Judith volvió a enfermarse. Empezó con una tos leve, y con un estado febril intermitente que poco a poco fue convirtiéndose en crónico. Era una fiebre que empezaba durante la mañana y la hacía llorar suavemente hacia el mediodía y que luego, a la noche, cedía un poco, y entonces Judith tomaba un poco de sopa de patatas o de compota de ciruelas. "Quizás esté creciendo" dijo una de las vecinas, pero Hannah la veía siempre igual, diminuta en su cama, escurridiza, algo asustada. Hoffmann se burlaba de ella y decía que parecía más un hurón que una niña.
- Un día se escapará por la puerta y volverá a los bosques- le decía a Samuel.
Judith los oía. Preguntaba que era un hurón y que eran los bosques. Entonces Hannah, para entretenerla buscaba un libro de estampas y le mostraba los hurones.
- Son como perros raros- decía Judith.
- Los perros son perros- contestaba Hoffmann- Tu eres un hurón. Algún día vas a escaparte.
- Has descendido de poeta a cuco de niños, Hoffmann- se burlaba Samuel.
- He ascendido de poeta a cuco de niños, querrás decir, Samuel. No hay nada más inútil que un poeta. Sobre todo ahora, que los nazis ganaron las elecciones.
Pero las cosas no parecían haber cambiado mucho. Al menos para Samuel y para Hannah. Lo único que les preocupaba era que Judith se repusiera pronto. Finalmente encontraron un médico que no les cobraba tanto como los otros, y que logró, a fuerza de cataplasmas e inyecciones que la niña estuviera algo mejor durante el día. La visitaba al atardecer: estaba terminando la última de sus visitas cuando los tres escucharon gritos a lo lejos.
El médico se asomó al ventanal del departamento.
- Algo se está incendiando. Es un incendio grande.- les dijo.
Se marchó enseguida. Samuel bajó las escaleras, para averiguar que ocurría.
- Han hecho explotar el Ayuntamiento- le dijo un vecino.- Los comunistas.
- Han muerto dos hombres, parece.
- Muerte a los comunistas. Muerte a los comunistas. Muerte a los judíos- empezó a gritar uno de los hijos adolescentes del vecino.
- Han arruinado nuestro país- dijo otro adolescente.- Guardan el oro bajo sus camas y no dejan que nadie lo toque.
- Allí viven un montón de judíos- gritó el primero. Agarró una tuerca oxidada que había a sus pies y la arrojó con una fuerza asombrosa contra la ventana de Samuel. El vidrio se astilló.
- ¿Qué hacen?- los encaró Samuel.- Yo vivo ahí.
- Entonces eres judío- dijo uno de los adolescentes y escupió en el suelo. Samuel miró a su vecino.
- Usted es su padre. Mire lo que hacen.
El vecino miró a sus hijos y miró a Samuel. También escupió en el suelo, como desafiándolo.
miércoles, 16 de julio de 2014
lunes, 14 de julio de 2014
Primera sangre. 7º parte.
- ¿Mi versión?- murmuró Valentín Bengoechea- Solamente que yo no la maté.
- Bueno, está bien. Ese es el principio. Pero usted se peleó con Paula Graciel, su esposa. Dos veces. Y amenazó con matarla. Ante testigos.
- Eso es cierto.Pero esa es la última parte de la historia.
- ¿Qué historia?
- La mía. La de Paula. Es cierto que estábamos casados, registro civil y todo, pero éramos una fachada.
- ¿Qué fachada?
- La de Zuccardini S.A. Erámos los testaferros.
- No entiendo nada. Empieze desde el principio, cosa de que hasta mi pasante, Trados, pueda entenderlo.
El padre de Valentín Bengoechea era jugador. Unico descendiente de una familia que tres generaciones atrás había tenido dos estancias, un tambo y una fábrica de hilados, y que se habían ido perdiendo en sucesivas quiebras y enfermedades, cuando llegó a adulto heredó cuatro casas y un departamento en Mar del Plata. Decidió alquilar las casas, que eran lo mejor de su herencia, y vivir en Mar del Plata, ciudad que no lo entusiasmaba especialmente, sobre todo en invierno, salvo por la cercanía con el casino. Era joven y no tenía que trabajar para vivir, así que pasaba la mayor parte del día durmiendo, salvo de noche. Se hizo amigo de un montón de gente a la que le gustaba vivir como él.
- De mal vivir, dirían los diarios de antes- ironizó Mendiola.
- Mi viejo decía que no eran mala gente, solo que el trabajo no los entusiasmaba y se habían acostumbrado a vivir en la timba permanente- contestó Valentín.
Entre esos amigos estaba Walter Zucchi. Había vivido en la calle la mayor parte de su vida y había trabajado como diferentes cosas (mozo, changador en el puerto, conserje de hoteles). Después había empezado a timbear y había descubierto que con un poco de paciencia y mucha suerte le daba mejor rédito que el trabajo. La suerte de Zucchi era notoria; había noches en que bastaba que el se sentara a la mesa para que esquilmara al resto de los jugadores, cosa que más de una vez le había traído problemas. Pero no era fácil pegarle a Zucchi; a pesar de ser pequeño, tenía una velocidad y una fuerza que desconcertaba a hombres que pesaban el doble y medían treinta centímetros más que él. Bengoechea padre le había contado a Valentín que a él no le molestaba que el Zucchi le ganara, lo cual, había pensado luego Valentín era un indicio de que lo consideraba su mejor amigo.
- Según mi viejo- dijo Bengoechea- Zucchi siempre tenía grandes ideas para hacer mucho dinero. Lo cuál, decía él, no siempre significa que las ideas sean realizables. Y después mi padre me decía algo que aún no entiendo del todo; que en la timba había aprendido que el dinero es algo bastante complejo, que los hombres se acostumbran a pensar de él como de algo físico, a olvidarse de que en realidad no existe, que es una costumbre, un uso de los humanos.
- Me imagino- dijo Mendiola- Su padre era todo un filósofo.
- No- dijo Bengoechea- Mi padre terminó siendo cuidador de caballos. El sí perdió mucho en el juego. Le comió las cuatro casas y el departamento. Pero no pasó de golpe, como en las películas. Fue así: antes de que yo naciera perdió una de las casas, la más chica. Después yo nací. Por un tiempo dejó de jugar y creo que hasta consiguió un trabajo de portero. Entonces mi mamá se enfermó. No teníamos obra social y papá contrajo muchas deudas. Se le ocurrió que el juego podía ser una buena solución. Así perdió la otra casa. Mi mamá se recuperó, y las deudas seguían siendo muchas y tuvo que salir a trabajar. La verdad era que mi papá no sabía trabajar; se ponía nervioso enseguida, lo incomodaban las órdenes, los jefes, los horarios. Así que se quedaba conmigo, me cuidaba, y entonces mi mamá venía de trabajar, y nos encontraba a los dos mirando la tele con una Coca Cola por la mitad y papas fritas y hacía un escándalo. Las últimas dos casas que le quedaban eran muy difíciles de alquilar (demasiado grandes, demasiado lujosas, era época de recesión) y mes a mes se iban acumulando los impuestos. "Antes de que las rematen" me dijo una tarde "voy a ver si puedo sacar algo de ellas". Y las malvendió sin que mi vieja supiera y después desapareció dos meses enteros. Lo encontró la policía, en un campo de Ayacucho, cuidando unos caballos. Había perdido la guita de las dos casas (cerca de doscientos mil dólares) en el pase inglés. También tuvimos que vender el departamento en Mar del Plata, para pagar las deudas. Así que mamá, él y yo terminamos en Ayacucho. Y por un tiempo, no nos fue tan mal, hasta que Walter Zucchi volvió a ver a mi papá. Yo tenía dieciséis años.
-
- Bueno, está bien. Ese es el principio. Pero usted se peleó con Paula Graciel, su esposa. Dos veces. Y amenazó con matarla. Ante testigos.
- Eso es cierto.Pero esa es la última parte de la historia.
- ¿Qué historia?
- La mía. La de Paula. Es cierto que estábamos casados, registro civil y todo, pero éramos una fachada.
- ¿Qué fachada?
- La de Zuccardini S.A. Erámos los testaferros.
- No entiendo nada. Empieze desde el principio, cosa de que hasta mi pasante, Trados, pueda entenderlo.
El padre de Valentín Bengoechea era jugador. Unico descendiente de una familia que tres generaciones atrás había tenido dos estancias, un tambo y una fábrica de hilados, y que se habían ido perdiendo en sucesivas quiebras y enfermedades, cuando llegó a adulto heredó cuatro casas y un departamento en Mar del Plata. Decidió alquilar las casas, que eran lo mejor de su herencia, y vivir en Mar del Plata, ciudad que no lo entusiasmaba especialmente, sobre todo en invierno, salvo por la cercanía con el casino. Era joven y no tenía que trabajar para vivir, así que pasaba la mayor parte del día durmiendo, salvo de noche. Se hizo amigo de un montón de gente a la que le gustaba vivir como él.
- De mal vivir, dirían los diarios de antes- ironizó Mendiola.
- Mi viejo decía que no eran mala gente, solo que el trabajo no los entusiasmaba y se habían acostumbrado a vivir en la timba permanente- contestó Valentín.
Entre esos amigos estaba Walter Zucchi. Había vivido en la calle la mayor parte de su vida y había trabajado como diferentes cosas (mozo, changador en el puerto, conserje de hoteles). Después había empezado a timbear y había descubierto que con un poco de paciencia y mucha suerte le daba mejor rédito que el trabajo. La suerte de Zucchi era notoria; había noches en que bastaba que el se sentara a la mesa para que esquilmara al resto de los jugadores, cosa que más de una vez le había traído problemas. Pero no era fácil pegarle a Zucchi; a pesar de ser pequeño, tenía una velocidad y una fuerza que desconcertaba a hombres que pesaban el doble y medían treinta centímetros más que él. Bengoechea padre le había contado a Valentín que a él no le molestaba que el Zucchi le ganara, lo cual, había pensado luego Valentín era un indicio de que lo consideraba su mejor amigo.
- Según mi viejo- dijo Bengoechea- Zucchi siempre tenía grandes ideas para hacer mucho dinero. Lo cuál, decía él, no siempre significa que las ideas sean realizables. Y después mi padre me decía algo que aún no entiendo del todo; que en la timba había aprendido que el dinero es algo bastante complejo, que los hombres se acostumbran a pensar de él como de algo físico, a olvidarse de que en realidad no existe, que es una costumbre, un uso de los humanos.
- Me imagino- dijo Mendiola- Su padre era todo un filósofo.
- No- dijo Bengoechea- Mi padre terminó siendo cuidador de caballos. El sí perdió mucho en el juego. Le comió las cuatro casas y el departamento. Pero no pasó de golpe, como en las películas. Fue así: antes de que yo naciera perdió una de las casas, la más chica. Después yo nací. Por un tiempo dejó de jugar y creo que hasta consiguió un trabajo de portero. Entonces mi mamá se enfermó. No teníamos obra social y papá contrajo muchas deudas. Se le ocurrió que el juego podía ser una buena solución. Así perdió la otra casa. Mi mamá se recuperó, y las deudas seguían siendo muchas y tuvo que salir a trabajar. La verdad era que mi papá no sabía trabajar; se ponía nervioso enseguida, lo incomodaban las órdenes, los jefes, los horarios. Así que se quedaba conmigo, me cuidaba, y entonces mi mamá venía de trabajar, y nos encontraba a los dos mirando la tele con una Coca Cola por la mitad y papas fritas y hacía un escándalo. Las últimas dos casas que le quedaban eran muy difíciles de alquilar (demasiado grandes, demasiado lujosas, era época de recesión) y mes a mes se iban acumulando los impuestos. "Antes de que las rematen" me dijo una tarde "voy a ver si puedo sacar algo de ellas". Y las malvendió sin que mi vieja supiera y después desapareció dos meses enteros. Lo encontró la policía, en un campo de Ayacucho, cuidando unos caballos. Había perdido la guita de las dos casas (cerca de doscientos mil dólares) en el pase inglés. También tuvimos que vender el departamento en Mar del Plata, para pagar las deudas. Así que mamá, él y yo terminamos en Ayacucho. Y por un tiempo, no nos fue tan mal, hasta que Walter Zucchi volvió a ver a mi papá. Yo tenía dieciséis años.
-
sábado, 12 de julio de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
- Que quede claro- le dice la repostera a Julián y a la Peco apenas llegan- que no vamos a tolerar más este abuso.
- Julián- dice la Peco- no me digas que con una de tus empleadas.
- Te juro que no, por favor.
- No, Peco, no es eso. El problema sos vos- le digo.
- ¿Yo?- dice la Peco.
- La crema, el lemon pie, el merengue, el chocolate y parece que hay muchos problemas con la tarta de frutas.
- No entiendo nada- dice Julián.
- Y también queremos un aumento- le digo, juntando un poco de coraje- El sueldo que tenemos no nos alcanza para nada.
- ¿Cómo para nada? ¿Y las propinas?
- La gente que viene acá no deja buenas propinas- replica Azul- Tenemos que trabajar diez horas por día para juntar un sueldo decente. Y no nos pagan viáticos. Una hora de viaje en tren y quince minutos de subte.
A mí lo de los viáticos ni se me había ocurrido.
- Y además cada vez que rompemos una cucharita nos la cobran- sigue otra de las mozas, Laura- ¿A quién se le ocurre usar cucharitas de porcelana? ¿Por qué no de metal, como en todos los lugares? ¿Por qué no hay un bachero que se especialize en lavar cucharas de porcelana?
- Y encima- dice la repostera- después de que estuve siete años trabajando en cinco pattiseries diferentes, viene la nueva novia del nuevo gerente y arruina las tortas que diseñaron especialmente para este local y que me llevó un mes aprender a cocinar perfecto. Sobre todo el lemon pie.
- ¿Qué pasa con mi lemon pie?- pregunta la Peco.
- Es pesadísimo. Mucha azúcar.
- Julián- dice la Peco- Decíles algo.
- Tu lemon pie es perfecto- dice Julián- Son celos profesionales.
- ¿Ah, sí?- dice la repostera. Saca un lemon pie de la heladera y corta una rodaja. - Comete una porción entera, Julián.
- ¿Por qué?
- ¿Cómo porque?- pregunta la Peco- ¿No decís que es perfecto?
Miro la cara de Julián. ¿Vieron cuando en Naufrágo al naufrago se le pierde la pelota de voley, su único amigo? Esto es peor todavía.
- Claro, ahora lo hago, claro- dice él.
Traga el primer bocado. Traga el segundo. Es algo un poco heroico.
- Me parece Pecosita que tienen razón- dice- Tiene mucha azúcar.
- ¿Vieron? ¿Qué les dije?- dice la repostera triunfal.- Ni él se lo puede tragar.
- Vos no sabés nada.- dice la Peco.- Este lemon pie está perfecto. El otro era muy esponjoso. Parecía una espuma.
- Mirá, querida, vos no te metás en mi cocina. Sobre todo con la onda soy la novia del nuevo gerente. Charlé muchas horas con el padre. Cada dos segundos tiene una novia nueva. Más o menos igual que tu esposa. O ex esposa, no sé.
Ahí la Peco se poné pálida.
- ¿Qué decís?
- Ah, si ustedes vivían a dos cuadras de acá- dice la repostera.- Vos tomabas el té todas las tardes. No soy tan boluda. El otro día la ví con una chica flaca y morocha, de rulitos, con calzas. Muy enamoradas. Y al día siguiente con una chica narigona y desgarbada, algo rara.
- ¿Rara? ¿Polainas a rayas azules y negras? ¿Mechas de tres colores?
Las dos nos miramos. Es imposible. Rita. La primera novia de la Peco, saliendo con Karen.
- La voy a matar- dice la Peco, furiosa, saliendo del local. - Las voy a matar a las dos.
- Pensalo un poco, Peco- le digo yo tratando de calmarla- Vos la dejaste a Karen. Bah, te peleaste, y después conociste a Julián. La Karen está tratando de superarlo. Respirá hondo. Pensá en Bernardita.
- No lo pienso nada. Ella siempre se burló de Rita, de como había podido salir con ella, de que era una mística exótica esotérica que creía en el tarot y en los chakras. Y ahora...
En ese momento sale Julián de la pattiserie.
- ¿No era que Karen no te importaba más, que ya habías encontrado el amor de tu vida y que eramos idénticos, como almas gemelas? ¿No era que estábamos conectados como en el poema de Benedetti?
- Julián- le digo yo- ese poema se lo mandaste a Patri y a Gretel y a Mimucha. Se lo dijiste a un montón de mujeres. No le grites a la Peco, pobre. Está embarazada y se enteró que sus dos ex parejas estan ahora juntas. Es una situación difícil.
- Si, ya lo sé- dice Julián- Ya la he pasado.
- Julián- dice la Peco- no me digas que con una de tus empleadas.
- Te juro que no, por favor.
- No, Peco, no es eso. El problema sos vos- le digo.
- ¿Yo?- dice la Peco.
- La crema, el lemon pie, el merengue, el chocolate y parece que hay muchos problemas con la tarta de frutas.
- No entiendo nada- dice Julián.
- Y también queremos un aumento- le digo, juntando un poco de coraje- El sueldo que tenemos no nos alcanza para nada.
- ¿Cómo para nada? ¿Y las propinas?
- La gente que viene acá no deja buenas propinas- replica Azul- Tenemos que trabajar diez horas por día para juntar un sueldo decente. Y no nos pagan viáticos. Una hora de viaje en tren y quince minutos de subte.
A mí lo de los viáticos ni se me había ocurrido.
- Y además cada vez que rompemos una cucharita nos la cobran- sigue otra de las mozas, Laura- ¿A quién se le ocurre usar cucharitas de porcelana? ¿Por qué no de metal, como en todos los lugares? ¿Por qué no hay un bachero que se especialize en lavar cucharas de porcelana?
- Y encima- dice la repostera- después de que estuve siete años trabajando en cinco pattiseries diferentes, viene la nueva novia del nuevo gerente y arruina las tortas que diseñaron especialmente para este local y que me llevó un mes aprender a cocinar perfecto. Sobre todo el lemon pie.
- ¿Qué pasa con mi lemon pie?- pregunta la Peco.
- Es pesadísimo. Mucha azúcar.
- Julián- dice la Peco- Decíles algo.
- Tu lemon pie es perfecto- dice Julián- Son celos profesionales.
- ¿Ah, sí?- dice la repostera. Saca un lemon pie de la heladera y corta una rodaja. - Comete una porción entera, Julián.
- ¿Por qué?
- ¿Cómo porque?- pregunta la Peco- ¿No decís que es perfecto?
Miro la cara de Julián. ¿Vieron cuando en Naufrágo al naufrago se le pierde la pelota de voley, su único amigo? Esto es peor todavía.
- Claro, ahora lo hago, claro- dice él.
Traga el primer bocado. Traga el segundo. Es algo un poco heroico.
- Me parece Pecosita que tienen razón- dice- Tiene mucha azúcar.
- ¿Vieron? ¿Qué les dije?- dice la repostera triunfal.- Ni él se lo puede tragar.
- Vos no sabés nada.- dice la Peco.- Este lemon pie está perfecto. El otro era muy esponjoso. Parecía una espuma.
- Mirá, querida, vos no te metás en mi cocina. Sobre todo con la onda soy la novia del nuevo gerente. Charlé muchas horas con el padre. Cada dos segundos tiene una novia nueva. Más o menos igual que tu esposa. O ex esposa, no sé.
Ahí la Peco se poné pálida.
- ¿Qué decís?
- Ah, si ustedes vivían a dos cuadras de acá- dice la repostera.- Vos tomabas el té todas las tardes. No soy tan boluda. El otro día la ví con una chica flaca y morocha, de rulitos, con calzas. Muy enamoradas. Y al día siguiente con una chica narigona y desgarbada, algo rara.
- ¿Rara? ¿Polainas a rayas azules y negras? ¿Mechas de tres colores?
Las dos nos miramos. Es imposible. Rita. La primera novia de la Peco, saliendo con Karen.
- La voy a matar- dice la Peco, furiosa, saliendo del local. - Las voy a matar a las dos.
- Pensalo un poco, Peco- le digo yo tratando de calmarla- Vos la dejaste a Karen. Bah, te peleaste, y después conociste a Julián. La Karen está tratando de superarlo. Respirá hondo. Pensá en Bernardita.
- No lo pienso nada. Ella siempre se burló de Rita, de como había podido salir con ella, de que era una mística exótica esotérica que creía en el tarot y en los chakras. Y ahora...
En ese momento sale Julián de la pattiserie.
- ¿No era que Karen no te importaba más, que ya habías encontrado el amor de tu vida y que eramos idénticos, como almas gemelas? ¿No era que estábamos conectados como en el poema de Benedetti?
- Julián- le digo yo- ese poema se lo mandaste a Patri y a Gretel y a Mimucha. Se lo dijiste a un montón de mujeres. No le grites a la Peco, pobre. Está embarazada y se enteró que sus dos ex parejas estan ahora juntas. Es una situación difícil.
- Si, ya lo sé- dice Julián- Ya la he pasado.
jueves, 10 de julio de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Germán.
- Así que te robaron el auto- dice Marina.- ¿Lo tenías asegurado?
- Sí, por suerte- dice Javier.- Aunque me parece que lo dejé sin alarma.
- No se lo vayas a decir a los del seguro. Che, en este país no se puede vivir más.
Javier se empieza a poner un poco nervioso.
- ¿Qué decís?
- Que este país es un desastre, robos todos los días, asesinatos, drogas. Antes no me vas a decir, Javier, cuando éramos chicos las cosas estaban mejor. Antes de que llegaran esta manga de chorros.
- ¿Que manga de chorros?
- Los Kirchner ¿quién va a ser? Antes el país era un país en serio.
Javier se pone un poco pálido.
- Marina- le digo yo- Javier es de la Cámpora.
- Uy- dice ella- Disculpá.
- ¿Vos pensás eso de nuestra presidenta y de Nestor?- le pregunta él.
- No- dice ella- Bah, bueno, sí, te digo, a mi no me gustan nada los kirchneristas. Destruyeron el país. Son peores que los militares.
- ¿Por qué?- pregunta Javier.
- ¿Por qué que?- le pregunta Marina.
- ¿Por qué son peores que los militares?
