Cuando Adrián despertó, ya era de noche. Y ya no le dolía tanto la cara y estaba más tranquilo. Sintió de pronto un olor extraño, el olor que había sentido días anteriores cerca de Danáe o tal vez de Perséfone. Había llovido además, el patio estaba mojado, las reposeras también. No había nadie en la planta baja. Subió al cuarto de su amigo y lo abrió con cuidado. Facundo estaba durmiendo. Se acostó al lado de él.
- Adrián- dijo Facundo, soñoliento.
- Parece que Danáe y Perséfone también se fueron. Estamos solos vos y yo.
- Si, se fueron. Las dos se fueron. Yo, yo las llevé. Las llevé a sus casas- fue la respuesta de Facundo.
¿Quiere insistir con esta mascarada, pensó Adrián? ¿Piensa que no sabemos? Quiere arreglar todo con Ismael, me deja la casa a mí, hay que ver que hizo con Danáe y con Perséfone. ¿Las habrá matado? Si son clones ¿corresponde el verbo matar? Pero ellas dos, pensó Adrián, a pesar de ser copias idénticas de dos becarias, respiraban, pensaban, eran seres vivos. Si, quizás correspondía el verbo matar, pero el problema era que Danáe y Perséfone, si Francesca decía la verdad, no habían existido nunca fuera de esa casa. Era el crimen perfecto, pensó Adrián, el que obsesionaba a Poe y a Agatha Christie, el asesino crea a sus víctimas y luego las asesina y la impunidad es completa, porque las víctimas no son seres humanos. El dolor en la boca donde habían estado los dientes recrudeció. Perséfone, pensó, ya no leería más El progreso del peregrino y Danáe ya no se burlaría de Facundo y ya no lo tomaría más de la muñeca y todo eso era tan raro.
- ¿Que hiciste?- le preguntó a Facundo.- ¿Que hiciste con ellas? De verdad.
Facundo se puso boca abajo en la cama.
- Estan en sus casas. Creeme. Te digo la verdad.
- ¿Y por qué me dejaste esta casa a mí? Ismael casi me mata.
- Puro celos... Es tan celoso. Te la dejé sobre todo por eso, porque si se la dejaba a él no iba a entender nada. Le quise enseñar sobre mutaciones genéticas y nada, nada, odia todo eso. Vos eras el único que me iba a entender. Francesca tampoco me entendía.
- Yo tampoco entiendo.
- Me parece que me subió fiebre- dijo de pronto Facundo- Tengo mucha fiebre.
Adrián lo tocó. Definitivamente no tenía fiebre. El cuerpo de su amigo estaba helado. Lo dió vuelta. Los ojos estaban amarillos y supuraban un poco. La boca tenía un extraño tinte verdoso.
- ¿Tomaste algo?- le preguntó.
- Nada, nada.
- Voy a llamar al médico.
- No lo llames. Alcanzame un Paracetamol, ya se me va a pasar.- Y entonces hizo un gesto de nada con las manos y Adrián advirtió que las puntas de los dedos también estaban verdosas, como amoratadas, y bajó las escaleras corriendo y buscó el celular. Y entonces vió la fecha. "Llevo durmiendo dos días y medio seguidos" y se acordó la frase de Facundo y recordó entonces que en el botiquín del baño de abajo había visto un frasco con una K, pero no había pensado nada en ese momento, pero era muy fácil conseguir ketamina en un country, siempre había alguien que vendía y Facundo le había dado ketamina, mucha ketamina, lo había dopado como a un caballo, como a un caballo purasangre de esos negros azabaches a los que el le gustaba apostar en el Hipódromo. Facundo lo había dopado para que no se fuera, o para algo peor. ¿Para matarlo?
Tendría que irme, pensó.
En lugar de irse, llamó al 911. Pero aparentemente la lluvia había hecho estragos con la telefonía celular de la zona, porque solo escuchó ruido blanco como toda respuesta.
Te odio, Facundo, pensó mientras subía la escalera, y no entiendo por que te sigo ayudando.
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