Hay una vieja leyenda judía acerca de once hombres justos que, en secreto, gobiernan el universo. No se conocen entre sí y son muy pobres. La leyenda dice que son once. Si llegan a desaparecer, el universo entero colapsaría.
Dice el Talmud, también: quién salva a un solo hombre, salva al mundo.
martes, 31 de diciembre de 2013
Cinco segundos de Rafael Bielsa
Para que me mires por cinco segundos
guardare el destino con cuatro dobleces
de lo que vivimos conservo tres tigres
a las dentelladas
con mis dos recuerdos.
Nada más te pido
que cinco segundos
y a cambio me meto en camisa con varas
amarro a una roca las plagas de Egipto
para que me mires,
para que me mires.
Y si nada falta
si te decidieras
y la luz temblara hasta derretirse
alzarías los ojos como nubes mayas
y yo vendría en menos de cinco segundos.
guardare el destino con cuatro dobleces
de lo que vivimos conservo tres tigres
a las dentelladas
con mis dos recuerdos.
Nada más te pido
que cinco segundos
y a cambio me meto en camisa con varas
amarro a una roca las plagas de Egipto
para que me mires,
para que me mires.
Y si nada falta
si te decidieras
y la luz temblara hasta derretirse
alzarías los ojos como nubes mayas
y yo vendría en menos de cinco segundos.
lunes, 30 de diciembre de 2013
El ejemplo uruguayo de Mario Vargas Llosa
LIMA
Ha hecho bien The Economist en declarar a Uruguay el país del año y en calificar de admirables las dos reformas liberales más radicales tomadas en 2013 por el gobierno del presidente José Mujica: el matrimonio gay y la legalización y regulación de la producción, la venta y el consumo de la marihuana.
Es extraordinario que ambas medidas, inspiradas en la cultura de la libertad, hayan sido adoptadas por el gobierno de un movimiento que en su origen no creía en la democracia sino en la revolución marxista leninista y el modelo cubano de autoritarismo vertical y de partido único. Desde que subió al poder, el presidente José Mujica, que en su juventud fue guerrillero tupamaro, asaltó bancos y pasó muchos años en la cárcel, donde fue torturado durante la dictadura militar, ha respetado escrupulosamente las instituciones democráticas -la libertad de prensa, la independencia de poderes, la coexistencia de partidos políticos y las elecciones libres- así como la economía de mercado, la propiedad privada y alentado la inversión extranjera.
Esta política del anciano y simpático estadista que habla con una sinceridad insólita en un gobernante aunque ello le signifique meter la pata de cuando en cuando, vive muy modestamente en su pequeña chacra de las afueras de Montevideo y viaja siempre en segunda clase en sus viajes oficiales, ha dado a Uruguay una imagen de país estable, moderno, libre y seguro, lo que le ha permitido crecer económicamente y avanzar en la justicia social al mismo tiempo que extendía los beneficios de la libertad en todos los campos, venciendo las presiones de una minoría recalcitrante de la alianza.
Hay que recordar que Uruguay, a diferencia de la mayor parte de los países latinoamericanos, tiene una antigua y sólida tradición democrática, al extremo de que, cuando yo era niño, se llamaba al país oriental "la Suiza de América" por la fuerza de su sociedad civil, el arraigo de la legalidad y unas fuerzas armadas respetuosas de los gobiernos constitucionales. Además, sobre todo después de las reformas del "batllismo", que reforzaron el laicismo y desarrollaron una poderosa clase media, la sociedad uruguaya tenía una educación de primer nivel, una muy rica vida cultural y un civismo equilibrado y armonioso que era la envidia de todo el continente.
Yo recuerdo la impresión que significó para mí conocer Uruguay hacia mediados de los años 60. No parecía uno de los nuestros ese país donde las diferencias económicas y sociales eran mucho menos descarnadas y extremas que en el resto de América latina y en el que la calidad de la prensa escrita y radial, sus teatros, sus librerías, el alto nivel del debate político, su vida universitaria, sus artistas y escritores -sobre todo, el puñado de críticos y la influencia que ejercían en los gustos del gran público- y la irrestricta libertad que se respiraba por doquier lo acercaban mucho más a los más avanzados países europeos que a sus vecinos. Allí descubrí el semanarioMarcha , una de las mejores revistas que he conocido, y que se convirtió para mí desde entonces en una lectura obligatoria para estar al tanto de lo que ocurría en toda América latina.
Sin embargo, ya en aquel tiempo había comenzado a deteriorarse esa sociedad que daba al forastero la impresión de estar alejándose cada vez más del Tercer Mundo y acercándose cada vez más al Primero. Porque, pese a todo lo bueno que allí ocurría, muchos jóvenes, y algunos no tan jóvenes, sucumbían a la fascinación de la utopía revolucionaria e iniciaban, según el modelo cubano, las acciones violentas que destruirían aquella "democracia burguesa" para reemplazarla no por el paraíso socialista sino por una dictadura militar de derecha que llenó las cárceles de presos políticos, practicó la tortura y obligó a exiliarse a muchos miles de uruguayos. El drenaje de talento y de sus mejores profesionales, artistas e intelectuales que padeció el Uruguay en aquellos años fue proporcionalmente uno de los más críticos que haya vivido en la historia un país latinoamericano. Sin embargo, la tradición democrática y la cultura de la legalidad y la libertad no se eclipsó del todo en aquellos años de terror y, al caer la dictadura y restablecerse la vida democrática, florecería de nuevo, con más vigor y, se diría, con una experiencia acumulada que sin duda ha educado tanto a la derecha como a la izquierda, vacunándolas contra las ilusiones violentistas del pasado.
De otro modo no hubiera sido posible que la izquierda radical que con el Frente Amplio y los tupamaros llegara al poder, diera muestras, desde el primer momento, de un pragmatismo y espíritu realista que ha permitido la convivencia en la diversidad y profundizado la democracia uruguaya en lugar de pervertirla. Ese perfil democrático y liberal explica la valentía con que el gobierno del presidente José Mujica ha autorizado el matrimonio entre parejas del mismo sexo y convertido a Uruguay en el primer país del mundo en cambiar radicalmente su política frente al problema de la droga, crucial en todas partes, pero de una agudeza especial en América latina. Ambas son reformas muy profundas y de largo alcance que, en palabras de The Economist, "pueden beneficiar al mundo entero".
El matrimonio entre personas del mismo sexo, ya autorizado en varios países del mundo, tiende a combatir un prejuicio estúpido y a reparar una injusticia por la que millones de personas han padecido (y siguen padeciendo en la actualidad), injusticias y discriminación sistemática, desde la hoguera inquisitorial hasta la cárcel, el acoso, marginación social y atropellos de todo orden. Inspirada en la absurda creencia de que hay solo una identidad sexual "normal" -la heterosexual- y que quien se aparta de ella es un enfermo o un delincuente, homosexuales y lesbianas se enfrentan todavía a prohibiciones, abusos e intolerancias que les impiden tener una vida libre y abierta, aunque, felizmente, en este campo, por lo menos en Occidente, se han ido desmoronando los prejuicios y tabúes homofóbicos y reemplazándolos la convicción racional de que la opción sexual debe ser tan libre y diversa como la religiosa o la política, y que las parejas homosexuales son tan "normales" como las heterosexuales. (En un acto de pura barbarie, el Parlamento de Uganda acaba de aprobar una ley estableciendo la cadena perpetua para todos los homosexuales.)
Respecto de las drogas, prevalece todavía en el mundo la idea de que la represión es la mejor manera de enfrentar el problema, pese a que la experiencia ha demostrado hasta el cansancio que no obstante la enormidad de recursos y esfuerzos que se han invertido en reprimirlas, su fabricación y consumo siguen aumentando por doquier, engordando a las mafias y la criminalidad asociada al narcotráfico. Este es en nuestros días el principal factor de la corrupción que amenaza a las nuevas y a las antiguas democracias y va cubriendo las ciudades de América latina de pistoleros y cadáveres.
¿Será exitoso el audaz experimento uruguayo de legalizar la producción y el consumo de lamarihuana? Lo sería mucho más sin ninguna duda si la medida no quedara confinada en un solo país (y no fuera tan estatista) sino comprendiera un acuerdo internacional del que participaran tanto los países productores como consumidores. Pero, aun así, la medida va a golpear a los traficantes y por lo tanto a la delincuencia derivada del consumo ilegal y demostrará a la larga que la legalización no aumenta notoriamente el consumo sino en un primer momento, aunque luego, desaparecido el tabú que suele prestigiar a la droga ante los jóvenes, tienda a reducirlo. Lo importante es que la legalización vaya acompañada de campañas educativas -como las que combaten el tabaco o explican los efectos dañinos del alcohol- y de rehabilitación, de modo que quienes fuman marihuana lo hagan con perfecta conciencia de lo que hacen, al igual que ocurre hoy día con quienes fuman tabaco o beben alcohol.
La libertad tiene sus riesgos y quienes creen en ella deben estar dispuestos a correrlos en todos los dominios, no sólo en el cultural, el religioso y el político. Así lo ha entendido el gobierno uruguayo y hay que aplaudirlo por eso. Ojalá otros aprendan la lección y sigan su ejemplo..
¿Ama usted a los caracoles?
Que tu corteza sea muy dura para que puedas ser muy tierna: la ternura es como el agua, invencible.
La mujer a la que le gustaban las historias de terror
A Stephen King
por la rebelión de los presos de Shawshawk y los cuatro chicos perdidos en el bosque en "The body"
Nunca volví a tener amigos como aquellos que tenía a los doce años. ¿Acaso alguien los tiene?
Stephen King
A esa mujer le gustaban las historias de terror. Se había casado muy joven y casi sin pensarlo, porque a su marido le gustaba escribirlas. Su marido tenía talento para hacerlo, quizás menos que otros hombres (como le recordaban todos los críticos literarios del país), pero era sin embargo, a su manera, un buen escritor. La historia del niño perdido en la maleza oscura le había parecido preciosa a su mujer, y más aún la historia de la muchacha que había devorado el corazón del hombre que amaba por que quería a otra mujer. Aunque los críticos dijeran que su estilo era algo exagerado, si su mujer había temblado ante la historia le parecía que era una buena historia. Su mujer lo admiraba, pero pensaba que sus historias eran cada vez más y más crueles, innecesariamente.
Un día su mujer salió a pasear por la ruta y un auto pequeño y rojo la mató. Durante dos meses, el hombre que escribía historias de terror consideró seriamente el suicidio. Luego escribió cuentos en los cuales los muertos volvían de la tumba, en forma de zombies, vampiros, espectros y monstruos varios. Descubrió entonces que lo terrible no era que los muertos regresaran de sus tumbas, sino que nunca regresaban, y que la única manera de verlos fuera llevándole flores al cementerio.
por la rebelión de los presos de Shawshawk y los cuatro chicos perdidos en el bosque en "The body"
Nunca volví a tener amigos como aquellos que tenía a los doce años. ¿Acaso alguien los tiene?
Stephen King
A esa mujer le gustaban las historias de terror. Se había casado muy joven y casi sin pensarlo, porque a su marido le gustaba escribirlas. Su marido tenía talento para hacerlo, quizás menos que otros hombres (como le recordaban todos los críticos literarios del país), pero era sin embargo, a su manera, un buen escritor. La historia del niño perdido en la maleza oscura le había parecido preciosa a su mujer, y más aún la historia de la muchacha que había devorado el corazón del hombre que amaba por que quería a otra mujer. Aunque los críticos dijeran que su estilo era algo exagerado, si su mujer había temblado ante la historia le parecía que era una buena historia. Su mujer lo admiraba, pero pensaba que sus historias eran cada vez más y más crueles, innecesariamente.
Un día su mujer salió a pasear por la ruta y un auto pequeño y rojo la mató. Durante dos meses, el hombre que escribía historias de terror consideró seriamente el suicidio. Luego escribió cuentos en los cuales los muertos volvían de la tumba, en forma de zombies, vampiros, espectros y monstruos varios. Descubrió entonces que lo terrible no era que los muertos regresaran de sus tumbas, sino que nunca regresaban, y que la única manera de verlos fuera llevándole flores al cementerio.
Por que no me hice lesbiana (confesiones de una heterosexual)
Primero de todo y esto es importante, como diría mi tía Ema, porque es una yunta de bueyes. O, como dirían los valencianos, tiran más dos tetas que más carretas.
Segundo, porque todos los hombres que conocí son mejores músicos que yo.
Tercero, porque todas las otras mujeres son más flacas, se arreglan mejor el pelo y tienen mejor ropa.
Cuarto, porque hay algunas que encima tienen el tupé de ser más jóvenes.
Quinto, porque me gusta más Adolfo Bioy Casares que Silvina Ocampo.
Sexto, porque las mujeres somos capaces de actuar cualquier cosa (hasta un orgasmo).
Séptimo, porque tengo un hijo varón.
Octavo, porque mi hermano es varón.
Noveno, porque mi papá es varón (aunque usted no lo creería cuando alimenta a sus gatitos, doña).
Décimo, porque soy canalla y una canalla lesbiana sería una rara avis.
Undécimo, porque me encantan Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina (y a Ana Belén la quiero mucho, pero ella no compuso "Tu nombre me sabe a hierba").
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Segundo, porque todos los hombres que conocí son mejores músicos que yo.
Tercero, porque todas las otras mujeres son más flacas, se arreglan mejor el pelo y tienen mejor ropa.
Cuarto, porque hay algunas que encima tienen el tupé de ser más jóvenes.
Quinto, porque me gusta más Adolfo Bioy Casares que Silvina Ocampo.
Sexto, porque las mujeres somos capaces de actuar cualquier cosa (hasta un orgasmo).
Séptimo, porque tengo un hijo varón.
Octavo, porque mi hermano es varón.
Noveno, porque mi papá es varón (aunque usted no lo creería cuando alimenta a sus gatitos, doña).
Décimo, porque soy canalla y una canalla lesbiana sería una rara avis.
Undécimo, porque me encantan Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina (y a Ana Belén la quiero mucho, pero ella no compuso "Tu nombre me sabe a hierba").
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Cuatrocientos años de Angelica Gorosdischer
Los diccionarios son cosa maravillosa y diría milagrosa. Cuando yo era niña, sí: ayer nomás. O mejor, anteayer. Cuando yo era niña, decíamos, se nos enseñaba muy temprano el uso del diccionario y si una era simplemente un poco avispada, se daba cuenta de lo que tenía entre manos y trataba de trasladarlo aquí, aquí arriba, dentro de la caja craneana y mejor, también dentro de la caja torácica (no por nada a los críos chiquitos sin distinción de sexo, les encantan las cajas: todavía no lo saben pero sienten que habrá en sus vidas cosas que tendrán que atesorar, ¿me sigue?). Comparto con muchos colegas el amor por los diccionarios. Y con no colegas también: con gente que tiene ese ímpetu indeleble e inalterable que es la curiosidad intelectual. Esto para contarle que encontré en el diccionario de Messer de Covarrubias esta perla: “Gobernarse uno bien es vivir concertada y cuerdamente, lo que muchas veces falta en los que gobiernan a otros”. Esto se dijo y se escribió hace cuatro siglos, cuatro. Cuatrocientos años. Caramba, ¿cuándo fue que nos estancamos? ¿Cómo es posible que oigamos la voz de un señor que vivió y escribió allá por los mil seiscientos y reconozcamos lo que nos dice como si nos estuviera hablando hoy a la mañana? Entonces, ¿no hemos dado ni un paso hacia delante y hacia lo profundo? No, no me diga que esto de no saber gobernar(se) es un rasgo esencial y básico en el ser humano y que por lo tanto no ha cambiado, no cambia, no cambiará. Ah, no, mi querida señora; no, mi estimado señor. En primer lugar, dudo de que haya rasgos básicos y esenciales en las personas. En segundo lugar, lo que sé, lo que aprendí de gente que sabe muchísimo más que yo, es que somos cambio perpetuo. Somos contradicción, somos duda, somos cambio. ¿Es que hay alguien que confiese y se envanezca de no ser eso, de ser seguro e inmutable? Y, sí: hay o hubo y sería de desear que no lo hubiera. Imagine a un tipo de uniforme en su ropa y en sus circunvoluciones cerebrales, un tipo que está convencido de ser perfecto y que por lo tanto va derivando poco a poco o de repente nomás al desprecio por los otros, un tipo que va a defender lo suyo como si defendiera su vida (sí, sí, puede ser una tipa). Imagínelo a la puerta de los cuarteles o mejor a la reja de una entrada que dice arriba: “El trabajo os hará libres”. Y eso, hace cincuenta años, veinte, diez, hoy. Y tiemble, querida señora.
Roberto Pettinatto
Con mucho cariño, Petti, y como dijo el Pelado, para todos esos chicos que tiran mierdita porque
tienen viditas difíciles.
Roberto Pettinatto es el hombre que todas las mujeres aman odiar. Aunque las mujeres tenemos ese pequeño problema; cuando un hombre nos dice nuestros defectos, arde Troya. Los hombres se la bancan mejor, tienen más entereza, están mejor educados. Hay que admitir que Pettinatto no es un gran saxofonista, pero por algo Luca Prodan (que era realmente un grande) lo admitió en su banda. Yo lo admiro muchísimo a Pettinatto, porque hay que tener mucha entereza para que te pongan enfrente a una mujer muy, muy linda y decirle "No sabes el grado de accesibilidad que tengo", como diciéndole, nena, después jactate todo lo que quieras pero mientras tanto lo vamos a pasar bien. A las mujeres nos encanta pensar que el tipo que dejaste sufrió mucho porque lo dejaste, cuando en verdad generalmente el tipo está como en la propaganda de Quilmes: "Cuando estoy con vos me cambia la cara, con mis amigos tengo la oriyinal". Lamento, muchachas, decirle que eso es cierto, que mejor se armen de paciencia, estudien, trabajen, hasta procreen si quieren, y probablemente algún buen muchacho va a aparecer en el camino. Ser lindas e inteligentes solamente no quiere decir nada; ser linda y tonta es ser una boluda. Hay que tratar de ser linda. inteligente y en lo posible una buena persona, que es bastante difícil, pero no imposible. No vamos a ser buenas personas siempre, y eso tenemos que admitirlo de vez en cuando.
tienen viditas difíciles.
Roberto Pettinatto es el hombre que todas las mujeres aman odiar. Aunque las mujeres tenemos ese pequeño problema; cuando un hombre nos dice nuestros defectos, arde Troya. Los hombres se la bancan mejor, tienen más entereza, están mejor educados. Hay que admitir que Pettinatto no es un gran saxofonista, pero por algo Luca Prodan (que era realmente un grande) lo admitió en su banda. Yo lo admiro muchísimo a Pettinatto, porque hay que tener mucha entereza para que te pongan enfrente a una mujer muy, muy linda y decirle "No sabes el grado de accesibilidad que tengo", como diciéndole, nena, después jactate todo lo que quieras pero mientras tanto lo vamos a pasar bien. A las mujeres nos encanta pensar que el tipo que dejaste sufrió mucho porque lo dejaste, cuando en verdad generalmente el tipo está como en la propaganda de Quilmes: "Cuando estoy con vos me cambia la cara, con mis amigos tengo la oriyinal". Lamento, muchachas, decirle que eso es cierto, que mejor se armen de paciencia, estudien, trabajen, hasta procreen si quieren, y probablemente algún buen muchacho va a aparecer en el camino. Ser lindas e inteligentes solamente no quiere decir nada; ser linda y tonta es ser una boluda. Hay que tratar de ser linda. inteligente y en lo posible una buena persona, que es bastante difícil, pero no imposible. No vamos a ser buenas personas siempre, y eso tenemos que admitirlo de vez en cuando.
