a Eduardo Galeano, un amigo de los libros de la otra orilla del río.
Descubrí a Cesar Vallejo gracias a una profesora de literatura de la secundaria. Yo le mencioné mi amor por Alejandra Pizarnik y sus poemas en prosa, y ella me contó que el primero que escribió en lengua española esos versos extraños, que no buscan la belleza más obvia, fue Cesar Vallejo. No tardé demasiado en comprarme un libro de él (bellamente adornado con grabados) y me pareció una maravilla extraña. El poema "El buen sentido" siempre me pareció hermosísimo. "Mi madre llora porque estoy viejo de mi tiempo y nunca llegaré a envejecer del suyo", dice Vallejo y en esa frase hay mucho más amor filial que en tantos versos tangueros que adoran a la viejita planchando. Vallejo tuvo la visión, incluso, de profetizar su propia muerte: "Me moriré en París en un día de otoño". Muchos años más tarde, y siendo madre yo misma, me tomé el atrevimiento de pedirle prestado a Cesar Vallejo el nombre de su poema para uno de mis cuentos. Espero que no me lo reclame nunca, pero si lo hace, tendré que admitir que es el el poeta verdadero.
jueves, 30 de enero de 2014
El beisbol
Ya sé, ya sé que estamos en Argentina, patria de Maradona y de Messi y de Kempes para los más veteranos. Pero como soy mujer para mí el futbol fue siempre esa extraña pasión de los hombres. Entre el orsai, el penal y los árbitros malvados que sacan tarjeta roja se me armó siempre un desbarajuste bárbaro. Solo soy fanática de dos deportes: la natación, porque lo practico y el béisbol. Mi padre y mi hermano, boquenses de la primera hora, me miran con extrañeza cuando yo les hablo de que para mi es el deporte más bello del mundo. Mi enamoramiento con ese deporte nació desde que vi la película "A league of their own", protagonizada por Geena Davis y Tom Hawnks, y con secundarios estelares de Madonna, Rossie O'Donnell y siguen las firmas. Es decir, verdaderos pesos pesados, dicho esto sin ninguna ironía. Luego ví una película sobre Babe Ruth, leyenda del beisbol de la talla del Diego Maradona y ahí admiré más que nunca ese deporte aparentemente insulso en estas pampas. Aclaro que mi equipo favorito es los Red Socks; son los Racing de Norteamérica. Espero que este año sea su año. Both fingers cross.
lunes, 27 de enero de 2014
Una reivindicación de "La cabaña del Tío Tom"
Cuando yo era una niña, en este país no existía gente de raza africana. Algunos pocos paseaban a veces en las peatonales del centro, y una los observaba con cierto extrañamiento, como si fueran un león o una pirámide. La gente de raza africana existía en otros continentes: en Africa, primordialmente, pero también en Norteamérica y en esa región nebulosa que damos en llamar el Caribe. Según la historia patria, había habido negros en este país, esclavos de las familias patricias luego liberados por la revolución de Mayo. Doscientos años después, su descendencia era nebulosa, porque el árbol genealógico de los argentinos está poblado de tíos segundos que en realidad son padres, de mucamas que adoptan a la hija que su patrona tuvo de soltera y de primos que van a realizar sus sueños en la misteriosa ciudad de Gualeguaychú. Sucede en las mejores familias.
Por lo tanto, yo tuve que informarme acerca de esa raza casi críptica a través de los libros. Recuerdo primordialmente tres: "Raíces", que es precioso, "Las aventuras de Huckleberry Finn", obra maestra del gran Mark Twain y probablemente uno de los mejores libros sobre la tierra y "La cabaña del tío Tom". Tuve la suerte de leer la versión completa, no la edulcorada que generalmente se le ofrece a los niños. Nunca pude entender por que los africanos odian tanto esa novela; no hay mejor manifiesto político contra la esclavitud que "La cabaña del tío Tom". En otras palabras, para mi "La cabaña del Tio Tom" refleja la historia del siglo XIX en EE.UU. como lo hace Tolstoi en "La guerra y la paz" en Europa. No hay novela más cruel ni más trágica que esa, y sin embargo la autora (quizás menospreciada porque era mujer) deja al final una luz de esperanza, de hombres y mujeres tanto blancos como negros que eligen un camino diferente del que se espera de ellos.
Por lo tanto, yo tuve que informarme acerca de esa raza casi críptica a través de los libros. Recuerdo primordialmente tres: "Raíces", que es precioso, "Las aventuras de Huckleberry Finn", obra maestra del gran Mark Twain y probablemente uno de los mejores libros sobre la tierra y "La cabaña del tío Tom". Tuve la suerte de leer la versión completa, no la edulcorada que generalmente se le ofrece a los niños. Nunca pude entender por que los africanos odian tanto esa novela; no hay mejor manifiesto político contra la esclavitud que "La cabaña del tío Tom". En otras palabras, para mi "La cabaña del Tio Tom" refleja la historia del siglo XIX en EE.UU. como lo hace Tolstoi en "La guerra y la paz" en Europa. No hay novela más cruel ni más trágica que esa, y sin embargo la autora (quizás menospreciada porque era mujer) deja al final una luz de esperanza, de hombres y mujeres tanto blancos como negros que eligen un camino diferente del que se espera de ellos.
Al final ¿qué es ser un liberal? de Mario Vargas Llosa
- Como los seres humanos, las palabras cambian de contenido según el tiempo y el lugar. Seguir sus transformaciones es instructivo, aunque, a veces, como ocurre con el vocablo "liberal", semejante averiguación puede extraviarnos en un laberinto de dudas.
En el Quijote y la literatura de su época, la palabra aparece varias veces. ¿Qué quiere decir allí? Hombre de espíritu abierto, bien educado, tolerante, comunicativo; en suma, una persona con la que se puede simpatizar. En ella no hay connotaciones políticas ni religiosas, sólo éticas y cívicas en el sentido más ancho de ambas palabras.
A fines del siglo XVIII este vocablo cambia de naturaleza y adquiere matices que tienen que ver con las ideas sobre la libertad y el mercado de los pensadores británicos y franceses de la Ilustración (Stuart Mill, Locke, Hume, Adam Smith, Voltaire). Los liberales combaten la esclavitud y el intervencionismo del Estado, defienden la propiedad privada, el comercio libre, la competencia, el individualismo y se declaran enemigos de los dogmas y el absolutismo.
En el siglo XIX un liberal es sobre todo un librepensador: defiende el Estado laico, quiere separar la Iglesia del Estado, emancipar a la sociedad del oscurantismo religioso. Sus diferencias con los conservadores y los regímenes autoritarios generan a menudo guerras civiles y revoluciones. El liberal de entonces es lo que hoy llamaríamos un progresista, defensor de los derechos humanos (desde la Revolución Francesa se les conocía como los Derechos del Hombre) y la democracia.
Con la aparición del marxismo y la difusión de las ideas socialistas, el liberalismo va siendo desplazado de la vanguardia a una retaguardia, por defender un sistema económico y político -el capitalismo- que el socialismo y el comunismo quieren abolir en nombre de una justicia social que identifican con el colectivismo y el estatismo. (No en todas partes ocurre esta transformación de la palabra liberal. En los Estados Unidos, un liberal es todavía un radical, un social demócrata o un socialista a secas). La conversión de la vertiente comunista del socialismo al autoritarismo empuja al socialismo democrático al centro político y lo acerca -sin juntarlo- al liberalismo.
En nuestros días, liberal y liberalismo quieren decir, según las culturas y los países, cosas distintas y a veces contradictorias. El partido del tiranuelo nicaragüense Somoza se llamaba liberal y así se denomina, en Austria, un partido neofascista. La confusión es tan extrema que regímenes dictatoriales como los de Pinochet en Chile y de Fujimori en Perú son llamados a veces "liberales" o "neoliberales" porque privatizaron algunas empresas y abrieron mercados. De esta desnaturalización de lo que es la doctrina liberal no son del todo inocentes algunos liberales convencidos de que el liberalismo es una doctrina esencialmente económica, que gira en torno del mercado como una panacea mágica para la resolución de todos los problemas sociales. Esos logaritmos vivientes llegan a formas extremas de dogmatismo y están dispuestos a hacer tales concesiones en el campo político a la extrema derecha y al neofascismo que han contribuido a desprestigiar las ideas liberales y a que se las vea como una máscara de la reacción y la explotación.
Dicho esto, es verdad que algunos gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido, llevaron a cabo reformas económicas y sociales de inequívoca raíz liberal, impulsando la cultura de la libertad de manera extraordinaria, aunque en otros campos la hicieran retroceder. Lo mismo podría decirse de algunos gobiernos socialistas, como el de Felipe González en España o el de José Mujica en Uruguay, que, en la esfera de los derechos humanos, han hecho progresar a sus países reduciendo injusticias inveteradas y creando oportunidades para los ciudadanos de menores ingresos.
Una de las características del liberalismo en nuestros días es que se lo encuentra en los lugares menos pensados y a veces brilla por su ausencia donde ciertos ingenuos creen que está. A las personas y partidos hay que juzgarlos no por lo que dicen y predican, sino por lo que hacen. En el debate que hay en estos días en Perú sobre la concentración de los medios de prensa, algunos valedores de la adquisición por el grupo El Comercio de la mayoría de las acciones de Epensa, que le confiere casi el 80% del mercado de la prensa, son periodistas que callaron o aplaudieron cuando la dictadura de Fujimori y Montesinos cometía sus crímenes más abominables y manipulaba toda la información, comprando a dueños y redactores de diarios o intimidándolos. ¿Cómo tomaríamos en serio a esos novísimos catecúmenos de la libertad?
Un filósofo y economista liberal de la llamada escuela austríaca, Ludwig von Mises, se oponía a que hubiera partidos políticos liberales, porque, a su juicio, el liberalismo debía ser una cultura que irrigara a un arco muy amplio de formaciones y movimientos que, aunque tuvieran importantes discrepancias, compartieran un denominador común sobre ciertos principios liberales básicos.
Algo de eso ocurre desde hace buen tiempo en las democracias más avanzadas, donde, con diferencias más de matiz que de esencia, entre democristianos y socialdemócratas y socialistas, liberales y conservadores, republicanos y demócratas, hay unos consensos que dan estabilidad a las instituciones y continuidad a las políticas sociales y económicas, un sistema que sólo se ve amenazado por sus extremos, el neofascismo de Le Front National en Francia, por ejemplo, o la Liga Lombarda en Italia, y grupos y grupúsculos ultracomunistas y anarquistas.
En América latina, este proceso se da de manera más pausada y con más riesgo de retroceso que en otras partes del mundo, por lo débil que es todavía la cultura democrática, que sólo tiene tradición en países como Chile, Uruguay y Costa Rica, en tanto que en los demás es más bien precaria. Pero ha comenzado a suceder y la mejor prueba de eso es que las dictaduras militares prácticamente se han extinguido y de los movimientos armados revolucionarios sobrevive a duras penas las FARC colombianas, con un apoyo popular decreciente. Es verdad que hay gobiernos populistas y demagógicos, aparte del anacronismo que es Cuba, pero Venezuela, por ejemplo, que aspiraba a ser el gran fermento del socialismo revolucionario latinoamericano, vive una crisis económica, política y social tan profunda, con el desplome de su moneda, la carestía demencial y las iniquidades de la delincuencia, que difícilmente podría ser ahora el modelo continental en que quería convertirla Chávez.
Hay ciertas ideas básicas que definen a un liberal. Que la libertad, valor supremo, es una e indivisible y que ella debe operar en todos los campos para garantizar el verdadero progreso. La libertad política, económica, social, cultural son una sola y todas ellas hacen avanzar la justicia, la riqueza, los derechos humanos, las oportunidades y la coexistencia pacífica en una sociedad. Si en uno solo de esos campos la libertad se eclipsa, en todos los otros se encuentra amenazada. Los liberales creen que el Estado pequeño es más eficiente que el que crece demasiado, y que, cuando esto último ocurre, no sólo la economía se resiente, también el conjunto de las libertades públicas. Creen asimismo que la función del Estado no es producir riqueza, sino que esta función la lleva a cabo mejor la sociedad civil, en un régimen de mercado libre, en que se prohíben los privilegios y se respeta la propiedad privada. La seguridad, el orden público, la legalidad, la educación y la salud competen al Estado, desde luego, pero no de manera monopólica, sino en estrecha colaboración con la sociedad civil.
Éstas y otras convicciones generales de un liberal tienen, a la hora de su aplicación, fórmulas y matices muy diversos relacionados con el nivel de desarrollo de una sociedad, de su cultura y sus tradiciones. No hay fórmulas rígidas y recetas únicas para ponerlas en práctica. Forzar reformas liberales de manera abrupta, sin consenso, puede provocar frustración, desórdenes y crisis políticas que pongan en peligro el sistema democrático. Éste es tan esencial al pensamiento liberal como el de la libertad económica y el respeto a los derechos humanos. Por eso, la difícil tolerancia -para quienes, como nosotros, españoles y latinoamericanos, tenemos una tradición dogmática e intransigente tan fuerte- debería ser la virtud más apreciada entre los liberales. Tolerancia quiere decir aceptar la posibilidad del error en las convicciones propias y de verdad en las ajenas.
Es natural, por eso, que haya entre los liberales discrepancias sobre temas como el aborto, los matrimonios gay, la descriminalización de las drogas y otros. Sobre ninguno de estos temas existe una verdad revelada liberal, porque para los liberales no hay verdades reveladas. La verdad es, como estableció Karl Popper, siempre provisional, sólo válida mientras no surja otra que la califique o refute. Los congresos y encuentros liberales suelen ser, a menudo, parecidos a los de los trotskistas (cuando el trotskismo existía): batallas intelectuales en defensa de ideas contrapuestas. Algunos ven en eso un rasgo de inoperancia e irrealismo. Yo creo que esas controversias entre lo que Isaías Berlin llamaba "las verdades contradictorias" han hecho que el liberalismo siga siendo la doctrina que más ha contribuido a mejorar la coexistencia social, haciendo avanzar la libertad humana.
© LA NACION.
domingo, 26 de enero de 2014
Ni mejor ni peor de Angélica Gorodischer
Sí, mi querido colega, estoy totalmente de acuerdo con usted. Tanto aparatejo, tanta exigencia, trae baches inmensos en la relación de persona a persona, en la charla, en la confidencia, en tantas cosas que unen a la gente y hacen que se dé cuenta del valor de la amistad, la hermandad, la solidaridad. Y sin ponernos tan solemnes porque la solemnidad es antipática y estéril, déjeme que le diga que yo tampoco estoy en eso de las redes sociales. Me hace muy mala impresión, a pesar de todos los argumentos con los que tratan de convencerme algunos amigos. Tampoco soy muy entusiasta de los teléfonos móviles. Tengo uno muy sofisticado que me regalaron mis hijos. Mis hijos, que me retan porque está, el teléfono, digo, casi siempre apagado. O porque me lo olvido en casa cuando salgo. O porque lo meto en el fondo de la cartera. O porque hasta me olvido del número cuando alguien me lo pide. Extraño el viejo teléfono. No, espere, no, no, no estoy diciendo la pavada esa de que todo tiempo pasado fue mejor, porque no es cierto. Tiempo pasado no fue ni mejor ni peor: fue un poco de las dos cosas, en algunos aspectos sí y en otros no. No se vivía mejor ni peor hace cien años: se vivía distinto. Y como ahora, en algunos aspectos bien y en otros no tanto y en otros más definitivamente mucho mejor… o mucho peor. Vamos a lo que iba diciendo: extraño, por ejemplo, el viejo teléfono negro, no el de pie tipo candelero sino el otro, un poco más aerodinámico, que reinaba digno e inmóvil en el living, de modo que había que correr a atenderlo cuando sonaba la campanilla y una era joven y entusiasta y se apuraba a contestar antes que la mamá o el papá y pensando ay ay ay ojalá sea Fulanito y resultaba que no era Fulanito y que era la tía Sinforosa, vieja hinchapelotas que quería saber si nos portábamos bien, ufa. Muy incómodo, de veras, pero en compensación no se descomponía nunca. Y recuerdo que mi papá (imponente señor que si íbamos a comer a un restaurante entraba primero a la cocina; si estaba lo suficientemente limpia para sus ojos de águila, nos quedábamos; si no, no), cuando nos mudábamos, llamaba a la empresa y decía (sic): “Nos mudamos, de modo que por favor mañana cambiénnos el teléfono, pero con el mismo número. ¿Qué? ¿A las diez de la mañana? No, a esa hora nos vamos a estar mudando, mejor a la tarde. ¿A las cuatro? Sí, cómo no, los esperamos a las cuatro”. Y a las cuatro aparecían los tipos y teníamos teléfono. Así que ese tiempo pasado fue mejor. Y el presente parece mejor todavía porque hay inalámbricos y celulares pero los teléfonos, todos, se descomponen si caen dos o tres gotas y para que los arreglen pueden pasar tres semanas, dos meses y más. Y peor: estamos rodeados de esa gente que se pasea hablando a los gritos por el celular con un amigo al que le está diciendo que va para allá. Y la amiga con la que me encuentro en un bar pone el celular junto a su codo derecho y no deja de mirarlo como pidiéndole por favor que suene, de manera que no tengamos que hablar cara a cara. ¿Fue peor, es mejor o al revés? Y ya que estamos y volviendo a las redes sociales, no, gracias. No tengo ningún interés en estar todos los segundos de mi vida conectada con mil quinientos tipos y tipas que se titulan “amigos” (palabra casi sagrada que hay que tratar de mantener impoluta) y a los que no he visto ni voy a ver nunca jamás. ¡Cómo! ¿Esa gente se va a enterar de cómo soy, adónde vivo, qué hago a la mañana, qué como, qué películas me gustan y adónde voy a ir la semana que viene? Pues no. Esas cosas mías se llaman intimidad (que ahora que lo pienso también es una palabra casi sagrada) y me niego a dejar entrar a medio mundo a ese amable rincón. Dicen que eso de la intimidad es un invento moderno, que en el siglo XII, por ejemplo, no existía, y que parece que nació en los Países Bajos y, sorpréndase querido amigo, fue impulsado por el arte. Puede ser, no sé, pero acá lo que importa es si la cuidamos o no. Yo la cuido y, por lo que leí, usted también. Y debe haber otros, claro.
Eso sí: usted no tiene mail. Yo sí. En la próxima hablamos del mail, si usted quiere, ¿eh? Porque el asunto tiene sus vueltas, sobre todo para mí, escritora compulsiva de larguísimas cartas.
sábado, 25 de enero de 2014
La vida de Agustín Tosco. 2° parte.
1963.
Hay un fusilado que vive, dice Rodolfo Walsh en su libro. Aquí, en el granero del mundo, se está llenando todo de agradables burócratas y de asaltantes de bancos que darían la vida por Perón. Dicen ellos, pero hay que ver si el General daría la vida por ellos. Lo que sí sé es que en la fábrica a los delegados los marcan y los despiden, sin una puta indemnización. Y el resto nos tenemos que conformar con lo que hay: la bruja y los chicos en la casita, el fulbito los domingos, el asado de vez en cuando. Que vas a hace, dicen mis compañeros de laburo como un mantra, con el General estábamos mejor. Los curas en la iglesia se viven llenando la boca de misericordia y eucaristía y quieren que confesemos todos nuestros pecados. Mi mayor pecado es pensar que ellos toman vino mistela y comen todas las noches. Come, bebe, triunfa, mejor vida tienes que el obispo, falta que digan. Y encima quieren que votemos: lo elegimos al Doctor Arturo Illía, un hombre probablemente bueno. Para lo que va a durar. El Ejército está siempre ahí, dispuesto a bombardear Plaza de Mayo. Y la policía ni te digo. A un ladroncito de gallinas lo fusilan al toque, sin preguntar nada, ni agua va ni agua viene.La vida por Perón, empiezan a decir todos, la vida por Perón. Y yo pienso que el exilio es un lujo de los intelectuales y de los generales; nosotros, los grasitas que Evita tanto amaba, los cabeza, los obreros de la fábrica, las costureritas, las muchachas cama adentro, la peonada, todos nosotros tenemos que apechugar y ofrecer la otra mejilla, como dice el cura. La caridad es magnífica para quién puede darse ese lujo, supongo. Nosotros empezamos a murmurar por lo bajo y a decir que con el General estábamos mejor. Hasta los ladroncitos de gallinas piensan eso. Hasta el borgeano ese insoportable de Walsh empieza a pensar eso. Y empezamos a decir por lo bajo la vida por Perón, la vida por Perón, aunque el General no haya dado la vida, ni siquiera un diente, por defendernos.
Hay un fusilado que vive, dice Rodolfo Walsh en su libro. Aquí, en el granero del mundo, se está llenando todo de agradables burócratas y de asaltantes de bancos que darían la vida por Perón. Dicen ellos, pero hay que ver si el General daría la vida por ellos. Lo que sí sé es que en la fábrica a los delegados los marcan y los despiden, sin una puta indemnización. Y el resto nos tenemos que conformar con lo que hay: la bruja y los chicos en la casita, el fulbito los domingos, el asado de vez en cuando. Que vas a hace, dicen mis compañeros de laburo como un mantra, con el General estábamos mejor. Los curas en la iglesia se viven llenando la boca de misericordia y eucaristía y quieren que confesemos todos nuestros pecados. Mi mayor pecado es pensar que ellos toman vino mistela y comen todas las noches. Come, bebe, triunfa, mejor vida tienes que el obispo, falta que digan. Y encima quieren que votemos: lo elegimos al Doctor Arturo Illía, un hombre probablemente bueno. Para lo que va a durar. El Ejército está siempre ahí, dispuesto a bombardear Plaza de Mayo. Y la policía ni te digo. A un ladroncito de gallinas lo fusilan al toque, sin preguntar nada, ni agua va ni agua viene.La vida por Perón, empiezan a decir todos, la vida por Perón. Y yo pienso que el exilio es un lujo de los intelectuales y de los generales; nosotros, los grasitas que Evita tanto amaba, los cabeza, los obreros de la fábrica, las costureritas, las muchachas cama adentro, la peonada, todos nosotros tenemos que apechugar y ofrecer la otra mejilla, como dice el cura. La caridad es magnífica para quién puede darse ese lujo, supongo. Nosotros empezamos a murmurar por lo bajo y a decir que con el General estábamos mejor. Hasta los ladroncitos de gallinas piensan eso. Hasta el borgeano ese insoportable de Walsh empieza a pensar eso. Y empezamos a decir por lo bajo la vida por Perón, la vida por Perón, aunque el General no haya dado la vida, ni siquiera un diente, por defendernos.
viernes, 24 de enero de 2014
El jardín de los anhelos
a Mariana Enriquez, por Bright Eyes y sus hermosos cuentos de terror.
Le decían, desde pequeño, el Jorobado, nadie sabía bien por qué. No era tan feo como se murmuraba en el barrio, pero había algo en él que hacía que las personas temieran. Su familia era rica (se dedicaba al préstamo de dinero a cambio de joyas e hipotecas) y él tenía todo para ser feliz. Algunas de las sirvientas que trabajaban en la casa hablaba alguna vez de animales torturados hasta el cansancio, pero la madre hacía caso omiso y el padre apenas si se enteraba, enterrado en un mundo de pagarés y vencimientos y alquileres por cobrar. A los diecinueve heredó el negocio de su padre y a los veinte su madre también murió de un síncope.
A los veintiuno decidió que era hora de casarse. Se decidió por la Amalia, la hija de Gughenheim, el mecánico del barrio. Fue dos o tres veces a su casa, con sus mejores ropas; le llevó masas finas. Todos sabían que Amalia estaba enamorada del marido de su hermana y que lo rechazaría. El aceptó la negativa como un caballero, pero todos murmuraron cuando Amalia murió dos meses después de una fiebre extraña. Desde entonces, su fama en Alberdi no hizo más que crecer. Ninguna muchacha casadera lo aceptó nuevamente.
Le quedaban las otras. Algunas eran viejas, otras jóvenes, y a todas las llevaba a su casa y al día siguiente les daba algo más que la tarifa reglada. Entre ellas hablaban; era cierto que con el dinero era generoso, pero todas tenían para mostrar cicatrices, moretones, historias extrañas de perros gigantescos encadenados. Un día la Rubita, una muchacha de piel blanca y pechos generosos y que tenía una hija criándose en Misiones, desapareció. Ninguna entre las mujeres estaba completamente segura, pero ella había sido rondada por él en los días previos. Podra ser, dijo una de ellas. A quien podemos quejarnos, dijo otra, solamente a nuestros cafishos y él es su mejor cliente. Esto es una locura, si es un asesino, es una locura, dijo otra. Nosotras no podemos hacer nada, dijo la Claudia, que era la mayor.
Desde ese día las tarifas que el Jorobado pasaron a ser cada vez más altas. Cada año o a veces dos veces al año, alguna de las prostitutas faltaba y todas temían que su fin estuviera en el jardín de la casa del prestamista, que cada año se volvía más adornado y complejo. Algunas, sin embargo, regresaron: Carla había ido a buscar fortuna a Buenos Aires, Chantal se fue tras un jovencito y regresó desilusionada. Otras no lo hicieron. Los cafishos y las madamas no entendían el nerviosismo de las mujeres. "El Jorobado es un buen cliente" decían. "Le gustan las cosas extrañas, pero es un hombre tranquilo". Pero incluso ellos usaban algún tipo de talismán cuando tenían que tratar con él.
Se llamaba la Gallita Ciega. Era la pupila nueva del burdel de la Claudia, que había llegado a la edad en que las putas deben dejarle lugar a las generaciones más jóvenes. Su cafisho era un tal Guzmán, un hombre joven e interesado solamente en el dinero. Sabía tocar piano y cebar mate y no mucho más, porque, explicaba la Claudia, era ciega de nacimiento y de una familia muy pobre. Las otras putas, que entre ellas sabían robarse las ligas de encaje y los hombres ricos, la trataban con deferencia. Tenía solo dos clientes; un juez de paz, viudo y delicado y el Turco Nahibl, el almacenero sirio de la esquina que era famoso entre las comadres del barrio porque no se había casado aún. Más putañero que ese, solían decir, solo el Jorobado. Siempre una mujer distinta, cada semana, una loca nueva. No hablaban nunca adelante de él para que no dejara de fiarles el azúcar ni la yerba mate. Además, con esos musulmanes, nunca se sabía.
Un día el Jorobado apareció en la puerta del burdel de la Claudia. Quiero hablar con Guzmán, dijo. Estoy interesado en su señorita. Siempre usted tan cortés, dijo la Claudia. Acá está Guzmán, jugando a las cartas. Y la Gallita está ahí atrás, leyendo libros en braile. Una santa, como ve. Buen día, señor, le dijo Guzmán. En que puedo servirle. Era moreno y bajo, un criollo achinado, con un destello cruel en la mirada. Estoy interesado en su señorita, dijo el Jorobado. Ah, la Gallita, murmuró Guzmán. Si hasta casi me da lástima que sea prostituta. Pero esta vida es así. Ya sé que usted paga bien, pero no estoy seguro. ¿Cuál es la tarifa que usted paga actualmente? Doscientos pesos actualizados. Si, no sé, no me parece mal. El Jorobado se marchó, no muy seguro de que clase de transacción había realizado.
Ese Guzmán es una mierda, dijo Chantal. Mirá que hay cafishos hijos de puta, pero ese es el peor de todos. La va a matar el Jorobado, sabemos que lo va a hacer, hay que impedirlo, hay que decirle a la Gallita. Decirle qué, el Guzmán ese es un monstruo, anda siempre con un cuchillo y un revolver, y no va a dudar en usarlo con nosotras, dijo la Claudia. Nosotras no podemos hacer nada, dijo, y todas se sintieron un poco invisibles, un poco impotentes. En el fondo de la casa chorizo que hacia las veces de burdel, la Gallita tocaba un vals de Strauss.
La cita era el martes a la noche. La Chantal le prestó a la Gallita el mejor vestido de seda que tenía y las medias de muselina que le habían traído de Francia. "Es como si la estuviera amortajando" pensó. algo deprimida. Guzmán la acompañó hasta la puerta de la casa del Jorobado, hasta la puerta de rejas que daban la entrada a un jardín cada año más poblado de hiedras y de jazmines blancos.
El Jorobado le tomó el brazo, para guiarla. La Gallita caminaba muy despacio, tan despacio que irritó al hombre. Fuera de su casa, de su reino, era siempre servil y agradable; pero cuando entraba a ese pequeño imperio ilimitado, le gustaba pensarse poderoso. Al principio no había imaginado que hubiera nada de malo en lo que hacía, aunque las mujeres lloraban y temían. Luego le empezó a encontrar el gusto a la sangre, y al dolor y casi lo sentía en carne propia. Ya ni siquiera se preguntaba si era o no un monstruo.
Le indicó a la Gallita que entrara al cuarto y que se desnudara. En el ropero del comedor guardaba el cinto y la cadena de perro y un anillo con una espina de acero. "Esto será lento" se dijo. "No voy a olvidar esta noche". Oyó un ruido de madera, de cajones abriéndose en su cuarto. Fue a ver que pasaba.
La Gallita había tumbado el cajón de su mesa de noche. Y entonces él quiso alcanzarla y entonces se cortó la luz y no entendió bien cuando un cordel de seda le cruzó el cuello y lo hizo agonizar por tres minutos hasta privarlo de todos los lujos que había anhelado.
"¿Vos podés creer que el hijo de puta guardaba en el cajón de su mesita de luz la cadenita de oro con mi foto que mi vieja llevaba siempre encima?" dijo Jennifer. Era alta y morena y no desentonaba para nada en esa playa gay de Ibiza.
" Yo todavía estoy temblando, mi reina" dijo Guzmán. "Fue todo una cuestión de timming, unos segundos más y..."
" No, se la tragó completa, el desgraciado. La puta ciega, buena y que toca el piano. Solo faltaba la orquesta de Salgán. Si no me hubieran ayudado vos y tu amor, el juez, y el loco de Nahibl que seguro va a tener sexo gratis por el resto de su vida, no sé que hubiera hecho. A propósito, el dinero lo repartimos entre todos, pero ¿el cuerpo? ¿Qué hiciste con el cuerpo?"
"Es un misterio" dijo Guzmán.
"Los gays son todos iguales" dijo Jennifer, algo fastidiada. "Alcánzame otro gin tonic".
En el barrio ahora hay una casa. No se vende, no porque vivan fantasmas, sino porque su jardín es muy extraño. Está poblado de hiedras y de jazmines blancos y de rosas siete hermanas; pero lo más extraño es la estatua que hay en un costado del jardín. Es un hombre en dorado, no especialmente hermoso, sentado, como si estuviera pensando. En la piedra sobre la que está sentado puede leerse, si uno rasca convenientemente el musgo, la palabra Barbazul.
Le decían, desde pequeño, el Jorobado, nadie sabía bien por qué. No era tan feo como se murmuraba en el barrio, pero había algo en él que hacía que las personas temieran. Su familia era rica (se dedicaba al préstamo de dinero a cambio de joyas e hipotecas) y él tenía todo para ser feliz. Algunas de las sirvientas que trabajaban en la casa hablaba alguna vez de animales torturados hasta el cansancio, pero la madre hacía caso omiso y el padre apenas si se enteraba, enterrado en un mundo de pagarés y vencimientos y alquileres por cobrar. A los diecinueve heredó el negocio de su padre y a los veinte su madre también murió de un síncope.
A los veintiuno decidió que era hora de casarse. Se decidió por la Amalia, la hija de Gughenheim, el mecánico del barrio. Fue dos o tres veces a su casa, con sus mejores ropas; le llevó masas finas. Todos sabían que Amalia estaba enamorada del marido de su hermana y que lo rechazaría. El aceptó la negativa como un caballero, pero todos murmuraron cuando Amalia murió dos meses después de una fiebre extraña. Desde entonces, su fama en Alberdi no hizo más que crecer. Ninguna muchacha casadera lo aceptó nuevamente.
Le quedaban las otras. Algunas eran viejas, otras jóvenes, y a todas las llevaba a su casa y al día siguiente les daba algo más que la tarifa reglada. Entre ellas hablaban; era cierto que con el dinero era generoso, pero todas tenían para mostrar cicatrices, moretones, historias extrañas de perros gigantescos encadenados. Un día la Rubita, una muchacha de piel blanca y pechos generosos y que tenía una hija criándose en Misiones, desapareció. Ninguna entre las mujeres estaba completamente segura, pero ella había sido rondada por él en los días previos. Podra ser, dijo una de ellas. A quien podemos quejarnos, dijo otra, solamente a nuestros cafishos y él es su mejor cliente. Esto es una locura, si es un asesino, es una locura, dijo otra. Nosotras no podemos hacer nada, dijo la Claudia, que era la mayor.
Desde ese día las tarifas que el Jorobado pasaron a ser cada vez más altas. Cada año o a veces dos veces al año, alguna de las prostitutas faltaba y todas temían que su fin estuviera en el jardín de la casa del prestamista, que cada año se volvía más adornado y complejo. Algunas, sin embargo, regresaron: Carla había ido a buscar fortuna a Buenos Aires, Chantal se fue tras un jovencito y regresó desilusionada. Otras no lo hicieron. Los cafishos y las madamas no entendían el nerviosismo de las mujeres. "El Jorobado es un buen cliente" decían. "Le gustan las cosas extrañas, pero es un hombre tranquilo". Pero incluso ellos usaban algún tipo de talismán cuando tenían que tratar con él.
Se llamaba la Gallita Ciega. Era la pupila nueva del burdel de la Claudia, que había llegado a la edad en que las putas deben dejarle lugar a las generaciones más jóvenes. Su cafisho era un tal Guzmán, un hombre joven e interesado solamente en el dinero. Sabía tocar piano y cebar mate y no mucho más, porque, explicaba la Claudia, era ciega de nacimiento y de una familia muy pobre. Las otras putas, que entre ellas sabían robarse las ligas de encaje y los hombres ricos, la trataban con deferencia. Tenía solo dos clientes; un juez de paz, viudo y delicado y el Turco Nahibl, el almacenero sirio de la esquina que era famoso entre las comadres del barrio porque no se había casado aún. Más putañero que ese, solían decir, solo el Jorobado. Siempre una mujer distinta, cada semana, una loca nueva. No hablaban nunca adelante de él para que no dejara de fiarles el azúcar ni la yerba mate. Además, con esos musulmanes, nunca se sabía.
Un día el Jorobado apareció en la puerta del burdel de la Claudia. Quiero hablar con Guzmán, dijo. Estoy interesado en su señorita. Siempre usted tan cortés, dijo la Claudia. Acá está Guzmán, jugando a las cartas. Y la Gallita está ahí atrás, leyendo libros en braile. Una santa, como ve. Buen día, señor, le dijo Guzmán. En que puedo servirle. Era moreno y bajo, un criollo achinado, con un destello cruel en la mirada. Estoy interesado en su señorita, dijo el Jorobado. Ah, la Gallita, murmuró Guzmán. Si hasta casi me da lástima que sea prostituta. Pero esta vida es así. Ya sé que usted paga bien, pero no estoy seguro. ¿Cuál es la tarifa que usted paga actualmente? Doscientos pesos actualizados. Si, no sé, no me parece mal. El Jorobado se marchó, no muy seguro de que clase de transacción había realizado.
Ese Guzmán es una mierda, dijo Chantal. Mirá que hay cafishos hijos de puta, pero ese es el peor de todos. La va a matar el Jorobado, sabemos que lo va a hacer, hay que impedirlo, hay que decirle a la Gallita. Decirle qué, el Guzmán ese es un monstruo, anda siempre con un cuchillo y un revolver, y no va a dudar en usarlo con nosotras, dijo la Claudia. Nosotras no podemos hacer nada, dijo, y todas se sintieron un poco invisibles, un poco impotentes. En el fondo de la casa chorizo que hacia las veces de burdel, la Gallita tocaba un vals de Strauss.
La cita era el martes a la noche. La Chantal le prestó a la Gallita el mejor vestido de seda que tenía y las medias de muselina que le habían traído de Francia. "Es como si la estuviera amortajando" pensó. algo deprimida. Guzmán la acompañó hasta la puerta de la casa del Jorobado, hasta la puerta de rejas que daban la entrada a un jardín cada año más poblado de hiedras y de jazmines blancos.
El Jorobado le tomó el brazo, para guiarla. La Gallita caminaba muy despacio, tan despacio que irritó al hombre. Fuera de su casa, de su reino, era siempre servil y agradable; pero cuando entraba a ese pequeño imperio ilimitado, le gustaba pensarse poderoso. Al principio no había imaginado que hubiera nada de malo en lo que hacía, aunque las mujeres lloraban y temían. Luego le empezó a encontrar el gusto a la sangre, y al dolor y casi lo sentía en carne propia. Ya ni siquiera se preguntaba si era o no un monstruo.
Le indicó a la Gallita que entrara al cuarto y que se desnudara. En el ropero del comedor guardaba el cinto y la cadena de perro y un anillo con una espina de acero. "Esto será lento" se dijo. "No voy a olvidar esta noche". Oyó un ruido de madera, de cajones abriéndose en su cuarto. Fue a ver que pasaba.
La Gallita había tumbado el cajón de su mesa de noche. Y entonces él quiso alcanzarla y entonces se cortó la luz y no entendió bien cuando un cordel de seda le cruzó el cuello y lo hizo agonizar por tres minutos hasta privarlo de todos los lujos que había anhelado.
"¿Vos podés creer que el hijo de puta guardaba en el cajón de su mesita de luz la cadenita de oro con mi foto que mi vieja llevaba siempre encima?" dijo Jennifer. Era alta y morena y no desentonaba para nada en esa playa gay de Ibiza.
" Yo todavía estoy temblando, mi reina" dijo Guzmán. "Fue todo una cuestión de timming, unos segundos más y..."
" No, se la tragó completa, el desgraciado. La puta ciega, buena y que toca el piano. Solo faltaba la orquesta de Salgán. Si no me hubieran ayudado vos y tu amor, el juez, y el loco de Nahibl que seguro va a tener sexo gratis por el resto de su vida, no sé que hubiera hecho. A propósito, el dinero lo repartimos entre todos, pero ¿el cuerpo? ¿Qué hiciste con el cuerpo?"
"Es un misterio" dijo Guzmán.
"Los gays son todos iguales" dijo Jennifer, algo fastidiada. "Alcánzame otro gin tonic".
En el barrio ahora hay una casa. No se vende, no porque vivan fantasmas, sino porque su jardín es muy extraño. Está poblado de hiedras y de jazmines blancos y de rosas siete hermanas; pero lo más extraño es la estatua que hay en un costado del jardín. Es un hombre en dorado, no especialmente hermoso, sentado, como si estuviera pensando. En la piedra sobre la que está sentado puede leerse, si uno rasca convenientemente el musgo, la palabra Barbazul.
El aprendizaje sentimental
Chechez la femme
Luis XVI
Las doradas mañanas. Eso es todo lo que me dejaron las mujeres que pasaron por mí. En cuanto a mí, confieso que las he amado a todas, incluso a esa holandesa gorda y blanca con la que me casaron por obligación y que me abandonó a los tres días por un palafrenero. Inclusive a Anna; hay días en los que despierto imaginando la cabeza de la hermosa Anna Bolena sobre mi almohada, y entonces recuerdo que apenas escuché rumores de que me engañaba ordené que la decapitaran. Ni siquiera tuve la piedad de repudiarla.
Nos estás tomando a broma, querido rey. No somos joyas de tu corona, ni hembras de tu harén; somos tu prestigio. ¿Cómo te recordarán algún día, como el hombre que envió una carta réproba al Papa (para lo que no hace falta mucho coraje) o como el hombre que amó y engendró a las mujeres más deseables del reino? El amor es un juego sangriento, sin duda alguna, y quién mejor que nosotras para saberlo.
Han pintado mi último retrato. Soy un monstruo gordo y adornado de joyas; mis antepasados, la invisible línea de reyes y reinas que me atraviesa, se hubieran espantado de verme. Mis cortesanos me cuidan y me adulan; la última de mis reinas me trae a Eduardo, el príncipe heredero, un ser enfermizo que durará lo que un soplo. Me pregunto si alguna vez conocerá el amor, si alguna de las doncellas que abundan en el palacio despertará a su lado y el olvidará que es un rey, Eso espero, pero el amor, como bien saben los fantasmas de las mujeres que me amaron, es un juego de ajedrez donde incluso los sabios más sabios no conocen la última respuesta. Mi ayuda de cámara cierra las pesadas cortinas de mi cuarto y me alcanza una copa de cordial; yo intento dormir, sí la gota y la hidropesía y una hermosa mujer decapitada me dejan hacerlo.
jueves, 23 de enero de 2014
George Clooney
Es cierto que está entre los más apuestos del mundo, y que la mujer que lo mira olvida al marido, a los hijos y el mandato divino de no desear al hombre de la prójima. Pero George Clooney es algo más; es el último estafador elegante que nos ha dado Hollywood, de la estirpe de Cary Grant o de Frank Sinatra. Si algún día se hiciera la remake de "Gone with the Wind" (Dios no lo permita) al único que me imagino abandonando a Scarlett O'Hara (es decir, a la encantadora Vivien Leigh, siempre delgada y nerviosa y perfecta) con una sonrisa y las palabras justas es a él. Inclusive puedo imaginármelo como Humphrey Boggart en Casablanca y una olvidaría que estamos en el siglo XXI y que los aliados ganaron la guerra. Es una lástima que ya no queden esa clase de actores en Hollywood; los que todavía están (Al Pacino, Dustin Hoffmann, Sean Connery y la lista sigue) son ya grandes, pero cuando actúan una siente que tienen veinte años y el espectador se siente el protagonista de la película "Cinema Paradiso".
Los Redondos
Mi amor,
la libertad es fanática,
ha visto tanto hermano muerto,
tanto amigo enloquecido
que no puede soportar
la pendejada de que todo sea igual,
siempre igual, todo igual,
todo lo mismo.
Blues de la libertad.
Los Redondos son los hackers de la sociedad hipertecnologizada en la que vivimos. Es el pequeño milagro que a veces ocurre en el mundo del rock; pienso en los Beatles y su influencia sobre la generación post segunda guerra mundial, pero también en Seru Girán y la Argentina de los años '70. Fito Paez, al cual cito porque tiene ojo de lince para el verdadero arte, decía que Charly García es un gran letrista, pero que los únicos poetas verdaderos que tiene el rock nacional son Spinetta y el Indio Solari. No quiero discutir aquí sobre los alcances de la poesía de Charly García, pero es cierto que en el rock nacional pasará largo tiempo antes de que aparezcan discos de la altura de Kamikaze y Oktubre.
Pero los Redondos son algo más: son un fenómeno sociológico casi inexplicable. En los años noventa, su pelea con Soda Stereo (la otra gran banda) alcanzó proporciones épicas. Quienes escuchaban a Soda eran "caretas", quienes escuchaban a los Redondos eran "rockeros del palo". Cuestión que dejo para los historiadores del rock del futuro: generalmente los caretas y los rockeros vivían en la misma cuadra. Pero, como dice Adrian Abonizio, esto es Argentina.
Quizás el fenómeno pueda explicarse porque los Redondos representaron, en este país, como nadie la contracultura. El disco "Gulp", producido cuando la dictadura agonizaba, representa el corazón de las tinieblas de una época terrible. "¿Cómo puede ser que te alboroten mis placeres?" canta el Indio en "Te voy a atornillar" y esa línea define como nada lo que significa la cultura del rock desde los años '50 hasta ahora. El resto es MTV, propagandas de cerveza y silencio, como se dice en Hamlet.
la libertad es fanática,
ha visto tanto hermano muerto,
tanto amigo enloquecido
que no puede soportar
la pendejada de que todo sea igual,
siempre igual, todo igual,
todo lo mismo.
Blues de la libertad.
Los Redondos son los hackers de la sociedad hipertecnologizada en la que vivimos. Es el pequeño milagro que a veces ocurre en el mundo del rock; pienso en los Beatles y su influencia sobre la generación post segunda guerra mundial, pero también en Seru Girán y la Argentina de los años '70. Fito Paez, al cual cito porque tiene ojo de lince para el verdadero arte, decía que Charly García es un gran letrista, pero que los únicos poetas verdaderos que tiene el rock nacional son Spinetta y el Indio Solari. No quiero discutir aquí sobre los alcances de la poesía de Charly García, pero es cierto que en el rock nacional pasará largo tiempo antes de que aparezcan discos de la altura de Kamikaze y Oktubre.
Pero los Redondos son algo más: son un fenómeno sociológico casi inexplicable. En los años noventa, su pelea con Soda Stereo (la otra gran banda) alcanzó proporciones épicas. Quienes escuchaban a Soda eran "caretas", quienes escuchaban a los Redondos eran "rockeros del palo". Cuestión que dejo para los historiadores del rock del futuro: generalmente los caretas y los rockeros vivían en la misma cuadra. Pero, como dice Adrian Abonizio, esto es Argentina.
Quizás el fenómeno pueda explicarse porque los Redondos representaron, en este país, como nadie la contracultura. El disco "Gulp", producido cuando la dictadura agonizaba, representa el corazón de las tinieblas de una época terrible. "¿Cómo puede ser que te alboroten mis placeres?" canta el Indio en "Te voy a atornillar" y esa línea define como nada lo que significa la cultura del rock desde los años '50 hasta ahora. El resto es MTV, propagandas de cerveza y silencio, como se dice en Hamlet.
miércoles, 22 de enero de 2014
Los Amores Aereos . 1° parte.
dedicada a Alan Pauls y a Pedro Mairal
ambos saben por qué
Y ¿por qué es más noble el amor retribuido que el desinteresado y sin esperanza? Tal vez piense usted que yo soy el más infortunado de los hombres. Yo sé que sin Emilia no lo sería menos.
Adolfo Bioy Casares. Carta sobre Emilia.
Adrián cruzó las puertas de entrada del country. La casa de su amigo Facundo estaba al final del camino de ripio; su abuelo había sido el dueño original de la parcela en la que luego se loteó el terreno. Había sido amigo de Facundo Irigoitía desde la infancia, ambos se habían enamorado de la misma muchacha morena y espigada en el colegio inglés, se habían prestado libros de Cortázar y de Edgar Allan Poe y habían sido vencidos al tenis numerosas veces en partidos casi épicos. Luego sus caminos se habían separado; Facundo había aceptado una beca para estudiar en París, mientras Adrián seguía con su vida en la city porteña, apostando a las acciones de Acindar y a los purasangre negros en Palermo. Su vida era la de un dandy; incluso su novia, que se llamaba Charlotte, era hermosa y delicada como esas institutrices inglesas que poblaban sus sueños nocturnos (y a veces también matutinos).
Se había enterado del regreso de Facundo por amigos en común; percibió en ellos un matiz que le reveló que todos pensaban que entre ambos había algo más que una amistad. "A mi tan luego..." pensó, pero luego se quedó callado porque siempre habia tenido Facundo algo de femenino que lo había inquietado. A veces, cuando se cambiaban juntos en el vestuario, luego de un partido de tenis, el tocaba la piel de su amigo y la notaba dorada y tersa; cuando se duchaban en su departamento, después de haber hecho el amor con dos muchachas rubias que habían conocido en una discoteca, apenas si podía contenerse ante la visión de un hombre tan hermoso y húmedo y desnudo. La amistad entre los hombres, se dijo, bordea siempre los límites del deseo. Una noche calurosa de enero habían hecho el amor, turnándose, con la misma prostituta. La mujer, que luego no les cobró, los invitó a acariciarse, cosa que Facundo rechazó con un pudor puritano; en cambio Adrián había rozado suavemente los muslos y la cadera de su amigo. Sí, quizás los rumores fueran ciertos y entonces ¿donde quedaba Charlotte?. Oscar Wilde la tuvo más fácil, pensó Adrian, con un dejo de furia, solo tuvo que ir a la cárcel.
Una noche Facundo lo llamó; su voz sonaba fría y algo maquinal. "Te invito a pasar un fin de semana en la casa quinta de mi abuelo. Ya sabés, está a la entrada de Pilar. Hay gente que quiero que conozcas". Le dijo que sí. A la otra mañana, Charlotte le dijo que quería que fueran a Punta del Este porque aún hacía calor. No puedo, respondió el, quedé con Facundo Irigoitía. Yo soy tu novia, contestó Charlotte, casi llorando, decile que cancelás. No puedo, contestó él. Ella le dió un beso en la espalda, lo besó y se fué. No volvería nunca a verla.
ambos saben por qué
Y ¿por qué es más noble el amor retribuido que el desinteresado y sin esperanza? Tal vez piense usted que yo soy el más infortunado de los hombres. Yo sé que sin Emilia no lo sería menos.
Adolfo Bioy Casares. Carta sobre Emilia.
Adrián cruzó las puertas de entrada del country. La casa de su amigo Facundo estaba al final del camino de ripio; su abuelo había sido el dueño original de la parcela en la que luego se loteó el terreno. Había sido amigo de Facundo Irigoitía desde la infancia, ambos se habían enamorado de la misma muchacha morena y espigada en el colegio inglés, se habían prestado libros de Cortázar y de Edgar Allan Poe y habían sido vencidos al tenis numerosas veces en partidos casi épicos. Luego sus caminos se habían separado; Facundo había aceptado una beca para estudiar en París, mientras Adrián seguía con su vida en la city porteña, apostando a las acciones de Acindar y a los purasangre negros en Palermo. Su vida era la de un dandy; incluso su novia, que se llamaba Charlotte, era hermosa y delicada como esas institutrices inglesas que poblaban sus sueños nocturnos (y a veces también matutinos).
Se había enterado del regreso de Facundo por amigos en común; percibió en ellos un matiz que le reveló que todos pensaban que entre ambos había algo más que una amistad. "A mi tan luego..." pensó, pero luego se quedó callado porque siempre habia tenido Facundo algo de femenino que lo había inquietado. A veces, cuando se cambiaban juntos en el vestuario, luego de un partido de tenis, el tocaba la piel de su amigo y la notaba dorada y tersa; cuando se duchaban en su departamento, después de haber hecho el amor con dos muchachas rubias que habían conocido en una discoteca, apenas si podía contenerse ante la visión de un hombre tan hermoso y húmedo y desnudo. La amistad entre los hombres, se dijo, bordea siempre los límites del deseo. Una noche calurosa de enero habían hecho el amor, turnándose, con la misma prostituta. La mujer, que luego no les cobró, los invitó a acariciarse, cosa que Facundo rechazó con un pudor puritano; en cambio Adrián había rozado suavemente los muslos y la cadera de su amigo. Sí, quizás los rumores fueran ciertos y entonces ¿donde quedaba Charlotte?. Oscar Wilde la tuvo más fácil, pensó Adrian, con un dejo de furia, solo tuvo que ir a la cárcel.
Una noche Facundo lo llamó; su voz sonaba fría y algo maquinal. "Te invito a pasar un fin de semana en la casa quinta de mi abuelo. Ya sabés, está a la entrada de Pilar. Hay gente que quiero que conozcas". Le dijo que sí. A la otra mañana, Charlotte le dijo que quería que fueran a Punta del Este porque aún hacía calor. No puedo, respondió el, quedé con Facundo Irigoitía. Yo soy tu novia, contestó Charlotte, casi llorando, decile que cancelás. No puedo, contestó él. Ella le dió un beso en la espalda, lo besó y se fué. No volvería nunca a verla.
lunes, 20 de enero de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Germán
No sé porqué me hice del PRO; probablemente porque mi mejor amigo es del partido, y porque me gusta el color amarillo, me parece simpático. Ya sé que no son las mejores razones para afiliarse a un partido político, pero peor sería ser del PPS o del PO y vivir en Recoleta. Mis amigos se matarían de risa (sin contar mi vieja y mi viejo).
No sé tampoco muy bien porqué trabajo en la consultora Airbor, que a su vez depende de Ultraseek, que de vez en cuando hace trabajos para Managment and Fit, y a veces para la Coca Cola. Cuando era chico quería ser abogado como mi viejo o médico como mi vieja, pero terminé siendo estadístico y eso básicamente sirve para hacer encuestas de todo tipo. Yo no las hago, las hacen las encuestadoras, que son lindas, simpáticas y que desde que saben que me voy a casar en dos meses me sonríen con demasiada insistencia.
Espero que esto no lo lea Gretel; no sé porqué me voy a casar con ella. Es muy linda, indudablemente, el departamento donde yo vivo tiene tres ambientes, nuestras familias se llevan bien, y todo eso. Ella está super entusiasmada y sus dos hermanas menores también. El tema es que no entiendo mucho la diferencia entre que ella se venga a vivir acá conmigo directamente y casarnos. La lista de bodas, dice ella. Pero si yo tengo de todo en mi departamento, le digo. Y además vos tenés tu boutique, le digo, y ganás un montón de guita todos los meses. Bueno, por ahí tenés razón, dice ella, y se le ve una cara de desilusión muy grande.
Alberto, mi hermano mayor, que ya se divorció dos veces, me dijo el otro día que le parece que el interés de Gretel en la fiesta de casamiento encubre otro tipo de problemas.
"A vos hay alguno que te está serruchando el piso con Gretel" me dijo. Alberto no es educado como yo.
"¿Te parece?"
" Mirá, cuando la mina empieza a joder con el casamiento, en realidad el tema es que ya apareció otro que le hizo darse cuenta que no hay un solo tipo en el mundo ¿entendés? Y cuando son jóvenes como Gretel eso las asusta y quieren casarse. Arman todo lo del casamiento, un barullo bárbaro y se casan. Y a los dos meses las encontrás llorando en el baño, estrujando la foto de un tal Julián, y con el célular sospechosamente apagado."
"No seas rencoroso, Alberto" le dije.
"Podría habérmelo dicho antes del casamiento" fué la lacónica respuesta de mi hermano.
"Por lo menos no tuviste hijos, como con Adela"
"Adela es buena. Bah, que se yo. Yo le metí los cuernos a ella, ella me los metió a mí, nos peleamos un par de veces adelante de Juancito y cuatro adelante del juez mediador, y después decidimos la tenencia compartida. Yo me quedé con el departamento en Belgrano, ella con el de San Telmo. De vez en cuando vamos a ver una película juntos con Juancito."
"Juancito es un grande" dije yo, para salir de un tema espinoso.
" Ah, sí, es un personaje. ¿Te conté que ya aprendió a escribir papá? Antes que mamá."
Después que mi hermano se fue me quedé pensando. ¿Y si tiene razón? Pero ¿cómo se lo pregunto a Gretel?
Esto parece una novela de las tres de la tarde.
No sé porqué me hice del PRO; probablemente porque mi mejor amigo es del partido, y porque me gusta el color amarillo, me parece simpático. Ya sé que no son las mejores razones para afiliarse a un partido político, pero peor sería ser del PPS o del PO y vivir en Recoleta. Mis amigos se matarían de risa (sin contar mi vieja y mi viejo).
No sé tampoco muy bien porqué trabajo en la consultora Airbor, que a su vez depende de Ultraseek, que de vez en cuando hace trabajos para Managment and Fit, y a veces para la Coca Cola. Cuando era chico quería ser abogado como mi viejo o médico como mi vieja, pero terminé siendo estadístico y eso básicamente sirve para hacer encuestas de todo tipo. Yo no las hago, las hacen las encuestadoras, que son lindas, simpáticas y que desde que saben que me voy a casar en dos meses me sonríen con demasiada insistencia.
Espero que esto no lo lea Gretel; no sé porqué me voy a casar con ella. Es muy linda, indudablemente, el departamento donde yo vivo tiene tres ambientes, nuestras familias se llevan bien, y todo eso. Ella está super entusiasmada y sus dos hermanas menores también. El tema es que no entiendo mucho la diferencia entre que ella se venga a vivir acá conmigo directamente y casarnos. La lista de bodas, dice ella. Pero si yo tengo de todo en mi departamento, le digo. Y además vos tenés tu boutique, le digo, y ganás un montón de guita todos los meses. Bueno, por ahí tenés razón, dice ella, y se le ve una cara de desilusión muy grande.
Alberto, mi hermano mayor, que ya se divorció dos veces, me dijo el otro día que le parece que el interés de Gretel en la fiesta de casamiento encubre otro tipo de problemas.
"A vos hay alguno que te está serruchando el piso con Gretel" me dijo. Alberto no es educado como yo.
"¿Te parece?"
" Mirá, cuando la mina empieza a joder con el casamiento, en realidad el tema es que ya apareció otro que le hizo darse cuenta que no hay un solo tipo en el mundo ¿entendés? Y cuando son jóvenes como Gretel eso las asusta y quieren casarse. Arman todo lo del casamiento, un barullo bárbaro y se casan. Y a los dos meses las encontrás llorando en el baño, estrujando la foto de un tal Julián, y con el célular sospechosamente apagado."
"No seas rencoroso, Alberto" le dije.
"Podría habérmelo dicho antes del casamiento" fué la lacónica respuesta de mi hermano.
"Por lo menos no tuviste hijos, como con Adela"
"Adela es buena. Bah, que se yo. Yo le metí los cuernos a ella, ella me los metió a mí, nos peleamos un par de veces adelante de Juancito y cuatro adelante del juez mediador, y después decidimos la tenencia compartida. Yo me quedé con el departamento en Belgrano, ella con el de San Telmo. De vez en cuando vamos a ver una película juntos con Juancito."
"Juancito es un grande" dije yo, para salir de un tema espinoso.
" Ah, sí, es un personaje. ¿Te conté que ya aprendió a escribir papá? Antes que mamá."
