lunes, 19 de noviembre de 2018
Hambre, desnutrición y obesidad.
Desde que soy chica escucho por la radio y por la tele hablar a gente que aparentemente sabe del tema del "hambre de los niños pobres". Se hacen fundaciones, se recauda plata, se fundan comedores. Lo único un poco irónico que es generalmente la única idea que las fundaciones tienen para recaudar plata para que los pobres coman es hacer una cena a beneficencia a diez mil dólares el cubierto: pero hace siglos que a los ricos no se les caen nuevas ideas, ni que hablar monedas o billetes. El pobre que tiene un trabajo asegurado sabe que va a comer todos los días, estirando por ahí el presupuesto, pero que va a comer; el pobre que trabaja salteado va a comer algunos días y otros días tendrá que enviar a sus hijos a un comedor; el pobre que no consigue trabajo tiene que mandar a sus hijos al comedor todos los días y cartonear, o buscar en la basura restos de comida que puede llegar a ser fresca o no, pero a buen hambre no hay pan duro, dice el dicho. Las grandes palabras en los grandes discursos son nada, cáscara: hambre cero, pobrezo cero. Los pobres no comen palabras. Si no hay acciones concretas de parte del estado, de parte de los políticos para que la gente para la cuál el hambre es un problema concreto, algo que va a pasar esta noche, no dentro de dos semanas ni dentro de una semana, esta noche cuando llegue a su casa y vea que apenas tiene algo en la heladera, las grandes palabras se las lleva el viento. No valen nada. Y las acciones políticas concretas de parte del estado para modificar el estado de cosas - y ahí radica el gran problema- no son agradables. Controlar la importación, por ejemplo, gravar con impuestos altos a los artículos de lujo. No es una medida linda. Todos queremos que los I phones estén baratos. Ey, protestamos todos, el I phone a diez mil pesos es casi un derecho humano. Malas noticias: no lo es. La ropa de marca y las zapatillas importadas tampoco. Ni siquiera los libros importados, aunque esto me duela en el alma. Todas esas cosas son superfluas. Y si cobraron impuestos altos por todas esas cosas se reactivaría la industria nacional, primero y después el gobierno recaudaría más, tendría más dinero. Y después, un gobierno que aspira no a la "pobreza cero" sino a mejorar la situación de la gente que revuelve los containers de basura y pide en las peatonales céntricas, tiene que aplicar políticas específicas de ayuda, estudiadas, para ver como se puede contener a esa gente, cómo se puede impedir que sus barrios se inunden, que sus cloacas se desborden, que terminen la primaria, que terminen la secundaria, que se vacunen, que consigan trabajo. En la situación actual ¿cómo se le puede decir a la gente que busque trabajo? Están cerrando fábricas por decenas. Fábricas de las cuáles dependen a veces pueblos enteros. Y los que tenemos cierta edad sabemos lo que pasa, porque pasó en los noventa: cierra la fábrica y luego cierran los comercios del pueblo y la gente que vive ahí no sabe que hacer, porque la vida del pueblo giraba en torno a esa fábrica. Antes de hablar de hambre cero o pobreza cero, un gobierno que se proponga serio, político de verdad, dispuesto a mejorar esta situación tendría que ser humilde: trabajo, en lo posible. Más impuestos a los que más ganan (y sabemos que la gente que más gana es bastante reacia a pagar impuestos). Infraestructura. Escuelas, hospitales, cultura inclusive, porque la cultura también es importante. No va a ser de un día para el otro, porque lo que se retrocedió en muchos sentidos en este año 2018 económicamente (no sólo por culpa del gobierno de Macri, también a causa de la situación internacional adversa) va a ser difícil remontar. No hay recetas mágicas. Pero si queremos pensar un país no de acá a cinco años, ni de acá a diez años, sino de acá a treinta años o a cincuenta, no hay que apurarse. Si se hacen las cosas bien, o lo mejor posible, la situación de las personas mejora lentamente. Y la gente que está apurada porque no puede comprar un I phone o unas zapatillas de marca, en realidad no son prioridad de ninguna política pública de ningún gobierno: pueden ahorrar tres o cuatro meses y luego comprárselos. La prioridad es que la gente que tiene hambre real y concreta esta noche deje de tenerla.
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