- Bueno, cuando estaban los militares no había tantos robos, por lo menos.
- ¿Según quién? No habíamos nacido cuando estaban los militares.
- Mirá, que querés que te diga, son peores. Ahora lo único que dan es esos planes Descansar, y los villeros van y toman un terreno y ni se los puede desalojar porque parece que tienen derechos.
- Marina- digo yo- esto te parecerá increíble que te lo diga: yo milito para el PRO, hasta tengo el cotillón del último triunfo de Macri y también pienso que los villeros tienen derechos. Primero de todo, a que no se los llame villeros.
- ¿Por qué no se los puede llamar villeros? Este es un país libre, yo les digo como quiero. Ahora lo que me falta, los ayudé y todo porque si no la denuncia se la iban a tomar el día del arquero, me ofrezco a llevarlos a su casa, y me empiezan a cuestionar lo que digo.
- No, yo solamente te digo que- empiezo yo, pero Marina evidentemente no me escucha más.
- Mirá, ya me tienen podrida, ahora me van a cuestionar que yo les diga villeros a los villeros, es cierto lo que dicen, no hay más libertad de expresión, nadie puede decir nada que enseguida te saltan con el discurso garantista berreta.
Para el auto. Mira fijamente a Javier.
- Un gusto haberte encontrado. Ya sé que es como a diez cuadras de la dirección que me diste, pero que querés, no puedo compartir el auto con un chico K. Bajénse los dos.
Nos bajamos. Hace un frío tremendo.
- Vamos a ver que pasa después del 2015- nos dice Marina antes de arrancar.
- Que macana- dice Javier.
- Si- le digo yo.
- Con el frío que hace. Yo pensé...
- Por ahí hubieras tenido una oportunidad- le digo yo.
- Sí- dice él- Si no fuera tan facha.
- Si- le digo yo- Milito en el PRO y estoy a la izquierda de ella.
Nos quedamos los dos callados.
- Pero estaba buenísima- dice Javier.- Qué bien que le quedaba el uniforme.
- Así que te robaron el auto- dice Marina.- ¿Lo tenías asegurado?
- Sí, por suerte- dice Javier.- Aunque me parece que lo dejé sin alarma.
- No se lo vayas a decir a los del seguro. Che, en este país no se puede vivir más.
Javier se empieza a poner un poco nervioso.
- ¿Qué decís?
- Que este país es un desastre, robos todos los días, asesinatos, drogas. Antes no me vas a decir, Javier, cuando éramos chicos las cosas estaban mejor. Antes de que llegaran esta manga de chorros.
- ¿Que manga de chorros?
- Los Kirchner ¿quién va a ser? Antes el país era un país en serio.
Javier se pone un poco pálido.
- Marina- le digo yo- Javier es de la Cámpora.
- Uy- dice ella- Disculpá.
- ¿Vos pensás eso de nuestra presidenta y de Nestor?- le pregunta él.
- No- dice ella- Bah, bueno, sí, te digo, a mi no me gustan nada los kirchneristas. Destruyeron el país. Son peores que los militares.
- ¿Por qué?- pregunta Javier.
- ¿Por qué que?- le pregunta Marina.
- ¿Por qué son peores que los militares?
- Bueno, cuando estaban los militares no había tantos robos, por lo menos.
- ¿Según quién? No habíamos nacido cuando estaban los militares.
- Mirá, que querés que te diga, son peores. Ahora lo único que dan es esos planes Descansar, y los villeros van y toman un terreno y ni se los puede desalojar porque parece que tienen derechos.
- Marina- digo yo- esto te parecerá increíble que te lo diga: yo milito para el PRO, hasta tengo el cotillón del último triunfo de Macri y también pienso que los villeros tienen derechos. Primero de todo, a que no se los llame villeros.
- ¿Por qué no se los puede llamar villeros? Este es un país libre, yo les digo como quiero. Ahora lo que me falta, los ayudé y todo porque si no la denuncia se la iban a tomar el día del arquero, me ofrezco a llevarlos a su casa, y me empiezan a cuestionar lo que digo.
- No, yo solamente te digo que- empiezo yo, pero Marina evidentemente no me escucha más.
- Mirá, ya me tienen podrida, ahora me van a cuestionar que yo les diga villeros a los villeros, es cierto lo que dicen, no hay más libertad de expresión, nadie puede decir nada que enseguida te saltan con el discurso garantista berreta.
Para el auto. Mira fijamente a Javier.
- Un gusto haberte encontrado. Ya sé que es como a diez cuadras de la dirección que me diste, pero que querés, no puedo compartir el auto con un chico K. Bajénse los dos.
Nos bajamos. Hace un frío tremendo.
- Vamos a ver que pasa después del 2015- nos dice Marina antes de arrancar.
- Que macana- dice Javier.
- Si- le digo yo.
- Con el frío que hace. Yo pensé...
- Por ahí hubieras tenido una oportunidad- le digo yo.
- Sí- dice él- Si no fuera tan facha.
- Si- le digo yo- Milito en el PRO y estoy a la izquierda de ella.
Nos quedamos los dos callados.
- Pero estaba buenísima- dice Javier.- Qué bien que le quedaba el uniforme.
viernes, 4 de julio de 2014
Primera sangre. 6º parte.
- Un poco te envidio, Trados- me dijo el Brune esa noche- Vas a conocer el caso de cerca.
- ¿A vos también te interesa el triple crimen?
- Es un caso famoso. Trapero- Trapero era uno de los delanteros. Apostaba por todo; por quién iba a ganar el superclásico, por quién iban a ser los titulares en el partido siguiente, por cuando lo dejaría a otro de los jugadores la novia- apostó un asado a que el asesino fue Valentín Bengoechea.
- Mendiola dice que puede que no haya sido.
- Va a ser el abogado defensor. ¿Que querés que diga?
Así que ni siquiera el Brune creía en la inocencia de Valentín Bengoechea. A mi ya me había entrado la curiosidad, de tanto que los otros hablaban. Tres mujeres muertas, jóvenes. La otra todavía agonizaba.
Al otro día llegué temprano a trabajar y ya estaba ahí Valentín Bengoechea con su madre. No era como me lo había imaginado; no sé por qué me lo figuraba morocho, delgado, escurridizo. Era alto y muy pálido, casi lampiño y el pelo estaba cortado en un estilo militar. Tenía una remera blanca lisa y un pantalón de gabardina gris que le quedaba un poco grande y se miraba las manos con fijeza.
- Mi papá llega en un rato- les dijo a los dos Esmeralda.
Se sentaron ambos en la recepción. La mujer estaba un poco más arreglada que el día anterior, pero parecía más nerviosa. Dos o tres veces habló por celular a una tal Quica o Keka o algo así, que aparentemente le daba recomendaciones. La tercera vez dijo, en voz clara y alta, para que todos lo oyéramos:
- Acá nos tienen, todavía, esperando. Se piensan que pueden hacer cualquier cosa con nosotros.
Nos miró cuando cortó. Parecía estarnos midiendo, como si fuéramos una especie extraña. En cambio Valentín no parecía para nada nervioso, solamente cansado, adormilado. ¿Son así los asesinos? pensé. ¿Son como personas comunes, no tienen ninguna marca que los distinga? Hasta ese momento, no me había cruzado con ninguno.
Entonces llegó Mendiola. Antes de entrar a su oficina, me llamó aparte.
- Mirá, Trados, creo que voy a tomar el caso. Pero no estoy muy seguro. No es como los otros casos que tengo, que son pura espuma, puro bla bla bla. Este caso es mucho más difícil. Y si decido no tomarlo, si cuando hablo con este muchacho veo algo que no me gusta, tengo miedo a como vaya a reaccionar. Así que ahora voy a hablar con él, no con la madre, que es una pólvora, pero vos vas a estar conmigo, por las dudas. Por si se le salta la térmica. ¿Te animás?
- Está bien, doctor Mendiola.
- Bueno, señor Bengoechea- dijo entonces Mendiola- pase a mi despacho. Usted no, señora, quiero hablar con mi defendido solamente. El señor Trados, que es mi pasante, va a estar también presente.
Jacinta Bernardez lo miró con desconfianza, pero cedió enseguida porque Mendiola habló con su mejor voz de eminencia. Valentín Bengoechea se levantó muy despacio. Entramos los tres a la oficina y Mendiola cerró la puerta.
- Bueno, señor. Lo primero que quiero saber es si es culpable o inocente.
Valentín Bengoechea murmuró algo.
- No lo oigo.
- Soy inocente- dijo Valentín Bengoechea.- No sé por qué piensan que soy culpable. Soy incapaz de matar a nadie.
- Pero usted dijo que la iba a matar.
- Fue una discusión.
- Entiendo- dijo Mendiola.- Cuénteme su versión de la historia.
- ¿A vos también te interesa el triple crimen?
- Es un caso famoso. Trapero- Trapero era uno de los delanteros. Apostaba por todo; por quién iba a ganar el superclásico, por quién iban a ser los titulares en el partido siguiente, por cuando lo dejaría a otro de los jugadores la novia- apostó un asado a que el asesino fue Valentín Bengoechea.
- Mendiola dice que puede que no haya sido.
- Va a ser el abogado defensor. ¿Que querés que diga?
Así que ni siquiera el Brune creía en la inocencia de Valentín Bengoechea. A mi ya me había entrado la curiosidad, de tanto que los otros hablaban. Tres mujeres muertas, jóvenes. La otra todavía agonizaba.
Al otro día llegué temprano a trabajar y ya estaba ahí Valentín Bengoechea con su madre. No era como me lo había imaginado; no sé por qué me lo figuraba morocho, delgado, escurridizo. Era alto y muy pálido, casi lampiño y el pelo estaba cortado en un estilo militar. Tenía una remera blanca lisa y un pantalón de gabardina gris que le quedaba un poco grande y se miraba las manos con fijeza.
- Mi papá llega en un rato- les dijo a los dos Esmeralda.
Se sentaron ambos en la recepción. La mujer estaba un poco más arreglada que el día anterior, pero parecía más nerviosa. Dos o tres veces habló por celular a una tal Quica o Keka o algo así, que aparentemente le daba recomendaciones. La tercera vez dijo, en voz clara y alta, para que todos lo oyéramos:
- Acá nos tienen, todavía, esperando. Se piensan que pueden hacer cualquier cosa con nosotros.
Nos miró cuando cortó. Parecía estarnos midiendo, como si fuéramos una especie extraña. En cambio Valentín no parecía para nada nervioso, solamente cansado, adormilado. ¿Son así los asesinos? pensé. ¿Son como personas comunes, no tienen ninguna marca que los distinga? Hasta ese momento, no me había cruzado con ninguno.
Entonces llegó Mendiola. Antes de entrar a su oficina, me llamó aparte.
- Mirá, Trados, creo que voy a tomar el caso. Pero no estoy muy seguro. No es como los otros casos que tengo, que son pura espuma, puro bla bla bla. Este caso es mucho más difícil. Y si decido no tomarlo, si cuando hablo con este muchacho veo algo que no me gusta, tengo miedo a como vaya a reaccionar. Así que ahora voy a hablar con él, no con la madre, que es una pólvora, pero vos vas a estar conmigo, por las dudas. Por si se le salta la térmica. ¿Te animás?
- Está bien, doctor Mendiola.
- Bueno, señor Bengoechea- dijo entonces Mendiola- pase a mi despacho. Usted no, señora, quiero hablar con mi defendido solamente. El señor Trados, que es mi pasante, va a estar también presente.
Jacinta Bernardez lo miró con desconfianza, pero cedió enseguida porque Mendiola habló con su mejor voz de eminencia. Valentín Bengoechea se levantó muy despacio. Entramos los tres a la oficina y Mendiola cerró la puerta.
- Bueno, señor. Lo primero que quiero saber es si es culpable o inocente.
Valentín Bengoechea murmuró algo.
- No lo oigo.
- Soy inocente- dijo Valentín Bengoechea.- No sé por qué piensan que soy culpable. Soy incapaz de matar a nadie.
- Pero usted dijo que la iba a matar.
- Fue una discusión.
- Entiendo- dijo Mendiola.- Cuénteme su versión de la historia.
miércoles, 2 de julio de 2014
Primera sangre. 5º parte.
- La cosa es así, Trados- empezó mi vieja- Herminia Alarcón y su sobrina vivían en la casa de Berazategui. Como la casa era muy grande y necesitaban dinero, se les ocurrió subalquilar dos cuartos que estaban desocupados. Nunca era por mucho tiempo; generalmente eran estudiantes, viajantes, gente de paso. Hará cosa de dos años atrás llegó una inquilina nueva, que les dijo que se llamaba Nadine y les alquiló uno de los cuartos. Les contó que había venido del Chaco a trabajar en casas de familia, que en los lugares donde había estado la habían maltratado y que ahora trabajaba de cajera en un supermercado mayorista, pero que no tenía ni el sueldo necesario ni los papeles para costearse un alquiler. Todo esto se sabe porque la mejor amiga de Herminia Alarcón habló varias veces con Nadine cuando iba a visitar a su amiga los domingos. El otro cuarto lo habitaba un matrimonio joven, sin hijos: Paula Graciel y Valentín Bengoechea. No hablaban demasiado con Herminia Alarcón ni con la sobrina. Una noche discutieron los dos (después de lo del crimen aparecieron testigos de la pelea por todas partes) y Valentín Bengoechea se fue .Paula se quedó: según decía ella, no por mucho tiempo, tenía que irse a otro lado, ya Berazategui la tenía cansada.
- ¿La sobrina de Herminia Alarcón trabajaba, no? Algo me pareció haber oído- la interrumpí a mi vieja, aunque sé por experiencia que es peligroso hacerlo.
- Algo de atención prestaste, Trados. Si, Martina Alarcón era profesora de Geografía. Se iba a casar en un año y medio. El novio, ingeniero, estaba de viaje por Ecuador cuando pasó todo. Según cuenta la mejor amiga de Herminia Alarcón, ella y su tía se llevaban mal. A Herminia Alarcón le gustaba mucho ir al casino y al bingo y gastaba mucho dinero en eso. Según su sobrina, si su tía hubiera sabido administrar la plata que tenía, no tendrían tantos problemas financieros ni necesidad de subalquilar cuartos. Pero aparentemente a Herminia lo de los cuartos le funcionó bien, además había cobrado un juicio que tenía por una indemnización mal liquidada y en el último año se había comprado un LCD y un aire acondicionado nuevo. Y le había prestado plata a Gabriel Espinosa, el hijo mayor de su compadre, sin que el compadre se enterara.
- Eso son madrinas- acoté yo.
- Si, pero imagínate que cuando todo esto saltó después del crimen del primero que sospecharon fué de Gabriel. La suma era muy alta, treinta mil pesos y además Gabriel había ocultado el hecho. Para colmo uno de sus mejores amigos había estado preso por robo calificado. A los dos fueron a los que buscaron primero.
Pero Gabriel Espinosa y Claudio Beltramo juran que son inocentes y el amigo no solo jura que es inocente de este crimen sino del robo.
- Yo no les creo a ninguno de los dos- dijo Emilia.- Se les ve en la cara que son unos mentirosos.
- ¿Y por qué acusaron a Valentín Bengoechea entonces?
- Porque dos días antes, siempre según la mejor amiga de Herminia, había vuelto a buscar unos papeles y había vuelto a pelearse con Paula. La discusión fue fuerte, según parece, y aunque ellas estaban en la cocina habían escuchado casi todo. Valentín Bengoechea, aparentemente, le gritó que iba a matarla.
- ¿Y entonces?
- Y entonces. Que sé yo, Trados. Unos días más tarde aparecen tres mujeres que vivían allí muertas a puñadas y otra agonizando, sin perspectiva de salvarse. Y lo más raro de todo es que nadie escuchó nada ni vió entrar a nadie. Es cierto que el crimen probablemente fue a la una, dos de la madrugada, y que la casa está un poco aislada del resto, pero incluso así es raro. Y no se encuentran rastros de otra persona, ni en el cuerpo de las víctimas ni en la casa. Nada, hasta ahora. .
- ¿La sobrina de Herminia Alarcón trabajaba, no? Algo me pareció haber oído- la interrumpí a mi vieja, aunque sé por experiencia que es peligroso hacerlo.
- Algo de atención prestaste, Trados. Si, Martina Alarcón era profesora de Geografía. Se iba a casar en un año y medio. El novio, ingeniero, estaba de viaje por Ecuador cuando pasó todo. Según cuenta la mejor amiga de Herminia Alarcón, ella y su tía se llevaban mal. A Herminia Alarcón le gustaba mucho ir al casino y al bingo y gastaba mucho dinero en eso. Según su sobrina, si su tía hubiera sabido administrar la plata que tenía, no tendrían tantos problemas financieros ni necesidad de subalquilar cuartos. Pero aparentemente a Herminia lo de los cuartos le funcionó bien, además había cobrado un juicio que tenía por una indemnización mal liquidada y en el último año se había comprado un LCD y un aire acondicionado nuevo. Y le había prestado plata a Gabriel Espinosa, el hijo mayor de su compadre, sin que el compadre se enterara.
- Eso son madrinas- acoté yo.
- Si, pero imagínate que cuando todo esto saltó después del crimen del primero que sospecharon fué de Gabriel. La suma era muy alta, treinta mil pesos y además Gabriel había ocultado el hecho. Para colmo uno de sus mejores amigos había estado preso por robo calificado. A los dos fueron a los que buscaron primero.
Pero Gabriel Espinosa y Claudio Beltramo juran que son inocentes y el amigo no solo jura que es inocente de este crimen sino del robo.
- Yo no les creo a ninguno de los dos- dijo Emilia.- Se les ve en la cara que son unos mentirosos.
- ¿Y por qué acusaron a Valentín Bengoechea entonces?
- Porque dos días antes, siempre según la mejor amiga de Herminia, había vuelto a buscar unos papeles y había vuelto a pelearse con Paula. La discusión fue fuerte, según parece, y aunque ellas estaban en la cocina habían escuchado casi todo. Valentín Bengoechea, aparentemente, le gritó que iba a matarla.
- ¿Y entonces?
- Y entonces. Que sé yo, Trados. Unos días más tarde aparecen tres mujeres que vivían allí muertas a puñadas y otra agonizando, sin perspectiva de salvarse. Y lo más raro de todo es que nadie escuchó nada ni vió entrar a nadie. Es cierto que el crimen probablemente fue a la una, dos de la madrugada, y que la casa está un poco aislada del resto, pero incluso así es raro. Y no se encuentran rastros de otra persona, ni en el cuerpo de las víctimas ni en la casa. Nada, hasta ahora. .
lunes, 30 de junio de 2014
Animales nocturnos
El lobo quiere ser perro
y el perro quiere ser gato.
Las últimas ranas
se refugian
bajo sus ramas de selva.
Incluso los asesinos
se visten de azul
e intentan
regresar a sus cuevas.
y el perro quiere ser gato.
Las últimas ranas
se refugian
bajo sus ramas de selva.
Incluso los asesinos
se visten de azul
e intentan
regresar a sus cuevas.
miércoles, 25 de junio de 2014
La muerte de un rey. 33º parte.
Raschid. Despensas del Rey.
Mas hay quietud aquí.
No me voy.
Ezra Pound
Lisbeth se ha escapado, dijo Arguil. Se ha escapado llevándose consigo a los niños que íbamos a sacrificar para los ritos de la primavera.
Tu no crees en esos ritos, le replicó Rilench.
No importa. Los que obedecen al rey si creen. Vamos a sustituir los niños por otros, claro, pero el rumor de la huida de Lisbeth se ha extendido por el palacio, aunque matamos a tres esclavas de los harenes. Ya lo saben en los pueblos del Delta y en los pueblos del Desierto. Solo la Máquina nos salvará. Rodrick, él es la clave.
Raschid abrió los ojos.
¿Quién les ha hablado de Rodrick?
Lisbeth nos habló de él, dijo Rilench.
Y de Pauline, siguió Arguil.
Eliza estaba furiosa con Lisbeth por haber revelado lo de Rodrick, dijo Rilench. Pude verlo en su rostro.
Si Lisbeth solamente les habló de Rodrick y de Pauline, dijo Raschid, no les dijo nada o casi nada. Había un cuchillo de carnicero sobre la mesa. Raschid lo tomó y empezó a desollar a una cabra que colgaba cabeza abajo, ya sin tripas.
¿Es posible que sean tan ciegos? les preguntó.
El mango del cuchillo engrasado se le resbalaba y debía agarrarlo con un trapo. La cabra estaba algo vieja, pensó Raschid, o quizás estaba ya cansado de ese oficio.
Rilench, ¿para que tienes informantes? Viven encerrados en los harenes y en las cocinas y buscan información disfrazados de rapsodas o de saltimbanquis. ¿De que sirven esos informantes? ¿Sabes que le ha contado el hombre que le vendió estas cabras a la cocinera? Que hace pocos días un esclavo le dijo que Dion el hechicero había juntado hierbas para curar a un caballo alado.
Estupideces, dijo Arguil. Los caballos alados no existen.
No. No en este territorio. Los caballos no son útiles para el desierto ni para las rocas. Hay uno, sin embargo, que puede aguantar muchos días sin comer y sin beber y sin cansarse.
Veltran, el caballo de Eliza.
No era de Eliza. Era de Lisbeth. Cuando ustedes secuestraron a Lisbeth, Eliza lo tomó para sí. ¿Entienden lo que quiere decir que Dion esté en contacto con los Mil? Dion puede reunir un ejército. Recuerden la última revuelta de esclavos, hace cinco años. Y si ustedes insisten con encontrar la Máquina, los Mil van a unirse a él y van a ser destruidos.
Le cortó la cabeza a la cabra. Comenzó a trozarla.
Arguil se quedó muy callada. Luego habló. Cuando lo hizo, ya no era la voz de la mujer que se quejaba, sino la de la reina que decidía.
Si Dion el Maldito, el Envenenador, el Comehombres se está aliando con ustedes, mayor razón para encontrar la Máquina y para hacerla funcionar.
Ella se marchó.
Raschid comenzó a salar los trozos de la cabra. Era un trabajo de mucho cuidado.
Rilench, le dijo de pronto al consejero, envía a la primera heredera y a tus hijos al Refugio del Monte Ocre. Y consigue todas las cabras y todos los cerdos que puedas. Deberé salarlos, porque dentro de poco empezará el asedio y no tendremos que comer.
Podemos luchar, dijo Rilench.
Si, pueden, dijo Raschid. Pero no creo que triunfen.
Mas hay quietud aquí.
No me voy.
Ezra Pound
Lisbeth se ha escapado, dijo Arguil. Se ha escapado llevándose consigo a los niños que íbamos a sacrificar para los ritos de la primavera.
Tu no crees en esos ritos, le replicó Rilench.
No importa. Los que obedecen al rey si creen. Vamos a sustituir los niños por otros, claro, pero el rumor de la huida de Lisbeth se ha extendido por el palacio, aunque matamos a tres esclavas de los harenes. Ya lo saben en los pueblos del Delta y en los pueblos del Desierto. Solo la Máquina nos salvará. Rodrick, él es la clave.
Raschid abrió los ojos.
¿Quién les ha hablado de Rodrick?
Lisbeth nos habló de él, dijo Rilench.
Y de Pauline, siguió Arguil.
Eliza estaba furiosa con Lisbeth por haber revelado lo de Rodrick, dijo Rilench. Pude verlo en su rostro.
Si Lisbeth solamente les habló de Rodrick y de Pauline, dijo Raschid, no les dijo nada o casi nada. Había un cuchillo de carnicero sobre la mesa. Raschid lo tomó y empezó a desollar a una cabra que colgaba cabeza abajo, ya sin tripas.
¿Es posible que sean tan ciegos? les preguntó.
El mango del cuchillo engrasado se le resbalaba y debía agarrarlo con un trapo. La cabra estaba algo vieja, pensó Raschid, o quizás estaba ya cansado de ese oficio.
Rilench, ¿para que tienes informantes? Viven encerrados en los harenes y en las cocinas y buscan información disfrazados de rapsodas o de saltimbanquis. ¿De que sirven esos informantes? ¿Sabes que le ha contado el hombre que le vendió estas cabras a la cocinera? Que hace pocos días un esclavo le dijo que Dion el hechicero había juntado hierbas para curar a un caballo alado.
Estupideces, dijo Arguil. Los caballos alados no existen.
No. No en este territorio. Los caballos no son útiles para el desierto ni para las rocas. Hay uno, sin embargo, que puede aguantar muchos días sin comer y sin beber y sin cansarse.
Veltran, el caballo de Eliza.
No era de Eliza. Era de Lisbeth. Cuando ustedes secuestraron a Lisbeth, Eliza lo tomó para sí. ¿Entienden lo que quiere decir que Dion esté en contacto con los Mil? Dion puede reunir un ejército. Recuerden la última revuelta de esclavos, hace cinco años. Y si ustedes insisten con encontrar la Máquina, los Mil van a unirse a él y van a ser destruidos.
Le cortó la cabeza a la cabra. Comenzó a trozarla.
Arguil se quedó muy callada. Luego habló. Cuando lo hizo, ya no era la voz de la mujer que se quejaba, sino la de la reina que decidía.
Si Dion el Maldito, el Envenenador, el Comehombres se está aliando con ustedes, mayor razón para encontrar la Máquina y para hacerla funcionar.
Ella se marchó.
Raschid comenzó a salar los trozos de la cabra. Era un trabajo de mucho cuidado.
Rilench, le dijo de pronto al consejero, envía a la primera heredera y a tus hijos al Refugio del Monte Ocre. Y consigue todas las cabras y todos los cerdos que puedas. Deberé salarlos, porque dentro de poco empezará el asedio y no tendremos que comer.
Podemos luchar, dijo Rilench.
Si, pueden, dijo Raschid. Pero no creo que triunfen.
martes, 24 de junio de 2014
Primera sangre 4º parte.
Mendiola llegó a los quince minutos. Tenía la corbata manchada con un poco de salsa de ciruela; en circunstancias normales, le habría dicho a Esmeralda que le fuera a buscar una limpia a la casa, pero se veía que el caso le interesaba.
- Que tal, que tal, señora. Entiendo que su caso es urgente. ¿Quiere pasar a mi oficina?
La señora asintió. Estaba muy nerviosa, sujetaba su cartera con mucha fuerza. Entraron los dos a la oficina de Mendiola y estuvieron hablando un cuarto de hora, más o menos. Después los dos salieron y Mendiola la acompañó hasta la puerta.
- ¿Qué arreglaron?- le preguntó Armendi.
- Mañana viene el hijo. Vamos a ver. Ella está segura de que no lo hizo.
- Es siempre igual- le replicó Armendi. - Nadie lo hizo. Yo te voy a decir algo, según lo que salió en los diarios, hay muchas pruebas que lo comprometen.
- Si- dijo Mendiola- pero hay dos sospechosos más. Y si hay dos sospechosos más...
- Ya sé. In dubia pro reo.
- ¿Y si es culpable y queda libre?- preguntó Mónica.
- Puede ser- dijo Mendiola.- Pero si las evidencias contra él fueran tantas, ya estaría con prisión preventiva. Hay carne en este hueso. Trados- me dijo de repente- conseguime todo lo que puedas sobre el triple crimen de Berazategui. Diarios, revistas, todo.
Estuve toda la tarde haciendo cut and paste e imprimiendo del cyber de la esquina. Antes de que el estudio cerrara se lo llevé a Mendiola. Mónica seguía sin estar muy de acuerdo.
- No me gusta que agarres este caso, Mendiola. Es para problemas.
- Mañana hablo con el acusado. Si veo algo que no me gusta en él, si no le creo...
- No podés confiar solamente en lo que ves.
- Hasta ahora me funcionó. No te preocupés tanto. No vas a ser vos la que lo defiendas.
A Mónica esta última parte no le gustó nada. Armendi tampoco estaba muy conforme con el probable nuevo cliente del estudio, pero no protestó tanto. Cuando yo me fui cada uno de los tres abogados se habían encerrado en su oficina y Esmeralda se estaba calzando los borceguíes.
En casa estaban Paula, Emilia y mamá, mirando el informativo. Para impresionarlas y porque en los últimos dos meses las había peleado tanto, les dije:
- Vamos a empezar a defender a uno de los acusados del triple crimen de Berazategui. Hoy vino la madre, armó un escándalo, y Mendiola tomó el caso.
-¿Cuál de los tres?- preguntó Emilia.
- Valentín Bengoechea.
- Es el que está más enterrado- dijo Paula.- ¿De en serio piensan en defenderlo?
- Parece que sí. Pero hay otros dos sospechosos.
- Si, Claudio Bertramo y Gabriel Espinosa. Son primos. Primero de todo se sospechó de ellos. Gabriel Espinosa le había pedido plata prestada a Herminia Alarcón.
- ¿Quién es Herminia Alarcón?- le pregunto yo.
- ¿Te pasaste dos semanas mirando informes sobre el triple crimen y me preguntás eso? Herminia Alarcón es la que sobrevivió. La encontraron en el baño, con siete puñaladas, y un golpe de martillo en la cabeza.
- ¿Y cuál es su declaración?
- Está en coma, todavía. No creen que pueda salir.
- Los médicos no se ponen de acuerdo- acotó Emilia.
- Ahora, ¿explíquenme una cosa? Con todas las técnicas modernas que hay ahora, con toda la policía científica y todo eso, si ya hay tres sospechosos ¿por qué no se hace un ADN o algo así y listo?
- Trados, vivís en babia- me contesta mi vieja- Ese es el asunto del triple crimen. No se encontraron rastros de otra persona que no fueran las víctimas en la casa. Como si alguien se hubiera corporizado, hubiera acuchillado a las cuatro mujeres y hubiera desaparecido. Es lo raro del caso.
- Que tal, que tal, señora. Entiendo que su caso es urgente. ¿Quiere pasar a mi oficina?
La señora asintió. Estaba muy nerviosa, sujetaba su cartera con mucha fuerza. Entraron los dos a la oficina de Mendiola y estuvieron hablando un cuarto de hora, más o menos. Después los dos salieron y Mendiola la acompañó hasta la puerta.
- ¿Qué arreglaron?- le preguntó Armendi.
- Mañana viene el hijo. Vamos a ver. Ella está segura de que no lo hizo.
- Es siempre igual- le replicó Armendi. - Nadie lo hizo. Yo te voy a decir algo, según lo que salió en los diarios, hay muchas pruebas que lo comprometen.
- Si- dijo Mendiola- pero hay dos sospechosos más. Y si hay dos sospechosos más...
- Ya sé. In dubia pro reo.
- ¿Y si es culpable y queda libre?- preguntó Mónica.
- Puede ser- dijo Mendiola.- Pero si las evidencias contra él fueran tantas, ya estaría con prisión preventiva. Hay carne en este hueso. Trados- me dijo de repente- conseguime todo lo que puedas sobre el triple crimen de Berazategui. Diarios, revistas, todo.
Estuve toda la tarde haciendo cut and paste e imprimiendo del cyber de la esquina. Antes de que el estudio cerrara se lo llevé a Mendiola. Mónica seguía sin estar muy de acuerdo.
- No me gusta que agarres este caso, Mendiola. Es para problemas.
- Mañana hablo con el acusado. Si veo algo que no me gusta en él, si no le creo...
- No podés confiar solamente en lo que ves.
- Hasta ahora me funcionó. No te preocupés tanto. No vas a ser vos la que lo defiendas.
A Mónica esta última parte no le gustó nada. Armendi tampoco estaba muy conforme con el probable nuevo cliente del estudio, pero no protestó tanto. Cuando yo me fui cada uno de los tres abogados se habían encerrado en su oficina y Esmeralda se estaba calzando los borceguíes.
En casa estaban Paula, Emilia y mamá, mirando el informativo. Para impresionarlas y porque en los últimos dos meses las había peleado tanto, les dije:
- Vamos a empezar a defender a uno de los acusados del triple crimen de Berazategui. Hoy vino la madre, armó un escándalo, y Mendiola tomó el caso.
-¿Cuál de los tres?- preguntó Emilia.
- Valentín Bengoechea.
- Es el que está más enterrado- dijo Paula.- ¿De en serio piensan en defenderlo?
- Parece que sí. Pero hay otros dos sospechosos.
- Si, Claudio Bertramo y Gabriel Espinosa. Son primos. Primero de todo se sospechó de ellos. Gabriel Espinosa le había pedido plata prestada a Herminia Alarcón.
- ¿Quién es Herminia Alarcón?- le pregunto yo.
- ¿Te pasaste dos semanas mirando informes sobre el triple crimen y me preguntás eso? Herminia Alarcón es la que sobrevivió. La encontraron en el baño, con siete puñaladas, y un golpe de martillo en la cabeza.
- ¿Y cuál es su declaración?
- Está en coma, todavía. No creen que pueda salir.
- Los médicos no se ponen de acuerdo- acotó Emilia.
- Ahora, ¿explíquenme una cosa? Con todas las técnicas modernas que hay ahora, con toda la policía científica y todo eso, si ya hay tres sospechosos ¿por qué no se hace un ADN o algo así y listo?
- Trados, vivís en babia- me contesta mi vieja- Ese es el asunto del triple crimen. No se encontraron rastros de otra persona que no fueran las víctimas en la casa. Como si alguien se hubiera corporizado, hubiera acuchillado a las cuatro mujeres y hubiera desaparecido. Es lo raro del caso.
jueves, 19 de junio de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.
Diario de Amalia.
Llego al trabajo, unos tres cuartitos de hora tarde porque me quedé dormida y cuando me desperté no encontraba mis chatitas, así que tuve que ponerme las plataformas que me compré hace cinco años. En estos momentos la extraño a la Peco; hize que Patri la echara, pero me hacía comer saludablemente y mientras ella estuvo toda mi ropa estuvo en perfecto orden.
Llego al trabajo. Una de las mozas, Azul, me agarra del brazo y me dice:
- Hay quilombo.
- ¿Que pasa?
- En la cocina. La chica esa nueva, la que es amiga tuya, la que venía todas las tardes a comer acá. Es insoportable. Todos queremos que se vaya.
- No.- le digo yo- Si la Peco es divina.
- Mirá, para vos será tu amiga y será divina, pero nosotras acá trabajamos de una manera y no vamos a aguantar que nos cambien todo de repente. El lemon pie acá se hace con crema y un poco de merengue; ella le quiere poner manteca. La pastelera está re sacada. Al brownie le quiere poner dulce de leche. Dulce de leche. Se nos van a ir todos los clientes. Y ni hablar de la tarta de frutas, porque no sé por qué quiere meterle kiwi y frambuesas. Sin hablar de que prefiere de que el almíbar esté a punto bola blanda y no líquido, porque dice que así tienen más cuerpo.
Es muy duro para mí admitir que veo que su boca se mueve pero no tengo idea de lo que está hablando.
- Pero ¿es tanta la diferencia?
Azul me mira con mucho desprecio.
- Mirá, esta pattiserie es la mejor de la zona. La carta la desarrolló un chef con tres estrellas Michelin. No puede venir una tonta que porque se da tres besitos con el dueño piensa que puede arruinar un brownie perfecto.
Pobre Peco, pienso. Pobre Julian. Nadie los comprende.
- ¿Y que piensan hacer?- le pregunto.
- Medidas de máxima. No vamos a trabajar hasta que este hijito de papá metido a gerente no nos garantice que las recetas no se tocan. Hoy el local no abre las puertas.
- No es para tanto.
- Bueno- me dice Azul- para todos los que trabajamos acá si es para tanto. Vamos para la cocina.
Están todas mis compañeras de trabajo, nerviosas y enojadas. Nunca estuve en una asamblea laboral, así que no sé como comportarme.
- ¿Le contaste todo?- le pregunta la repostera a Azul.
- Si.
- Y, Amalia, supongo que estarás de acuerdo con nosotras. Hay una manera de hacer las cosas gastronómicamente y yo me quemé doscientas veces las manos tratando de encontrarle el punto exacto a la masa soufflé. Lo que la colorada esa nos está obligando a hacer es inaceptable. Así que ahora mismo lo vamos a llamar a Julián y le vamos a comunicar todos nuestros planteos. Y no vamos a abrir el local hasta que los acepte.
- Y ya que estamos- les digo- ¿no podrían hablar también de un aumento de sueldo?
- Muy buena idea- dice Azul.
Llego al trabajo, unos tres cuartitos de hora tarde porque me quedé dormida y cuando me desperté no encontraba mis chatitas, así que tuve que ponerme las plataformas que me compré hace cinco años. En estos momentos la extraño a la Peco; hize que Patri la echara, pero me hacía comer saludablemente y mientras ella estuvo toda mi ropa estuvo en perfecto orden.
Llego al trabajo. Una de las mozas, Azul, me agarra del brazo y me dice:
- Hay quilombo.
- ¿Que pasa?
- En la cocina. La chica esa nueva, la que es amiga tuya, la que venía todas las tardes a comer acá. Es insoportable. Todos queremos que se vaya.
- No.- le digo yo- Si la Peco es divina.
- Mirá, para vos será tu amiga y será divina, pero nosotras acá trabajamos de una manera y no vamos a aguantar que nos cambien todo de repente. El lemon pie acá se hace con crema y un poco de merengue; ella le quiere poner manteca. La pastelera está re sacada. Al brownie le quiere poner dulce de leche. Dulce de leche. Se nos van a ir todos los clientes. Y ni hablar de la tarta de frutas, porque no sé por qué quiere meterle kiwi y frambuesas. Sin hablar de que prefiere de que el almíbar esté a punto bola blanda y no líquido, porque dice que así tienen más cuerpo.
Es muy duro para mí admitir que veo que su boca se mueve pero no tengo idea de lo que está hablando.
- Pero ¿es tanta la diferencia?
Azul me mira con mucho desprecio.
- Mirá, esta pattiserie es la mejor de la zona. La carta la desarrolló un chef con tres estrellas Michelin. No puede venir una tonta que porque se da tres besitos con el dueño piensa que puede arruinar un brownie perfecto.
Pobre Peco, pienso. Pobre Julian. Nadie los comprende.
- ¿Y que piensan hacer?- le pregunto.
- Medidas de máxima. No vamos a trabajar hasta que este hijito de papá metido a gerente no nos garantice que las recetas no se tocan. Hoy el local no abre las puertas.
- No es para tanto.
- Bueno- me dice Azul- para todos los que trabajamos acá si es para tanto. Vamos para la cocina.
Están todas mis compañeras de trabajo, nerviosas y enojadas. Nunca estuve en una asamblea laboral, así que no sé como comportarme.
- ¿Le contaste todo?- le pregunta la repostera a Azul.
- Si.
- Y, Amalia, supongo que estarás de acuerdo con nosotras. Hay una manera de hacer las cosas gastronómicamente y yo me quemé doscientas veces las manos tratando de encontrarle el punto exacto a la masa soufflé. Lo que la colorada esa nos está obligando a hacer es inaceptable. Así que ahora mismo lo vamos a llamar a Julián y le vamos a comunicar todos nuestros planteos. Y no vamos a abrir el local hasta que los acepte.
- Y ya que estamos- les digo- ¿no podrían hablar también de un aumento de sueldo?
- Muy buena idea- dice Azul.
Ojo de oro.
Drusila, piensa Glaudia mientras espera el amanecer, se ha portado injustamente conmigo, incluso después de muerta. Todavía, cuando se despertaba, le parecía oír la voz quejosa y blanda de su hermana, desde su sillón en el cuarto que servía al mismo tiempo de comedor y de taller. Habían hecho juntas sombreros, muchos sombreros, con plumas, con frutas, con pájaros, con cintas, que eran un encanto; durante veinte años habían sido muy felices mientras cortaban y cosían y pasaban los alambres; cuando por la radio pasaban un fox trot o una milonga de sus años de juventud les parecía que estaban de vuelta en los bailes. "¿Te acordas?" le decía Drusila "del chueco Funes, aquella vez que se le despintó todo el saco?". Y las dos se reían. De a poco, el trabajo empezó a faltar; la de la tienda les dijo que los sombreros ya no se usaban como antes, que ya no eran sinónimo de distinción, sino de antigüedad. "No importa" dijo Glaudia "podemos coser ropa". Pero para Drusila ya no fue lo mismo: el arte de ella eran los sombreros, el fieltro y los detalles, el velo apenas oblicuo. Empezó a decaer y en vez de ayudar a Glaudia se sentaba en el sillón y escuchaba radioteatros. Para animarla, Glaudia compró a Ojo de oro, que era un hermoso canario anaranjado. Drusila no se animó e incluso pareció pasarle su tristeza a Ojo de oro, que a las dos semanas de estar en su casa ya no cantaba ni revoloteaba. Glaudia llamó a un doctor, que revisó a la hermana y le recetó unas vitaminas. Pero Drusila siguio con la tristeza. "El mundo estaba mejor antes" decia, despues de escuchar al informativo que seguia al radioteatro "cuando las mujeres usaban sombreros". En pocas semanas adelgazó hasta alcanzar la contextura de una niña; cuando los parientes de Acebal vinieron a visitarla casi no la reconocieron. Ante ellos declaró, con convicción pueril: "Me voy a poner bien si mi hermana me hace un sombrero". "Seguro que te lo va a hacer" dijo una de las primas, con voz apagada. Cuando se fueron, y a pesar de que tenía mucho trabajo y muchas cuentas atrasadas, Glaudia recorrió toda la ciudad buscando en diferentes mercerías los materiales para hacer un sombrero. La dueña de la tienda tenía razón, estaban definitivamente fuera de moda, porque le llevó casi un mes reunirlos. "Ves" le dijo a Drusila cuando tuvo todo "ahora te haré un sombrero muy bonito". Su hermana asintió. Oscureció temprano y su hermana se fue a acostar con paso muy lento; Glaudia estuvo toda la noche trabajando, pegando mostacillas y bordando y acomodando plumetíes. Cuando casi lo tuvo terminado se quedó mirándolo unos segundos; iba a ser un sombrero precioso. Fue a despertar a su hermana al cuarto sin ventanas donde había un retrato de los padres y otro más grande de los abuelos. Se dió cuenta de que nada se movía allí.
Por dos o tres días la casa se llenó de gente. Después los parientes de Acebal volvieron a Acebal y los de Fray Luis Beltrán volvieron a Fray Luis Beltrán. Glaudia volvió a coser y a escuchar la radio, pero por la mañana antes de levantarse pensaba que Drusila había sido injusta con ella. Glaudia extrañaba el tiempo en que las mujeres necesitaban un sombrero para ser elegantes tanto como ella y sin embargo no la había dejado sola. Se levantó, aunque hacía mucho frío. Preparó las mostacillas que faltaban, el adorno plateado que tanto le había costado conseguir y que pegaba tan bien con el verde irisado del fieltro. "Lástima que ella no haya llegado a verlo" se dijo para sus adentros. Desde su jaula de alambre y madera, Ojo de oro cantó.
Por dos o tres días la casa se llenó de gente. Después los parientes de Acebal volvieron a Acebal y los de Fray Luis Beltrán volvieron a Fray Luis Beltrán. Glaudia volvió a coser y a escuchar la radio, pero por la mañana antes de levantarse pensaba que Drusila había sido injusta con ella. Glaudia extrañaba el tiempo en que las mujeres necesitaban un sombrero para ser elegantes tanto como ella y sin embargo no la había dejado sola. Se levantó, aunque hacía mucho frío. Preparó las mostacillas que faltaban, el adorno plateado que tanto le había costado conseguir y que pegaba tan bien con el verde irisado del fieltro. "Lástima que ella no haya llegado a verlo" se dijo para sus adentros. Desde su jaula de alambre y madera, Ojo de oro cantó.
miércoles, 18 de junio de 2014
Los amores aéreos. 6º parte.
Cuando volvieron a la casa, Adrián se cambió y entró en la pileta. El agua estaba tibia y olía un poco a hojas y flores en descomposición."¿Facundo no le pone cloro al agua?" se preguntó. En el fondo de la pileta había algo. A pesar de no ser un buen buzo, se sumergió para agarrarlo; era de un rosado traslúcido, frágil al tacto y parecía tener la consistencia de un cuero muy fino. Salió de pileta, para observarlo a la luz del día. Lo extendió sobre el deck. Después de tocarlo dos o tres veces descubrió una pelusa muy fina sobre el material.
- ¿Qué es eso?- le preguntó Perséfone.
No se había dado cuenta de que estaba allí. A diferencia de Danáe, Perséfone a veces parecía casi invisible, como si se mimetizara con el paisaje.