Después que mi hermano se fue me quedé pensando. ¿Y si tiene razón? Pero ¿cómo se lo pregunto a Gretel?
Esto parece una novela de las tres de la tarde.
José Pedroni
Soy de las que piensa que la poesía se defiende por si misma, igual que cualquier otro arte. Sin embargo, estas líneas introductorias no son para justificar al poeta del que hablo, sino para contextualizarlo. Pedroni fue un gran poeta santafesino del siglo XX, que vivió casi toda su vida en la ciudad de Esperanza, una vieja colonia europea. Era contador y, según cuentan los que lo conocieron, un hombre muy sencillo, lo que puede verse en sus poemas. Mi tía Angela (no se llamaba en realidad así, pero allí hay una vieja historia familiar) que era directora en San Lorenzo me contó un día, un poco emocionada: "conocí a Pedroni". Con mis amigos de la secundaria estábamos de acuerdo en que es uno de los mejores poetas nacionales, quizás por chauvinismo local, quizás porque en base a sus poemas se hicieron muchas canciones. Aquí traduzco uno de sus poemas al inglés. Se llama "Piedras"
Stones
Because I'm an accountant
and I have vulgar manners
and if I see a stone or a flower
I look it like everyone else
"He doesn´t write the verses"
said the people
"She writes them".
There is so, there is so;
I'm the useless ivy
tangled at your feet;
blue, green, red
do you gave me the verses
from pieces of stone
that fell from your eyes.
I resolved the puzzled,
no more than that.
Stones
Because I'm an accountant
and I have vulgar manners
and if I see a stone or a flower
I look it like everyone else
"He doesn´t write the verses"
said the people
"She writes them".
There is so, there is so;
I'm the useless ivy
tangled at your feet;
blue, green, red
do you gave me the verses
from pieces of stone
that fell from your eyes.
I resolved the puzzled,
no more than that.
domingo, 19 de enero de 2014
La muerte de un rey. 9° parte.
Eliza. Oasis de Dion.
A thing of beauty is a joy forever
Keats
¿Qué es exactamente la máquina? preguntó Dion.
La he visto solo tres veces, contestó Eliza. Es un objeto bello. Cuando se abre, y suena la música de su interior, cualquiera es un poco inmortal. Cuando funciona realmente, es horrible.
Una alegría eterna.
Sí, exacto.
La inventó Rodrick.
No le eches la culpa al pobre Rodrick. Rodrick y Pauline, el cuarto y la quinta general, son los mejores entre los Mil. Mi padre tiene la culpa en realidad. Mi padre, mi madre y Sarar. Yo estaba muriendo, era irreversible y la gente que me amaba no quiso resignarse. Y por culpa mía... Estamos en este maldito planeta, todo para que una pequeña niñita de dos años no sufriera el destino que le correspondía. Mis padres podrían haber tenido otros hijos, ¿no?
Es cierto, fue la respuesta de Dion.
¿Sabes que la segunda heredera es hija mía? le preguntó.
Es un rumor que corre, dijo Eliza.
Estuve con ella hasta los cuatro años. Arguil es una mujer venenosa y cruel en muchos aspectos, pero es muy dulce con sus hijos. Y conmigo fue hasta bondadosa. La utilicé para escaparme, pero antes de irme pensé mucho en Juith. Casi prefería el cautiverio con la niña a mi libertad. Así que entiendo a tus padres. A Sarar... ¿Qué sabes de él?
Que es mitad hombre y mitad insecto y que cada noche devora cincuenta kilos de hojas del árbol de moras. Y que sus hijos viven solo medio año, porque son también híbridos monstruosos, aunque no tan inteligentes como él. Y que en el planeta Tierra fue un asesino y también algo parecido a un ídolo. Y que aquí soy sus ojos, porque él no puede moverse.
Es raro que un ser tan limitado sea el primer general.
Para los Mil no hay jerarquías. Es simplemente un orden numérico, dijo Eliza con voz dura y temblorosa.
Es indudable que eso es lo que te han dicho, fue la respuesta de Dion.
Allí llega Argan. Es un problema que tu lugarteniente y tu amante sean la misma persona. Lo que se dice, y había una suave ironía en su voz, un pequeño conflicto de intereses.
A thing of beauty is a joy forever
Keats
¿Qué es exactamente la máquina? preguntó Dion.
La he visto solo tres veces, contestó Eliza. Es un objeto bello. Cuando se abre, y suena la música de su interior, cualquiera es un poco inmortal. Cuando funciona realmente, es horrible.
Una alegría eterna.
Sí, exacto.
La inventó Rodrick.
No le eches la culpa al pobre Rodrick. Rodrick y Pauline, el cuarto y la quinta general, son los mejores entre los Mil. Mi padre tiene la culpa en realidad. Mi padre, mi madre y Sarar. Yo estaba muriendo, era irreversible y la gente que me amaba no quiso resignarse. Y por culpa mía... Estamos en este maldito planeta, todo para que una pequeña niñita de dos años no sufriera el destino que le correspondía. Mis padres podrían haber tenido otros hijos, ¿no?
Es cierto, fue la respuesta de Dion.
¿Sabes que la segunda heredera es hija mía? le preguntó.
Es un rumor que corre, dijo Eliza.
Estuve con ella hasta los cuatro años. Arguil es una mujer venenosa y cruel en muchos aspectos, pero es muy dulce con sus hijos. Y conmigo fue hasta bondadosa. La utilicé para escaparme, pero antes de irme pensé mucho en Juith. Casi prefería el cautiverio con la niña a mi libertad. Así que entiendo a tus padres. A Sarar... ¿Qué sabes de él?
Que es mitad hombre y mitad insecto y que cada noche devora cincuenta kilos de hojas del árbol de moras. Y que sus hijos viven solo medio año, porque son también híbridos monstruosos, aunque no tan inteligentes como él. Y que en el planeta Tierra fue un asesino y también algo parecido a un ídolo. Y que aquí soy sus ojos, porque él no puede moverse.
Es raro que un ser tan limitado sea el primer general.
Para los Mil no hay jerarquías. Es simplemente un orden numérico, dijo Eliza con voz dura y temblorosa.
Es indudable que eso es lo que te han dicho, fue la respuesta de Dion.
Allí llega Argan. Es un problema que tu lugarteniente y tu amante sean la misma persona. Lo que se dice, y había una suave ironía en su voz, un pequeño conflicto de intereses.
La muerte de un rey. 8° parte
Pauline. 2015. Ivy League.
Ella camina a través de las nubes
con una mente de circo
Que gira salvaje
Pequeña ala. Jimmy Hendrix.
No encuentro mis llaves, dijo Pauline, casi llorando.
Rodrick la miró. Pauline era la chica más linda del campus, y salía cada mes con un chico diferente. Ahora estaba vestida de azul (le quedaba precioso) y su cabello rubio estaba despeinado.
Puedes pasar a mi departamento, si quieres, le dijo.
Gracias, dijo Pauline. Eres muy amable, Rodrick.
¿Sabés mi nombre?
Me prestaste un libro hace dos años. Quizás no lo recuerdes. Un manual de filosofía, no me sirvió de mucho, pero de todas maneras... Cuando Rodrick encendió la luz de su cocina comedor ella enmudeció. Era el lugar más raro que había estado en toda su vida. Había afiches de películas viejas de Disney, de Tim Burton y de King Kong, un montón de peceras con insectos de diferentes tamaños y colores, una computadora demasiado vieja para seguir funcionando (pero que funcionaba) y cajas llenas de papeles.
Ya sé que es horrible, dijo Rodrick, enrojeciendo.
¿Te gustan los Aristogatos? fue la respuesta de Pauline.
Oh, si, dijo Rodrick.
Es mi película favorita. Aquí no puedo decirlo, porque se reirían de mí. Hasta mis padres se ríen de mi cuando lo digo. Tengo dos gatos en casa, sabes: Aristóteles y Plato. ¿Tú tienes mascotas?
Solo los insectos.
Pauline se acercó a la pecera. Que cosas raras, dijo. Pero así en peceras no dan tanto asco. ¿Qué haces con ellos?
Los estudio.
Eres inteligente. Yo no; ya sé que soy tonta. Mis padres están casi resignados a que no se puede ser bella e inteligente al mismo tiempo y esperan que termine siendo modelo, o diseñadora de modas. Ni siquiera sé si puedo ser una buena diseñadora de modas. Voy a desfiles y me encanta, pero es muy difícil todo eso. Creo que el único libro que leí completo fue Harry Potter y la piedra filosofal, a los catorce años.
Yo lo leí a los siete.
Oh, por Dios, eres un genio. Claro que después ví las películas. Siempre quise casarme con Ron; Harry Potter es uno de los héroes más aburridos del mundo, es tan bueno. Ron también es bueno, pero es simpático y tonto.
Yo siempre quise casarme con Hermione, fué la lisérgica respuesta de Rodrick.
Claro, es la inteligente. A mi me gustaría ser como Hermione. Se sabe todos los hechizos, claro. Es estudiosa y buena compañera. Y bastante bonita.
No tanto como tú.
Oh, gracias, dijo Pauline.
¿Quieres escuchar música? ¿Quieres comer algo?
Sí, contestó ella. ¿Qué tienes para comer?
Vio la desesperación en la cara de Rodrick y adivinó que en su heladera había solo limonada y restos viejos de pizza.
Podemos pedir comida china, dijo ella luego de un incómodo silencio.
Claro, si, dijo Rodrick. Y mientras tanto podemos escuchar "Tragic metha world" de Sarar.
Quién es Sarar.
Un cantante como Iggy Pop, sin la suerte de Iggy Pop. Ahora vive en New York, y está retirado.
Pauline notó un leve roce en su cabello. Se dió vuelta y vió un gusano de dos centímetros de grosor, largo, que se acercaba a su hombro.
Odio los insectos, dijo ella paralizada.
No te muevas, fue la respuesta de Rodrick. Y con un coraje impresionante para el chico más nerd del campus (del que todos se reían porque usaba zapatos de gamuza marrón incluso en verano) tomó con delicadeza al pequeño monstruo y lo devolvió a su habitat de origen.
Así, de lejos, es casi bonito, dijo Pauline mirándolo con atención.
Todavía no sé a que especie pertenece. Pero estoy casi seguro de que es hembra. Aún no le puse nombre.
Puedes ponerle Pauline, dijo ella.
Oh, no, dijo él.
Pauline sonrió. Era cierto que salía con los chicos más populares de Harvard, Yale e incluso de la NYU, pero ninguna de sus últimas treinta citas había sido tan divertida como ese cruce por casualidad. Ninguno de los otros chicos sabía nada de los Aristogatos ni de Harry Potter. Y en cuanto a música, todos mencionaban a Bach y a Rachmaninov y alguno más lanzado algo de World Music.
En realidad mi película favorita, dijo de pronto, con la absurda convicción de estar diciendo algo serio por primera vez en su vida, es "The Silence of the Lambs". Cuando Hannibal Lecter le dice a Clarice Starling "Primeros principios" y la mira fijamente...
Sí, dijo Rodrick.
Allí hay algo, completó Pauline.
Ella camina a través de las nubes
con una mente de circo
Que gira salvaje
Pequeña ala. Jimmy Hendrix.
No encuentro mis llaves, dijo Pauline, casi llorando.
Rodrick la miró. Pauline era la chica más linda del campus, y salía cada mes con un chico diferente. Ahora estaba vestida de azul (le quedaba precioso) y su cabello rubio estaba despeinado.
Puedes pasar a mi departamento, si quieres, le dijo.
Gracias, dijo Pauline. Eres muy amable, Rodrick.
¿Sabés mi nombre?
Me prestaste un libro hace dos años. Quizás no lo recuerdes. Un manual de filosofía, no me sirvió de mucho, pero de todas maneras... Cuando Rodrick encendió la luz de su cocina comedor ella enmudeció. Era el lugar más raro que había estado en toda su vida. Había afiches de películas viejas de Disney, de Tim Burton y de King Kong, un montón de peceras con insectos de diferentes tamaños y colores, una computadora demasiado vieja para seguir funcionando (pero que funcionaba) y cajas llenas de papeles.
Ya sé que es horrible, dijo Rodrick, enrojeciendo.
¿Te gustan los Aristogatos? fue la respuesta de Pauline.
Oh, si, dijo Rodrick.
Es mi película favorita. Aquí no puedo decirlo, porque se reirían de mí. Hasta mis padres se ríen de mi cuando lo digo. Tengo dos gatos en casa, sabes: Aristóteles y Plato. ¿Tú tienes mascotas?
Solo los insectos.
Pauline se acercó a la pecera. Que cosas raras, dijo. Pero así en peceras no dan tanto asco. ¿Qué haces con ellos?
Los estudio.
Eres inteligente. Yo no; ya sé que soy tonta. Mis padres están casi resignados a que no se puede ser bella e inteligente al mismo tiempo y esperan que termine siendo modelo, o diseñadora de modas. Ni siquiera sé si puedo ser una buena diseñadora de modas. Voy a desfiles y me encanta, pero es muy difícil todo eso. Creo que el único libro que leí completo fue Harry Potter y la piedra filosofal, a los catorce años.
Yo lo leí a los siete.
Oh, por Dios, eres un genio. Claro que después ví las películas. Siempre quise casarme con Ron; Harry Potter es uno de los héroes más aburridos del mundo, es tan bueno. Ron también es bueno, pero es simpático y tonto.
Yo siempre quise casarme con Hermione, fué la lisérgica respuesta de Rodrick.
Claro, es la inteligente. A mi me gustaría ser como Hermione. Se sabe todos los hechizos, claro. Es estudiosa y buena compañera. Y bastante bonita.
No tanto como tú.
Oh, gracias, dijo Pauline.
¿Quieres escuchar música? ¿Quieres comer algo?
Sí, contestó ella. ¿Qué tienes para comer?
Vio la desesperación en la cara de Rodrick y adivinó que en su heladera había solo limonada y restos viejos de pizza.
Podemos pedir comida china, dijo ella luego de un incómodo silencio.
Claro, si, dijo Rodrick. Y mientras tanto podemos escuchar "Tragic metha world" de Sarar.
Quién es Sarar.
Un cantante como Iggy Pop, sin la suerte de Iggy Pop. Ahora vive en New York, y está retirado.
Pauline notó un leve roce en su cabello. Se dió vuelta y vió un gusano de dos centímetros de grosor, largo, que se acercaba a su hombro.
Odio los insectos, dijo ella paralizada.
No te muevas, fue la respuesta de Rodrick. Y con un coraje impresionante para el chico más nerd del campus (del que todos se reían porque usaba zapatos de gamuza marrón incluso en verano) tomó con delicadeza al pequeño monstruo y lo devolvió a su habitat de origen.
