jueves, 8 de noviembre de 2018

Los amores aereos. 8° parte

Recíen amanecía cuando Adrián se despertó. Salió al patio. Allí estaba Francesca, mirando el agua de la pileta, tan azul como el cielo nuevo. Se sentó al lado de ella.
- Danáe tiene razón. Soy una mentirosa.- dijo de pronto.
- Pero en realidad las conozco. A ella y a Perséfone. Y no son hermanas.
- ¿Donde las conociste?- preguntó Adrián.
- En París.
- Ninguna de las dos me habló de París.
. Allí tampoco eran Danáe y Perséfone. Pero es imposible. Me estoy volviendo loca. Ellas dos... Ahora están viviendo felices en Alemania, una casada con un importador italiano, la otra de voluntaria en un hospital para inmigrantes. Hace dos días hablé por Skipe y me contó que volvió a estudiar chino mandarín. Quiere una beca en Pekín. Es completamente imposible.
- No entiendo nada- dijo Adrián.
- Eran nuestras becarias. ¿Alguna vez te contó Facundo que estudiaba en Francia?
- No sé, algo científico. No sé tanto de Facundo como pensaba.
- Estudiábamos clonación de genes humanos. Mutaciones. Mutaciones raras. ADN parecido a...a otras especies que no son humanas. No son para nada humanas. Nos dirigía Pearomentier, una eminencia. Y teníamos varios becarios a nuestro cargo. Entre ellos estaban Danáe y Perséfone. Nos admiraban incondicionalmente. Pero Facundo... No fue solo lo de Ismael. Facundo estaba raro. Cada vez más callado. Y ya no publicaba papers ni abstracts, pero yo sabía que seguía investigando. Me peleé con el por lo de Ismael, pero el no regresó a Buenos Aires por eso. Pearomentier estaba preocupado. Algunas muestras habían desaparecido de su laboratorio, justo las muestras que correspondían a la investigación de Facundo. Yo no quería creer. Pero nuestro director de doctorado siempre dijo que Facundo era el más inteligente de todos. Y además, un bicho raro. Un apasionado de la ciencia. Un científico no deja de ser científico solo porque se enamora de un boxeador. Además, estamos en el siglo XXI y podrían hasta haberse casado. No, insistía Pearomentier, hay carne en el hueso que Facundo estaba royendo y ahora no se sabe que está haciendo. Vine aquí para...
- Para detenerlo- dijo Adrián.
- Para saber- fue la respuesta de Francesca.- ¿Viste cómo Danáe se burló de Facundo? Así se burlaba la muchacha original, que no se llamaba Danáe sino Edith, porque su madre era fanática de Piaf. Perséfone es cómo Grace, la muchacha que quiere estudiar chino mandarín y lee todas las noches el Progreso del Peregrino porque lo hacían en Mujercitas y a ella siempre le encantó ese libro. ¿Es chismosa?
- Creo que sí- respondió Adrián.
- A Grace le encantaban los chismes. Le encantan los chismes. ¿Por qué hablo de ella en pasado? Ella está viva, pero, entonces ¿quienes son estas mujeres?
- Quizás sean solo parecidas.- dijo Adrián, sintiendo que era un absurdo.
- No- dijo Francesca- No. No son parecidas. Una mujer puede ser parecida a otra, pero no puede ser igual a otra. Se puede operar para parecerse a otra, se puede teñir el pelo. Eso lo admito. Pero ¿la voz? ¿Los movimientos? ¿La mente? Eso es imposible.
Entonces oyeron pasos destras. Era Martín.
- No le gustaste a Danáe.- dijo Martin- Te dijo mentirosa. Pero luego me dijo que le recordaste a alguien. A alguien que le caía bien, en el fondo.
- ¿Te dijo en algún momento algo de un importador italiano?- preguntó Adrián.
- Típico de chico bien de Palermo- fue la respuesta destemplada del otro- Si me querés decir cornudo, decímelo en la cara.
Francesca se rió.
- Martin ¿cuántas veces te acostaste con Danáe?- le preguntó.
- Algunas.
- ¿Y cuántas con Persefone?
- Algunas, también. ¿Esto que carajo es? ¿Un interrogatorio policial? No es tu asunto, Francesca. No entiendo porqué te quedás acá.
- Me mandó Pearomentier, el director del laboratorio.
- Un viejo francés de mierda, como todos los viejos franceses.
- Si, puede ser. Yo te voy a dar un consejo. Tomalo o dejalo: andate de acá cuanto antes.
Martín sonrió.
- Yo me iría, Francesca. Andá a convencer a Ismael de que deje a tu querido exnovio. Yo a mi hermano no lo abandono. Sabés como soy. Andáte vos y dejá de joder con la novela.
- Faltaron cuatro muestras de laboratorio cuando Facundo se fue.
- Que mierda me importa.
Francesca se levantó de la reporsera.
- ¿Querés ver a tu querida Perséfone? Si, esa chica tan bonita que lee y lee y lee. Bueno, acá está. En Berlín, al lado de lo que queda del Muro. Con camiseta a rayas. Mirá la fecha de la foto.
Le mostró la pantalla a Martín.
- Es de una semana atrás- murmuró el hombre, después de un rato.


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