viernes, 2 de noviembre de 2018

La niña de sus ojos

Encarnación está enojada porque quiere el caballo zaino. A cada uno de sus hermanos le prometieron uno de la tropilla, inclusive al mayor, Justo, que es tan bobo que las muchachas del pueblo se le ríen cuando anda con la boina. Solo sabe de vacas. Pero Encarnación no es así. Encarnación sabe cosas.
A ella no le van a dar caballos, sino una muñeca. Una muñeca de loza, que fue de la patrona cuando era chica. ¿Para que quiere ella una muñequita de loza, que se le va a romper al tercer día? Pero su madre está encantada con la idea, y la hizo vestir de vestido largo e ir a agradecerle a la patrona. Tuvo que sonreír, ella que no sonríe nunca. La muñeca era bonita, bien bonita, sí, pero a Encarnación le gustan los caballos.
Sin embargo al poco rato la muñeca no le parece tan mala. Con su madre no puede hablar, siempre ocupada con sus hermanos, que son unos bobos, y la comida tan fea. Ella odia los asados de fin de año; dos o tres veces se ha hecho amiga de los chanchitos, que son tan lindos, y ha visto como toda su familia se los ha devorado. No hay que ponerle nombre a un chanchito, le dice de pronto Encarnación a la muñeca. Se los comen a fin de año, pobrecitos. La muñeca no responde. Voy a servirte un poco de té, dice Encarnación y la sienta debajo de los eucaliptos y le habla como ha visto que la patrona y su madre hablan en la cocina. Estoy en problemas, dijo la patrona la última vez que hablaron. Y debían ser problemas graves, porque casi se larga a llorar.
El marido de la patrona no está. Se fue a una guerra o algo así. Eso es lo que entendió Encarnación. A veces hablan de los indios, pero los indios están cada vez más lejos. Hace un año y medio que el marido de la patrona, que es bajo y algo bizco y bastante feo (la patrona es bonita y usa vestidos de seda clarita), se fue a esa guerra. Sus hermanos, que son unos bobos, también quisieron ir, pero la patrona dijo que eran muy chicos. Para que iban a servir en una guerra, le dice Encarnación a la muñeca, si ni uno sabe hacer un lazo decente. Ni usar el rebenque. Ella sí, ella sí sabe. Por eso quiere el caballo zaino.
Cuestión que Encarnación se hace amiga de la muñeca y por suerte no se le rompe, como ella pensaba. Hasta se consigue un jueguito de te, viejo, de hojalata. Juega al lado del monte de eucaliptos, donde hay algunas piedras. Entonces la ve. La ve a la patrona, sin vestido de seda clarita, en realidad casi vestida de hombre, sobre el caballo zaino -su caballo zaino- . Patrona, le grita. La patrona se detiene.
Ese es mi caballo, le dice Encarnación.
La patrona no se rie. Esta muy seria.
Ese es mi caballo, repite ella.
Claro, dice la patrona. Lo estoy tomando prestado. Después lo devuelvo a la tropilla.
Está bien, responde Encarnación. Me gusta mucho la muñeca.
A mi nunca me gustó, es la respuesta de la patrona. Te la regalé por eso. Siempre me dió miedo.
La muñeca es como yo, dice Encarnación. Sabe cosas, y yo también las sé, Y nunca las contamos.
Está bien, dice la patrona. Está cómo distraída. Me voy ahora. Después vuelvo con tu zaino.
Está casi oscureciendo cuando Encarnación empieza a juntar sus tazas de hojalata y entonces ve la carpeta. Se le debe haber perdido a la patrona. Adentro hay papeles. Hay palabras que ella no entiende pero va entendiendo de a poco que la muñeca no era amiga de la patrona,  y que el marido de la patrona ha muerto y que la patrona regresa con su familia, su familia en un lugar llamado Rio Grande do Sul. Después hay un montón de papeles que ella no entiende.
Deja la carpeta abajo de los eucaliptos y vuelve a su casa. Su madre hace sopa de gallinas para cenar y entonces cae el Santiago, diciendo que el zaino se ha perdido. Se larga un aguacero. Al rato, abajo del agua, Santiago sale silencioso y vuelve contento, a los gritos, porque el zaino volvió (si será bobo). Llueve durante dos semanas y la laguna casi se desborda. Encarnación encuentra dos pichones de tero.
La que no vuelve es la patrona. Al principio la buscan, pero después llegan las noticias de que el patrón se murió y de que el testamento no aparece y hay un revuelo que te la voglio dire. Nadie sabe bien que hacer, porque sin el patrón y la patrona... Pero aparecen de repente dos señores de traje, que cierran la casa de la patrona, y le encargan a su madre que se haga cargo de todo, como hasta ahora. Le dan una llave. Después de que se van los hombres, la madre entra a la casa y con sigilo, agarra dos o tres estatuas muy bonitas de pastorcitos, una juego de te de porcelana de verdad, en una canasta de verdad, no de hojalata, y una caja de costura llena de cintas y de moños. Y agarra otra muñeca.
A esta también le voy a contar cosas, secretos, le dice Encarnación a su madre.
Estas cosas son un secreto. Que nos llevamos estas cosas. Total, quién se va a dar cuenta. Esos de la ciudad eran unos bobos. Solo les importaban las vacas.
¿Vas a guardar el secreto? pregunta su madre.
Pero quiero el zaino. Quiero el zaino de la tropilla, el que volvió con el aguacero, dice Encarnación.
La madre dice que sí. Encarnación está de lo más contenta. Ya está pensando que nombre ponerles a sus muñecas. Espera que ninguna de las dos se le rompan. Que patrona tan tonta, piensa. Tenerle miedo a una muñeca.



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