Martin se encerró en su pieza. Pretextó un dolor de estómago, que Ismael creyó y que lo hizo ir a la farmacia del country a comprar Uvasal y Sertal. Adrián no sabía bien que hacer. Porque hacía calor, porque el día estaba húmedo se quitó la remera y el pantalón y se tiró a la pileta. El agua estaba helada. Recordó que un día Facundo le había mostrado asombrado el cuento de John Cheever, El nadador, y que ambos habían visto la película y que habían quedado desarmados ante el final, ante ese hombre que perdía todo mientras nadaba piletas de conocidos que se iban volviendo hostiles. La desgracia de la pobreza, pensaron, pero ni Adrián ni Facundo serían nunca pobres, eso lo sabían, sus familias se ocuparían de ello. Nadó de una punta a la otra, cinco metros ida y vuelta que le parecieron una eternidad. Y de pronto vió unas piernas de mujer.
Francesca, pensó.
Pero no. Era Danáe.
- A Martín no le duele el estómago- dijo ella.- Le pasa otra cosa- lo agarró de la muñeca- y vas a decirme lo que es, porque tiene que ver con nosotras.
- No tengo puta idea de que le pasa a Martin- intentó frenarla Adrián.
- Francesca dijo que nos conoció. Y yo la conozco a ella, pero no sé de donde. ¿Por qué no sé? Sos un hijo de puta como Facundo. Nunca nos quiere decir la verdad.
- Yo tampoco sé la verdad. Hace años que no veo a Facundo.
- Sos su mejor amigo. Algo tenés que saber. Algo sabés. Perséfone estuvo revisando los papeles de Facundo. Encontró el testamento. Te deja la casa, esta casa a vos. ¿Por qué? ¿Qué sos de Facundo para que te deje esta casa? Tiene madre, tiene hermanos, está Ismael, está hasta Francesca. Pero te la deja a vos. Y te invita a venir acá.
- ¿Cómo que le deja la casa?- gritó Ismael. Ninguno de los dos lo habían visto, estaba parado cerca de la puerta ventana de la cocina, sosteniendo la bolsa de la farmacia.
- Reverendo hijo de puta, vos y tu amigo- Ismael se metió en la pileta y ante el miedo concreto que les daba el boxeador, Danáe y Adrian retrocedieron varios pasos- Te deja la casa a vos, la concha de tu madre, que te pensás, seré medio pelotudo, pero te pensás que me vas a pasar a mí, idiota, hijo de puta.
Adrián llegó al borde de la pileta. No había más lugar para retroceder. Ismael le pegó primero en la sien, un dolor y el sabor de la sangre llegaron enseguida, luego en la mandíbula y dos dientes se le quebraron y casi se desmayó. Danáe lo sostuvo.
- Vos no lo defiendas, estúpida.
- Por mí pegale todo lo que quieras- respondió Danáe.
- No le sigo pegando porque me da lástima. No se sabe ni defender. Me voy ya. Martin- gritó- Martin.
Su hermano se asomó por la ventana.
- Que queres, me siento mal.
- Nos vamos. Nos llevamos el auto de este pelotudito. ¿Donde estan tus llaves, Adrian?
- En la valija.
- Me llevo también la valija. Ni se te ocurra denunciarnos a la policía, ¿me oíste? ¿Me oíste?
Martin ya estaba al lado de la pileta, con un bolso de mano y la cara algo verdosa.
- ¿Compraste Sertal?- le preguntó a su hermano.
- Si, y Alikal y Uvasal también, por las dudas. Mirá cómo lo dejé a este muchacho. Quedo peor que el polaco Spikaz, te acordás, en Las Vegas.
- Vámonos ya, Ismael- dijo Martín y miró por última vez a Danae, que se limpiaba la sangre que caía de la boca de Facundo con el agua de la pileta.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario