So long lives this, and this gives life to thee.
W. Shakespeare
Rilench, refugio en las montañas
En cualquier momento, pensó Rilench, voy a asesinar a Arguil y al Rey. Y a Juith y le dejaré nuestro palacio vacío a Dion el mestizo.
La primera heredera dormía junto con sus hijas. Eran niñas muy buenas, y no entendían porque se habían tenido que irse del palacio. Aquí estaban mejor, pensaba Rilench. Estaban algunos de los generales y los rapsodas, que hablaban de batallas pasadas y venideras. Recitaban en voz alta, el los oía.
El coraje inusitado del Rey Martial, el padre de Arguil, que había combatido a los Mil en una batalla donde habían atrapado a Ron Ron (gran adquisición) y a Omar. Todo en versos apropiadamente aliterados. No hablaban de los hijos de Sarar matando a doscientos de los soldados de Martial con solo tocarlos. Veneno, veneno puro, eso era Sarar y ahora tenían a sus ojos.
La primera heredera despertó.
Temo por mi hermana Juith, le dijo. He soñado con ella tres noches seguidas.
La primera noche soñé que estaba muerta y suspiré aliviada, porque soñar con la muerte de alguien es alargarle la vida.
La segunda noche soñé que era reina junto con mi hermano y tenía muchos hijos. Eso me asustó un poco. No podía ver a sus hijos.
La tercera noche soñé que mataba a mi hermano, el Rey, y que era tan feliz mientras lo hacía. Y luego soñé con la lluvia. Con la hermosa lluvia. Pero cuando me desperté estaba aquí.
Rilench la abrazó.
Los sueños son solo sueños.
Creo que sí, pero igual... ¿Recuerdas aquella noche? Era un poco más grande que ella, pero te dije que sí tenía que ser reina lo sería, pero sería una mala reina. Una reina cruel, como mi madre.
No tienes nada de crueldad en tus huesos, ni en tu estómago.
Claro que la tengo. He crecido en el palacio. He presenciado cosas que ni siquiera tú has visto. A los hombres les son vedados los ritos del invierno.
Prefiero no saber, dijo Rilench, cerrando los ojos.
Yo también lo hubiera preferido. Además, creo que es estúpido. Matar niños para que las estrellas sigan girando. Y tienen que ser ciertos niños, sino nuestra estirpe se acabaría. Que costumbre idiota. Nuestra estirpe se acabará dentro de poco, de todas maneras.
¿Por qué dices eso? le preguntó Rilench.
A tí puedo decírtelo, porque eres mi esposo y no me delatarás ante Arguil, mi madre. Pero veo la derrota y no en mis sueños. La veo en tí, la veo en mi hermano, la veo en la segunda heredera, en la tercera. Incluso en mí la veo. La veo en los rapsodas que cantan las historias que Omar trajo de un planeta extinto. Nos han cercado. Somos un reino en decadencia que quiere sobrevivir a costa de extraños rituales inventados por nadie. Ya no somos nada, Rilench. Gracias que te tengo a tí y a las niñas. Cuando todo esto acabe, si no nos matan, nos iremos de aquí. A vivir en el delta, como otros.
Rilench la miró. No era muy hermosa; la nariz era demasiado grande y los ojos estaban demasiado juntos, pero le agradaba cómo pensaba.
¿Sabes que? le dijo de pronto Ve con las niñas al delta ahora. Te custodiarán dos soldados. Creo que tienes razón, aunque odio que siempre la tengas. Y en el delta olvida que eres la primera heredera; busca un oficio, una excusa para sobrevivir. Yo iré contigo, si alguna vez esto termina.
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