Ya habían embarcado, el barco había zarpado y Eduardo y Samuel se habían sentado en la cubierta de primera clase a tomar Dom Perignon. Al principio Samuel intentó tomar poco, pero descubrió que en un rato había bebido el solo una botella y media -que derroche, imaginó que diría su madre. Estaba inevitablemente borracho, y la culpa, que había estada agazapada en las dos semanas anteriores, estalló con toda su furia.
- Te usé, Eduardo- le dijo a su compañero de viaje.
Eduardo también estaba borracho, aunque no tanto cómo él.
- No digas boludeces- le respondió en castellano y fue la primera vez que Samuel escuchó esa palabra argentina, que luego se cansaría de oír.
- No, tengo que hablar. No te conté toda la historia. En realidad, no quería ser amigo tuyo. No sé si soy amigo tuyo. Tus poemas son muy malos. Hasta los títulos son muy malos. "La aurora arboleada", "El estoico amigo del amor". Por favor.
Eduardo se quedó en silencio.
- Tendríamos que pedir algo de comer, pero temo que voy a vomitar. ¿Así que piensas que mis poemas son malos? Temo que padre piensa lo mismo. No quiere editarme ningún libro de poemas.
- Y juegas muy mal al ajedrez. No sé quién te enseñó, pero eres pésimo.
- Te gané varias veces.
- Me dejé ganar.
- ¿Cómo qué me dejaste ganar? ¿Que clase de ajedrecista eres?
- Uno tan bueno que deja ganar a uno que ni siquiera sabe usar correctamente un enroque.
- Oh, andate a la mierda. Padre me enseñó a jugar. Padre sabe ajedrez.
Samuel se rió. No sabía si era la borrachera o la estupidez de Eduardo lo que lo hacía reir.
- Te diré algo: tu padre sabe mucho de literatura y no sabe nada de ajedrez.
Eduardo también se rió.
- Nunca lo había pensado. Pero ¿por qué?
- Hay muchas cosas que no te dije. No te dije que tengo familia. Y que mi familia estará en el lado incorrecto de la guerra, si estalla.
- No creo que haya guerra.
- Aunque no haya guerra, están ya del lado incorrecto. Tengo mujer, una hija, madre, padre, hermanos, primos, todo eso. Algunos saben, otros no saben nada. Pensé que si podía ganar el torneo de Buenos Aires puedo salvarlos, a todos o quizás solo a algunos.
- ¿Pero por qué no fuiste con ellos?
- Porque si vuelvo me matarán y no seré útil. Soy un ajedrecista inútil, y bastante cobarde- le dijo a Eduardo.- y no sé que hacer realmente.
Arramburu se quedó en silencio. Habló después de media hora
- Nunca se me hubiera ocurrido. Nunca se me hubiera ocurrido que alguien necesitara de mí realmente. A padre sí, a padre lo necesitan y a veces lo consultan. Pero a mí... Solo era un porteñito perdido.
- ¿Qué es un porteñito?- preguntó Samuel.
- Nada. Es que padre y madre me enviaron a París con tantas expectativas. Que visitara museos, quizás que entrara a alguna universidad. Quieren que sea médico, abogado, aunque sea ingeniero. Soy un mal poeta, un mal ajedrecista.
- No eres tan mal poeta- dijo Samuel- Era el champagne hablando. Algunas rimas no son tan malas.
Eres definitivamente un mal ajedrecista, eso sí, pero es culpa de tu padre.
- Bueno, te admiro un poco, Samuel. Debe ser díficil fingir amistad por dos semanas enteras con alguien a quien ni siquiera admiras.
- Estamos cruzando el Atlántico- fue la respuesta de Samuel- y los amigos y la familia que tengo están de rehenes en Europa. En realidad, a la única persona que realmente conozco es a tí. Serás lo más parecido a un amigo que tendré en Buenos Aires.
Eduardo Arramburu se acercó al borde de la cubierta.
- No entiendo por qué me lo contaste.
- Oh, es la vieja culpa judía- dijo Samuel- Soy definitivamente un hijo de mi madre.
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