Al tercer día de trabajo Zacarías cedió. Ese paisano (porque el también era judío, aunque hacía rato que el Sabbath, la Torah y las reglas kosher para almorzar y cenar habían desaparecido de sus preocupaciones) sabía lo que hacía, se dijo. Desplegaba las telas, incluso las más ordinarias, con un arte que hacía que las clientas se llevaban tres o cuatro piezas, cuando solo se querían llevar una. Cintas, las podía vender por metros. Mostraba las puntillas como si fueran collares de perlas y sabía aconsejar. Así que Samuel se mantuvo en su nuevo trabajo: eso sí, trabajaba de lunes a sábado y de ocho a cinco de la tarde. Los domingos, el único día que tenía libre, se reunía con Eduardo, y con Bermaner y Lucio en un cafecito de San Telmo, a practicar ajedrez, y a hablar sobre lo que se podía hacer.
- Le conté a padre tu historia- le dijo Eduardo- pero dijo que no había de que preocuparse. ¿Qué puede ocurrir? No van a matarlos a todos, y menos aún a mujeres y a niños. Aún en las guerras...
- Espero que sea así- contestó Samuel- pero me gustaría contactar de alguna manera con Hoffmann. Si supiera donde está, podría saber algo de Hannah y de Judith. Incluso ya no recibo cartas de mi madre ni de mi padre. Les he escrito diez veces, pero nadie me responde. La última carta fue de una de mis cuñadas, y eso fue antes de salir de Europa.
- Yo sigo recibiendo cartas de mi madre- dijo Bermaner- pero dicen que una vaca nació, que la cosecha de trigo fue mala, que una mula lo pateó al parroco y que casi la excomulgan. Cosas así. De todas maneras la traeré aquí, de alguna manera la convenceré. Aunque sea me inventaré una enfermedad mortal como la tuberculosis o el tifus, y ella tendrá que venir.
- Mascalzone- dijo Lucio- Por suerte mi familia ya está aquí. Fuimos los últimos en llegar. Annunzziata, Constanza, Fiamma, Albertino e Josepo, mis hermanos y sus hijos. La mejor panadería de Palermo. Medialunas para chuparse los dedos, uno por uno. No esta porquería- y señaló con un poco de asco la medialuna en la canasta, la última, que nadie comía por pudor.
- ¿Qué tenes contra las medialunas de grasa?- preguntó Eduardo- Son riquísimas.
- Bestialidad- siguió Lucio- Las medialunas y las facturas tienen que hacerse con manteca. Manteca. Tienen manteca para tirar al techo ustedes y usan la triste grasa de las pobres vacas para hacer esta porquería.
- Bueno, no nos peleemos por unas medialunas- intercedió Bermaner- La cosa es que el torneo de ajedrez será dentro de tres semanas y por suerte nuestro amigo Samuel ya está anotado. Capablanca va a estar ahí y si le ganas quizás puedas hacerte aún más famoso. Aún más famoso, aunque ya se está hablando de ti en algunos círculos.
- ¿De mí?- se asombró Samuel.
- Eras levemente famoso en Europa, ya. Hasta yo había oído hablar de ti. Ahora estás en Buenos Aires, ciudad de calles embarradísimas. Hasta el chiquilín caprichoso de los Mujica Lainez, que solo sabe de estatuas y de mitología, brilla aquí.
- Si, ya sé, Manucho- coincidió Eduardo- No lo soporto. También quiere ser escritor. No sé de qué va a hablar en las novelas. ¿De casas? ¿De Neptuno? Pero su madre anda de acá para allá con él, mi nene sabe tanto. Cuando se va de nuestra casa, madre suspira aliviada. Tengo más probabilidades yo que el de ser un gran escritor. Mientras tanto, yo clavado con la agronomía. Que tristeza. Le he pedido ayuda a Schultz Solari y a Lugones con mis versos. No entendí nada de lo que me dijo Schultz, y Lugones se suicidó hace un par de semanas.
Todos se rieron en la mesa. Eduardo los miró desconcertado.
- Espero que no haya sido por tus versos- dijo Samuel.
- Si todos los que leyeran versos malos se suicidaran- acotó Bermaner- la raza humana ya no existiría.
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