jueves, 8 de noviembre de 2018

Los amores aéreos. 9° parte.

Lo divertido del asunto, pensó Adrián, es que yo creía que el gran secreto de Facundo era Ismael. Dibujé toda una historia en mi mente sobre cómo ocultaría piadosamente el amorío de mi amigo a nuestros amigos en común y ahora me encuentro con dos mujeres que no son mujeres. Que son ¿qué? ¿Clones? Es imposible. Y es posible, a la vez, pero... ¿para que me quiere acá Facundo? ¿Para que me acueste con ellas? ¿Para que sea como su cuñado? Facundo se ha vuelto un animal odioso y envuelto en sí mismo y ya no sé si es venenoso o qué. Ya no soy más su amigo. Me voy de aquí, pensó. Los abandono a todos aquí. Vuelvo con Charlotte, ella me comprendía, la abandoné para buscar algo, no sabía qué era. No, yo también estoy mintiendo. Era Facundo. En el fondo, siempre estuve un poco enamorado de él. Pero ahora... Charlotte debe estar en Punta, sacando fotos con el celular, mirando el mar, feliz, un poco triste, si le envío un mensaje ahora me perdonará. Pero eso sería abandonar a Facundo y a Francesca, a Ismael, a Martín. Y a Perséfone y a Danáe.
Y entonces, por primera vez, Adrián pensó en Danáe. Pero no en esta Danáe sino en la chica que se burlaba de Facundo y estaba casada con un importador italiano. Que en realidad se llamaba Edith y que ahora seguramente estaría durmiendo en Berlín, o en alguna ciudad de nombre extraño, y que seguramente hablaba muy mal el alemán.
Pero esa chica no existe aquí. Aquí existe Danáe.
Pensó nuevamente en Charlotte, en sus apuntes de filología inglesa, en la costumbre de cubrirse con pareos las caderas y el torso para no quemarse, en los mojitos que tomaba con lentitud, en su colección de cidis de Moby y Radiohead. Tengo que volver con ella, pensó, pero a medida que pensaba en ella el recuerdo era más borroso y más inseguro.
Ella me ama, pensó, y el la amaba también. Solo un mensaje, pensó, pero Danáe estaba allí y también Perséfone. Y ambas lo observaban.
- ¿Qué te dijo Francesca?- le preguntó de pronto Perséfone.- Vi a Martin entrar corriendo al baño y vomitar. Y no estaba borracho.
- Nada, estuvo hablando...- las miró a las dos.
- Nada- les dijo.
- Tengo que enviarle un mensaje a Charlotte, mi novia- dijo después.
- ¿Qué vas a decirle?- preguntó Perséfone.
- Que voy a Uruguay, con ella.
- Claro- dijo Danáe.- Quieres ver el mar. Junto a Charlotte. Menos mal que casi no deshiciste la valija que dejaste en la sala de estar.
- Claro- contestó Adrián. - No voy a enviarle un mensaje. Voy a llamarla. Quiero oir su voz.
Algo que sea real, pensó de pronto. Algo afuera de esta casa tan extraña.
Marcó el número de Charlotte y una venezolana con disimulado acento argentino le dijo que el número solicitado ya no correspondía a un abonado en servicio. No, pensó el. No es capaz. Volvió a marcar y la misma voz volvió a contestarle. Charlotte, pensó, y en su mente apareció por última vez,  los ojos gris oscuro, un mechón de pelo rubio sobre la frente tal vez demasiado estrecha, las ojotas Hawaiianas y los dedos largos de los pies pintados, la botella de loción Helena Rubinstein en su botiquín, un libro encuadernado en azul sobre su mesita de luz, una tarde en el hipódromo donde todos los caballos a los que habían apostado habían perdido. Ni siquiera sintió tristeza. Me han atrapado aquí para siempre. Facundo, Francesca, Ismael, Danáe, y luego pensó que el solo se había atrapado, que si quisiera podría irse, que si quisiera... La valija aún estaba en la sala de estar, el auto aún estaba en la entrada, pero era inútil porque él era la mosca y era la trampa y era la araña al mismo tiempo y también tenía ganas de vomitar como Martin pero las disimulaba.




No hay comentarios.:

Publicar un comentario