miércoles, 14 de noviembre de 2018

Un aire de familia. 28° parte.

- Por favor- le dijo Bermaner a Samuel- escribe tu mi carta. Si la escribo yo mi madre se dará cuenta del engaño, y me retará cómo a un niño. Como siempre.
Desde el comienzo de la guerra, Samuel, Bermaner y Eduardo se pasaban las tardes en un bar del Palermo, cerca de la panadería de Lucio, donde repasaban jugadas de ajedrez, leían diarios matutinos y vespertinos y discutían acerca de las bondades del café con leche.
- Me hace doler el estómago- decía Bermaner.
- Aporteñate un poco- era la respuesta de Eduardo.- O tomá café negro.
- A ver si te parece- decía Samuel- Querida mamá: te escribo esta carta, aunque sé que estás muy ocupada con tus alumnos y preocupada por el estallido de la guerra, para contarte mi tragedia. Hace dos meses conocí a una hermosa mujer en una de las tradicionales milongas de Buenos Aires. Bailaba muy bien el tango y eso me encandiló. Sé que tu siempre me advertiste sobre las mujeres a las que solo le gustan el baile y el alcohol, pero soy un hombre y como tal soy voluble a los encantos de las mujeres. No me di cuenta de sus verdaderas intenciones; le compré un tapado de piel y cuatro vestidos importados de París, e incluso le regalé un collar de turquesas verdaderas. El asunto es que tu tenías toda la razón; esa traidora jugó con mi pobre corazón, y luego desapareció, y ahora me encuentro tapado de deudas, casi sin trabajo y en la mayor desolación. Por favor, mamá, necesito que vengas aquí, tu hijo te necesita. Con amor, tu hijo.
- Que desgraciada esa mujer- dijo Bermaner.- Me dejó sin nada.
- Deberías dedicarte a la literatura- le dijo Eduardo a Samuel.
- Prefiero el ajedrez. Espero que te sirva, amigo.
- Si, sirve. Voy a agregarle un par de detalles personales pero está bárbara la carta. Si mi madre no viene con esto me trago la edición completa de las obras de Hegel.
- La verdad, me siento un poco culpable- dijo Samuel- Pobre señora, la traemos acá con engaños. Es cómo si la engañara a mi madre.
- Bueno, no es para tanto- dijo Eduardo- Es una mentira menor. Yo también a veces le miento a madre. Le digo que voy a la biblioteca nacional a leer libros de agronomía y en lugar de eso saco Les fleurs du mal, de Baudelaire. A veces también Rimbaud.
- Mereces el infierno de los malos hijos- acotó Bermaner.
- Bueno, pero generalmente leo libros de agronomía. Es muy, muy aburrido. Trigo, trigo, trigo. Maíz. Papas. Repollos. Ciruelos. Naranjos. Trigo de vuelta. Me da más hambre que otra cosa.
- Ah, la gran pampa húmeda. Pareces el padre de Tardi, uno de mis alumnos. Cada vez que viene a buscar a su hijo me empieza a recitar el Martin Fierro y el Fausto de Estanislao del Campo. Eso es poesía, me dice, que jode con ese tal Lautremont. Quiero que mi hijo sea un buen gaucho y todos los fines de semana lo llevo a la estancia a arriar vacas, a comer asado y a compartir con la peonada. Ya me sabe distinguir un overo rosao de un mala cara y tiene su propio cuchillo monogramado. No me lo afrancese tanto al muchacho, me recomienda. Como si pudiera. Todavia no sabe pronunciar correctamente chien.
- Le chien perdu.- dijo Eduardo- Padre me dijo que hablará con el Cancillero por lo de tu madre. Pero no te preocupes, podrá viajar. Lo de Samuel está más complicado.
- Ya lo sé.- dijo Samuel.- Ya lo sé. Creo que podré hacer algo en el torneo de ajedrez, pero espero que esta guerra sea breve. Muy breve. Que Hitler o Mussolini se asusten y firmen algún tipo de armisticio.
- Mussolini quizás lo hará- dijo Bermaner.- Hitler no creo.
- Yo tampoco lo creo.- dijo Eduardo- Y Mussolini y Stalin se apoyan en Hitler. Lo abandonarán si cae en desgracia, pero mientras tanto se apoyan en el. Hitler no cederá nunca. El realmente odia a los judíos. Me he peleado con padre por esa razón. A padre le parece que lo mejor es que Argentina sea neutral. Que se beneficie económicamente con esta guerra. Pero no es justo, le digo. El me dice que no entiendo nada de política, pero también había dicho que no habría guerra. Argentina no puede ser neutral siempre, le digo, no en una guerra como esta. A padre, claro, no le importa. Ni me escucha.
- Bueno- respondió Bermaner- vengate escribiendo versos como los de Rimbaud y Lautremont. O cuentos kafkianos. El era judío ¿no?

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