lunes, 5 de noviembre de 2018

The Last Kingdom

Todos sus personajes son apropiadamente épicos y trágicos y apropiadamente rudos, como corresponde a una época de guerras con espadas y escudos, pero la mejor parte de The Last Kingdom es cuando aparece el Rey. Y por supuesto me refiero al King Albert, leyenda inglesa, uno de los traductores de la Biblia y uno de los que primero pensó Inglaterra como una unidad. Es imperturbable: maneja a los daneses bárbaros, a la Iglesia en sus diversas formas, a su ambiciosa esposa y a su aún no tan ambiciosa hija, a su aparentemente inútil hijo, a sus aliados y a sus enemigos. Cuando negocia no se le mueve un músculo de la cara y nunca se enoja. Puede decir que lo hace por el Dios cristiano, pero obvia muchas veces a ese Dios; tampoco lo hace exactamente por ambición personal. Lo hace porque realmente cree en esa Inglaterra que en ese momento era casi una utopía, una nada, dos o tres condados cristianos frente a la amenaza de daneses sedientos de gloria y de Valhala. Al norte de la muralla de Adriano, le dice en un momento a su hija, sólo hay nieve y bárbaros (cómo ocurre en Game of Thrones). Algún día la conquistaremos, parece sugerirle. Pasaron casi setecientos años para que el Reino Unido fuera una unidad real, y aún hoy les cuesta mucho seguir siéndolo. Es curioso que en Argentina, mucho más gigantesca en tamaño, la unidad haya costado tan pocos años y en países cómo Inglaterra la maldición de la fragmentación sea algo tan concreto. A veces pienso que en realidad los ingleses siguen siendo bárbaros; bárbaros con coronas y museos, pero bárbaros al fin. Se los rasca un poco y aparece el ancestro danés, sajón, vikingo o celta en la sangre.

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