Fito Paez
Soy una admiradora de Fito desde la primera hora, como toda rosarina, pero nunca lo admiré más como cuando, en la cúspide del menemato y nada menos que en la mesa de Mirta Legrand defendió su disco Tercer Mundo, que es uno de los grandes discos de la Argentina (aunque los argentinos tenemos esa pequeña manía de querer hacer todo perfecto). Uno de los invitados- no recuerdo el nombre- le reprochó el nombre del disco (?) y Fito, que tuvo que bancarse muchas cosas peores en su vida lo defendió a capa y espada. Le dijo, con argumentos irrebatibles, que para él el Tercer Mundo era esa maravilla, Fabi Cantilo y Henry Miller, la Salomon, Divina Gloria y el Gordo Porcel fumando la yerba de Billy Bond. El otro solo pudo contestarle que de esa manera no íbamos a entrar nunca al Primer Mundo, ese Primer Mundo que muchos creen que se alcanza solamente con comprar perfumes importados y viajando a Miami todos los meses. Solo me resta agregar que yo hoy no me acuerdo del nombre del invitado y a cualquier latinoamericano, si nos preguntan quién es Fito Paez, decimos; si, obvio, Fito.
domingo, 22 de diciembre de 2013
Gabriel Garcia Marquez
Hablar de Gabriel Garcia Marquez en Latinoamerica es casi como hablar del diablo: es el responsable, el culpable del "boom" latinoamericano, el más reconocido, el que gano el Nobel. La mayor parte de los autores de Latinoamérica lo odian porque ha tenido más éxito que ningún otro. No voy a hacer aquí una defensa de García Marquez, que a esta altura del partido no la necesita, sino a hablar de cuál es mi cuento favorito de él. Se llama "Un día de estos" y está (creo) en el libro "Los funerales de la Mama Grande". Es brevísimo, solo dos páginas, como son mis cuentos favoritos. Son dos enemigos mortales en un pueblo colombiano. El alcalde tiene una muela infectada y el otro es el barbero del pueblo (los barberos antiguos, como es sabido, no solo rasuraban y cortaban el pelo, sino que también sacaban muelas). Al que le van a sacar la muela está transido por el dolor y el barbero, encima, le informa que no puede usar ningún tipo de anestesia. El otro, sufriendo, dice que no importa, que se la saque igual, y el barbero se la saca, mientras que al otro le saltan las lágrimas. Entonces:
"El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura dijo:
-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vió a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores".
Luego el alcalde ordena que le pasen la cuenta al municipio.
La verdad es que García Marquez, a mi entender, es mucho mejor cuentista que novelista. Su estilo levemente barroco (para hablar de barroquismo real hay que ir a Alejo Carpentier o a José Lezama Lima) funciona perfecto en un cuento; en las novelas se pierde un poco por la densidad. de las palabras. Pero hay personas a las que el barroquismo les agrada muchísimo y en la literatura, como en cualquier otro arte, sobre gustos no hay nada escrito.
"El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura dijo:
-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vió a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores".
Luego el alcalde ordena que le pasen la cuenta al municipio.
La verdad es que García Marquez, a mi entender, es mucho mejor cuentista que novelista. Su estilo levemente barroco (para hablar de barroquismo real hay que ir a Alejo Carpentier o a José Lezama Lima) funciona perfecto en un cuento; en las novelas se pierde un poco por la densidad. de las palabras. Pero hay personas a las que el barroquismo les agrada muchísimo y en la literatura, como en cualquier otro arte, sobre gustos no hay nada escrito.
viernes, 20 de diciembre de 2013
Roberto Bolaño
“Resistid, queridos libritos / atravesad los días como caballeros medievales / Y cuidad de mi hijo / En los años venideros”.
martes, 17 de diciembre de 2013
Los gallos rojos de la noche.
a Graciela Daleo
Incluso en lo más oscuro de la noche
los gallos rojos que en ella habitan
siguen existiendo;
carmín, y vidrio,
y sangre
y tantos huesos,
tantos hermanos destruidos en el
intento de fuga.
Incluso ahora
cuando pasó tanto tiempo.
El hambre sigue e incluso en las
iglesias
se reza un padrenuestro y un avemaría
por cada niño que mezcló paco y
cerveza mientras sus padres
dormían la siesta
mientras en la televisión daban “Tom
y Jerry”.
Todos pecadores,
todos santos,
ninguno irá al infierno
en el que no creemos hasta que no nos
demuestren lo contrario
mientras los gallos rojos
siguen existiendo.
El Gran Gatsby
Si las leyendas que corren en el mundo literario son ciertas, aclaro que a mi me hubiera gustado haber sido García Marquez para pelearme con Vargas Llosa en los años setenta, aunque yo lo haría por razones serias, es decir, literarias. Las posiciones políticas de Vargas Llosa me tienen bastante sin cuidado, porque a esta altura del siglo XXI, donde cualquiera dice soy conservador o liberal o maoísta o hasta neonazi sin que se le mueva un pelo (y lo que es peor, sin haber leído un miserrimo libro) que Vargas Llosa sea un liberal a ultranza me parece una postura a respetar. Si me hubiera peleado, sigo diciendo, por su crítica al, para mí, mejor libro de la literatura norteamericana, la Gran Novela Americana que tanto siguen buscando en U.S..Me refiero, por supuesto, a "The Great Gatsby" de F. Scott Fitzgerald. ¿Cómo puede decir el escritor que escribió "La ciudad y los perros" que "The Great Gatsby" es una novela menor, o que sus personajes no están completamente construídos?
"The Great Gatsby" atrapa como ninguna otra obra literaria el perfume del Gran Sueño Americano, que aún sigue vivo después de un siglo. El héroe, Gatsby, es pura tragedia porque cree realmente en ese sueño; porque cree en el amor de Daisy, en el dinero y en el lujo como dioses purificadores, en el pasado como un refugio. El narrador, su mejor amigo, pertenece a ese mundo al que Gatsby desea entrar y sabe como es; igual, en el fondo, del que Gatsby se escapó cuando era James Gantz. Sabe que Daisy es una muchacha malcriada y caprichosa, que ama a Gatsby pero también a su marido por las dudas. Porque ambos tienen dinero y posición social. Sabe que el marido de Gatsby es un ser detestable, pero también inocentón en su maldad. Sabe que los amigos que Gatsby conquista a traves de fiestas pantagruélicas lo abandonaran apenas esté el en desgracia. Sabe todo eso, y por eso admira a Gatsby más que a nadie. ¿No es eso acaso Hollywood, y sus legiones de camareros y manicuristas y artistas de soft porno y graduados suma cum laude en literatura shakespireana que sueñan con escribir, actuar, o aunque sea producir el gran éxito del verano (que probablemente será opacado por el del verano siguiente)? Luego de quince o veinte años se cuentan sus vidas después del éxito y descubrimos que se han ido a vivir al sur del Bronx, o a una casilla vieja en Dakota o que crían castores en Alaska. El espíritu de Norteamérica está mucho más cerca de Mark Twain y de F. Scott Fitzgerald que de los escritores aparentemente "serios". La seriedad no sirve para nada en la literatura, solo para aburrir al lector abrumándolo con realidades que ya conoce. El final de "The Great Gatsby" es uno de los más perfectos de la literatura universal, digno de Shakespeare, digno de la Biblia.
"The Great Gatsby" atrapa como ninguna otra obra literaria el perfume del Gran Sueño Americano, que aún sigue vivo después de un siglo. El héroe, Gatsby, es pura tragedia porque cree realmente en ese sueño; porque cree en el amor de Daisy, en el dinero y en el lujo como dioses purificadores, en el pasado como un refugio. El narrador, su mejor amigo, pertenece a ese mundo al que Gatsby desea entrar y sabe como es; igual, en el fondo, del que Gatsby se escapó cuando era James Gantz. Sabe que Daisy es una muchacha malcriada y caprichosa, que ama a Gatsby pero también a su marido por las dudas. Porque ambos tienen dinero y posición social. Sabe que el marido de Gatsby es un ser detestable, pero también inocentón en su maldad. Sabe que los amigos que Gatsby conquista a traves de fiestas pantagruélicas lo abandonaran apenas esté el en desgracia. Sabe todo eso, y por eso admira a Gatsby más que a nadie. ¿No es eso acaso Hollywood, y sus legiones de camareros y manicuristas y artistas de soft porno y graduados suma cum laude en literatura shakespireana que sueñan con escribir, actuar, o aunque sea producir el gran éxito del verano (que probablemente será opacado por el del verano siguiente)? Luego de quince o veinte años se cuentan sus vidas después del éxito y descubrimos que se han ido a vivir al sur del Bronx, o a una casilla vieja en Dakota o que crían castores en Alaska. El espíritu de Norteamérica está mucho más cerca de Mark Twain y de F. Scott Fitzgerald que de los escritores aparentemente "serios". La seriedad no sirve para nada en la literatura, solo para aburrir al lector abrumándolo con realidades que ya conoce. El final de "The Great Gatsby" es uno de los más perfectos de la literatura universal, digno de Shakespeare, digno de la Biblia.
Un arte de Elizabeth Bishop
Un arte
El arte de perder no es difícil de dominar;
tantas cosas están hechas para ser perdidas
que su pérdida no es un desastre.
Pierdo algo cada día. Acepto la molestia
de perder llaves, de la hora malgastada.
El arte de perder no es difícil de dominar.
Entonces la práctica va mas lejos, es más veloz;
lugares y nombres y donde ibas a viajar.
Nada de eso trae desastre.
Perdí el reloj de mi madre. Y, mira, mi última
o dos de mis tres últimas casas se perdieron.
El arte de perder no es difícil de dominar.
Perdí dos ciudades, ambas encantadoras. Y vastos
reinos que poseía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.
Incluso perderte a ti (la voz burlona, un pequeño
gesto que amo); pero no debo mentir. Es evidente
que el arte de perder no es difícil de dominar; a pesar
de que se sienta (debo escribirlo) como un desastre.
El arte de perder no es difícil de dominar;
tantas cosas están hechas para ser perdidas
que su pérdida no es un desastre.
Pierdo algo cada día. Acepto la molestia
de perder llaves, de la hora malgastada.
El arte de perder no es difícil de dominar.
Entonces la práctica va mas lejos, es más veloz;
lugares y nombres y donde ibas a viajar.
Nada de eso trae desastre.
Perdí el reloj de mi madre. Y, mira, mi última
o dos de mis tres últimas casas se perdieron.
El arte de perder no es difícil de dominar.
Perdí dos ciudades, ambas encantadoras. Y vastos
reinos que poseía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.
Incluso perderte a ti (la voz burlona, un pequeño
gesto que amo); pero no debo mentir. Es evidente
que el arte de perder no es difícil de dominar; a pesar
de que se sienta (debo escribirlo) como un desastre.
lunes, 16 de diciembre de 2013
El mapa de la tristeza de Mario Vargas Llosa
LIMA.- El libro póstumo recién publicado de Guillermo Cabrera Infante se titula Mapa dibujado por un espía, pero debería llamarse más bien "El mapa de la tristeza" por el sentimiento de soledad, amargura, indefensión e incertidumbre que lo impregna de principio a fin. Cuenta los cuatro meses y medio que pasó en La Habana, en el año 1965, adonde había viajado desde Bruselas -era allí agregado cultural de Cuba- por la muerte de su madre. Pensaba regresar a Bélgica a los pocos días, pero, cuando estaba a punto de embarcarse para el retorno a su puesto diplomático junto con sus dos pequeñas hijas, Anita y Carola, recibió en el aeropuerto de Rancho Boyeros una llamada oficial, indicándole que debía suspender su viaje pues el ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Roa, tenía urgencia de hablar con él. Regresó a La Habana de inmediato, sorprendido e inquieto. ¿Qué había ocurrido? Nunca llegaría a saberlo.
El libro narra, a vuela pluma y a veces con frenesí y desorden, los cuatro meses siguientes, en que Cabrera Infante vuelve muchas veces al ministerio, sin que ni el ministro ni alguno de los jefes lo reciba, descubriendo de este modo que ha caído en desgracia, pero sin enterarse nunca de cómo ni por qué. Sin embargo, al día siguiente de llegar, Raúl Roa lo había felicitado por su gestión como diplomático y anunciado que probablemente volvería a Bruselas ascendido como ministro consejero de la embajada. ¿Qué o quién había intervenido para que su suerte cambiara de la noche a la mañana? Por lo demás, le seguían pagando su sueldo y hasta le renovaron la tarjeta que permitía hacer compras en las tiendas para diplomáticos, mejor provistas que las bodegas cada vez más misérrimas a las que acudía la gente común. ¿Lo consideraba el gobierno un enemigo de la revolución?
La verdad es que no lo era todavía. Había tenido un conflicto con el régimen en 1961, cuando éste clausuró Lunes de Revolución, revista cultural que Cabrera Infante dirigió durante los dos años y medio de su prestigiosa existencia, pero en los tres años de su alejamiento diplomático en Bélgica había sido, según confesión propia, un funcionario leal y eficiente de la revolución. Aunque algo desencantado por el rumbo que tomaban las cosas, da la impresión de que hasta su regreso a La Habana de 1965 Cabrera Infante todavía pensaba que Cuba enmendaría el rumbo y retomaría el carácter abierto y tolerante del principio. En estos cuatro meses aquella esperanza se desvaneció y fue allí, mientras -confuso y temeroso por su kafkiana situación de incertidumbre total sobre su futuro- deambulaba por sus amadas calles habaneras y veía la ruina que se apoderaba de casas y edificios, las enormes dificultades que el empobrecimiento generalizado imponía a los vecinos, el aislamiento casi absoluto en que se había confinado el poder, su verticalismo y la severidad de la represión contra reales o falsos disidentes, y la inseguridad y el miedo en que vivía el puñado de amigos que todavía lo frecuentaban -escritores, pintores y músicos casi todos ellos- cuando perdió las últimas ilusiones y decidió que, si salía de la isla, se exiliaría para siempre.
No lo dijo a nadie, por supuesto. Ni a sus más íntimos amigos, como Carlos Franqui o Walterio Carbonell, revolucionarios que también habían sido alejados del poder y convertidos en ciudadanos fantasmas, por razones que ignoraban y que los tenían, como a él, viviendo en una angustiosa y frustrante inutilidad, sin saber lo que ocurría a su alrededor. Las páginas que describen el vacío cotidiano de ese grupo, que trataba de atenuar con chismografías y fantasías delirantes, entre tragos de ron, son estremecedoras. El libro no contiene análisis políticos ni críticas razonadas al gobierno revolucionario; por el contrario, cada vez que asoma el tema político en las reuniones de amigos, el protagonista enmudece y procura alejarse de la conversación, convencido de que en el grupo hay algún espía o de que, de un modo u otro, lo que allí se diga llegará a los oídos del Ministerio del Interior. Hay algo de paranoia, sin duda, en este estado de perpetua desconfianza, pero tal vez ella sea la prueba a la que el poder quiere someterlos para medir su lealtad o su deslealtad a la causa. No es de extrañar que, en estos cuatro meses, comenzara para Cabrera Infante aquel vía crucis psicológico que, con el tiempo, iría desbaratando su vida y su salud pese a los admirables esfuerzos de Miriam Gómez, su esposa, para infundirle ánimos, coraje y ayudarlo a escribir hasta el final.
La publicación de este libro es otra manifestación del heroísmo y la grandeza moral de Miriam Gómez. Porque en él Guillermo cuenta, con una sinceridad cruda y a veces brutal, cómo combatió el desaliento y la neurosis de aquellos cuatro meses seduciendo a mujeres, acostándose a diestro y siniestro, y hasta enamorándose de una de esas conquistas, Silvia, que pasó a ser por un tiempo públicamente su pareja. Éste y los otros fueron amores tristes, desesperados, como lo es la amistad y la literatura y todo lo que Cabrera Infante hace y dice en estos cuatros meses, porque a lo que de veras vive entregado en su fuero más íntimo es a su voluntad de escapar, de cortar para siempre con un país para el que no ve, en un futuro próximo, esperanza alguna.
No fue una decisión fácil. Porque él amaba profundamente Cuba y en especial La Habana, todo lo que había en ella, principalmente la noche, los bares y los cabarets y las bailarinas y sus cantantes, y la música, el clima cálido, las avenidas y los parques -¡y sus cines!- por los que pasea incansablemente, recordando los episodios y las gentes asociados a esos lugares, como para que su memoria tomara debida cuenta de ellos en todos sus detalles, sabiendo que no volvería a verlos, y poder recordarlos más tarde con precisión en sus ensayos y ficciones. En efecto, es lo que hizo. Cuando por fin, luego de esos cuatro meses, gracias a Carlos Rafael Rodríguez, líder comunista con el que el padre de Cabrera Infante había trabajado en el partido muchos años, Guillermo consiguió salir de Cuba con sus dos hijas, rumbo a España y al exilio, se llevó con él su país y le fue fiel en todo lo que escribió. Pero nunca se resignó a vivir lejos de Cuba, ni siquiera en los momentos en que obtuvo los mayores reconocimientos literarios y vio cómo la difusión y el prestigio de su obra lo compensaban de la feroz campaña de denigración y calumnias de la que fue víctima durante tantos años. Aunque decía que no, yo creo que nunca perdió la esperanza de que las cosas fueran cambiando allá en la isla y de que, algún día, podría volver físicamente a esa tierra de la que nunca había logrado desprenderse. Probablemente sus males se agravaron cuando, en un momento dado, tuvo que reconocer que no, que era definitivo, que nunca volvería y moriría en el exilio.
Me ha impresionado mucho este libro, no sólo por el gran afecto que sentí siempre por Cabrera Infante, sino por lo que me ha revelado sobre él, sobre la Habana y sobre esa época de la revolución cubana. Conocí a Guillermo cuando era todavía diplomático en Bélgica y se guardaba muy bien de hacer críticas a la revolución, si es que entonces las tenía. En la época que él describe yo estuve en Cuba y ni vi ni imaginé lo que él y los demás personajes de este libro vivían, aunque estuve con varios de ellos muchas veces, conversando sobre la revolución, y convencido de que todos estaban contentos y entusiasmados con el rumbo que aquella tomaba, sin sospechar siquiera que algunos, o acaso todos, disimulaban, representaban, y, debajo de su entusiasmo, había simplemente miedo. Antoni Munné, que, al igual que los dos libros póstumos anteriores, ha preparado esta edición con desvelo, ha puesto al final una Guía de Nombres, que da cuenta de lo ocurrido luego con los personajes que Cabrera Infante compartió estos cuatro meses; es una información muy instructiva para saber quiénes cayeron efectivamente en desgracia y sufrieron aislamiento y cárcel, o se reintegraron al régimen, o se exiliaron o suicidaron.
Ha hecho bien Antoni Munné en dejar el texto tal como fue escrito, sin corregir sus faltas, algo que sin duda Cabrera Infante se propuso hacer alguna vez y no le alcanzó el tiempo, o, simplemente, no tuvo el ánimo suficiente para volver a enfrascarse en semejante pesadilla. Así como está, un borrador escrito con total espontaneidad, sin el menor adorno, en un lenguaje directo, de crónica periodística, conmueve mucho más que si hubiera sido revisado, embellecido, transformado en literatura. No lo es. Es un testimonio descarnado y atroz sobre lo que significa también una revolución, cuando la euforia y la alegría del triunfo cesan y se convierte en poder supremo ese Saturno que tarde o temprano devora a sus hijos, empezando por los que tiene más cerca, que suelen ser los mejores.
domingo, 15 de diciembre de 2013
La muerte de un rey. 2
Eliza
I honor you/ Eliza/ for keeping
secrets some things.
Sterne
El lugar olía a arroz y a humo y a
animales quemados. Espero que Veltran no haya muerto, pensó Eliza y
entonces lo oyó relichar y su corazón se alegró.
Entonces vió a Dion el mestizo. “Has
curado a Veltran” le dijo, en voz baja.
“Es lo que hacemos los mestizos” le
respondió Dion.
Hubo un silencio muy largo y luego Dion
le alcanzó una vasija con agua.
Es raro que le den agua a una de los
Mil, pensó Eliza. Pero ese no era cualquier hombre: era Dion el
mestizo, el sobreviviente de tantas guerras oscuras, de tantas fugas
sangrientas. Algunos decían que podía transformarse en lobo o en
cabra a su antojo; otros que le había vendido el alma al Kutul, el
anciano demonio de esa lejana tierra. Eliza solo lo había visto dos
veces: al final de la batalla de Argan, cuando solo era un niño de
once años años, cubierto por la sangre de sus parientes y cuando
tenía treinta y cinco y estaba prisionero en los calabozos de los
Mil. A los once, a los treinta y cinco y ahora que debía tener
muchos años más (¿sesenta? ¿sesenta y tres?) siempre había sido
el mismo: tranquilo, reservado y al mismo tiempo imperioso en sus
maneras como no lo eran muchos reyes.