- Es algo que encontré en el fondo de la pileta.
Perséfone lo se acercó a observarlo también. Lo tocó, con mucha más delicadeza que Adrián, como si ya lo hubiera hecho.
- Algo que ha caído de por ahí- dijo.
- Parece liviano- observó Adrián- y en realidad es pesado.
- Es cierto.
- Eso es raro. Es una cualidad rara, que no tiene ningun material que yo conozca. Tiene una forma extraña, además. Es como...
- ¿Cómo qué?
- Como una membrana. Como la membrana que recubre a algunos animales cuando nacen. Y acá- le dijo, señalando uno de los bordes- acá hay algo amarillento y coagulado- se lo acercó a la cara, para olerlo.
- No lo hagas- le dijo Perséfone.- Puede ser venenoso.
- No creo- contestó Adrian.- Voy a preguntarle a Facundo a ver si sabe que es.
- Facundo ahora no está- le dijo Perséfone.
- Bueno, lo voy a guardar en el galponcito de las herramientas para mostrárselo después.
Un rato después, Ismael apareció para preparar el asado. Transpiraba muchísimo y parecía reconcentrado en el asunto; Martín, al lado, picaba salamín y chorizo campero. A Adrián el calor y el olor a fiambre le daba náuseas, así que se fue adentro a mirar noticieros; comieron los tres juntos, casi sin hablarse entre ellos. Danáe y Perséfone se sentaron con ellos, pero ambas pretextaron problemas estomacales y no probaron nada.
Cuando ya estaban comiendo el helado apareció Facundo. Comió apenas un par de bocados, pretextando que todo ya estaba frío. Cuando terminó, Adrián le contó lo que había encontrado ese día.
- Que extraño- dijo Facundo.- Enseñamelo.
Adrián abrió el galponcito, pero lo que había guardado ya no estaba.
- Perséfone ¿vos lo agarraste?
- No, no, te lo juro- dijo ella.- Habrán sido los chicos, con todo el ajetreo del asado.
- No importa- dijo Facundo.- ¿Vos también lo viste, Perséfone? ¿Cómo era?
- Era algo medio gastado y rosado.
- Era una cosa extraña- dijo Adrián.
- Me hubiera gustado verlo.
- Tenía en uno de los bordes un coágulo amarillento. Como si fuera pus.
- No hablen más de esas cosas que me da asco- dijo Ismael- Vamos a tomar Fernet, que hace bien a la digestión.
- ¿Qué es eso?- le preguntó Perséfone.
No se había dado cuenta de que estaba allí. A diferencia de Danáe, Perséfone a veces parecía casi invisible, como si se mimetizara con el paisaje.
- Es algo que encontré en el fondo de la pileta.
Perséfone lo se acercó a observarlo también. Lo tocó, con mucha más delicadeza que Adrián, como si ya lo hubiera hecho.
- Algo que ha caído de por ahí- dijo.
- Parece liviano- observó Adrián- y en realidad es pesado.
- Es cierto.
- Eso es raro. Es una cualidad rara, que no tiene ningun material que yo conozca. Tiene una forma extraña, además. Es como...
- ¿Cómo qué?
- Como una membrana. Como la membrana que recubre a algunos animales cuando nacen. Y acá- le dijo, señalando uno de los bordes- acá hay algo amarillento y coagulado- se lo acercó a la cara, para olerlo.
- No lo hagas- le dijo Perséfone.- Puede ser venenoso.
- No creo- contestó Adrian.- Voy a preguntarle a Facundo a ver si sabe que es.
- Facundo ahora no está- le dijo Perséfone.
- Bueno, lo voy a guardar en el galponcito de las herramientas para mostrárselo después.
Un rato después, Ismael apareció para preparar el asado. Transpiraba muchísimo y parecía reconcentrado en el asunto; Martín, al lado, picaba salamín y chorizo campero. A Adrián el calor y el olor a fiambre le daba náuseas, así que se fue adentro a mirar noticieros; comieron los tres juntos, casi sin hablarse entre ellos. Danáe y Perséfone se sentaron con ellos, pero ambas pretextaron problemas estomacales y no probaron nada.
Cuando ya estaban comiendo el helado apareció Facundo. Comió apenas un par de bocados, pretextando que todo ya estaba frío. Cuando terminó, Adrián le contó lo que había encontrado ese día.
- Que extraño- dijo Facundo.- Enseñamelo.
Adrián abrió el galponcito, pero lo que había guardado ya no estaba.
- Perséfone ¿vos lo agarraste?
- No, no, te lo juro- dijo ella.- Habrán sido los chicos, con todo el ajetreo del asado.
- No importa- dijo Facundo.- ¿Vos también lo viste, Perséfone? ¿Cómo era?
- Era algo medio gastado y rosado.
- Era una cosa extraña- dijo Adrián.
- Me hubiera gustado verlo.
- Tenía en uno de los bordes un coágulo amarillento. Como si fuera pus.
- No hablen más de esas cosas que me da asco- dijo Ismael- Vamos a tomar Fernet, que hace bien a la digestión.
Primera sangre. 3º parte
Laburé toda la semana y no lo debo haber hecho tan mal porque no me echaron. Al segundo día conocí a Alfredo Mendiola y a su hija, Esmeralda Mendiola. Alfredo Mendiola usaba siempre un saco gris y una corbata que variaba del rojo escarlata al rojo bordó según el día. Esmeralda Mendiola olía a chicle y a sahumerio y tenía tres anillos de plata en el medio, anular y meñique de la mano derecha. Cuando terminaba su horario de recepcionista se ponía un anillo de oro con una calavera en la mano izquierda y se sacaba los zapatos de cuero para calzarse unos borceguíes. Era pelirroja y muy pálida y los ojos eran casi blancos. Solamente atendía el teléfono cuando había sonado seis veces. "Es mi cábala" me dijo una tarde. "La otra que tengo es no salir con hombres cuyo nombre empieze con E. Una vez una tarotista me dijo que mis desgracias empezarían cuando lo conociera". Cuando Mónica escuchaba esas cosas sacudía la cabeza.
- Hija de Alfredo tenía que ser- murmuraba por lo bajo.
En algo tenía razón. Alfredo Mendiola era un pavo real. Le encantaba ir a la cama solar, a eventos sociales, figurar en primera plana de los diarios. Mientras que Mónica y Armendi tomaban casos de litigio civil, complicados y de poca repercusión, aunque a la larga o a la corta le dejaban al estudio una buena cantidad de dinero, a Mendiola le encantaba representar a gente famosa, a veces con dinero, a veces sin tanto , pero que estaban convencidos -con esa especie de buena fe que tienen los legos y que yo perdí rápidamente- que cualquier conflicto puede resolverse en la justicia.
- O mejor dicho- me dijo una tarde Mónica mientras ordenaba sus papeles y apagaba su computadora- que la justicia está para resolver cualquier conflicto.
- Yo pensaba que se podía- le contesté.
- Mirá, Trados. Si querés te doy un ejemplo con lo que te pasó a vos. Un compañero de tu equipo te lesionó en una práctica. Si vos hubieras querido, lo podrías haber demandado. Se inicia una acción civil, fundamentos, testigos, se pone en marcha toda la maquinaria. ¿A vos te habría resultado útil? No, probablemente perderías la demanda, porque el juez consideraría, con buen criterio, que lo que te pasó fue mala suerte. Pero el tiempo perdido en tu expediente no lo recuperaría nadie. Más o menos lo mismo es lo que pasa con los clientes de Alfredo; actrices que demandan a otras por difamación, divorcios multimillonarios donde las dos partes se esfuerzan por llegar al mínimo acuerdo posible, productores teatrales que se pelean con su elenco en la mitad de la temporada y les hacen juicio porque abandonaron la obra. Si alguna de esas personas tuvieran que hacer tu trabajo o mi trabajo o si recorrieran dos o tres días los tribunales y vieran los casos que sí son urgentes, por ahí pensarían dos veces antes de hacerlo. O probablemente no, porque la gente que entra en la oficina de Alfredo es gente que piensa que la ley es buena solamente si le sirve a ellos para algo. La mitad de los casos que Mendiola toma terminan quedando en la nada misma; pero en realidad a todos nos conviene, porque gracias a él aumentó mucho la cantidad de gente que viene al estudio, atraída por su estilo farandulero.
- O sea, a río revuelto- dije yo.
- Si, que se le va a hacer. Al principio ni Armendi ni yo lo soportábamos, pero no es mal abogado, conoce todos los procedimientos y, si querés que te diga, si algún día se me da por ser asaltante de bancos, quisiera que fuera él el que me defendiera.
Dos días después entró Jacinta Bernardez al estudio. Llevaba el rímel corrido y se le notaban las raíces de la tintura. Entró atropellada y golpeó cinco veces con la mano el escritorio de Esmeralda, que se sobresaltó un poco.
- Soy Jacinta Bernardez, la madre de Valentín Bengoechea. Quiero ver al Dr. Mendiola.
- No se puede- le contestó Esmeralda- Salió a almorzar.
- ¿No lo puede llamar al celular?
- Creo que lo tiene apagado.
- ¿No entiende que es urgente? ¿Usted no entiende?- la voz de la mujer, un poco áspera, iba subiendo de tono.
Armendi salió de su oficina.
- ¿Qué pasa acá?- le preguntó a Esmeralda.
- Me llamo Jacinta Bernardez, soy la madre de Valentín Bengoechea, uno de los acusados del triple crimen de Berazategui. Quiero que el Dr. Mendiola defienda a mi hijo. Lo vi en la tele, el otro día, me gustó como hablaba. Si no lo van a meter preso y yo estoy segura de que es inocente. Mi hijo es inocente- el tono de voz era cada vez más alto.
- Bueno, cálmese- le dijo Armendi. - Esmeralda, llamá a tu papá.
- Hija de Alfredo tenía que ser- murmuraba por lo bajo.
En algo tenía razón. Alfredo Mendiola era un pavo real. Le encantaba ir a la cama solar, a eventos sociales, figurar en primera plana de los diarios. Mientras que Mónica y Armendi tomaban casos de litigio civil, complicados y de poca repercusión, aunque a la larga o a la corta le dejaban al estudio una buena cantidad de dinero, a Mendiola le encantaba representar a gente famosa, a veces con dinero, a veces sin tanto , pero que estaban convencidos -con esa especie de buena fe que tienen los legos y que yo perdí rápidamente- que cualquier conflicto puede resolverse en la justicia.
- O mejor dicho- me dijo una tarde Mónica mientras ordenaba sus papeles y apagaba su computadora- que la justicia está para resolver cualquier conflicto.
- Yo pensaba que se podía- le contesté.
- Mirá, Trados. Si querés te doy un ejemplo con lo que te pasó a vos. Un compañero de tu equipo te lesionó en una práctica. Si vos hubieras querido, lo podrías haber demandado. Se inicia una acción civil, fundamentos, testigos, se pone en marcha toda la maquinaria. ¿A vos te habría resultado útil? No, probablemente perderías la demanda, porque el juez consideraría, con buen criterio, que lo que te pasó fue mala suerte. Pero el tiempo perdido en tu expediente no lo recuperaría nadie. Más o menos lo mismo es lo que pasa con los clientes de Alfredo; actrices que demandan a otras por difamación, divorcios multimillonarios donde las dos partes se esfuerzan por llegar al mínimo acuerdo posible, productores teatrales que se pelean con su elenco en la mitad de la temporada y les hacen juicio porque abandonaron la obra. Si alguna de esas personas tuvieran que hacer tu trabajo o mi trabajo o si recorrieran dos o tres días los tribunales y vieran los casos que sí son urgentes, por ahí pensarían dos veces antes de hacerlo. O probablemente no, porque la gente que entra en la oficina de Alfredo es gente que piensa que la ley es buena solamente si le sirve a ellos para algo. La mitad de los casos que Mendiola toma terminan quedando en la nada misma; pero en realidad a todos nos conviene, porque gracias a él aumentó mucho la cantidad de gente que viene al estudio, atraída por su estilo farandulero.
- O sea, a río revuelto- dije yo.
- Si, que se le va a hacer. Al principio ni Armendi ni yo lo soportábamos, pero no es mal abogado, conoce todos los procedimientos y, si querés que te diga, si algún día se me da por ser asaltante de bancos, quisiera que fuera él el que me defendiera.
Dos días después entró Jacinta Bernardez al estudio. Llevaba el rímel corrido y se le notaban las raíces de la tintura. Entró atropellada y golpeó cinco veces con la mano el escritorio de Esmeralda, que se sobresaltó un poco.
- Soy Jacinta Bernardez, la madre de Valentín Bengoechea. Quiero ver al Dr. Mendiola.
- No se puede- le contestó Esmeralda- Salió a almorzar.
- ¿No lo puede llamar al celular?
- Creo que lo tiene apagado.
- ¿No entiende que es urgente? ¿Usted no entiende?- la voz de la mujer, un poco áspera, iba subiendo de tono.
Armendi salió de su oficina.
- ¿Qué pasa acá?- le preguntó a Esmeralda.
- Me llamo Jacinta Bernardez, soy la madre de Valentín Bengoechea, uno de los acusados del triple crimen de Berazategui. Quiero que el Dr. Mendiola defienda a mi hijo. Lo vi en la tele, el otro día, me gustó como hablaba. Si no lo van a meter preso y yo estoy segura de que es inocente. Mi hijo es inocente- el tono de voz era cada vez más alto.
- Bueno, cálmese- le dijo Armendi. - Esmeralda, llamá a tu papá.
martes, 17 de junio de 2014
Libros y lecturas.
La primer alarma suena a escándalo moral: nuestros niños y adolescentes leen menos que antes. Algo espantoso y que corregiremos prontamente entregándoles libros que sean tan entretenidos como Disney Channel o Angry Birds o, mejor aún, libros que deriven directamente de Disney Channel o de Angry Bird. Un eterno círculo vicioso que nos termina enredando en balbuceos tipo Todo tiempo pasado fue mejor, En mi época no pasaba, y el mafaldiano Esto es el acabose. Lo que nos hace esquivar lo obvio, lo que está enfrente de nuestros ojos; nosotros leemos más que antes y leemos peor que antes. Sería entretenido ver a casi cualquier periodista o crítico de espectáculos o editor de secciones culturales enfrentado a la tarea de diseccionar críticamente un libro de Nestor García Canclini, para citar a un autor que aprecio, que plantea cuestiones interesantes y que no me parece que hable en un lenguaje complicado. La mayoría no lo pueden hacer. La mayoría de los textos que encuentro en las páginas web de noticias diarias son lisos, son hechos para touch screens: el chiste obvio, la ironía sin gracia, la falta de espesor , la respuesta final a la foucaltiana pregunta ¿Importa quien habla?, porque no, ya no importa quien habla, si todos escriben más o menos lo mismo y piensan igual. Yo me pregunto, si nuestros hijos empezaran a leer realmente, a leer y a escribir no como hacemos nosotros, para el golpe de efecto ¿los soportaríamos cuando crezcan? ¿No nos conviene que nuestros hijos sean un poco estúpidos y nos burlemos un poco de ellos, de sus cortes de pelo extraños, de sus redes sociales, de sus hábitos consumistas, para que nunca nos cuestionen? ¿No nos viene bárbaro que nunca piensen por si mismos y que nunca confíen en nadie, que no tengan ningún proyecto ni ninguna visión de futuro, así la verdad revelada la seguimos teniendo nosotros? Antes la escuela y la familia disciplinaban sobre los cuerpos; ahora se disciplina directamente sobre las mentes de las personas. Para mí, todos los chicos tienen el derecho a aprender leer y además tienen el derecho a que les den herramientas para no creer todo lo que leen, ni lo que escuchan ni lo que ven. Tienen derecho a no pensar como nosotros y a estar en desacuerdo con nosotros. A cuestionarnos cosas que nosotros no nos cuestionamos nunca como generación. Inclusive tienen derecho a no creernos. A que no seamos sus ídolos. En realidad, no hay nada más peligroso para el desarrollo de la historia de la humanidad que el ídolo sean tu padre o tu madre.
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.
Diario de Germán.
- ¿Estás seguro que te robaron el auto? ¿No lo habrás dejado en otro lado?
- No, era acá, seguro. Uy, hasta dejé adentro las llaves de mi departamento. Los documentos. La extensión Visa de mi viejo. Me va a matar. Además, tenía todos los apuntes de la facultad y los libros teóricos que son inconseguibles. ¿Quién me los va a prestar ahora? ¿Por qué tuve que pelearme con Amalia? Que boludo.
- Focalizá, Javier- le digo yo.- Vamos a hacer la denuncia a la comisaría.
La noche está muy oscura, y en algunas calles no hay buena iluminación. La próxima vez que haya reunión en el comité del PRO, voy a comentar este tema. Después de unas cuantas vueltas, encontramos la seccional que nos corresponde.
- Hola- dice Javier- vengo a denunciar el robo de un auto.
- Bueno- dice el policía- Espere acá sentado. Usted y su amigo.
Nos quedamos sentados en el banco de madera. Al lado hay una señora con un termo y una bolsa de papel con tortas fritas. Entonces entran dos mujeres policías, una de ellas hablando por handy. La otra (una morocha bastante linda) se queda parado mirándolo a Javier.
- Javier Piedrabuena- le dice de repente.
- ¿Te conozco?- le pregunta él.
- Marina Elizalde. Cuarto y quinto grado juntos en la "Esteban Echeverría". La señorita Mónica y la señorita Violeta. Una tarde le robaste la merienda al Gordo González y el te encontró escondido atrás del mastil y te rompió todo el guardapolvo y las zapatillas. Tuvieron que llamar a tu mamá, que casi lo mata a González y al final terminaron todos llorando en el despacho de la directora.
Me doy cuenta por la cara que Javier no la reconoce para nada, pero lo disimula bastante bien.
- Claro, si, Marina Elizalde. Cambiaste un montón.
- Si, un poco. Mis viejos se separaron cuando yo terminé el quinto grado y nos tuvimos que venir a la capital con mi mamá. Terminé la secundaria en una EEMPA, hace cinco años y después me metí en la Metropolitana. ¿Y vos? ¿Que hacés acá?
- Yo- dice Javier- estudio Derecho, vivo en el Abasto, me peleé hace poco con mi novia. Y me robaron el auto hace un ratito.
- Uy, que bajón. Mirá, te voy a ayudar a hacer todos los papeles. Garmendia- le grita al policía que nos atendió al principio- a mi amigo le robaron el auto. A ver si le tomás la denuncia. ¿Que auto tenías?
- Un Renault 2000.
- Igual que el mío.- le dice- Mirá, ahora en un ratito se me termina la guardia ¿Quieren que los lleve a su casa? La noche porteña está peligrosa.
- No hay problema- dice Javier.
Antes de completar la denuncia, me codea y me dice "No tengo ni puta idea de quién es, pero está buenísima. Que me lleve".
- Bueno- dice ella- vamos para el Abasto. Dame tu dirección, Javi, y contame que fue de la vida de mis compañeros de cuarto.
- Bueno- dice Javier- yo de segundo año a quinto año salí con la Juli, la que era media parecida a Gloria Carrá en "La banda del Golden Rocket", ¿te acordás? Pero antes del viaje a Bariloche me metió los cuernos y la dejé. El Gordo González se hizo marino mercante. La señorita Mónica se casó con él.
- No- dice Marina.
- Si- dice Javier.- Hace tres años. El le confesó hace cuatro que desde primer grado estaba enamorado de ella. Fue la comidilla de toda la región durante cuatro meses. Después se fueron a vivir a Mar del Plata.
- ¿Y el hijo de la señorita Mónica? Lo odiaba al Gordo González.
- Lo sigue odiando. ¿Por qué te pensás que se fueron a vivir a Mar del Plata?
- Que cosa, che- dice Marina. - Nunca me lo hubiera imaginado. La seño Mónica. ¿Qué le puede haber visto a ella? Si usaba guardapolvo.
- ¿Estás seguro que te robaron el auto? ¿No lo habrás dejado en otro lado?
- No, era acá, seguro. Uy, hasta dejé adentro las llaves de mi departamento. Los documentos. La extensión Visa de mi viejo. Me va a matar. Además, tenía todos los apuntes de la facultad y los libros teóricos que son inconseguibles. ¿Quién me los va a prestar ahora? ¿Por qué tuve que pelearme con Amalia? Que boludo.
- Focalizá, Javier- le digo yo.- Vamos a hacer la denuncia a la comisaría.
La noche está muy oscura, y en algunas calles no hay buena iluminación. La próxima vez que haya reunión en el comité del PRO, voy a comentar este tema. Después de unas cuantas vueltas, encontramos la seccional que nos corresponde.
- Hola- dice Javier- vengo a denunciar el robo de un auto.
- Bueno- dice el policía- Espere acá sentado. Usted y su amigo.
Nos quedamos sentados en el banco de madera. Al lado hay una señora con un termo y una bolsa de papel con tortas fritas. Entonces entran dos mujeres policías, una de ellas hablando por handy. La otra (una morocha bastante linda) se queda parado mirándolo a Javier.
- Javier Piedrabuena- le dice de repente.
- ¿Te conozco?- le pregunta él.
- Marina Elizalde. Cuarto y quinto grado juntos en la "Esteban Echeverría". La señorita Mónica y la señorita Violeta. Una tarde le robaste la merienda al Gordo González y el te encontró escondido atrás del mastil y te rompió todo el guardapolvo y las zapatillas. Tuvieron que llamar a tu mamá, que casi lo mata a González y al final terminaron todos llorando en el despacho de la directora.
Me doy cuenta por la cara que Javier no la reconoce para nada, pero lo disimula bastante bien.
- Claro, si, Marina Elizalde. Cambiaste un montón.
- Si, un poco. Mis viejos se separaron cuando yo terminé el quinto grado y nos tuvimos que venir a la capital con mi mamá. Terminé la secundaria en una EEMPA, hace cinco años y después me metí en la Metropolitana. ¿Y vos? ¿Que hacés acá?
- Yo- dice Javier- estudio Derecho, vivo en el Abasto, me peleé hace poco con mi novia. Y me robaron el auto hace un ratito.
- Uy, que bajón. Mirá, te voy a ayudar a hacer todos los papeles. Garmendia- le grita al policía que nos atendió al principio- a mi amigo le robaron el auto. A ver si le tomás la denuncia. ¿Que auto tenías?
- Un Renault 2000.
- Igual que el mío.- le dice- Mirá, ahora en un ratito se me termina la guardia ¿Quieren que los lleve a su casa? La noche porteña está peligrosa.
- No hay problema- dice Javier.
Antes de completar la denuncia, me codea y me dice "No tengo ni puta idea de quién es, pero está buenísima. Que me lleve".
- Bueno- dice ella- vamos para el Abasto. Dame tu dirección, Javi, y contame que fue de la vida de mis compañeros de cuarto.
- Bueno- dice Javier- yo de segundo año a quinto año salí con la Juli, la que era media parecida a Gloria Carrá en "La banda del Golden Rocket", ¿te acordás? Pero antes del viaje a Bariloche me metió los cuernos y la dejé. El Gordo González se hizo marino mercante. La señorita Mónica se casó con él.
- No- dice Marina.
- Si- dice Javier.- Hace tres años. El le confesó hace cuatro que desde primer grado estaba enamorado de ella. Fue la comidilla de toda la región durante cuatro meses. Después se fueron a vivir a Mar del Plata.
- ¿Y el hijo de la señorita Mónica? Lo odiaba al Gordo González.
- Lo sigue odiando. ¿Por qué te pensás que se fueron a vivir a Mar del Plata?
- Que cosa, che- dice Marina. - Nunca me lo hubiera imaginado. La seño Mónica. ¿Qué le puede haber visto a ella? Si usaba guardapolvo.
Un aire de familia. 12º parte.
Katherine y Laurak se marcharon cuando empezó la primavera. Tendrone se fue en el otoño. Rosencrantz también se fue, junto con Hans y su familia. Samuel, Hannah y Judith fueron a despedirlos a la Gran Estación.
- ¿Donde irás, Hans?- le preguntó Samuel.
- Aún no estoy seguro. No sé si estás enterado, pero en ningún lugar de Europa nos reciben con los brazos abiertos. Creo que iré a Bruselas y de allí quizás a Inglaterra, donde tengo un par de amigos. Pero no creo que me quede allí. Quizás termine en Sudamérica, como mi viejo patrón. Espero que el dinero que ahorré durante estos años me alcance para viajar. Cuando esté instalado, te enviaré alguna carta.
- La esperaré. Enviale fotos de los niños a Hannah. Dice que nunca vió un par de chicos tan bonitos.
- Claro, si. Ahí llega el tren. Ayúdame con las maletas.
No eran demasiado pesadas. Cuando el tren estaba por partir, Hans asomó su cabeza por la ventanilla.
- ¿Sabes? Yo estuve en la Gran Guerra. Vi cosas. Y ahora toda mi vida cabe en tres maletas y debo huir del lugar donde nací como si fuera un fugitivo. Yo y mi familia.
Se quedo callado unos instantes. Parecía diez años más viejo que hacía unos instantes atrás.
- Nosotros no hicimos nada.
En ese momento el tren se puso en marcha. Samuel lo miró mientras se alejaba. En la Gran Estación el aire era helado y olía levemente a hierba seca.
- Quiero ir a visitar a nuestros padres- le dijo Hannah en el camino de regreso a casa.
- Está bien- dijo Samuel.
Salvo por el hecho de que su primo segundo, el rabí, por fin estaba aprendiendo a decir bien los Salmos, todo estaba igual en el pueblo. Samuel intentó comunicarle a sus padres o a los padres de Hannah las cosas que había visto en esa breve ausencia, pero su madre y la madre de Hannah se negaron a escuchar, ensimismadas en la recuperada salud de Judith, en refrescarle los chismes del lugar y en criticar la lentitud de Hannah para pelar papas.
- Al menos no derrocha cuando cose- fue el elogio de ambas.
Su padre, que desde la última vez que lo vió se había vuelto más fantasmal y enjuto (estaba perdiendo la vista) tampoco le hizo caso. Solo el padre de Hannah mostró algo parecido al interés, asintiendo como si le estuviera contando cosas que el ya imaginaba.
- Algunos diarios llegan a este pueblo perdido, a veces- le dijo- y te digo que lo único que podemos esperar es que esta vez se olviden de nosotros.
- Muchos de mis amigos de la ciudad se exiliaron- dijo Samuel.
- Si- fue la respuesta de su suegro.- Tendríamos que hacerlo. Pero ¿donde cultivaríamos papas y criaríamos gallinas? ¿En París? ¿En Moscú? ¿En Nueva York? ¿En La Habana? Pero quizás no sería mala idea que tú y tu familia se fueran, aún son jóvenes.
- Hannah no se alejará de ustedes. No tanto. Ni a mí me gustaría alejarme tanto de mis padres.
- Claro.
Dos días después el profesor llamó a Hannah y le dijo:
- Antes de que te vayas voy a darte dos cosas. La primera es el collar de turquesas que perteneció a la vieja ama de mi abuela, allá en Ucrania. Quizás algún día te sirva de algo. La segunda parece menos valiosa, pero quizás no lo sea. Son sellos viejos de la gobernación. No me preguntes como los obtuve, espero algún día poder contártelo. Las dos cosas deben ser usadas con prudencia.
- Entiendo- contestó Hannah, que poco entendía.
- Y te voy a dar un consejo. Si ves que los que te odian se multiplican, huye.
- ¿A donde?- le preguntó Hannah.
- A donde puedas.
- ¿Donde irás, Hans?- le preguntó Samuel.
- Aún no estoy seguro. No sé si estás enterado, pero en ningún lugar de Europa nos reciben con los brazos abiertos. Creo que iré a Bruselas y de allí quizás a Inglaterra, donde tengo un par de amigos. Pero no creo que me quede allí. Quizás termine en Sudamérica, como mi viejo patrón. Espero que el dinero que ahorré durante estos años me alcance para viajar. Cuando esté instalado, te enviaré alguna carta.
- La esperaré. Enviale fotos de los niños a Hannah. Dice que nunca vió un par de chicos tan bonitos.
- Claro, si. Ahí llega el tren. Ayúdame con las maletas.
No eran demasiado pesadas. Cuando el tren estaba por partir, Hans asomó su cabeza por la ventanilla.
- ¿Sabes? Yo estuve en la Gran Guerra. Vi cosas. Y ahora toda mi vida cabe en tres maletas y debo huir del lugar donde nací como si fuera un fugitivo. Yo y mi familia.
Se quedo callado unos instantes. Parecía diez años más viejo que hacía unos instantes atrás.
- Nosotros no hicimos nada.
En ese momento el tren se puso en marcha. Samuel lo miró mientras se alejaba. En la Gran Estación el aire era helado y olía levemente a hierba seca.
- Quiero ir a visitar a nuestros padres- le dijo Hannah en el camino de regreso a casa.
- Está bien- dijo Samuel.
Salvo por el hecho de que su primo segundo, el rabí, por fin estaba aprendiendo a decir bien los Salmos, todo estaba igual en el pueblo. Samuel intentó comunicarle a sus padres o a los padres de Hannah las cosas que había visto en esa breve ausencia, pero su madre y la madre de Hannah se negaron a escuchar, ensimismadas en la recuperada salud de Judith, en refrescarle los chismes del lugar y en criticar la lentitud de Hannah para pelar papas.
- Al menos no derrocha cuando cose- fue el elogio de ambas.
Su padre, que desde la última vez que lo vió se había vuelto más fantasmal y enjuto (estaba perdiendo la vista) tampoco le hizo caso. Solo el padre de Hannah mostró algo parecido al interés, asintiendo como si le estuviera contando cosas que el ya imaginaba.
- Algunos diarios llegan a este pueblo perdido, a veces- le dijo- y te digo que lo único que podemos esperar es que esta vez se olviden de nosotros.
- Muchos de mis amigos de la ciudad se exiliaron- dijo Samuel.
- Si- fue la respuesta de su suegro.- Tendríamos que hacerlo. Pero ¿donde cultivaríamos papas y criaríamos gallinas? ¿En París? ¿En Moscú? ¿En Nueva York? ¿En La Habana? Pero quizás no sería mala idea que tú y tu familia se fueran, aún son jóvenes.
- Hannah no se alejará de ustedes. No tanto. Ni a mí me gustaría alejarme tanto de mis padres.
- Claro.
Dos días después el profesor llamó a Hannah y le dijo:
- Antes de que te vayas voy a darte dos cosas. La primera es el collar de turquesas que perteneció a la vieja ama de mi abuela, allá en Ucrania. Quizás algún día te sirva de algo. La segunda parece menos valiosa, pero quizás no lo sea. Son sellos viejos de la gobernación. No me preguntes como los obtuve, espero algún día poder contártelo. Las dos cosas deben ser usadas con prudencia.
- Entiendo- contestó Hannah, que poco entendía.
- Y te voy a dar un consejo. Si ves que los que te odian se multiplican, huye.
- ¿A donde?- le preguntó Hannah.
- A donde puedas.
lunes, 16 de junio de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.
Diario de Amalia.
Me despierta el celular a las cinco de la mañana. Tengo que entrar a trabajar a las diez y entre cita fallida con los Graubal y encuentro en el Palacio de la Papa Frita, me acosté a la una y media. Atiendo después de que sonó diez veces.
- ¿Quien e?- pregunto.
- Nena, vos estás trabajando de moza.
Me quedo muda.
- Si, mami. ¿Cómo sabés?
- Cathy Alzugaray, mi mejor amiga, fue el otro día a la pattiserie y te vió.
Yo también la vi. Y me escondí. No tanto porque me de vergüenza trabajar de moza, sino porque en el momento en que la ví le estaba discutiendo la adición a la otra moza, que cuando volvió a la cocina murmuró "Le hubiera escupido el té, quién se cree que es". Más o menos me estoy llevando bien con mis compañeras de trabajo, no sea cosa de que si se enteran de que conozco a Cathy Alzugaray empiezen a pegarme chicle en el pelo.
- Sabes lo que me dijo, Amalia, "y yo que pensé que podía casarse con Ricardito". Se me partió el corazón.
A eso no hay respuesta posible. Hace cinco años que Ricardito Hervianne Alzugaray se fué a vivir a Manaos y trabaja para una de esas ONG ecologistas algo inverosímiles. Y hace cuatro años que está casado con una antropóloga paulista muy sensual y simpática y hace dos años que me manda fotos de su hijito. Su mamá todavía no pudo superarlo; mi mamá tampoco, porque desde que yo tenía trece años soñaba con un matrimonio morganático que uniera a las dos familias más importantes de Buenos Aires (desde el punto de vista de Cathy y mi mamá).
- Mamá, la que te enojaste conmigo por lo de Los Cardales y Javier y la solicitada y me dijiste que no me ibas a dar más plata fuiste vos.
- ¿Y que te dije? Que le pidieras plata a tu padre. No que te consiguieras un trabajo y me abandonaras la carrera de Derecho.
- Papá está en Norteamérica, mami.
- Le hubieras podido pedir plata igual. A vos nunca te negó nada. No sabés como me siento. Primero de todo lo de Los Cardales, y la solicitada, que fue un papelón absoluto que ni siquera volví a pisar el spa ni el Tea Room y ahora, cuando un poco me animaba a volver a hacer sociales, y hasta iba a participar en la gala de Nosotros Solidarios, me vengo a enterar que mi hija es gastronómica.
- Bueno, por ahí trabajo de moza en la gala- le contesto yo- ¿Qué tal las propinas?
- Dejá de hacer bromas, Amalia. No quiero que trabajes más de eso. Yo tengo muchos contactos, en dos o tres días te consigo algo muchísimo mejor, inclusive hablo con tus tíos y podés ser secretaria ejecutiva en la empresa del abuelo, como tu prima. Acordate de que la suplantaste cuando se fue de luna de miel.
Con mi prima Brisa (la otra heredera) nos odiamos desde nuestro nacimiento, que fue casi al mismo tiempo. Yo nací dos días antes. Para nuestra desgracia fuimos al mismo colegio y al mismo curso, lo que no hizo que nuestro cariño creciera. Cuando terminamos ambas la secundaria, ella decidió estudiar Derecho en la misma universidad que habia elegido yo, lo que hizo que yo me cambiara y entrara en la UBA. Sabía que a Brisa la universidad pública la horroriza y que nunca me seguiría a ese antro de perdición.
- Mamá, no quiero trabajar en la empresa del abuelo. Y no sé, yo entiendo que no te guste que sea moza, pero te digo la verdad, al principio fue difícil, me quemé y me ardían los pies y mis compañeras no me querían, pero después la cosa fue mejorando. Y más o menos me alcanza para vivir.
- Sos tan cabeza dura, hija. Qué te cuesta hacerme caso. Por qué me traes estos dolores de cabeza.
Voy a tener que hablar con tu padre- frase final de mi madre. Mamá y papá llevan divorciados diecisiete años y casi no se hablan desde hace diecisiete años. Solo en casos de extrema necesidad o en velorios de gente en común.
- ¿Y qué me va a hacer, mamá?- le pregunto yo- ¿Me va a mandar a la cama sin cenar?
Me despierta el celular a las cinco de la mañana. Tengo que entrar a trabajar a las diez y entre cita fallida con los Graubal y encuentro en el Palacio de la Papa Frita, me acosté a la una y media. Atiendo después de que sonó diez veces.
- ¿Quien e?- pregunto.
- Nena, vos estás trabajando de moza.
Me quedo muda.
- Si, mami. ¿Cómo sabés?
- Cathy Alzugaray, mi mejor amiga, fue el otro día a la pattiserie y te vió.
Yo también la vi. Y me escondí. No tanto porque me de vergüenza trabajar de moza, sino porque en el momento en que la ví le estaba discutiendo la adición a la otra moza, que cuando volvió a la cocina murmuró "Le hubiera escupido el té, quién se cree que es". Más o menos me estoy llevando bien con mis compañeras de trabajo, no sea cosa de que si se enteran de que conozco a Cathy Alzugaray empiezen a pegarme chicle en el pelo.
- Sabes lo que me dijo, Amalia, "y yo que pensé que podía casarse con Ricardito". Se me partió el corazón.
A eso no hay respuesta posible. Hace cinco años que Ricardito Hervianne Alzugaray se fué a vivir a Manaos y trabaja para una de esas ONG ecologistas algo inverosímiles. Y hace cuatro años que está casado con una antropóloga paulista muy sensual y simpática y hace dos años que me manda fotos de su hijito. Su mamá todavía no pudo superarlo; mi mamá tampoco, porque desde que yo tenía trece años soñaba con un matrimonio morganático que uniera a las dos familias más importantes de Buenos Aires (desde el punto de vista de Cathy y mi mamá).
- Mamá, la que te enojaste conmigo por lo de Los Cardales y Javier y la solicitada y me dijiste que no me ibas a dar más plata fuiste vos.
- ¿Y que te dije? Que le pidieras plata a tu padre. No que te consiguieras un trabajo y me abandonaras la carrera de Derecho.
- Papá está en Norteamérica, mami.
- Le hubieras podido pedir plata igual. A vos nunca te negó nada. No sabés como me siento. Primero de todo lo de Los Cardales, y la solicitada, que fue un papelón absoluto que ni siquera volví a pisar el spa ni el Tea Room y ahora, cuando un poco me animaba a volver a hacer sociales, y hasta iba a participar en la gala de Nosotros Solidarios, me vengo a enterar que mi hija es gastronómica.
- Bueno, por ahí trabajo de moza en la gala- le contesto yo- ¿Qué tal las propinas?
- Dejá de hacer bromas, Amalia. No quiero que trabajes más de eso. Yo tengo muchos contactos, en dos o tres días te consigo algo muchísimo mejor, inclusive hablo con tus tíos y podés ser secretaria ejecutiva en la empresa del abuelo, como tu prima. Acordate de que la suplantaste cuando se fue de luna de miel.
Con mi prima Brisa (la otra heredera) nos odiamos desde nuestro nacimiento, que fue casi al mismo tiempo. Yo nací dos días antes. Para nuestra desgracia fuimos al mismo colegio y al mismo curso, lo que no hizo que nuestro cariño creciera. Cuando terminamos ambas la secundaria, ella decidió estudiar Derecho en la misma universidad que habia elegido yo, lo que hizo que yo me cambiara y entrara en la UBA. Sabía que a Brisa la universidad pública la horroriza y que nunca me seguiría a ese antro de perdición.
- Mamá, no quiero trabajar en la empresa del abuelo. Y no sé, yo entiendo que no te guste que sea moza, pero te digo la verdad, al principio fue difícil, me quemé y me ardían los pies y mis compañeras no me querían, pero después la cosa fue mejorando. Y más o menos me alcanza para vivir.
- Sos tan cabeza dura, hija. Qué te cuesta hacerme caso. Por qué me traes estos dolores de cabeza.
Voy a tener que hablar con tu padre- frase final de mi madre. Mamá y papá llevan divorciados diecisiete años y casi no se hablan desde hace diecisiete años. Solo en casos de extrema necesidad o en velorios de gente en común.
- ¿Y qué me va a hacer, mamá?- le pregunto yo- ¿Me va a mandar a la cama sin cenar?
Primera sangre. 2º parte
Pasó un mes. Y pasaron dos meses. Mi vieja y mis hermanas se dejaron de joder con el triple crimen de Berazategui, y se engancharon con el divorcio del periodista más codiciado de la televisión y después con la pelea entre las dos vedettes más famosas del momento y después con la otra pelea de la vedette más famosa del momento con otra que había sido famosa hacía dos años y después con la reconciliación del periodista más codiciado de la televisión que curiosamente no era el primero. En los ratos que estaban trabajando o estudiando o en el caso de Eugenia cuidando a sus mellizos yo podía ver Fox Sports o TC Sports, pero dejé de verlos porque cada vez que lo hacía me daban ganas de estar en la cancha y no lo soportaba. El Brune y Luchín, mi cuñado, venían a veces a hacerme el aguante. Mi vieja nos engordaba a base de Fernet y papas fritas; solamente mi viejo parecía un poco preocupado.
- Trados- me decía- hablé con Guardiol y me dijo que no podés jugar más. Que macana que dejaste la técnica, pibe, pero ahora vas a tener que buscarte un laburo.
- Si, pa- le contestaba yo. La verdad es que lo único que se me ocurría era ser cadete o repartidor de pizzas, porque siempre me encantó andar en moto.
Una tarde, junto con Brune, cayó Riverito. Me parece que ambos se sentían medios culpables por mis lesión, por el corte de mi carrera futbolística y habían estado hablando sobre mi futuro. Creo que temían que cayera en el alcoholismo, en la depresión o en la malvadas garras de las mujeres del barrio, representadas mayormente por las amigas de mis hermanas.
- Mirá, pibe- empezó diciéndome Riverito- yo sé que vos dejaste de hacer un montón de cosas para jugar en el club y la verdad es que siempre fuiste de fierro con nosotros. Los titulares te extrañan un montón, siempre me preguntan "¿Y el Hacha Trados? ¿Cómo anda?" Hasta el Patón me preguntó por vos.
- Bueno- les dije yo- Los voy a ir a visitar algún día.
- Si, bárbaro. Pero lo que quería decirte es esto; tu viejo me comentó que vos andás buscando un laburito, algo con lo que tirar y mi cuñada es socia minoritaria en un bufette.
- ¿Que, necesitan mozo o bachero a algo así?
- No, Trados, un bufette de abogados. Es bastante conocido, el de Armendi Mendiola. Sale a veces en la tele Mendiola. Armendi no sale tanto, no le gusta. Bueno, la cosa es que hace dos meses que se les fue la chica que les hacía el trabajo en Tribunales, y ahora están tirando con la hija de Mendiola, pero la pobre no entiende nada, se largó a llorar tres veces desde que empezó, mezcla todos los sobres. No la van a despedir, obviamente, pero la idea es dejarla como recepcionista y contratar a alguien para que haga el trabajo de ella. Y mi cuñada me comentó eso después del almuerzo el otro día y se me ocurrió que vos podías hacer ese trabajo.
- No sé, Riverito, yo ni terminé la secundaria.
- La hija de Mendiola fue mejor promedio en la Católica en Administración de Empresas- me retrucó Riverito- Y no dudo que de administrar empresas sabe mucho, salvo que no tiene una empresa para administrar. Yo de leyes no entiendo, pero el laburo parece fácil, si prestás atención. Es básicamente estar en la calle, llevar papeles de un lado al otro, hacer cola, por ahí también pagarles algún impuesto. De última, si no funcionás, te van a echar. Pero por ahí funcionás.
- Más o menos lo que querías- reforzó el Brune- Algo así como cadete, pero sin moto.
- Bueno- les dije yo- voy a ver.
Mi viejo me compró una camisa nueva y un par de zapatos. De la graduación de Paula yo tenía guardada una corbata. Así empilchadito me presenté el martes a la mañana en el edificio Palomares, donde en el noveno piso funciona el bufette Armendi- Mendiola y asociados. Toqué el timbre de la oficina; una mujer de pelo muy corto y anteojos me atendió.
- Hola- me dijo- vos debés ser Trados. Yo soy Mónica Cohen, la cuñada de Riverito. Necesito que lleves esta demanda al Juzgado Contravencional, que hoy se vence el plazo.
- Perdón- le digo yo- creí que venía a una entrevista.
- Mirá, si, te haría una entrevista, pero menos desastre que Esmeralda no nos vas a hacer. Ya nos pararon dos casos que teníamos prácticamente resueltos por culpa de ella. Perdí una mañana yendo yo misma a Tribunales, a discutir con la secretaria y la prosecretaria. Por ahora te vamos a pagar por día, pero si veo que servís arreglamos algo mensual y viáticos. Ahora te doy la dirección.
Así empezó mi nueva vida.
- Trados- me decía- hablé con Guardiol y me dijo que no podés jugar más. Que macana que dejaste la técnica, pibe, pero ahora vas a tener que buscarte un laburo.
- Si, pa- le contestaba yo. La verdad es que lo único que se me ocurría era ser cadete o repartidor de pizzas, porque siempre me encantó andar en moto.
Una tarde, junto con Brune, cayó Riverito. Me parece que ambos se sentían medios culpables por mis lesión, por el corte de mi carrera futbolística y habían estado hablando sobre mi futuro. Creo que temían que cayera en el alcoholismo, en la depresión o en la malvadas garras de las mujeres del barrio, representadas mayormente por las amigas de mis hermanas.
- Mirá, pibe- empezó diciéndome Riverito- yo sé que vos dejaste de hacer un montón de cosas para jugar en el club y la verdad es que siempre fuiste de fierro con nosotros. Los titulares te extrañan un montón, siempre me preguntan "¿Y el Hacha Trados? ¿Cómo anda?" Hasta el Patón me preguntó por vos.
- Bueno- les dije yo- Los voy a ir a visitar algún día.
- Si, bárbaro. Pero lo que quería decirte es esto; tu viejo me comentó que vos andás buscando un laburito, algo con lo que tirar y mi cuñada es socia minoritaria en un bufette.
- ¿Que, necesitan mozo o bachero a algo así?
- No, Trados, un bufette de abogados. Es bastante conocido, el de Armendi Mendiola. Sale a veces en la tele Mendiola. Armendi no sale tanto, no le gusta. Bueno, la cosa es que hace dos meses que se les fue la chica que les hacía el trabajo en Tribunales, y ahora están tirando con la hija de Mendiola, pero la pobre no entiende nada, se largó a llorar tres veces desde que empezó, mezcla todos los sobres. No la van a despedir, obviamente, pero la idea es dejarla como recepcionista y contratar a alguien para que haga el trabajo de ella. Y mi cuñada me comentó eso después del almuerzo el otro día y se me ocurrió que vos podías hacer ese trabajo.
- No sé, Riverito, yo ni terminé la secundaria.
- La hija de Mendiola fue mejor promedio en la Católica en Administración de Empresas- me retrucó Riverito- Y no dudo que de administrar empresas sabe mucho, salvo que no tiene una empresa para administrar. Yo de leyes no entiendo, pero el laburo parece fácil, si prestás atención. Es básicamente estar en la calle, llevar papeles de un lado al otro, hacer cola, por ahí también pagarles algún impuesto. De última, si no funcionás, te van a echar. Pero por ahí funcionás.
- Más o menos lo que querías- reforzó el Brune- Algo así como cadete, pero sin moto.
- Bueno- les dije yo- voy a ver.
Mi viejo me compró una camisa nueva y un par de zapatos. De la graduación de Paula yo tenía guardada una corbata. Así empilchadito me presenté el martes a la mañana en el edificio Palomares, donde en el noveno piso funciona el bufette Armendi- Mendiola y asociados. Toqué el timbre de la oficina; una mujer de pelo muy corto y anteojos me atendió.
- Hola- me dijo- vos debés ser Trados. Yo soy Mónica Cohen, la cuñada de Riverito. Necesito que lleves esta demanda al Juzgado Contravencional, que hoy se vence el plazo.
- Perdón- le digo yo- creí que venía a una entrevista.
- Mirá, si, te haría una entrevista, pero menos desastre que Esmeralda no nos vas a hacer. Ya nos pararon dos casos que teníamos prácticamente resueltos por culpa de ella. Perdí una mañana yendo yo misma a Tribunales, a discutir con la secretaria y la prosecretaria. Por ahora te vamos a pagar por día, pero si veo que servís arreglamos algo mensual y viáticos. Ahora te doy la dirección.
Así empezó mi nueva vida.
viernes, 13 de junio de 2014
Primera sangre. 1º parte.
Aunque uno no se dé cuenta las cosas suelen ocurrir de a pares. Eso fue lo que pasó la mañana en que me rompí los tendones; mientras estaba en la camilla de la enfermería, gritando de dolor, en la televisión pasaban la información sobre el triple crimen. Guardiol, el médico del equipo, miraba de reojo mientras me tocaba la parte de atrás de la pantorrilla .
- ¿Te duele acá, pibe?- me decía.
- Dejá de tocar, Guardiol, la puta madre, me duele todo- le decía yo.
- Me parece que se rompió los tendones- le dijo Guardiol al Ruso, el ayudante de campo.- Hay que mandarlo a hacer unas placas.
El día había empezado mal, porque estaba neblinoso y embarrado y frío. A mí Riverito me había mandado a marcarlo a Lezzini, pero con delicadeza porque era una práctica y no querían que el mejor delantero del equipo se lesionase. Yo tenía veintidós años, había salido solo un par de veces a la cancha y a veces jugaba en las prácticas con los titulares y a veces con la reserva. No era muy habilidoso, pero se me apreciaba por tener las cualidades de mi seudónimo en la cancha. Me decían el Hacha Trados. Era difícil que metiera un gol, pero si veía a algun contrario que venía de cerca marcando el arco, yo metía pierna. Me deben haber expulsado doscientas veces, desde que empecé a jugar al futbol a los siete. Mi viejo, que era enfermo de Independiente de toda la vida, estaba super orgulloso de que su hijo hubiera llegado a jugar en primera y siempre me decía cuando salía de la cancha "Uste meta pierna, hijo, meta pierna que no pasa ninguno". Pero incluso él se daba cuenta de que un jugador de veintidós años que pasa la mayor parte del tiempo con los reservistas y de relevo en las prácticas ya no va a llegar a ser famoso, ni siquiera semi famoso, ni siquiera profesional. El tema era que yo no tenía un plan de respaldo. Según Guardiol, podía llegar a ser un buen kinesiólogo o nutricionista; según el Ruso, podía llegar a ser un buen ayudante de campo. Según Luis Bruneleschi, en cambió, el arquero y uno de mis mejores amigos, lo que yo tenía que hacer era ser su manager.
- Vos estás en pedo, Bruneleschi- le decía yo.- Además, vos ya tenés manager.
- Si- contestaba el Brune- pero me trata como si fuera el último orejón del tarro.
- ¿Vos me ves a mí negociando tu contrato con el Patón?
Los dos nos meábamos de la risa. El Patón era el presidente de la Junta Directiva del club. Era simpático y resbaloso y siempre tenía una palabra de aliento para todos nosotros.
Cosas de la vida; el que me había dado el empujón que había terminado desembocando en la rotura de los tendones había sido el Brune. No lo había visto venir por la derecha, el también parecía medio desorientado por la neblina y el frío y yo había terminado el el área chica, tirado en el piso. Guardiol se había tomado su tiempo para llevarme a la enfermería, porque Guardiol hacía todo despacio. Una vez le había preguntado a Riverito como era que aguantaban a un médico tan lento en el equipo. "Porque no se equivoca nunca" me contestó él.
- Tomate estos calmantes mientras conseguimos turno para las placas- me dijo Guardiol.- Pero es rotura de tendones, seguro. Mirá que desastre lo de Berazategui.
- ¿Que pasó?- le pregunté yo, para pensar en otra cosa que no fuera el dolor.
- Mataron a tres mujeres.
- ¿Quién fue?
- Todavía no se sabe.
No se supo ese día ni los días siguientes. A mí me dejaron libre en el equipo, aunque el Brune consiguió que me dieran algo de plata para pagarme el tratamiento rehabilitatorio. La cuestión es que, como estaba en el sillón de mi casa, seguí toda la historia del triple crimen por la televisión, porque a mi mamá y a mis cuatro hermanas mayores les encantan los casos policiales. Cuanto más sangrientos, mejor.
- Que misterio, che- decía Emilia, la mas grande, mientras se cebaba un mate.- Parece que nadie se hubiese acercado al departamento esa noche.
- Pasa que el lugar del crimen estaba todo contaminado- comentaba Paula. Mira "CSI" todas las noches.
- Para mí que fue el vecino- decía mi vieja- Tiene una cara el tipo.
- No estuvo en su casa, mamá- le contestaba Eugenia.- Estuvo toda la noche en el casino del Tigre, las cámaras lo filmaron.
- Igual tiene una caripela- insistía mi vieja.
- ¿Vos que pensás, Trados?- me preguntó Laura. No sé por qué incluso en mi familia me llaman por mi apellido, como si Sebastián, mi nombre, fuera solo un apodo cariñoso que mis padres inventaron en el registro civil. Esto fue así desde siempre, desde que tengo memoria y es una de las cosas más extrañas de mi existencia.
- Qué sé yo. Por la tele te tiran mil hipótesis por segundo. Además, a ustedes le gustan esas cosas, a mí no. Yo quiero mirar Fox Sports, ahora pasan Barcelona contra Real Madrid.
- Dejáte de joder con el futbol- dijo Eugenia.- Esto es mucho más interesante.
- ¿Te duele acá, pibe?- me decía.
- Dejá de tocar, Guardiol, la puta madre, me duele todo- le decía yo.
- Me parece que se rompió los tendones- le dijo Guardiol al Ruso, el ayudante de campo.- Hay que mandarlo a hacer unas placas.
El día había empezado mal, porque estaba neblinoso y embarrado y frío. A mí Riverito me había mandado a marcarlo a Lezzini, pero con delicadeza porque era una práctica y no querían que el mejor delantero del equipo se lesionase. Yo tenía veintidós años, había salido solo un par de veces a la cancha y a veces jugaba en las prácticas con los titulares y a veces con la reserva. No era muy habilidoso, pero se me apreciaba por tener las cualidades de mi seudónimo en la cancha. Me decían el Hacha Trados. Era difícil que metiera un gol, pero si veía a algun contrario que venía de cerca marcando el arco, yo metía pierna. Me deben haber expulsado doscientas veces, desde que empecé a jugar al futbol a los siete. Mi viejo, que era enfermo de Independiente de toda la vida, estaba super orgulloso de que su hijo hubiera llegado a jugar en primera y siempre me decía cuando salía de la cancha "Uste meta pierna, hijo, meta pierna que no pasa ninguno". Pero incluso él se daba cuenta de que un jugador de veintidós años que pasa la mayor parte del tiempo con los reservistas y de relevo en las prácticas ya no va a llegar a ser famoso, ni siquiera semi famoso, ni siquiera profesional. El tema era que yo no tenía un plan de respaldo. Según Guardiol, podía llegar a ser un buen kinesiólogo o nutricionista; según el Ruso, podía llegar a ser un buen ayudante de campo. Según Luis Bruneleschi, en cambió, el arquero y uno de mis mejores amigos, lo que yo tenía que hacer era ser su manager.
- Vos estás en pedo, Bruneleschi- le decía yo.- Además, vos ya tenés manager.
- Si- contestaba el Brune- pero me trata como si fuera el último orejón del tarro.
- ¿Vos me ves a mí negociando tu contrato con el Patón?
Los dos nos meábamos de la risa. El Patón era el presidente de la Junta Directiva del club. Era simpático y resbaloso y siempre tenía una palabra de aliento para todos nosotros.
Cosas de la vida; el que me había dado el empujón que había terminado desembocando en la rotura de los tendones había sido el Brune. No lo había visto venir por la derecha, el también parecía medio desorientado por la neblina y el frío y yo había terminado el el área chica, tirado en el piso. Guardiol se había tomado su tiempo para llevarme a la enfermería, porque Guardiol hacía todo despacio. Una vez le había preguntado a Riverito como era que aguantaban a un médico tan lento en el equipo. "Porque no se equivoca nunca" me contestó él.
- Tomate estos calmantes mientras conseguimos turno para las placas- me dijo Guardiol.- Pero es rotura de tendones, seguro. Mirá que desastre lo de Berazategui.
- ¿Que pasó?- le pregunté yo, para pensar en otra cosa que no fuera el dolor.
- Mataron a tres mujeres.
- ¿Quién fue?
- Todavía no se sabe.
No se supo ese día ni los días siguientes. A mí me dejaron libre en el equipo, aunque el Brune consiguió que me dieran algo de plata para pagarme el tratamiento rehabilitatorio. La cuestión es que, como estaba en el sillón de mi casa, seguí toda la historia del triple crimen por la televisión, porque a mi mamá y a mis cuatro hermanas mayores les encantan los casos policiales. Cuanto más sangrientos, mejor.
- Que misterio, che- decía Emilia, la mas grande, mientras se cebaba un mate.- Parece que nadie se hubiese acercado al departamento esa noche.
- Pasa que el lugar del crimen estaba todo contaminado- comentaba Paula. Mira "CSI" todas las noches.
- Para mí que fue el vecino- decía mi vieja- Tiene una cara el tipo.
- No estuvo en su casa, mamá- le contestaba Eugenia.- Estuvo toda la noche en el casino del Tigre, las cámaras lo filmaron.
- Igual tiene una caripela- insistía mi vieja.
- ¿Vos que pensás, Trados?- me preguntó Laura. No sé por qué incluso en mi familia me llaman por mi apellido, como si Sebastián, mi nombre, fuera solo un apodo cariñoso que mis padres inventaron en el registro civil. Esto fue así desde siempre, desde que tengo memoria y es una de las cosas más extrañas de mi existencia.
- Qué sé yo. Por la tele te tiran mil hipótesis por segundo. Además, a ustedes le gustan esas cosas, a mí no. Yo quiero mirar Fox Sports, ahora pasan Barcelona contra Real Madrid.
- Dejáte de joder con el futbol- dijo Eugenia.- Esto es mucho más interesante.
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Germán.
Increíblemente, le gané a Marquitos Graubal. Es decir, creo que le gané, porque él me lo dijo. En realidad no entendí nada del juego de cartas de rol, aunque Pablo me soplaba a cada rato, saca esta, manda esta, el Ogro verde de la Metamorfosis es la mejor carta, no la juegues enseguida. Por suerte, no jugamos por dinero, porque si no hubiera sentido que estafé al pobre Marcos sin darme cuenta como. Lo peor de todo fue que Alberto cazó enseguida la onda del juego, y ya a la segunda ronda estaba comentando acerca de las virtudes y desventajas de cada carta como si fuera un experto. No solamente eso: se comió todos los latkes que había cocinado la bobe de Marcos y le abrió dos botellas de Merlot 2005 que Marcos tuvo que sacar de la bodega ante la queja de mi hermano de que no había "nada para tomar".
- Que le va a hacer- dijo Pablito Graubal- Las teníamos guardadas para una ocasión especial.
- Que ocasión más especial que una reunión de viejos amigos.
- Alberto- le dije yo en voz baja- tomáte una sola, deja que guarden la otra.
- Si, si- me dijo. Ni me hizo caso.
- Para Hannukah le vamos a traer de regalo algún vino - le dije yo tratando de arreglarla.
- No importa, no importa- me dijo Marcos.- Mejor traigánnos algún libro comentado en hebreo. O algún mazo de cartas de "Guardianes de la Tierra Media" importadas. Por Mercado Libre se consiguen. No son caras.
- Che ¿hay gente que juega a esto por guita? Como en el poquer, no. Porque soy bastante bueno- se le ocurre decir a mi hermano.
- Y, sí, debe haber- dice Pablo Graubal.
- Ya encontré la solución para zafar de mis problemas económicos- me dice Alberto, cuando salimos del departamento- En el poquer me va mal, pero en este juego soy buenísimo.
- Vos estás revirado- le digo- Además, me hiciste pasar un papelón bárbaro. Te comiste todo, te tomaste todo el vino que tenían.
Alberto me mira.
- ¿Qué yo hice qué? Yo solamente les pregunté si tenían algo para acompañar los latkes.
- Eran dos botellas de Merlot del año 2005 de las bodegas San Gregorio. Cada una vale mil pesos. No es un vino común, es casi una inversión.
- ¿Que clase de persona invierte su dinero en alcohol?
Ahí me saltó la térmica. Menos mal que estaba Javier para atajarme.
- Vos invertís buena parte de tu dinero en alcohol.
- Pero tengo la honradez de tomármelo.
- Basta- dice Javier- Me parece que la noche agarró para el lado de los tomates. Te entiendo, Germán, yo también me aburrí como un hongo. Pensar que iba a ser una salida de a seis.
- No, Javier- le digo yo.
Tarde piaste, diría mi madre. Alberto ya se dió cuenta.
- ¿Cómo una salida? Yo pensé que íbamos a oir a Horacio González.
- Si- le digo yo- a oír a Horacio González y también a encontrarnos con dos, perdón, con tres...
Ahí Javier (que está un poquito achispado, se le nota en los cachetes y en las orejas coloradas) se ríe.
- Ustedes me están tomando para la joda- dice Alberto- No seré del PRO, ni estadístico, ni de la Cámpora, ni estudiaré ¿vos que estudiás, pibe?
- Derecho- contesta Javier, y veo que aguanta las ganas de reírse.
- Pero sé cuando me están tomando el pelo. No te aguanto más, Germán, y acordate ahora que te hacés el muchacho me las sé todas que el primero que te dijo que Gretel te estaba metiendo los cuernos, cuando todo Recoleta, incluído Mariano lo sabían, fui yo.
- Ah, si- le digo yo- no me aguantás más pero a quién le pedís plata prestada cuando no llegás a fin de mes, que casualmente es todos los meses. Dos lucas este mes, cuatro el mes pasado, tres el mes anterior, diez lucas en enero. Tengo un apartado en mi contabilidad que es: préstamos a mi hermano. Si algún día sacás las cuentas de lo que me tendrías que devolver, tendrías que ser el martillero más exitoso de Buenos Aires. Que digo de Buenos Aires. Del mundo entero.
- Agarrado como papá. Mirá, olvídate de mí y de Juancito. Dejá de preocuparte por que el se vaya a casar antes que vos, porque el día que se case ni te vas a enterar.
Y mi hermano agarra un taxi y se va.
Javier me mira.
- Germán, esto es grave.
- No es tan grave- le digo yo- ¿Sabés cuantas peleas como estas tengo con Alberto? Seis al año.
- No, es que... El Renault 2000. Estaba estacionado acá. Me lo afanaron.
Increíblemente, le gané a Marquitos Graubal. Es decir, creo que le gané, porque él me lo dijo. En realidad no entendí nada del juego de cartas de rol, aunque Pablo me soplaba a cada rato, saca esta, manda esta, el Ogro verde de la Metamorfosis es la mejor carta, no la juegues enseguida. Por suerte, no jugamos por dinero, porque si no hubiera sentido que estafé al pobre Marcos sin darme cuenta como. Lo peor de todo fue que Alberto cazó enseguida la onda del juego, y ya a la segunda ronda estaba comentando acerca de las virtudes y desventajas de cada carta como si fuera un experto. No solamente eso: se comió todos los latkes que había cocinado la bobe de Marcos y le abrió dos botellas de Merlot 2005 que Marcos tuvo que sacar de la bodega ante la queja de mi hermano de que no había "nada para tomar".
- Que le va a hacer- dijo Pablito Graubal- Las teníamos guardadas para una ocasión especial.
- Que ocasión más especial que una reunión de viejos amigos.
- Alberto- le dije yo en voz baja- tomáte una sola, deja que guarden la otra.
- Si, si- me dijo. Ni me hizo caso.
- Para Hannukah le vamos a traer de regalo algún vino - le dije yo tratando de arreglarla.
- No importa, no importa- me dijo Marcos.- Mejor traigánnos algún libro comentado en hebreo. O algún mazo de cartas de "Guardianes de la Tierra Media" importadas. Por Mercado Libre se consiguen. No son caras.
- Che ¿hay gente que juega a esto por guita? Como en el poquer, no. Porque soy bastante bueno- se le ocurre decir a mi hermano.
- Y, sí, debe haber- dice Pablo Graubal.
- Ya encontré la solución para zafar de mis problemas económicos- me dice Alberto, cuando salimos del departamento- En el poquer me va mal, pero en este juego soy buenísimo.
- Vos estás revirado- le digo- Además, me hiciste pasar un papelón bárbaro. Te comiste todo, te tomaste todo el vino que tenían.
Alberto me mira.
- ¿Qué yo hice qué? Yo solamente les pregunté si tenían algo para acompañar los latkes.
- Eran dos botellas de Merlot del año 2005 de las bodegas San Gregorio. Cada una vale mil pesos. No es un vino común, es casi una inversión.
- ¿Que clase de persona invierte su dinero en alcohol?
Ahí me saltó la térmica. Menos mal que estaba Javier para atajarme.
- Vos invertís buena parte de tu dinero en alcohol.
- Pero tengo la honradez de tomármelo.
- Basta- dice Javier- Me parece que la noche agarró para el lado de los tomates. Te entiendo, Germán, yo también me aburrí como un hongo. Pensar que iba a ser una salida de a seis.
- No, Javier- le digo yo.
Tarde piaste, diría mi madre. Alberto ya se dió cuenta.
- ¿Cómo una salida? Yo pensé que íbamos a oir a Horacio González.
- Si- le digo yo- a oír a Horacio González y también a encontrarnos con dos, perdón, con tres...
Ahí Javier (que está un poquito achispado, se le nota en los cachetes y en las orejas coloradas) se ríe.
- Ustedes me están tomando para la joda- dice Alberto- No seré del PRO, ni estadístico, ni de la Cámpora, ni estudiaré ¿vos que estudiás, pibe?
- Derecho- contesta Javier, y veo que aguanta las ganas de reírse.
- Pero sé cuando me están tomando el pelo. No te aguanto más, Germán, y acordate ahora que te hacés el muchacho me las sé todas que el primero que te dijo que Gretel te estaba metiendo los cuernos, cuando todo Recoleta, incluído Mariano lo sabían, fui yo.
- Ah, si- le digo yo- no me aguantás más pero a quién le pedís plata prestada cuando no llegás a fin de mes, que casualmente es todos los meses. Dos lucas este mes, cuatro el mes pasado, tres el mes anterior, diez lucas en enero. Tengo un apartado en mi contabilidad que es: préstamos a mi hermano. Si algún día sacás las cuentas de lo que me tendrías que devolver, tendrías que ser el martillero más exitoso de Buenos Aires. Que digo de Buenos Aires. Del mundo entero.
- Agarrado como papá. Mirá, olvídate de mí y de Juancito. Dejá de preocuparte por que el se vaya a casar antes que vos, porque el día que se case ni te vas a enterar.
Y mi hermano agarra un taxi y se va.
Javier me mira.
- Germán, esto es grave.
- No es tan grave- le digo yo- ¿Sabés cuantas peleas como estas tengo con Alberto? Seis al año.
- No, es que... El Renault 2000. Estaba estacionado acá. Me lo afanaron.
lunes, 9 de junio de 2014
Abdicación de las líneas
a Jorge Boccanera
Como los caballeros que se sumergían
en los lagos azules y helados
de Bretaña
para atrapar un anillo o
una moneda de oro
o como las niñas que en Valencia
tejian sus ajuares
con hilos de algodón puro,
blanco,
azul,
rojo, negro
mientras sus madres vigilaban
sus virtudes y
sus cabellos
así he querido yo
olvidar que el verso es ir y
no volver
porque el sur es imposible
pero es aquí donde moramos
en el silencio de las hojas de los platanos
cuando el viento las despierta,
como las madres despiertan
a los niños a la mañana
y dejan que su sombra
los cobije.
Como los caballeros que se sumergían
en los lagos azules y helados
de Bretaña
para atrapar un anillo o
una moneda de oro
o como las niñas que en Valencia
tejian sus ajuares
con hilos de algodón puro,
blanco,
azul,
rojo, negro
mientras sus madres vigilaban
sus virtudes y
sus cabellos
así he querido yo
olvidar que el verso es ir y
no volver
porque el sur es imposible
pero es aquí donde moramos
en el silencio de las hojas de los platanos
cuando el viento las despierta,
como las madres despiertan
a los niños a la mañana
y dejan que su sombra
los cobije.
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.
- ¿A donde vamos?- le digo a la Patri.
- Vamos a comer algo al Palacio de la Papa Frita. No traje mucha guita, calculé que Marcos y Pablo pagaban todo.
- Yo tengo cien.
Nos sentamos en el Palacio de la Papa Frita y entonces lo vemos pasar a Marcelo Da Anveres. El también nos ve, nos saludamos a través del vidrio y él entra.
- Hola, chicas.
- Hola, Marcelo- le digo yo.- ¿Qué tal Europa?
- No voy a ir nunca más.
- ¿Qué te pasó?
- Doce horas. Doce horas en Barajas por mal tiempo. Me pasó lo mismo en Amberes. Y en Londres. Y en Moscú. Y hasta en Roma. Lugar que iba, lugar al que llovía o nevaba o granizaba. ¿Saben lo que recorrí de Europa esta vez? Los lobbies de los hoteles. Y los restaurantes de los hoteles. Y los spas de los hoteles.
- Bueno- dice Patri- por lo menos pudiste viajar.
- No viajo nunca más. ¿Sabés lo que me pasó a la vuelta? Como no pude comprar nada, porque era imposible salir a la calle en cada ciudad que pisé, me gasté todo en los free shops de los aeropuertos. Todo el límite de mis tarjetas de crédito. No eran cosas oh, más bien boludeces, pero por lo menos para hacerme la ilusión de que algo hice. Cargué las dos Samsonite en el avión, más o menos resignado a que el viaje por Europa no había sido todo lo bueno que esperaba y me perdieron el equipaje. Así como oís. Tenía mi mejor ropa, mis zapatos preferidos, hasta las zapatillas aerodináminas que me costó un montón conseguirlas en Nueva York. Todo. Me perdieron todo. Hasta la agenda de trabajo, y el diagrama de costos y utilidades. Ya estoy podrido. Me tomo tres meses, después de trabajar trece años de corrido, para descansar un poco y mirá lo que me pasa.
- Menos mal que no voy a viajar a París, entonces- le digo yo.
- ¿Ibas a fin de año, no? ¿Qué pasó?
- Tuve un lío con mi vieja. Se enojó conmigo porque salía con uno de la Cámpora.
- Amalia- me dice Patricia- No fue por eso.
- Bueno, tenés razón. La segunda versión es un poco menos heroica. Se enojó conmigo porque yo salía con un chico de la Cámpora y le hice creer que salía con uno del PRO.
- Con Germán, el ex de Karen- dice Patri.
- Germán, sí- dice Marcelo- Es uno de mis mejores amigos.
- Lo peor de todo es que Germán y Javier (mi ex) ahora se hicieron amigos.
- Lo peor de todo para vos- dice Marcelo.
- Si, justo hoy habíamos armado una cita doble con Marquitos y Pablo Graubal y se aparecieron Germán, Javier y Alberto y fue un desastre.
- Ah, sí, Germán es buenísimo, pero a Alberto no lo aguanta nadie. Una vez me dijo que la Peco estaba enamorada de mí. La otra casi me mata. Me tiré a la pileta como un boludo y ella estaba saliendo con una personal trainer. Ahora van a tener un bebé con Karen.
- Iban- dice la Patri.- La Peco se enamoró de otra persona.
- No te la puedo creer. ¿De quién?
- De Julián.
- Pero si Julián salía con vos.
- Si, ya sé que salía conmigo. Y la Peco está casada con Karen. Y ahora están los dos viviendo juntos.
- Que desastre, che- dice Marcelo- si yo hice que mi secretaria les mandara a las dos un juguete didáctico Chicco para el baby shower. Bueno, pero de Julián mucho no me extraña, porque dos de mis novias salieron con él antes de salir conmigo y es así. Le gusta a todas las minas, pero es super mujeriego. Hasta la chica que se iba a casar con Germán, Gretel, salió con él.
- ¿Vos lo sabías?- le preguntó yo.
- Lo sabía todo Recoleta- me contesta Marcelo.
- Vamos a comer algo al Palacio de la Papa Frita. No traje mucha guita, calculé que Marcos y Pablo pagaban todo.
- Yo tengo cien.
Nos sentamos en el Palacio de la Papa Frita y entonces lo vemos pasar a Marcelo Da Anveres. El también nos ve, nos saludamos a través del vidrio y él entra.
- Hola, chicas.
- Hola, Marcelo- le digo yo.- ¿Qué tal Europa?
- No voy a ir nunca más.
- ¿Qué te pasó?
- Doce horas. Doce horas en Barajas por mal tiempo. Me pasó lo mismo en Amberes. Y en Londres. Y en Moscú. Y hasta en Roma. Lugar que iba, lugar al que llovía o nevaba o granizaba. ¿Saben lo que recorrí de Europa esta vez? Los lobbies de los hoteles. Y los restaurantes de los hoteles. Y los spas de los hoteles.
- Bueno- dice Patri- por lo menos pudiste viajar.
- No viajo nunca más. ¿Sabés lo que me pasó a la vuelta? Como no pude comprar nada, porque era imposible salir a la calle en cada ciudad que pisé, me gasté todo en los free shops de los aeropuertos. Todo el límite de mis tarjetas de crédito. No eran cosas oh, más bien boludeces, pero por lo menos para hacerme la ilusión de que algo hice. Cargué las dos Samsonite en el avión, más o menos resignado a que el viaje por Europa no había sido todo lo bueno que esperaba y me perdieron el equipaje. Así como oís. Tenía mi mejor ropa, mis zapatos preferidos, hasta las zapatillas aerodináminas que me costó un montón conseguirlas en Nueva York. Todo. Me perdieron todo. Hasta la agenda de trabajo, y el diagrama de costos y utilidades. Ya estoy podrido. Me tomo tres meses, después de trabajar trece años de corrido, para descansar un poco y mirá lo que me pasa.
- Menos mal que no voy a viajar a París, entonces- le digo yo.
- ¿Ibas a fin de año, no? ¿Qué pasó?
- Tuve un lío con mi vieja. Se enojó conmigo porque salía con uno de la Cámpora.
- Amalia- me dice Patricia- No fue por eso.
- Bueno, tenés razón. La segunda versión es un poco menos heroica. Se enojó conmigo porque yo salía con un chico de la Cámpora y le hice creer que salía con uno del PRO.
- Con Germán, el ex de Karen- dice Patri.
- Germán, sí- dice Marcelo- Es uno de mis mejores amigos.
- Lo peor de todo es que Germán y Javier (mi ex) ahora se hicieron amigos.
- Lo peor de todo para vos- dice Marcelo.
- Si, justo hoy habíamos armado una cita doble con Marquitos y Pablo Graubal y se aparecieron Germán, Javier y Alberto y fue un desastre.
- Ah, sí, Germán es buenísimo, pero a Alberto no lo aguanta nadie. Una vez me dijo que la Peco estaba enamorada de mí. La otra casi me mata. Me tiré a la pileta como un boludo y ella estaba saliendo con una personal trainer. Ahora van a tener un bebé con Karen.
- Iban- dice la Patri.- La Peco se enamoró de otra persona.
- No te la puedo creer. ¿De quién?
- De Julián.
- Pero si Julián salía con vos.
- Si, ya sé que salía conmigo. Y la Peco está casada con Karen. Y ahora están los dos viviendo juntos.
- Que desastre, che- dice Marcelo- si yo hice que mi secretaria les mandara a las dos un juguete didáctico Chicco para el baby shower. Bueno, pero de Julián mucho no me extraña, porque dos de mis novias salieron con él antes de salir conmigo y es así. Le gusta a todas las minas, pero es super mujeriego. Hasta la chica que se iba a casar con Germán, Gretel, salió con él.
- ¿Vos lo sabías?- le preguntó yo.
- Lo sabía todo Recoleta- me contesta Marcelo.
jueves, 5 de junio de 2014
Un aire de familia. 11º parte.
Samuel comenzó a trabajar de ayudante de tendero. Era muy malo en lo que hacía (calculaba mal los pesos, nunca recordaba donde estaban la harina ni el azúcar, sumaba mal los importes finales de cada cliente) pero el dueño de la tienda, Druchmann, lo perdonaba porque el padre de Hannah había sido profesor de tres de sus hijos en el colegio y a pesar de que era visible de que no eran muchachos brillantes, habían pasado su asignatura. Hannah a veces cosía para afuera y Judith se enredaba en los brocados y las gasas que, el sábado a la noche, las grandes damas de la ciudad usarían en el teatro. Hoffmann usaba ahora un gorro negro y hacía colectas en apoyo al sindicato de los tranviarios. Seguían jugando al ajedrez de noche, pero ahora su amigo le hablaba no de versos ni de metáforas sino de reuniones donde los obreros de diferente signo (anarquistas, socialdemócratas, comunistas) discutían consignas y hechos que a veces ocurrían allí cerca, pero a veces en lugares tan alejados como Rusia o España.
- Lo de Rusia es increíble- le dijo Hoffmann una noche- y al mismo tiempo trágico. Han logrado deshacerse de un padrecito, el zar, que parecía inmortal. Y de una carga de aristócratas que ahora están contando sus penurias en novelas decimonónicas en los salones de París y de Londres. Y sin embargo ahora se está encumbrando una nueva casta de burócratas que no es menos aristocrática que la anterior; no tienen la sangre azul de los príncipes, son arribistas, pero como tales son aún más peligrosos. Hay que guardarse de los perros flacos y mal alimentados; cuando llegan al poder, son aún más sanguinarios que las mascotas de salón.
- No hables así adelante de Hannah- le reprochó Samuel- Toda su familia aún lamenta que fusilaran al zar y a la zarina y a los pequeños príncipes.
- No hay revolución sin sangre. Pero entiendo, yo mismo dudo a veces. Aunque te diré algo; cuando se trata de defender sus preciadas posesiones, los burgueses no dudan en matar. El dueño de la empresa de tranvías ha contratado rompehuelgas; van a la casa de cada uno de los obreros a hablarles, delante de su mujer y de sus hijos. A tres de los huelguistas les han pegado hasta desfigurarlos. Los dos líderes principales de la huelga saben bien que cuando esta termine no tendrán trabajo. Ningún trabajo en la ciudad. Hemos impreso volantes denunciando este hecho, pero a nadie le parece escandaloso, porque hay mucha gente sin trabajo en la ciudad.
Era cierto, pensó Samuel. Cuatro fábricas (dos textiles, una de ollas, otra de enlozados) habían presentado convocatoria de acreedores. Una de las hijas del dueño de la de enlozados había sido hasta hacía poco clienta de Hannah y le había quedado debiendo la hechura de tres vestidos de noche.
- Tendrías que reclamárselo- le decía Samuel.
- Pobre niña. Fuí a la casa, el otro día. Iban a presentarla en sociedad con uno de esos vestidos, el de organza- le contestó Hannah- Ahora ya no van a hacerlo. Estaba llorando en su cuarto. El padre me atendió en mangas de camisa, como cualquier tendero. Van a tener que vender el coche y todos los muebles, para pagar las deudas.
- ¿Pobre ella? La que cosiste el vestido fuiste tú.
- Tu no entiendes. Ella no sabe lo que es la pobreza.
- Ahora aprenderá.
- Hoffmann te está pasando su resentimiento. No voy a permitir que venga más aquí por la noche, para que cuente historias horribles y te llene la cabeza con ideas.
- Oh, Hannah, maldita sea. Lo conoces a Hoffmann y no es un hombre resentido; es el hombre más bondadoso que conocemos ambos.
- Entonces el resentido eres tú.
- Y tú piensas que la única desgracia que puede ocurrirle a una mujer es que su familia quiebre y que no pueda usar un vestido de organza.
- Sí, quizás sí. Quizás es la única desgracia que conozco, la única que me han contado desde que era pequeña. Lo único que nos ocurre a las mujeres, seamos ricas o pobres, es ser presentadas en sociedad y luego casarnos o quedarnos solteras. Es de lo que hablamos todo el día, de la vida sentimental; es como vivir en un cuarto cerrado. Quizás tus amigas, Katherine, Laurak, sean diferentes.
Era la primera vez que Hannah pronunciaba el nombre de Katherine. Samuel sabía que lo había pronunciado para que la discusión se cerrara, para que ya no hubiera más posibilidades de hablar. Hannah siguió cosiendo, esa noche, cosió hasta muy tarde y se acostó cerca de la hora en que Samuel solía levantarse.
- Hoffmann puede seguir viniendo- le dijo antes de dormirse.- Judith está encariñada con él.
- Lo de Rusia es increíble- le dijo Hoffmann una noche- y al mismo tiempo trágico. Han logrado deshacerse de un padrecito, el zar, que parecía inmortal. Y de una carga de aristócratas que ahora están contando sus penurias en novelas decimonónicas en los salones de París y de Londres. Y sin embargo ahora se está encumbrando una nueva casta de burócratas que no es menos aristocrática que la anterior; no tienen la sangre azul de los príncipes, son arribistas, pero como tales son aún más peligrosos. Hay que guardarse de los perros flacos y mal alimentados; cuando llegan al poder, son aún más sanguinarios que las mascotas de salón.
- No hables así adelante de Hannah- le reprochó Samuel- Toda su familia aún lamenta que fusilaran al zar y a la zarina y a los pequeños príncipes.
- No hay revolución sin sangre. Pero entiendo, yo mismo dudo a veces. Aunque te diré algo; cuando se trata de defender sus preciadas posesiones, los burgueses no dudan en matar. El dueño de la empresa de tranvías ha contratado rompehuelgas; van a la casa de cada uno de los obreros a hablarles, delante de su mujer y de sus hijos. A tres de los huelguistas les han pegado hasta desfigurarlos. Los dos líderes principales de la huelga saben bien que cuando esta termine no tendrán trabajo. Ningún trabajo en la ciudad. Hemos impreso volantes denunciando este hecho, pero a nadie le parece escandaloso, porque hay mucha gente sin trabajo en la ciudad.
Era cierto, pensó Samuel. Cuatro fábricas (dos textiles, una de ollas, otra de enlozados) habían presentado convocatoria de acreedores. Una de las hijas del dueño de la de enlozados había sido hasta hacía poco clienta de Hannah y le había quedado debiendo la hechura de tres vestidos de noche.
- Tendrías que reclamárselo- le decía Samuel.
- Pobre niña. Fuí a la casa, el otro día. Iban a presentarla en sociedad con uno de esos vestidos, el de organza- le contestó Hannah- Ahora ya no van a hacerlo. Estaba llorando en su cuarto. El padre me atendió en mangas de camisa, como cualquier tendero. Van a tener que vender el coche y todos los muebles, para pagar las deudas.
- ¿Pobre ella? La que cosiste el vestido fuiste tú.
- Tu no entiendes. Ella no sabe lo que es la pobreza.
- Ahora aprenderá.
- Hoffmann te está pasando su resentimiento. No voy a permitir que venga más aquí por la noche, para que cuente historias horribles y te llene la cabeza con ideas.
- Oh, Hannah, maldita sea. Lo conoces a Hoffmann y no es un hombre resentido; es el hombre más bondadoso que conocemos ambos.
- Entonces el resentido eres tú.
- Y tú piensas que la única desgracia que puede ocurrirle a una mujer es que su familia quiebre y que no pueda usar un vestido de organza.
- Sí, quizás sí. Quizás es la única desgracia que conozco, la única que me han contado desde que era pequeña. Lo único que nos ocurre a las mujeres, seamos ricas o pobres, es ser presentadas en sociedad y luego casarnos o quedarnos solteras. Es de lo que hablamos todo el día, de la vida sentimental; es como vivir en un cuarto cerrado. Quizás tus amigas, Katherine, Laurak, sean diferentes.
Era la primera vez que Hannah pronunciaba el nombre de Katherine. Samuel sabía que lo había pronunciado para que la discusión se cerrara, para que ya no hubiera más posibilidades de hablar. Hannah siguió cosiendo, esa noche, cosió hasta muy tarde y se acostó cerca de la hora en que Samuel solía levantarse.
- Hoffmann puede seguir viniendo- le dijo antes de dormirse.- Judith está encariñada con él.
miércoles, 4 de junio de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Germán.
- Nunca me hubiera imaginado que eras filokirchnerista- le dice Pablo Graubal a Amalia.
- No soy filokirchnerista, en las últimas elecciones quise votar a Pino Solanas pero al final no voté porque el día anterior estuve de cumpleaños, llovía y me desperté a las cinco de la tarde- le contesta Amalia.
- Pino Solanas- dice Marquitos- Peor todavía. Mi bobe tuvo la razón del mundo cuando me dijo que vos no me convenías. Que eras una meshugenner.
- No, Marcos, vos con esas no me venís. No podíamos salir nunca los sábados porque vos tenías que cumplir con el Sabath y ni soñar con ir a un restaurante normal porque ninguna comida era lo suficientemente kosher.
- Te compré dos anillos de Tiffanny que me pediste. Dos. Y nunca me los devolviste. Una mujer de bien lo hubiera hecho.
- A mí me hizo comprarle un O de Lancome- dice Javier- Todavía debo tres cuotas de la tarjeta de crédito.
- Mirá, Marcos, si tanto problema son los Tiffanny te los devuelvo. Y en cuanto al perfume, Javier, lamento decirte que no te lo puedo devolver porque el otro día abrí la heladera, quise sacar un pedazo de tarta de verdura para calentarlo en el microondas, y se cayó y se rompió- contesta Amalia.
- ¿Qué delirante guarda perfumes importados en la heladera?- pregunta Alberto.
- Vos no te metás, pelotudo- le dice la Patri.
- Es donde mejor se conservan- dice Amalia- Miren, no aguanto más el calor, estos trajes son espantosos, odio el sandwich de pastrami y nunca me interesó el Señor de los Anillos. Así que me voy. El lunes te mando los Anillos por OCA, Marcos.
- ¿Me vas a dejar acá sola?- le dice Patri.
- Bueno, si querés veníte conmigo.
- Tenés razón, salgamos a algún lado. La noche todavía es joven. Pasemos por el departamento a cambiarnos. Un gusto haberlos conocido a los dos, Marcos, Pablo, muy linda la salida- le da un beso en la mejilla a ambos.- Marcos, si querés salir conmigo algún día, los dos solos- remarca lo de solos- acá te dejo mi teléfono. Chau.
- Chau- dice Amalia y se van las dos.
Nos quedamos todos los hombres solos. Ahora que Patri y Amalia se fueron, noto que Pablo y Marcos miran a Javier y también a Alberto y también a mí un poco de reojo.
- Que caracter, che, que tienen estas chicas- dice Pablito.
- Es una loca de mierda. Las dos son unas locas de mierda- dice Javier.
- Podríamos ir a una disco o algo así- dice Alberto.
Noto que no hay mucho quorum en la mesa.
- O podríamos ir a mi casa a jugar poquer- sugiere ahora mi hermano.
- Poquer no sé jugar y no estoy muy de acuerdo con el juego por dinero- dice Marquitos Graubal- Pero me compré las cartas de un juego de rol buenísimo y si quieren podemos ir a mi casa a estrenarlo. Mi bobe debe haber preparado latkes.
Nos miramos entre todos.
- Y bueno- dice Javier- Como dijo la Patri. La noche todavía es joven.
- Nunca me hubiera imaginado que eras filokirchnerista- le dice Pablo Graubal a Amalia.
- No soy filokirchnerista, en las últimas elecciones quise votar a Pino Solanas pero al final no voté porque el día anterior estuve de cumpleaños, llovía y me desperté a las cinco de la tarde- le contesta Amalia.
- Pino Solanas- dice Marquitos- Peor todavía. Mi bobe tuvo la razón del mundo cuando me dijo que vos no me convenías. Que eras una meshugenner.
- No, Marcos, vos con esas no me venís. No podíamos salir nunca los sábados porque vos tenías que cumplir con el Sabath y ni soñar con ir a un restaurante normal porque ninguna comida era lo suficientemente kosher.
- Te compré dos anillos de Tiffanny que me pediste. Dos. Y nunca me los devolviste. Una mujer de bien lo hubiera hecho.
- A mí me hizo comprarle un O de Lancome- dice Javier- Todavía debo tres cuotas de la tarjeta de crédito.
- Mirá, Marcos, si tanto problema son los Tiffanny te los devuelvo. Y en cuanto al perfume, Javier, lamento decirte que no te lo puedo devolver porque el otro día abrí la heladera, quise sacar un pedazo de tarta de verdura para calentarlo en el microondas, y se cayó y se rompió- contesta Amalia.
- ¿Qué delirante guarda perfumes importados en la heladera?- pregunta Alberto.
- Vos no te metás, pelotudo- le dice la Patri.
- Es donde mejor se conservan- dice Amalia- Miren, no aguanto más el calor, estos trajes son espantosos, odio el sandwich de pastrami y nunca me interesó el Señor de los Anillos. Así que me voy. El lunes te mando los Anillos por OCA, Marcos.
- ¿Me vas a dejar acá sola?- le dice Patri.
- Bueno, si querés veníte conmigo.
- Tenés razón, salgamos a algún lado. La noche todavía es joven. Pasemos por el departamento a cambiarnos. Un gusto haberlos conocido a los dos, Marcos, Pablo, muy linda la salida- le da un beso en la mejilla a ambos.- Marcos, si querés salir conmigo algún día, los dos solos- remarca lo de solos- acá te dejo mi teléfono. Chau.
- Chau- dice Amalia y se van las dos.
Nos quedamos todos los hombres solos. Ahora que Patri y Amalia se fueron, noto que Pablo y Marcos miran a Javier y también a Alberto y también a mí un poco de reojo.
- Que caracter, che, que tienen estas chicas- dice Pablito.
- Es una loca de mierda. Las dos son unas locas de mierda- dice Javier.
- Podríamos ir a una disco o algo así- dice Alberto.
Noto que no hay mucho quorum en la mesa.
- O podríamos ir a mi casa a jugar poquer- sugiere ahora mi hermano.
- Poquer no sé jugar y no estoy muy de acuerdo con el juego por dinero- dice Marquitos Graubal- Pero me compré las cartas de un juego de rol buenísimo y si quieren podemos ir a mi casa a estrenarlo. Mi bobe debe haber preparado latkes.
Nos miramos entre todos.
- Y bueno- dice Javier- Como dijo la Patri. La noche todavía es joven.
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.
Diario de Amalia.
- Matalos- me dice Patricia.
- Callate la boca que te van a escuchar.
- Son unos pelotudos. Nos encuentran acá, vestidas como las princesas élficas de ¿qué era lo que decía la etiqueta de la casa de disfraces?
- No me acuerdo.
- Bueno, nos encuentran acá vestidas como princesas élficas, transpirando con el terciopelo violeta y amarillo, al lado de Marquitos y Pablito Graubal ¿qué se piensan? ¿Que nos pueden arruinar la noche? Lo están haciendo a propósito.
- Por supuesto, Patri.
- Bueno, hace algo.
- Como si fuera tan fácil.
- Bueno, de Javier sos la ex. Le podés decir algo.
- ¿Alguna indirecta?
- Que indirecta ni indirecta. Decíle que se la piquen cuanto antes, que pretexten cualquier cosa y que se levanten de la mesa como hacen los hombres cuando se dan cuenta de que molestan. ¿Por qué los invitó Marcos a venir? No me dijiste que era tan sociable.
- Marcos es así- le digo yo.- Muy sociable.
Me acerco a Javier. Lo tomo disimuladamente del brazo y empiezo a hablarle. Por suerte Alberto, Pablo, Marcos y Germán están conversando sobre la última lesión de Ginóbili.
- Javier, por favor, quedáte un rato a comer con nosotros si querés, pero después agarrá al dúo dinámico y vayánse los tres. Estamos en una salida. De a cuatro.
- Ni pienso- me contesta Javier.
- No seas guacho.
- Mirá, yo entiendo que nos peleamos, en parte por diferencias políticas, en parte cuestiones personales. Todo bárbaro. Pero ahora te encuentro en una cita doble con dos de los nombres más reconocidos del PRO porteño. Lindo lo tuyo.
- Ah- le digo yo- Entiendo. Es venganza.
- Sí- me dice él.
- Fantástico, si vamos a jugar a eso. Marquitos, Pablo- les digo levantando la voz- ¿ustedes saben que Javier es militante fervoroso de La Cámpora? El jueves pasado estuvo en el acto de Cristina en la Universidad de San Martín, donde criticó a Mauricio.
Lo mío fue un acto malvado. Incluso Patricia me mira con un poco de espanto. Marquitos emite un "Oh" de sorpresa y Pablo pone su mejor cara de enojo, que no es muy diferente a su mejor cara de felicidad.
- Cuando éramos novios no te molestaba tanto- me replica Javier, en voz más alta todavía.
Ahora todos me miran. No solamente nuestro grupo, sino todo Hot Pastrami.
- Si, me molestaba, porque las únicas salidas que teníamos era a conferencias de Horacio González, de Juan Pablo Feimann y a controlar Precios Cuidados.
- Mentira- me dice Javier- Una vez fuimos a la Reserva Ecológica.
- Porque De Vido inauguraba un puentecito.
- Y vos al mismo tiempo que salías conmigo salías con Nestor.
Ahí me callo. En ese momento nos traen los sandwichs de pastrami y las cervezas. Hay un silencio espantoso en todo el local y todos me están mirando fijamente. A mí.
Se me acerca una señora. Con mucha seriedad y mirandome fijamente me dice:
- Señorita, disculpe. Ese Nestor con el que salía ¿era Nestor Kirchner?
- Matalos- me dice Patricia.
- Callate la boca que te van a escuchar.
- Son unos pelotudos. Nos encuentran acá, vestidas como las princesas élficas de ¿qué era lo que decía la etiqueta de la casa de disfraces?
- No me acuerdo.
- Bueno, nos encuentran acá vestidas como princesas élficas, transpirando con el terciopelo violeta y amarillo, al lado de Marquitos y Pablito Graubal ¿qué se piensan? ¿Que nos pueden arruinar la noche? Lo están haciendo a propósito.
- Por supuesto, Patri.
- Bueno, hace algo.
- Como si fuera tan fácil.
- Bueno, de Javier sos la ex. Le podés decir algo.
- ¿Alguna indirecta?
- Que indirecta ni indirecta. Decíle que se la piquen cuanto antes, que pretexten cualquier cosa y que se levanten de la mesa como hacen los hombres cuando se dan cuenta de que molestan. ¿Por qué los invitó Marcos a venir? No me dijiste que era tan sociable.
- Marcos es así- le digo yo.- Muy sociable.
Me acerco a Javier. Lo tomo disimuladamente del brazo y empiezo a hablarle. Por suerte Alberto, Pablo, Marcos y Germán están conversando sobre la última lesión de Ginóbili.
- Javier, por favor, quedáte un rato a comer con nosotros si querés, pero después agarrá al dúo dinámico y vayánse los tres. Estamos en una salida. De a cuatro.
- Ni pienso- me contesta Javier.
- No seas guacho.
- Mirá, yo entiendo que nos peleamos, en parte por diferencias políticas, en parte cuestiones personales. Todo bárbaro. Pero ahora te encuentro en una cita doble con dos de los nombres más reconocidos del PRO porteño. Lindo lo tuyo.
- Ah- le digo yo- Entiendo. Es venganza.
- Sí- me dice él.
- Fantástico, si vamos a jugar a eso. Marquitos, Pablo- les digo levantando la voz- ¿ustedes saben que Javier es militante fervoroso de La Cámpora? El jueves pasado estuvo en el acto de Cristina en la Universidad de San Martín, donde criticó a Mauricio.
Lo mío fue un acto malvado. Incluso Patricia me mira con un poco de espanto. Marquitos emite un "Oh" de sorpresa y Pablo pone su mejor cara de enojo, que no es muy diferente a su mejor cara de felicidad.
- Cuando éramos novios no te molestaba tanto- me replica Javier, en voz más alta todavía.
Ahora todos me miran. No solamente nuestro grupo, sino todo Hot Pastrami.
- Si, me molestaba, porque las únicas salidas que teníamos era a conferencias de Horacio González, de Juan Pablo Feimann y a controlar Precios Cuidados.
- Mentira- me dice Javier- Una vez fuimos a la Reserva Ecológica.
- Porque De Vido inauguraba un puentecito.
- Y vos al mismo tiempo que salías conmigo salías con Nestor.
Ahí me callo. En ese momento nos traen los sandwichs de pastrami y las cervezas. Hay un silencio espantoso en todo el local y todos me están mirando fijamente. A mí.
Se me acerca una señora. Con mucha seriedad y mirandome fijamente me dice:
- Señorita, disculpe. Ese Nestor con el que salía ¿era Nestor Kirchner?
martes, 3 de junio de 2014
Un aire de familia. 10º parte.
Cuando volvio de París, el editor del periódico , Hans, le contó lo que había pasado. Dos noches atrás, había encontrado la imprenta desmontada, pieza por pieza y dos gatos amarillos ahorcados sobre los linotipos. Había ido al otro día a hacer la denuncia al Ayuntamiento; allí, un funcionario gordo y algo calvo le había preguntado sobre que escribía en el periódico.
- Sobre las cosas que pasan- le había contestado Hans.
- Pero su periódico se edita en yddish.
- Sí, pero nuestros lectores leen en yddish.
- ¿Ha estado usted afiliado al partido comunista?
- Nunca.
- Sin embargo- siguió diciendo el hombre gordo- en su periódico se han publicado cinco artículos sobre la huelga de tranvías de la ciudad.
- Es lo más importante que ha ocurrido en la ciudad en el último año.
- Entiendo.
El funcionario gordo y calvo se le quedo mirando.
- Mire- dijo Hans- el periódico que edito es pequeño y se vende en solo tres barrios, donde está la mayoría de la población judía. Me preocupo porque alguien nos odia lo suficiente para desmantelar un aparato de imprenta (que no es fácil de hacer, puedo asegurárselo desde ya) y matar a dos pobres gatos vagabundos (admito que eso es un poco menos dificultoso). Me preocupo porque es muy difícil que lo haya hecho una sola persona. Me preocupo porque en dos periódicos de la ciudad ya ha ocurrido lo mismo, según me han contado mi suegro.
- Usted es el primero que trae esas noticias- respondió el otro, impávido.
- Bueno, sí ha ocurrido. Y quisiera saber si van a hacer algo para buscar a los culpables.
- Oh- dijo el funcionario.- ¿Quiere que hagamos algo? En esta ciudad hay diez crímenes por noche, hombres que se apuñalan en las tabernas, prostitutas que estrangulan a sus clientes, borrachos que ahogan a sus hijos recien nacidos. Y usted quiere que nos preocupemos por la imprenta de un periódico de judíos. Y dos gatos ahorcados, me olvidaba de ese detalle.
- Entonces me levanté y me fuí- le siguió contando Hans.- Debería haberlo golpeado, debería haberle gritado, pero eso solo empeoraría la situación. He estado pensado, Samuel y he decidido renunciar. Hace dos noches fue la imprenta, pero si esto sigue así, en dos o tres meses será el esmerado editor. He hablado con los dueños , Rosencrantz y Guilbert. Ellos también quieren deshacerse del periódico. Rosecrantz le venderá la imprenta a Guilbert, que es el que tiene más dinero, y se irá a Sudamérica. Tiene familiares allí. Puede empezar de nuevo.
- Entonces...
- Te quedarás sin trabajo, Samuel. Lamento dejarte así, pero no puedo hacer otra cosa. No te creas que a mí me irá mejor, deberé ponerme a trabajar en la charcuteria de mi tío. Eres un hombre instruído, puedes dar clases en algún colegio o quizás conseguir otro trabajo de corrector. Perdoname.
Esa noche regresó a su casa muy despacio. La pequeña Judith había aprendido a caminar hacía poco y cada vez que tropezaba, lloraba. Hannah cortaba remolachas en pedazos muy finos y los freía.
- El periódico cerrará- anunció él, de pronto, mientras comía la tercera rebanada de remolacha.
- ¿Que ocurrió?- preguntó Hannah.
- No sé, el editor, los dueños, están asustados. Sabes, han pasado cosas.
- Si, ya sé, los dos gatos muertos.
- ¿También tu lo sabes?
- Aquí todo se sabe.
- Tendré que buscarme otro trabajo. Menos peligroso que corrector de un periódico en yddish.
- No es fácil, en estos momentos. Quizás yo pueda coser para afuera. La mujer del panadero me ha preguntado si puedo arreglarle ropa. Sé coser bastante bien.
- No pagan nada.
- Mira, Samuel- dijo Hannah- no creo que en ningún trabajo que consigamos de ahora en adelante, ni tú ni yo, nos paguen bien.
- Sobre las cosas que pasan- le había contestado Hans.
- Pero su periódico se edita en yddish.
- Sí, pero nuestros lectores leen en yddish.
- ¿Ha estado usted afiliado al partido comunista?
- Nunca.
- Sin embargo- siguió diciendo el hombre gordo- en su periódico se han publicado cinco artículos sobre la huelga de tranvías de la ciudad.
- Es lo más importante que ha ocurrido en la ciudad en el último año.
- Entiendo.
El funcionario gordo y calvo se le quedo mirando.
- Mire- dijo Hans- el periódico que edito es pequeño y se vende en solo tres barrios, donde está la mayoría de la población judía. Me preocupo porque alguien nos odia lo suficiente para desmantelar un aparato de imprenta (que no es fácil de hacer, puedo asegurárselo desde ya) y matar a dos pobres gatos vagabundos (admito que eso es un poco menos dificultoso). Me preocupo porque es muy difícil que lo haya hecho una sola persona. Me preocupo porque en dos periódicos de la ciudad ya ha ocurrido lo mismo, según me han contado mi suegro.
- Usted es el primero que trae esas noticias- respondió el otro, impávido.
- Bueno, sí ha ocurrido. Y quisiera saber si van a hacer algo para buscar a los culpables.
- Oh- dijo el funcionario.- ¿Quiere que hagamos algo? En esta ciudad hay diez crímenes por noche, hombres que se apuñalan en las tabernas, prostitutas que estrangulan a sus clientes, borrachos que ahogan a sus hijos recien nacidos. Y usted quiere que nos preocupemos por la imprenta de un periódico de judíos. Y dos gatos ahorcados, me olvidaba de ese detalle.
- Entonces me levanté y me fuí- le siguió contando Hans.- Debería haberlo golpeado, debería haberle gritado, pero eso solo empeoraría la situación. He estado pensado, Samuel y he decidido renunciar. Hace dos noches fue la imprenta, pero si esto sigue así, en dos o tres meses será el esmerado editor. He hablado con los dueños , Rosencrantz y Guilbert. Ellos también quieren deshacerse del periódico. Rosecrantz le venderá la imprenta a Guilbert, que es el que tiene más dinero, y se irá a Sudamérica. Tiene familiares allí. Puede empezar de nuevo.
- Entonces...
- Te quedarás sin trabajo, Samuel. Lamento dejarte así, pero no puedo hacer otra cosa. No te creas que a mí me irá mejor, deberé ponerme a trabajar en la charcuteria de mi tío. Eres un hombre instruído, puedes dar clases en algún colegio o quizás conseguir otro trabajo de corrector. Perdoname.
Esa noche regresó a su casa muy despacio. La pequeña Judith había aprendido a caminar hacía poco y cada vez que tropezaba, lloraba. Hannah cortaba remolachas en pedazos muy finos y los freía.
- El periódico cerrará- anunció él, de pronto, mientras comía la tercera rebanada de remolacha.
- ¿Que ocurrió?- preguntó Hannah.
- No sé, el editor, los dueños, están asustados. Sabes, han pasado cosas.
- Si, ya sé, los dos gatos muertos.
- ¿También tu lo sabes?
- Aquí todo se sabe.
- Tendré que buscarme otro trabajo. Menos peligroso que corrector de un periódico en yddish.
- No es fácil, en estos momentos. Quizás yo pueda coser para afuera. La mujer del panadero me ha preguntado si puedo arreglarle ropa. Sé coser bastante bien.
- No pagan nada.
- Mira, Samuel- dijo Hannah- no creo que en ningún trabajo que consigamos de ahora en adelante, ni tú ni yo, nos paguen bien.
La muerte de un rey. 32º parte
Aquí no hay agua, sólo roca,
roca y no agua, el camino arenoso
el camino serpentea entre las montañas
que son montañas rocosas sin agua
T. S. Eliot.
Henry. Camino de las serpientes.
No busques a Sarar. Y no escuches a mi madre, le dijo Lisbeth. Era la medianoche y Lisbeth susurraba. Parecía muy asustada. Si quieres que salvemos algo, ve a buscar a Pauline y a Rodrick antes que Rilench y que Sarar los encuentre. Llevate a Veltran, si quieres.
Será mejor que vaya sin él, dijo Henry.
¿Cómo está Jorginho?
Si no fuera uno de los Mil, estaría muerto. Pero ahora está bien, está con Omar. El lo cuida. Tengo que confiar en tí, Henry, porque de los tres generales principales eres el único que algún guarda algún rasgo de humanidad. Cuando Sarar se entere que tienen prisionera a Eliza, no sé como reaccionará. Mi madre tiene algo de razón, nunca debí haber rescatado a ese niño.
Hay otros que me culpan a mí, fue la respuesta de Henry. Tiffany, por ejemplo. No puede olvidar que yo les aseguré que este planeta estaba deshabitado.
¿Cómo es vivir con los nativos?
Terminas acostumbrándote, se rió Lisbeth. A mí nunca me torturaron como a Jorginho, ni me encarcelaron. Todos los días veía mi estatua vestida de oro en el salón principal. Los ritos de las estaciones estaban dedicados especialmente a mí. No es como cree mi madre, que no me fui porque me mantenían atada. Esperaba cambiar sus costumbres, educarlos en la civilización.
No lo lograste.
No del todo. No me he rendido con ellos. Aunque tengan esclavos (y los esclavos me odian, he oído los murmullos en los harenes) no son monstruos como creen el resto de ustedes.
Yo no lo creo, dijo Henry. Si son monstruos, es porque los hemos convertido en monstruos.
¿Les has perdonado lo que te hicieron?
¿Destrozarme el ojo? Lo que más costó fue la reparación del cerebro. Y dejar a Jorginho allí, atado. Lo salvé una vez, sabes, y lo siento aún mi responsabilidad.
Lisbeth lo abrazó.
¿Como está nuestro hijo? le preguntó.
¿Quieres saber si es pequeño como yo? respondió Henry. No lo es. Es alto como su abuelo. Pero temo que no tan buen mozo como su padre.
Ambos rieron.
Está en el Delta de Syam, cerca de donde estaban Pauline y Rodrick. Lo mantengo apartado de esta guerra, todo lo que puedo, pero me parece que será imposible.
Iré a verlo. Pero tu encuentra a Rodrick y a Pauline.
El desierto de noche era blanco y azul. Henry sabía que la desesperación de Lisbeth para que buscara al cuarto y a la quinta general solo podía deberse a una cosa: había revelado que ellos eran la clave para ubicar la Máquina.
Pero el resto no se los había dicho.
Una planta carnosa crecía alrededor de un cactus. Henry la conocía, era la "dadora de vida". Atesoraba agua en su interior y quién la comía no tenía hambre ni sed por diez días. Devoró las hojas.
"Mis piernas son demasiado cortas para un desierto tan grande" pensó. "Aunque lo único bueno de ser bajo es que es más difícil que me vean. Puedo esconderme detrás de las rocas".
Entonces fue cuando cayó. Fue una caída suave, blanda, porque el pozo era pequeño. Enseguida apareció el rostro, mirándolo con curiosidad, como si fuera un pez en una pecera.
Leonore, idiota le gritó Henry Sacame de aquí.
¿Quién eres? le preguntó ella. Se había cortado el cabello.
¿Qué animal anda con cuatro piernas al amanecer, con dos al mediodia y con tres a la noche? fue su respuesta.
Henry, maldito, dijo Leonore. De todas las alimañas del desierto que pude cazar, tuviste que caer tú en la trampa.
roca y no agua, el camino arenoso
el camino serpentea entre las montañas
que son montañas rocosas sin agua
T. S. Eliot.
Henry. Camino de las serpientes.
No busques a Sarar. Y no escuches a mi madre, le dijo Lisbeth. Era la medianoche y Lisbeth susurraba. Parecía muy asustada. Si quieres que salvemos algo, ve a buscar a Pauline y a Rodrick antes que Rilench y que Sarar los encuentre. Llevate a Veltran, si quieres.
Será mejor que vaya sin él, dijo Henry.
¿Cómo está Jorginho?
Si no fuera uno de los Mil, estaría muerto. Pero ahora está bien, está con Omar. El lo cuida. Tengo que confiar en tí, Henry, porque de los tres generales principales eres el único que algún guarda algún rasgo de humanidad. Cuando Sarar se entere que tienen prisionera a Eliza, no sé como reaccionará. Mi madre tiene algo de razón, nunca debí haber rescatado a ese niño.
Hay otros que me culpan a mí, fue la respuesta de Henry. Tiffany, por ejemplo. No puede olvidar que yo les aseguré que este planeta estaba deshabitado.
¿Cómo es vivir con los nativos?
Terminas acostumbrándote, se rió Lisbeth. A mí nunca me torturaron como a Jorginho, ni me encarcelaron. Todos los días veía mi estatua vestida de oro en el salón principal. Los ritos de las estaciones estaban dedicados especialmente a mí. No es como cree mi madre, que no me fui porque me mantenían atada. Esperaba cambiar sus costumbres, educarlos en la civilización.
No lo lograste.
No del todo. No me he rendido con ellos. Aunque tengan esclavos (y los esclavos me odian, he oído los murmullos en los harenes) no son monstruos como creen el resto de ustedes.
Yo no lo creo, dijo Henry. Si son monstruos, es porque los hemos convertido en monstruos.
¿Les has perdonado lo que te hicieron?
¿Destrozarme el ojo? Lo que más costó fue la reparación del cerebro. Y dejar a Jorginho allí, atado. Lo salvé una vez, sabes, y lo siento aún mi responsabilidad.
Lisbeth lo abrazó.
¿Como está nuestro hijo? le preguntó.
¿Quieres saber si es pequeño como yo? respondió Henry. No lo es. Es alto como su abuelo. Pero temo que no tan buen mozo como su padre.
Ambos rieron.
Está en el Delta de Syam, cerca de donde estaban Pauline y Rodrick. Lo mantengo apartado de esta guerra, todo lo que puedo, pero me parece que será imposible.
Iré a verlo. Pero tu encuentra a Rodrick y a Pauline.
El desierto de noche era blanco y azul. Henry sabía que la desesperación de Lisbeth para que buscara al cuarto y a la quinta general solo podía deberse a una cosa: había revelado que ellos eran la clave para ubicar la Máquina.
Pero el resto no se los había dicho.
Una planta carnosa crecía alrededor de un cactus. Henry la conocía, era la "dadora de vida". Atesoraba agua en su interior y quién la comía no tenía hambre ni sed por diez días. Devoró las hojas.
"Mis piernas son demasiado cortas para un desierto tan grande" pensó. "Aunque lo único bueno de ser bajo es que es más difícil que me vean. Puedo esconderme detrás de las rocas".
Entonces fue cuando cayó. Fue una caída suave, blanda, porque el pozo era pequeño. Enseguida apareció el rostro, mirándolo con curiosidad, como si fuera un pez en una pecera.
Leonore, idiota le gritó Henry Sacame de aquí.
¿Quién eres? le preguntó ella. Se había cortado el cabello.
¿Qué animal anda con cuatro piernas al amanecer, con dos al mediodia y con tres a la noche? fue su respuesta.
Henry, maldito, dijo Leonore. De todas las alimañas del desierto que pude cazar, tuviste que caer tú en la trampa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)