Así, de lejos, es casi bonito, dijo Pauline mirándolo con atención.
Todavía no sé a que especie pertenece. Pero estoy casi seguro de que es hembra. Aún no le puse nombre.
Puedes ponerle Pauline, dijo ella.
Oh, no, dijo él.
Pauline sonrió. Era cierto que salía con los chicos más populares de Harvard, Yale e incluso de la NYU, pero ninguna de sus últimas treinta citas había sido tan divertida como ese cruce por casualidad. Ninguno de los otros chicos sabía nada de los Aristogatos ni de Harry Potter. Y en cuanto a música, todos mencionaban a Bach y a Rachmaninov y alguno más lanzado algo de World Music.
En realidad mi película favorita, dijo de pronto, con la absurda convicción de estar diciendo algo serio por primera vez en su vida, es "The Silence of the Lambs". Cuando Hannibal Lecter le dice a Clarice Starling "Primeros principios" y la mira fijamente...
Sí, dijo Rodrick.
Allí hay algo, completó Pauline.
La muerte .de un rey. 7° parte
Arguil. Harenes del Palacio del Rey.
Lilith is not longer a serpent; she becomes and aparition of the night...
Jorge Luis Borges- The Book of Imaginary Beings.
Están celebrando los ritos del invierno, dijo Arguil. No hay nada que me fastidie más.
También a mí, dijo Lisbeth.
Arguil miró atentamente a Lisbeth. Intentó ver si en sus palabras había otro designio, pero como casi siempre no lo había.
Creo que vamos a encontrar la máquina, le dijo.
Oh, dijo Lisbeth. Se sonrojó levemente y bajó la cabeza. Vestía (la obligaban a vestir) un traje blanco y dorado, muy elaborado, que la hacía transpirar generalmente. Era igual que él que usaba su estatua en el salón principal de banquetes del Rey.
Cuéntame algo dela Tierra, tu planeta de origen.
Ya lo he contado todo, respondió Lisbeth. Además, Arguil, la repetición de tus preguntas solo prueba tus pocos años. Yo era muy parecida a tí en el planeta Tierra, tenía mucho dinero, muchos sirvientes y una madre que se moría.
La Dama Blanca de York.
El nombre de mi madre es Melinda, replicó Lisbeth.
Entonces, dijo Arguil, tu eras casi una reina allí. E irónicamente eres casi una reina aquí. Por lo que hiciste.
Quizás fue un error, dijo Lisbeth.
Sí, quizás. Eramos inocentes antes de que ustedes llegaran, sabes. Crueles e inocentes, como los niños de los esclavos. Cazábamos, cultivábamos y nos apareábamos. Los niños que nacían con alguna deformidad eran ahogados. Enterrábamos a los muertos y no sabíamos que las enfermedades tenían cura. Y aún cuando ustedes llegaron, como vimos que no se mezclaban con nosotros, los consideramos una raza aparte, misteriosa. Además, eran inmortales. Y entonces, a ti...
Sentí algo parecido a la piedad. Conozco la historia mejor que tú, porque soy su protagonista. Uno de los niños que ustedes habían intentado ahogar había llegado hasta la orilla. Ustedes se habían ido. Yo lo encontré. Tenía dos opciones: dejarlo morir o adoptarlo. Elegí la que me pareció la menos cruel. Lo llevé conmigo, lo alimenté y lo eduqué, hasta que el niño tuvo quince años, y empezó a hacer preguntas. Entonces le expliqué todo. El se enfureció (ahora lo entiendo), se escapó y regresó con ustedes. Y por ese acto de debilidad mío empezó la gran batalla entre los Mil y los nativos de este planeta. El fruto del conocimiento no debería ser mordido por nadie.
No te entiendo.
Es una cita bíblica. Pero tú no sabes que es eso. Oh, Arguil, Arguil, eres tan joven aunque te creas vieja. No entiendo porque quieren encontrar la máquina.
Queremos ser como ustedes.
Lo imagino, replicó Lisbeth. No lo dudo.
Sí quieren encontrar la máquina deben encontrar a Rodrick, el cuarto general.
¿Y tu sabes donde está Rodrick?
Y entonces la risa de Lisbeth se volvió cristalina y pareció tener dieciséis años nuevamente.
Rodrick está donde esté Pauline.
Lilith is not longer a serpent; she becomes and aparition of the night...
Jorge Luis Borges- The Book of Imaginary Beings.
Están celebrando los ritos del invierno, dijo Arguil. No hay nada que me fastidie más.
También a mí, dijo Lisbeth.
Arguil miró atentamente a Lisbeth. Intentó ver si en sus palabras había otro designio, pero como casi siempre no lo había.
Creo que vamos a encontrar la máquina, le dijo.
Oh, dijo Lisbeth. Se sonrojó levemente y bajó la cabeza. Vestía (la obligaban a vestir) un traje blanco y dorado, muy elaborado, que la hacía transpirar generalmente. Era igual que él que usaba su estatua en el salón principal de banquetes del Rey.
Cuéntame algo dela Tierra, tu planeta de origen.
Ya lo he contado todo, respondió Lisbeth. Además, Arguil, la repetición de tus preguntas solo prueba tus pocos años. Yo era muy parecida a tí en el planeta Tierra, tenía mucho dinero, muchos sirvientes y una madre que se moría.
La Dama Blanca de York.
El nombre de mi madre es Melinda, replicó Lisbeth.
Entonces, dijo Arguil, tu eras casi una reina allí. E irónicamente eres casi una reina aquí. Por lo que hiciste.
Quizás fue un error, dijo Lisbeth.
Sí, quizás. Eramos inocentes antes de que ustedes llegaran, sabes. Crueles e inocentes, como los niños de los esclavos. Cazábamos, cultivábamos y nos apareábamos. Los niños que nacían con alguna deformidad eran ahogados. Enterrábamos a los muertos y no sabíamos que las enfermedades tenían cura. Y aún cuando ustedes llegaron, como vimos que no se mezclaban con nosotros, los consideramos una raza aparte, misteriosa. Además, eran inmortales. Y entonces, a ti...
Sentí algo parecido a la piedad. Conozco la historia mejor que tú, porque soy su protagonista. Uno de los niños que ustedes habían intentado ahogar había llegado hasta la orilla. Ustedes se habían ido. Yo lo encontré. Tenía dos opciones: dejarlo morir o adoptarlo. Elegí la que me pareció la menos cruel. Lo llevé conmigo, lo alimenté y lo eduqué, hasta que el niño tuvo quince años, y empezó a hacer preguntas. Entonces le expliqué todo. El se enfureció (ahora lo entiendo), se escapó y regresó con ustedes. Y por ese acto de debilidad mío empezó la gran batalla entre los Mil y los nativos de este planeta. El fruto del conocimiento no debería ser mordido por nadie.
No te entiendo.
Es una cita bíblica. Pero tú no sabes que es eso. Oh, Arguil, Arguil, eres tan joven aunque te creas vieja. No entiendo porque quieren encontrar la máquina.
Queremos ser como ustedes.
Lo imagino, replicó Lisbeth. No lo dudo.
Sí quieren encontrar la máquina deben encontrar a Rodrick, el cuarto general.
¿Y tu sabes donde está Rodrick?
Y entonces la risa de Lisbeth se volvió cristalina y pareció tener dieciséis años nuevamente.
Rodrick está donde esté Pauline.
miércoles, 15 de enero de 2014
Un aire de familia. 1° parte. Samuel.
Las traslúcidas manos del judío
labran en la penumbra los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío
(las tardes a las tardes son iguales)
Jorge Luis Borges
A los trece años le ocurrió algo a Samuel que cambiaría su vida para siempre; deseaba con desesperación el rifle de aire comprimido que se vendía en la tienda principal del pueblo, pero su madre se negó a comprárselo aduciendo, como siempre, razones económicas. Dos días después, Jonás Brauer, el niño más gordo y detestable del pueblo recibió el rifle como regalo de cumpleaños. Mientras jugaba con él, el rifle explotó (tenía una pequeña falla de fábrica) y Jonás perdió su ojo izquierdo.
"Podrías haber sido tú" dijo su madre. Nunca más le compró ningún regalo que Samuel deseara, limitándose desde entonces a cosas útiles como ropa interior y pañuelos.
A Samuel esa coincidencia del destino le pareció nefasta; años después leería la máxima de Pascal que decía que si la nariz de Cleopatra hubiera medido dos centímetros más la historia del mundo sería muy otra. Por eso, cuando sus padres arreglaron el casamiento con Hannah, la hija mayor de los Goldberg, aceptó encantado. La había visto más de una vez en el mercado regateando el precio de las gallinas y de las papas (como toda buena futura esposa debe hacerlo, observaba su madre) y su aire reposado y serio lo llenó de tranquilidad. Con una mujer así, nunca podría ocurrirle nada. Lo único que no advirtió (y que no advertiría nunca) era que Hannah era además muy hermosa; tenía una piel blanca como de nácar, el cabello castaño oscuro y un par de ojos oscuros y preciosos. En el pueblo todos se divertían comentando la suerte que tenía el hijo menor de los Szplilorg en haber conseguido a una de las muchachas más codiciadas del pueblo.
"Podrías haber sido tú" dijo su madre. Nunca más le compró ningún regalo que Samuel deseara, limitándose desde entonces a cosas útiles como ropa interior y pañuelos.
A Samuel esa coincidencia del destino le pareció nefasta; años después leería la máxima de Pascal que decía que si la nariz de Cleopatra hubiera medido dos centímetros más la historia del mundo sería muy otra. Por eso, cuando sus padres arreglaron el casamiento con Hannah, la hija mayor de los Goldberg, aceptó encantado. La había visto más de una vez en el mercado regateando el precio de las gallinas y de las papas (como toda buena futura esposa debe hacerlo, observaba su madre) y su aire reposado y serio lo llenó de tranquilidad. Con una mujer así, nunca podría ocurrirle nada. Lo único que no advirtió (y que no advertiría nunca) era que Hannah era además muy hermosa; tenía una piel blanca como de nácar, el cabello castaño oscuro y un par de ojos oscuros y preciosos. En el pueblo todos se divertían comentando la suerte que tenía el hijo menor de los Szplilorg en haber conseguido a una de las muchachas más codiciadas del pueblo.
martes, 14 de enero de 2014
La muerte de un rey. 6° parte.
y mientras las cosas se caían a pedazos
nadie prestaba mucha atención...
Talking Heads
Lisbeth, The Valley, Los Angeles, 2015
La enfermera le avisó que era la hora de la tercera dosis de morfina. Se la aplicaré yo, le dijo. Se acercó a la cama de su madre, que era apenas su madre ahora, que era una hoja leve, un pétalo, casi un cadáver. Cuando su madre se muriera debería lidiar con los abogados y los psiquiatras, y con las mejores amigas de su madre que ahora estaban seguramente bebiendo un té en el Marhala, algo avergonzadas de ser incapaces de observar la lenta agonía de la que en sus tiempos había sido la mujer más deseada de la costa Este. Si su padre estuviera vivo, pensó, pero era inútil. Su padre había muerto tres años atrás de un ataque al corazón, dos meses después de que a su madre le diagnosticaran un cáncer agresivo en la axila derecha (aquí, decía ella, y su piel traslúcida mostraba las cicatrices de la cirugía). Lisbeth tenía ahora dieciséis años y pronto sería una huérfana millonaria. Le aplicó la dosis de morfina a su madre y ella sonrió y siguió durmiendo.
Fue a las caballerizas. Allí estaban Bianca, Andrew y Veltran. Veltran era casi un potrillo y era su preferido. El caballerizo (¿no era ridículo tener un caballerizo en pleno siglo XXI? pensó Lisbeth) la observó con cuidado, pero ella le indicó que se fuera con el mismo ademán imperioso y elegante de su madre. Empezó a cepillarle el cabello dorado y mientras lo hacía lloraba. Se sabía vigilada por una red amorosa e interesada, y por lo mismo casi imposible de sortear. "Es increíble la mala suerte de la pobre muchachaita" le había oído decir a la cocinera, y esa piedad oculta la hirió mucho más que las voces veladas de las enfermeras y de los oncólogos. El mejor amigo de su padre le había aconsejado un grupo de apoyo, y ella había ido un par de veces, pero luego se dió cuenta de que en su dolor había algo particular y distinto que no sabía expresar.
El caballerizo la llamó, con un grito leve, hay teléfono para usted, señorita.
Quién es, preguntó ella.
No sé. No sé. Vaya usted, dijo él
El télefono era blanco y dorado, como en una película de los años treinta. Quién habla, preguntó ella. Hola, tú no me conoces, soy un viejo amigo de tu madre, Sarar.
Mi madre está muriéndose, le contestó ella, increíblemente sin amargura.
Ya lo sé, ya lo sé. Quisiera hablar con ella.
Ya no puede hablar. Le falta muy poco para morirse.
Oh, y se escuchó un silencio del otro lado y una carraspera. Oh, siguió la voz, entonces tendré que hablar contigo. Si puedes, si puedes tu hacerle entender, habla con ella.
¿Qué tengo que decirle?
Que venda todo. Que venda todo lo que tiene. Antes de que se muera. Dile que habló Sarar desde Nueva York, ella me conoce bien y probablemente entenderá.Y cortó.
Al menos este amigo de mi madre está loco, pensó Lisbeth. Y subió a la habitación. Su madre estaba despertándose de la duermevela provocada por la morfina.
Llamó un amigo tuyo, muy raro. Sarar, se llama. Dice que vendas todo.
Agua, Lisbeth, dijo su madre.
Ella le alcanzó un vaso de agua y su madre bebió.
Sarar, dices. Si lo conozco, dijo en un susurro. Si, es un hombre algo extraño. Se murmura de él que es un asesino, o algo así.
Le haré caso, Lisbeth, dijo Melinda, su madre, con una voz clara por primera vez en meses. Venderé todo. No tengo otra opción.
nadie prestaba mucha atención...
Talking Heads
Lisbeth, The Valley, Los Angeles, 2015
La enfermera le avisó que era la hora de la tercera dosis de morfina. Se la aplicaré yo, le dijo. Se acercó a la cama de su madre, que era apenas su madre ahora, que era una hoja leve, un pétalo, casi un cadáver. Cuando su madre se muriera debería lidiar con los abogados y los psiquiatras, y con las mejores amigas de su madre que ahora estaban seguramente bebiendo un té en el Marhala, algo avergonzadas de ser incapaces de observar la lenta agonía de la que en sus tiempos había sido la mujer más deseada de la costa Este. Si su padre estuviera vivo, pensó, pero era inútil. Su padre había muerto tres años atrás de un ataque al corazón, dos meses después de que a su madre le diagnosticaran un cáncer agresivo en la axila derecha (aquí, decía ella, y su piel traslúcida mostraba las cicatrices de la cirugía). Lisbeth tenía ahora dieciséis años y pronto sería una huérfana millonaria. Le aplicó la dosis de morfina a su madre y ella sonrió y siguió durmiendo.