“He venido a buscarte para que me
des consejo” le dijo .Eso es nuevo- dijo Dion. -Ninguno de los Mil
le ha pedido un consejo a un mestizo hasta ahora que yo sepa (y
sabes que yo sé muchas cosas). Nos han esclavizado, torturado,
matado y violado, tanto a niños como a niñas, tanto a ancianos
como a ancianas. Ahora me imagino que Sarar necesita nuestra ayuda y
dudo de que se la prestemos.
No vengo de parte de Sarar. He venido
por mi cuenta, sin lugarteniente, sin protección.
¿Qué ocurre, entonces?
El consejero del rey, Rilench, está a
punto de encontrar la máquina.
Dion miró a Eliza por primera vez. “No
miente” pensó. Y enseguida, casi sin pausa, pensó “Estamos en
verdadero peligro”.
¿Cómo lo sabes?
Tengo informantes, espías, como tu,
Dion.
Tu lugarteniente, me imagino. Aunque
es arriesgado, Eliza, que uses a tu propio amante como
lugarteniente.
Era un niño cuando lo conocí. Nunca
me imaginé que llegaría a ser mi amante. Además, tengo otros
informantes. Pero entiende que esto es realmente grave; sabes en
base a que funciona la máquina.
Claro que lo sé.
¿Hay alguna manera de acercarse al
rey?
Es casi imposible. Rilench, su
consejero, Arguil, su madre, su dilecta primera esposa Malin, su
encantadora segunda esposa Ailen.
¿Quién es el más peligroso de
todos?
Arguil, su madre, sin duda alguna. Es
una mujer magnífica, dulce como la seda, que habla varias lenguas y
por la que el rey siente veneración.
Tendré que acercarme a ellos.
Te destruirán, Eliza.
Recuerda que no pueden, Dion.
Si que pueden. Hay por lo menos trece
de los mil encerrados en los calabozos húmedos y calientes del rey.
Agonizan de sed, como en un infierno. Preferirías ser mortal.
¿Prefieres entonces que el rey,
Arguil y Rilench encuentren la máquina y le den uso?
Sabes que no.
Entonces deséame suerte, Dion, y dame
alimento para llegar hasta allí.
Dion suspiró. Está bien, le dijo.
Ella sabrá lo que hace, espero, pensó.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Doom
Infernal battles,
cruel hells
I have had passed
only to see
the shining
of your eyes
this afternoon,
cruel hells
I have had passed
only to see
the shining
of your eyes
this afternoon,
jueves, 12 de diciembre de 2013
Roberto Bolaño
Roberto Bolaño es el mejor escritor
del siglo XX, probablemente porque fue un chileno errante y
despatriado. No he tenido el placer de leer toda su obra, que es
mucho más extensa de la de varios premios Nobeles, pero he leído La
literatura nazi en América, Los detectives salvajes, 2666, y Los
sinsabores del verdadero detective. Hay dos o tres detalles menores y
encantadores de Roberto Bolaño como persona que me parecen
reveladores: primero está el hecho de que quisiera editar 2666 en
cinco partes para asegurarle el futuro económico a sus hijos. Es
cierto el argumento editorial de que 2666 editado en cinco partes
pierde fuerza y carácter; el argumento de Roberto Bolaño como padre
de dos hijos pequeños no es menos irrebatible. El segundo es que
reivindicara como amigo a Rodrigo Fresán, uno de los escritores
argentinos más incómodos que existen (tanto que vive en Barcelona).
El tercero, que durante sus años adolescentes y juveniles haya
querido ser poeta. Aclaro: no he leído ninguna de sus poesías, pero
un hombre que sabe distinguir un soneto de una oda, y un verso
endecasílabo de un verso aliterado va por buen camino.
Quiero aclarar lo que primero me
encandila de Roberto Bolaño el escritor: sabe escribir. Dice lo que
dice sin dudarlo y si a algún lector le resulta incomprensible, lo
lamenta mucho por el lector, que agarre el diccionario o la
enciclopedia británica o google y ya está. Lo segundo es que tiene
una cultura riquísima, propia de quién ha viajado y vivido mucho.
Lo tercero es que siente verdadera empatía con los personajes, algo
que a casi todos los grandes escritores se les escapa. Sus personajes
son verdaderos, incluso cuando están a medio construir. En Los
Detectives Salvajes, los dos protagonistas, los dos poetas
inentendibles e inentendidos (puro ennui, pura fuga) tienen algo de
lovecrofiano, de terrible. En 2666 todas las preguntas quedan
abiertas, todas las historias pueden continuar. Amalfitano, Liz
Norton, Archimboldi, Fate, Rosa. Es quizás una lástima que haya
muerto tan joven, pero quizás no hubiera escrito más novelas, ni
cuentos ni poemas. Ni falta que le hacía. Ojalá hubiese podido
vivir unos años más y disfrutar un poco de su vida. Es un poco
cursi, pero la muerte tiene ese efecto en las personas.
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Roberto Bolaño
Un aire de familia
Prefacio a Un aire de familia
Esta novela es, como todo lo que
escribo, absolutamente ficcional pero su personaje principal, Samuel,
está basado en el gran ajedrecista argentino Miguel Najdorf. Alguna
vez leí su historia en el gráfico y me pareció muy triste y muy
verdadera. Quiero dedicarle a él y a sus descendientes esta novela,
y también agradecer especialmente a la revista Mutantia, que en 1983
publicó un informe estremecedor por lo contundente llamado “El
reino de Auschwitz”. La mayoría de los que allí trabajaban siguen
vivos, afortunadamente, y es un orgullo vivir en un país donde
personas así piensan la historia. Si algún miembro de la comunidad
judía se siente agraviado por algunos de los personajes, les pido
mis sinceras disculpas; los judíos son, de entre todos los pueblos
de la humanidad, los que más respeto me merecen, porque se burlan de
ellos mismos, cosa que al resto de los pueblos nos cuesta tanto.
Son, sin dudas, el pueblo elegido; cruzaron el desierto durante
cuarenta años, y sin dudas iban haciendo chistes por el camino
-creo que Moisés fue su blanco predilecto. Esperan sinceramente que
hay un paraíso del otro lado. Que más puede pedírsele a la vida,
salvo a veces un poco de buen tiempo y buena suerte.
Lorelei
Escribimos nuestro futuro
en esos pasos vacíos,
en esos reveses,
en esas muertes.
Somos apenas lo que sobrevivimos a todo eso.
Apenas
lo que abre los ojos
después de la ceguera.
en esos pasos vacíos,
en esos reveses,
en esas muertes.
Somos apenas lo que sobrevivimos a todo eso.
Apenas
lo que abre los ojos
después de la ceguera.
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Chesterton
El mundo era muy viejo, amigo mío,
cuando tu y yo éramos jóvenes
Chesterton. El hombre que fue jueves.
En estos días, Gilbert K. Chesterton es un autor olvidado o recordado apenas por haber creado un detective singular, el Padre Brown, un nada prestigioso sacerdote católico que resuelve extraños crímenes. No puedo determinar si este olvido es injusto o quizás es merecido. Probablemente lo mejor sea que hable desde mi punto de vista personal. Soy mujer, soy atea, creo en las posiciones de la izquierda política (aunque reconozco que muchas veces la izquierda levanta banderas insostenibles). Chesterton era un inglés católico que vivió a principios del siglo XX; a mí me tocó vivir a finales de ese siglo y a principios del XXI.
Y sin embargo, a pesar de las disparidad de época, de género y de estilo de vida, entiendo mejor a Chesterton que a muchos autores contemporáneos. El último libro que escribió ("Las paradojas de Mr. Pond; Chesterton murió en 1936) contiene un puñado de cuentos perfectos, sobre todo dos: "Los tres jinetes del Apocalipsis", un policial elegante y estilístico; y un cuento aparentemente policial llamado "Cuando los médicos se ponen de acuerdo" que es excelente, y muy díficil de leer por el barroquismo de su estilo. El argurmento es simple, sin embargo; hay un personaje conservador, que está en contra de las vacunas y del progreso, que es asesinado. En una casa cercana, durante una cena, surge la discusión acerca de quién pudo haberlo asesinado. Todos tiene, claro, diferentes teorías: lombrosianas, psicológicas, etc. Uno de los personajes, un viejo médico, sostiene que no importa quién lo asesinó, porque ese hombre conservador le hacía daño a la humanidad; su discípulo, un joven protestante, intenta rebatirle con argumentos morales o religiosos. La discusión es interrumpida por la dueña de la casa; luego nos enteramos de que el viejo médico ha sido asesinado también y de que su discípulo ha desaparecido. El final nos llega vedado, relatado por Mr. Pond que cuenta la historia infiriendo (no relatando directamente) lo que ha sucedido. El discípulo médico se da cuenta de que fue su tutor quién mató al hombre conservador, y durante días y noches (ambos son escoceses, en Argentina esto hubiera tardado una tarde) discute con él para hacerle comprender que lo que hizo está mal porque hay leyes morales y religiosas que lo prohíben. El viejo médico, con ironía y cinismo, rebate sus argumentos. Los rebate de un modo tan contundente que el joven debe admitir su derrota y entonces comprende algo terrible; que el otro tiene razón, que el que murió fue solamente un hombre, pero también comprende que el viejo médico ha matado a un hombre conservador, con ideas equivocadas, en nombre de la Humanidad, o en nombre del bien común de la sociedad. Entonces lo mata (es decir, se convierte el mismo en asesino).
Las posiciones religiosas de los hombres no son interesantes por su mitología (en todas es extensa y variada, incluso los protestantes se saben de memoria la Biblia) sino porque condicionan la manera en que estos se paran frente al mundo. Cuando leí "Cuando los médicos se ponen de acuerdo" yo misma descubrí (yo, atea, mujer, de izquierda) que el argumento que Chesterton, un inglés muerto hacía setenta años había presentado era irrebatible. No porque fuera paradojal, ni encantador, ni elegante. Porque era cierto. Es probable que cuando pasen los siglos olvidemos el nombre de Chesterton, como olvidamos muchos otros autores. Sin embargo yo creo que sus historias perduraran, como otras han perdurado, perdidas en la corriente de lo que llamamos literatura.
cuando tu y yo éramos jóvenes
Chesterton. El hombre que fue jueves.
En estos días, Gilbert K. Chesterton es un autor olvidado o recordado apenas por haber creado un detective singular, el Padre Brown, un nada prestigioso sacerdote católico que resuelve extraños crímenes. No puedo determinar si este olvido es injusto o quizás es merecido. Probablemente lo mejor sea que hable desde mi punto de vista personal. Soy mujer, soy atea, creo en las posiciones de la izquierda política (aunque reconozco que muchas veces la izquierda levanta banderas insostenibles). Chesterton era un inglés católico que vivió a principios del siglo XX; a mí me tocó vivir a finales de ese siglo y a principios del XXI.
Y sin embargo, a pesar de las disparidad de época, de género y de estilo de vida, entiendo mejor a Chesterton que a muchos autores contemporáneos. El último libro que escribió ("Las paradojas de Mr. Pond; Chesterton murió en 1936) contiene un puñado de cuentos perfectos, sobre todo dos: "Los tres jinetes del Apocalipsis", un policial elegante y estilístico; y un cuento aparentemente policial llamado "Cuando los médicos se ponen de acuerdo" que es excelente, y muy díficil de leer por el barroquismo de su estilo. El argurmento es simple, sin embargo; hay un personaje conservador, que está en contra de las vacunas y del progreso, que es asesinado. En una casa cercana, durante una cena, surge la discusión acerca de quién pudo haberlo asesinado. Todos tiene, claro, diferentes teorías: lombrosianas, psicológicas, etc. Uno de los personajes, un viejo médico, sostiene que no importa quién lo asesinó, porque ese hombre conservador le hacía daño a la humanidad; su discípulo, un joven protestante, intenta rebatirle con argumentos morales o religiosos. La discusión es interrumpida por la dueña de la casa; luego nos enteramos de que el viejo médico ha sido asesinado también y de que su discípulo ha desaparecido. El final nos llega vedado, relatado por Mr. Pond que cuenta la historia infiriendo (no relatando directamente) lo que ha sucedido. El discípulo médico se da cuenta de que fue su tutor quién mató al hombre conservador, y durante días y noches (ambos son escoceses, en Argentina esto hubiera tardado una tarde) discute con él para hacerle comprender que lo que hizo está mal porque hay leyes morales y religiosas que lo prohíben. El viejo médico, con ironía y cinismo, rebate sus argumentos. Los rebate de un modo tan contundente que el joven debe admitir su derrota y entonces comprende algo terrible; que el otro tiene razón, que el que murió fue solamente un hombre, pero también comprende que el viejo médico ha matado a un hombre conservador, con ideas equivocadas, en nombre de la Humanidad, o en nombre del bien común de la sociedad. Entonces lo mata (es decir, se convierte el mismo en asesino).
Las posiciones religiosas de los hombres no son interesantes por su mitología (en todas es extensa y variada, incluso los protestantes se saben de memoria la Biblia) sino porque condicionan la manera en que estos se paran frente al mundo. Cuando leí "Cuando los médicos se ponen de acuerdo" yo misma descubrí (yo, atea, mujer, de izquierda) que el argumento que Chesterton, un inglés muerto hacía setenta años había presentado era irrebatible. No porque fuera paradojal, ni encantador, ni elegante. Porque era cierto. Es probable que cuando pasen los siglos olvidemos el nombre de Chesterton, como olvidamos muchos otros autores. Sin embargo yo creo que sus historias perduraran, como otras han perdurado, perdidas en la corriente de lo que llamamos literatura.
Barrio muerto de Angelica Gorosdischer
Dicen los talancas: “al barri i ha de tot”. Es cierto, en el barrio hay de todo. No sé en qué barrio vive usted pero sé que hay además de su casa otras casas como la suya, con patio, jardines, balcones, rejas, terrazas. Y seguro que hay una farmacia, una relojería y joyería, una ferretería, un minimarket, un café, una verdulería, outlets con vidrieras de jeans y remeras, sucursal de un banco, panadería que vende medialunas y bizcochos de hojaldre, dos pagofácil, una rotisería y así. En el mío, así como le digo. Y falta agregar que me encanta y que cada día hay más boutiques finas y la verdulería (higos, ciruelas, arándanos, espárragos y otras esdrújulas) se parece a una tiendita mínima pero perfecta de esas que abundan en la quinta avenida o, para no exagerar, en las vecindades de Place Vendôme.
Después, claro, tengo que trasladarme por una u otra cosa al otro extremo de la ciudad, y las torres de 24 o 32 pisos me tapan el río y ya no veo jardincitos con santas ritas ni techos de tejas ni verdulerías que parecen joyerías. Sólo cemento y pequeñas ventanas a través de las cuales, supongo, se verán otras torres y más allá otras más y de este lado también. Minga de ferreterías y minimarkets y cafés con piso de listones de madera lustrados de cera y de pisadas. Minga de rotiserías y de pagofáciles y de todo eso que hay en el barrio.
Es que no es un barrio: es un paisaje en el que ni yo ni usted tenemos lugar. Y no me venga con que las torres son el progreso porque no, no le creo. No le creo porque no sé si es o no el progreso pero sé que no es la civilización. Civilización es el barrio: charlar con la vecina, saludar al vecino, pedirle al dueño del bar que nos venda unas medialunas que le sobraron de la tarde porque llegó a casa la tía Sinforosa a tomar el té, ver amanecer tras los árboles del jardín, el mío o el del vecino. Eso es civilización y lo demás, lo que no es barrio, es soledad y desolación.
Después, claro, tengo que trasladarme por una u otra cosa al otro extremo de la ciudad, y las torres de 24 o 32 pisos me tapan el río y ya no veo jardincitos con santas ritas ni techos de tejas ni verdulerías que parecen joyerías. Sólo cemento y pequeñas ventanas a través de las cuales, supongo, se verán otras torres y más allá otras más y de este lado también. Minga de ferreterías y minimarkets y cafés con piso de listones de madera lustrados de cera y de pisadas. Minga de rotiserías y de pagofáciles y de todo eso que hay en el barrio.
Es que no es un barrio: es un paisaje en el que ni yo ni usted tenemos lugar. Y no me venga con que las torres son el progreso porque no, no le creo. No le creo porque no sé si es o no el progreso pero sé que no es la civilización. Civilización es el barrio: charlar con la vecina, saludar al vecino, pedirle al dueño del bar que nos venda unas medialunas que le sobraron de la tarde porque llegó a casa la tía Sinforosa a tomar el té, ver amanecer tras los árboles del jardín, el mío o el del vecino. Eso es civilización y lo demás, lo que no es barrio, es soledad y desolación.
lunes, 9 de diciembre de 2013
Mercucio
the plague over your both houses the
plague over your both houses la plaga sobre sus dos casas yo que
conocí a Romeo antes de que el conociera a Julieta y supe de su amor
y de que su amor era eterno porque de él ya había hablado Bocaccio
y Chaucer y supe de Julieta y de la alondra que quiere confundir con
el ruiseñor y supe del odio de los Capuletos y de los Montesco y
supe de que ese odio solo terminaría en odio y veneno y puñales
como el puñal que ahora me está desgarrando las tripas mientras
Romeo llora sobre mi sangre oh the plague over your both houses.
martes, 3 de diciembre de 2013
Peliculas secretas
EL CERCO.
Esta película fue realizada a comienzos del año 1964 por Adam Wells, un excéntrico artista nacido en Omahue, Georgia, descendiente de una familia que había perdido casi todo durante la guerra civil norteamericana; este dato, que sería irrelevante en cualquier otro director, es fundamental en este caso. Wells se dedicó durante quince años a la fotografía y a la literatura, sin ser especialmente exitoso en ninguna de las dos artes; en 1962 filmó un extraño film llamado Never, una adaptación ligeramente grotesca de un cuento de Poe, `El pozo y el péndulo´. El film traslada la acción a los años cincuenta: el calabozo del protagonista se transforma en un departamento casi sin muebles, el pozo es representado con una alfombra roja, los numerosos instrumentos de tortura que aparecen en el cuento son transformados en objetos cotidianos (un teléfono, una batidora). La obra fue aclamada por la crítica, aunque no llegó a estrenarse comercialmente.
Durante el año 1963 Wells escribe el guión original de la película `El cerco´ y consigue que un productor se interese en ella. La protagonista es una muchacha sureña, Patty, que encuentra abominable a la esclavitud, ganándose así el odio de su marido y desu familia. Apenas estalla la guerra, y ante la falta de apoyo de la protagonista al ejército del Sur, el marido decide azotarla en el cuarto casi hasta desangrarla. Finalmente el marido muere en un incendio y ella abandona la casa, seguida por una familia de esclavos negros que su marido había intentado vender varias veces.
El guión original de la película era bastante convencional, salvo por dos o tres escenas. Estas flaquezas del guión original, según Wells más tarde, son concesiones; el guión final, el que fue filmado, es el que realmente importa.
El director hizo amistad con un grupo de actores de Chicago extremadamente radicalizados, que detestaban a Williams, a O’Neil, incluso a Bretch por “amar el mundo burgués y el estado de las cosas”. Habían hecho una adaptación teatral de “A sangre fría” donde los asesinos eran los héroes de la narración; en el final se sugería que eran los únicos que merecían no ser ejecutados. No es extraño entonces que Wells los haya elegido para protagonizar la película. La filmación duró tres meses, en una casa deshabitada cercana a Nueva Orleáns y un mes apenas tardó el director en editarel corte final. Debe decirse que por mucho tiempo se sospechó, aunque nunca pudo confirmarse, que durante esa filmación además de donuts y café habrían ingerido tanto el director, como los actores e incluso los escenográfos, LSD y marihuana en cantidades no recomendables para uso humano.
A finales de 1964 “El cerco” ya estaba lista para ser estrenada.
Por diversas razones no del todo claras (aunque una de ellas, sin duda alguna, es la muerte del productor del film el 9 de febrero de 1965) el estreno se postergó durante casi dos años. Cuando por fin se estrenó en octubre de 1966, Adam Wells se encontraba en Praga buscando locaciones para filmar la que pensaba sería la más famosa de sus películas, una cruel comedia romántica que terminaba con los dos protagonistas muertos y en el infierno. El grupo de actores de Chicago que había protagonizado la película se había disuelto, con lo cuál la película se estrenó huérfana de toda promoción, en tres pequeños cines de Broadway. Los dos primeros días la asistencia a las salas fue casi nula; el tercer y cuarto día las salas se llenaron; en el quinto día un juez prohibió que la película siguiera proyectándose y dispuso que las tres copias fueran destruidas. Afortunadamente un proyectorista temerario logró escaparse con la única copia sobreviviente de la película “El cerco”.
La película filmada por Adam Wells poco tiene que ver con el guión escrito originalmente. La historia comienza en una plantación sureña cuyo dueño es Nicholas Sullivan, un joven amable y educado
que está vagamente en contra de la esclavitud, aunque es dueño de doscientos cincuenta negros. Una noche va a un baile en una casa vecina y se enamora perdidamente de una muchacha muy bonita llamada Helen, que está pasando unos días en lo de unos parientes en compañía de su viejo tío y de su esclavo negro. Nicholas corteja a Helen durante algunas semanas, y ella finalmente acepta casarse con él. Como toda dote Helen trae a la plantación el esclavo de su tío y un par de aros de oro y esmeraldas. Así pasa medio año, durante el cuál la situación económica de Nicholas empeora levemente y se ve obligado, contra su voluntad, a vender tres familias de esclavos que lo servían fielmente.Toma este dinero” le dice el traficante al protagonista. “Mi miseria consiente, pero no mi voluntad” responde Nicholas. “No pago tu voluntad sino tu miseria” Helen apenas si protesta ante este hecho. La cita, extrapolada de su contexto original, es para la mayoría de los críticos inexplicable.
Llega una visita a una casa vecina, un hombre poco agradable, que disgusta a Nicholas. Una noche Helen y el coinciden en un baile con el recién llegado: el hombre se queda mirando a Helen, que está vestida con un bello vestido rojo y usa como único adorno los aros de esmeralda. El hombre se lleva aparte a Nicholas y empieza a hablarle de su trabajo. Es comerciante de joyas: nunca olvida ninguna de las joyas que ha vendido o comprado. “Dos años atrás” le dice “vino a mi negocio un hombre menos joven que usted pero más ingenuo. Queríaun par de aros de oro y esmeraldas. Un capricho de su esposa”. Un tumulto en la sala interrumpe la narración del hombre, que a la otra mañana amanece ahorcado en su cuarto.
Nicholas se siente inquieto, pero no sabe por que. Tiene extraños sueños que a la mañana siguiente solo recuerda parcialmente. Sueña que su mujer es un animal (¿pero qué clase de animal?), que de los jazmines nacarados del jardín surgen extraños insectos (¿pero lo devoran a el o no?). Quizás para olvidar esos sueños acepta la invitación de su mujer a caminar junto al arroyo, toda la tarde, los dos solos.
Caminan durante mucho tiempo. Nicholas está tan absorto en sus pensamientos que no se da cuenta de que se alejan demasiado de la casa principal, internándose en una especie de bosquecito que rodea el agua. Junto a su mujer va Beau, el esclavo, que no camina tan encorvado como de costumbre.
De pronto Helen comienza a hablar. Mientras habla, mientras su voz profunda y dulce resuena, acaricia suavemente el borde de su sombrero. Habla de cosas fútiles, de modas, de alhajas, menciona como al pasar su estado de salud. Oscurece, pero muy lentamente. Cuando la cara de Helen es casi invisible por la ausencia de luz elladeclara que va a extrañarlo. Nicholas no entiende. ¿Dónde va a irse? Helen se ríe, y Beau también se ríe. Pero tú no vas a extrañarme, es la respuesta de ella. A donde vas, no extrañaras a nadie. Como ese viejo joyero que le vendió los aros a mi anterior marido, y que tuvo el coraje de hablar contigo. Tendríamos que haberle cortado la lengua. ¿Tendríamos? Pregunta Nicholas, ya sabiendo que es inútil preguntar. Beau y yo, es la respuesta de la mujer. Desde hace mucho, mucho tiempo. Con la ayuda del viejo Oldman, que a veces es mi tío y a veces es mi padre. No es una mala manera de vivir, entiendes, pero ya me estoy cansando. Tu vas a ser el último. Ya he guardado todas las joyas que me regalaste en esta bolsa.
Nicholas intenta escapar pero no lo consigue. Resbala entre el barro y se ensucia la ropa blanca y solloza entre dientes. Llora si quieres, le dice ella. ¿A alguno de tus esclavos le sirve de algo hacerlo cuando lo están azotando? Beau estrella una piedra redonda sobre la cabeza del protagonista.
La escena final transcurre quince años más tarde, durante la Guerra Civil. Mientras los soldados del Norte arrasan la plantación, el capitán se detiene delante de un retrato sobre la chimenea. Lo mira
con atención. Quién es, pregunta. El dueño de casa le responde que es su tía, ahogada hace muchos años junto con su tío en el arroyo que pasa cerca del lugar. Que raro, es la respuesta del capitán, no parece un lugar peligroso. Debió ser así, es la respuesta, nunca encontramos los cuerpos. Es una hermosa mujer, dice el capitán. Me recuerda a alguien que conocí en Francia hace algunos años, pero es imposible. Sí, dice el sobrino de Nicholas, es imposible.
No se sabe porque algunos críticos de cine comparan a "El cerco" con "Romeo y Julieta" y otros con "Macbeth".
Esta película fue realizada a comienzos del año 1964 por Adam Wells, un excéntrico artista nacido en Omahue, Georgia, descendiente de una familia que había perdido casi todo durante la guerra civil norteamericana; este dato, que sería irrelevante en cualquier otro director, es fundamental en este caso. Wells se dedicó durante quince años a la fotografía y a la literatura, sin ser especialmente exitoso en ninguna de las dos artes; en 1962 filmó un extraño film llamado Never, una adaptación ligeramente grotesca de un cuento de Poe, `El pozo y el péndulo´. El film traslada la acción a los años cincuenta: el calabozo del protagonista se transforma en un departamento casi sin muebles, el pozo es representado con una alfombra roja, los numerosos instrumentos de tortura que aparecen en el cuento son transformados en objetos cotidianos (un teléfono, una batidora). La obra fue aclamada por la crítica, aunque no llegó a estrenarse comercialmente.
Durante el año 1963 Wells escribe el guión original de la película `El cerco´ y consigue que un productor se interese en ella. La protagonista es una muchacha sureña, Patty, que encuentra abominable a la esclavitud, ganándose así el odio de su marido y desu familia. Apenas estalla la guerra, y ante la falta de apoyo de la protagonista al ejército del Sur, el marido decide azotarla en el cuarto casi hasta desangrarla. Finalmente el marido muere en un incendio y ella abandona la casa, seguida por una familia de esclavos negros que su marido había intentado vender varias veces.
El guión original de la película era bastante convencional, salvo por dos o tres escenas. Estas flaquezas del guión original, según Wells más tarde, son concesiones; el guión final, el que fue filmado, es el que realmente importa.
El director hizo amistad con un grupo de actores de Chicago extremadamente radicalizados, que detestaban a Williams, a O’Neil, incluso a Bretch por “amar el mundo burgués y el estado de las cosas”. Habían hecho una adaptación teatral de “A sangre fría” donde los asesinos eran los héroes de la narración; en el final se sugería que eran los únicos que merecían no ser ejecutados. No es extraño entonces que Wells los haya elegido para protagonizar la película. La filmación duró tres meses, en una casa deshabitada cercana a Nueva Orleáns y un mes apenas tardó el director en editarel corte final. Debe decirse que por mucho tiempo se sospechó, aunque nunca pudo confirmarse, que durante esa filmación además de donuts y café habrían ingerido tanto el director, como los actores e incluso los escenográfos, LSD y marihuana en cantidades no recomendables para uso humano.
A finales de 1964 “El cerco” ya estaba lista para ser estrenada.
Por diversas razones no del todo claras (aunque una de ellas, sin duda alguna, es la muerte del productor del film el 9 de febrero de 1965) el estreno se postergó durante casi dos años. Cuando por fin se estrenó en octubre de 1966, Adam Wells se encontraba en Praga buscando locaciones para filmar la que pensaba sería la más famosa de sus películas, una cruel comedia romántica que terminaba con los dos protagonistas muertos y en el infierno. El grupo de actores de Chicago que había protagonizado la película se había disuelto, con lo cuál la película se estrenó huérfana de toda promoción, en tres pequeños cines de Broadway. Los dos primeros días la asistencia a las salas fue casi nula; el tercer y cuarto día las salas se llenaron; en el quinto día un juez prohibió que la película siguiera proyectándose y dispuso que las tres copias fueran destruidas. Afortunadamente un proyectorista temerario logró escaparse con la única copia sobreviviente de la película “El cerco”.
La película filmada por Adam Wells poco tiene que ver con el guión escrito originalmente. La historia comienza en una plantación sureña cuyo dueño es Nicholas Sullivan, un joven amable y educado
que está vagamente en contra de la esclavitud, aunque es dueño de doscientos cincuenta negros. Una noche va a un baile en una casa vecina y se enamora perdidamente de una muchacha muy bonita llamada Helen, que está pasando unos días en lo de unos parientes en compañía de su viejo tío y de su esclavo negro. Nicholas corteja a Helen durante algunas semanas, y ella finalmente acepta casarse con él. Como toda dote Helen trae a la plantación el esclavo de su tío y un par de aros de oro y esmeraldas. Así pasa medio año, durante el cuál la situación económica de Nicholas empeora levemente y se ve obligado, contra su voluntad, a vender tres familias de esclavos que lo servían fielmente.Toma este dinero” le dice el traficante al protagonista. “Mi miseria consiente, pero no mi voluntad” responde Nicholas. “No pago tu voluntad sino tu miseria” Helen apenas si protesta ante este hecho. La cita, extrapolada de su contexto original, es para la mayoría de los críticos inexplicable.
Llega una visita a una casa vecina, un hombre poco agradable, que disgusta a Nicholas. Una noche Helen y el coinciden en un baile con el recién llegado: el hombre se queda mirando a Helen, que está vestida con un bello vestido rojo y usa como único adorno los aros de esmeralda. El hombre se lleva aparte a Nicholas y empieza a hablarle de su trabajo. Es comerciante de joyas: nunca olvida ninguna de las joyas que ha vendido o comprado. “Dos años atrás” le dice “vino a mi negocio un hombre menos joven que usted pero más ingenuo. Queríaun par de aros de oro y esmeraldas. Un capricho de su esposa”. Un tumulto en la sala interrumpe la narración del hombre, que a la otra mañana amanece ahorcado en su cuarto.
Nicholas se siente inquieto, pero no sabe por que. Tiene extraños sueños que a la mañana siguiente solo recuerda parcialmente. Sueña que su mujer es un animal (¿pero qué clase de animal?), que de los jazmines nacarados del jardín surgen extraños insectos (¿pero lo devoran a el o no?). Quizás para olvidar esos sueños acepta la invitación de su mujer a caminar junto al arroyo, toda la tarde, los dos solos.
Caminan durante mucho tiempo. Nicholas está tan absorto en sus pensamientos que no se da cuenta de que se alejan demasiado de la casa principal, internándose en una especie de bosquecito que rodea el agua. Junto a su mujer va Beau, el esclavo, que no camina tan encorvado como de costumbre.
De pronto Helen comienza a hablar. Mientras habla, mientras su voz profunda y dulce resuena, acaricia suavemente el borde de su sombrero. Habla de cosas fútiles, de modas, de alhajas, menciona como al pasar su estado de salud. Oscurece, pero muy lentamente. Cuando la cara de Helen es casi invisible por la ausencia de luz elladeclara que va a extrañarlo. Nicholas no entiende. ¿Dónde va a irse? Helen se ríe, y Beau también se ríe. Pero tú no vas a extrañarme, es la respuesta de ella. A donde vas, no extrañaras a nadie. Como ese viejo joyero que le vendió los aros a mi anterior marido, y que tuvo el coraje de hablar contigo. Tendríamos que haberle cortado la lengua. ¿Tendríamos? Pregunta Nicholas, ya sabiendo que es inútil preguntar. Beau y yo, es la respuesta de la mujer. Desde hace mucho, mucho tiempo. Con la ayuda del viejo Oldman, que a veces es mi tío y a veces es mi padre. No es una mala manera de vivir, entiendes, pero ya me estoy cansando. Tu vas a ser el último. Ya he guardado todas las joyas que me regalaste en esta bolsa.
Nicholas intenta escapar pero no lo consigue. Resbala entre el barro y se ensucia la ropa blanca y solloza entre dientes. Llora si quieres, le dice ella. ¿A alguno de tus esclavos le sirve de algo hacerlo cuando lo están azotando? Beau estrella una piedra redonda sobre la cabeza del protagonista.
La escena final transcurre quince años más tarde, durante la Guerra Civil. Mientras los soldados del Norte arrasan la plantación, el capitán se detiene delante de un retrato sobre la chimenea. Lo mira
con atención. Quién es, pregunta. El dueño de casa le responde que es su tía, ahogada hace muchos años junto con su tío en el arroyo que pasa cerca del lugar. Que raro, es la respuesta del capitán, no parece un lugar peligroso. Debió ser así, es la respuesta, nunca encontramos los cuerpos. Es una hermosa mujer, dice el capitán. Me recuerda a alguien que conocí en Francia hace algunos años, pero es imposible. Sí, dice el sobrino de Nicholas, es imposible.
No se sabe porque algunos críticos de cine comparan a "El cerco" con "Romeo y Julieta" y otros con "Macbeth".
lunes, 2 de diciembre de 2013
Beatriz Sarlo
Para el a menudo autoindulgente mundo de la literatura
argentina actual (¿debería escribirlo con mayúsculas?) Beatriz Sarlo es una de
las figuras más incómodas, porque es una crítica literaria impiadosa. Se la
ataca porque es mujer, porque pertenece a una clase acomodada, porque tiene un
canon riguroso y estricto. Esto último es grave: ¿para que queremos los
críticos de arte sino para que establezcan un canon? Si los críticos de arte y
de literatura solamente nos dicen lo maravilloso que es el arte moderno o “contemporáneo”
¿cuando vamos a hacer algo distinto, algo nuevo, algo interesante?
Personalmente no tengo el gusto de conocer a Beatriz Sarlo,
pero recuerdo que en mi temprana adolescencia leí “Escenas de la vida
posmoderna” y no tengo ninguna duda que
es el libro que mejor describió los años noventa en Argentina. Ahora la
intelectualidad en general alza armas
contra ella, como si estuviéramos en el siglo XVII y todavía se quemaran a las
brujas. Yo creo que, al contrario, la mejor crítica literaria de la Argentina
es mujer, pertenece a una clase media alta, ha leído muchos libros y ha escrito
excelentes libros también sin una sola errata. Es Beatriz Sarlo: ella habló de
Juan José Saer cuando nadie hablaba de el, habló de los padres que en los
noventa se desentendían de sus hijos con mucha sutileza (y eso no lo hacían en
la clases bajas, sino en la clase alta y media alta) y del cualunquismo que
tanto cunde y que tanto mal le hace al verdadero arte.
domingo, 1 de diciembre de 2013
A Telémaco
A Telémaco
Y solo quedé yo, para contar la historia.
Melville.
Tu padre se ha
ido hace mucho tiempo. Ya no lo extraño ni lo espero. Cuando vuelva, si algún
día lo hace, me contará la historia de una guerra y de un viaje de regreso tan
arduo como inseguro. Como si yo pudiera creerle; si la guerra fuera tan
peligrosa como él solía afirmar, hubiera estado conmigo. Muchos hombres me
cortejan y me desean. Ninguno es como tu padre: muchos son mejores que él y
saben que una mujer tejiendo tapices que desarma durante la noche no es nada
salvo una mujer desesperada. Si algún día tu padre regresa y yo aún estoy aquí
esperándolo los poetas me alabarán por mi fidelidad; solo yo sé que soy incapaz
de serle fiel a un hombre, y que cada una de las miradas de los hombres que me
cortejan han encendido en mí una llama, son una figura en mi tapiz.
Sin embargo, tú
lo amas a tu padre y haces bien en amarlo. Te dirán que es un hombre vil y a
veces es cierto. A veces es un mentiroso, y a veces es mezquino. Yo conozco su
alma y sé cuán mezquino puede ser a veces. Sin embargo, es un buen .hombre. No
permitiría que nadie sufra por su culpa, por ejemplo, y no se da cuenta cuando
está causando daño. Lo han maldecido los
dioses con un gran corazón y poca inteligencia; solo ve la manera de
escapar, nunca concibe la posibilidad de quedarse. La guerra de Troya le
pareció una aventura increíble para conocer nuevas tierras. Le gusta la
libertad, el canto de las sirenas, las diosas que se disfrazan de mujeres, los
guerreros que se disfrazan de profetas. Mitos.
Sé que tú serás
distinto. Tienes lo mejor de mí; eres realista. Sabes distinguir entre lo que
está bien y lo que está mal con solo mirarlo – a veces lo haces mejor que yo.
Me sorprende tener un hijo tan sabio y tan joven. Eres tan hermoso. Ni siquiera
puedes imaginarte lo hermoso que eres y cuando se me hincha el pecho de orgullo
cuando te miro. Te he criado bien y espero que algún día tú críes bien a tus
hijos. Hay muchas cosas que a veces odio en ti, pero entonces recuerdo que son
mis principales defectos. Tienes un par de los defectos de tu padre, sin
embargo; eres de carácter fuerte, no te gusta obedecer.
En cuanto a mí,
y para que esta no parezca una misiva algo triste que envía una mujer solitaria
a su único hijo, debo decirte que he abierto la ventana y desde allí puedo ver
la tarde. En el patio solo puede verse a Argos, como siempre, tendido y
moviendo la cola perezosamente para espantar a las moscas. El cielo está casi
despejado, pero una nube blanca va hacia el mar. Tengo un racimo de uvas recién
arrancadas en mi mano, y puedo presentir su sabor con solo respirar su aroma.
Veo que las hojas caen del árbol que tú plantaste hace siete años. No sabes, hijo mío, aún no puedes
saber, cuán magnífica es la vida.
jueves, 28 de noviembre de 2013
La muerte de un rey (To kill a king)
The art of losing isn´t hard to master
Dion
En cada secreto hay tierra y hay fuego
y tristes briznas de hojas
y hermosos animales.
Es por eso que los secretos
no deben develarse.
Poema de la primavera
Esa mañana Dion despertó al alba y vió a una mujer dormida, apoyada en el caballo. Creo que es Eliza, pensó, los ojos de Sarar. El pelo dorado, los ojos claros, el cuchillo de cazador. Sí, era Eliza.
Ha venido hasta aquí para matarme y se ha quedado dormida.
Se rió de su propia estupidez.
Preparó el fuego del desayuno: semillas y agua, como siempre. Lo que podía encontrarse en aquel oasis.
Rezó las plegarias del alba y lueg intentó quitarse, con los ácidos del limón, la pesadumbre del arroz del día anterior.
Elizabeth Bishop
In memorian Paul Liderbarger
Cordwainer Smith
Por Think blue count two
y Bajo la
vieja tierra.
A mi abuela.
La felicidad tiene maneras sutiles
de matar.
Nulla Summa Est.
Las cosas supremas no son nada.
Fragmentos de “Bajo la vieja tierra”. Dion
En cada secreto hay tierra y hay fuego
y tristes briznas de hojas
y hermosos animales.
Es por eso que los secretos
no deben develarse.
Poema de la primavera
Esa mañana Dion despertó al alba y vió a una mujer dormida, apoyada en el caballo. Creo que es Eliza, pensó, los ojos de Sarar. El pelo dorado, los ojos claros, el cuchillo de cazador. Sí, era Eliza.
Ha venido hasta aquí para matarme y se ha quedado dormida.
Se rió de su propia estupidez.
Preparó el fuego del desayuno: semillas y agua, como siempre. Lo que podía encontrarse en aquel oasis.
Rezó las plegarias del alba y lueg intentó quitarse, con los ácidos del limón, la pesadumbre del arroz del día anterior.
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