Tres días antes del gran torneo de ajedrez Samuel olvidó las reglas del juego. No podía recordar absolutamente nada. Casi no comió: Inmaculada le llevó un par de veces sopas de leche a su cuarto, pero allí se enfriaban, inútiles, con moscas ahogadas.
- No sé si puedo jugar- le dijo asustado a Bermaner.
- Cómo no vas a poder jugar- le dijo su amigo.
- No sé que me pasa. Estoy aterrado.
- Yo también. Mi madre me mandó una carta diciéndome que ella siempre había sabido que era un idiota, y que ella siempre me había advertido que las mujeres a las que les gustaban el baile y las joyas de oro no son buenas mujeres y que por qué no me casé con la hija mayor de los Droix de Aix en Provence, que era una muchacha buenísima aunque eso sí los dientes eran un poco grandes, pero era una muchacha buenísima y estaba muy enamorada de tí, te piensas que esos milagros se dan dos veces, por andar con pretensiones y viajar a Sudamérica estás en la bancarrota y ahora necesitas mi ayuda, ay, soy una mujer mayor, no sé por que me das estos problemas. Todo eso en la primera carta. Pero ya compró el pasaje, aunque cuando llegue acá no sé donde va a vivir. Eso también es un problema.
- Podría vivir acá. Se llevaría bien con Inmaculada. Yo me podría buscar otro lugar.
- Es cierto. Es buena idea. Yo amo mucho a mi madre y no quiero que muera, pero no me imagino viviendo en el mismo lugar con ella.
- A veces no se puede elegir.
- Es cierto, que se le va a hacer.
- El problema es que cuando llegue aquí a Buenos Aires me va a enloquecer. Por favor, acompañame.
Al puerto, digo, a recibirla.
- Me imagino que será morena y aguileña y delgada como tú.
- No- dijo Bermaner- Mi madre es alta, algo gorda y rubia. Lo moreno y aguileño supongo que será por mi padre, muerto en una pelea de bar. Todos recuerdan esa pelea en Aix en Provence. Murieron tres otros hombres además de mi padre.
- Te acompañaré. Pero mañana, por favor, despiértame para el torneo.
- Lo haré.
Samuel secretamente deseaba que el torneo se suspendiera o quedarse dormido o que su inscripción fuera nula. Nada de eso sucedió. A un sonido de timbre, se vió enfrente de un hombre gordo, con manchas de grasa en la camisa. Y entonces algo sucedió. No estaba en el torneo. Estaba en su casa, con Hoffmann y con Hannah y con Judith. Hoffmann le hablaba de su lejano antepasado y del ajenjo y Hannah se fastidiaba ante algunas licencias del poeta, pero no demasiado, y Judith tosía y le tiraba el pelo mientras tosía. Vió al hombre gordo al mismo tiempo, vió luego a un hombre muy delgado, casi tísico, luego a uno que parecía a un oficinista, a dos o tres que indudablemente eran profesores como Bermaner, y por fin a un ¿inglés? ¿norteamericano? y mientras tanto podía escuchar a Hoffmann asustando a Judith con el viejo cuento de las zapatillas rojas y Judith se escondía y entonces el timbre sonó nuevamente y todos lo miraron.
- Es bastante bueno- dijo el inglés.
- ¿Bastante bueno? Es íncreíble lo que hizo- dijo el hombre muy delgado- Es increíble. Nunca ví a nadie jugar así.
- Ya lo dije, bastante bueno- replicó el inglés y se sentó en un sillón al costado de la sala, a leer Caras y Caretas.
Bermaner se le acercó, sonriendo y con un sandwich de pastrón.
- Bueno, tuviste la mejor puntuación. ¿Te gusta el pastrón? Yo lo detesto, el otro día probé jamón crudo en una taberna española. Tampoco se lo cuentes a mi madre, por favor.
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