lunes, 5 de noviembre de 2018

El mito del Africa bárbara

Gracias al gran Eduardo Galeano, al que le debemos tanto los lectores, me enteré de algo que no sabía; en Africa había universidades. Durante toda mi infancia y adolescencia crecí convencida en el mito  del africano como el buen salvaje; en varias de sus lacónicas historias, Galeano cuenta que en muchos países africanos había universidades como las occidentales, donde se estudiaba astronomía, medicina y química y que mucho de los esclavos vendidos en New York o en la Habana eran en realidad mucho más cultos que los esclavistas que les ponían el precio. Profesaban otra religión a veces, y obviamente su idioma era diferente, pero eran más cultos. Por supuesto a la gente que traficaba con esclavos y vivía a costa de ellos esto no le interesaba; en realidad, no hay nada peor para un esclavista que un esclavo culto. Muchos de ellos no sobrevivieron a la esclavitud, pero los que sobrevivieron fueron haciendo crecer el germen de la revuelta. Hay un momento maravilloso en El siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, que dice que en realidad la historia de los esclavos negros en el Caribe, Brasil y Latinoamérica es la de una permanente rebelión de esclavos. Los esclavos se fugaban; entraban en la selva, se iban a las montañas o a Canadá, y si se los encontraba muchas veces había que matarlos, porque volvían a escaparse. El buen salvaje es una proposición de Rousseau, no la realidad. Las culturas que parecen bárbaras a nuestros ojos no lo son nunca; ningún pueblo sobrevive en la anarquía. Siempre hay leyes (aunque sea orales) y mitos y leyendas que sostienen esas leyes. Aún los aborígenes americanos del Delta del Río de la Plata se guiaban por normas; la sociedad humana es imposible sin ellas. Me parece increíble que en Francia o en Italia piensen que los senegaleses o los marroquíes son algo así como seres tontos o potenciales delincuentes; en Africa se había descubierto el fuego mucho antes de que Europa fuera un continente poblado.

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