lunes, 26 de noviembre de 2018

La vida secreta de los mártires 1° parte

                                                                                  
                                                         Nosotros decimos  que para consolarnos por la pérdida del Paraíso Dios nos concedió solo a nosotros entre todas sus criaturas Esperanza y Memoria. Mejor dijéramos: Sólo porque somos criaturas cargadas con Esperanza y Memoria alentamos la ilusión de un Paraíso que nosotros y solamente nosotros hemos perdido
                                                                                John Crowley. Antigüedades.

                                                Prefacio

A diferencia de muchos, amo las novelas largas. Una novela larga implica un matrimonio, y una cuando la termina es un poco más viejo y menos sabio. No hay nada como leer Los Miserables o La Guerra y la Paz o La Edad de la Inocencia. Esta historia va a ser larga; está situada en el Sur norteamericano, antes, durante y después de la Guerra Civil. Le debo a esa situación temporal mi amor por esa gran novela que es La Cabaña del Tío Tom, pero también a las novelas de Edith Warthon y de Henry James, esas novelas donde nada y todo pasa, donde las familias trasmutan de apellido y de riquezas y las mujeres y los hombres caen en desgracia jugando a la bolsa de Wall Street. Nada muy diferente a lo que pasa ahora. Pido perdón, especialmente a los historiadores norteamericanos, por escribir una novela tan histórica sin tener otro apoyo documental en mi memoria que la lectura de La Cabaña del Tío Tom, Lo que el viento se llevó y Una rosa para Emily, de Faulkner. En fin, imaginarme a esos hombres y a esas mujeres en realidad no cuesta nada; los entiendo. No hay nada más patético que un rico perdiendo sus privilegios de clase y ese patetismo lo sienten fundamentalmente los que han sido sus esclavos. Aún hoy eso existe: un hombre negro millonario es sospechoso de algo, aunque sea el presidente de los Estados Unidos. Los protagonistas de esta historia son apropiadamente blancos y lánguidos y creen (como creen ahora muchos) que existe algo así como un salvaconducto en el color de piel de cada uno. La historia, claro, termina arrasando con ellos, pero ¿no está para eso la historia?  Dejo aquí esta pregunta, y comienzo mi novela.

                                                         I

Esa mañana Elías Hourdanler despertó con la incómoda sensación de que algo malo había pasado. Era un joven alto, desgarbado, algo feo y esa sensación se acentuaba cuando se miraba al espejo. A diferencia de su hermano mayor, Matthew, que era grande y musculoso, algo moreno y que había heredado los hermosos ojos españoles de su madre muerta y de su hermano menor, John, que era bonito, delgado y algo delicado de salud, y que encendía los suspiros de muchas mujeres en los bailes de fin de año, el se sabía casi igual al desgraciado Ichabod, de la historia de Washington Irving. Ni siquiera era romántico, ni tenía el don de encantar a las mujeres como Ichabod; sabía que era muy torpe y cada vez que una mujer le hablaba tartamudeaba. Matthew solía burlarse de su timidez, diciéndole que de todas maneras alguna damisela sureña terminaría prendada de sus inexistentes encantos. En realidad, esa damisela ya existía, por inverosímil que le pareciera a Elías. Se llamaba Mary Louise Van Duremborg y era la única hija del matrimonio Van Duremborg. Habían bailado dos o tres veces, y aunque él le había pisado las puntas de los zapatos y se había olvidado la contradanza en la mitad de la música, la muchacha se había reído y le había asegurado que no era importante.
- ¿Ves?- le había dicho Matthew.- Hasta tu consigues una pareja y yo sigo soltero. Era una broma impertinente, porque a Matthew lo que le sobraban eran candidatas. Sin embargo, Elías no podía odiarlo; Matthew era quién había cuidado de él cuando su madre había muerto y su padre había quedado por dos años como paralizado. Si no hubiera sido por su hermano mayor, John y él habrían sido dos adolescentes huérfanos y zaparrastrosos; pero Matthew se ocupaba de que Djuna, la ama, que pertenecía a la familia desde hacía dos generaciones, les lavara las camisas, les engrasara los zapatos, los peinara, y el mismo se encargaba de llevarlos a la iglesia, aunque el padre no fuera, para cuidar sus almas inmortales.

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