domingo, 18 de noviembre de 2018
Animales fantásticos y donde encontrarlos
En el cine hay mucho miedo a lo fantástico. Las películas con tramas fantásticas generalmente no ganan oscars ni globos de oro; todos saben que para ganar un oscar hay que filmar algo realista, alguna familia disfuncional o una mujer que busca su identidad o un poeta agonizante. Por eso me gustan las películas basadas en las historias de J. K. Rowling: sé que nunca ganarán una palma de oro. Pero los actores que están en ella actúan con una emoción que ya uno quisiera ver en otras historias: Johnny Deep haciendo a Grindewald es un hombre de temer, fanático, un malvado que no puede ver su mal. Jude Law, que debe tener algún tipo de trato con el diablo porque no envejece, es un Dumbledore tan elegante que uno quisiera haberlo tenido de maestro contra las artes oscuras. Pero los mejores momentos de Los Crimenes de Grindewald, que acabo de ver, son cuando lo fantástico se cruza con la realidad de manera insuperable: las cortinas negras cubriendo todos los edificios parisinos, para marcar que las cosas están cambiando en el mundo de la magia, son una imagen que cruza con momentos de la historia real y concreta. Si algo me gusta del mundo de Harry Potter (porque ahí empezó todo) era que hasta ese momento los chicos habían dejado de leer; se leía por obligación, por responder a una escuela que tenía y sigue teniendo sus manuales de enseñanza. Harry Potter hizo que los chicos volvieran a leer por gusto, por rebeldía, para que sus padres no entendieran de que estaban hablando entre ellos. A los ojos de los chicos, todos los padres somos simples muggles y los hechizos los saben solamente ellos.
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