso de mierda- fue mi gran aporte después de intoxicarme ocho horas seguidas con filmaciones de la reaparición de los hermanos Broemmer.- Por estos casos uno se retira de la policía con úlcera, enfisema y colesterol.
- Déjate de lagrimear- me la devolvió Gutierrez. - Ya sé que te aburriste de ver a los dos niñitos perdidos más famosos de Buenos Aires ahora reconvertidos en delincuentes comunes y silvestres. Pero vamos a ver una vez más...
- Una vez más y vomito.
- Una más y no jodemos más.
Pulsó el signo de rewind y luego el play. Y de repente (cuando en la filmación los hermanos Broemmer ya habían desaparecido) Gutierrez saltó de la silla y me gritó:
- ¿La viste?
- Nada... ¿Qué tenía que ver?
- La chica Shunko. Pasa rápido. Mirando el celular, como distraída. Sintaí Shunko.
- Pero ¿no se había escapado de donde estaba?
- Sí, creo que sí. Nadie la buscó mucho. Ahora ya es mayor de edad, debe tener más de dieciocho.
- Demasiada casualidad.
Nos quedamos los dos callados cinco segundos.
- Casualidad o no- dije yo- da lo mismo. Si la chica Shunko sabe algo sobre los Broemmer ahora ya no nos sirve , porque también le perdimos el rastro a ella. ¿A quién vamos a preguntarle?
- A la tía.- me cortó Gutierrez.- Está en la casa, esperando que salga el fallo en primera instancia. La largaron a los tres meses.
La tía de Sintaí vivía en una casa de frente verde, muy vieja; cuando nos vió, cuando Gutierrez le dijo quién era y a quién venía, Teresa Shunko resopló. Nos hizo pasar a una cocina sin ventanas, que olía a repollo y a oveja, donde cinco plantas suculentas sobrevivían a duras penas, las puntas amarilleadas.Nos ofreció mate cocido con Criollitas y empezó a hablar.
- Sabía que algún día me iba a pregunta po la Sintaí. Tendríamo que haberla dejado en Uruguay. Yo le dije a lo chico. Le dije a lo hijo, a lo mio y a lo de Néne. Pero era una nena y le daba lástima. Una nena... Apena caímo todo en cana desapareció sin deja rastro, ni no vino a visita y ahora vienen a pregunta por ella.
- Encontramos recortes del caso Broemmer en una carpeta de ella cuando ustedes cayeron, el año pasado- le dijo Gutierrez- y le preguntamos, pero no tuvimos mucho éxito. Ahora los hermanos Broemmer vuelven a aparecer, asaltando, y ella aparece ahí cerca, en una filmación. No le podemos preguntar porque no sabemos donde está. Así que se nos ocurrió preguntarle a usted.
Teresa nos miró.
- La culpa e nuestra. Cuando ella miraba tanto a lo Broemmer, a lo chico. Y depué, todo lleno de sangre. Y las dos lagartija que se escaparon.
- ¿Me está diciendo- pregunté yo, bastante incrédulo- que Sintaí, que era una nena cuando pasó lo de los Broemmer, fue la que mató a los padres e hizo desaparecer a los hijos? Eso no puede ser.
- Apena se le rasca el cuero, sale el animal bestia, nos dijo la madre cuando Sintaí tenía do año. Pero su madre despué se desapareció. Cuando tuvo a la otra nena, nada que ver, diferente padre, una preciosura. Pero Sintaí estaba celosa. Y al poco tiempo Sintaí apareció con la lagartijita, y me decía, tía, tía, es mamá, no ve. Cosa de chico, dijo mi hijo meno, su mamá se escapó atrá de algún macho seguro. Le compramo una pecera a la lagartija igual. Se murió a la cinco semana y Sintaí lloraba, mamá murió, mamá murió. Y entonce creo que ella vió a lo Broemmer, a lo chico. Lo miraba mucho. Siempre fue rara la Sintaí y yo me acuerdo que esa madrugada no estaba en la pieza y que fuí a buscarla y que estaba en la esquina de casa. Tenía mancha de sangre abajo de la uña. Van a venir pronto, me dijo. Hoy no voy a la escuela. Esto no se me van a mori como mamá. Y se sentó en el comedo, con la taza de leche chocolatada adelante y emperrada en no ir a la escuela, y yo pensando que dificil cria una criatura sin la madre y entonces veo que entran la dos lagartijita, con la patita oscura. Sintaí las llamó. Jeremías, Nicolás, dijo. Levantó la tapa de la pecera y la dos lagartijita entraron. Mosca, le daba de comer y mariposa. Ella la cazaba.
Nos miramos con Gutierrez. La vieja se había vuelto loca. Aunque yo me acordaba de Sintaí y de su pecera, y del desprecio con el que me había dicho son reptiles cuando yo había asumido que ahí había hamsters. Le agradecimos las Criollitas y el mate cocido y nos despedimos de ella.
- Acuerndese lo que dijo la madre- nos recordó en la entrada de la casa- Apena se le rasca el cuero, a Sintaí le sale el animal bestia. Yo que ustede me olvido del caso Broemmer.
Caminamos cinco cuadras en silencio con Gutierrez.
- Se oye cada bolazo- me dijo. - Disculpá que te molesté por semejante pelotudez.
- No me molesta. Si, la vieja está re loca. Apenas se le rasca el cuero...
- Si- dijo Gutierrez- Que frase para una leyenda urbana.
- Vení para acá- me dijo.
Habían visto de nuevo a los hermanos Broemmer. En la estación de tren de Retiro. Eran ya casi dos hombres, ahora. Habían asaltado un minimarket, y habían salido corriendo; previsiblemente el dueño, varios transéuntes, y unos cuantos policías los habían corrido entre los puestos que vendían plantas, bolitas de fraile, empanadas turcas, medias y juguitos Cepita. Menos previsiblemente, en algún momento los hermanos Broemmer desaparecieron. Y por más que peinaron toda la estación y sus alrededores no pudieron encontrarlos.
- Es imposible- le dije. - Se deben haber escondido en algún lado.
- Vení y mirá las filmaciones- me dijo Gutierrez.
Fuí, claro. Filmaciones era lo que sobraba. No solo la de las cámaras de seguridad, sino también la de varios celulares de transéuntes. Y Gutierrez tenía razón. Los hermanos Broemmer -a pesar de los cuatro años transcurridos desde la última filmación los dos estábamos seguros de que eran ellos; inclusive, la ropa que usaban era extrañamente parecida a la ropa que usaban cuando eran niños- corrían a velocidad inverosímil, como la mayoría de los arrebatadores y asaltantes, detrás varias personas borrosas, y en un momento dado desaparecían. Estaban y en la filmación de la cámara de seguridad de al lado no estaban.
- Que caso de mierda- fue mi gran aporte después de intoxicarme ocho horas seguidas con filmaciones de la reaparición de los hermanos Broemmer.- Por estos casos uno se retira de la policía con úlcera, enfisema y colesterol.
- Déjate de lagrimear- me la devolvió Gutierrez. - Ya sé que te aburriste de ver a los dos niñitos perdidos más famosos de Buenos Aires ahora reconvertidos en delincuentes comunes y silvestres. Pero vamos a ver una vez más...
- Una vez más y vomito.
- Una más y no jodemos más.
Pulsó el signo de rewind y luego el play. Y de repente (cuando en la filmación los hermanos Broemmer ya habían desaparecido) Gutierrez saltó de la silla y me gritó:
- ¿La viste?
- Nada... ¿Qué tenía que ver?
- La chica Shunko. Pasa rápido. Mirando el celular, como distraída. Sintaí Shunko.
- Pero ¿no se había escapado de donde estaba?
- Sí, creo que sí. Nadie la buscó mucho. Ahora ya es mayor de edad, debe tener más de dieciocho.
- Demasiada casualidad.
Nos quedamos los dos callados cinco segundos.
- Casualidad o no- dije yo- da lo mismo. Si la chica Shunko sabe algo sobre los Broemmer ahora ya no nos sirve , porque también le perdimos el rastro a ella. ¿A quién vamos a preguntarle?
- A la tía.- me cortó Gutierrez.- Está en la casa, esperando que salga el fallo en primera instancia. La largaron a los tres meses.
La tía de Sintaí vivía en una casa de frente verde, muy vieja; cuando nos vió, cuando Gutierrez le dijo quién era y a quién venía, Teresa Shunko resopló. Nos hizo pasar a una cocina sin ventanas, que olía a repollo y a oveja, donde cinco plantas suculentas sobrevivían a duras penas, las puntas amarilleadas.Nos ofreció mate cocido con Criollitas y empezó a hablar.
- Sabía que algún día me iba a pregunta po la Sintaí. Tendríamo que haberla dejado en Uruguay. Yo le dije a lo chico. Le dije a lo hijo, a lo mio y a lo de Néne. Pero era una nena y le daba lástima. Una nena... Apena caímo todo en cana desapareció sin deja rastro, ni no vino a visita y ahora vienen a pregunta por ella.
- Encontramos recortes del caso Broemmer en una carpeta de ella cuando ustedes cayeron, el año pasado- le dijo Gutierrez- y le preguntamos, pero no tuvimos mucho éxito. Ahora los hermanos Broemmer vuelven a aparecer, asaltando, y ella aparece ahí cerca, en una filmación. No le podemos preguntar porque no sabemos donde está. Así que se nos ocurrió preguntarle a usted.
Teresa nos miró.
- La culpa e nuestra. Cuando ella miraba tanto a lo Broemmer, a lo chico. Y depué, todo lleno de sangre. Y las dos lagartija que se escaparon.
- ¿Me está diciendo- pregunté yo, bastante incrédulo- que Sintaí, que era una nena cuando pasó lo de los Broemmer, fue la que mató a los padres e hizo desaparecer a los hijos? Eso no puede ser.
- Apena se le rasca el cuero, sale el animal bestia, nos dijo la madre cuando Sintaí tenía do año. Pero su madre despué se desapareció. Cuando tuvo a la otra nena, nada que ver, diferente padre, una preciosura. Pero Sintaí estaba celosa. Y al poco tiempo Sintaí apareció con la lagartijita, y me decía, tía, tía, es mamá, no ve. Cosa de chico, dijo mi hijo meno, su mamá se escapó atrá de algún macho seguro. Le compramo una pecera a la lagartija igual. Se murió a la cinco semana y Sintaí lloraba, mamá murió, mamá murió. Y entonce creo que ella vió a lo Broemmer, a lo chico. Lo miraba mucho. Siempre fue rara la Sintaí y yo me acuerdo que esa madrugada no estaba en la pieza y que fuí a buscarla y que estaba en la esquina de casa. Tenía mancha de sangre abajo de la uña. Van a venir pronto, me dijo. Hoy no voy a la escuela. Esto no se me van a mori como mamá. Y se sentó en el comedo, con la taza de leche chocolatada adelante y emperrada en no ir a la escuela, y yo pensando que dificil cria una criatura sin la madre y entonces veo que entran la dos lagartijita, con la patita oscura. Sintaí las llamó. Jeremías, Nicolás, dijo. Levantó la tapa de la pecera y la dos lagartijita entraron. Mosca, le daba de comer y mariposa. Ella la cazaba.
Nos miramos con Gutierrez. La vieja se había vuelto loca. Aunque yo me acordaba de Sintaí y de su pecera, y del desprecio con el que me había dicho son reptiles cuando yo había asumido que ahí había hamsters. Le agradecimos las Criollitas y el mate cocido y nos despedimos de ella.
- Acuerndese lo que dijo la madre- nos recordó en la entrada de la casa- Apena se le rasca el cuero, a Sintaí le sale el animal bestia. Yo que ustede me olvido del caso Broemmer.
Caminamos cinco cuadras en silencio con Gutierrez.
- Se oye cada bolazo- me dijo. - Disculpá que te molesté por semejante pelotudez.
- No me molesta. Si, la vieja está re loca. Apenas se le rasca el cuero...
- Si- dijo Gutierrez- Que frase para una leyenda urbana.
viernes, 30 de agosto de 2019
Reperfilando
- ¿Vos entendés?
- No. Soy economista, pero no entiendo...
- ¿Qué quiere decir reperfilar una deuda?
- No sé... ¿Hacerle un lifting?
- Entiendo... Voy a hablar con el CEO de Visa, entonces, y voy a reperfilar mi deuda con la tarjeta de crédito.
- Intentá, pero no creo que te haga caso.
- La culpa de todo parece que la tiene Fernández.
- ¿El de Sueldos o la de Marketing?
- Nooo. Alberto. Y Cristina, también. Y también Aníbal.
- Pero ¿que hizo Alberto?
- No sé... Pero en todos los diarios importantes dicen que la culpa de todo el desastre económico es que Alberto Fernández habló.
- Pará, pará que me perdí. ¿Y Mauri? ¿Y Mariú? ¿Y Marcos? ¿Y Nicolás?
- Decime los apellidos. Porque si no parece que me estuvieras nombrando la lista de invitados a un cumpleaños.
- Ufa, ya estaba acostumbrado a llamarlos así. No me vas a decir que no queda cool. Es como si fueran nuestros amigos, casi. Bueno. Reperfilo las preguntas: ¿Y Macri? ¿Y Vidal? ¿Y Peña? ¿Y Dujovne?
- Bueno, Dujovne renunció. Se fue re chocho, eso sí. Dejó una cartita de despedida. Y Macri, y Vidal y Peña (y también Carrió y Pichetto) ya dejaron en claro que ellos no tienen la culpa de nada. La culpa de todo lo malo que pasó en la Argentina desde el 2003 hasta agosto de este años la tienen el kirchnerismo y La Cámpora. Y la culpa de todo lo malo que pasa en la Argentina desde agosto de este año la tiene Alberto Fernández. Porque le fue bien en las primarias.
- Pero en las primarias ni siquiera se elije presidente.
- Tiene la culpa igual.
- Perdoname, pero es como si Rosario Central le echara la culpa a todos los otros equipos de Primera A de que hace más de treinta años que no gana el campeonato.
- Pero ¿estás desinformado? ¿No leíste los diarios? Alberto Fernández tuvo muchos votos y el dolar subió. Alberto Fernández habló sobre la economía argentina y las acciones argentinas cayeron en Wall Street. Alberto Fernández opinó sobre el FMI y ahora estamos en default selectivo, que es casi casi como un default común, pero no me vas a decir que default selectivo no suena más chévere.
- Pero ¿y el presidente?
- ¿Mauri?
- Macri, sí. ¿Está haciendo algo para mejorar la situación económica? Porque hasta el diez de diciembre el presidente es él. Y es candidato a la reeleción. Todavía. Si lo reeligen ¿que va a hacer?
- No, bueno, está medio enojado, dice que las primarias no sirven para nada, y que Lilita le dijo que los milagros del Señor ocurren en octubre y que tiene confianza en el republicanismo argentino y que Dios y la Patria no van a permitir que los peronistas vuelvan al gobierno.
- Pero ¿y si lo reeligen?
- Ah, no se sabe. Mucho no se sabe.
- Lo importante ¿ellos lo saben?
- No, ellos sí, seguro... Van a reperfilar toda la Argentina. Es más, esa va a ser su consigna de campaña. Reperfilaremos la Argentina. ¿No me vas a decir que no suena bárbaro?
- No. Soy economista, pero no entiendo...
- ¿Qué quiere decir reperfilar una deuda?
- No sé... ¿Hacerle un lifting?
- Entiendo... Voy a hablar con el CEO de Visa, entonces, y voy a reperfilar mi deuda con la tarjeta de crédito.
- Intentá, pero no creo que te haga caso.
- La culpa de todo parece que la tiene Fernández.
- ¿El de Sueldos o la de Marketing?
- Nooo. Alberto. Y Cristina, también. Y también Aníbal.
- Pero ¿que hizo Alberto?
- No sé... Pero en todos los diarios importantes dicen que la culpa de todo el desastre económico es que Alberto Fernández habló.
- Pará, pará que me perdí. ¿Y Mauri? ¿Y Mariú? ¿Y Marcos? ¿Y Nicolás?
- Decime los apellidos. Porque si no parece que me estuvieras nombrando la lista de invitados a un cumpleaños.
- Ufa, ya estaba acostumbrado a llamarlos así. No me vas a decir que no queda cool. Es como si fueran nuestros amigos, casi. Bueno. Reperfilo las preguntas: ¿Y Macri? ¿Y Vidal? ¿Y Peña? ¿Y Dujovne?
- Bueno, Dujovne renunció. Se fue re chocho, eso sí. Dejó una cartita de despedida. Y Macri, y Vidal y Peña (y también Carrió y Pichetto) ya dejaron en claro que ellos no tienen la culpa de nada. La culpa de todo lo malo que pasó en la Argentina desde el 2003 hasta agosto de este años la tienen el kirchnerismo y La Cámpora. Y la culpa de todo lo malo que pasa en la Argentina desde agosto de este año la tiene Alberto Fernández. Porque le fue bien en las primarias.
- Pero en las primarias ni siquiera se elije presidente.
- Tiene la culpa igual.
- Perdoname, pero es como si Rosario Central le echara la culpa a todos los otros equipos de Primera A de que hace más de treinta años que no gana el campeonato.
- Pero ¿estás desinformado? ¿No leíste los diarios? Alberto Fernández tuvo muchos votos y el dolar subió. Alberto Fernández habló sobre la economía argentina y las acciones argentinas cayeron en Wall Street. Alberto Fernández opinó sobre el FMI y ahora estamos en default selectivo, que es casi casi como un default común, pero no me vas a decir que default selectivo no suena más chévere.
- Pero ¿y el presidente?
- ¿Mauri?
- Macri, sí. ¿Está haciendo algo para mejorar la situación económica? Porque hasta el diez de diciembre el presidente es él. Y es candidato a la reeleción. Todavía. Si lo reeligen ¿que va a hacer?
- No, bueno, está medio enojado, dice que las primarias no sirven para nada, y que Lilita le dijo que los milagros del Señor ocurren en octubre y que tiene confianza en el republicanismo argentino y que Dios y la Patria no van a permitir que los peronistas vuelvan al gobierno.
- Pero ¿y si lo reeligen?
- Ah, no se sabe. Mucho no se sabe.
- Lo importante ¿ellos lo saben?
- No, ellos sí, seguro... Van a reperfilar toda la Argentina. Es más, esa va a ser su consigna de campaña. Reperfilaremos la Argentina. ¿No me vas a decir que no suena bárbaro?
martes, 27 de agosto de 2019
Una película de terror
- Viniste con unas ojeras bárbaras.
- Si, es que... No me podía dormir y se me dió por ver una película de terror. De esas con un niño fantasma.
- La peor clase de película de terror.
- Ni me lo digas. No me extraña que tantas personas decidan no tener hijos. Imagináte, además de los pañales, la adaptación al jardín de infantes y ver Dora la Exploradora y Dragon Ball todo el día, que ya es bastante razón para no tener un hijo, encima uno ve esas películas donde el niño es una entidad del mal. Aparte, mucho no entiendo, porque ¿cuál es la idea? Alien, bueno, el monstruo es grandote y feo y encima incuba en tu interior. Depredador, bueno, el monstruo es grandote y feo y se mueve rápido. Freddie Kruegger, bueno, es grandote, feo, usa camisas rayadas y tiene dedos de cuchillos. Pero ¿un niño? ¿Por qué alguien le tendría miedo a un niño? Son chiquitos. No son demasiado inteligentes. No corren demasiado rápido. Es como tenerle miedo a una monja.
- Hay películas sobre eso.
- O a una muñeca.
- También hay películas sobre eso.
- O a un payaso.
- ¿Viste películas de terror últimamente?
-. Encima todo transcurría en una casa medio derruída. Pero la familia aparentemente tenía dinero. ¿Quién se va a vivir a una casa medio destruída, con insectos, manchas de humedad y goteras, si tiene dinero? ¿No pueden derribar la puta casa y hacer una en la cual los cuadros no se caigan?
- Se ve que la peli te pegó mal.
- Ey, un poco. Es que... Al final de todo, de todos los personajes, en la peli solo sobrevive una pareja amiga de la familia. Se los ve contentos, a punto de irse del pueblo, seguros de que todo lo malo ya ha pasado. Ya estan a punto de salir del pueblo cuando pasan adelante de la casa y ven en la ruta una sombra blanca.
- ¿Y?
- Y podés creer que los dos idiotas en lugar de meterle pie al acelerador, frenan el auto y se meten en la casa. ¿Qué clase de persona hace eso? No es como que te invitaron a una cena ahí. Hubo muertos. Hay un niño fantasma. Acaban de ver una sombra blanca.¿A que vuelven?
- ¿No sé? ¿Se habrán olvidado algo?
- ¿Qué cosa tan importante te podés olvidar para volver a una casa donde murieron un montón de personas? ¿El DNI? ¿El celular?
- Bueno, cálmate, los fantasmas no existen. Aunque dicen que en este edificio a veces el ascensor va al quinto piso solo. Sin que nadie lo llame. Pero no te preocupes, eso solo las noches de luna llena.
- Si, es que... No me podía dormir y se me dió por ver una película de terror. De esas con un niño fantasma.
- La peor clase de película de terror.
- Ni me lo digas. No me extraña que tantas personas decidan no tener hijos. Imagináte, además de los pañales, la adaptación al jardín de infantes y ver Dora la Exploradora y Dragon Ball todo el día, que ya es bastante razón para no tener un hijo, encima uno ve esas películas donde el niño es una entidad del mal. Aparte, mucho no entiendo, porque ¿cuál es la idea? Alien, bueno, el monstruo es grandote y feo y encima incuba en tu interior. Depredador, bueno, el monstruo es grandote y feo y se mueve rápido. Freddie Kruegger, bueno, es grandote, feo, usa camisas rayadas y tiene dedos de cuchillos. Pero ¿un niño? ¿Por qué alguien le tendría miedo a un niño? Son chiquitos. No son demasiado inteligentes. No corren demasiado rápido. Es como tenerle miedo a una monja.
- Hay películas sobre eso.
- O a una muñeca.
- También hay películas sobre eso.
- O a un payaso.
- ¿Viste películas de terror últimamente?
-. Encima todo transcurría en una casa medio derruída. Pero la familia aparentemente tenía dinero. ¿Quién se va a vivir a una casa medio destruída, con insectos, manchas de humedad y goteras, si tiene dinero? ¿No pueden derribar la puta casa y hacer una en la cual los cuadros no se caigan?
- Se ve que la peli te pegó mal.
- Ey, un poco. Es que... Al final de todo, de todos los personajes, en la peli solo sobrevive una pareja amiga de la familia. Se los ve contentos, a punto de irse del pueblo, seguros de que todo lo malo ya ha pasado. Ya estan a punto de salir del pueblo cuando pasan adelante de la casa y ven en la ruta una sombra blanca.
- ¿Y?
- Y podés creer que los dos idiotas en lugar de meterle pie al acelerador, frenan el auto y se meten en la casa. ¿Qué clase de persona hace eso? No es como que te invitaron a una cena ahí. Hubo muertos. Hay un niño fantasma. Acaban de ver una sombra blanca.¿A que vuelven?
- ¿No sé? ¿Se habrán olvidado algo?
- ¿Qué cosa tan importante te podés olvidar para volver a una casa donde murieron un montón de personas? ¿El DNI? ¿El celular?
- Bueno, cálmate, los fantasmas no existen. Aunque dicen que en este edificio a veces el ascensor va al quinto piso solo. Sin que nadie lo llame. Pero no te preocupes, eso solo las noches de luna llena.
martes, 20 de agosto de 2019
Todos esquiando.
- ¿No era lo mejor que teníamos? ¿ Elisa Carrió?
- Hace buenos chistes.
- Ni Malena Pichot se animaría a hacer un chiste sobre el asesinato del Gringo Soria.
- Se río todo el mundo.
- Dijo que no ganamos porque el verano en Europa es diviiino. Y que nuestros votantes están ahora allá, esquiando.
- Tiene razón. Mi prima Mirta está en Europa, esquiando en los Alpes Suizos.
- Ah... Y cuando vuelva ¿va a votar a Macri?
- No, vive allá desde el noventa y cuatro. Para ella el presidente sigue siendo Carlos Saúl.
- Pero, Lilita dijo que los nuestros están allá.
- Pero hace dos años atrás los nuestros no estaban allá. Estaban acá. ¿Qué hacen todos los nuestros allá? ¿Por qué no vinieron a votar?
- Viste como es Europa, hay que conocer los museos, los palacios, Versalles, la puerta de Alcalá, la torre de Pisa. Eso lleva tiempo.
- Bueno pero ¿para octubre vuelven? Y, lo más importante ¿nos votan?
- Por supuesto. Lo dijo Lilita. Ella tiene contacto directo con el de arriba.
- ¿Macri?
- Más arriba.
- ¿El embajador de EE.UU?
- Más arriba.
- ¿Donald Trump?
- Más arriba.
- ¿Steve Jobs?
- Steve Jobs está muerto. Además, no seas hereje. Lilita tiene contacto directo con Dios.
- A la puta, che. Entonces, entiendo, no votar a Cambiemos es casi una herejía.
- Una herejía, claro.
- Che, ¿podremos amenazarlos a los que no votaron a Cambiemos con la excomunión?
- Claro, claro, podríamos hablar con Francisco.
- Francisco me parece que es peronista.
- Que macana, che. Vamos a tener que amenazarlos con el riesgo país, nomás.
- Si, claro, tarde piaste.
- Hace buenos chistes.
- Ni Malena Pichot se animaría a hacer un chiste sobre el asesinato del Gringo Soria.
- Se río todo el mundo.
- Dijo que no ganamos porque el verano en Europa es diviiino. Y que nuestros votantes están ahora allá, esquiando.
- Tiene razón. Mi prima Mirta está en Europa, esquiando en los Alpes Suizos.
- Ah... Y cuando vuelva ¿va a votar a Macri?
- No, vive allá desde el noventa y cuatro. Para ella el presidente sigue siendo Carlos Saúl.
- Pero, Lilita dijo que los nuestros están allá.
- Pero hace dos años atrás los nuestros no estaban allá. Estaban acá. ¿Qué hacen todos los nuestros allá? ¿Por qué no vinieron a votar?
- Viste como es Europa, hay que conocer los museos, los palacios, Versalles, la puerta de Alcalá, la torre de Pisa. Eso lleva tiempo.
- Bueno pero ¿para octubre vuelven? Y, lo más importante ¿nos votan?
- Por supuesto. Lo dijo Lilita. Ella tiene contacto directo con el de arriba.
- ¿Macri?
- Más arriba.
- ¿El embajador de EE.UU?
- Más arriba.
- ¿Donald Trump?
- Más arriba.
- ¿Steve Jobs?
- Steve Jobs está muerto. Además, no seas hereje. Lilita tiene contacto directo con Dios.
- A la puta, che. Entonces, entiendo, no votar a Cambiemos es casi una herejía.
- Una herejía, claro.
- Che, ¿podremos amenazarlos a los que no votaron a Cambiemos con la excomunión?
- Claro, claro, podríamos hablar con Francisco.
- Francisco me parece que es peronista.
- Que macana, che. Vamos a tener que amenazarlos con el riesgo país, nomás.
- Si, claro, tarde piaste.
El caso Broemmer. 2º parte
Hace un año atrás Gutierrez me llamó. Habían desbaratado una banda de desarmadores de autos, compuesta por madres, padres, hijos, tíos, sobrinos, concuñados y consuegros. El nombre quizá les suene conocido: los Shunko, así los llamó la prensa. Ahora casi todos están en la cárcel, pero no era por eso que me había llamado Gutierrez. Gutierrez me había llamado por Sintaí.
Sintaí era la hija menor de uno de los desarmadores de autos. Al momento de la caída, tenía diecisiete años. Mala edad para cualquier mujer. Sintaí era casi de piel muy blanca y de ojos muy oscuros. Sintaí tenía un mechón violeta y otro azul. Sintaí iría, indefectiblemente, a una casa de tránsito hasta que cumpliera los dieciocho, cuando estaría por su cuenta el resto de su vida, quizás esperando que el resto de su familia saliera de la cárcel. Sintaí despertó la curiosidad de Gutierrez porque en el allanamiento habían encontrado recortes de diarios acerca del caso Broemmer. Según había podido comprobar Gutierrez, los Shunko, Sintaí incluída, habían vivido a dos cuadras de los Broemmer cuando habían ocurrido los hecho.
Fue por eso que Gutierrez me llamó, aunque yo ya estaba retirado.
Cuando llegué a la comisaría, Gutierrez me dijo que teníamos que ser rápidos en nuestro interrogatorio. En media hora llegaría la asistente social y Sintaí quedaría lejos de nuestro alcance.
- Pero ¿la chica dijo algo?
- Nada, hasta ahora.
- ¿Le preguntaste acerca del caso Broemmer?
- Sí, dijo que los conocía a Jeremías y a Nico, de vista, pero que luego no los había visto más.
Entramos a la oficina donde estaba Sintaí, sentadita, al lado de una pecera gigantesca con aserrín y piedras y ramas.
- Hola- le dije- Veo que trajiste a tus hamsters.
Sintaí me miró con desprecio.
- No son hamsters. Son reptiles.
- Veo- dije- ¿Están escondidos?
- Hibernando- contestó ella.
- Veo. Vengo porque, no sé si sabés, nos resultó raro encontrar tantos recortes en tu casa acerca de los Broemmer. Y me cuenta el comisario Gutierrez que conocías a los chicos. Los chicos desaparecidos. Jeremías y Nicolás.
- Sí, algo.
- Y, tu familia, ¿sabés por qué estan presos?
Sintaí volvió a mirarme con desprecio.
- Claro.
- ¿Y sabés porqué tenían tantos recortes del caso Broemmer?
Sintaí se encogió de hombros, con indiferencia.
- A tía Marta le gustaban las noticias policiales.
- Veo.- dije. La chica era una puta pared. - Pero ¿segura que tu familia no tuvo nada que ver con el caso Broemmer?
- Creo que no. Ya están presos. ¿Por qué no les preguntan a ellos? ¿A tía Marta, a Joaquín o a mi primo?
- Ya les vamos a preguntar- la verdad era que preguntarles era inútil. Por empezar, los recortes habían sido encontrados en una carpeta de dibujo, cubierta con stickers steampunks y con una etiqueta que decía Sintaí Shunko. Segundo, todos los detenidos se habían negado a hablar con nosotros. Sabían que estaban tapados de mierda hasta el cuello y que su única posibilidad de salir en pocos años era lograr que no se los asociara con ningún hecho violento. El caso Broemmer -la muerte de dos adultos, la desaparición de dos niños- había sido uno de los casos más violentos de los últimos veinte años.
Gutierrez me llamó aparte, y me dijo en voz baja, pero no en voz tan baja como para que Sintaí no lo oyera.
- Podríamos arrestarla. Estuve hablando con el juez, se la puede acusar de asociación ilícita como al resto de su familia.
Sintaí ni siquiera nos miró. Ni siquiera parpadeó. Miraba fijamente la pecera.
- No va a arrestar a nadie- dijo una voz sedosa que tanto Gutierrez como yo conocíamos bien. Era Murcia, el fiscal que se ocupaba de la causa.- ¿Que mierda están haciendo? ¿Quieren que nos impugnen toda la causa? Un año y medio entero de cruces telefónicos, de vigilancia y ¿a ustedes se les ocurre apretar a una casi menor?
Juro que no lo habíamos visto.
- Tenemos un montón de evidencia contra los Shunko. Contra todos ellos, menos contra esta chica y su hermana menor. ¿Qué mierda hacen? ¿Se dan cuenta que la chica los puede acusar de cualquier cosa? Encima, vos- me dijo- estás retirado. ¿Que hacés acá en lugar de estar tomando mate en tu casa?
- Encontramos recortes de diarios sobre el caso Broemmer en una carpeta de dibujo de Sintaí Shunko.- dijo Gutierrez. Pero parecía nervioso.
- Dejense de joder. Recortes de diario. Cualquiera puede tener recortes de diario.
- Ella conocía a Nicolás y a Jeremías Broemmer.
- Con más razón iba a tener recortes de diario. Ya mismo estoy llamando a la asistente social para que se la lleve. Y más vale que la chica no cuente nada de lo que pasó acá. Vos andate ya- me dijo- dejate de joder que si a los chicos Broemmer no los encontraron hasta ahora, no creo que esta rara los ayude en algo.
Tuve que irme. Un poco de razón tenía Murcia; los recortes no eran prueba de nada. Una adolescente impactada por un caso policial raro; ¿cuántas chicas así habría en el mundo? Miles. En todo caso, mientras la habíamos interrogado Sintaí no había parecido nerviosa ni preocupada, sino más bien indiferente.
Sintaí Shunko fue, como era previsible, a una casa de tránsito. A los cuatro meses se fugó, llevándose (cosa increíble) la pecera con los reptiles que yo nunca había llegado a ver.
Sintaí era la hija menor de uno de los desarmadores de autos. Al momento de la caída, tenía diecisiete años. Mala edad para cualquier mujer. Sintaí era casi de piel muy blanca y de ojos muy oscuros. Sintaí tenía un mechón violeta y otro azul. Sintaí iría, indefectiblemente, a una casa de tránsito hasta que cumpliera los dieciocho, cuando estaría por su cuenta el resto de su vida, quizás esperando que el resto de su familia saliera de la cárcel. Sintaí despertó la curiosidad de Gutierrez porque en el allanamiento habían encontrado recortes de diarios acerca del caso Broemmer. Según había podido comprobar Gutierrez, los Shunko, Sintaí incluída, habían vivido a dos cuadras de los Broemmer cuando habían ocurrido los hecho.
Fue por eso que Gutierrez me llamó, aunque yo ya estaba retirado.
Cuando llegué a la comisaría, Gutierrez me dijo que teníamos que ser rápidos en nuestro interrogatorio. En media hora llegaría la asistente social y Sintaí quedaría lejos de nuestro alcance.
- Pero ¿la chica dijo algo?
- Nada, hasta ahora.
- ¿Le preguntaste acerca del caso Broemmer?
- Sí, dijo que los conocía a Jeremías y a Nico, de vista, pero que luego no los había visto más.
Entramos a la oficina donde estaba Sintaí, sentadita, al lado de una pecera gigantesca con aserrín y piedras y ramas.
- Hola- le dije- Veo que trajiste a tus hamsters.
Sintaí me miró con desprecio.
- No son hamsters. Son reptiles.
- Veo- dije- ¿Están escondidos?
- Hibernando- contestó ella.
- Veo. Vengo porque, no sé si sabés, nos resultó raro encontrar tantos recortes en tu casa acerca de los Broemmer. Y me cuenta el comisario Gutierrez que conocías a los chicos. Los chicos desaparecidos. Jeremías y Nicolás.
- Sí, algo.
- Y, tu familia, ¿sabés por qué estan presos?
Sintaí volvió a mirarme con desprecio.
- Claro.
- ¿Y sabés porqué tenían tantos recortes del caso Broemmer?
Sintaí se encogió de hombros, con indiferencia.
- A tía Marta le gustaban las noticias policiales.
- Veo.- dije. La chica era una puta pared. - Pero ¿segura que tu familia no tuvo nada que ver con el caso Broemmer?
- Creo que no. Ya están presos. ¿Por qué no les preguntan a ellos? ¿A tía Marta, a Joaquín o a mi primo?
- Ya les vamos a preguntar- la verdad era que preguntarles era inútil. Por empezar, los recortes habían sido encontrados en una carpeta de dibujo, cubierta con stickers steampunks y con una etiqueta que decía Sintaí Shunko. Segundo, todos los detenidos se habían negado a hablar con nosotros. Sabían que estaban tapados de mierda hasta el cuello y que su única posibilidad de salir en pocos años era lograr que no se los asociara con ningún hecho violento. El caso Broemmer -la muerte de dos adultos, la desaparición de dos niños- había sido uno de los casos más violentos de los últimos veinte años.
Gutierrez me llamó aparte, y me dijo en voz baja, pero no en voz tan baja como para que Sintaí no lo oyera.
- Podríamos arrestarla. Estuve hablando con el juez, se la puede acusar de asociación ilícita como al resto de su familia.
Sintaí ni siquiera nos miró. Ni siquiera parpadeó. Miraba fijamente la pecera.
- No va a arrestar a nadie- dijo una voz sedosa que tanto Gutierrez como yo conocíamos bien. Era Murcia, el fiscal que se ocupaba de la causa.- ¿Que mierda están haciendo? ¿Quieren que nos impugnen toda la causa? Un año y medio entero de cruces telefónicos, de vigilancia y ¿a ustedes se les ocurre apretar a una casi menor?
Juro que no lo habíamos visto.
- Tenemos un montón de evidencia contra los Shunko. Contra todos ellos, menos contra esta chica y su hermana menor. ¿Qué mierda hacen? ¿Se dan cuenta que la chica los puede acusar de cualquier cosa? Encima, vos- me dijo- estás retirado. ¿Que hacés acá en lugar de estar tomando mate en tu casa?
- Encontramos recortes de diarios sobre el caso Broemmer en una carpeta de dibujo de Sintaí Shunko.- dijo Gutierrez. Pero parecía nervioso.
- Dejense de joder. Recortes de diario. Cualquiera puede tener recortes de diario.
- Ella conocía a Nicolás y a Jeremías Broemmer.
- Con más razón iba a tener recortes de diario. Ya mismo estoy llamando a la asistente social para que se la lleve. Y más vale que la chica no cuente nada de lo que pasó acá. Vos andate ya- me dijo- dejate de joder que si a los chicos Broemmer no los encontraron hasta ahora, no creo que esta rara los ayude en algo.
Tuve que irme. Un poco de razón tenía Murcia; los recortes no eran prueba de nada. Una adolescente impactada por un caso policial raro; ¿cuántas chicas así habría en el mundo? Miles. En todo caso, mientras la habíamos interrogado Sintaí no había parecido nerviosa ni preocupada, sino más bien indiferente.
Sintaí Shunko fue, como era previsible, a una casa de tránsito. A los cuatro meses se fugó, llevándose (cosa increíble) la pecera con los reptiles que yo nunca había llegado a ver.
viernes, 16 de agosto de 2019
El caso Broemmer 1º parte.
¿Cuando comienza una leyenda urbana? ¿Alguien la inventa? ¿Nadie? ¿Por qué algunas historias circulan como si fueran ciertas o, lo que es peor, casi ciertas, aunque nadie pueda comprobarlo? El caso Broemmer, soy consciente de ello, ya circula entre nosotros con la fuerza de una leyenda urbana; el haber sido testigo casual de esta historia que ahora se relata por lo bajo en bailes de preadolescentes, en reuniones de burako y en restaurantes de tenedor libre no me tranquiliza, exactamente. La mayor parte de lo que se cuenta es claro, mentira, pero es la parte que puede llegar a ser verdad la que a veces me desvela. Pero, primero, vamos a por las falsedades.
Primero, es mentira que Broemmer padre y Broemmer madre odiaran a sus dos hijos y que los maltrataran. No conocí a ninguno de los dos, pero hablé con varios de sus familiares cercanos, conocidos y amigos, y todos coincidían en que eran padres estrictos pero dedicados. Los niños Broemmer eran estudiosos, aplicados y limpios; quizás, había dicho la maestra de Jeremías, el menor de los niños, eran demasiado estudiosos, y eso es raro en un niño, pero no parecían niños infelices. Inclusive coleccionaban figuritas. Entré a la casa de los Broemmer dos días después de ocurrido lo ocurrido, revisé los cuartos y miré las fotos; eran una familia feliz, si tal cosa realmente existe.
Segundo, tampoco es cierto que Broemmer padre estuviera involucrado en actividades delictivas, como se sugirió después de su muerte y la de su esposa y de la desaparición de los dos niños. Broemmer padre era un aburridísimo numerario, como su esposa era una aburridísima secretaria, y si tenían una casa era gracias a que la habían heredado de la tía abuela de la mujer, y solamente iban al cine dos veces al mes con sus dos hijos para no gastar demasiado. Ví el Fiat de Broemmer padre en el taller mecánico y recuerdo que el mecánico me dijo que hacía un mes que estaba arreglado, pero que el pobre hombre no lo había podido pasar a buscar porque no tenía dinero para pagarle. Vi que Broemmer madre usaba los mismos zapatos dos años seguidos y que solo tenía un par de medias para salir. Eran, definitivamente, pobres y honrados; mala combinación, me dijuo Gutierrez.
Lo tercero que es definitivamente falso, aunque ya ha alcanzado el rango de verdad, es que los Broemmer eran muy religiosos. En la casa de los Broemmer no había un solo crucifijo ni una sola Biblia; ni siquiera una estampita de la Virgen Desatanudos. Es cierto que los niños iban a un colegio que pertenecía a la congregación de los salesianos, pero según me dijo la hermana de la madre lo hacían simplemente porque quedaba cerca de la casa y porque la cuota no era demasiado alta.
Esto es lo que es falso.
Esto es lo que es cierto: cuando Cristina Albarracín, la vecina que llevaba a los niños a la escuela y que a veces los cuidaba cuando sus padres estaban trabajando, tocó el timbre en la casa de los Broemmer una mañana no atendió nadie. Eso le extrañó: la casa estaba muy silenciosa. Llamó por teléfono y oyó como el teléfono sonaba adentro. Nadie atendía. Se puso nerviosa. De una rendija de ventilación salió un animal parecido a una lagartija; luego otra. Ambas dejaron huellitas de sangre con sus patas microscópicas, antes de internarse en un baldío cercano. Más nerviosa aún, llamó a la hermana de la señora Broemmer, que tardó solo quince minutos en llegar. Abrieron la puerta: en el living comedor estaban el señor y la señora Broemmer, acuchillados. Los niños, Nicolás y Jeremías, de nueve y siete años, no estaban. Nunca pudimos (uso el plural porque aunque pasé a retiro hace cuatro años me sigo considerando policía) encontrarlos, a pesar de nuestros esfuerzos.
Lo otro que es cierto: los niños Nicolás y Jeremías fueron vistos en quince ocasiones diferentes, por muchas personas diferentes. En diferentes lugares de la ciudad. En Unicenter, en las Galerías Pacífico, en las inmediaciones del Luna Park, en la Plaza Italia. Hay un par de fotografías de estas apariciones, no de muy buena calidad porque fueron tomadas desde celulares y de lejos, pero los niños parecían estar bien. En la última, inclusive, hace cuatro años atrás, Nicolás había perdido ya los rasgos infantiles, su cabello estaba más oscuro, su nariz había pasado a ser aguileña como la de su madre y tenía un arito en la ceja. También Jeremías ya tenía una cara ligeramente diferente. Pero eran ellos. Aunque interrogamos a los testigos en cada ocasión, aunque hablamos con gente que trabaja en el lugar, aunque registramos las cámaras de seguridad de las calles de la zona hasta el cansancio, no pudimos nunca llegar a ningún lugar. El dato se filtró, no sabemos como, no a la prensa, que no hubiera sido grave, sino al folklore popular. Y el rumor de que detrás del caso Broemmer había algo más que un crimen común se expandió como una mancha de aceite en el mar; imposible de remover, imposible de denegar.
Primero, es mentira que Broemmer padre y Broemmer madre odiaran a sus dos hijos y que los maltrataran. No conocí a ninguno de los dos, pero hablé con varios de sus familiares cercanos, conocidos y amigos, y todos coincidían en que eran padres estrictos pero dedicados. Los niños Broemmer eran estudiosos, aplicados y limpios; quizás, había dicho la maestra de Jeremías, el menor de los niños, eran demasiado estudiosos, y eso es raro en un niño, pero no parecían niños infelices. Inclusive coleccionaban figuritas. Entré a la casa de los Broemmer dos días después de ocurrido lo ocurrido, revisé los cuartos y miré las fotos; eran una familia feliz, si tal cosa realmente existe.
Segundo, tampoco es cierto que Broemmer padre estuviera involucrado en actividades delictivas, como se sugirió después de su muerte y la de su esposa y de la desaparición de los dos niños. Broemmer padre era un aburridísimo numerario, como su esposa era una aburridísima secretaria, y si tenían una casa era gracias a que la habían heredado de la tía abuela de la mujer, y solamente iban al cine dos veces al mes con sus dos hijos para no gastar demasiado. Ví el Fiat de Broemmer padre en el taller mecánico y recuerdo que el mecánico me dijo que hacía un mes que estaba arreglado, pero que el pobre hombre no lo había podido pasar a buscar porque no tenía dinero para pagarle. Vi que Broemmer madre usaba los mismos zapatos dos años seguidos y que solo tenía un par de medias para salir. Eran, definitivamente, pobres y honrados; mala combinación, me dijuo Gutierrez.
Lo tercero que es definitivamente falso, aunque ya ha alcanzado el rango de verdad, es que los Broemmer eran muy religiosos. En la casa de los Broemmer no había un solo crucifijo ni una sola Biblia; ni siquiera una estampita de la Virgen Desatanudos. Es cierto que los niños iban a un colegio que pertenecía a la congregación de los salesianos, pero según me dijo la hermana de la madre lo hacían simplemente porque quedaba cerca de la casa y porque la cuota no era demasiado alta.
Esto es lo que es falso.
Esto es lo que es cierto: cuando Cristina Albarracín, la vecina que llevaba a los niños a la escuela y que a veces los cuidaba cuando sus padres estaban trabajando, tocó el timbre en la casa de los Broemmer una mañana no atendió nadie. Eso le extrañó: la casa estaba muy silenciosa. Llamó por teléfono y oyó como el teléfono sonaba adentro. Nadie atendía. Se puso nerviosa. De una rendija de ventilación salió un animal parecido a una lagartija; luego otra. Ambas dejaron huellitas de sangre con sus patas microscópicas, antes de internarse en un baldío cercano. Más nerviosa aún, llamó a la hermana de la señora Broemmer, que tardó solo quince minutos en llegar. Abrieron la puerta: en el living comedor estaban el señor y la señora Broemmer, acuchillados. Los niños, Nicolás y Jeremías, de nueve y siete años, no estaban. Nunca pudimos (uso el plural porque aunque pasé a retiro hace cuatro años me sigo considerando policía) encontrarlos, a pesar de nuestros esfuerzos.
Lo otro que es cierto: los niños Nicolás y Jeremías fueron vistos en quince ocasiones diferentes, por muchas personas diferentes. En diferentes lugares de la ciudad. En Unicenter, en las Galerías Pacífico, en las inmediaciones del Luna Park, en la Plaza Italia. Hay un par de fotografías de estas apariciones, no de muy buena calidad porque fueron tomadas desde celulares y de lejos, pero los niños parecían estar bien. En la última, inclusive, hace cuatro años atrás, Nicolás había perdido ya los rasgos infantiles, su cabello estaba más oscuro, su nariz había pasado a ser aguileña como la de su madre y tenía un arito en la ceja. También Jeremías ya tenía una cara ligeramente diferente. Pero eran ellos. Aunque interrogamos a los testigos en cada ocasión, aunque hablamos con gente que trabaja en el lugar, aunque registramos las cámaras de seguridad de las calles de la zona hasta el cansancio, no pudimos nunca llegar a ningún lugar. El dato se filtró, no sabemos como, no a la prensa, que no hubiera sido grave, sino al folklore popular. Y el rumor de que detrás del caso Broemmer había algo más que un crimen común se expandió como una mancha de aceite en el mar; imposible de remover, imposible de denegar.
lunes, 12 de agosto de 2019
No vuelven más
- ¿Y ahora?
- Y, como que les fue bien en las PASO.
- Y, sí.
- Bastante bien.
- ¿Podemos amenazar con el fin de la república y que van a sacar Fútbol para Todos?
- Ya sacaron Fútbol para Todos.
- Ah... Claro.
- Se podría poner algo acerca de los mercados internacionales no van a confiar más en nosotros y que no van a venir las inversiones.
- Sí, algo así. Puede ser.
- Y que el dólar se va a disparar a niveles insospechados.
- Amenazar a los argentinos con una corrida cambiaria... No es buena idea. Lo raro en Argentina es cuando no hay corridas cambiarias. En esos momentos nos sentimos suizos o finlandeses.
- Claro.
- Yo te digo algo, la culpa de todo la tuvo esa oración... La repitieron demasiado. Así quemaron al gobierno. ¿Quién la inventó? ¿Durán Barba?
- ¿De qué estás hablando?
- Si hasta me hice hacer una taza en el 2016. Ahora me da cosa mirarla. Pero cuando la hice hacer me encantaba. Se la decía a todos mis amigos filokirchneristas.
- No me digas...
- Ahora me siento medio pelotudón.
- Si, yo casi me hice una taza también. Bah, eso fue en 2017.
- Peor estoy yo que me hice una remera.
- ¿Con el numeral y todo?
- Con el numeral y todo. Ahora ¿donde la uso?
- No sé ¿de entrecasa?
- ¿Y cuando viene mi hermana militante de la Cámpora, eh?
- Bueno, esperá hasta octubre.
- No, cada vez que la veo me parece que se burla de mí.
- Bueno, era una frase de burla.
- Pero no era para que se burlara de mí.
- Bueno, tapale el No vuelven más.
- Si, puede ser. Esperemos hasta octubre. Por ahí es cierto que no vuelven más. Si no...
- Si. Menos mal que no fue un tatuaje.
- Y, como que les fue bien en las PASO.
- Y, sí.
- Bastante bien.
- ¿Podemos amenazar con el fin de la república y que van a sacar Fútbol para Todos?
- Ya sacaron Fútbol para Todos.
- Ah... Claro.
- Se podría poner algo acerca de los mercados internacionales no van a confiar más en nosotros y que no van a venir las inversiones.
- Sí, algo así. Puede ser.
- Y que el dólar se va a disparar a niveles insospechados.
- Amenazar a los argentinos con una corrida cambiaria... No es buena idea. Lo raro en Argentina es cuando no hay corridas cambiarias. En esos momentos nos sentimos suizos o finlandeses.
- Claro.
- Yo te digo algo, la culpa de todo la tuvo esa oración... La repitieron demasiado. Así quemaron al gobierno. ¿Quién la inventó? ¿Durán Barba?
- ¿De qué estás hablando?
