miércoles, 14 de noviembre de 2018

Leer a Borges

Leer es una pasión, como el futbol o la pizza napolitana. Si uno nace lector, uno muere lector. Y yo siempre me consideré una lectora, mucho más que una escritora, pero debo decir que no fuí buena lectora hasta que no encontré a Borges. Había leído alguno de sus poemas primeros, "El sur", en algún libro de lectura de sexto o séptimo grado. Todos decían que era muy bueno. Pero no lo descubrí gracias a un libro solamente suyo en concreto, sino gracias a su Antologia de la literatura fantástica, hecha a tres cabezas entre Bioy Casares, Silvina Ocampo y él. En ese libro, en ese compilado inverosímil, está toda la literatura. Si algún día la profecía brabduriana se cumple, y todos los libros se queman, basta con recordar ese libro. Y cuando lo leí me maravilló que tres escritores tan aparentemente serios recopilaran historias tan poco serias. Fue el momento en el que descubrí que la literatura no es algo serio, ni trágico, ni terrible. Que es puro chamullo, en buen rosarino. Luego leí a Borges, sus hermosas obras completas. Solamente alguien que sabe escribir puede unir historias, personajes, hechos y poemas tan lejanos entre sí. La eterna maldición de todo escritor es ser contemporaneo de un genio: después de Borges, no se puede escribir mejor. Pero su legado no son sus sonetos prístinos, ni sus cuentos sin mácula, sino los hombres y mujeres que rescató del olvido: reyes daneses del siglo VIII o pintoras argentinas de mediados del siglo XX. Eso es crear en literatura.

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