viernes, 9 de noviembre de 2018
Hector Alterio
No me gustó mucho El secreto de sus ojos ni Metegol, ni El mismo amor, la misma lluvia. La película que si me encantó de Campanella fué El hijo de la novia. Y no por Darín, que siempre está bien cuando actúa, ni por los muchos chistes buenos, porque eso no es tan difícil si se tiene oficio cómo cineasta (y Campanella tiene oficio) sino por Hector Alterio. Pero tengo que empezar por el principio: Alterio para mí siempre fué el actor argentino. Si estaba en una película, la película era buena. Vi La Tregua y leí el libro, un bajón benedettiano, pero los uruguayos cuando quieren ser tristes son peores que los argentinos. En La Patagonia Rebelde y en La Historia Oficial es puro mal. Pero en El Hijo de la Novia, como dice Darín al final, es Fred Astaire. Da cátedra de oficio actoral: hay que ver su cara cuando el cura falso empieza a recitar el Martin Fierro, como diciendo, mi hijo, por ahí me está sanateando, me trajo cualquier cosa, este es capaz, pero bueno, hay que seguir porque después viene la fiesta con tiramisú. Aunque parece una película triste por el tema -en el fondo todos los personajes cargan con su peso- tiene uno de los mejores finales de la historia del cine argentino. Es casi un homenaje interno, un pase de antorchas de una generación a otra, algo que termina y algo que empieza no se sabe muy bien hacia adonde, pero que empieza nuevamente.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario