sábado, 10 de noviembre de 2018

Los amores aéreos. 11° parte.

- Es una bestia- dijo Francesca. Se había sentado en el sillón, rodeada de gasa, de pervinox y de alcohol- y de yapa te robó el auto y la valija. Dos dientes, dos dientes te arrancó de un golpe. ¿Por qué no lo paraste, Danáe? Vos estabas ahí.
- Preguntale a Adrián por qué no lo paré.
A Adrián le dolía todo. La cabeza, la boca, pero también el cuerpo, estaba temblando.
- La casa. Facundo me deja la casa.
Francesca miró a Danáe.
- ¿Cómo saben?
- Perséfone encontró el testamento entre los papeles.
- No puede ser más hijo de puta Facundo. Y vos ¿sabías?
- No- dijo Adrián.- que voy a saber.
- Qué no vas a saber. Vos sos tan hijo de puta como tu amigo- dijo Danáe y se fue a su cuarto.
- ¿De en serio no sabías?- le preguntó Francesca.
- Te juro que no. Traeme hielo, esto me duele.
- Ahora te traigo.
Francesca le trajó una cubetera del freezer, envuelta en un repasador. A pesar de las manos ásperas y de los ojos negros, irreversiblemente duros, parecía bondadosa en ese momento.
- Yo quería saber, cómo Pearomentier. Por eso vine acá. Pero me parece que me voy.
- ¿Me vas a dejar solo?- preguntó Adrián.
- Esto está pasando de castaño a oscuro. Ya no quiero saber. Le voy a decir a Pearomentier que Facundo está muy enamorado de Ismael, muy feliz en su casa Bauhaus viviendo con su amante y con su cuñado y que lo de las muestras habrá sido un error de los conserjes o mío y que el ya olvidó las mutaciones del genoma humano. Si le cuento esto, va a ser un desastre. Me voy.
- Me voy con vos.
- No.- contestó Francesca.- Conmigo no. También te tengo miedo. Es inútil. Es el curso de las cosas.
Y agarró su valija pequeña, de rueditas, una valija que adivinó Adrián solo tenía bombachas de algodón y short y musculosas y algun libro de divulgación ciéntifica como Cosmos de Carl Sagán. Y se fué, por las calles asfaltadas de country, esas calles que tenían absurdos nombres de árboles cómo Los Tilos o Los Sauces.
Adrián se quedó dormido. Al rato lo despertó el sonido de la puerta.
- ¿Qué te pasó?- preguntó Facundo.
- Nada. Nada. Ismael...
- ¿Por qué te pegó?
- Ismael y Martin se fueron. En mi auto. Frances también se fué. ¿Por qué me dejaste la casa? ¿Estás loco? ¿Estás loco? Ismael casi me mata y Danáe...
Adrián se largó a llorar. Sabía más que era la humillación de los golpes y quizás también la desorientación, y quizás por eso lo tranquilizó la voz de su amigo.
- Calmate, después voy a buscar a Ismael. No te preocupes. Te voy a dar un calmante. Un buen calmante. Voltean a un caballo.
Y Adrián bebió el agua con un ansia asombrosa para la boca ardiente y se quedó dormido.

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