Fue a las caballerizas. Allí estaban Bianca, Andrew y Veltran. Veltran era casi un potrillo y era su preferido. El caballerizo (¿no era ridículo tener un caballerizo en pleno siglo XXI? pensó Lisbeth) la observó con cuidado, pero ella le indicó que se fuera con el mismo ademán imperioso y elegante de su madre. Empezó a cepillarle el cabello dorado y mientras lo hacía lloraba. Se sabía vigilada por una red amorosa e interesada, y por lo mismo casi imposible de sortear. "Es increíble la mala suerte de la pobre muchachaita" le había oído decir a la cocinera, y esa piedad oculta la hirió mucho más que las voces veladas de las enfermeras y de los oncólogos. El mejor amigo de su padre le había aconsejado un grupo de apoyo, y ella había ido un par de veces, pero luego se dió cuenta de que en su dolor había algo particular y distinto que no sabía expresar.
El caballerizo la llamó, con un grito leve, hay teléfono para usted, señorita.
Quién es, preguntó ella.
No sé. No sé. Vaya usted, dijo él
El télefono era blanco y dorado, como en una película de los años treinta. Quién habla, preguntó ella. Hola, tú no me conoces, soy un viejo amigo de tu madre, Sarar.
Mi madre está muriéndose, le contestó ella, increíblemente sin amargura.
Ya lo sé, ya lo sé. Quisiera hablar con ella.
Ya no puede hablar. Le falta muy poco para morirse.
Oh, y se escuchó un silencio del otro lado y una carraspera. Oh, siguió la voz, entonces tendré que hablar contigo. Si puedes, si puedes tu hacerle entender, habla con ella.
¿Qué tengo que decirle?
Que venda todo. Que venda todo lo que tiene. Antes de que se muera. Dile que habló Sarar desde Nueva York, ella me conoce bien y probablemente entenderá.Y cortó.
Al menos este amigo de mi madre está loco, pensó Lisbeth. Y subió a la habitación. Su madre estaba despertándose de la duermevela provocada por la morfina.
Llamó un amigo tuyo, muy raro. Sarar, se llama. Dice que vendas todo.
Agua, Lisbeth, dijo su madre.
Ella le alcanzó un vaso de agua y su madre bebió.
Sarar, dices. Si lo conozco, dijo en un susurro. Si, es un hombre algo extraño. Se murmura de él que es un asesino, o algo así.
Le haré caso, Lisbeth, dijo Melinda, su madre, con una voz clara por primera vez en meses. Venderé todo. No tengo otra opción.
Kenneth Branagh
En un mundo donde cualquiera obtiene sus cinco minutos de fama, es un placer que un actor como Keneth Branagh exista, porque es un apasionado real del teatro y de Shakespeare. Cuando actúa, está cercano a la perfección. En "Conspiracy", la película donde interpreta a Heydrich, es el villano perfecto (uno puede repetir con el bardo que un hombre puede sonreir y sonreir y aún así ser un malvado). Recomiendo, de paso, a quién quiera entender ciertos mecanismos del nazismo y de la resistencia al nazismo, el magnífico libro HHhH que se basa justamente en ese personaje. Nada me trasmitió a mi tanto amor por el teatro isabelino del renacimiento como sus numerosas adaptaciones cinematográficas a las aparentemente poco "comerciales" comedias, dramas y tragedias de William Shakespeare. Aunque debo confesar que mi amor por sus tragedias se originó a los nueve años, cuando vi por televisión la versión de Franco Zefirelli de "Romeo y Julieta". Hay obras de Shakespeare que se entienden a los cuarenta años; Romeo y Julieta, pienso yo, la entiende mucho mejor un niño o un adolescente que un adulto. Es la tragedia de la adolescencia, la tragedia de la inmadurez, como diría Pablo Neruda; "En la primavera las nieves son más crudas".
lunes, 6 de enero de 2014
La muerte de un rey. 5° parte.
Campamento de Sarar. Desierto de Krill
una historia, contada por un idiota, llena de sonido y de furia...
Shakespeare
Argan
Debo
decirte algo, Sarar.
Sarar,
el medio hombre, lo miró. Argan era ahora un hombre negro alto,
fornido, como aquellos hombres que había frecuentado hacía tantos
milenios en el barrio de Harlem.
Eliza
se ha escapado. Se ha ido con Veltran.
Tuvo
ganas de azotarlo. Entonces recordó que no tenía manos ni látigo.
No
has podido cuidarla, Argan. ¿Para qué sirves, entonces? Eres su
lugarteniente.
Si, y
ella es tus ojos, Sarar. Ha visto algo que nosotros no hemos visto.
Que
puede haber visto.
Ya
sabes, Sarar. La ubicación de la Máquina.
We
are fucked, pensó Sarar.
Entonces
crees que el rey está a punto de encontrarla.
Eliza
no hubiera arriesgado nunca todo a no ser que fuera eso lo que
ocurre. Ha ido hacia la casa del mestizo y luego irá al palacio del
Rey. Y allí...
Estará
perdida.
Pasa
a mi tienda, Argan. Debes ir a buscarla.
Ya lo
sé.
Sarar
era el primer general. Allí estaba también la segunda generala, la
dama blanca de York y Henry, el tercer general, un hombre bajo
(demasiado bajo para ser uno de los mil). El es Henry, dijo Sarar. En
el planeta Tierra enseñaba historia del arte, sabes. Henry sonrió y
asintió. La dama blanca no sonrió, porque nunca lo hacía, desde
que había perdido a Lisbeth.
Aquí
está la jerarquía más alta de los Mil, pensó Argan. Si los matara
y le llevara sus corazones al rey, me haría su consejero.
Que haremos, le preguntó a Sarar.
No lo sé.
Estaban los tres jugando al Tradjezman. Henry, el tercer general, miraba atentamente las piezas. ¿Sabes jugar este juego? le preguntó con amabilidad.
Por supuesto que no, le dijo.
Lo inventé mientras conducía la nave que nos trajo hasta aquí. Todos los grandes generales de los Mil saben jugar al Tradjezman, menos Eliza.
¿Por qué no?
Desde que Lisbeth está encerrada en los calabozos del rey, Eliza decidió no tener hijos. Yo misma la operé, dijo la dama blanca.
Ya lo sé, dijo Argan.
Se ha sacrificado por nosotros, pero también por su (ahora inexistente) descendencia.
Basta, dijo Sarar.
Yo me responsabilizé por Eliza ante Amparo yOregon. Y ahora ella está yendo hacia el rey, lo que me juró que nunca haría.
Quizás porque es tus ojos, dijo la dama blanca.
Y besó a Sarar, cosa que nunca hacía.
Voy a ir a detenerla, dijo Argan. Te matarán, fue la respuesta de Henry O te mutilarán. Son implacables, dijo y entonces dió vuelta su rostro y mostró el hueco que tenía entre el pómulo y la ceja derechos.
domingo, 5 de enero de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia (folletin novelesco pollítico de alto contenido sentimental y moralizante)
Diario de Amalia
Estoy a punto de matar a mi mamá. Justo cuando estoy por rendir el segundo parcial de Jurídicas, me llama para avisarme que me quiere presentar al hijo de su mejor amiga, que seguro es un tarado como su mejor amiga. Siempre se preocupa porque no tengo novio y yo, en realidad, no sé como decirle que tengo dos. Nestor, el eterno separado y Javier, el pendejito insoportable que se las sabe todas. Con esos me basta y me sobra, pero mi mamá si se entera que ando con dos al mismo tiempo me mata. De mis amigas, la única que está bien es Andrea que se casó con su amiga del colegio inglés; de el resto, todas, estamos al horno. El otro día hablaba con la Patri, que es dos años más grande que yo, y ella me decía que le pasa lo mismo, porque siempre sale con tipos de izquierda, artistas, cantantes, rockeros, en fin.
- Julian descubrió su vocación de pintor después de dos años de que sus viejos le pagaran la carrera de contador. Y eso no es nada. También descubrió su bisexualidad. Cuando me dijo eso, yo le dije, con toda la paciencia posible que ya sabía que me había engañado con todas las mujeres del país, pero que yo no iba a gastar mi tiempo y si quería ser puto que lo fuera.
- ¿Y el que dijo?
- Me preguntó si tenía veinte pesos para comprar birra.
- Uy, que mala onda.
- Yo te voy a decir la verdad, Amalia. La verdad es terrible. Es horrible. Mirá que mi mamá me mandó al psicoanalista desde chiquita, y me hizo leer a Lacan y a Freud, y todo eso.
- Patri, me estás asustando.
- No, no te asustes tanto. Ahora te cuento lo que me pasa. Lo que me pasa es que me gustan los muchachos del PRO.
- No, vos estás loca, Patri.
- Te das cuenta.
- Estas loca de en serio.
- Si, pasa que son tan lindos, tan atildados, tan serios. Son como Ken y yo me siento Barbie al lado de ellos.
Usan perfume importado, se bañan todos los días.
- Te entiendo. Bueno, y entonces ¿tenés miedo que no te den bola?
- No, Amalia, no es ese mi problema. Ya hay un par que me tiraron onda.
- Y...
- Bueno, te tengo que decir la verdad. Vos sabés que a mi me gusta salir a bailar los fines de semana.
- Sí.
- Y, bueno, los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.
-Uy, Patri, tenés razón.
Estoy a punto de matar a mi mamá. Justo cuando estoy por rendir el segundo parcial de Jurídicas, me llama para avisarme que me quiere presentar al hijo de su mejor amiga, que seguro es un tarado como su mejor amiga. Siempre se preocupa porque no tengo novio y yo, en realidad, no sé como decirle que tengo dos. Nestor, el eterno separado y Javier, el pendejito insoportable que se las sabe todas. Con esos me basta y me sobra, pero mi mamá si se entera que ando con dos al mismo tiempo me mata. De mis amigas, la única que está bien es Andrea que se casó con su amiga del colegio inglés; de el resto, todas, estamos al horno. El otro día hablaba con la Patri, que es dos años más grande que yo, y ella me decía que le pasa lo mismo, porque siempre sale con tipos de izquierda, artistas, cantantes, rockeros, en fin.
- Julian descubrió su vocación de pintor después de dos años de que sus viejos le pagaran la carrera de contador. Y eso no es nada. También descubrió su bisexualidad. Cuando me dijo eso, yo le dije, con toda la paciencia posible que ya sabía que me había engañado con todas las mujeres del país, pero que yo no iba a gastar mi tiempo y si quería ser puto que lo fuera.
- ¿Y el que dijo?
- Me preguntó si tenía veinte pesos para comprar birra.
- Uy, que mala onda.
- Yo te voy a decir la verdad, Amalia. La verdad es terrible. Es horrible. Mirá que mi mamá me mandó al psicoanalista desde chiquita, y me hizo leer a Lacan y a Freud, y todo eso.
- Patri, me estás asustando.
- No, no te asustes tanto. Ahora te cuento lo que me pasa. Lo que me pasa es que me gustan los muchachos del PRO.
- No, vos estás loca, Patri.
- Te das cuenta.
- Estas loca de en serio.
- Si, pasa que son tan lindos, tan atildados, tan serios. Son como Ken y yo me siento Barbie al lado de ellos.
Usan perfume importado, se bañan todos los días.
- Te entiendo. Bueno, y entonces ¿tenés miedo que no te den bola?
- No, Amalia, no es ese mi problema. Ya hay un par que me tiraron onda.
- Y...
- Bueno, te tengo que decir la verdad. Vos sabés que a mi me gusta salir a bailar los fines de semana.
- Sí.
- Y, bueno, los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.
-Uy, Patri, tenés razón.
La muerte de un rey. 4° parte
Rilench. Aposentos del rey.
The hunt of love
is a highfly affaire
Gil Vicente
Hola, dijo la segunda heredera. Su nombre era Juith y solo tenía doce años. Era la favorita de su madre, que la prefería con mucho al rey. A Rilench no le gustaba nada, porque sabía que la reina madre era una experta en corromper corazones.
Creo que hemos encontrado la ubicación de la Maquina, le dijo a Juith.
Debo decírselo a Madre.
No, eso nunca.
¿Quieres que le mienta a Madre? Sabes que es imposible.
Si lo haces, el rey, tu hermano, estará en peligro.
Entonces me callaré, respondió la segunda heredera, luego de un largo silencio.
Ella me prefiere a mí, sabes, dijo después. Aunque mi hermano es un buen rey, quizás el mejor que hemos tenido en mucho tiempo. Me prefiere a mi porque soy parecida a ella.
Tu madre siempre tiene favoritos y favoritas. Un dragón sin cola, una serpiente venenosa son menos peligrosos que ella.
Oh, tu no entiendes nada, Rilench. Mi madre me prefiere a mi porque soy igual a mi padre.
¿Ya sabes quién es tu padre?
Claro que lo sé. Llevo su marca en el tobillo. Mi padre usó a mi madre para fugarse de la prisión. Ahora es un hombre viejo, pero entonces...
El mestizo.
Mi madre nunca me dejará ser reina, lo ves, a no ser que sea como ella. Y para eso ya sé lo que quiere que haga. Me está empujando, me está corrompiendo y no sé como voy a impedirlo.
Quiere que seas la mujer del rey.
Quiere que sea la Reina del rey y al mismo tiempo su hermana. Y no sé como voy a decirle que no a Madre.
Ella lo hizo, sabes, una vez, y fue tan horrible. Yo vi el rostro de su medio hermano, y luego vi como lloraba en la oscuridad. Pero que hombre se resiste a ella.
Tu hermano lo hizo. Y el mestizo (tu padre) también.
Si, es cierto, Rilench. Mi padre resistió y mi hermano. Pero mi hermano no puede resistir ante mi. Tengo solo doce años y sé perfectamente que si no acepto ser la mujer de mi hermano, mi madre va a matarlo para que yo obtenga el trono.
Y entonces seré la Reina, Rilench, y podré matarla, y seré igual que ella.
No hay esperanza para mi, Rilench.
Y entonces la segunda heredera, que hasta entonces solo vestía una camisa transparente, empezó a vestirse.
