viernes, 9 de noviembre de 2018

La muerte de un rey. 58 parte.

                                                                                ashes to ashes
                                                                                fun to funky
                                                                                you know Major Tom is a junkie
                                                                                                          David Bowie

                                                                                       Lisbeth, Turin, 2021

Hay una gran falla en nuestro plan, le dijo Rodrick.
Lisbeth lo miró, algo asustada.
Una gran falla y no me atrevo a decírsela a nadie.
¿Cuál es la falla?
Los conductos neuronales de hipotálamo.
Por favor, hablame en inglés común y corriente.
Es difícil de explicar... Yo estaré despierto. Ustedes dormirán. Yo no envejeceré. Ustedes tampoco. ¿Cómo se logra eso?
Si lo supiera sería tú.
Dos cosas: primero el insecto que descubrí, Pauline. El que alarga la vida de las personas. Eso de por sí es extraño. Lo otro lo descubrí hace dos semanas. La única manera de no envejecer en este viaje es convencer al cerebro de que no envejecemos. Suspender el tiempo. No ser. Ahora, eso es imposible, me dirás, pero he encontrado la manera de hacerlo. Pasa que el costo es terrible.
No entiendo. Hasta ahora es todo legal, puro, Eliza no ha muerto, mi madre tampoco. Has hecho mucho por nosotras. No me importa estar en la pobreza, ya lo sabes. ¿Cuál es ese costo?
Que será al mismo tiempo. Quedaremos suspendidos en el mismo tiempo. Eso es obligatorio, la máquina no puede funcionar de otra manera. Los conductos neuronales del hipotálamo de todos nosotros quedarán suspendidos al mismo tiempo. No podremos dejar de ser lo que somos. La máquina nos absorberá y será nosotros y nosotros seremos ella y nosotros seremos todos nosotros.
Juro que no te entiendo.
Es difícil de explicar. Tu eres tú, Lisbeth. Eres tu dedo meñique, tus párpados y tu estómago. Si te cortan tu dedo meñique, pierdes una parte tuya. ¿No es cierto? Ahora imagina que no eres solo Lisbeth. Que eres también tu madre. Que eres también Henry. Que eres también Jorginho. Que eres también Sarar. Que eres también Rose.  Si tu madre muere, una parte de ti muere. No hay duelo, no estoy hablando de la pérdida emocional, ni de nada de eso. Es cómo si te cortaran un párpado. Si Eliza muere, es como si te sacaran el estómago. Si Jorginho muere, es como si te amputaran un pie.
Esa es la falla del gran plan.
Lisbeth se largó a llorar.
Perdóname, dijo Rodrick.
Eso es monstruoso, dijo ella. Somos monstruos o lo seremos.
Pero como se lo diremos a Amparo y a Oregon. Están tan felices. Y a mi madre. Tienes que verla en la cocina, cómo en sus mejores épocas, dándole órdenes a Lermoune Filland.
No se lo diremos, repondió Rodrick. He ido demasiado lejos.
Debemos decirselo. Estás loco, Rodrick. Yo no quiero ser Henry, ni Sarar, ni Eliza.
Yo tampoco, dijo Rodrick. Pero se enterarán cuando arribemos al planeta. Cuando salgamos de la máquina y pisemos ese maldito planeta, se enterarán de que son otras personas además de ellos. Que pueden oír los pensamientos de los demás. Con suerte, aprenderemos a controlarlo. Con suerte, nuestra descendencia perderá el poder. Con mala suerte...
Con mala suerte seremos inmortales.
Solo necesitaremos ser inmortales si el planeta está habitado por una raza inteligente. Según los cálculos de Henry y de Leonore, eso es casi imposible. Es ese casi lo que me preocupa. Si una raza extraterrestre hubiera observado este planeta hace diez mil años atrás, hubiera considerado que solo había bestias. Un planeta habitable lleno de animales y plantas y agua. Imaginate que basado en esas premisas quisiera invadirnos ahora. Todo es distinto ¿no?
Confío en Henry y en Leonore.
Lo único que Henry descubrió es un planeta habitable como la Tierra. Es un punto ciego. Es un maldito punto ciego.
No vayamos, entonces. No vayamos. Quedemonos aquí. Por favor, Rodrick, quedemonos aquí. Olvida tu bondad y tu compasión, y dile a mi madre que muera y dile a Amparo que entierre a Eliza.
Díselo tú, fue la cruel respuesta de Rodrick-
Tienes razón, dijo Lisbeth. Yo también soy incapaz. Mi madre está feliz como una niña mostrándole a Lermoune fotos mías practicando equitación y mas vergonzosas todavía, en una playa de Los Angeles, bastante borracha, con mis amigas. Ni siquiera sé cómo las obtuvo. Supongo que se las habrá enviado alguna de mis amigas. Amparo está en este momento llevando a Eliza a la escuela, supongo, aunque quizás si ella se largó a llorar o está lloviendo le está leyendo los cuentos de Peter, el conejito travieso. Yo tampoco puedo hacer nada. Pero ¿que haremos si todo sale mal?
No sé. Morir. Aceptar nuestro destino.
Eso se dice fácil, respondió Lisbeth. Nadie acepta su destino.

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