domingo, 18 de noviembre de 2018
Delegados desaparecidos durante la dictadura militar
Fueron muchos y fueron elegidos cuidadosamente por sus patrones. Durante la democracia, la forma de sacar a un delegado de una fábrica, de un subte, de un lugar de trabajo, es despedirlo, dejarlo sin trabajo. En la dictadura fue fácil. Se puso en un mismo nivel a la guerrilla que a los delegados de cualquier fábrica. Se los nombró (las palabras pueden usarse para cualquier cosa) terroristas infiltrados en las fábricas. No eran terroristas, claro, eran delegados, pero como tales eran mucho más peligrosos que los terroristas, porque luchaban por mejores condiciones de trabajo para ellos y para sus compañeros. Aún hoy a un delegado gremial se lo acusa de cualquier cosa: he visto las agresiones en comentarios twitteros dirigidas a Baradel, donde se lo acusa de gordo y de sucio, como si las dos condiciones lo desmerecieran como persona o como delegado. A ese grado de estupidez se ha llegado hoy en día. No hay nada más grave que que un empresario, porque tiene dinero, maneja influencias y se codea con poderosos, decida a dedo el destino de sus obreros; el dinero no es un escudo que salve a alguien de cumplir con lo que la ley establece, y, entre los derechos que la ley les otorga a los obreros, está la de formar sindicatos y elegir delegados. Gente que vele por los derechos de los trabajadores y de las trabajadoras de cada rama. El ideal del capitalismo es el obrero individual, el hombre que tiene un empleo de medio tiempo mal pago, y luego se emplea en Uber porque la guita no alcanza; o la mujer que es maestra y tiene treinta horas en diferentes colegios porque si no no llega a fin de mes. Tenemos que luchar contra esa idea de que los sindicatos son malos, de que los delegados son malos. Algunos pueden ser burocráticos y estar más cerca del poder, es cierto. Seamos imaginativos y pensemos nuevas formas de representación que nos permitan expresar nuestros reclamos. Ningún individuo se salva solo en el sistema capitalista. Uno solo, diría Roa Bastos, siempre se equivoca. La verdad empieza de dos en más.
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