miércoles, 14 de noviembre de 2018

Un aire de familia. 30° parte.

El torneo fue la consagración definitiva de Samuel como uno de los grandes ajedrecistas del mundo, pero lo único que recibió al final fue una medalla de plata y varias notas laudatorias en los diarios matutinos que tenían una sección de ajedrez. Tendría que viajar a Europa ahora, pensó. Pero ¿adonde? Ya la guerra estalló. No sé que hacer. Eduardo Arramburu hablaba ya no solo con su padre, sino con los amigos de su padre, y con los hijos de los amigos de su padre, pero ninguno de ellos sabía si se podía hacer. algo. Sacudían la cabeza cuando les comentaba la situación de su amigo. Uno sólo de ellos, un ex diputado retacón y compadrito, lo echó de su despacho de abogado.
- Usted está muy verde, señorito Arramburu- le dijo- Siga los consejos de su padre Estanislao, que es un hombre inteligente. No se junte con gente tan rara.- y le cerró la puerta de cedro en la cara.
Samuel también empezó a moverse. Su única esperanza era que alguien viajara de Europa, de su país natal, o de Alemania, o de París y que hubiera visto a alguno de los suyos. Fue muchas tardes al puerto y hablaba con casi todos los que desembarcaban. Hablaban diversos idiomas, y Samuel chapurreaba la mayoría de ellos, pero la descripción de su familia encajaba con la de cualquier familia europea. De todas maneras, no se desesperó.
Una tarde fría y lluviosa llegó el barco que traía a Leija, la madre de Bermaner. Bajó envuelta en un chal bordado y arrastrando de la mano a una niña de ocho años, de trenzas negras.
- Mamá, por favor ¿qué hiciste?- le preguntó espantado su hijo.
- Un hijo que no escucha los consejos de su madre no tiene derecho a decirle nada. Además, eres la vergüenza de Aix en Provence. Hacerme sufrir así, y, además, hacerme venir de pronto, cuando yo estoy ocupada con cosas importantes, por una mujer de mala vida. No vuelvas nunca más, porque nadie va a hablarte en nuestro pueblo. Ya me ocupé de ello. Es más; ni siquiera sé si te sigo considerando mi hijo. La tuve que traer a la pobre Pupé porque cuesta mucho hacerla hablar y no puede ser que una de mis alumnas se retrase porque mi hijo, el que fue a París a estudiar filosofía, se le dió por viajar a Sudamérica y malgastar el dinero solo porque se encandila con una cualquiera del Folies Berge. Así que no me hables. No me dirijas la palabra. ¿Quién es este hombre?
- Soy Samuel, amigo de su hijo. Vendedor de género. No lo trate así, ha pasado muy malos meses.
- Porque él se lo buscó. Miles de veces le dije, no viajes a Sudamérica, que hay allá, mosquitos y pantanos, pero él nada, a discutirme, lo peor es que ahora ninguna de las muchachas de Aix en Provence querrán casarse con él, ni las buenas ni las malas, para eso una trae hijos al mundo. Y encima querer decirme algo sobre la pobre Pupé, que es tan buena. ¿Para qué estudió filosofía? ¿Para después gastar el dinero de las clases que da en un collar de turquesas? Eso fue lo peor de todo. El collar de turquesas. ¿Cómo le va a comprar un collar de turquesas a una mujer? El tapado de piel vaya y pase, los vestidos de París bueno, pero ¿un collar de turquesas? Yo no he pedido un crédito nunca, ni siquiera para comprarme un delantal y el pide un crédito para un collar de turquesas y encima se lo regala a una mujer que lo abandona.
Y entonces ocurrió algo increíble. Bermaner se enfureció.
- Bueno, era una mujer muy bella, mamá, que quieres que haga. Más bella que la hija menor de los Bertemme, recuerdas, la que tu decías que parecía un angel. Y bailaba muy bien el tango y tu siempre me decías que a alguna edad tengo que casarme y bueno, no me estoy volviendo precisamente más joven. Además, tu siempre cuentas que el abuelo era un mujeriego. Debo haber heredado su sangre apasionada.
- No metas a papá en esto- dijo su madre- que no lo conociste. Pero no debí decirte nunca que debías casarte. Tendría que haberte conseguido la novia yo, pero ocupada con los niños, quién tiene tiempo. Bueno, vamos a comer algo. Pupé debe estar famélica.


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