- Si hasta me hice hacer una taza en el 2016. Ahora me da cosa mirarla. Pero cuando la hice hacer me encantaba. Se la decía a todos mis amigos filokirchneristas.
- No me digas...
- Ahora me siento medio pelotudón.
- Si, yo casi me hice una taza también. Bah, eso fue en 2017.
- Peor estoy yo que me hice una remera.
- ¿Con el numeral y todo?
- Con el numeral y todo. Ahora ¿donde la uso?
- No sé ¿de entrecasa?
- ¿Y cuando viene mi hermana militante de la Cámpora, eh?
- Bueno, esperá hasta octubre.
- No, cada vez que la veo me parece que se burla de mí.
- Bueno, era una frase de burla.
- Pero no era para que se burlara de mí.
- Bueno, tapale el No vuelven más.
- Si, puede ser. Esperemos hasta octubre. Por ahí es cierto que no vuelven más. Si no...
- Si. Menos mal que no fue un tatuaje.
miércoles, 7 de agosto de 2019
El lugar del blanco
Iztli empezó a cantar. Las canciones las inventaba ella, era el rumor. El recaudador pensó que haberla llamado Iztli era una
crueldad de parte de su familia: la mujer no solo tenía la piel casi
transparente (las venas azules traslucían en sus brazos y en sus piernas), sino
que su pelo era tan claro que era casi blanco y sus ojos eran de un pardo
desvaído. Nada de obsidiana había en ella; no solo era absurdamente delgada,
sino que sus movimientos eran quebrados y temblorosos. Su canto, sin embargo,
era agradable.
Su familia le había contado la historia de la abuela de Iztli. La aldea, le
dijo Eren, estaba cerca del mar pero no demasiado; allí sobrevivían treinta
personas, de pelo claro y ojos claros, una rareza; cultivaban jitomates, chiles
y maíz; a veces pescaban. Los otros pobladores del territorio no se les
acercaban; se murmuraba que estaban malditos, se murmuraba que las mujeres
perdían niños antes de nacer, se murmuraba que ninguno llegaba a viejo. Quizás
nada de eso era cierto; la verdad es que cuando Acoatl llegó a la aldea y les
reclamó tributo, pidieron tres días y tres noches para deliberar. Le
pidieron además a Acoatl que se retirara a media hora de distancia. Acoatl
accedió. Tres días y tres noches Acoatl y sus hombres esperaron; cuando
regresaron a la aldea, encontraron las casuchas quemadas, las cestas
destrozadas, los cántaros quebrados, las pieles curtidas rasgadas y los
jitomates, los chiles y las mazorcas de maíz cubiertos de gusanos. En el medio
de la devastación había un cerco de cañas; en el medio del cerco había una niña
de dos años, pálida como todos los de la aldea, dormida abrazada a un coyote
tallado en madera. Cuando uno de los soldados la alzó (puede ser mala suerte
rechazar un tributo en carne y sangre, había advertido Moc, el segundo de
Acoatl) la niña se despertó; a Acoatl y a los soldados les pareció que de la
espesura salían cantos falsos de pájaros, de pájaros que se burlaban como si
fueran humanos. Pero quizás solo fuera idea de ellos. De todas maneras la niña
pasó a ser propiedad de Moc, y luego de un tiempo llegó a ser concubina de uno
de sus hijos, y tuvo varios hijos, pero ninguno de su color de piel, sino
cobrizos de piel y negros de pelo y luego uno de sus hijos había engendrado a
Iztli, entre muchos otros hijos que no eran como ella.
Iztli había tenido dos hijos, que ahora eran casi adultos. Ella sola,
comentaba su familia admirada, había inventado varios cantos e historias de
miedo, de risa o de llanto, e incluso de batallas, y se los había contado a sus
hijos, aún sabiendo que eran mentira. Fuera de sus cantos, Iztli era
supersticiosa y precavida y seguía religiosamente los ritos de los dioses.
Probablemente, se dijo el recaudador, ninguna de esas características era
extraña en una mujer; lo que la volvía extraña era la palidez de su cuerpo y lo
desvaído de sus rasgos. Poco a poco, los miembros de la familia se fueron durmiendo
y solo quedó Iztli despierta. El recaudador también tenía sueño, y la noche era
tibia. El sonido del mar se mezclaba con el canto de la mujer. Tres o cuatro
ratones aparecieron, royeron unas semillas de maíz en el polvo y se marcharon. Cuando
el recaudador estaba ya por dormirse, el mar se movió de una manera extraña,
como alguien sacándose una manta de encima; al recaudador le pareció ver una cara
sombría y como tallada en un cuerpo de tentáculos, una sombra de deslumbrante
blancura de espuma. Duró una sola fracción de segundo y luego desapareció.
Iztli siguió con su canto, y el recaudador pudo por fin dormirse.
A la otra mañana bebió solo agua caliente y masticó unas pocas semillas.
Iztli no estaba; había ido con otras mujeres a buscar miel de los árboles. La
familia lo despidió, luego de desearle bien viaje y de entregarle el tributo.
El camino más seguro hacia su ciudad era por la orilla del mar; a paso seguro,
era un día y medio.
A medida que avanzaba, el recaudador empezó a extrañarse del silencio. El
mar generalmente tenía un rumor tenue y constante, y de vez en cuando algún
pájaro trinaba o algún animal se lamentaba. Pero todo sonido iba
desvaneciéndose lentamente. Intentó recordar algunos de los cantos que había
oído los días y las noches anteriores. Abrió la boca; ningún sonido pudo salir
de ella. Se volvió hacia el mar. Ya no había olas; como un manto el agua se
descorría y entonces vió otra vez la cara sombría, el cuerpo de tentáculos que
le parecía haber visto la noche anterior. Uno de los tentáculos, como hecho de
espuma, se estiró y se enredó en su tobillo. Espantado, el recaudador se zafó y
empezó a correr en el sentido opuesto al mar. Corrió hasta que escuchó de nuevo
el silbido de un pájaro y se tumbó contra un árbol. Y volvió a quedarse
dormido.
No volvió al camino por la orilla del mar cuando despertó. Caminó durante
horas, hasta que llegó a la casa de la familia Teutle. Allí las caras estaban
largas, llorosas, asustadas. Quiso contarles su historia, aunque sabía que
sonaba imposible, pero el jefe de la familia Teutle se adelantó con sus
noticias.
-
Me han avisado esta mañana- dijo el hombre. Había perdido un ojo en una de
las guerras y era conocido por ser bravío, pero su voz ahora temblaba-
Technotitlan ha caído.
sábado, 3 de agosto de 2019
Juan Minujín
En la actuación la parte visual cuenta mucho: una persona bonita tiene más posibilidades que una persona fea de triunfar. De todas maneras, una persona bonita que además actúa bien es un plus; una cosa es ser lindo y fotogénico y otra es saber actuar, y en el caso de los actores, la capacidad actoral muchas veces nos termina convenciendo de que una persona que en la calle no miraríamos dos veces en el teatro o en la pantalla nos hipnotiza. Pero Juan Minujín, indudablemente, juega en el equipo de los lindos; además es cierto que le pone cierta vulnerabilidad y cierta ternura a cada uno de sus personajes que hace que uno como espectador termine vinculándose con él de una manera que no se vincula con otros actores, quizás incluso más carismáticos y con mejores pectorales. No todos los actores tienen esa capacidad: hay actores muy dúctiles y muy consagrados, pero que resultan distantes al público. Pero Juan Minujin tiene ese gran plus que es ser buen actor, ser muy buen mozo, y a la vez que la persona que lo ve actuar se identifique con el drama o la comedia o la tragedia que el protagoniza. No es poca cosa.
viernes, 2 de agosto de 2019
La drogadicción de los otros.
La frase de la gobernadora Vidal sobre el consumo de drogas, donde diferencia entre el consumo de marihuana entre personas de clase media (donde, aparentemente, está todo bien, y es una cosita menor) y el consumo de marihuana entre personas de clase baja (donde es supergrave porque de la marihuana el pobre salta al alcohol y el paco, automáticamente y sin problemas) es muy preocupante por varias cosas. Primero de todo: habría que aclararle a la gobernadora (porque aparentemente lo desconoce) que la marihuana y el paco son drogas ilegales, pero el alcohol en cualquiera de sus formas es legal. O sea, una persona puede ir presa por vender marihuana, paco, cocaína, extásis, o metaanfetaminas, pero en Carrefour el whisky, el vino y la cerveza se exhiben en las góndolas. Lo segundo que habría que aclararle es que es una clara discriminación hacia los adolescentes y jóvenes de clase media: está bien que ellos fumen marihuana, y si luego pasan a la cocaína, al paco y a las metaanfetaminas , pero los adolescentes y jóvenes pobres hay que cuidarles la salud. Es lo que se desprende de su frase. No soy de clase media precisamente, pero me preocuparía mucho pensar que la mayor parte de los padres de clase media e incluso de clase alta se pongan felices cuando descubren que su hijo o hija se droga; es más, creo que si se ponen contentos califican como pésimos padres. Porque aunque muchas veces se insista con que la marihuana es una droga inocua y que apenas causa adicción, he conocido a mucha gente que es adicta a la marihuana y no he visto que ninguno fuera una persona precisamente hipersaludable a nivel físico ni a nivel mental. Además de ser ilegal, causando el pequeño problema de que uno puede terminar en la cárcel por tener marihuana; no creo que a ningún padre o madre le encante la idea de ir a buscar a su hijo a una comisaría. Y hay una tercera razón por la cuál me parece grave la frase de la gobernadora Vidal: ella no es especialista en adicciones. Y es gobernadora de una provincia. Tiene una responsabilidad que le fue otorgada por la gente que la votó; no puede sentarse a repetir lugares comunes y frases hechas para intentar preservar su imagen. Porque ella no es una imagen ni una representación: es una política que está ejerciendo un cargo público importantísimo. El segundo cargo político más importante de la Argentina desde casi siempre; entonces por respeto a la gente que la votó y a la que no la votó también, tendría que referirse a los temas de las adicciones (que es un tema serio, complejo y referente a la salud pública, y diferenciado del narcotráfico, que es un tema de seguridad y control del crimen) con un cuidado mucho mayor al que lo hizo.
domingo, 28 de julio de 2019
Lo más leído
1. Emocionante: le propuso casamiento a su novia en medio de un "infarto" teatralizado.
2. Apasionante: le propuso casamiento a su novia en medio de un "asalto" teatralizado.
3. Deslumbrante: le propuso casamiento a su novia en medio de un "allanamiento de la DEA" teatralizado.
4. Preocupación del director de la DEA: ¿Nuestros trajes son tan fáciles de falsificar?
5. Polémica declaración de la novia: Yo, cuando ví que llegaba la DEA, pensé que no lo veía nunca más en mi vida y que por fin le iba a poder avisar a Tito que somos legales. Tito, perdón, vas a tener que esperar a que me divorcie. Por las dudas, no dejes a tu novia.
6. Increíble declaración del novio: Pero... yo pensé que era superomántico.
7. Escandalosa declaración de uno de los actores contratados para la propuesta: Me pareció que algo no estaba bien cuando la novia en vez de largarse a llorar nos preguntó de cuantos años más o menos iba a ser la condena.
8. Terrible declaración de otro de los actores contratados para la propuesta: Y después fue medio raro cuando a mí me preguntó si las novias estaban obligadas a visitar a alguien a la cárcel.
9. Espantosa declaración del actor contratado para hacer de jefe del operativo: Ahí yo sanatee y le dije que sí, y me contestó: Pero si no soy la esposa. Que obligación legal tengo, ¿eh?
10. Extraña declaración del novio: Pero, si me tenía que meter los cuernos con alguien ¿por qué con Tito? Es el más feo de todos mis amigos.
11. Polémica respuesta de Tito: ¿Perdón? Soy mucho más lindo que vos. Según mi mamá, tu mamá, mi novia y tu novia. Y el hermano de tu novia.
12. Apasionada declaración del hermano de la novia: Si, es muy lindo Tito. Yo siempre le dije a mi hermana: si vos no salís con él, salgo yo.
13. Romántica respuesta de Tito: Bueno, hasta que ella se divorcie, podría entablar una relación con el hermano. El chico no está tan mal.
14. Polémica declaración de la novia: Y, sí, que se le va a hacer, ahora hasta el divorcio faltan bocha de tiempo. Si Tito se termina casando con mi hermano, la culpa va a ser mía.
15. Extraña reacción del novio: Mamá, mamá, ¿no es cierto que soy mucho más lindo que Tito?
16: Dura respuesta de la madre del novio: No, mi cielo.
2. Apasionante: le propuso casamiento a su novia en medio de un "asalto" teatralizado.
3. Deslumbrante: le propuso casamiento a su novia en medio de un "allanamiento de la DEA" teatralizado.
4. Preocupación del director de la DEA: ¿Nuestros trajes son tan fáciles de falsificar?
5. Polémica declaración de la novia: Yo, cuando ví que llegaba la DEA, pensé que no lo veía nunca más en mi vida y que por fin le iba a poder avisar a Tito que somos legales. Tito, perdón, vas a tener que esperar a que me divorcie. Por las dudas, no dejes a tu novia.
6. Increíble declaración del novio: Pero... yo pensé que era superomántico.
7. Escandalosa declaración de uno de los actores contratados para la propuesta: Me pareció que algo no estaba bien cuando la novia en vez de largarse a llorar nos preguntó de cuantos años más o menos iba a ser la condena.
8. Terrible declaración de otro de los actores contratados para la propuesta: Y después fue medio raro cuando a mí me preguntó si las novias estaban obligadas a visitar a alguien a la cárcel.
9. Espantosa declaración del actor contratado para hacer de jefe del operativo: Ahí yo sanatee y le dije que sí, y me contestó: Pero si no soy la esposa. Que obligación legal tengo, ¿eh?
10. Extraña declaración del novio: Pero, si me tenía que meter los cuernos con alguien ¿por qué con Tito? Es el más feo de todos mis amigos.
11. Polémica respuesta de Tito: ¿Perdón? Soy mucho más lindo que vos. Según mi mamá, tu mamá, mi novia y tu novia. Y el hermano de tu novia.
12. Apasionada declaración del hermano de la novia: Si, es muy lindo Tito. Yo siempre le dije a mi hermana: si vos no salís con él, salgo yo.
13. Romántica respuesta de Tito: Bueno, hasta que ella se divorcie, podría entablar una relación con el hermano. El chico no está tan mal.
14. Polémica declaración de la novia: Y, sí, que se le va a hacer, ahora hasta el divorcio faltan bocha de tiempo. Si Tito se termina casando con mi hermano, la culpa va a ser mía.
15. Extraña reacción del novio: Mamá, mamá, ¿no es cierto que soy mucho más lindo que Tito?
16: Dura respuesta de la madre del novio: No, mi cielo.
Pindonga y Cuchuflito
Es probable que no haya sido la intención de Cristina Fernández, y es casi imposible saber cuál fue su verdadera intención (quizás solo ella lo sepa) pero decir la frase "... ahora aparecen y proliferan marcas La Pindonga y Cuchuflito que nadie conoce..." me resultó heroica. Porque hace años que en nuestro país se identifica el bienestar con el consumo, e inclusive el bienestar con el consumo de marcas caras. No digo marcas de calidad: la época en que el precio de una ropa o de un alimento garantizaba que fuera de muy buena calidad pasó hace años. A los argentinos nos gusta desde siempre el bling bling e identificamos precio con calidad de una manera inmediata: claro que en época de vacas flacas lo difícil es darnos cuenta que incluso la leche o el pan son artículos de lujo si la inflación es del cincuenta por ciento anual y que tenemos que dejar La Serenísima o Fargo por a) el veganismo naturista o b) la marca Pindonga o Cuchuflito, que es casi igual de buena y casi igual de cara que La Serenísima o Fargo y que nos permite ahorrar tres o cuatro pesos por litro de leche y cinco o seis pesos por paquete de pan. La frase de Cristina me gustó bastante por dos cosas: porque desde siempre he sido consumidora de marca Pindongas, Cuchuflitos y o productos sin marca directamente, y además porque cuando recuerdo que cuando ella era presidente hubo varias notas periodísticas apasionantes sobre la escasez de Barbies originales, la falta de vasos en Starbucks y la inminente desaparición de tampones OB, asuntos muy importantes que ahora parecen haber sido superados. Hay una irónica moraleja en la diferencia entre el lamento de varios medios durante la presidencia de Cristina Fernández y la un poco torpe reivindicación que ahora intentan hacer de las marcas Pindonga y Cuchuflito, un pequeño golpe al plexo solar de todo lo que es marketing y publicidad, pero bueno, bienvenidos a la nueva espiritualidad de las segundas marcas.
viernes, 26 de julio de 2019
Un título optimista.
- ¿Vos decís?
- Y, sí...
- Un título optimista: Vuelve a crecer la economía, pero el empleo aún no repunta.
- Sí, es como que...
- Lo de aún no repunta me hace un poco de ruido. Parece que en cualquier momento fuera a repuntar. O sea, ya, nada, en un mes, dos meses.
- ¿Antes o después de las elecciones?
- En el segundo semestre.
- Para, abril, mayo, junio, julio. Estamos en el segundo semestre.
- ¿Ya? ¿Tan rápido? Jodeme. ¿Ya están en venta las entradas para el Lollapalooza 2020?
.-Por favor, focalizá.
- ¿Ya sacaron el line up?
- ¿Por que hablo con personas que tienen la capacidad de concentración de un chico de cinco años en una juguetería? No, no hay line up del Lollapalooza. Todavía. Tampoco reactivación del empleo. Más bien al contrario. No sé si te diste cuenta, pero acá también despidieron gente.
- ¿De en serio? Pensé que había muchos de vacaciones.
- No, cómo que los despidieron. Vacaciones obligadas. Sin sueldo.
- Bueno, qué se yo. Soy medio distraído. Pero ¿vos decís que hay menos trabajo?
- Según parece, doscientos mil puestos menos de trabajo desde el año pasado. Cifras oficiales.
- No se puede hacer un título optimista con eso.
- No, no se puede. Podríamos hacer un título diciendo que quedarse sin trabajo es una nueva oportunidad para explorar tu vida o algo así.
- Hicimos varios títulos de ese estilo. Nos putearon bastante.
- Lástima. Cómo idea era genial. Ya está: nuestro país se está transformando en un gran país.
- Un gran país. Vamos bien.
- Dentro de un año seremos Suecia.
- Bueh, tampoco la pavada.
- Dentro de un año seremos España.
- No, no llegamos ni en pedo.
- Dentro de un año seremos Bolivia.
- Bueno, no, Bolivia tiene estabilidad inflacionaria, y cinco por ciento de desocupación.
- Mirá vos. Y nosotros que nos enojábamos cuando nos ganaban en las eliminatorias. Bueno, dentro de un año al menos no seremos Venezuela.
- Yo no apostaría todo mi dinero a que no va a pasar, pero bueno, dale; eso es un título optimista.
- Y, sí...
- Un título optimista: Vuelve a crecer la economía, pero el empleo aún no repunta.
- Sí, es como que...
- Lo de aún no repunta me hace un poco de ruido. Parece que en cualquier momento fuera a repuntar. O sea, ya, nada, en un mes, dos meses.
- ¿Antes o después de las elecciones?
- En el segundo semestre.
- Para, abril, mayo, junio, julio. Estamos en el segundo semestre.
- ¿Ya? ¿Tan rápido? Jodeme. ¿Ya están en venta las entradas para el Lollapalooza 2020?
.-Por favor, focalizá.
- ¿Ya sacaron el line up?
- ¿Por que hablo con personas que tienen la capacidad de concentración de un chico de cinco años en una juguetería? No, no hay line up del Lollapalooza. Todavía. Tampoco reactivación del empleo. Más bien al contrario. No sé si te diste cuenta, pero acá también despidieron gente.
- ¿De en serio? Pensé que había muchos de vacaciones.
- No, cómo que los despidieron. Vacaciones obligadas. Sin sueldo.
- Bueno, qué se yo. Soy medio distraído. Pero ¿vos decís que hay menos trabajo?
- Según parece, doscientos mil puestos menos de trabajo desde el año pasado. Cifras oficiales.
- No se puede hacer un título optimista con eso.
- No, no se puede. Podríamos hacer un título diciendo que quedarse sin trabajo es una nueva oportunidad para explorar tu vida o algo así.
- Hicimos varios títulos de ese estilo. Nos putearon bastante.
- Lástima. Cómo idea era genial. Ya está: nuestro país se está transformando en un gran país.
- Un gran país. Vamos bien.
- Dentro de un año seremos Suecia.
- Bueh, tampoco la pavada.
- Dentro de un año seremos España.
- No, no llegamos ni en pedo.
- Dentro de un año seremos Bolivia.
- Bueno, no, Bolivia tiene estabilidad inflacionaria, y cinco por ciento de desocupación.
- Mirá vos. Y nosotros que nos enojábamos cuando nos ganaban en las eliminatorias. Bueno, dentro de un año al menos no seremos Venezuela.
- Yo no apostaría todo mi dinero a que no va a pasar, pero bueno, dale; eso es un título optimista.
domingo, 21 de julio de 2019
No había escuerzos en nuestro territorio.
in memoriam Jack Palance,
de quién primero oí la historia
Cuando terminó el último de los azotes, la espalda y la parte de atrás de las piernas de Katrina eran un desollamiento. Lo recuerdo, aunque no lo ví: yo entonces tenía ocho años, y de noche soñaba que era doncella en el castillo era la condesa. Era un sueño extraño: tanto la condensa como sus doncellas estaban siempre vestidas de escarlata en el, no de púrpura que era el color de los obispos, ni del rosa aduraznado que usaban mis hermanas casaderas, sino de escarlata. Hablaban entre ellas, pero yo no entendía de que hablaban; no me preocupaba, tampoco entendía las bromas de mis hermanas casaderas.Cuando le conté esto a Katrina, porque Katrina había venido una vez a casa a buscar gansos para un festín, y entre que mi madre mató y desplumó a los diez mejores gansos que tenía pasó un buen tiempo, tiempo en el que Katrina se entretuvo contándome chismes menores del castillo, la cocinera que le había pegado una bofetada a su hijo por comerse los pastelillos con manteca de cerdo, el hijo menor de la condesa timorato que no sabía cazar ni cabalgar y a quién solo le gustaba jugar con el cítar, el escuerzo gigantesco que había encontrado sobre una piedra y que le había arrojado su baba venenosa en una pierna, Katrina se rió y dijo que era una niña tonta. Pero ya entonces se hablaba de ellas y sobre todo de la condesa, oía a veces a mis hermanas y a mi madre y a veces hasta al tío Everj murmurar sobre ellas. Por eso a nadie le extrañó que en varios días se arrestaran a varios de los más leales servidores de la condesa, y que estos fueran acusados de brujería y de traición y de haber profesado actos más allá de la maldad humana. Fueron decapitados, quemados vivos, un par solamente ahorcados; la condesa fue emparedada viva, en su cuarto. Nunca entendí porque Katrina se salvó; quizás por ser tan joven, quizás porque alguien sintió lástima. De todas maneras, fue condenada a recibir cien azotes, desnuda, frente a todos; y cuando el hombre gigantesco terminó su tarea, nada quedaba de su piel en su espalda y en la parte de atrás de sus piernas; solo carne, sangre y algún hueso. Allí la dejaron, desmayada. Esto me lo contó años después mi hermana mayor: yo no presencié el acto, porque estaba enferma con fiebre.
Nadie volvió a ver a Katrina . Dijeron que el diablo se había llevado su cuerpo. Luego dijeron que una mujer de una aldea cercana la había subido a un burro y la había trasladado hasta Lluip, un poblado cercano, donde la habían cuidado unas monjas. También dijero que se había arrastrado hasta la posada de Mos y que allí oficiaba como prostituta, cobrando mucho dinero y teniendo muchos clientes famosos por ser la única acusada sobreviviente. Mos se reía al escuchar estos rumores, que atraían escribas y curiosos a ese lugar perdido.
Yo me curé de las fiebres y lamenté haberme perdido la buena diversión de los decapitamientos, las hogueras y los azotes. La condesa, se contaba, agonizaba en su recámara tapiada. Yo lamenté no haberla visto nunca; dicen que era muy hermosa, al menos de joven. En realidad, a la única que había visto del castillo de cerca era a Katrina; ahora había otras personas, quizás tan despiadados como la condesa, no lo sabíamos y si alguno lo sabía no lo decía en voz alta. Un par de veces me acerqué al castillo buscando al escuerzo de baba venenosa; no lo ví. Katrina, pensé, era una mentirosa, además de una bruja. Se lo dije a mi madre y ella me reprendió: las brujas siempre son mentirosas, me respondió, porque son sirvientes del demonio. Y me dijo también que no había escuerzos en nuestro territorio. Pasaron algunos meses, la condesa seguía encerrada, no moría y las personas perdieron interés en la historia. Como era otoño, fuí con mi madre a buscar hongos en los pinos. No había casi ninguno. Cuando regresábamos, mi madre paró en la casa de su comadre a contarse novedades. Como me aburría allí, me quedé a un costado de la casa, jugando con una piedra y una rama.
Entonces ví a Katrina. Estaba muy delgada y las manos le temblaban. Caminaba entre los árboles, donde era casi imposible caminar.
- Creí que eras prostituta y que tenías mucho dinero- le dije.
Katrina me miró con odio, pero no me respondió.
- La condesa está encerrada. ¿Es cierto todo lo que dicen? Estuve enferma cuando ocurrió. Con fiebre- seguí diciendo. Bailoteaba a su alrededor, como una mariposa nocturna.
Tampoco allí me contestó Katrina. Caminaba muy despacio. Usaba una camisa de lino mal teñida.
- Mi madre dice que eres una bruja mentirosa y que no hay escuerzos en nuestro territorio. Y que irás al infierno.
Allí Katrina intentó pegarme una cachetada, pero trastabilló y se cayó al piso. Yo me reí.
- Una bruja mentirosa y fea y azotada. Cien veces azotada.
Desde el piso, Katrina me insultó. Usó las pocas fuerzas que le quedaban para levantarse.
- ¿Es cierto que ella está muriendo?- me preguntó. Tenía los ojos vidriosos, me dí cuenta entonces. Y lo que la hacía temblar era la fiebre.
- En cualquier momento, por ser una impía- le contesté- La malvada condesa, su malvado mayordomo y sus malvadas servidoras. La más fea de todas, Katrina.
- Tengo que llegar. He perdido mucha sangre, pero la poca que tengo le servirá- me contestó ella. Pero no hablaba conmigo. No hablaba con nadie.
- No había escuerzos en nuestro territorio. Bruja mentirosa- repetí. Y le puse una trabada. Volvió a caerse, y esta vez no se levantó. Siguió repitiendo lo de llegar y lo de la sangre. En voz cada vez más baja; me aburrió. Estaba oscureciendo ya.
- Olvida a la condesa; nunca llegarás- le dije al oído. Katrina sacudió la mano, como espantando a una polilla. Volví a la casa de la comadre, donde mi madre me estaba esperando; desde esa tarde, yo tampoco supe nada de Katrina.
de quién primero oí la historia
Cuando terminó el último de los azotes, la espalda y la parte de atrás de las piernas de Katrina eran un desollamiento. Lo recuerdo, aunque no lo ví: yo entonces tenía ocho años, y de noche soñaba que era doncella en el castillo era la condesa. Era un sueño extraño: tanto la condensa como sus doncellas estaban siempre vestidas de escarlata en el, no de púrpura que era el color de los obispos, ni del rosa aduraznado que usaban mis hermanas casaderas, sino de escarlata. Hablaban entre ellas, pero yo no entendía de que hablaban; no me preocupaba, tampoco entendía las bromas de mis hermanas casaderas.Cuando le conté esto a Katrina, porque Katrina había venido una vez a casa a buscar gansos para un festín, y entre que mi madre mató y desplumó a los diez mejores gansos que tenía pasó un buen tiempo, tiempo en el que Katrina se entretuvo contándome chismes menores del castillo, la cocinera que le había pegado una bofetada a su hijo por comerse los pastelillos con manteca de cerdo, el hijo menor de la condesa timorato que no sabía cazar ni cabalgar y a quién solo le gustaba jugar con el cítar, el escuerzo gigantesco que había encontrado sobre una piedra y que le había arrojado su baba venenosa en una pierna, Katrina se rió y dijo que era una niña tonta. Pero ya entonces se hablaba de ellas y sobre todo de la condesa, oía a veces a mis hermanas y a mi madre y a veces hasta al tío Everj murmurar sobre ellas. Por eso a nadie le extrañó que en varios días se arrestaran a varios de los más leales servidores de la condesa, y que estos fueran acusados de brujería y de traición y de haber profesado actos más allá de la maldad humana. Fueron decapitados, quemados vivos, un par solamente ahorcados; la condesa fue emparedada viva, en su cuarto. Nunca entendí porque Katrina se salvó; quizás por ser tan joven, quizás porque alguien sintió lástima. De todas maneras, fue condenada a recibir cien azotes, desnuda, frente a todos; y cuando el hombre gigantesco terminó su tarea, nada quedaba de su piel en su espalda y en la parte de atrás de sus piernas; solo carne, sangre y algún hueso. Allí la dejaron, desmayada. Esto me lo contó años después mi hermana mayor: yo no presencié el acto, porque estaba enferma con fiebre.
Nadie volvió a ver a Katrina . Dijeron que el diablo se había llevado su cuerpo. Luego dijeron que una mujer de una aldea cercana la había subido a un burro y la había trasladado hasta Lluip, un poblado cercano, donde la habían cuidado unas monjas. También dijero que se había arrastrado hasta la posada de Mos y que allí oficiaba como prostituta, cobrando mucho dinero y teniendo muchos clientes famosos por ser la única acusada sobreviviente. Mos se reía al escuchar estos rumores, que atraían escribas y curiosos a ese lugar perdido.
Yo me curé de las fiebres y lamenté haberme perdido la buena diversión de los decapitamientos, las hogueras y los azotes. La condesa, se contaba, agonizaba en su recámara tapiada. Yo lamenté no haberla visto nunca; dicen que era muy hermosa, al menos de joven. En realidad, a la única que había visto del castillo de cerca era a Katrina; ahora había otras personas, quizás tan despiadados como la condesa, no lo sabíamos y si alguno lo sabía no lo decía en voz alta. Un par de veces me acerqué al castillo buscando al escuerzo de baba venenosa; no lo ví. Katrina, pensé, era una mentirosa, además de una bruja. Se lo dije a mi madre y ella me reprendió: las brujas siempre son mentirosas, me respondió, porque son sirvientes del demonio. Y me dijo también que no había escuerzos en nuestro territorio. Pasaron algunos meses, la condesa seguía encerrada, no moría y las personas perdieron interés en la historia. Como era otoño, fuí con mi madre a buscar hongos en los pinos. No había casi ninguno. Cuando regresábamos, mi madre paró en la casa de su comadre a contarse novedades. Como me aburría allí, me quedé a un costado de la casa, jugando con una piedra y una rama.
Entonces ví a Katrina. Estaba muy delgada y las manos le temblaban. Caminaba entre los árboles, donde era casi imposible caminar.
- Creí que eras prostituta y que tenías mucho dinero- le dije.
Katrina me miró con odio, pero no me respondió.
- La condesa está encerrada. ¿Es cierto todo lo que dicen? Estuve enferma cuando ocurrió. Con fiebre- seguí diciendo. Bailoteaba a su alrededor, como una mariposa nocturna.
Tampoco allí me contestó Katrina. Caminaba muy despacio. Usaba una camisa de lino mal teñida.
- Mi madre dice que eres una bruja mentirosa y que no hay escuerzos en nuestro territorio. Y que irás al infierno.
Allí Katrina intentó pegarme una cachetada, pero trastabilló y se cayó al piso. Yo me reí.
- Una bruja mentirosa y fea y azotada. Cien veces azotada.
Desde el piso, Katrina me insultó. Usó las pocas fuerzas que le quedaban para levantarse.
- ¿Es cierto que ella está muriendo?- me preguntó. Tenía los ojos vidriosos, me dí cuenta entonces. Y lo que la hacía temblar era la fiebre.
- En cualquier momento, por ser una impía- le contesté- La malvada condesa, su malvado mayordomo y sus malvadas servidoras. La más fea de todas, Katrina.
- Tengo que llegar. He perdido mucha sangre, pero la poca que tengo le servirá- me contestó ella. Pero no hablaba conmigo. No hablaba con nadie.
- No había escuerzos en nuestro territorio. Bruja mentirosa- repetí. Y le puse una trabada. Volvió a caerse, y esta vez no se levantó. Siguió repitiendo lo de llegar y lo de la sangre. En voz cada vez más baja; me aburrió. Estaba oscureciendo ya.
- Olvida a la condesa; nunca llegarás- le dije al oído. Katrina sacudió la mano, como espantando a una polilla. Volví a la casa de la comadre, donde mi madre me estaba esperando; desde esa tarde, yo tampoco supe nada de Katrina.
martes, 16 de julio de 2019
Tres árboles, una roca.
- ¿Por qué me has traído hasta aquí?- dijo el sacerdote.
- Porque deberíamos bautizar a ese niño.
- Dicen que es hijo de una monja. Que por eso fue abandonado.
- También dicen que el hijo de una princesa celta virgen. Cómo si quedaran tantas princesas celtas vírgenes en estos bosques. Según el cabrerizo que lo encontró, estaba entre pieles de venado bastante bien curtidas, no lejos del establo de las cabras. Fue hace tres noches atrás. Piensan que ustedes pueden darle refugio.
Blaise se enfureció.
- Somos apenas diez. Ocho hombres, una mujer y un viejo moribundo. En un monasterio que es una ruina de madera. ¿Cómo se le ocurre que refugiemos a una criatura?
- Bueno- dijo el cillerero- entonces morirá. No hay mujeres que puedan cuidarlo cerca de aquí. Algunas han muerto a manos de los bárbaros, otras de fiebre puerperal, otras han sido vendidas como esclavas. Bautízelo, entonces, y por lo menos si muere que entre al cielo.
El refugio de las cabras estaba en lo alto de la colina. Allí arriba había tres árboles altos (cipreses, se dijo Blaise) y una roca grande que tenía tallados dibujos obscenos y palabras obscenas. También un par de nombres de simples: seguramente un par de cabrerizos que habían muerto allí, mientras observaban el cielo. Al lado de uno de los cipreses había una construcción pequeñísima, donde apenas cabía un niño no muy alto acostado, hecha de rejuntes de madera y piedra y adobe y hasta un par de piezas rotas de mármol, seguramente robados. Estaba muy mal construída, pero era solamente un refugio para los cabrerizos durante la primavera y el verano. En otoño e invierno, nadie la utilizaba.
El cabrerizo salió de adentro del refugio con una canasta. Adentro había una criatura apenas vestida, con los ojos cubiertos de costra y el cuerpo cubierto de pelos. No era tan pequeño como Blaise había pensado. Probablemente tendría seis, siete meses Quizás hasta nueve. Estaba gordito.
El cabrerizo habló unas palabras con el cillerero. Blaise no entendía su lengua. Solo hablaba latín y algo de galés, pero el cabrerizo seguro no estaba hablando ninguno de los dos idiomas.
- Dice que lo bautizes y luego lo llevaremos al Frouge.
El Frouge no era buen lugar, pensó Blaise. Pero si lo objetaba estaría mostrando interés en el niño, y si mostraba interés tendría que llevárselo con él al monasterio. Los últimos tres inviernos apenas si les había alcanzado para comer.
- ¿Qué nombre le pondremos?- preguntó Blaise. De su cintura sacó los oleos sagrados y un pequeño crucifijo.
- Myrium- dijo el cabrerizo, señalando al niño.
- ¿Myrium?
- Myrium- repitió el cabrerizo.
- Bueno, - Comenzó a recitar la liturgia tradicional. El cillerero le limpió los ojos lagañosos al niño con un trapo viejo empapado en leche de cabra. El niño empezó a llorar. Blaise previsiblemente olvidó la mitad de lo que tenía que decir, pero como tanto el cillerero como el cabrerizo desconocían el latín, lo disimuló bastante bien. El cillerero le dió de masticar un trozo de pan viejo al niño y este dejó de llorar.
- Bueno, misión cumplida.- dijo el cillerero- Ahora lo llevaremos al Frouge. Luego tu irás al monasterio y yo a la vieja villa de los Severo. Pero, que nombre raro que eligió el cabrerizo para el niño.
- Nací en Lutecia- dijo Blaise- Todos los nombres de aquí me resultan raros. Myrium... Si, es cierto, suena raro.
- Bueno- dijo el cillerero- cuando lo deje en el Frouge tendrá otro nombre. Parecido, pero que suene mejor.- el niño se había quedado dormido en la canasta- Me parece que diré que se llama Merlín.
- Porque deberíamos bautizar a ese niño.
- Dicen que es hijo de una monja. Que por eso fue abandonado.
- También dicen que el hijo de una princesa celta virgen. Cómo si quedaran tantas princesas celtas vírgenes en estos bosques. Según el cabrerizo que lo encontró, estaba entre pieles de venado bastante bien curtidas, no lejos del establo de las cabras. Fue hace tres noches atrás. Piensan que ustedes pueden darle refugio.
Blaise se enfureció.
- Somos apenas diez. Ocho hombres, una mujer y un viejo moribundo. En un monasterio que es una ruina de madera. ¿Cómo se le ocurre que refugiemos a una criatura?
- Bueno- dijo el cillerero- entonces morirá. No hay mujeres que puedan cuidarlo cerca de aquí. Algunas han muerto a manos de los bárbaros, otras de fiebre puerperal, otras han sido vendidas como esclavas. Bautízelo, entonces, y por lo menos si muere que entre al cielo.
El refugio de las cabras estaba en lo alto de la colina. Allí arriba había tres árboles altos (cipreses, se dijo Blaise) y una roca grande que tenía tallados dibujos obscenos y palabras obscenas. También un par de nombres de simples: seguramente un par de cabrerizos que habían muerto allí, mientras observaban el cielo. Al lado de uno de los cipreses había una construcción pequeñísima, donde apenas cabía un niño no muy alto acostado, hecha de rejuntes de madera y piedra y adobe y hasta un par de piezas rotas de mármol, seguramente robados. Estaba muy mal construída, pero era solamente un refugio para los cabrerizos durante la primavera y el verano. En otoño e invierno, nadie la utilizaba.
El cabrerizo salió de adentro del refugio con una canasta. Adentro había una criatura apenas vestida, con los ojos cubiertos de costra y el cuerpo cubierto de pelos. No era tan pequeño como Blaise había pensado. Probablemente tendría seis, siete meses Quizás hasta nueve. Estaba gordito.
El cabrerizo habló unas palabras con el cillerero. Blaise no entendía su lengua. Solo hablaba latín y algo de galés, pero el cabrerizo seguro no estaba hablando ninguno de los dos idiomas.
- Dice que lo bautizes y luego lo llevaremos al Frouge.
El Frouge no era buen lugar, pensó Blaise. Pero si lo objetaba estaría mostrando interés en el niño, y si mostraba interés tendría que llevárselo con él al monasterio. Los últimos tres inviernos apenas si les había alcanzado para comer.
- ¿Qué nombre le pondremos?- preguntó Blaise. De su cintura sacó los oleos sagrados y un pequeño crucifijo.
- Myrium- dijo el cabrerizo, señalando al niño.
- ¿Myrium?
- Myrium- repitió el cabrerizo.
- Bueno, - Comenzó a recitar la liturgia tradicional. El cillerero le limpió los ojos lagañosos al niño con un trapo viejo empapado en leche de cabra. El niño empezó a llorar. Blaise previsiblemente olvidó la mitad de lo que tenía que decir, pero como tanto el cillerero como el cabrerizo desconocían el latín, lo disimuló bastante bien. El cillerero le dió de masticar un trozo de pan viejo al niño y este dejó de llorar.
- Bueno, misión cumplida.- dijo el cillerero- Ahora lo llevaremos al Frouge. Luego tu irás al monasterio y yo a la vieja villa de los Severo. Pero, que nombre raro que eligió el cabrerizo para el niño.
- Nací en Lutecia- dijo Blaise- Todos los nombres de aquí me resultan raros. Myrium... Si, es cierto, suena raro.
- Bueno- dijo el cillerero- cuando lo deje en el Frouge tendrá otro nombre. Parecido, pero que suene mejor.- el niño se había quedado dormido en la canasta- Me parece que diré que se llama Merlín.
lunes, 15 de julio de 2019
Schmauss como yo.
- ¿Cómo se apellida su hijo?- le preguntó la administradora.
Hernán suspiró.
- Schmauss como yo.
La administradora leyó la planilla.
- Hace cinco meses que no usted no paga la cuota. Y faltó cinco días seguidos a la escuela.
- Lo de la cuota- dijo Schmauss- lo voy a solucionar pronto.
- Son treinta y cinco mil pesos. Sin contar que está usando el uniforme del año pasado. Y que todavía no compró ni uno solo de los libros de texto. Le enviamos las notificaciones.
- Bueno, es que hace cinco meses que tenemos menos trabajo en la escribanía.
- Entiendo. Pero me parece que su hijo, igual, no encaja en el perfil de esta escuela. Hace rato que las profesoras lo vienen advirtiendo. Se tiñó el pelo de azul hace dos meses. ¿Se dió cuenta?
- Sí, me dí cuenta.
- Esta es una escuela de excelencia. Por favor, si no paga lo que debe, anote a su hijo en otro colegio.
- ¿A mitad de año?
- En una estatal lo reciben igual. Están obligados. Perdone, ahí viene otro padre.
Hernán Schamuss se fue. Le envió un mensaje a su socio en la escribanía.
- Podés presentar un recurso de amparo, para que siga hasta fin de año.
- ¿Y después?
- Y después, probablemente te lo hagan repetir de año.
Bueno, que ayuda, pensó Hernán Schmauss. Lo divertido era que ni siquiera a él le disgustaba mucho la idea de que su hijo cambiara de escuela. A la que le iba a molestar era a su mujer: su única vida social era con el resto de las madres de los compañeritos de su hijo. Pero desde que se había corrido la bolilla -¿por qué esas noticias corren tan rápido?, se preguntó Schmauss- de que su hijo llevaba el uniforme del año pasado y que aún no había comprado Preparation to First 3, Formación Cívica 4, Química y Física Interesantes y Sistemas de Información Contable, todas ediciones 2019, las otras madres solían no tenerla en cuenta cuando publicaban algo en el chat de madres. Como leyéndole el pensamiento, su mujer le envió un chat preguntándole que había pasado en la escuela.
- Me dijeron que tengo que pagar lo que debo o cambiarlo de escuela. Y que faltó cinco días corridos a la escuela.
- Eso es mentira. Faltó el lunes y el martes, no más, estaba enfermo.
- Miércoles, jueves y viernes también faltó. ¿No te acordás? Llovía. Vos lo dejaste faltar.
- Cierto. Pero ¿tanto lío por cinco días de mierda?
- Debemos treinta y cinco mil pesos. ¿De donde querés que los saque? A no ser que alquilemos la casa de Pilar.
- Es de mi hermana también. Y no le va a gustar. ¿Donde vamos a ir cuando empieze el tiempo lindo? La compartimos entre las dos. ¿Y si los inquilinos después no se quieren ir, cómo le pasó a Gloria?
- La alquilaríamos por inmobiliaria. No sé me ocurre otro lugar de donde podamos sacar plata.
- ¿En cuanto pensás que la podríamos alquilar?
- Treinta mil pesos.
- Nadie nos va a pagar eso. Sabés como está todo.
- Bueno, cambiémoslo de escuela. Porque si sigue ahí, lo van a hacer repetir. Y me estoy llenando de deudas, encima. Deudas al pedo.
- Pero ¿y el nene?
Hernán pensó en su hijo. Llamarlo nene era una ilusión de parte de su mujer. Tenía quince años, medía uno setenta y ocho, era más bien gordo, callado y le gustaba leer libros de zombies. Y teñirse el pelo y pintarse las uñas, como había descubierto un mes atrás. No era el niño modelo que figuraba en los folletos de la escuela, eso seguro.
- Ya le avisé- mintió Hernán.
Pasó por el aula de su hijo. Lo saludó de atrás de la puerta vidriada. Su hijo se sorprendió de verlo, levantó la mano y le pidió a la profesora permiso para salir, señalando al padre.
- ¿Hablaste con la señora Mercier?- preguntó Germán. Le habían salido dos granos en la frente. Es firme candidato al bullyng, pensó su padre. Deben burlarse de él todos los días. No me sorprende que se haya teñido el pelo y se haya pintado las uñas.
- Si, vamos a tener que cambiarte de escuela.- dijo Hernán.- Me aconsejó eso.
En la cara de su hijo se vió algo parecido a una sonrisa, pero supo disimularla.
- Está bien.- contestó Germán- Lástima que no tengas para pagar la cuota.
Hernán suspiró.
- Schmauss como yo.
La administradora leyó la planilla.
- Hace cinco meses que no usted no paga la cuota. Y faltó cinco días seguidos a la escuela.
- Lo de la cuota- dijo Schmauss- lo voy a solucionar pronto.
- Son treinta y cinco mil pesos. Sin contar que está usando el uniforme del año pasado. Y que todavía no compró ni uno solo de los libros de texto. Le enviamos las notificaciones.
- Bueno, es que hace cinco meses que tenemos menos trabajo en la escribanía.
- Entiendo. Pero me parece que su hijo, igual, no encaja en el perfil de esta escuela. Hace rato que las profesoras lo vienen advirtiendo. Se tiñó el pelo de azul hace dos meses. ¿Se dió cuenta?
- Sí, me dí cuenta.
- Esta es una escuela de excelencia. Por favor, si no paga lo que debe, anote a su hijo en otro colegio.
- ¿A mitad de año?
- En una estatal lo reciben igual. Están obligados. Perdone, ahí viene otro padre.
Hernán Schamuss se fue. Le envió un mensaje a su socio en la escribanía.
- Podés presentar un recurso de amparo, para que siga hasta fin de año.
- ¿Y después?
- Y después, probablemente te lo hagan repetir de año.
Bueno, que ayuda, pensó Hernán Schmauss. Lo divertido era que ni siquiera a él le disgustaba mucho la idea de que su hijo cambiara de escuela. A la que le iba a molestar era a su mujer: su única vida social era con el resto de las madres de los compañeritos de su hijo. Pero desde que se había corrido la bolilla -¿por qué esas noticias corren tan rápido?, se preguntó Schmauss- de que su hijo llevaba el uniforme del año pasado y que aún no había comprado Preparation to First 3, Formación Cívica 4, Química y Física Interesantes y Sistemas de Información Contable, todas ediciones 2019, las otras madres solían no tenerla en cuenta cuando publicaban algo en el chat de madres. Como leyéndole el pensamiento, su mujer le envió un chat preguntándole que había pasado en la escuela.
- Me dijeron que tengo que pagar lo que debo o cambiarlo de escuela. Y que faltó cinco días corridos a la escuela.
- Eso es mentira. Faltó el lunes y el martes, no más, estaba enfermo.
- Miércoles, jueves y viernes también faltó. ¿No te acordás? Llovía. Vos lo dejaste faltar.
- Cierto. Pero ¿tanto lío por cinco días de mierda?
- Debemos treinta y cinco mil pesos. ¿De donde querés que los saque? A no ser que alquilemos la casa de Pilar.
- Es de mi hermana también. Y no le va a gustar. ¿Donde vamos a ir cuando empieze el tiempo lindo? La compartimos entre las dos. ¿Y si los inquilinos después no se quieren ir, cómo le pasó a Gloria?
- La alquilaríamos por inmobiliaria. No sé me ocurre otro lugar de donde podamos sacar plata.
- ¿En cuanto pensás que la podríamos alquilar?
- Treinta mil pesos.
- Nadie nos va a pagar eso. Sabés como está todo.
- Bueno, cambiémoslo de escuela. Porque si sigue ahí, lo van a hacer repetir. Y me estoy llenando de deudas, encima. Deudas al pedo.
- Pero ¿y el nene?
Hernán pensó en su hijo. Llamarlo nene era una ilusión de parte de su mujer. Tenía quince años, medía uno setenta y ocho, era más bien gordo, callado y le gustaba leer libros de zombies. Y teñirse el pelo y pintarse las uñas, como había descubierto un mes atrás. No era el niño modelo que figuraba en los folletos de la escuela, eso seguro.
- Ya le avisé- mintió Hernán.
Pasó por el aula de su hijo. Lo saludó de atrás de la puerta vidriada. Su hijo se sorprendió de verlo, levantó la mano y le pidió a la profesora permiso para salir, señalando al padre.
- ¿Hablaste con la señora Mercier?- preguntó Germán. Le habían salido dos granos en la frente. Es firme candidato al bullyng, pensó su padre. Deben burlarse de él todos los días. No me sorprende que se haya teñido el pelo y se haya pintado las uñas.
- Si, vamos a tener que cambiarte de escuela.- dijo Hernán.- Me aconsejó eso.
En la cara de su hijo se vió algo parecido a una sonrisa, pero supo disimularla.
- Está bien.- contestó Germán- Lástima que no tengas para pagar la cuota.
sábado, 13 de julio de 2019
Yo Yo Ma
Hablemos, como decía Truffaut, solamente de las cosas que nos gustan. Yo Yo Ma no solo es un violoncellista de los grandes; todo gran instrumentista debe ser de los grandes, sino jamás pasará a la historia. Además es de los intérpretes clásicos que mejor oído tienen para la música; su versión de Shape of You en violoncello es la cabal demostración de que Ed Sheeran (mal que le pese a muchos fanáticos de GOT) es un muy buen compositor y que la cultura no tiene nada que ver con el aburrimiento. La versión de Yo Yo Ma de Shape of You es pura invitación al baile; hace acordar a cuando la música de Mozart y de Bach no eran una contraseña para entendidos, sino música para bailar. Es un intérprete feliz y juguetón, que no parece jactarse nunca de tocar perfecto; eso debería darse por sobreentendido, siendo considerado uno de los mejores violoncellistas contemporáneos. Se jacta de que su música jamás pisa el suelo.
Daniel Tognetti.
