Un poco vergonzosamente, Samuel se pegó a Eduardo Arramburu como una sanguijuela; lo que era peor, como una sanguijuela interesada. Era su pasaje a Buenos Aires; ese muchachito algo tonto y tan inocente que hasta las bataclanas más jóvenes de los cabarets lo engañaban, era su pasaje a Buenos Aires. No sólo a Buenos Aires, a la remota (pero posible) instancia de participar en el certamen de ajedrez donde incluso Capablanca iría y ganar y conseguir algún tipo de salvoconducto para su familia. La idea, que le había parecido tan descabellada cuando Hertz la había descripto, le parecía ahora algo concreto; en realidad, lo único que tenía, esa vaga esperanza.
Eduardo, por supuesto, no se dió cuenta de nada. Le mostró sus versos (eran positivamente malos, las rimas eran tan forzadas que no se entendía bien que quería decir) y jugó con él partidas de ajedrez donde Samuel le dejaba ganar, con muchísimo esfuerzo, una de cada siete partidas. La felicidad del pobre chico ante esas victorias era algo tan visible que Samuel casi tenía ganas de contarle la verdad: soy peor que una prostituta, pensaba, soy peor que un ladrón. Lo estoy usando para conseguir mis fines. Soy un jesuita.
Al final de la primera semana de amistad le preguntó sobre el torneo de ajedrez. Eduardo Arramburu nada sabía de ese torneo, pero apenas oyó que Samuel estaba vagamente interesado compró un pasaje en primera clase para él. Obviamente, el problema no era el pasaje (Arramburu exudaba dinero) sino el pasaporte y el origen judío de Samuel, inocultable en su apellido. En la embajada argentina lo hicieron esperar dos días enteros para después decirle que era imposible.
- No puedo viajar- le dijo a Eduardo.
El muchachito sonrió.
- Soy un Arramburu. Vas a ir mañana conmigo- le dijo.-Te prestaré uno de mis trajes.
Aunque Samuel era comerciante de géneros y de joyas de oro bueno, nunca se había puesto un traje de tanta calidad cómo el que se puso ese día. La seda era tan liviana que apenas se sentía; el traje en sí era de alpaca azul. Eduardo incluso le prestó un reloj suizo original y un pañuelo de seda negra. Le quedaba perfecto cuando se miró en el espejo: esto debe ser ser rico, pensó, ver esta imagen en el espejo cada mañana.
Eduardo Arramburu estaba tan bien vestido cómo el y algo había cambiado en su paso. Lucía aplomado, nada tímido, y su bondad parecía haber desaparecido de su cara. Con gesto adusto entró en la embajada. Lo atendió el secretario.
- Quiero hablar con el embajador- dijo Eduardo.
- Está ocupado- dijo el secretario.
- Dígale al embajador que acá está Eduardo Arramburu, el hijo mayor de Estanislao Arramburu, y que si no me atiende en cinco minutos en una semana va a tener que cambiar su embajada de París a Shangai.
El secretario lo miró. Evidentemente conocía a la familia Arramburu, porque entró al despacho del embajador y el mismísimo embajador salió enseguida. Era un hombre gordo y sudoroso.
- Quiero saber porque mi amigo no consigue pasaporte para salir de Francia. Ha venido aquí dos días. Dos días. Más vale que padre no se entere que en París el embajador trata tan mal a los amigos de la familia.
El hombre gordo transpiró un poco más, tragó saliva y luego habló.
- Disculpe, disculpe. No sabía que era amigo suyo, no lo dijo. Por favor, que esto no trascienda.
- Quédese tranquilo, pero por favor, dele su pasaporte.
En dos horas Samuel tenía un pasaporte perfectamente en regla. Salió de la embajada con la sensación de haber cometido un atropello contra alguien. Tuvo la torpeza de comentárselo a Eduardo.
- ¿Atropello? Por favor- le respondió el otro en un francés con acento argentino- Es embajador porque es el cuñadito del ministro de Economía.
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