Facundo murió al amanecer. Las manchas verdosas de la boca y de las puntas de los dedos se le extendieron por el cuerpo, los ojos, la boca, el ombligo y el pene le supuraban muchísimo, y su temperatura bajaba cada vez más, más y más. Sin embargo, no deliraba, como hubiera correspondido a un hombre moribundo. Estaba lúcido.
- En el fondo- le dijo a Adrián- tenía razón en casi todo.
- No sé que es ese casi todo.
- Mis investigaciones. Se puede clonar, se puede clonar un humano. Mi error fue, fue uno de principiante. Saqué celular epiteliales de Edith y de Grace. Eso no me costó nada, son mujeres, solo necesite cuatro o cinco cabellos de cada una. A partir de ahí ya tenía el ADN. Pero necesitaba hacerlo en secreto, y que la cadena del ADN no se rompiera. Y entonces... Entonces sustituí. Hice mal en sustituir.No tendría que haberlo hecho. Pero lo hice. Ahora me estoy muriendo por ese error.
- No te vas a morir. Voy a volver a llamar al 911.
Facundo se río.
- Pueden venir las mejores eminencias del mundo médico y no me van a salvar. Ya soy cadáver, Adrián. Pero ¿Madame Curie no murió a causa de las radiaciones? Ser ciéntifico conlleva sus riesgos. Prometéme una sola cosa, prometéme que no vas a vender la casa.
- Me drogaste con ketamina.
- Te salvé, Adrián, aunque vos no lo creas, te salvé.
- Tengo plata, Facundo, no necesito esta casa.
- Ya sé que tenés plata. Para lo que te sirve. Para lo que me sirvió. Si no me hubiera equivocado en lo de la cadena de ADN, ahora sería un tipo mucho más rico. Imáginate. Clones. Clones humanos. Mujeres hermosas cómo Danáe, hombres inteligentes como yo, fuertes como Martin o como Ismael, a nuestro servicio. Una maravilla. Una pareja de padres que no pueden tener hijos puede clonar un niño a su gusto, un niño sin enfermedades, un niño rubio o moreno. Se podría clonar a una persona a gusto para que se done órganos a sí misma.
Con un pañuelo de papel se limpió el pus que le salía de la boca y de los ojos. Lo miró con atención, cómo quién mira un insecto.
- Ya empieza a... Bueno, no me queda mucho tiempo. ¿Querés que hablemos de los partidos de tenis? Ganamos tantos partidos de tenis. Eramos buenos. Erámos muy buenos.
- ¿Por qué nunca me dijiste que eras homosexual? Si éramos tan amigos. Si somos tan amigos cómo para que me pidas que no venda esta casa.
- Porque te ibas a burlar de mí- dijo de repente Facundo, cómo un chico.- No te acordás, esa vez, en el colegio, con Guadalupe Rosmayor, que dijiste que los putos no saben nada de literatura ni de tenis ni de música ni de nada. Y además, nunca estuve enamorado de vos, aunque sé que muchos lo pensaban. Vos eras mi amigo. Todos hacían bromas al respecto, más hacia mí que hacia vos, pero vos eras solamente mi amigo. Que pensaran lo que quisieran.
- Yo también pensaba que estabas enamorado de mí.
- Que tonto- contestó Facundo, y fué una de las últimas cosas que dijo.- Espero que Ismael y Martín no vengan a mi velorio. No hagas velorio, Adrián. Cremame y enterrame directamente e intentá soportar a mi familia cuando se entere que la casa Bauhaus del abuelo, que ahora gracias a las revistas de arquitectura vale una pequeña fortuna, es tuya. Es tuya y no la vendas. No la vendas, Adrián. Yo, ahora, ahora...
Estuvo así una hora más, pero poco a poco se fué quedando cómo dormido y cuando se quedó quieto del todo y muy pálido, Adrián lo tapó con una sábana y se fué a tomar algo a la cocina.
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