domingo, 11 de noviembre de 2018

Una aire de familia 25° parte

Buenos Aires no era muy linda ciudad, pero el aire era más limpio que en París. Eduardo le consiguió a Samuel una piezita en la casa de una señorita mayor, atildadísima y devota de la virgen del Luján. Se encariñó enseguida con Samuel: al segundo día ya le estaba cebando mates dulces y atiborrándolo con pastelitos rellenos de dulce de membrillo.
- Tuve un par de gente de su colectividad antes, de pensionistas- le dijo- pero ninguno era tan agradable como usted.
Porque le agradaba a la mujer y porque no tenía nadie más con quien hablar de su vida en Europa, Samuel sacó las fotos que llevaba en su maleta de cuero. Allí estaban Hannah y Judith, su madre, su padre, sus suegros, todos mirando la cámara apropiadamente serios y vestidos elegantemente.
- Que monada su hija- dijo la señora.- Aunque tan flaquita. Puro ojos. Y su suegro parece un hombre serio, cómo el rabí de aquí a la vuelta. Debe saberse entera la Torah. Y su madre, no puedo creer que usted diga que tiene cuarenta y nueve años. Parece más joven. ¿Usted es músico, verdad?
- No- le respondió Samuel- Soy vendedor. Vendedor ambulante de joyas de oro. Y de géneros. Pero no traje nada de eso aquí. Quiero traer a Judith y a Hannah a Buenos Aires, y al resto de mi familia también, si puedo. Antes de que estalle la guerra. Un amigo mío, Hoffmann, las está cuidando, pero si la guerra estalla...
- Claro- respondió la mujer. Se llamaba Inmaculada y olía a almidón y a agua de violetas. - Pero puede ser vendedor  aquí también. El mercero de la otra cuadra necesita un ayudante; la hija, que era la que trabajaba con él, se casó con un chacarero de San Pedro. Es un hombre algo brusco, pero bueno en el fondo, vaya a hablar con él.
Algo brusco era un circunloquio para describir a Zacarías. Apenas pisó la mercería ("Merceditas Merceditas" se llamaba), que estaba bastante oscura porque tres de los cuatro focos de luz se habían roto, le gruñó a Samuel.
- ¿Que quiere acá? Digale a su mujer que venga directamente. Mandan a los maridos pollerudos que no entienden nada, y ellos llevan cualquier cosa y después vienen a quejarse conmigo de que yo les vendí algo que no era.
- No- dijo Samuel- Pasa que hay un cartel en la puerta que dice que se necesita un ayudante y como yo...
- Busco una mujer. Alguien que sepa de costura, no un hombre con pinta de oficinista. Las mujeres van a salir corriendo en cuanto lo vean.
- Sé vender telas- le dijo Samuel- En Europa...
- No me venga con Europa. Europa es Europa y esto es Argentina. Acá los hombres no quieren trabajar en una mercería. No quieren ser ayudantes acá, es cosa de mujeres , por ahí hay alguno que es un buen sastre, pero esos mandan a sus ayudantes mujeres a comprar. Mis clientas, si lo ven a usted, van a salir corriendo. Estoy loco si lo contrato.
Samuel estaba por irse cuando vió el espejo sucio con seis cajoncitos debajo. Abrió los cajoncitos y vió los botones. Eran cientos, de diferentes colores y calidades. Sacó uno de los cajoncitos y lo tiró sobre el mostrador de la mercería.
- Que hace- gritó Zacarías.
- Botón de nacar, dos ojales - dijo Samuel- Ideal para las blusas livianas de verano de las mujeres. Botón de metal, labrado. Manga de traje de hombre, caro. Botón perla, media esfera. Para vestido de novia o blusa muy fina de organza. Botón de metal, media esfera, sin labrar. Para traje de mediana calidad. Hombre.
Zacarías pestañeó dos veces.
- Una semana.- dijo.- Te doy una semana de prueba.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario