Fue de madrugada. Unos golpes fuerte en la puerta de la casa de Inmaculada, que miró por el visillo con un poco de miedo, pero enseguida abrió. Samuel estaba desayunando en la cocina, una taza de te con galleta marinera dura y allí estaba Eduardo.
- Hitler invadió Polonia- le dijo su amigo.- Padre se enteró anoche y me lo dijo hace un rato. Parece que Inglaterra y Francia van a entrar en guerra. Me asustó la cara de padre, estaba asustado. Miraba la nada. Padre, padre siempre sabe de estas cosas... Pero se equivocó. Esta vez. Tu familia...
Inmaculada le agarró el brazo.
- No sigas, Eduardo.- y el muchachito se sentó en la cocina.
Curiosamente Samuel no sintió nada. Hacía tanto tiempo que imaginaba que lo peor pasaba (pero ¿era esto lo peor?) que no lo sorprendió la noticia. Hoffmann, pensó. Judith, pensó. Hannah, pensó. Katherine, pensó. Su padre, pensó. Sus primos, pensó. Volver, volver a Europa, no jugar en el torneo.
- Tengo que ir a pelear allá- dijo de pronto. Se levantó de la silla.
Inmaculada lo sentó.
- Bueno- le dijo a Samuel- señor Samuel, se va a ir a Europa, pero antes va a terminar de tomar el té. Y después va a ir con Zacarías y le va a decir que renuncia. Y Zacarías va a entender.
Samuel asintió. Al té, ahora se daba cuenta, le faltaba azúcar. Y estaba demasiado caliente.
- Podés volver allá- le dijo Eduardo- A Francia. A París. Pero ya no le creo más a padre. Hitler invadirá Francia. Invadirá París. Se ha aliado con Stalin y con Mussolini. Es un desastre. Es un tren a contramano a toda furia. Bermaner tenía razón. Los embajadores, las alianzas no sirven de nada.
Inmaculada se largó a llorar. Era un poco triste (era una mujercita vieja y delgada, y las lágrimas solo la hacían más delgada).
- Voy a ir a la iglesia a rezarle a la Virgen del Luján. Y voy a hacer una promesa. Una promesa para que la familia de Samuel no muera. Ahora me visto, me busco la pañoleta. Terminese el té, Samuel.
Bermaner tocó la puerta al poco rato. Venía vestido de profesor (sobrevivía gracias a clases particulares de alemán y de francés), pero su pelo y sus ojos lucían desorbitados.
- ¿Hay alguna posibilidad de que gracias a tu padre le consiga algún tipo de salvoconducto a mi madre?- le preguntó a Eduardo.
- Creo que sí.
- Voy a tener que inventar algún tipo de enfermedad mortal o alguna mujer traicionera. Pero va a venir acá. No puede quedarse en Aix de Provence.
- Lo de la mujer traicionera suena más probable- le dijo Eduardo.- Escuchá sino los tangos. Agarrá alguno más o menos y repetí la letra en una de tus cartas. Exagerá, decile que estás al borde del suicidio o algo asi de dramático. Una milonguera de cabarute que jugó con tu corazón y te dejó en la lona, y te robó todos tus ahorros. Aún un profesor de filosofía necesita a su madre, a su santa viejita.
- Podríamos también ver si podemos hacer algo por la familia de Samuel.
- No sé donde están- dijo Samuel- Ese es el problema. O sí sé donde están, pero la guerra ya estalló. No tengo modo de comunicarme con ellos. Están del otro lado, tan del otro lado que no puedo llegar a ellos de ninguna manera. Tengo que volver a Europa y buscarlos.
- No lo hagas- dijo Bermaner- La guerra, quizás dure dos o tres meses. Jugá el torneo. Es tu última esperanza, como la mía es una mujer completamente inventada gracias al difunto Gardel y a Homero Manzi. Y al amigo Eduardo, cuyas rimas no serán logradas, pero tiene una inventiva que ya quisiera Rimbaud.
- Igual voy a ser ingeniero agrónomo- dijo Eduardo, mientras se servía un poco de té.
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