- Hoffmann, si es quien yo pienso, es su apellido verdadero.
- No importa- fue la respuesta de Dago- ¿Lo conoces?
- Era mi amigo. El cuidaba a mi familia.
- Tienes suerte. Si la mitad de lo que se cuenta de él es cierto, tienes suerte.
Samuel regresó esa noche al cuarto de pensión que compartía con Bermaner ligeramente alegre. No todo estaba perdido. Hoffmann todavía estaba vivo. Hoffman no iba a permitir que nada le pasara a su niña favorita, a Judith. Su amigo profesor también se alegró con la noticia.
- ¿Durará mucho más la guerra?
- No lo sé. Norteamérica quiere mantenerse neutral, como Argentina. Inglaterra resiste, pero hasta cuando, no lo sabemos. La están bombardeando diariamente. El resto de Europa ha caído. Es poco probable que el Eje pierda.
- Si cae Inglaterra, y Norteamérica se mantiene neutral...
- Cómo es probable que se mantenga...
- Hitler ganará. Hasta este lugar perdido de Sudamérica será peligroso para nosotros.
- No pienses así- dijo Bermaner- no pienses que todo el mundo odia a los judíos. Mira si no a Hoffmann; no es judío, y trabaja para la Resistencia, y protege a tu hija.
- Ya sé. Pero es tan poco lo que puedo hacer.
- Ni me lo digas. Lo único que pude hacer yo fue traer a mi madre y Pupé, que por cierto ya está diciendo sus primeras palabras a los nueve años y mi madre e Inmaculada están muy orgullosas. Ojalá haya un golpe de suerte o algo y el destino de esta maldita guerra se tuerza, y el Eje pierda. Es solamente deseo, voluntarismo, lo mío, ya lo sé.
El golpe de suerte llegó una mañana de setiembre, cuando Samuel estaba trabajando en la mercería Merceditas, Merceditas. Eduardo entró enloquecido, enronquecido, feliz.
- Hitler traicionó a Stalin.
- ¿Qué?- contestó Samuel, aturdido.
- Hitler traicionó a Stalin. Invadió a Rusia. Quiere espacio vital para los alemanes, no sé, un discurso rarísimo. Pero ¿no entendés? Hitler va a perder. Está rompiendo alianzas imprescindibles. Está destruyendo todo lo que a sus embajadores e intermediarios les llevó años construir. Es un niño caprichoso que rompe piezas de cristal contra el suelo porque está enojado.
- ¿Entonces crees que ahora Hitler va a perder?
- Estoy seguro- dijo Eduardo, y estaba más contento que el cuando lo decía- Va a perder, va a perder. No sé cuando, pero espero que sea pronto.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario