martes, 30 de abril de 2019

Las ganancias en el rubro inmobiliario.

Si no hubiera sido por lo que ocurrió, pensó Derek Ludmett, la mansión valdría una fortuna. Por lo menos quince millones de dólares, por lo bajo. Pero era un lugar raro. A el mismo no le gustaba entrar allí; iba solamente si iban el matrimonio Claudel, y su hijo Anthony, y lo ayudaban a limpiar el poco polvo que había. Los hijos de Bartök, claro, querían vender la casa. Presionaban a Derek Ludmett para que vendiera la casa, al menos en la cifra que su padre la había comprado, es decir diecisiete millones de dólares; la verdad, le había dicho la hija mayor de Bärtok, es que excepto esta casa, no queda casi nada de la fortuna de nuestra familia. Derek la había mirado con un poco de horror: siempre se había figurado la fortuna Bärtok como infinita, un manantial de ríos de dólares, de libras esterlinas, y de euros. No, le aseguró Vania, mi abuelo fue un pésimo administrador, mi padre intentó ser un buen administrador pero  los tiempos económicos cambiaron y bueno... No sé por qué quiso comprar esa casa, de todas maneras. Y en ese precio. Estaba sobrevaluada. Ahora... Es lo único que nos queda, prácticamente. Pero después de lo  que ocurrió, va a ser casi imposible, dijo Derek. Pero ¿que ocurrió realmente? preguntó Vania. No lo sé. Yo tampoco, respondió Derek. Pero por eso, porque no sabemos, ni tú sabes, ni yo sé, ni la prensa sabe, es muy difícil vender esa maldita casa. Ya hablé con la de Real Orange States; por más que tenga dos jacuzzis, una piscina, un jardín bellísimo, dos habitaciones de huéspedes, y un mini playroom, que  la puerta tenga detalles de Art Nouveau restaurados, que la escalera haya sido diseñada por Berhover, nadie va a querer comprarla. No hay ofertas. Hasta dentro de dos o tres años, cuando esto se calme, no va a haber ofertas. No tenemos dinero para soportar dos o tres años, fue la respuesta desesperada de Vania. Ni yo, ni Burdin, ni Wildred. Mi padre nos pasaba una mensualidad a cada uno. Vivíamos bien. No demasiado bien, no como cuando éramos niños, pero bien. Ahora...
Intenta vender la casa, dijo Vania. Está a nombre de nosotros tres, al menos papá la dejó a nombre de nosotros tres.
Pero ¿por qué se las dejó a ustedes tres? preguntó de pronto Derek. Aún no era un hombre tan viejo, tenía cincuenta años. Ustedes son muy jóvenes. Wildred recién tiene veinte. Si hubiera hecho testamento, tendría su lógica. Pero no hizo testamento. Les cedió en vida esa casa a ustedes, sus tres hijos.
Mi padre estaba raro, dijo Vania. Nuestra familia ¿qué sabes de ella?
No demasiado, salvo que siempre fueron muy ricos.
¿Ves? Yo sé exactamente lo mismo. Mi padre nunca hablaba de mi abuelo ni de mi abuela, y mamá murió tan joven. Y ahora ocurre esto.
Vania era muy delgada. Su nombre le cuadraba, pensó Derek: tenía ojos de rusa, oscuros y grandes y el cabello casi negro. Tiene solo veinticuatro años, y nada sabe de su padre, de sus abuelos ni de su historia. Como el resto de nosotros. Los Bärtok han sido siempre un misterio.
De todas maneras, dijo Vania, sé que no puedes solucionarlo. Bueno, me marcho.
Derek Ludmett, cuando se quedó solo, intentó recordar a Zacarías Bärtok. Lo había conocido después de diez años de representarlo en tribunales y no había vuelto a verlo hasta que decidió comprar esa casa. Tanto al asociado mayor del estudio jurídico donde Derek trabajaba, como al asociado menor, el precio les resultaba desmesurado. La casa, sin dudas, era hermosa, bien construída y restaurada, y cercana a Southhamptons Village y a un pequeño bosquecito. Pero por once o doce millones hubiera podido comprarse una casa tan buena como esa en alguna zona costera de Virginia o Maine. La mansión había estado desocupada por tres décadas, pero (cosa extraña) los dueños anteriores la mantenían limpia y en muy buen estado. Inclusive le habían hecho reformas modernas, siempre respetando su estilo Art Nouveau clásico, que constituía el cincuenta por ciento del valor de la casa. Pero a Zacarías Bärtok la casa le había gustado. La había comprado y se había ido a vivir allí, prácticamente solo, aunque  un servicio de limpieza tercerizado limpiaba la casa. Cuando se los interrogó a los del servicio de limpieza acerca de Zacarías Bärtok, dijeron que les parecía un hombre común, que quizás leía demasiado, que no parecía reconocerlos. Y que mucho más no podían decir, porque casi no les hablaba.
No había, ni para la policía local, ni para el FBI, secuencia de hechos. El viernes las mujeres del servicio de limpieza habían estado en la casa, habían limpiado, la heladera especialmente, y luego los cinco baños. Zacarías estaba allí; tranquilo, quieto, observando. Les dió una propina, pero siempre les daba propina. El fin de semana nadie venía a limpiar; de todas maneras, dijo Camila Sanchez, un hombre solo que apenas come apenas ensucia. Esa casa estaba siempre impecable. Ni un perro había para ensuciar; ellas limpiaban sobre lo limpio. El lunes, cuando llegó nuevamente el servicio de limpieza, Zacarías Bärtok no estaba. Había un libro en la cocina, abierto. Eso no parecía importante; el libro era L´Eternité par les Astres. Había un sandwich de tomate y queso a medio comer y un vaso de agua. Ningún rastro más quedaba de Zacarías Bärtok, que tres meses antes les había legado en vida la mansión a sus tres hijos.
Derek pensó que la semana siguiente debería volver a esa casa. Extrañamente, no había nada siniestro en ella. En Facebook y en Twitter habían llamado a la casa "La Mansión de la Dimensión Desconocida", pero cuando èl entraba solamente veía muebles, televisores, camas, ventanas; imposible, le había dicho el gerente de Real Orange States, ya hemos tenido casos así, vamos a tener que esperar un par de años o más para que la casa se venda y aún así se venderá por mucho menos de su valor real. El gerente era un hombre más bien gordo, casi calvo y sus dedos eran fríos como fideos y resbalosos como fideos.
Es toda la fortuna que queda de la fortuna Bärtok, esa casa, pensó Derek. Todo lo que queda de los Bärtok, simplemente ganancias y pérdidas en el rubro inmobiliario.

¿K o M?

Desconfío de las iniciales. Desconfío de las personas que cuando escriben no postulan ideas en oraciones, sino mero terrorismo verbal. Desconfié durante los años del gobierno de Cristina Fernandez de los periodistas que adornaban cada medida del ejecutivo con el adjetivo K; desconfío también ahora de los que adornan cada medida del gobierno de Macri con el adjetivo M. Eso es faltarle el respeto a un gobierno; pensar que todos en su gabinete piensan igual y pensar que Cristina Fernandez o Mauricio Macri no tuvieron o tienen personas capaces en su gabinete es el summun de la antipolítica. ¿Por qué tantos programas periodísticos sobre política, que entrevistan a políticos, cada dos o tres oraciones insertan alguna contra la política? Es lo mismo que si en un programa sobre libros se dijera que leer libros es malo. El domingo fueron las elecciones en mi provincia, Santa Fe. La boleta única hace que el escrutinio sea lento. Lo cuál no es un problema.. Pero no faltó el conductor de noticieros que pusiera la sospecha sobre lo lento del escrutinio. No entiendo la razón. Es mejor que un escrutinio sea lento pero esté bien hecho, que un escrutinio rápido y mal hecho. Y la política es lo que genera transformaciones reales, concretas, para que la gente de la que tanto hablan los periodistas políticos, esté mejor: no entiendo porque esos programas quieren reducir la política a iniciales como K o M. Hay muchos más partidos políticos que el kirchnerismo o el PRO, la realidad en cada provincia e incluso en cada ciudad es diferente y hay muchos partidos políticos del interior que representan esas realidad. Es poco democrático pensar la política en iniciales: el radicalismo y el socialismo tienen más de cien años,  la izquierda trotskistay el peronismo más de setenta y el partido conservador (ahora conservador neoliberal) creo que existió desde siempre. Las ideas existen desde antes de los hombres y las mujeres y van a seguir existiendo después.

lunes, 29 de abril de 2019

La banda de mi calle

Me gusta mucho Patricio Rey y los Redonditos de Ricota. Me parecen una gran banda, las letras son excelentes, los músicos, empezando por Skay, es buenísimo. Pero eso no es excepcional en este país. Hay grandes músicos de rock vivos, que ya son (como en la película de Will Smith) leyenda. Patricio Rey y los Redonditos de Ricota podría haber sido una gran banda de culto, como es de culto Spinetta Jade o Pink Floyd. Lo extraño es que los Redondos no hayan sido de culto. Empezaron siéndolo; cuando empezaron lo que hacían era más cercano a un happenning que a un recital. Y sin embargo, cuando yo empezaba a ser adolescente, ya se discutía si los Redondos eran unos vendidos porque tocaban en Obras. Los Redondos de pronto se volvieron un código, un tatuaje, una manera de entender la realidad. Quizás la clave la tuvo un compañero de universidad cuando dijo, en los noventa: es como dicen los Redondos, el futuro llegó hace rato. Desgraciadamente era cierto. La realidad que vendía la tele y los diarios era marketing y sonrisas y alegría, pero la realidad de los noventa era todo un palo. Como la de los dos mil para mucha gente, como la de ahora para mucha gente. Quizás la frase más honda y más sincera y que sala más las heridas de Los Redondos no está en sus letras, sino en uno de los poemas en prosa que Patricio Rey escribió en un arte de tapa. "¿Cuánto falta para que tu calle se vuelva salvaje?". Ya no esperamos, nuestra calle, incluso la avenida Corrientes con sus containers inteligentes, ya se ha vuelto salvaje.

Queremos tanto a Arya Stark

"Hermosas cejas" le dice una actriz que acaba de representar la historia de la muerte del rey Joffrey a Arya Stark en Braavos. Aunque en Braavos Arya ya no es Arya Stark; es una aprendiz del templo del único dios, que se llama muerte. Desde el primer capítulo de la saga donde aparece Arya nos damos cuenta de que es una outsider, tanto como Jon Snow; no en vano su hermano bastardo le regala una espada llamada Aguja, que ella atesorará como lo único que le queda de su familia diezmada. Cuando su padre es encarcelado, Arya logra escapar y sobrevive como un niño pobre; asiste, por esas cosas del azar permitidas a la literatura, al decapitamiento de su padre y a la Boda Roja. Ese giro en el punto de vista de la saga de George R. R. Martin es magistral; muchas sagas fantásticas fallan porque muestran únicamente a los grandes reyes y a su corte. George R. R. Martin nos muestra, a través de Arya, a través de Sam, a través de Jon Snow, el revés de esas tramas; como los que no son reyes ni generales ni consejeros ven la guerra. Lo que es la guerra para los posaderos, las prostitutas, los herreros, y los reclutas. Arya termina haciéndose amiga del Perro, a quién al principio detesta. Arya tiene una lista de personas que piensa matar, y mientras recita esa lista es puro patetismo. Arya escapa a Braavos gracias a una moneda y escapa hacia Braavos en honor al profesor de esgrima que le puso su padre, cuando ella le dijo que no quería ser una dama aburrida como su hermana Sansa: Syrio Forel.  Y Arya regresa; después de vivir en Braavos, de ser una servidora del dios de la muerte, Arya decide regresar a Westeros, aunque piensa que toda o casi toda su familia está muerta. Regresa para vengarse. Cuando uno piensa en la Arya de once o doce años que vimos en el primer capítulo, que se burlaba de su hermano menor porque ella era mejor tiradora que él, suena casi increíble; pero a la Arya que regresa de Braavos todos le tenemos, inevitablemente, un poco de miedo. Y sin embargo todos los fanáticos de la saga queremos tanto a Arya Stark.

domingo, 28 de abril de 2019

La muerte de un rey. 69º parte

                                                                                           No cuentas por los Cónsules los años;
hacen tu calendario tus cosechas;
pisas todo tu mundo sin engaños.
                                 Francisco de Quevedo

                                                                        Rodrick, camino de las montañas de Aruel

Creía que Pauline dormía, pero ella estaba mirando Los Aristogatos. No había nadie más cerca.
Nunca hablas de ellos, le dijo.
¿De quienes? le preguntó Pauline.
De Neville. De Fleur. No finjas que no entiendes.
Rodrick, le contestó Pauline, hace frío aquí arriba en las montañas y nos estamos fugando y si caemos nosotros dos la Máquina caerá y no sabemos que ocurrirá. No es momento para...
Rodrick se calló. Había algo de nieve . Podían verse algunas estrellas, aunque era una noche más bien nublada. 
Algunas noches, siguió diciendo, pienso en ellos.
Yo intento no pensar nunca, dijo Pauline con dureza.
Lermoune Filland, el Turco, Indigo y Will dormían. Vamos hacia un lugar desconocido y somos inmortales. Somos los Mil, pensó Rodrick. Hemos traído catástrofe a este pobre planeta. Todo a causa de Eliza y de Sarar, y de Melinda. A causa de mí, en última instancia. Pero ¿quién era yo antes de conocerlos? Y después, incluso después, cuando ya sabía que no sabía demasiado, que no sabía tanto como creía, no retrocedí. Retroceder hubiera significado que Eliza muriera, que Melinda muriera. Las hipótesis científicas son hermosas e investigar es hermoso, todo era hermoso en esos años, pero ahora... Fleur y Neville, no puedo hablar de ellos delante de Pauline.
Están muertos, dijo Pauline, de pronto.
Mis dos hijos están muertos. ¿Cómo habrán muerto? ¿Me habrán buscado? Seguramente sí. ¿No soy una persona horrible?
Rodrick siguió callando. Si lo dice en voz alta, pensó, en realidad me lo dice a mí.
Traerlos hubiera significado... siguió Pauline. No sé que hubiera significado. Nunca creí demasiado esa historia, ni cuando conocí a Amparo y a Lermoune, en el fondo seguí creyendo que estabas bastante demente, que Amparo y Lermoune eran parte de una secta tipo clan Mason, que te habían lavado el cerebro. Eliza allí, dormida, no era prueba de nada, era solo una niñita dormida. Pobre Rodrick, recuerdo que pensaba. Era demasiado buen científico para sobrevivir normalmente en nuestro mundo. Si te hubiera unido a la Iglesia de la Ciencia Cristiana, también lo hubiera entendido. Todos se burlaban de tí en la Ivy. Lo recuerdo. También yo me burlaba. Entendías tanto de filosofía, de nanotecnología y de teorema de Godel, pero tan poco de las personas. Y de pronto desapareciste... A todos, en el fondo, nos pareció normal. Siempre hay personas así en Harvard y en Yale y en el MIT. Hombres y mujeres brillantes, pero que no saben sobrevivir en la sociedad. Nunca creí, en el fondo, tu historia, aunque cuando Amparo y Lermoune la confirmaron.
Te enfureciste, dijo Rodrick.
Era cierto lo que les dije. Ninguno de ustedes, ni tú, ni Gaspar, ni Leonore, ni Raschid, ni José el de las cabras sabían si funcionaría. 
Era cierto, aceptó Rodrick. Ninguno sabía.
Pero tenían razón. Su plan, el gran plan funcionó. Y ahora miro Los Aristogatos y recuerdo cuando Neville quería hacerse el gracioso y copiaba al gatito de los Aristogatos jugando sobre el piano. Y recuerdo que tía Leure le decía, es un Bechstein, se desafina y que Fleur repetía exactamente su tono, retando a su hermano, es un Bechstein, se desafina. Y que ahora Leure, Neville y Fleur están muertos. Y a mí solo me queda el consuelo de ver los Aristogatos. No me preguntes más porque nunca hablo de ellos. No, Rodrick. Quizás si hubiera sentido menos pena por tí y te hubiera encerrado en un manicomio... Pero, no sé porqué te culpo. Fui yo la que... No volviste a hablarme después de ese día. Al único que habría que culpar es a Oregon.
Pobre Oregon, dijo después Pauline. Si supiera que Eliza está ahora en los calabozos del rey, por voluntad propia... Ha resistido bien la tortura. Omar la cura, Jorginho se burla de ella. 
Pensar que es la misma niña que vi dormida en el regazo de Amparo. Para mí nunca puede ser la misma persona.

Retazos

mi madre
junta retazos de papel del suelo

diarios

hebillas

hojas a veces

pura serendipia

que buena suerte

dice

y yo recuerdo a mi madre juntando retazos
mientras mi madre junta retazos de papel

en esos retazos estoy yo

yo y ella

esas partes fragmentadas

esa especie de nada

esa extraña belleza que nadie entiende

fragmentos

notas sueltas

hebillas

hojas de plátano

o de ciprés

o flores de paraíso.

Mal uso del erario público.

Se habla mucho acerca de mal uso o del mal gasto del erario público. Algo terrible. Casi tan escandaloso como algún divorcio, alguna infidelidad o algún comentario en Twitter o en Facebook. Y sin embargo... En setiembre una maestra de Moreno denunció que la habían secuestrado y le habían tajeado ollas no en el vientre. Las fotografías se vieron. Después pasó lo de la inflación, lo de River-Boca, lo del dólar, los regalitos para navidad y las vacaciones y gente de la farándula se peleó y ahora estamos discutiendo si Macri, Cristina o Lavagna. Y el fiscal encargado de la causa de la maestra ahora, en un giro digno del mismísimo Edgar Allan Poe, acusa a la maestra por falso testimonio. Entonces uno piensa: han ocurrido tantos crímenes concretos desde el mes de setiembre, que no se investigaron, que son ajustes de cuentas según la prensa, la policía y la justicia, y también piensa en que un fiscal gana bastante más que el común de los mortales y además supuestamente debería estar interesado en su trabajo o al menos fingir -como para simular, nomás- cierto interés. Parece que acusar a una maestra que denuncia amenazas por falso testimonio es alguien que se está sacando un problema de encima. Parece desinteresado en su interés en la justicia. ¿Es imparcial la justicia de este país? Una maestra acusada de falso testimonio y tantos crímenes de mujeres, de chicos, de hombres, de ancianos sin resolver. Sin investigar. Suena a pesadilla. ¿A que tipo de justicia están sustentado desde el erario público?

viernes, 26 de abril de 2019

Manuel Mujica Lainez y su salón dorado.

Esta entrada empieza con un hecho contemporáneo: hace pocos días vi por televisión que Vicky Xipolitakis había decidido regalarle ropa suya a sus seguidores y una periodista de un programa de chimentos comentó, como queriendo hacer una crítica: pero, eso no es bondad, la ropa era toda de lycra, no había ningún Dolce y Gabanna, ningún Gucci. No sé por que extraño mecanismo mental esa periodista puede determinar si Vicky Xipolitakis es buena o mala persona según la marca de ropa que regala; me abstengo de opinar. Pero, no puede decirse que ese comentario no defina claramente como se piensa la aristocracia argentina y como piensa que Argentina es un país decadente. Ser de clase alta es tener un Dolce Gabanna o un Gucci y de vez en cuando, regalarlo a caridad. Por pura bondad. La gente que compra en La Salada o en Once no tienen clase, o si la tienen pero son de clase baja. Y mejor que sean buenos, porque cuando son malos tienen sindicatos, paritarias, y hacen paros nacionales. Y además nos llenan todas las calles con puestos de choripán. Inclusive las de Palermo Soho. Terrible. Así no se puede vivir.
Nadie vió mejor (mejor incluso de Julio Cortázar, quién siempre dijo que Casa Tomada no era una metáfora del peronismo sino un cuento fantástico y le creo; en realidad, es un cuento fantástico bastante plagiario de La caída de la casa Usher) la decadencia de la así llamada aristocracia argentina que Manuel Mujica Lainez. Misteriosa Buenos Aires es un gran libro de cuentos y cierra con uno bellísimo y cruel: El Salón Dorado. Una mujer muy anciana, rica y bastante tirana, queda paralítica y encerrada en el mejor salón de su mansión, el salón dorado. Sigue tiranizando a su sobrina y a su única criada desde ese salón e imagina que afuera todo sigue igual y recordando sus días de baile en la mansión. Un día su sobrina muere. La criada le dice que está cansada; que ella la toleraba mientras vivía su sobrina, pero que ahora no va a cuidarla más. Y que ya no es rica: que viven del  alquiler de todos los cuartos de la ex-mansión, convertidos en negocios: sombrererías, imprentas, talleres de costura. Que sus campos se vendieron todos. Y la abandona en el salón dorado. Es un final cruento pero es un final digno de un cuento de Chejov. La aristocracia argentina siempre se vió a si misma francesa o inglesa o norteamericana: la verdad es que es mucho más similar a la rusa. Se asombraron con el radicalismo, se asombraron con el comunismo, se asombraron con el peronismo y se asombran ahora cuando el pueblo no vota a los que ellos consideran mejores. Pero ¿por qué tendrían que votarlos? Hablan que Argentina hace cien años iba a ser potencia y que por culpa del peronismo, de la izquierda, del populismo. Es una mentira. Hace cien años había pogroms a los judíos en Villa Crespo, los chicos no se vacunaban, y en el campo un capataz de estancia podía matar a un peón y no ser castigados. Nunca existió la Argentina Primer Mundo: existía solamente en la mente de personas que eran parecidas a la protagonista de El Salón Dorado. La aristocracia actual dice que los pobres van a los actos por el chori y la coca; ellos votan para que les bajen los impuestos. Es el mismo nivel de corrupción. Pero, bueno, ellos pueden hacer caridad regalando Dolce and Gabanna. Digamos todo.

jueves, 25 de abril de 2019

Posfacio a El quinto asiento

En el breve relato El quinto asiento intenté narrar una historia  en una realidad ucrónica -es decir, donde el protestantismo no ha triunfado. Debo decir que esta realidad ucrónica no fue imaginada primeramente por mí, sino por Keith Roberts, que en una bellísima novela llamada Pavana narra la vida de varias generaciones en una Inglaterra que sigue siendo cuasi medieval y católica. Para imaginar esa realidad paralela, Keith Roberts imagina que Elizabeth I es asesinada cerca del 1600 e Inglaterra es invadida por España. Más perezosa y menos proclive a los magnicidios literarios yo he elegido que el padre de Elizabeth I, el famosísimo Henry VIII, no termine nunca de divorciarse de su primera esposa a causa de Ana Bolena. En todo caso, la ucronía literaria sí s el reino del caos; nadie sabe a ciencia cierta (ni siquiera los historiadores) que hubiera ocurrido si nuestro pasado hubiera sido distinto. En cuanto al funcionamiento de la Gran Inquisición, debo decir que es totalmente imaginado por mí.  En todo caso el término asiento para detentar poder no lo tomé de ningún libro histórico, ficcional o no, sino del animé Shokugeki no Soma, porque los mejores estudiantes de la escuela de cocina en la que se desarrolla son una élite y son llamados asientos; me pareció una linda palabra.

miércoles, 24 de abril de 2019

El paraíso argentino

He leído un hermoso libro acerca de crítica literaria, El Paraíso Argentino, escrito por un muy buen periodista de Página 12, Claudio Zeiger. Me gustó mucho porque habla de escritores argentinos olvidados y sobre los que, yo al menos sobre algunos, tengo muchos prejuicios. En los autores que ennumera (Benito Lynch, Ricardo Güiraldes, Silvina Bullrich, Beatriz Guido, Manuel Mujica Lainez, Martha Lynch, Oscar Hermes Villordo, Eduardo Mallea) al único que he leído con mucho placer es a Manuel Mujica Lainez: siempre me ha parecido que Misteriosa Buenos Aires tiene varios de los mejores cuentos de terror de la literatura argentina escondidos detrás de su estilo decadentista a lo Oscar Wilde. Al resto, confieso, no los he leído, excepto en reportajes a algunos -Silvina Bullrich, Martha Lynch, Oscar Hermes Villordo-; recuerdo haber visto de chica una telenovela sobre La Señora Ordoñez, de Martha Lynch. No mucho más. Más allá de que estoy muy lejos de ser una experta en literatura argentina, me gustó la observación en la introducción que escribe Claudio Zeiger: observó que antes de la dictadura militar del 1976 a 1983 la literatura argentina tenía su propio canon, sus propias controversias y sus propias estratificaciones sociales: ocurre en todas las literaturas: los expertos en literatura de Harvard y Yale no estudian a Stephen King ni a George R. R. Martin, sino a otros autores mucho más aburridos pero que imitan (mal) a Cheever o a Phillip Roth. Después de la dictadura la literatura argentina quedó partida en dos, literalmente. A algunos escritores, como a Bioy Casares, como a Silvina Ocampo, como a Jorge Luis Borges lentamente se les fué perdonando su apoyo a la dictadura militar. A otros, como a Silvina Bullrich, o a Beatriz Guido o a Martha Lynch, o a Eduardo Mallea, la historia de la literatura no los perdonó; cosa increíble si se piensa que las tres primeras eran best sellers - a niveles inimaginables ahora- en la década del sesenta. El paraíso literario es tan efímero como cualquier paraíso.

Crítica literaria desde el twitterismo

Ahora que nuestra anterior presidente, Cristina Fernández, ha sacado un libro se ha inaugurado una nueva corriente literaria: los críticos literarios desde el twitter. Por favor, presten atención futuros investigadores de historia literaria argentina: en el 2019, por primera vez, a muchos  twitteros les interesó un libro escrito, discutieron si la autora era realmente la autora o es un ghost writer, juzgan duramente la calidad de un libro y hacen bromas sobre el título de sus capítulos. Si seguimos así, en el 2020 van a ser trend topic Manuel Mujica Lainez o Benito Lynch. Quizás hasta los próximos hashtags sean en latín o en sánscrito. Es una gran noticia: los twitteros leen. Viendo la calidad de algunos comentarios, presiento que no van a leer el libro de Cristina Fernandez. Está bien, hay cosas mucho más interesantes para leer: yo misma estoy atrapada en el libro Robin Hood, que compré de segunda mano y debo decir que me desilusionó mucho: pensé que era un libro más alegre, y al final todos tienen muertes trágicas. Hollywood me engañó una vez más. Acerca de si Cristina Fernandez es o no es la autora, no lo sé; pero si sé que para que un libro  me sea atractivo tiene que tener misterio, romance, terror, intriga; sospecho que el libro de Cristina Fernandez es la autobiografía aburridamente política de una expresidente (todos los expresidentes norteamericanos sacan un libro después de sus mandatos). No parece tener mucho gancho, por lo cual no pienso comprarlo.

martes, 23 de abril de 2019

Los oficios sin historia.

Todo el que tenga cierta cantidad de años de trabajo encima recuerda su primer día en el trabajo. Sobre todo recuerda que no sabía nada. Que todo era nuevo. Que tenía que aprender como se hacía algo. Y que el que se lo explicaba era un compañero o compañera de trabajo más viejo; se puede hacer muchos manuales de procedimiento en cualquier trabajo, pero aprender a hacer un trabajo tiene mucho de empírico: se aprende haciéndolo. Quizás haya gente que piense que los lectores de diarios son tontos o lentos, y que por eso compran sus diarios y revistas, pero la verdad es que la gente que compra diarios o los lee por Internet se da cuenta cuando una nota periodística está mal escrita, a las apuradas y sin correcciones, ni siquiera gramaticales y cuando el redactor de la nota es un buen periodista. Es decir, un periodista con oficio en la escritura. No requiere que el periodista sea escritor, ni que haya pasado por la carrera de Comunicación: Roberto Arlt era un gran periodista, Enrique Sdrech era un gran periodista. Que un diario despida a personal con veinte o cuarenta años de antigüedad justificándose en que van a "modernizar", "actualizar" su actividad, suena a que en realidad ese diario no cree en el periodismo. El periodismo de hoy en día (el buen periodismo) no es básicamente diferente del de el diario Crítica, de Natalio Botana, ni el de la revista Primera Plana, que dirigía Tomás Eloy Martínez. Los portales de las páginas web se actualizan más rápido, es cierto; pero a la gente que le interesa leer diarios no se le puede entregar un diario mal escrito, y con notas intrascendentes. Y en realidad, los que pueden formar buenos periodistas, sobre todo periodistas que escriban bien (porque si un periodista no sabe escribir tampoco va a saber preguntar en una radio ni editorializar en un programa político ni hacer una buena investigación ) son, aunque suene feo para los jóvenes, los periodistas más viejos. ¿Qué tipo de diarios se está prefiriendo cuando se despide a los periodistas con veinte o cuarenta años de antigüedad? ¿Que tipo de periodismo se está prefiriendo? ¿Hay realmente una línea editorial detrás de ese diario o se hace todo improvisadamente? Porque yo puedo tener muchas objeciones sobre la visión de Natalio Botana, de Tomás Eloy Martínez, de Jacobo Timermann, de Jorge Lanata, pero al menos siempre tuvieron una visión editorial sobre los diarios y revistas que editaban. Es decir, respetaban el oficio; me parece que si Roberto Arlt viviera ahora probablemente lo despedirían a los cuarenta años porque no tiene cuenta en Instagram.

domingo, 21 de abril de 2019

El quinto asiento. 7º parte

- Estoy casi seguro que fue esto lo que sucedió- dijo Inmael- Hace muchos, muchos años. No sabemos cuando. No sabemos tampoco donde.  Un viejo y una vieja, un matrimonio de ancianos, saben que van a morir. No quieren morir. Todos hablamos de resignación a la hora de la muerte y de que por fin conoceremos el Cielo, pero no es ese el sentimiento verdadero. ¿No es cierto? El sentimiento principal es la rabia. ¿Tiene que acabar mi vida? ¿Por qué? ¿No veré más el sol, las nubes, no beberé más el agua fresca ni comeré más queso o pan? Es injusto. Pero son ambos ancianos y van a morir. Entonces se aparece algún demonio; quizás, probablemente, no tenía aspecto de demonio. Quizás parecía un noble o un sacristán o una princesa. Quizás parecía un leñador perdido. Parece adivinar la rabia de los ancianos, su amarga tristeza y les ofrece la juventud. Y no solo les ofrece la juventud. Les ofrece los secretos de los ritos para seguir siendo jóvenes por siempre. Claro, a cambio tienen que darles el alma. Pero no morirán. Si repiten los ritos que les está enseñando, serán jóvenes por siempre y, bueno, nunca tendrán que entregar su alma. Probablemente el diablo juega con las ilusiones de los viejos: les muestra su imagen rejuvenecida en un metal bruñido. Les advierte: siempre que cumplan el rito, estén a la orilla de un pequeño pueblo, con una fuente. Los ancianos se tientan. Aceptan. Vuelven a ser jóvenes. Son felices. Quizás viajan y prosperan. Por veinte, treinta, cuarenta, cincuenta años. Pero empiezan a envejecer. Si mueren, irán al infierno. Se van a vivir cerca de un pequeño pueblo con una fuente. Hacen el ritual indicado por el que los ayudó; no saben que significan los ritos, ni las palabras. Solo saben que no quieren morirse. A la otra mañana, son jóvenes nuevamente. Se acercan al pueblo, felices, corriendo, saltando. En el pueblo están todos muertos. Entonces descubren la verdad secreta de lo enseñado: el precio de su juventud es la muerte de muchos. Quizás la mujer llora. Al principio se arrepienten. Pero son jóvenes nuevamente. La contrición dura poco; huyen para que no los encuentren allí.
- Suena bastante improbable- dije.
- ¿Sí? - dijo Inmael- Somos la Gran Inquisición. Debemos creer en Dios y en el Diablo. De todas maneras, entiendo su escepticismo. Pero las descripciones del muchacho y la muchacha del Piamonte y del muchacho y la muchacha de Praga coinciden. La muchacha era de piel blanca, tenía ojos grises y era "de hermosas formas". El muchacho era cetrino, de ojos marrones y tenía una rara deformidad en el meñique izquierdo. Yo revisé los cadáveres de los ancianos: la anciana tenía ojos grises, el anciano tenía ojos marrones y su meñique izquierdo era extraño. No sé por cuantos siglos habrán repetido el ritual; quizás no demasiadas veces. Sino hubiéramos sabido de ellos antes.
- Pero, si lo que su Ilustrísimo Saez Quesada, quinto asiento de la Gran Inquisición es cierto ¿por qué murieron? Tendrían que haber muerto los del pueblo.
- Ah, ese era el problema. Por eso interrogué al cura y le pregunté sobre Catarina. Sobre si ayudaba en la iglesia. Porque ahí está la clave. Es lo que me dijo el cura: Catarina es algo tonta, pero no es tan tonta. Es una muchacha impresionable, eso sin duda. También sabía -me lo dijo ella misma- que nadie iba a creerle lo del diablo. Pero ella estaba segura de lo que había visto. No lo relacionó con los Miñor. Para ella eran solo una pareja de ancianos. Pero hacía poco había visto una obra sobre San Agustín y este se encontraba con el diablo varias veces. Siempre se dan obras como esas en esos pueblos, los titiriteros y los trashumantes aman esos pueblos perdidos porque todo el mundo está contento cuando las ven. Los niños aplauden y alguien tira una moneda o a veces solamente les dan comida. Catarina debe haber visto varias de esas obras religiosas aleccionadoras durante toda su vida. Siempre un santo, una santa o un mártir lucha contra un diablo. Y ¿cómo se lucha contra el diablo?
- No lo imaginamos.
- Yo tampoco. Pero  Catarina me mintió. Dijo que fue solo tres veces a la casa de los Miñor. Fue muchas más. Algo de lo que ahí veía la atrapaba. Se imaginaba si era verdad lo que veía o eran solo imaginaciones. Una tarde decidió actuar. Se le ocurrió que si el diablo que había visto era de verdad lo atraparía y se lo mostraría a sus padres y a la gente del pueblo. Ella ayudaba en la iglesia. Llevó agua bendita, hostias, quizás rezó algún rosario, alguna novena. Los puso cerca de la casa de los Miñor, cuando estos supuestamente dormían. Catarina, el alcalde, el cura y el resto del pueblo no van a saberlo nunca. Pero esa noche los Miñor no dormían. Habían empezado su ritual. No pudieron terminarlo. Probablemente una de las exigencias para el ritual fuera que no hubiera agua bendita cerca. En todo caso, esa noche los Miñor no rejuvenecieron; alguien o algo vino a reclamar sus almas.
- Es la historia más extraña que he oído nunca- dije- Pero le creo. Como bien dijo, Ilustrísimo, si somos la Gran Inquisición, estamos obligados a creer en el diablo. Pero dígame, algo me extraña ¿porqué no se la contó al alcalde o al menos al cura? ¿Por que les dijo que no sabía lo que había ocurrido?
- Eso creo que debe responderle el primer asiento- fue la respuesta de Inmael.
El primer asiento se levantó. Es un hombre muy viejo, el más viejo de todos nosotros y tiene un aspecto muy vulgar: pero es una de las mentes más capaces que he conocido nunca.
- La Gran Inquisición es la última protección. Es lo que les decimos a todos los nuevos miembros. Deben ser prudentes, incluso con el Sumo Pontífice, incluso con el Emperador, incluso con los alcaldes y los curas. Por eso no hay casi copias de nuestras crónicas y solo un miembro de la Gran Inquisición puede tener acceso a una de ellas. Generalmente nos llaman por casos de torpeza, desidia, envidia, simple maldad humana, simple crueldad. Cuando aparecen casos como estos, donde la participación del Angel Caído es tan notoria pero a la vez tan tenue, estos casos son destruídos. Si se conociera la verdad, o lo que parece ser la verdad ¿cuántos ancianos no rogarían que algún diablo pase por su casa ofreciéndoles la juventud eterna? Si se supiera que el diablo realmente existe y que otorga favores ¿cuántos no empezarían a pedírselos? Lo único que tienen que perder es su alma. No. Unica resolución de la Gran Inquisición de Toledo: de este caso no hablaremos con nadie y no volveremos a hablar aquí. Será un caso no resuelto, un misterio, una nada.  Se olvidará. Aunque se burlen de nosotros en Viena y en Roma. El Ilustrísimo Saez Quesada ha observado una prudencia notoria para ser su primer caso como Gran Inquisidor fuera de Toledo. Votemos.
Fue por unanimidad. Todos conocemos que cuando el primer asiento nos habla así no hay posibilidad de discusión. Después nos marchamos; yo fui el último en irme. Pensé, dentro de unos meses todos habremos olvidado esta historia. Era una historia tan extraña. ¿Sería verdad la versión de Inmael? Nunca podremos saberlo ya.
-

El quinto asiento. 6º parte

Cuando Inmael terminó su relato, hubo un murmullo entre todos nosotros. Franco Cantón Espósito, que es el más irritable de nosotros cuatro, hizo sonar su vozarrón algo atemorizante:
- Ilustrísimo Saez Quesada, quizás no haya entendido el propósito de la Gran Inquisición y sus viajes. Lo enviamos a ese poblado y a Lisboa para que resuelva un misterio. Y usted regresa sin el buhonero y sin su hijo, a quiénes usted solo ha decidido que son inocentes y que merecen el amparo de la Gran Inquisición, sin consultarnos. Pero también nos dice que los asesinados no fueron asesinados por seres humanos o sea que intervino el diablo o la brujería. De algún tipo. Nos dice que ha leído las crónicas de dos antiguos y santos miembros de la Gran Inquisición, nos dice que ha interrogado a una tonta, a un alcalde viejo y a un cura más viejo y encima sordo, que ha soñado con un perro, y que la iglesia del pueblo necesita reparaciones. Y encima de todo nos dice que no sabe que pasó.
Era solamente Cantón Espósito quien hablaba, pero los otros tres mirábamos al quinto asiento con severidad. Era lo que todos nosotros habíamos pensado mientras escuchábamos el relato de Ismael. ¿Qué habíamos pensado, pensé yo, al aceptarlo como miembro de la Gran Inquisición? Quedaríamos en ridículo en la Corte Imperial, en Roma.
Inmael bajó la cabeza y pestañéo tres veces, como aceptando su derrota. Renunciará, me dije. Cuando volvió a hablar, su voz sono suave pero firme.
- Yo no les dije a ustedes que no sabía lo que pasó. Se lo dije al cura del pueblo.
- Increíble- bramó Franco Cantón Espósito.
Hice una seña para callarlo.
- Sigue. ¿Entonces sabe usted lo que pasó, Ilustrísimo Saez Quesada?
- Sí.
- Tenga el bien de ilustrarnos.
- A su disposición- dijo Inmael. - ¿Conocen algo de la historia de los viajes de Bernal Drocusto y de Daimán de Barneblie? No fueron contemporáneos. No se conocieron entre ellos. Bernal Drocusto fue tercer asiento entre 1815 y 1843, Daimán de Barneblie fue segundo asiento entre 1870 y 1913. Bernal Drocusto era severo, orgulloso e implacable y Daimán de Barneblie era, bueno, prácticamente lo contrario. No creo que hubieran sido cercanos si se hubieran conocido. Y sin embargo en el quinto libro de las Crónicas de Daimán se habla mucho de Bernal Drocusto y con cierta extraña admiración.
No hay que olvidar que Daimán de Barneblie era bastante simple, de poco latín y poca teología, pero que le gustaba resolver los misterios sencillos que ocurrían a su alrededor (una botella rota, una reliquia robada) y que por eso decidió ofrecerse como segundo asiento. Y, sorprendentemente para él, lo aceptaron. Creo que se sintió abrumado con el cargo: intentó estudiar, pero las sutilezas teologales no eran lo de él. Y entonces descubrió las crónicas de Bernal Drocusto, y a pesar de que su antecesor es cruel incluso en la descripción de las muertes, se interesa en ellas. Las lee muchas veces. Viajó tres veces al edificio de la Gran Inquisición en Lisboa solamente para leer esas crónicas. No hay otro lugar donde leerlas. Hay una sola copia manuscrita.
- Cada vez entiendo menos- dijo por lo bajo Franco Cantón Espósito. El primer asiento del Tribunal le hizo seña de silencio.
- Entonces en 1885 a Daimán de Barneblie le toca viajar a un pueblecito llamado Vesius, cerca de Praga. Porque en ese pueblo casi todos sus habitantes aparecieron muertos. Digo bien, casi todos. Un muchacho y una muchacha que habían estado fornicando en los bosques se salvaron, volvieron al pueblo, encontraron a todos sus habitantes muertos sin violencia y fueron a la posada más cercana para alertar. El posadero y algunos viajantes fueron hasta el pueblo comprobaron que lo que habían dicho los fornicadores era verdad, se espantaron, volvieron a la posada, y bueno, la noticia se desparramó, hubo pánico entre las aldeas cercanas, y se terminó convocando a la Gran Inquisición. Pero claro, cuando Daimán de Barneblie llegó ya era todo un desastre. El pánico había entrado incluso en las casas de los ricos y se podían encontrar en el camino que iba a Praga más efigies de la Virgen y capillas improvisadas que en toda Roma. No fue mucho lo que Daimán de Barneblie pudo averiguar: Vesius era un pueblecito pequeño, con su iglesia y su fuente y sus costumbres y una mañana todos sus habitantes habían sido asesinados sin violencia. Excepto dos. Y sin embargo Daimán de Barneblie no estaba sorprendido. Porque algo parecido había ocurrido en 1828, y le había tocado a Bernal Drocusto investigarlo. En un pueblecito cerca del Piamonte italiano. Un día todos los habitantes habían aparecido asesinados. Excepto dos.
- ¿Dos?- pregunté.
- Un muchacho y una muchacha. Habían estado fornicando en las montañas, por eso se salvaron. Cuando volvieron al pueblo encontraron a todos muertos. Fueron al palacete del comté Giuliamo, que quedaba cerca, a contar lo que había ocurrido. ¿No es una coincidencia increíble?
- No parece una coincidencia- dijo el primer asiento.- ¿Pudo Daimán de Barneblie interrogar a los únicos sobrevivientes? ¿Pudo Bernal Drocusto hacerlo?
Inmael sonrió.
- No. Nunca pudieron hacerlo. Aparentemente estos testigos tan jóvenes y tan impetuosos apenas dieron aviso de la catástrofe acaecida se desvanecieron.

El quinto asiento. 5º parte

Inmael Nurio Saez Quesada viajó a Lisboa e interrogó, en un calabozo que olía a orín y a mierda humana, al buhonero y a su hijo. Ambos estaban asustados, ambos hablaron muy poco, ambos le parecieron inocentes. Pero todos parecen inocentes, pensó Inmael. Maldijo su suerte: la primera vez que viajaba fuera de Toledo como miembro de la Gran Inquisición y le tocaba un asunto tan lleno de ripios. Si libero al buhonero y a su hijo, se decía, quizás esté liberando a un asesino venerador de Satanás y a su vástago corrompido. Si decido que son culpables y no lo son, estaré asesinando a dos inocentes y mi alma arderá en el infierno para siempre. Era un momento arduo y para distraerse, porque el insomnio lo devoraba (veía constantemente en sus sueños la boca de Catarina contando su historia, la piel algo escamosa de Baltazar,  el herrumbre de las ollas, la boca desdentada del viejo Miñor, el agua de la fuente principal del pueblo corriendo, desbordando, las uñas mordidas y sucias y malolientes del buhonero) iba a la biblioteca a revisar libros sagrados: la Santa Biblia, pero también textos de Santo Tomás de Aquino, de Guillermo de Occam y de San Francisco de Asís. Había muchos libros extraños en esa biblioteca; no solo libros sacros, sino crónicas de hombres ancianos  que habían pertenecido a la Gran Inquisición, y que habían viajado como él a lugares remotos, y habían visto casos extraños. Algunos de ellos eran feroces e implacables en sus descripciones de su castigo a la impiedad: Bernal Drocusto, por ejemplo, que había encendido cien hogueras entre Buda y Pest para quemar a cien hombres y mujeres que persistían en la herejía calvinista. Pero otros eran más sosegados al contar y más prudentes al quemar. Daimán de Barneblie, por ejemplo, que había empezado su vida como pastor de cabras cerca de los Alpes Suizos y que, sin entender ni el mismo por qué, un día decidió entrar a la orden de los benedictos y otro día, muchos años más tarde, ante los comentarios de una abadesa cercana que ponderó su capacidad de descubrir misterios cotidianos, se le ocurrió que sería un buen miembro de la Gran Inquisición y se presentó en Toledo transpirado, con una bolsa llena de quesos y un baúl lleno de vinos. Poca teología tenía Daimán de Barneblie y su latín y su griego eran bastante rústicos, pero fue aceptado, y como los otros cuatro asientos tenían ya más de setenta años y el tenía solo cuarenta y tres, era él quien viajaba cada vez que la Gran Inquisición era requerida. Tres años antes de morir, y cuando el reuma y la artrosis habían refrenado su ímpetu andariego, empezó a escribir Las crónicas del benedictino Daimán de Barneblie, miembro de la Gran Inquisición y fiel servidor de Cristo, en una prosa sosegada y descriptiva que calmó las noches inquietas de Inmael mucho más que el té de tilo que desayunaba y cenaba. Entre las narraciones de Daimán, el rezo y algunos días de ayuno pasó un mes Inmael en Lisboa. Una semana antes de la fiesta de San Antonio de Padua Inmael durmió pesadamente. Soñó con Daimán de Barneblie y con Bernal Drocusto y les preguntó si habían visto a Cristo en el Cielo. Ninguno de los dos respondió. En el sueño, Baltazar ladró. Cuando Inmael despertó, a la mañana siguiente, mandó llamar al buhonero y a su hijo. Ordenó que se les sirviera un buen desayuno, que les devolvieran sus pertenencias y que los liberaran, cosa que no le gustó demasiado a los guardias ni a la cocinera de la cárcel. Antes de irse, le dió al buhonero una carta de recomendación para una abadía a pocas leguas de allí, para que se empleara como mozo de cuadra. No vuelvas a España ni vuelvas a tu oficio de buhonero, le dijo con severidad. Un hombre apresado por la Gran Inquisición es un hombre marcado de por vida. La abadía es la última esperanza para tí y para tu hijo. El buhonero asintió y se perdió en el paisaje junto con su hijo.
Inmael volvió al pueblo donde los hechos habían ocurrido. Esta vez no habló con Catarina y apenas con el alcalde. Solo le pidió a este que quería hablar, a solas, con el cura. Es muy viejo y está muy sordo, dijo el alcalde, no importa, respondió Inmael, son pocas preguntas, las escribiré. Cuando estuvo ante el cura le escribió primero: ¿Catarina ha tomado la Sagrada Comunión? El cura asintió ruidosamente. ¿Ha sido confirmada? El cura negó ahora y respondió: está estudiando, le es difícil. La tercera pregunta fue: ¿Catarina y su madre han ayudado alguna vez en la iglesia? El cura volvió a asentir. Escribió: el primer y tercer domingo de cada mes limpian mi casa y la iglesia. A la madre y al padre no les parece mal que la niña entre al servicio de la iglesia si alguna vez les pasa algo. El hermano Carlo probablemente la recibiría y no niego que la quiera, pero es una muchacha algo, bueno, difícil. Pero no es tan tonta como parece a simple vista. Tuvo ese problema de niña, pero en el fondo es una buena muchacha. Gracias, le dijo Inmael.
¿Qué ocurrió con el buhonero y el niño? le preguntó el cura.
Inmael escribió.
Son inocentes. Ahora parto a Toledo.
¿Sabe qué pasó realmente? preguntó el cura.
No, escribió Inmael.

La plata de mis impuestos

Cuando oigo a alguien en la tele o en la radio decir "con la plata de mis impuestos se hace tal cosa o tal otra" me da un poquito de risa, porque no hay nada que a muchos argentinos les guste más que evadir impuestos y cargas sociales. No hay más que ver el escándalo que surje en muchos hombres y mujeres  cuando alguien les dice que a un obrero de la construcción o a una empleada doméstica les deben pagar jubilación, obra social y darles un mínimo de seguridad laboral; ni hablar si hablamos de trabajadores que provienen de otros países, limítrofes o no. Pero como, dicen los descendientes de migrantes españoles, italianos o judíos de tercera generación, un paraguayo, un boliviano o un senegales van a tener los mismos derechos que yo. Si, obviamente, no son argentinos. Como si ser argentino fuera una especie de destino sagrado o de oleo ungido que nos da derecho a explotar a otros seres humanos. Hay periodistas que se escandalizan porque la palabra "culo" aparezca en una investigación del Conicet (que ellos pagan con "sus impuestos") mientras ellos la dicen en televisión. Bueno, en principio, si la palabra culo les resulta tan desagradable en una investigación del Conicet, harían bien en no repetirla por televisión o por radio: es mucho más probable que un chico de cinco años, a quién su madre y su padre y su abuelita le dijeron que está mal decir malas palabras, la escuche. Es mucho menos probable que ese chico de cinco años se interese por una investigación del Conicet. Es más, es muy probable que el chico ni siquiera sepa hasta ahora que exista el Conicet. Ahora, quizás, gracias a esos periodistas, el chico se enteró que el Conicet existe y que se hacen investigaciones sobre o hacia la mala palabra prohibida. Resultado, ya en su cabeza (todos los que somos padres sabemos que los chicos de cinco años son lo contrario a la docilidad) el Conicet le empieza a parecer un lugar interesante, como el mundo de Peppa Pig o The Avengers. Quizás por culpa de esos periodistas dentro de veinticinco años tendremos un montón de investigadores del Conicet, gastando el dinero de nuestros impuestos en investigaciones sobre las partículas subatómicas, la cura contra el cáncer y la energía solar; eso, si dentro de veinticinco años la Argentina sigue existiendo. Lo cuál, pensándolo bien, no suena tan mal como futuro. Y tendremos que agradecerles a ciertos periodistas. Sobre todo sus padres;  me los imagino yendo a la radio o a la televisión y diciéndoles: mi hijo quería ser Thor o el primito de Dora la Exploradora y ahora, por culpa de usted, es científico. Muchas gracias.

El libro como objeto de deseo

Leí hoy en Infobae un buen reportaje a Alan Pauls, que habla de su libro Trance, y habla del libro como objeto. Tengo que decir que hoy en día el PDF, el Kindle y la informática en general han corrido un poco al libro como objeto y sin embargo, tuve una experiencia personal que es rara pero es muy linda. Hace un par de años salió la película Kriptonita y la leí en la computadora y mi hijo leyó también el libro en PDF. Nos gustó mucho a los dos. Pero un par de meses después le pregunté a mi hijo que quería que le comprara. Me dijo que quería que le comprara la novela Kriptonita. Pero ya la leíste, le dije. Ya la leímos, quería decirle, no hace falta que compremos la novela. Ya sé, me dijo, pero quiero tenerla en físico. Si uno recorre sitios de Facebook sobre libros, los adolescentes leen mucho por Internet. No solo hay libros canónicos de la literatura, sino mucha fan fiction, y muchos sitios web hechos por fans que saben más de la obra de un autor (sea Stephen King, sea George R. R. Martin, sea Suzanne Collins, sea J. R. R. Tolkien, sea Lovecraft) que probablemente el mismo autor. La felicidad que tienen esos fans adolescentes y jóvenes cuando compran sus primeros libros "en físico", es decir reales y  postean sus fotos, es algo muy extraño y a la vez muy concreto: muchas veces decimos por pereza mental que el adolescente no lee y que está en la pavada. Es simple pereza mental adulta: un chico o una chica de dieciséis años hoy en día tiene probablemente mucha más información cultural que yo a esa edad. Y (cosa rara) les siguen gustando los libros en físico. Los siguen comprando. Admiran y veneran a sus autores favoritos y quieren ser como ellos. Lo cuál, como lectora bastante fanática, me parece lógico: ¿que lector no quiso ser Mark Twain, Victor Hugo, Phillip Roth,  Miguel Hernandez? Yo estuve releyendo ayer Los casos del Comisario Croce y me hubiera encantado ser Ricardo Piglia cuando los escribió.

viernes, 19 de abril de 2019

El quinto asiento 4º parte

Esa noche hubo luna llena. Inmael durmió bien. Al otro día, después de lavarse con agua helada y de rezar un credo y dos aves marías, fue nuevamente a casa del alcalde.
- ¿Aún están los cuerpos de los dos ancianos?- le preguntó.
- Sí- dijo el alcalde, aún con los ojos pegados por las lagañas- Aún están. No sabíamos, discutimos con el cura sobre si enterrarlos sería propio o impropio, si correspondería el camposanto... No los enterramos. Quiere verlos ¿no es así? Están en el cuarto que se usaba como sacristía, pegado a la iglesia.
Si la iglesia estaba algo derrumbada, ese cuarto era la ruina completa. Estaba lleno de biblias y libros de anotaciones, bastante enmohecidos, mantillas, juguetes, sartenes y ollas herrumbradas y (quién sabría por qué) bolsas de arpillera llenas de papas y de cebollas. Los dos cuerpos estaban sobre una mesa de madera y tapados con un lienzo blanco. El alcalde quitó el lienzo de un manotazo brusco.
- Aquí están- dijo.
Inmael pidió que abrieran la ventana.
- Hace cincuenta años que no se abre- dijo el alcalde.
- Abrala, por favor.
Cuando la luz de la mañana entró en el cuarto, Inmael observó detenidamente los cuerpos. Estaban completamente ennegrecidos, como si se hubieran quemado. Un observador poco dedicado hubiera dicho que había sido un simple accidente, unos viejos que van a dormirse, una vela que queda encendida cerca de unos vestidos, nada grave. Pero por algo la gente había querido linchar al pobre buhonero y a su hijo; algo raro debía haber en esas muertes. Inmael tocó los párpados de la vieja Miñor con delicadeza y los párpados se abrieron y apareció un iris gris, nuboso, casi sin pupila. Revisó con cuidado las uñas de las manos y de los pies. Abrió las bocas de ambos, casi sin dientes. Fue delicado cuando lo hizo: no olvidaba que ambos ancianos estaban muertos y les debía respeto.
- No murieron quemados- concluyó, cuando terminó su revisión- Al menos, no por fuego común.
Cuando alguien muere quemado, generalmente los globos oculares se derriten. En este caso están intactos. Las uñas, bueno, están en perfecto estado. Eso es raro, también. Además, si hubiera sido un incendio común, si los hubiera sofocado, la boca estaría negra, llena de hollín. Estas son bocas normales. Son bocas como las nuestras.
- Pero hubo un incendio en la cabaña- dijo el alcalde.
- Pero no fue ese fuego el que los mató. Fue algo diferente. Algo...
El alcalde lo miró fijo. Luego sacó una bolsa de cebollas de una silla y se sentó en ella.
- Mire, le diré la verdad. Esto no me gusta nada. A mi también me pareció que había algo raro en estas muertes, pero cuando ví que la gente de aquí estaba a punto de ahorcar al buhonero y a su pobre hijito, los encerré enseguida, los envié a Lisboa y mandé a llamar a ustedes. A la Gran Inquisición nadie quiere llamarla. Menos yo; soy alcalde porque nadie quería serlo. Y porque mi padre lo era. Creo en el Emperador Fernando XIII, creo en el Papa, creo en la Sagrada Trinidad. Pero no quiero que quemen vivos a un buhonero y a un niño de ocho años, a un niño que conozco desde que tenía cinco años cuando lo vi por primera vez, jugando con gusanos y hormigas mientras su padre vendía sus cosas. Puede ser que esto sea obra del diablo, pero también puede no serlo. Y este es un pueblo pacífico y perdido entre la espesura, donde nunca pasa nada. La última vez que pasó algo fue hace doscientos años, cuando a la condesa de Lampedusa se le rompió el carruaje cerca de aquí, y se quedó dos semanas enteras. No sé que cosa extraña puede ocurrir aquí. Pero prométame que no ajusticiarán al buhonero  sin estar totalmente seguros, todos ustedes, los cinco asientos, de que fue él el culpable de este crimen y que lo hizo con ayuda del diablo.
- Tiene razón- dijo Inmael- Este mediodía parto a Lisboa. Interrogaré a los dos acusados. En cuanto a si han sido ellos, no lo sé. No lo creo. El diablo nunca es tan transparente.

El quinto asiento 3º parte

La voz de Inmael Nurio Saez Quesada, monótona y algo rasposa, con un dejo arcaizante, empezó a contar la historia. Primero de todo nos contó del pueblo cercano donde las muertes habían ocurrido. Llamarlo pueblo era una exageración: era un villorio de ciento cincuenta personas, neblinoso, con una iglesia un poco derruida y un cura sordo y un alcalde no tan sordo, pero bastante viejo. El último lugar donde uno se imagina que puede aparecer el diablo. Inmael habló dos horas con el alcalde y el alcalde le contó lo poco o mucho que sabía. Si, una muchacha del pueblo, Catarina, había ido a buscar a su perro perdido dos o tres veces adentro del bosque y había vuelto asustada diciendo que había visto al diablo en persona. Nadie le había creído, ninguna de las veces. Unas semanas antes unos titiriteros habían pasado por el pueblo y habían representado la obra Vida y pasión de San Agustín y, para hacer más interesante la vida de un hombre tan santo pero tan monótono habían intercalado encuentros de San Agustín con el diablo y todos pensaron que Catarina había quedado impresionada con ese diablo de madera y tela carmesí.
- ¿Tan influenciable es la muchacha?- preguntó Inmael al alcalde.
- Ah, conozcala usted- dijo el alcalde.
Fueron a su casa. Por el camino el alcalde le contó que Catarina era la cuarta hija de un matrimonio campesino más bien pobre, y que había enfermado a los dos años de fiebre escarlata, por lo cual su mente era un poco extraña. Parecía no retener la información importante; por ejemplo, la madre había renunciado a enseñarle a cocinar, porque parecía no entender las recetas. Sin embargo, la costura y la limpieza se le daban bien. Quizás si hubieran tenido muchos hijos, hubiera quedado relegada: pero los únicos dos hijos que le habían sobrevivido a ese matrimonio eran Carlo, un mocetón grandote y fuerte que se había casado con la hija del molinero de una aldea cercana y Catarina. El padre y la madre la querían mucho y quizás la consentían demasiado; pero cuando Catarina volvió al pueblo hablando del diablo en los lindes del bosque, fue la madre la primera en no creerle. Pero luego, cuando pasó lo del incendio...
- Hay algo que no entiendo- le preguntó Inmael al alcalde- ¿Por qué culpan al buhonero y al hijo?
El alcalde lo miró con sincero desasosiego.
- No sé. Quizás porque el buhonero y su hijo estuvieron por el pueblo cuando Catarina dijo lo del diablo y volvieron a estar cuando los ancianos fueron asesinados. Quizás porque el buhonero no solo vendía telas, ollas de hierro y ungüentos, sino copias mimeografiadas del Decamerón de Bocaccio y de los Cuentos de Canterbury de Chaucer, sin contar con el Lazarillo de Tormes.
- Pero esos no son libros diabólicos- le dijo Inmael.
- No, claro- el alcalde sonrió- Hasta nuestro cura los ha leído. Pero vaya a explicárselo ustedes a la gente de este pueblo.
Llegaron entonces a la casa donde vivía Catarina. Un hombre bajo y delgado estaba hachando leña al lado del pozo de agua. Levantó la vista cuando los vió.
- Buscamos a Catarina- dijo el alcalde.
- Está atrás, con su madre, separando las hojas medicinales que juntó del bosque.
Catarina era muy bonita, dijo Inmael. Tenía una piel bastante blanca, ojos redondos de gacela y un pelo castaño y largo, brillante. El alcalde lo presentó y le pidió amablemente a Catarina que volviera a contar como había visto al diablo y como se le había acercado. Dos o tres veces.
La respuesta fue ardua de entender. Catarina hablaba de a pedazos, intercalando pequeños insultos y observaciones que no venían al caso. Después de hablar con ella un rato largo Inmael pudo reconstruir su historia: la primera vez el perro Baltazar había corrido atrás de una perdiz o de una liebre, ella había corrido atrás de él y había llegado al linde del bosque, donde estaba la casa de los ancianos Miñor. Era casi de noche. La vieja Miñor estaba afuera, tendiendo ropa blanca. Era una hora rara para tender ropa, dijo Catarina, y también para cantar, pero la vieja Miñor parecía estar cantando algo. Pero Catarina no se acercó. Se quedó quieta, no sabía por qué, con algo de miedo, pero también con algo de curiosidad. Abrazó a Baltazar. Entonces algo se movió entre las hojas de lo árboles y una especie de sombra azul tomó cuerpo y habló cerca de ella, diciéndole: más pronto. La sombra se disolvió en la oscuridad. Temblorosa, Catarina volvió a su casa. No quería contarselo a nadie, le dijo a Ismael, pero al siguiente día en la iglesia, después de la misa, vió a la cinta azul del vestido de una niña ondear con el viento y recordó lo que había pasado y empezó a gritar sobre el diablo. Nadie le creyó. A ella no le sorprendió.
- Nadie iba a creerme.
Pero volvió dos veces a ese linde en el bosque, ese lugar donde los Miñor tenían su cabaña de piedra, donde casi nadie iba porque los Miñor eran muy, muy viejos, más viejos que el alcalde y el cura y sus viejos amigos habían muerto. Catarina volvió para ver si había sido una ilusión, un error del anochecer y del viento y de su imaginación, o había pasado de verdad. La primera vez que volvió no estuvo segura: hubo solo un susurro, un roce como de dedos en su mano. La segunda vez que volvió, una mañana, fue más concreto; mientras las sábanas y los camisones de seda de la anciana Miñor estaban quietos, una voz como de mujer le dijo al oído, más pronto, enseguida, y vió un ojo y vió dos ojos y vió lo que quería ser una cara que sonreía, pero que no sonreía y era extraño y una mano casi corporea quiso tomarla de la muñeca pero ella empezó a correr y cruzó el centro del pueblo, donde estaba la fuente, gritando que había visto al diablo por tercera vez, haciendo huir despavoridos a los chicos que jugaban a tirarse un muñeco roto y no se detuvo hasta llegar a la iglesia.

¿Política o Very Irresistible?

¿Alguien no vió alguna vez una propaganda de perfumes? Son muy buenos. Son muy buenos visualmente, envuelven, la música es perfecta, la estética remite al Mundo Feliz de Aldous Huxley después de haber tomado treinta pastillas de Soma (para los que no hayan leído Un Mundo Feliz, el SOMA es una pastilla que hace que los seres humanos estén siempre felices y tranquilos y causa adicción: cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia). ¿Qué mujer no quiere comprar un perfume original después de haber visto una propaganda de Very Irresistible o de Flower de Kenzo? Todas deseamos eso, aunque cueste la friolera de 2500 pesos. Eso es buena propaganda. No tengo nada contra ella.
Ahora, cuando se habla de política, todo  es más raro. Este gobierno, por ejemplo, se presentó como "el  mejor equipo de los últimos cincuenta años". Suena bárbaro, pero es propaganda. Es como en la carnicería de mi barrio ponen la mejor carne de Rosario. Por ahí es cierto, por ahí no. La verdad es que yo compro en la carnicería de mi barrio porque queda cerca; me sería un poco incómodo y caro recorrer todo Rosario, carnicería por carnicería para ver si en alguna la picada común tiene menos grasa o el vacío es más tierno para comprar en esa. Cuando veo ese cartel automáticamente no pienso que la carnicería de mi barrio es la mejor; en general me fijo si tienen algun corte barato en oferta, en los otros carteles. No es que crea que mi carnicero es mentiroso: es que sé que "la mejor carne de Rosario" es tan propaganda como "el mejor equipo de los último cincuenta años" o que el perfume Very Irresistible me traerá felicidad. Obviamente, un gobierno entrante no va a hablar mal de sí mismo. Ahora, lo de "mejor equipo de los últimos cincuenta años" se demuestra en los hechos. Que hasta ahora le han sido esquivos a este gobierno. Entonces, cuando un periodista le pregunta a la gente del gobierno, en conferencia de prensa "porque si estaban capacitados para hacer una Ferrari, esa Ferrari no arranca" como disculpando los errores de gobierno una empieza a pensar que el periodismo argentino es un poco limitado. Porque era obvio para cualquiera -aún lo que no somos periodistas- que lo de "el mejor equipo de los cincuenta años" era puro marketing político, similar a "siganme, no los voy a defraudar" o "con la democracia se come, se cura y se educa". La pregunta de ese periodista no fue una pregunta en realidad; estaba adornando el marketing político del gobierno. Si realmente fueran el mejor equipo de los cincuenta años, en este momento  tendríamos baja de inflación, la pobreza habría descendido, la desocupación también y no tendrían que poner candados inteligentes en la calle Corrientes para que la gente no comiera de la basura. La política se demuestra en los hechos, no en slogans. Uno puede hacer timbreos o no hacerlos, uno puede hacer actos o no hacerlos, uno puede hacer volantes o no hacerlos, puede hacer mensajes de Wasapp para grupos de madres o vecinos en alerta o no hacerlos. Ahora, si uno es buen o mal gobierno, eso se ve en los hechos. Sino, es puro marketing y para eso veo un comercial de You Tube.

Argentina Beatnik

He visto el otro día un hermoso documental llamado Argentina Beatnik que tal vez sea el mejor documental acerca del rock de la historia del cine. Están todos los que estuvieron ahí y todavía están vivos: Litto Nebbia, Moris, etc. A los que no están se los recuerda con algo entre cariño y nostalgia que uno entiende: cuando cuentan que Miguel Abuelo era un adolescente que cantaba bagualas y que cuando le preguntaron si tenía una banda (spoiler: Miguel Abuelo en ese momento no tenía banda de rock) le dijo sí, sí, se llama Los Abuelos de la Nada, no se puede dejar de pensar en Los Abuelos de la Nada de los años 80, en las chicas aullando cuando Calamaro empieza a cantar en Chalamán y en Miguel aullando rastafa como si hubiera nacido en Jamaica. Pero la parte que más me gustó de todas es cuando uno de ellos cuenta que no eran muchos y a su vez eran muchísimo: nos juntábamos en una plaza a tocar y en una de esas plazas apareció Norberto Napolitano, a.k.a. Pappo, que le gustaba tocar la guitarra. Es una extraña maravilla ese documental porque en ese momento el rock inglés y el estadounidense eran ya mainstream, top 100 y peleas entre disqueras. Y Argentina Beatnik es el revés exacto: un espíritu muy argentino, ese lo atamos con alambre que a todos los argentinos nos suena familiar: te gusta el rock, querés formar una banda, vas a una plaza y en esa plaza de los 60, igual que las plazas de ahora, está Pappo.

lunes, 15 de abril de 2019

Las crónicas de The Lapiszlazuli Bird

Grabamos los temas (no es por autoelogiarme, pero mis dos cuatro o cinco compases con entradas de batería en uno de ellos eran lo mejor que he oído en la música en mucho tiempo; aunque las otras tres integrantes de la banda también estaban bastante bien) y los enviamos al concurso. Como se hizo exactamente no sé, porque mi sabiduría técnológica llega hasta el mini cidi de fines de los 80, que supuestamente era el futuro en tecnología músical pero finalmente no lo fué; mi sobrina intentó explicarme algo acerca de Bandcamp y los sistemas operativos de código abierto pero es como cuando me toca sentarme en una cena al lado de un auditor del IRS e intenta explicarme como se deducen los impuestos; algo confuso, nebuloso y finalmente inentendible. Pero las canciones eran bien bonitas, eso sí. Por lo menos eso pensaba yo. Bah, pensábamos todos nosotros. Hasta que llamó uno de los organizadores del concurso. No sé por qué, me llamó a mí. Era tarde y estaba viendo una reposición de Judge Amy.
- ¿Hola? ¿Hablo con uno de los integrantes de The Lapiszlazuli Bird?
Carraspeé. Me sentí importante. Era integrante de una banda de rock. Probablemente habíamos entrado al concurso de bandas. Genial. Era un rockero; mejor aún, era un baterista de rock.
- Sí- le dije- Soy el baterista.
- Ah. Hola. Encantado. Hay un pequeño problema con una de las canciones.
- ¿Qué pequeño problema?
- Es que... Nos encanta la canción. En realidad, las dos canciones. Y la cantante, bueno, wow. Suenan geniales. Pero pedimos originales, no covers.
- ¿Qué me quiere decir? Las dos canciones son originales.
- Bueno, Love me Deadly sí. Pero la otra...
- ¿Dreaming Song?
- Es incómodo de decir. Es muy raro que pase.
- La música de Dreaming Song es original nuestra, le aseguro. Es cierto que a la guitarrista le gusta mucho Fionna Apple y Florence + The Machine, pero nos esforzamos mucho porque sonara original.
- El problema no es la música. Es la letra.
- La letra también es original. Es- allí alteré levemente la verdad- mía. La escribí en un momento desgarrador de mi vida.
- Si, no lo dudo, el momento debe haber sido desgarrador, la letra es desgarradora. Pasa que es una copia descarada.
- ¿De otra canción?
- En realidad, ese es el problema. No es un plagio de la letra de otra canción. Es un plagio de la letra de cuatro canciones diferentes. La verdad, es un plagio buenísimo. Había pocas posibilidades que nos diéramos cuenta. En Dreaming Song está plagiada la letra  de cuatro rarezas de caras B de bandas universitarias de New York que solo grabaron un CD a finales de los '80. Casi nadie sabe que las canciones existen. Excepto yo. Porque yo estudié en la Universidad de Nueva York a finales de los ochenta, y aunque no me gradué fui amigo de dos de los integrantes de esas bandas y, por poco probable que parezca, aún tengo sus CDs. Y me acuerdo de las letras, porque las cantaba en las bares donde mis amigos tocaban.
Me quedé helado ante la historia. Mi hijo era un delincuente. ¿Cuántos años es el castigo por infringir los derechos de autor? Pero yo me sacrificaría, iría preso por él. Es lo que cualquier padre haría.
- Le digo esto- siguió diciendo el hombre del otro lado del teléfono- porque esa canción, definitivamente, no puede entrar al concurso. La posibilidad de que alguno de los autores originales se entere  del plagio es remota, pero en estos días entre You Tube, Instagram, Spotify, Bandcamp y Facebook nunca se sabe y podría causarle algún tipo de infarto a alguno de mis viejos amigos. Porque, sabe, en esos años eran jóvenes despreocupados y que no usaban abrigo pero ahora son hombres bastante viejos con problemas de colesterol, presión  y diabetes.
Ese último comentario me dolió un poco. Sobre todo porque yo tenía veinte años más que sus amigos y si ellos eran hombres viejos ¿cómo me calificarían a mí?
- Entonces vamos a sacar a Dreaming Song . Pero The Lapiszlazuli Bird es muy bueno y queremos que participe. Lo malo es que tienen que componer una canción original, totalmente original, para dentro de treinta y seis horas. Ya sé que es poco tiempo. Es lo mejor que puedo hacer por ustedes. Y le agradezco por haber plagiado las canciones de mis amigos: yo también pienso que eran muy buenas. Muchas gracias.
Cortó la comunicación. Suspiré un poco aliviado. Al menos no iría a la cárcel por culpa de mi hijo mayor. Pero tenía que decirle al resto de la banda lo que había pasado y seguramente se enfurecerían conmigo, aunque no Goldie, que algo sabía y había apoyado mi delito. Si hubiera ido a la cárcel, ella tendría que haber ido conmigo.

La educación no tiene lenguaje militar

En muchos diarios aparecen notas preocupadas sobre la educación universitaria; fundamentalmente hablan de números y hablan de la educación de una manera entre contable (porcentajes, ascenso, descenso) y estratégico militar (se habla de un estudiante que dejó la universidad como de un "desertor", se habla de "perfeccionar operativos"). Se habla con cierto escándalo de que muchos estudiantes solo rinden una materia al año; lo que omiten decir es que una materia universitaria al año es muchísimo estudio, dedicación, esfuerzo, tenacidad. En las universidades no hay materias fáciles. Se ataca al sistema universitario argentino exigiéndole lo que no se le exige a otros sectores: que sea eficiente, que produzca cientos de genios con diez, se la compara (falazmente) con los sistemas universitarios de Primer Mundo. Omiten con inteligencia que en el Primer Mundo (y en la mayoría de los países del Tercer Mundo) es cierto que la mayoría de los pobres no llegan a la universidad. Lo que hay que pagar de cuota para ingresar a cualquier universidad excluye automáticamente a los pobres, aunque sean tan capaces e inteligentes como los ricos. Se puede ver de otra manera: un obrero, una empleada doméstica, un albañil, un chico que hace changas en Rappi y hace "solo" una materia al año en la universidad pública se esforzó muchísimo. Otra de las miradas inquisitorias sobre la educación universitaria es la que dice que hay ciertas carreras que no son "rentables", que no dan ganancias como las humanísticas. Que este país necesita sí o sí ingenieros, contadores, y publicistas y que un licenciado en Historia o en Letras es algo inútil. Habría que avisarles a los enamorados de la eficiencia en el estudio que en principio, y hasta que las leyes dicten otra cosa, una persona no está obligada a estudiar lo que no le interesa. Además, cuestionaría seriamente si un licenciado en Historia o en Letras es algo tan inútil: las series históricas que generan canales tan poco "productivos" como History Channel o Discovery o National Geographic son un éxito en audiencia en todo el mundo y generan fanatismos y merchandising que, oh sorpresa, genera mucho dinero. Así que es visión tan estratégicamente militar acerca de la decadencia de la educación universitaria argentina que aparece en muchos diarios y revistas me resulta, al menos, sospechosa; ¿realmente es tan malo que mucha gente acceda a la universidad, haciendo solo una materia por año o lo que les preocupa es que sea pública y gratuita?

domingo, 14 de abril de 2019

Albur

 En todo caso lo que más me fastidia a mí es que para él todo dependía de la suerte. Para él Martha (su primera mujer y la mamá de Mónica y Diego) lo había dejado por culpa de la mala suerte y no porque se haya cansado de que cada tres meses perdiera un trabajo. Según Diego, la separación fue espectacular: Martha tirándole desde el departamento del quinto piso a la calle las camisas, los calzoncillos, los pantalones, los zapatos, los libros en pedacitos chicos. Un poco se arrepintió Martha después, también nos contó Diego, porque desde ese día las administradoras del consorcio creyeron que estaba medio loca, le pasaron el dato al dueño del departamento y no les renovaron el contrato. Esas cosas que pasan. Con mamá las cosas fueron iguales o peores, aunque  solamente me tuvieron a mí y la separación no fue nada espectacular sino más bien práctica y  era tan chico que no la recuerdo, por ahí mejor así. Mamá no quería hablar mucho del tema, pero si le tiraban un poco la lengua decía que el problema de mi viejo no era tanto conseguir trabajo como conservarlo. Es decir, era simpático, dicharachero y amigos no le faltaban que le tiraban un dato de una changa aquí, una oportunidad allá, uno que se acaba de morir o de jubilar o de comprarse una casa en Arroyo Seco y se va a vivir allá, vos podés hacer ese laburo. Mi padre empezaba con entusiasmo, pero ese entusiasmo le duraba más bien poco; según él, era mala suerte, como con Martha, con mamá y con Joaquina, su tercera mujer, aunque en el caso de Joaquina sí se termino por culpa de la mala suerte y no de la vagancia de mi padre: la mala suerte que quiso que enfrente de nuestra casa pusieran una dietética, que esa dietética la atendiera el hijo budista de una de nuestras vecinas, del cual mi padre se burlaba porque hablaba muy despacio y muy ceremoniosamente, y la mala suerte de que a Joaquina ese modo de hablar en vez de cómico le pareciera sensual y terminara enamorándose de él, cosa que ambos (el vecino budista y Joaquina) le informaron a mi padre una tarde mientras Diego y yo estábamos tomando la chocolatada en el living y jugando al Uno. Joaquina ya había preparado su valija (siempre fue la más organizada de las mujeres de mi padre). Mirálo así, le dijo, Hector, voy a estar enfrente y si necesitás descuento para algo de la dietética como semillas de sésamo o avena arrollada te lo vamos a dar. Mi padre podría haberse enojado (casi cualquier hombre se habría enojado un poco) pero no lo hizo. Es el albur, la mala suerte, se dijo. No volvió a convivir con ninguna mujer. Tuvo novias, pero las mantuvo a distancia. Pero nos siguió cuidando a nosotros: en realidad, con el tiempo, tanto Martha como mamá descubrieron que a Diego y a mí nos gustaba estar en casa de papá, donde no hacíamos nada, y como ellas querían salir muchas veces los fines de semana, con amigas o con amigos, nos dejaban con él a los dos. Mónica no. Mónica odiaba a mi padre, aunque también era su hija. Pero Diego y yo lo queríamos, y lo queríamos mucho, a pesar o a causa de su vagancia, no estoy seguro. En todo caso, cuando yo vivía con mamá todo estaba reglado, supeditado a normas, cronometrado: sabía que debía levantarme a las seis y media para hacer la cama, tomar el desayuno con mamá, ir a la parada del subte juntos donde ella iba a su trabajo y yo a la secundaria, volver a las una y media, calentar la comida en el microondas, comer, barrer la cocina comedor, mirar la televisión o jugar con la compu hasta las tres y media cuando debía calentar en el microondas otra porción de comida para mamá que estaba llegando. Algunas tardes salía con amigos, a veces iba a ver películas, pero tenía que volver a casa antes de las ocho, hacer la tarea y acostarme a dormir. En cambio, en casa de papá el tiempo era algo laxo y algodonoso y las obligaciones no existían. Si mi padre hubiera sido un hombre con temperamento artístico, esa laxitud hubiera sido más explicable. Pero el arte  era refractario a mi padre: no lo entendía, no le interesaba. Ahora me pregunto si algo realmente le interesaba a mi padre. Yo era su hijo. Me quería, eso era indudable. Pero ¿le interesaba? Para mi padre, todo era albur, todo era  suerte. Y la de él era mala. Sino ¿como explicar sus tres separaciones, como explicar su falta de dinero, como explicar que lo echaran  del trabajo cada tres o cuatro meses? Que su comportamiento tuviera algo que ver con su suerte era para mi padre algo inentendible: el era  consecuencia, no causa. Así pasó el tiempo, Mónica, Diego y yo crecimos, y cuando yo tenía diecinueve y Diego veintitrés Mónica (que tenía veinticinco) nos informó que iba a casarse y que no iba a invitar a nuestro padre a la ceremonia.
Nunca entendí porque Mónica odiaba a papá. No era muy buen padre, es decir, no era exactamente un modelo a seguir, pero nunca nos pegó ni nos insultó ni hablaba mal de nuestras madres. Pero Mónica lo odiaba. Quizás porque era la primogénita. O quizás porque si nuestro padre hubiera sido, no digamos un gran hombre, sino simplemente un hombre trabajador, su madre no hubiera tenido que echarlo tirándole la ropa por el balcón. En todo caso ese odio, ese desprecio era algo palpable, que nuestra hermana no hacía nada por disimular; nunca se quedaba en su casa, casi nunca lo saludaba para su cumpleaños y nunca lo nombraba, como si no existiera. A los veinte años, se puso de novia con una estudiante de abogacía. No se lo ocultó a nadie, todos los supimos enseguida, menos papá que en un restaurante, dos años más tarde, le preguntó si tenía novio. Soy lesbiana, le dijo Mónica muy envarada. Estoy en pareja hace tiempo, me extraña que no lo sepas, un padre tiene que saber esas cosas. Perdón, le dijo papá. Así que cuando Mónica nos dijo que no iba a invitar a nuestro padre al casamiento no nos extrañó. Inclusive yo me pregunté si ese desplante iba realmente a dolerle a papá; conociéndolo, no demasiado, lo tomaría como demostración de su mala suerte. Mi única hija mujer se casa y no me invita al casamiento. La verdad es que iba a ser un civil tranquilo como todos los civiles y la fiesta iba a ser más bien grande, porque tanto Mónica como su futura esposa ganaban buen dinero y lo habían ahorrado para el casamiento y la luna de miel en Ecuador. Como se estila ahora, entre los más allegados a las novias se creó un grupo de Wasapp que se llamó casamiento de Mónica y Lua. Faltaban cuatro días para el casamiento. Yo ya tenía la ropa, los zapatos, el regalo (una multiprocesadora), estaba durmiendo la siesta del domingo cuando Diego me llama desesperado:
- ¿Está Mónica en tu casa?
- No, no está. Estoy solo.
- ¿Te llamó? ¿Algo?
Revisé el celu y no, no me había llamado.
- ¿Qué pasa?
- Ahora voy para tu casa y te explico.
Pasaba que una noche atrás a Mónica se le había dado por revisar la lista de invitados, los precios del catering, de las fotos. Tenían todo organizado, Lua y ella, en una nube digital. Mónica prendió su computadora, esperó cinco minutos, la computadora no encendió. Volvió a reiniciarla. No encendió. Entonces, aunque se había jurado que nunca lo haría, agarró la computadora de Lua. Es solo un ratito y no voy a mirar nada de ella privado. Solo lo del casamiento. Fue un propósito imposible: apenas la encendió vió una carpeta en el escritorio que se llamaba Sabrina, la bruja adolescente. Nada que llamara demasiado la atención, salvo que Lua siempre le había dicho que odiaba esas series idiotas yanquis y siempre que cruzaba una en el televisor zapeaba a un noticiero o a un partido de tenis. Mónica la abrió. Entonces se enteró que Lua tenía otra novia desde hacía cinco meses, que ya había dejado un cepillo de dientes y un par de pijamas en la casa de ella, que le había sacado fotos y en ese exacto momento Lua entró a la casa y todo estalló en pedazos. Porque Mónica empezó a recriminar la infidelidad tan cerca del casamiento, Lua empezó a recriminar que ella le usara la computadora sin su permiso y le revisara un archivo sin su permiso, Mónica empezó a gritar que que si no la quería, si estaba enamorada de la otra, que se lo dijera y suspendían el casamiento a lo que Lua contestó que no la quería, que estaba enamorada de la otra, que lo de ellas dos en realidad "no iba más" desde hacía casi un año y que ella no se animaba a decírselo y entonces Mónica agarró su cartera y abandonó su hogar conyugal llorando. Pasado el primer momento, Lua se dió cuenta que Mónica, sola y en ese estado podía cometer cualquier locura y se empezó a desesperar. Empezó a llamar a las amigas en común . En ninguna de sus casas estaba Mónica. Buscó por los bares.  Llamó a Martha, la mamá de Mónica, que enseguida llamó a Diego. Martha y Diego empezaron a buscar a Mónica con el auto, por las calles. Mónica no aparecía y no constestaba el celular. Y entonces Diego me llamó y cuando vino a casa y me explicó yo también los acompañé para buscar a Mónica en mi moto. Después de dos horas y media estábamos bastante desalentados y a punto de dar anuncio a la policía, cuando se me ocurrió ir a lo de papá.
No sé por qué, esa tarde la casa de mi padre parecía más abandonada que nunca. En el radiograbador sonaba Regaetton Lento, todo olía a frito y a quemado, y la cartera de mi hermana estaba en una silla en el patio. Mónica estaba durmiendo en el sillón del living; la mesita del living, esa que papá le había comprado a unos vecinos que se habían ido a vivir a Australia, tenía platos de plástico medio llenos con papas fritas, chizitos y palitos. Había una botella de Coca Cola a medio tomar. Papá estaba sentado en un puff, mirando el automovilismo. Yo entré despacio, después de mandarle un wasapp a Diego.
- ¿Te contaron lo que pasó?- me preguntó por lo bajo mi padre, señalándola a Mónica.
Asentí.
- Vino acá, pobre. Yo trate de consolarla, le compré para comer las cosas que me pedía, la dejé ver la tele, llorar y ahora dormir. Pobre Moni- le acarició la cabeza- No hay caso, es el albur de nuestra famiia.

viernes, 12 de abril de 2019

El quinto asiento 2º parte

Voy a hablar ahora de Inmael Nurio Saez Quesada, el hombre que ocupa el quinto asiento de nuestro Tribunal. Incorporarlo fue un problema; a pesar de sus muchos apellidos, el hombre pertenece a la famosa familia de los Saez Quesada, que en 1932 tuvieron la herejía de proponer la educación laica en las escuelas y el divorcio legal. Cuatro de los herejes fueron ejecutados sumariamente; quince de ellos murieron en nuestras prisiones. La siguiente generación de los Saez Quesada, previsiblemente, abjuró de su herejía. Pero el Sumo Pontífice y la Gran Inquisición no olvidan. Es por eso que cuando, nueve años atrás, murió Matheus Ableus a los ochenta años y el nombre propuesto por el Emperador junto con el Sumo Pontífice para reemplazarlo fue el de Inmael, casi nos oponemos. Pero preferimos conocerlo, en una entrevista personal breve pero ceremoniosa, y debo decir que Inmael N. Saez Quesada nos sorprendió gratamente: era versado en cuestiones teológicas, mesurado, criterioso y, sobre todo, bastante parco. En ningún momento de la entrevista refirió a su apellido, como si este fuera una cuestión menor. Este detalle nos agradó: un miembro de la Gran Inquisición rencoroso o avergonzado complota contra el buen funcionamiento del tribunal. Nos consideramos imparciales, y esa imparcialidad es nuestro mayor orgullo: no en vano hemos funcionado desde hace muchos siglos y probablemente seguiremos funcionando por muchos siglos más. Sabemos que el pueblo y la corte del Emperador e incluso allegados al Sumo Pontífice se burlan de nosotros; pero ¿qué sería del mundo humano sin los teólogos? Quizás sea cierto que Dios no existe; lo cierto es que, una vez que lo inventamos, una vez que Moises escribió los Diez Mandamientos, una vez que Cristo dijo sus parábolas y murió en la Cruz, una vez que los cristianos se ofrecieron como sacrificio de leones en el Coliseo Romano, no podemos prescindir de Dios. Cuando esos pensamientos inevitables me azotan en las noches de insomnio, me consuelo pensando que un mundo sin Dios no sería mejor que este: los pecados son previos a el castigo de los pecados. No somos monstruos ni sabihondos: guardamos un orden del mundo. El mundo, sin orden, es solo caos primigenio.
A todos los miembros de la Gran Inquisición se nos solicita, dos o tres veces en nuestra carrera, viajar dentro del Imperio para revisar casos especiales, donde las versiones de la historia que llegan a Roma, a Toledo y a Viena son tan extrañas que no se puede saber si ha intervenido el demonio (siempre se lo invoca), la herejía, la maldad humana o la simple tontería. Yo he tenido que viajar a Los Alamos, en las Indias de America del Norte y a Dublin. Los dos casos, por suerte, eran de simple torpeza humana;  una iglesia incendiada por exceso de cirios, la pérdida de manúscritos y su reescritura falaz por miedo a la reprensión del abad. Desgraciadamente el caso que le tocó a Inmael N. Saez Quesada era harto más peligroso y complejo, aunque ocurrió en la muy cercana Galicia, tierra árida y de castillos ruinosos, como casi todo el Reino de España. Una muchacha de no más de quince años había asegurado que el diablo moraba en un bosquecillo cercano y que dos o tres veces se le había acercado. Nadie le creyó, pero dos meses después una pareja de ancianos apareció asesinada misteriosamente, y ellos vivían en el linde del bosque y sus cuerpos aparecieron quemados de una manera que no es natural en este mundo. La gente empezó a murmurar, quisieron linchar a un buhonero y a su hijo, un niño de ocho años, y ahí intervino el alcalde: apresó en secreto al buhonero y al niño, los envió a la carcel de la Gran Inquisición en Lisboa y hacia allí debió ir Inmael N. Saez Quesada, con su traje polvoriento de terciopelo negro, a averiguar que habìa ocurrido realmente. Antes, claro, debiò ir a Galicia y al bosquecillo, y hablar con el alcalde y con los vecinos para recabar datos. Volvió tres meses más tarde, cansado y con su traje más polvoriento, y con los ojos más arrugados y nos contó su extraña historia. Ni el buhonero ni el hijo del buhonero venían con él.

Lobos

El final de Lobos es terrible. Es tan amargo como el final de Plata Quemada de Piglia o el final de La Peste de Camus. No voy a contarlo porque la película merece verse; leí una crítica que equipara su historia con la saga El Padrino y es cierto, tiene muchas similitudes; excepto una: en la saga El Padrino la violencia y la muerte son estéticamente elegantes. En Lobos la muerte es solo muerte.Las balas son solo balas. Uno no puede dejar de querer a esa familia de delincuentes, mucho más de lo que se puede querer a Michael Corleone o a Sonny Corleone. El padre proveedor que encarna con mucha ternura Daniel Fanego me conmovió especialmente, porque tiene muchas similitudes con cualquier padre de familia argentino: quiere que su hija tenga una peluquería, no lo enoja que su hijo lo juzgue y no siga su camino. Lo que en El Padrino es una tragedia familiar (en realidad El Padrino es Hamlet, trasladado al New York pos Segunda Guerra Mundial) en Lobos es una tragedia argentina. Todos los personajes son reales: el comisario, el ladrón, sus dos hijos, su yerno, sus nietos, hasta el delincuente recién salido de la cárcel, bastante marginal y que desprecia el Chaco porque "debe estar lleno de negros". Todos los personajes son reales aunque la historia sea una ficción. Si abro cualquier diario encuentro en la sección policiales historias iguales o peores. No es una exageración. Varios de los homicidios de menores de edad en los últimos años fueron explicaoda (¿justificados?) desde la prensa como un "ajuste de cuentas" entre bandas criminales. Este dato duro es mucho más amargo que el final de Lobos: ya aceptamos en Argentina como normal que maten a un menor de edad y que no se investigue.

jueves, 11 de abril de 2019

La importancia de leer noticias internacionales

 Leo desde muy chica y leo diarios desde antes de ser una adolescente. Pero es muy raro como aprendí a leer realmente un diario: fue a los doce años, cuando leí la autobiografía de Hebe de Bonafini. Ahí leí que uno de sus hijos desaparecidos le había dicho a ella, cuando era un estudiante y militaba y quería enseñarle algo de lo que sabía a su madre: siempre que leas diarios empezá por la sección de noticias internacionales. Es extraño como algunas cosas se van de nuestra mente y otras quedan grabadas en nuestra memoria: ese consejo de una persona que no conocí a su madre lo tomé para mí. Y algo tengo que decir: era (es) un buen consejo. Al menos, a mí me evitó muchas veces creer lo que dicen los diarios como verdad revelada. Si un periodista político o económico es buen periodista, sabe mucho de la situación internacional y eso se nota cuando escribe. Si no, se nota a la legua que (en buen criollo) guitarrea. Es notorio sobre todo en las secciones de economía (no sé si se pueden llamar así algunas) de muchos diarios argentinos. Economistas que predicen sobre el futuro de la economía (argentina o mundial). Eso no existe. Porque si realmente supieran el futuro hubieran comprado acciones de Apple o de Microsoft y ahora serían millonarios. Pero siguen hablando con cara de seriedad: lo importante es estabilizar el dolar. Lo importante es la emisión monetaria. Lo importante es la inflación. Habría que avisarles que el dólar es un billete impreso en U.S., y no tiene sentimientos, la emisión monetaria la decide cada país, y la inflación no es un misterio como se genera, al menos en Argentina. Los oligopolios de alimentos suben el precio de los alimentos, los oligopolios de los servicios básicos suben los servicios básicos. O sea, un gobierno para frenar la inflación lo que tiene que hacer es controlar la suba de precio de los alimentos y de los servicios básicos. He leído por allí que el gobierno no puede hacer esto porque sería el Estado interviniendo en el mercado y eso es algo muy malo que nos traerá sarampión o difteria. El mercado es algo abstracto. Y la idea de ser gobierno es justamente que el Estado tenga poder para hacer diferentes cosas. Controlar la inflación, básicamente la inflación de los alimentos y de los servicios básicos, es una de ellas. No hay muchos países en el mundo con inflación del cincuenta por ciento anual y esto lo sé gracias a que leo la sección internacionales de noticias. Si el gobierno no puede controlar la inflación mediante medidas de gobierno ¿para qué votamos? ¿Para quejarnos del gobierno de turno? Son muchas las cosas que el gobierno actual puede hacer para que el ajuste no sea siempre hacia los sectores más pobres: dar descuentos especiales a todo lo que es alimento básico, multar a las multinacionales que aumenten los precios de los alimentos y de los servicios de manera desmedida, aumentar los salarios y fiscalizar para que la gente que trabaja en negro esté en blanco, con los aportes correspondientes. ¿Es intervención del Estado sobre la economía? Por supuesto. Es la idea del Estado: que pueda controlar la economía. Porque si la economía es solo un ente mágico, y la inflación se dispara (¿sola?) como quiere, y si el dólar y si las tasas de interés son inmanejables ¿para qué nos hacen votar? Elijamos a Alex Caniggia: por lo menos su propuesta es tan irreal que sabemos que no va a ser cumplida y no creo que lo veamos a los seis meses, con cara compungida, echándole la culpa a la situación internacional y a la pesada herencia.

martes, 9 de abril de 2019

La izquierda y la homofobia

Varias veces he leído en textos de izquierda contra la iglesia (cualquier iglesia, católica, evangelista, ortodoxa) remarcando el carácter homofóbico de la iglesia. Como soy atea y fui criada en un hogar no solo ateo, sino anticlerical -la única que se atrevía a ser católica en mi casa era mi abuela- puedo decir que la homofobia eclesiástica nunca tuvo tiempo de empaparme; pero militando en la izquierda descubrí dos cosas sorprendentes: que los homosexuales son generalmente mucho más creyentes que los heterosexuales y que los ateos son tan homofóbicos como los cristianos. Me pregunto cuanta de la gente progresista que apoya el matrimonio homosexual votaría a un candidato a presidente abiertemente gay o lesbiana. En cuanto a los transexuales, el escándalo que reflejó Jorge Lanata cuando a Florencia de la Vega le permitieron el cambio de nombre en el DNI no hace más que reflejar el escándalo que mucha gente sentía internamente (sorprendentemente o no, la mayoría de las escandalizadas eran mujeres): todo fántastico con los homosexuales y transexuales mientras no se apropien de nuestros derechos. Estoy segura que muchos de los que despotricaron en redes sociales se consideraban personas "progresistas". Jorge Lanata no hizo más que sacar del closet al homofóbico que la mayoría de las personas llevamos adentro; exorcizó lo que realmente pensamos. Si lo pensamos nosotros, suena mal; ahora, si lo dice Jorge Lanata, lo único que tenemos que hacer es apoyarlo y decirle que es una persona de coraje. ¿Por qué no me sorprendí demasiado? Porque la mayoría de las consignas que se decían cuando empecé a militar en el trotskismo eran abiertamente machistas y homofóbicas; relacionaban el poder con tomar el poder y tomar el poder se relacionaba con ganar y ganar inevitablemente se relaciona con la hombría y la hombría inevitablemente se relaciona con el hombre heterosexual. Lo sorprendente era que teníamos muchos compañeros homosexuales en el movimiento y que ni siquiera ellos se lo cuestionaban. Si uno piensa en la mayoría de las consignas que la izquierda coreaba en los setenta, la mayoría eran consignas de muerte y consignas sexistas. Cuando empecé a militar, las consignas no eran menos belicosas (aunque probablemente las personas que militaban sí). Y la idea de asociar lo diferente (sea feminismo, estudios de género, estudios relacionados con el arte y la literatura, estudios relacionados con la antropología) al conformismo burgués seguía vigente. O sea, éramos un movimiento trotskista que negaba la dialéctica y se quedaba solamente con el materialismo. Cosa que me sorprendió sobre todo cuando empecé a leer los textos de León Trotsky, porque Trotsky tenía tiempo, en el medio de la Revolución Rusa, de leer literatura y de escribir sobre ella. Y si vamos a Engels, escribió un estudio tan burguesmente antropológico como El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Nahuel Moreno mismo había estudiado con bastante interés temas de antropología y de género. No me parece que la izquierda tenga que hacer un mea culpa: no somos culpables a no ser que nos demos cuenta de nuestros errores y no los rectifiquemos. Pero hasta hoy me sigo preguntando si esa falta de capacidad de estudio y de reflexión no es la que lleva a la izquierda muchas veces a cometer errores garrafales en la lucha política diaria. Creer que ganar una discusión es gritar más fuerte es un error que solo cometen los niños. Podemos hablar en contra de la Iglesia, sea católica, ortodoxa o evangelista; hoy en día nada nos lo impide, al menos en nuestro país. Pero tendríamos quizás que reflexionar porque hay tanta gente homosexual creyente a pesar de que, según nosotros, la iglesia es homofóbica. Quizás nosotros, la gente que se considera de izquierda, los ateos convencidos, tengamos tantos rasgos homofóbicos como un Obispo o un pastor evangelista.