domingo, 11 de noviembre de 2018

Posfacio a Los Amores Aéreos

Hacia 1995, creo, cuando aún existían las videocasetteras, ví el avance de una película que se llamaba Angeles e Insectos. Me quedé tan maravillada por ese avance que apenas salió la ví; me desilusionó un poco, aunque es una película hermosa. La trama de la película que yo había imaginado cuando ví el avance era similar a la trama de esta pequeña historia; Angeles e Insectos es una película perturbadora y bella, incluso puede decirse que su trama es incluso más perturbadora que la mía, pero no era la historia que yo me había imaginado. Esperé durante muchos años que algún escritor o cineasta contara la historia que yo había entrevisto en el avance y que no estaba en la película: no es una historia para nada original (tiene mucho de Bioy Casares y de sus amores meláncolicamente imposibles, y de sus científicos inverosímiles), pero nadie la escribió o filmó o si lo hicieron yo no me enteré. De Angeles e Insectos robé esa maravilla que es la mariposa Morpho Eugenia, nombre original de la película, con la que en la época victoriana se hacían joyas algo crueles y cierta atmósfera pesada a trampa, a telaraña. De todas maneras, son dos historias distintas: Angeles e Insectos es, en el fondo, una historia realista, aunque densa y Los Amores Aéreos es pura ficción científica. Elegí un final apropiadamente apocalíptico, y creo yo, a pesar de los esfuerzos de Pearomentier, que nunca aparece, y de Francesca y probablemente de las pobres clonadas Edith y Grace, irreversible. Es, en el fondo, una historia de amor, aunque termina mal; pero muchas historias de amor terminan mal así que no me siento tan culpable por eso.

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