Empiezan los ritos del invierno, y yo soy la sacerdotisa y mi hermano es el sacerdote.
Ojalá no fueras solamente un consejero, Rilench.
Y lo besó en la mejilla y se marchó.
The hunt of love
is a highfly affaire
Gil Vicente
Hola, dijo la segunda heredera. Su nombre era Juith y solo tenía doce años. Era la favorita de su madre, que la prefería con mucho al rey. A Rilench no le gustaba nada, porque sabía que la reina madre era una experta en corromper corazones.
Creo que hemos encontrado la ubicación de la Maquina, le dijo a Juith.
Debo decírselo a Madre.
No, eso nunca.
¿Quieres que le mienta a Madre? Sabes que es imposible.
Si lo haces, el rey, tu hermano, estará en peligro.
Entonces me callaré, respondió la segunda heredera, luego de un largo silencio.
Ella me prefiere a mí, sabes, dijo después. Aunque mi hermano es un buen rey, quizás el mejor que hemos tenido en mucho tiempo. Me prefiere a mi porque soy parecida a ella.
Tu madre siempre tiene favoritos y favoritas. Un dragón sin cola, una serpiente venenosa son menos peligrosos que ella.
Oh, tu no entiendes nada, Rilench. Mi madre me prefiere a mi porque soy igual a mi padre.
¿Ya sabes quién es tu padre?
Claro que lo sé. Llevo su marca en el tobillo. Mi padre usó a mi madre para fugarse de la prisión. Ahora es un hombre viejo, pero entonces...
El mestizo.
Mi madre nunca me dejará ser reina, lo ves, a no ser que sea como ella. Y para eso ya sé lo que quiere que haga. Me está empujando, me está corrompiendo y no sé como voy a impedirlo.
Quiere que seas la mujer del rey.
Quiere que sea la Reina del rey y al mismo tiempo su hermana. Y no sé como voy a decirle que no a Madre.
Ella lo hizo, sabes, una vez, y fue tan horrible. Yo vi el rostro de su medio hermano, y luego vi como lloraba en la oscuridad. Pero que hombre se resiste a ella.
Tu hermano lo hizo. Y el mestizo (tu padre) también.
Si, es cierto, Rilench. Mi padre resistió y mi hermano. Pero mi hermano no puede resistir ante mi. Tengo solo doce años y sé perfectamente que si no acepto ser la mujer de mi hermano, mi madre va a matarlo para que yo obtenga el trono.
Y entonces seré la Reina, Rilench, y podré matarla, y seré igual que ella.
No hay esperanza para mi, Rilench.
Y entonces la segunda heredera, que hasta entonces solo vestía una camisa transparente, empezó a vestirse.
Empiezan los ritos del invierno, y yo soy la sacerdotisa y mi hermano es el sacerdote.
Ojalá no fueras solamente un consejero, Rilench.
Y lo besó en la mejilla y se marchó.
jueves, 2 de enero de 2014
La muerte de un rey. 3° parte
Sarar. 2015. New York
This is the first day of my life
swear I was born right in the doorway.
Bright Eyes.
Recordaba las épocas en las cuales había querido ser Iggy Pop, Iggy Pop nada menos, y ahora solo era Sarar, Sarar bebiendo en un bar desconocido de New York mientras la moza escuchaba a Bright Eyes. Pensaba en Ludmila y en Penny, que habían criado a Amparo hasta que se había vuelto una muchacha hermosa y malcriada como pocas. El siempre había amado a Ludmila y a Penny, aunque el resto de sus amigos se sorprendiera de que sus mejores amigas fueran una pareja de lesbianas (aunque de lejos eran tan parecidas, ambas de rulos, ambas con anteojos, que todo el mundo las tomaba por hermanas). Se había enamorado de Amparo apenas la conoció, y cuando llegó a ser una joven quiso casarse con ella, aunque sabía que el casamiento era un absurdo. Ludmila, que era italiana y conservadora, ni siquiera se dió cuenta. La hermosa Penny si lo advirtió y le dijo, mirandolo con cierta tristeza: eres demasiado viejo para ella. Esa frase lo demolió, porque era cierta. Una vez le había contado, borracho, a Ludmila la pequeña tragedia de su vida. En otra vida, muchos años atrás, había sido un hombre cruel. Había abusado de mujeres y matado gente, mucha gente. Tenía poder, dinero y amantes; todo lo que un hombre puede desear. Y entonces se enamoró de la mujer de uno de sus mejores amigos, una mujer encantadora, algo alcohólica, era cierto, pero por lo demás encantadora. La mujer lo despreciaba, y el no la culpaba por eso. Ella estaba muy enamorada de su marido, que era a todas luces lo que se dice un caballero, un hombre con clase. No había culpa en ese amor, no había tristeza. Y un día se enteró de que su amigo le pegaba a su mujer con crueldad, todas las noches, hasta hacerla sangrar. Esto lo enfureció tanto, se sintió tan traicionado que decidió matar a su amigo, aunque este era un acto terrible y la mujer nunca más lo amaría. Y lo mató. Desde entonces, todo se derrumbó. Sus amigos dejaron de llamarlo por teléfono, sus amantes lo abandonaron. Nada eso le importó, porque con ese asesinato dejó de ser un monstruo. Ludmila entendió, porque en su familia italiana abundaban los asesinatos así, un poco shakespeareanos, un poco dantescos. Cuando la pequeña Amparo se enamoró de Oberon y le dijo emocionada a Penny que era, seguramente, el amor de su vida, no lloró por eso, sino que admiró también a Oberón, el muchachito tímido que quería estudiar filosofía medieval en una universidad importante, pero se había conformado con ser un mecánico en el Bronx y escribir mala poesia en algunos cuadernos. Después de algún tiempo nació la pequeña Eliza y Oberon y Amparo no podían estar más felices, hasta que los médicos del hospital le anunciaron que Eliza tenía algún tipo de enfermedad terminal que no podían determinar que no podían determinar. Esa noche Amparo lloró toda la noche y Oberon no lloró pero leyó la Biblia que su padre le había regalado a los doce años y pensó en la muerte por primera vez en muchos años. Sarar solo pensó en Iggy Pop, no supo por que, y luego pensó en la pequeña Eliza, muriéndose en la cama de un hospital. Yo tengo algo de dinero guardado, les dijo a Ludmila y a Penny. De que sirve, dijeron ellas. Quizás sirva para algo. Quizás sirva para salvar a Eliza. Conozco a gente en lugares muy extraños, conozco a gente muy rara, dijo él. Y Penny le dijo, con mucho cariño: creo que estoy enamorada de ti. Yo no, respondió Sarar, muchas gracias, y además no sé si el dinero servirá de algo. Lo único que podemos hacer para salvar a Eliza es volverla inmortal. Estas loco, dijo Ludmila. ¿Prefieres que Eliza muera? respondió el.
This is the first day of my life
swear I was born right in the doorway.
Bright Eyes.
Recordaba las épocas en las cuales había querido ser Iggy Pop, Iggy Pop nada menos, y ahora solo era Sarar, Sarar bebiendo en un bar desconocido de New York mientras la moza escuchaba a Bright Eyes. Pensaba en Ludmila y en Penny, que habían criado a Amparo hasta que se había vuelto una muchacha hermosa y malcriada como pocas. El siempre había amado a Ludmila y a Penny, aunque el resto de sus amigos se sorprendiera de que sus mejores amigas fueran una pareja de lesbianas (aunque de lejos eran tan parecidas, ambas de rulos, ambas con anteojos, que todo el mundo las tomaba por hermanas). Se había enamorado de Amparo apenas la conoció, y cuando llegó a ser una joven quiso casarse con ella, aunque sabía que el casamiento era un absurdo. Ludmila, que era italiana y conservadora, ni siquiera se dió cuenta. La hermosa Penny si lo advirtió y le dijo, mirandolo con cierta tristeza: eres demasiado viejo para ella. Esa frase lo demolió, porque era cierta. Una vez le había contado, borracho, a Ludmila la pequeña tragedia de su vida. En otra vida, muchos años atrás, había sido un hombre cruel. Había abusado de mujeres y matado gente, mucha gente. Tenía poder, dinero y amantes; todo lo que un hombre puede desear. Y entonces se enamoró de la mujer de uno de sus mejores amigos, una mujer encantadora, algo alcohólica, era cierto, pero por lo demás encantadora. La mujer lo despreciaba, y el no la culpaba por eso. Ella estaba muy enamorada de su marido, que era a todas luces lo que se dice un caballero, un hombre con clase. No había culpa en ese amor, no había tristeza. Y un día se enteró de que su amigo le pegaba a su mujer con crueldad, todas las noches, hasta hacerla sangrar. Esto lo enfureció tanto, se sintió tan traicionado que decidió matar a su amigo, aunque este era un acto terrible y la mujer nunca más lo amaría. Y lo mató. Desde entonces, todo se derrumbó. Sus amigos dejaron de llamarlo por teléfono, sus amantes lo abandonaron. Nada eso le importó, porque con ese asesinato dejó de ser un monstruo. Ludmila entendió, porque en su familia italiana abundaban los asesinatos así, un poco shakespeareanos, un poco dantescos. Cuando la pequeña Amparo se enamoró de Oberon y le dijo emocionada a Penny que era, seguramente, el amor de su vida, no lloró por eso, sino que admiró también a Oberón, el muchachito tímido que quería estudiar filosofía medieval en una universidad importante, pero se había conformado con ser un mecánico en el Bronx y escribir mala poesia en algunos cuadernos. Después de algún tiempo nació la pequeña Eliza y Oberon y Amparo no podían estar más felices, hasta que los médicos del hospital le anunciaron que Eliza tenía algún tipo de enfermedad terminal que no podían determinar que no podían determinar. Esa noche Amparo lloró toda la noche y Oberon no lloró pero leyó la Biblia que su padre le había regalado a los doce años y pensó en la muerte por primera vez en muchos años. Sarar solo pensó en Iggy Pop, no supo por que, y luego pensó en la pequeña Eliza, muriéndose en la cama de un hospital. Yo tengo algo de dinero guardado, les dijo a Ludmila y a Penny. De que sirve, dijeron ellas. Quizás sirva para algo. Quizás sirva para salvar a Eliza. Conozco a gente en lugares muy extraños, conozco a gente muy rara, dijo él. Y Penny le dijo, con mucho cariño: creo que estoy enamorada de ti. Yo no, respondió Sarar, muchas gracias, y además no sé si el dinero servirá de algo. Lo único que podemos hacer para salvar a Eliza es volverla inmortal. Estas loco, dijo Ludmila. ¿Prefieres que Eliza muera? respondió el.
Rodrigo Fresán
Mi primer contacto con Rodrigo Fresán no fue el hermoso libro Historia Argentina, sino una pequeña nota en la revista Clarin donde destrozaba a Mario Pergolini con pocas palabras. Rodrigo Fresán (cuando todo el mundo decía que bueno Caiga quien Caiga, que bueno Cual es) decía: Pergolini no es un rebelde, sino un rebelde domesticado, donde pastan felices las vacas marketineras, como Madonna o como U2. Para pensar a un rebelde verdadero hay que pensar en Rimbaud muriendo en el Africa o en Van Gogh tragando lo último de la locura en Francia. A mi me gusta Rodrigo Fresán por eso; siempre tiene el punto exacto para decirle a cualquiera que es un idiota. Es un milagro que la revista Clarín le haya dejado publicar eso, pero los editores de la revista no pasan de la portada y de la moda otoño, invierno, verano. El libro Historia Argentina contiene los mejores cuentos que se hayan escrito en la Argentina en los años ochenta. Además, es una de las personas, junto con Juan Forn, que más saben de literatura inglesa y norteamericana. Su gusto literario es impecable, y prefiero a los lectores críticos antes que a los autores enamorados de si mismos.
Corazon de Pie de Flopa Lestani
Queres venir o queres que voy
verdad
que me da igual.
La calle está infernal;
mi corazón de pie
se para si te ve.
Sabés de mi
yo no sé quien soy,
decís buen día
alcanzame un vaso.
La sed y esta canción
se apagarán.
verdad
que me da igual.
La calle está infernal;
mi corazón de pie
se para si te ve.
Sabés de mi
yo no sé quien soy,
decís buen día
alcanzame un vaso.
La sed y esta canción
se apagarán.
Espio a un hombre que se muere mientras sueña la revolución. La vida de Agustín Tosco.
Trelew. 1973. La fuga
Yo, que amo tanto a la Yago y como le
digo que están equivocados. Y Firmenich, con ese aire de nene de la
acción católica, y todos los otros. Mis compañeros, mis amigos.
Como se los digo. Yo les digo lo que hubiera dicho mi viejo, el
consejo que me daba mi viejo cuando mi amigo decía cosas
equivocadas. Mi viejo me decía: hay que aguantar con el cuerpo lo
que se dice con la boca. Les digo que me parece bien que se escapen,
pero que a mi la gente me va a sacar. Que gente, me pregunto, que
gente. Tito, el mecánico al que le gusta tanto el vino. Y el tonto
de Gastón, que siempre se enamora de la mujer equivocada. Y la
boluda de Adriana, siempre psicoanalizada, siempre enamorada de su
psicoanalista. Estudia filosofía, pobre. Tienen un plan ideal y sin
embargo yo sé que las ideas no son nada sin corazón. Sueñan con un
mundo mejor, y no puedo quebrarles ese sueño, yo que solo soy el Tosco, el
que estuvo en el Cordobazo. Sin embargo me quieren. Todos ellos me
quieren y me respetan aunque solo soy un cuadro medio de esa
revolución que quizás algún día exista. Me dan un poco de miedo,
a veces, cuando aparecen en las marchas: “Duro, duro, duro, estos
son los Montoneros que mataron a Aramburu”. Tienen voluntad, y como
les digo que con la voluntad sola no basta, como les digo que la
voluntad sin corazón no es nada. Y el otro día me mando una carta
una amiga hablaba de un científico que había conocido y que era un
reaccionario, que odiaba a toda la izquierda y entonces se preguntaba
como se había hecho amiga de él. Y ella se contestaba sola, un poco
tonta, porque ella es un poco tonta y un poco obcecada. Es que su
corazón está en el lugar correcto. Me pregunto que pasará con todo
esto, cuanta sangre se derramará, como los pobres bolivianos que
murieron por seguirlo al Che. Yo hubiera querido ser el Che Guevara,
hubiera querido liberar a Cuba, hubiera querido empezar el socialismo
pero solo soy el Tosco, un cuadro medio del Cordobazo de una
revolución que quizás solo esté en el sueño de los que la sueñan.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

.jpg)