Anoche llovió. Llovió mucho. Las cloacas se desbordaron. Todo era barro cuando salí, per igual me llevé las zapatillas buenas en una bolsa y, cuando llegué al trabajo, me las puse. Fue un día bravo y la otra cajera me gritó un par de veces, pero cuando terminé me dieron la quincena. Compré una pizza y queso fresco en el mismo super, no queso muzzarella porque está por las nubes, pero el fresco se derrite igual. Compré una Fanta, porque a Marquitos le encanta, aunque el pediatra dice que le tengo que controlar el azúcar. Le iba a poner un poco de agua para que no fuera tan dulce y en esas boludeces iba pensando cuando veo que en la puerta de casa está Marquitos llorando, y me dice, no habla muy bien, pero yo lo entiendo, me dice que los densos de al lado entraron en la casilla. Puta madre, digo, pero si armo quilombo termino con un tiro en la frente y Marquitos también. Por suerte, golpeo en la casa de la Elsa y ella me abre. Que me querés contar, le digo. Nos dejaron en la calle. A Marquitos y a mí, los densos de al lado. Elsa vive con las dos hijas, los cinco nietos y uno de los yernos, pero lo mira a Marquitos, que está medio alelado y me dice, que hijos de puta, pasá, mañana vamos a ver que podemos hacer. Nada, que vamos a poder hacer, digo yo, si están entongadísimos esos muchachos, ni con lo de la nena les hicieron nada. Ya está, perdí la casilla. Una racha, yo. Hicimos la pizza con la Elsa y, mientras Marquitos estaba embobado con los Simpsom (tiene stickers de Bart en la cartuchera), comimos dos porciones cada una. Le dí una porción a Marquitos, además de la Fanta a la que le puse la mitad de agua porque el pediatra siempre me dice que tenga ojo con el azúcar. Ya no está para pediatra el Marquitos, me dice Elsa, pero si es casi un nene, le tiene miedo a los médicos de verdad. Mamá una vez lo llevó a un médico de verdad y volvió llorando yse escondió abajo de la cucheta por dos días. Mamá estaba desesperada, pobre, Marquitos salí que te doy un alfajor, me acuerdo que le decía. Ah, me dice Elsa, si Marquitos no salía por un alfajor no salía por nada. No sabes como estaba. A mamá casi le dió un ataque. Al final, cuando nos sentamos en el comedor y nos pusimos a ver la comedia que a las dos nos gustaba y empezó el tema principal, Marquitos salió, se puso a cantar la canción y se tomó todo el matecocido y también los pancitos con margarina. Elsa se ríe. Uh, este Marquitos, dice. Mañana vemos que podés hacer, por ahí te podés ir a otro lado. Empieza a llover, de vuelta, despacito. Nos vamos a dormir, Marquitos en el sillón medio descuajeringado y yo en un colchón. Llegan las hijas de Elsa y los nietos y el yerno, que habían ido al cine, Marquitos se despierta y quiere volver a mirar televisión, pero yo lo reto, le digo que es la hora de dormir y él me hace caso.
De repente, me despierto. Golpean a la puerta. Son las dos de la mañana. El yerno de Elsa se asoma por la ventana y yo también. Es uno de los densos; está todo mojado. Y respira fuerte. Raro. Me doy cuenta lo que es, aunque yo no lo tuve nunca, pero uno de mis primos de Misiones sí y casi se muere. Es asma. Un ataque de asma muy fuerte. El yerno de Elsa, por supuesto, no le abre.
- Abríme, hijo de puta, que quiero hablar con la guacha arrastrada hermana del mogólico.- saca el Colt. Como la cosa puede terminar mal y a los tiros, el yerno de Elsa me dice que salga. El no tiene Colt ni nada y además, como todos en el barrio, le tiene un miedo padre a estos tipos.
- ¿Qué mierda dejaste en esa casilla? No puedo respirar, guacha de mierda- me agarra el pelo fuerte. Me duele, pero no tengo idea de lo que está hablando.
- Esa puta casilla está toda llena de agua. De agua, se nos están llenando los pulmones- y de repente el sonido de sus pulmones es más fuerte que el de su voz- Una hija de puta como vos, seguro que fuiste- me vuelve a tirar el pelo, me saca algunos mechones, parte del cuero cabelludo y sigo sin tener idea de que está hablando. No le voy a hablar fuerte, porque con el Colt me matan a mí, a Elsa y a toda la familia de Elsa y a Marquitos y después hacen un baile de festejo, pero no tengo idea, realmente no tengo idea.
- No sé que decís.
Me pega una trompada. Dos trompadas. Tres trompadas. Duelen bastante y casi lloro, pero no quiero llorar porque me va a arder el labio.
- Quédate vos y el mongui idiota de tu hermano con esa casilla de mierda- dice silbandole los pulmones.- Que se pudran ahí. Tenemos lugares de sobra en el barrio. Igual, cuídate; cualquier día, vas a amanecer quemada.
Y se va. Al rato veo que él y su hermano salen de la casilla. El hermano está dobladísimo y muy pálido y creo que esta vez no es por la merca, aunque no estoy segura.
Hasta la mañana no me animo a decirle a Marquitos que volvamos a la casilla. Cuando le digo, se pone re contento.
- ¿Está la televisión todavía?
Entramos con cuidado. La televisión está, pero los densos se llevaron el DVD y la tablet, que a Marquitos le encantaba. No me importa, algún día los voy a volver a comprar. Recuperamos la casilla, algo es algo, le digo a Elsa.
- Pero dijo que te iba a quemar.
- Por ahí algún día me quema. Pero ¿puedo hacer algo? Si lo denuncio, me queman seguro.
- No entiendo porque estaba tan enojado. ¿Qué te dijo? ¿Por qué te pegó? Vos ni siquiera le habías reclamado por la casilla.
- Si son un par de doblados. Quién los entiende- le contesto.- ¿Me podés vigilar al Marquitos hoy? Tengo que ir a trabajar.
A pesar de que tengo la cara hecha un asco y los clientes me miran bastante mal, aguanto toda la tarde gracias al Diclofenac. La otra cajera me pregunta que mierda pasó.
- Me usurparon la casilla y después uno de los vecinos, los que te conté, los de la nena que se llevó la tía, me pegó feo.- le contesto.
- Que hijos de puta. Tendrías que denunciarlos.
- Si, claro- le contesto yo. Ella vive con los padres y estudia Administración de Empresas a distancia ¿que sabe de mi vida?
Vuelvo a mi casa y esta vez, para que el azúcar no le suba tanto a Marquitos, le compro una Coca Cola light. Cenamos fiambrín con pan y vemos el capítulo de los Simpsom del Monoriel. A mi hermano le encanta la canción del Monoriel y siempre repite: A la grande le pusimos Cuca. Yo lo entiendo.
Marquitos se queda dormido enseguida. A mí me cuesta un poco más. Los animales del agua empiezan a hablarme y me cuentan cosas que no entiendo, pero que veo. Yo no les tengo miedo. Están en este lugar desde antes que yo naciera o por ahí no. Por ahí no, pienso. Por ahí no.
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