Es un problema grande ser empresario de medios y ceder a presiones. Problema aún mayor: ser empresario de medios y ceder al ego. Hace poco hubo una polémica sobre los ex CQC: ninguno de ellos ha hecho nada demasiado destacable a nivel periodístico, desde hace prácticamente dos décadas. A nadie le importa lo que dice Andy, ni lo que dice Mario, ni lo que dice Malnatti, ni lo que dice Goano, ni lo que dice Di Natale, ni lo que dice De La Puente: la pelea entre ellos sonó a pelea de estudiantina de personas que ya hace rato abandonaron la escuela secundaria. Tristemente, el único gran conductor y periodista que produjo Cuatro Cabezas fue Daniel Tognetti, a quién le debemos entre otras cosas la reimpresión de El muchacho peronista de Marcelo Figueras. Cuando Roberto Petinatto abandonó Duro de Domar y Daniel Tognetti tomó la posta, los fans del programa temblamos: llenar el espacio de Petinatto es prácticamente imposible para cualquiera. Pero Tognetti (como decía una vieja propaganda) lo hizo y lo hizo inclusive mejor que Petinatto, lo cuál es cercano a lo imposible. Era imposible mirar Duro de Domar conducido por Tognetti sin reírte diez veces, al menos, de lo bien hecho que estaba el programa. Que la factoría Cuatro Cabezas no se haya nunca dado cuenta de que al perder a Daniel Tognetti perdían al mejor periodista que tenían -no hablo de rating, no hablo de éxito, no hablo de premios Martín Fierro: me circunscribo a la palabra periodismo, porque últimamente parece que alcanza con pasar escuchas ilegales por televisión abierta para ser considerado un periodista exitoso- marca que tampoco eran grandes empresarios de medios, como quieren venderse. Un gran empresario de medios jamás hubiera dejado ir a Tognetti; es más, lo hubiera escuchado. Pero así estan las cosas: Andy es exitoso porque copia el programa de Mirta Legrand (supongo que pretende llegar a ser longevo), Mario es exitoso porque habla sobre sí mismo tres horas al día (hasta a mí me parecen demasiadas), Malnatti es exitoso porque es mal movilero de TN, Nacho Goano es exitoso porque es panelista sobre deportes, Di Natale es exitoso porque fue CQC, De La Puente supongo que por lo mismo. Bueno, Daniel Tognetti no es exitoso, pero tiene la chapa de ser mejor periodista y conductor que todos los otros, lo cuál, bien mirado, no es poca cosa.
viernes, 12 de julio de 2019
Un gato maúlla.
a PB
Lo bueno de viajar es que uno durante unos días no es nadie. Por eso elijo para veranear la ciudad de Antalya; hermosa ciudad con historia, restaurants, playas y vida nocturna. El hotel donde suelo parar se había encarecido mucho desde mi último viaje (dos años atrás) por lo que elegí quedarme en uno más modesto, parecido a una casa de las que en Argentina llamamos estilo alemán, no sé por qué.
Había tres familias parando allí. Dos de ellas eran brasileras, indudablemente ricos de Sao Paulo, según pude deducir por sus conversaciones; la otra era de Irlanda del Norte. Fue el niño menor de esa familia el que habló, por primera vez, del gato que maullaba.
- No hay gatos en este hotel- dijo la mucama.- No nos resulta higiénico.
- Yo también lo he oído maullar- dijo una de las señoras paulistas.
- Será de un vecino.- contestó la mucama, encogiéndose de hombros.
- Será- dijo la paulista.
Esa noche oí por primera vez al gato. Maullaba como un gato pequeño. Lo imaginé gordo, de pelaje blanco, peludo, con algo de gris. Después me di cuenta que estaba imaginando al gato de la cafetería en la calle Planes. Cada vez que intento acariciarlo, me tira un zarpazo. La primera vez debería haber aprendido. De todas maneras, ya no tuve manera de disociar el maullido de un gato con la estampa del otro.
- También oí al gato anoche- le anuncié a la mucama mientras me servía café.
- Estuve preguntando- dijo la mucama- Pero nadie sabe de un gato por aquí cerca. Por mi casa, está lleno. Pero no por aquí.
- Raro- comenté- cerca de una pescadería.
- A la gente de este lugar no les agradan los gatos- dijo severamente la mucama.
Porque no tenía nada que hacer dediqué el día a buscar al gato. Observé tapiales, árboles, recovecos. Inútil, claro, porque un gato es un animal nocturno. El niño menor de los irlandeses (se llamaba Jimmy) observó mi búsqueda y decidió ayudarme.
- Es difícil cazar un gato- aseguró orgulloso de su saber.- Tengo dos en mi casa y nunca puedo cazarlos.
- Claro- dije yo- es difícil cazar un gato.
Después de cinco horas abandoné mi intento de búsqueda y me tumbé en la reposera de la terraza. Pensé en que en algunas culturas los gatos eran sagrados; pensé que los egipcios decían que sus dioses habían creado a los gatos para que los faraones pudieran acariciar un tigre. Pensé que esto último no tenía sentido: los tigres son de la India, no de Egipto. Aunque poco sabemos de los animales de hace tres mil quinientos años atrás. Estaba pensando esas cosas cuando por fin ví al gato: era de un amarillo rosado y bostezaba sobre la rama de un olivar, a tres casas del hotel. Te encontré, pensé, como si hubiera logrado una gran hazaña. La vida está llena de triunfos tontos.
Esa noche, en la cena, le comenté a la mucama:
- Ví al gato. A tres casas de aquí. En la casa del olivar.
- Ah- dijo la mucama.- Sí. La casa del olivar. Pertenecía a los Kasparian.
- ¿A las Kardashian?- pregunté, extrañado.
- No, no, los Kasparian. Una vieja familia de esta ciudad. Emigró, ya sabe.
Y entonces entendí. Kasparian era un apellido armenio. Conviene evitar ese tópico en Turquía.
- Los Bernet viven allí. Desde hace tres décadas. Son de origen canadiense, pero viven en Turquía desde hace tres décadas. Tienen tres perros afganos. Es raro que hayan comprado también un gato.
- Es raro.
Esa noche el gato volvió a maullar y recién pude dormirme al amanecer. Resolví ir a casa de los Bernet, a decirles que por favor encerraran a su animal durante la noche, porque molestaba a los vecinos.
- Pero usted no es un vecino- me dijo el señor Bernet al oir mi queja- Es solo un turista.
- De todas maneras. Es una cuestión de respeto.
- Pero- siguió el señor Bernet- mire lo que es este animal. No molesta para nada.- y de pronto alzó al gato. Cosa rara; de lejos me había parecido de un dorado rosado, pero ahora que lo veía bien era de un gris irisado y oscuro. El animal se acurrucó con los brazos del señor Bernet y me miró con sus ojos amarillos.
- Por favor- repetí yo- Solo me quedan dos noches en esta ciudad y me gustaría descansar.
Bernet asintió. Cumplió su palabra: las dos noches siguientes no oí al gato. Me dió un poco de culpa; la última noche tampoco pude dormir pensando en que quizás el señor Bernet había regalado el pobre gato por mi culpa siendo que yo (allí el tenía razón) era solo un turista. Armé y desarmé la valija tres veces, para distraerme.
A la otra mañana tomé el desayuno e hice el check out. Como la estación no estaba lejos, decidí caminar. Con la mano saludé al dueño del hotel y a Jimmy, que estaba sentado en la vereda, y empecé a caminar, arrastrando mi valija. Una de las ruedas se atascó con una piedra justo enfrente de la casa de los Bernet. Me agaché para desastacarla y, en el alfeizar de una ventana, vi la sombra del gato. No lo regalaron, me alegré. Como leyéndome el pensamiento, el gato salió detrás del vidrio y se puso a relamerse, tranquilamente, el pelaje negro casi azul brillante, casi de realeza.
Lo bueno de viajar es que uno durante unos días no es nadie. Por eso elijo para veranear la ciudad de Antalya; hermosa ciudad con historia, restaurants, playas y vida nocturna. El hotel donde suelo parar se había encarecido mucho desde mi último viaje (dos años atrás) por lo que elegí quedarme en uno más modesto, parecido a una casa de las que en Argentina llamamos estilo alemán, no sé por qué.
Había tres familias parando allí. Dos de ellas eran brasileras, indudablemente ricos de Sao Paulo, según pude deducir por sus conversaciones; la otra era de Irlanda del Norte. Fue el niño menor de esa familia el que habló, por primera vez, del gato que maullaba.
- No hay gatos en este hotel- dijo la mucama.- No nos resulta higiénico.
- Yo también lo he oído maullar- dijo una de las señoras paulistas.
- Será de un vecino.- contestó la mucama, encogiéndose de hombros.
- Será- dijo la paulista.
Esa noche oí por primera vez al gato. Maullaba como un gato pequeño. Lo imaginé gordo, de pelaje blanco, peludo, con algo de gris. Después me di cuenta que estaba imaginando al gato de la cafetería en la calle Planes. Cada vez que intento acariciarlo, me tira un zarpazo. La primera vez debería haber aprendido. De todas maneras, ya no tuve manera de disociar el maullido de un gato con la estampa del otro.
- También oí al gato anoche- le anuncié a la mucama mientras me servía café.
- Estuve preguntando- dijo la mucama- Pero nadie sabe de un gato por aquí cerca. Por mi casa, está lleno. Pero no por aquí.
- Raro- comenté- cerca de una pescadería.
- A la gente de este lugar no les agradan los gatos- dijo severamente la mucama.
Porque no tenía nada que hacer dediqué el día a buscar al gato. Observé tapiales, árboles, recovecos. Inútil, claro, porque un gato es un animal nocturno. El niño menor de los irlandeses (se llamaba Jimmy) observó mi búsqueda y decidió ayudarme.
- Es difícil cazar un gato- aseguró orgulloso de su saber.- Tengo dos en mi casa y nunca puedo cazarlos.
- Claro- dije yo- es difícil cazar un gato.
Después de cinco horas abandoné mi intento de búsqueda y me tumbé en la reposera de la terraza. Pensé en que en algunas culturas los gatos eran sagrados; pensé que los egipcios decían que sus dioses habían creado a los gatos para que los faraones pudieran acariciar un tigre. Pensé que esto último no tenía sentido: los tigres son de la India, no de Egipto. Aunque poco sabemos de los animales de hace tres mil quinientos años atrás. Estaba pensando esas cosas cuando por fin ví al gato: era de un amarillo rosado y bostezaba sobre la rama de un olivar, a tres casas del hotel. Te encontré, pensé, como si hubiera logrado una gran hazaña. La vida está llena de triunfos tontos.
Esa noche, en la cena, le comenté a la mucama:
- Ví al gato. A tres casas de aquí. En la casa del olivar.
- Ah- dijo la mucama.- Sí. La casa del olivar. Pertenecía a los Kasparian.
- ¿A las Kardashian?- pregunté, extrañado.
- No, no, los Kasparian. Una vieja familia de esta ciudad. Emigró, ya sabe.
Y entonces entendí. Kasparian era un apellido armenio. Conviene evitar ese tópico en Turquía.
- Los Bernet viven allí. Desde hace tres décadas. Son de origen canadiense, pero viven en Turquía desde hace tres décadas. Tienen tres perros afganos. Es raro que hayan comprado también un gato.
- Es raro.
Esa noche el gato volvió a maullar y recién pude dormirme al amanecer. Resolví ir a casa de los Bernet, a decirles que por favor encerraran a su animal durante la noche, porque molestaba a los vecinos.
- Pero usted no es un vecino- me dijo el señor Bernet al oir mi queja- Es solo un turista.
- De todas maneras. Es una cuestión de respeto.
- Pero- siguió el señor Bernet- mire lo que es este animal. No molesta para nada.- y de pronto alzó al gato. Cosa rara; de lejos me había parecido de un dorado rosado, pero ahora que lo veía bien era de un gris irisado y oscuro. El animal se acurrucó con los brazos del señor Bernet y me miró con sus ojos amarillos.
- Por favor- repetí yo- Solo me quedan dos noches en esta ciudad y me gustaría descansar.
Bernet asintió. Cumplió su palabra: las dos noches siguientes no oí al gato. Me dió un poco de culpa; la última noche tampoco pude dormir pensando en que quizás el señor Bernet había regalado el pobre gato por mi culpa siendo que yo (allí el tenía razón) era solo un turista. Armé y desarmé la valija tres veces, para distraerme.
A la otra mañana tomé el desayuno e hice el check out. Como la estación no estaba lejos, decidí caminar. Con la mano saludé al dueño del hotel y a Jimmy, que estaba sentado en la vereda, y empecé a caminar, arrastrando mi valija. Una de las ruedas se atascó con una piedra justo enfrente de la casa de los Bernet. Me agaché para desastacarla y, en el alfeizar de una ventana, vi la sombra del gato. No lo regalaron, me alegré. Como leyéndome el pensamiento, el gato salió detrás del vidrio y se puso a relamerse, tranquilamente, el pelaje negro casi azul brillante, casi de realeza.
jueves, 11 de julio de 2019
Kicillof gobernador.
- ¿Te parece buen título?
- Sí, sí, es genial.
- Bueno, tu idea de genialidad es limitada. Pero ni siquiera a vos te puede parecer genial ese título.
- Bueno, es buen título.
- Kicillof confunde mandarinas con naranjas y las paga más caras. Pero, eso no es una primicia. Estamos rifando el poco prestigio que nos queda como diario.
- ¿Nos queda prestigio?
- Buen punto. Igual, es una noticia que solamente le puede parecer interesante a la gente...
- Que no le interesa la política.
- Iba a decir a la gente que se cree que la inteligencia es diferenciar naranjas de mandarinas. No digo, son difíciles de diferenciar, pero nadie escribió una tesis universitaria sobre como diferenciar naranjas de mandarinas. Salvo que seas de la Escuela de Gato Dumas. Para, que pregunto... No, en la Escuela de Gato Dumas tampoco escribieron una tesis sobre semejante boludez. Uno intentó, pero le dijeron que escribiera sobre algo un poco más complicada, sobre los diferentes tipos de corte de verdura. Estuvo como un año para hacerlo. ¿Es lo mejor que tenemos contra Kicilof?
- Eso y los comentarios que dicen que no es muy lindo.
- Hasta Maria Eugenia Vidal piensa que Kicillof es lindo.
- No, no, no es lindo.
- Hasta Nicolás Dujovne piensa que Kicillof es lindo y está pensando en dejarse las patilas como él.
- ¿Podemos insistir en que es petisón?
- ¿Cuánto medís?
- Uno setenta.
- De en serio ¿cuanto medís?
- Uno sesenta y seis.
- De en serio ¿cuanto medís?
- Uno sesenta y uno.
- Si, con suela de goma.
- Te juro que es uno sesenta y uno.
- Bueno, sacate los zapatos.
- No, no, tengo hongos.
- Si, claro, tenes hongos y además sos petiso. Che, no es para tanto. Toulouse Lautrec era bajito. Tyrion es bajito y terminó de Mano del Rey.
- Che, también podríamos usar la causa de dolar futuro.
- Si, claro, nadie entendió jamás esa causa. Fundamentalmente los jueces. Lo cual es un problema para una causa judicial. ¿Qué más tenemos contra Kicillof?
- Podemos decir que es comunista.
- Pero si el comunismo cayó en los noventa. Dijeron que había fracasado. ¿Podemos usar los de setenta años de peronismo?
- ¿Otra vez? El único que insiste con eso es Fernando Iglesias.
- Si, pobre Fernando. Pasa que bochó historia como tres veces. Todavía no lo pudo superar.
- Sí, sí, es genial.
- Bueno, tu idea de genialidad es limitada. Pero ni siquiera a vos te puede parecer genial ese título.
- Bueno, es buen título.
- Kicillof confunde mandarinas con naranjas y las paga más caras. Pero, eso no es una primicia. Estamos rifando el poco prestigio que nos queda como diario.
- ¿Nos queda prestigio?
- Buen punto. Igual, es una noticia que solamente le puede parecer interesante a la gente...
- Que no le interesa la política.
- Iba a decir a la gente que se cree que la inteligencia es diferenciar naranjas de mandarinas. No digo, son difíciles de diferenciar, pero nadie escribió una tesis universitaria sobre como diferenciar naranjas de mandarinas. Salvo que seas de la Escuela de Gato Dumas. Para, que pregunto... No, en la Escuela de Gato Dumas tampoco escribieron una tesis sobre semejante boludez. Uno intentó, pero le dijeron que escribiera sobre algo un poco más complicada, sobre los diferentes tipos de corte de verdura. Estuvo como un año para hacerlo. ¿Es lo mejor que tenemos contra Kicilof?
- Eso y los comentarios que dicen que no es muy lindo.
- Hasta Maria Eugenia Vidal piensa que Kicillof es lindo.
- No, no, no es lindo.
- Hasta Nicolás Dujovne piensa que Kicillof es lindo y está pensando en dejarse las patilas como él.
- ¿Podemos insistir en que es petisón?
- ¿Cuánto medís?
- Uno setenta.
- De en serio ¿cuanto medís?
- Uno sesenta y seis.
- De en serio ¿cuanto medís?
- Uno sesenta y uno.
- Si, con suela de goma.
- Te juro que es uno sesenta y uno.
- Bueno, sacate los zapatos.
- No, no, tengo hongos.
- Si, claro, tenes hongos y además sos petiso. Che, no es para tanto. Toulouse Lautrec era bajito. Tyrion es bajito y terminó de Mano del Rey.
- Che, también podríamos usar la causa de dolar futuro.
- Si, claro, nadie entendió jamás esa causa. Fundamentalmente los jueces. Lo cual es un problema para una causa judicial. ¿Qué más tenemos contra Kicillof?
- Podemos decir que es comunista.
- Pero si el comunismo cayó en los noventa. Dijeron que había fracasado. ¿Podemos usar los de setenta años de peronismo?
- ¿Otra vez? El único que insiste con eso es Fernando Iglesias.
- Si, pobre Fernando. Pasa que bochó historia como tres veces. Todavía no lo pudo superar.
domingo, 7 de julio de 2019
Duramens
-No queda mucho tiempo- dijo Karl. - Habrá que fusilarlos.
Aunque no me caía bien Karl, aunque todos se burlaban de él, tuve lástima por él. Todos en su familia habían sido militares. Los Van Groeff era una familia de alcurnia (siempre lo había sido); se habían afiliado al Partido Nacionalsocialista recién cuando fue obligatorio. Despreciaban a Hitler (ese arribista austríaco, le decían, antes de que fuera elegido Canciller) y a Himmler (desde que Heydrich murió muestra su verdadera inutilidad, solía decirme por lo bajo). La orden era ambigua: aniquilar. En Duramens, un poblado en la frontera, había diez judíos escondidos. Las noticias desde Rusia, Polonia, Eslovaquia, Rumania, desde el norte de Francia, desde Italia, incluso desde España -donde Franco sobrevivía a duras penas- eran espantosas. Pero la orden era ambigua y a la vez precisa: aniquilar. Gastar balas de plomo (pero de oro para nosotros) en fusilar a diez judíos escondidos. Esperábamos que nadie pasara el dato de donde estaban, pero cuando nos llegó la carta del obispo tuvimos el maldito dato. Guardemos una o dos balas, me dijo Karl, para suicidarnos cuando los rusos o los partisanos o los norteamericanos o los ingleses nos encuentren. Yo asentí.
La casa donde estaban escondidos los judíos era bastante grande y muy hermosa. Una villa señorial, un poco abandonada. No estaba desocupada: había una vieja de cien años, vestida a la usanza de las guerras napoleónicas, y sus dos criadas, tan viejas y desdentadas como ella. Se calentaban con un brasero. Cuando entramos nos miraron con odio. Pero, claro, ya estábamos acostumbrados. Eramos seis solamente, de los casi cien que éramos un mes atrás. Porque obedecíamos una orden tan abtrusa como fusilar a diez judíos cuando la guerra ya estaba evidentemente perdida, no pidan que se lo explique a nadie. Un militar no da nunca demasiadas explicaciones de nada.
Empezamos a recorrer las habitaciones. Estaban todas vacías, pero eso era lógico. ¿Estarían escondidos los judíos? Si, probablemente. O no. Quizás se habían ido. Una de las viejas criadas empezó a seguirnos, con una vela. Daba lástima, claro, una mujer de ochenta o noventa años persiguiendo con una vela a seis hombres adultos y sanos, pero todo era tan absurdo que nada le dijimos. ¿Que dialecto hablaría? En este territorio hay más idiomas que arroyos. Nos sorprendimos cuando nos habló en alemán, un alemán claro y marcado y perfecto.
- Hay muchas habitaciones cerradas y las llaves se perdieron hace años- dijo la vieja- Se perdieron por ahí.
- Claro- asintió Karl.
- Pueden abrirlas a hachazos. A las puertas.
- Claro- dije yo.
- Ni siquiera yo sé que hay en esas habitaciones- dijo la criada. - Nunca me dejaban entrar cuando era niña. El viejo señor, la vieja señora, nunca me dejaban entrar.
Y entonces entendimos por qué nos seguía la vieja. Porque tenía curiosidad. Nos avergonzó un poco: nosotros, seis hombres jóvenes y bastante sanos, ni siquiera queríamos recorrer esa casa y ella estaba ansiosa por saber que había en habitaciones cerradas. Supongo que la verdadera muerte es esto, pensé: el principio de la curiosidad. Habíamos hecho cosas atroces, pero el deseo de esta vieja era tan prístino que no tuvimos el ánimo de matarla; nos contagió su curiosidad.
- Esta, por ejemplo- dijo. - Esta.
Guntter la abrió de un hachazo. Estaba previsiblemente vacía, salvo por un arcón abierto donde moraban ratas y mariposas nocturnas. Las ratas estaban gordas. La vieja parecía un poco desilusionada. Salió y nos indicó otra puerta. La abrimos de un hachazo y tampoco había mucho, excepto un caballo de madera apolillado y diez muñecas de porcelana, preciosas, de colección, de las que antes solo tenían los niños muy ricos. Podía ser aquí, dijo Karl. Busquemos escondrijos. Buscamos durante tres cuartos de hora. A la vieja ni se la oía. Estaba feliz contemplando a las muñecas. Las miraba embelesada. Ni se animaba a tocarlas. De pronto, estiró la mano con cuidado para rozar el vestido de una de ellas y la muñeca se cayó, pero por suerte en el piso había un vestido de terciopelo apolilladísimo y no llegó a romperse. Nos alegramos. Fue el primer sentimiento feliz que había tenido en los últimos quince meses.
- La vieja señora me había contado de ellas- nos dijo la vieja. - Siempre quise encontrarlas. Fueron de su hermana menor, antes de que se casara y se fuera .Ella se las había comprado cuando cumplió nueve años; costaron una fortuna. ¿Puedo llevármelas?
- Claro- dijo Karl. De a una.
La vieja se dirigió hacia donde debería haber estado la puerta. Pero la puerta no estaba. Lo cual era imposible. ¿Cómo podía haber desaparecido una puerta en solo una hora? ¿Cómo ninguno de nosotros nos habíamos dado cuenta? Por estas cosas perdimos la guerra, me dije. Karl, Otto, y Guntter empezaron a buscar otra salida, desesperados. Los otros dos soldados se echaron a dormir. La vieja y yo nos quedamos mirando las muñecas. La verdad que los vestidos eran preciosos.
- Es imposible- dijo Kraus, al rato. Otto y Guntter se sentaron en el suelo, a jugar a las cartas.
- Es cierto- dije yo.- ¿Pero viste que hermosas muñecas? No las hacen más así.
- Creo que en otro cuarto hay un juego de té- dijo la vieja. - Pero ahora, jugaré a las cartas un rato con los soldados.
Aunque no me caía bien Karl, aunque todos se burlaban de él, tuve lástima por él. Todos en su familia habían sido militares. Los Van Groeff era una familia de alcurnia (siempre lo había sido); se habían afiliado al Partido Nacionalsocialista recién cuando fue obligatorio. Despreciaban a Hitler (ese arribista austríaco, le decían, antes de que fuera elegido Canciller) y a Himmler (desde que Heydrich murió muestra su verdadera inutilidad, solía decirme por lo bajo). La orden era ambigua: aniquilar. En Duramens, un poblado en la frontera, había diez judíos escondidos. Las noticias desde Rusia, Polonia, Eslovaquia, Rumania, desde el norte de Francia, desde Italia, incluso desde España -donde Franco sobrevivía a duras penas- eran espantosas. Pero la orden era ambigua y a la vez precisa: aniquilar. Gastar balas de plomo (pero de oro para nosotros) en fusilar a diez judíos escondidos. Esperábamos que nadie pasara el dato de donde estaban, pero cuando nos llegó la carta del obispo tuvimos el maldito dato. Guardemos una o dos balas, me dijo Karl, para suicidarnos cuando los rusos o los partisanos o los norteamericanos o los ingleses nos encuentren. Yo asentí.
La casa donde estaban escondidos los judíos era bastante grande y muy hermosa. Una villa señorial, un poco abandonada. No estaba desocupada: había una vieja de cien años, vestida a la usanza de las guerras napoleónicas, y sus dos criadas, tan viejas y desdentadas como ella. Se calentaban con un brasero. Cuando entramos nos miraron con odio. Pero, claro, ya estábamos acostumbrados. Eramos seis solamente, de los casi cien que éramos un mes atrás. Porque obedecíamos una orden tan abtrusa como fusilar a diez judíos cuando la guerra ya estaba evidentemente perdida, no pidan que se lo explique a nadie. Un militar no da nunca demasiadas explicaciones de nada.
Empezamos a recorrer las habitaciones. Estaban todas vacías, pero eso era lógico. ¿Estarían escondidos los judíos? Si, probablemente. O no. Quizás se habían ido. Una de las viejas criadas empezó a seguirnos, con una vela. Daba lástima, claro, una mujer de ochenta o noventa años persiguiendo con una vela a seis hombres adultos y sanos, pero todo era tan absurdo que nada le dijimos. ¿Que dialecto hablaría? En este territorio hay más idiomas que arroyos. Nos sorprendimos cuando nos habló en alemán, un alemán claro y marcado y perfecto.
- Hay muchas habitaciones cerradas y las llaves se perdieron hace años- dijo la vieja- Se perdieron por ahí.
- Claro- asintió Karl.
- Pueden abrirlas a hachazos. A las puertas.
- Claro- dije yo.
- Ni siquiera yo sé que hay en esas habitaciones- dijo la criada. - Nunca me dejaban entrar cuando era niña. El viejo señor, la vieja señora, nunca me dejaban entrar.
Y entonces entendimos por qué nos seguía la vieja. Porque tenía curiosidad. Nos avergonzó un poco: nosotros, seis hombres jóvenes y bastante sanos, ni siquiera queríamos recorrer esa casa y ella estaba ansiosa por saber que había en habitaciones cerradas. Supongo que la verdadera muerte es esto, pensé: el principio de la curiosidad. Habíamos hecho cosas atroces, pero el deseo de esta vieja era tan prístino que no tuvimos el ánimo de matarla; nos contagió su curiosidad.
- Esta, por ejemplo- dijo. - Esta.
Guntter la abrió de un hachazo. Estaba previsiblemente vacía, salvo por un arcón abierto donde moraban ratas y mariposas nocturnas. Las ratas estaban gordas. La vieja parecía un poco desilusionada. Salió y nos indicó otra puerta. La abrimos de un hachazo y tampoco había mucho, excepto un caballo de madera apolillado y diez muñecas de porcelana, preciosas, de colección, de las que antes solo tenían los niños muy ricos. Podía ser aquí, dijo Karl. Busquemos escondrijos. Buscamos durante tres cuartos de hora. A la vieja ni se la oía. Estaba feliz contemplando a las muñecas. Las miraba embelesada. Ni se animaba a tocarlas. De pronto, estiró la mano con cuidado para rozar el vestido de una de ellas y la muñeca se cayó, pero por suerte en el piso había un vestido de terciopelo apolilladísimo y no llegó a romperse. Nos alegramos. Fue el primer sentimiento feliz que había tenido en los últimos quince meses.
- La vieja señora me había contado de ellas- nos dijo la vieja. - Siempre quise encontrarlas. Fueron de su hermana menor, antes de que se casara y se fuera .Ella se las había comprado cuando cumplió nueve años; costaron una fortuna. ¿Puedo llevármelas?
- Claro- dijo Karl. De a una.
La vieja se dirigió hacia donde debería haber estado la puerta. Pero la puerta no estaba. Lo cual era imposible. ¿Cómo podía haber desaparecido una puerta en solo una hora? ¿Cómo ninguno de nosotros nos habíamos dado cuenta? Por estas cosas perdimos la guerra, me dije. Karl, Otto, y Guntter empezaron a buscar otra salida, desesperados. Los otros dos soldados se echaron a dormir. La vieja y yo nos quedamos mirando las muñecas. La verdad que los vestidos eran preciosos.
- Es imposible- dijo Kraus, al rato. Otto y Guntter se sentaron en el suelo, a jugar a las cartas.
- Es cierto- dije yo.- ¿Pero viste que hermosas muñecas? No las hacen más así.
- Creo que en otro cuarto hay un juego de té- dijo la vieja. - Pero ahora, jugaré a las cartas un rato con los soldados.
viernes, 5 de julio de 2019
Idolos secretos
Cuando era chica, claro, eran los ´80 en Argentina, siempre leía la revista Humor. Y en la revista Humor todos escribían muy bien. No recuerdo notas mal escritas de la revista Humor. Pero a partir del año 85, 86 aparecieron tres nuevos periodistas, que habían tenido un programa en la televisión de la primavera alfonsinista que no había durado nada: los periodistas eran Alan Pauls, Daniel Guebel y Marcelo Figueras. Los tres hacían notas sobre espectáculos (cine, teatro, música y demás); las notas eran irónicas y excelentes. La data que tiraba cualquier nota en la revista Humor de cualquiera de ellos tres era tan impresionante que había que releerla tres veces para captar todas las referencias. Yo, modestamente, quería ser ellos tres (cosa bastante imposible, me doy cuenta; es bastante difícil ser ya una sola persona). Quería, cada vez que leía una de sus notas, haberme leído todos los libros, visto todas las películas y haber escuchado toda la música que ellos tres habían leído, visto y escuchado; porque, cada vez que se leía una de sus notas, parecían haberlo leído, visto y escuchado todo. Han pasado varios años desde que era chica; es más, estoy contando los años que me faltan para la jubilación. De todas maneras, no tengo ninguna sorpresa de que Marcelo Figueras, Alan Pauls y Daniel Guebel sean de los tres escritores argentinos más reconocidos internacionalmente. Solo lamento un poco que no hayan comenzado a escribir libros antes.
Apropiación cultural
Entiendo que para los descendientes de africanos la apropiación cultural los moleste: la visión de que Africa es un continente lleno de negros brutos barbáricos es un estereotipo que persiste hasta hoy, y sino hay que ver muchas películas que siguen teniendo a los personajes negros como comic relief o muchas personas que están convencidos que los migrantes senegaleses que llegaron y quizás sigan llegando desde hace veinte años a la Argentina son brutos porque "no hablan bien el castellano" -aunque generalmente hablan mejor ingles y frances que muchos argentinos de colegio bilingüe. De todas maneras, la idea de la apropiación en el campo de la cultura es bastante segregacionista incluso sin quererlo: toda cultura es apropiación. Hablamos castellano en Argentina y no qom o guaraní porque nos apropiamos de la lengua castellana y la transformamos en dialecto rioplatense -por lo menos en la zona de la pampa húmeda. En su libro Culturas hibridas, poderes oblicuos Nestor García Canclini plantea una cuestión interesante en plenos noventa, cuando los ídolos deportivos pasaron de ser deportistas de raza blanca a deportistas de raza negra, como por ejemplo Michael Jordan; el decía, ¿les parece una cuestión menor? Es un salto importantísimo que en la historia de la humanidad muchos ídolos deportivos, musicales, actorales, sean negros y no blancos. Si consideramos que durante años no hubo actores negros premiados en los Oscar; ¿es menor que hoy en día no sea un topico demasiado importante si la actriz nominada a los Oscar sea negra o sea blanca? ¿Es menor acaso que varias de los músicos y las músicas más reconocidos de los últimos treinta años sean negros? Si consideramos que hace setenta años atrás los cantantes blancos tenían que reversionar las canciones compuestas y cantadas originalmente por músicos negros para llegar al público masivo, porque si en los discos aparecía un rostro negro no los compraba nadie, el salto es gigantesco. Solo las personas muy ignorantes se atreven hoy en día a burlarse de Beyoncé, de Denzel Washington y de Chris Rock por su color de piel -dicho sea de paso, me sería muy divertido ver a alguien queriendo burlarse de Chris Rock, uno de los mejores standuperos y cómicos actuales, por su color de piel; Chris Rock es capaz de hacer diez chistes en cinco minutos acerca de su color de piel mejores que cualquier otra persona. Lo mismo ocurrió con la nominación al Oscar como mejor actriz de la mexicana Yalitza Aparicio: los únicos que se atrevieron a burlarse fueron, curiosamente, los mexicanos y centroamericanos de piel "blanca" ("blanca" según los stándares latinoamericanos, para los norteamericanos todos los que estamos debajo del Río Bravo somos morochos, cumbiancheros y nos gusta la pachanga; cuando escuchan tango o modinhas se desconciertan). En todo caso, está bien que los negros estén orgullosos de su cultura, pero la verdad es que la cultura africana -al menos en América- están tan mestizada como las culturas indígenas originarias, la cultura de inmigrantes europeos y arabes, e incluso de cultura china y japonesa.
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