Como Argentina es chica y la televisión es grande, una se encariña con algunos actores. Y siempre sentí un especial cariño por Marcos Zucker. Nunca supe por qué. Lo mismo me ocurría con Darío Vittori: probablemente porque mi abuela y mi mamá amaban esas comedias blancas e ingenuas (creo haber sido de las pocas argentinas de mi edad que vió más de veinte veces Mi primera novia, de Palito Ortega, pero bueno, había un solo televisor). No supe hasta mucho tiempo después que uno de sus hijos había desaparecido durante la dictadura. La cuestión es que Marcos Zucker y Darío Vittori tenían la virtud de hacerme reír, y las comedias donde actuaban siempre terminaban bien, lo mínimo que se pretende en una comedia, porque para dramas está la vida. Pero la anécdota que más me gustó
de él la cuenta Adolfo Bioy Casares, a quién de viejo se le dió por contar anécdotas y chismes, como a todos los viejos: un día Marcos Zucker recibió de regalo unos zapatos de charol, divinos, un lujo, pero dos números más chicos que los que le correspondían pero los usó igual, aunque le deformaron los pies y le dolían. Los zapatos de charol eran un regalo que no podía rechazar.
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